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Los esports son el futuro, pero Argentina se queda atrás en talento

Por Matías Amado González

En Argentina, el deporte es una manera de cumplir sueños, pero además, es una manera de vivir. Un país en donde los potreros sacan campeones del mundo en fútbol y los clubes de barrio forman a atletas medallistas olímpicos en básquet, hockey y vóley. Esta nación está acostumbrada a producir talento en todas las disciplinas, en el pasado o en el presente. A comienzos de la última década empezó a crecer un fenómeno inesperado que no se veía como el deporte tradicional, pero que tenía a miles de seguidores pegados a una pantalla.

El League of Legends nació en 2009 como un videojuego gratuito para computadora en donde cinco personas se unen en un equipo para poder derrotar a otra misma cantidad de jugadores en partidas que suelen durar entre 30 y 45 minutos. Lo que parecía un simple entretenimiento en línea se convirtió rápidamente en un esport competitivo, con estadios llenos, ligas profesionales, entrenamientos diarios y fichajes que recuerdan al fútbol, además de traer audiencias que dividían y representaban, como con las del deporte tradicional, una pasión. En ese esquema gigante, como siempre, Argentina logró convertirse en una fábrica de talentos.

La Liga Latinoamericana (LLA) era entonces el puente, ya que reunía a los mejores de la región debido a su reglamento, que obliga a contar con planteles en su mayoría conformados por jugadores latinos. Ahí, Argentina brillaba porque hay talentos como en el fútbol. En el LoL, el orgullo argentino se vio reflejado, en los inicios de la década del 2000, con jugadores como Brandon “Josedeodo” Joel, Leandro “Newbie” Marcos y Lorenzo “CEO” Tévez, entre muchos. Eran representantes argentinos en la LLA que llegaban a pisar el gran escenario internacional, conocido como Worlds, muy parecido al Mundial de Clubes de la FIFA.

La LLA se convirtió en un objetivo que el argentino en la Liga Nacional (LRS) podía llegar a tener. Del mismo modo que la Liga Argentina impulsa a futuros cracks del fútbol, los mejores recibían ofertas de ligas mayores, especialmente la norteamericana (LCS) y, en algunos casos, la europea (LEC). Se volvió un ciclo del deportista: del club de amigos, al equipo nacional, y de ahí al escenario global.


Desde 2011 hasta 2024, se veía la posibilidad de que eventualmente los latinoamericanos pudieran hacer pie en el mundo. Pero los problemas económicos matan al talento. A inicios de 2025 se anunció que la LLA dejó de existir y se empezó a vincular la chance de unir a todo el continente americano. Un cambio que afectaría drásticamente al talento argentino, y que dejaría las puertas casi cerradas para la progresión. La oportunidad de enlazar los niveles de América en dos Ligas de América (LTA): LTA Sur, que a fines de 2025 volvió a ser la CBLOL y LTA Norte, ahora LCS. La LTA no solo fue un producto que fracasó, sino que por exposición volvieron a los nombres de antes. Esto significa que el producto final es la extinción de la LLA.

La Liga Latinoamericana pasó a ser un simple recuerdo en la mente. La LTA Sur fue el producto de la liga brasileña, también conocida como CBLOL (equipos reconocidos como LOUD, FURIA y paiN Gaming). Y la LTA Norte, fruto de la LCS, que era la liga estadounidense. Los argentinos y latinoamericanos no solo habían perdido su casa, sino que habían sido invitados a ligas donde no son bienvenidos.

La nueva estructura solo permite dos equipos provenientes de lo que fue la LLA, por lo que en la LCS queda Lyon, que representa la unión de Rainbow 7 y Six Karma, dos de los equipos latinos; y en la CBLOL, el equipo argentino Leviatán fue el indicado. Isurus Gaming, otra organización argentina, se unió a través del cupo de invitados a la LTA Sur, dejando así solo la imagen de tres equipos de la LLA en pie. Una gran movida de marketing para Riot y una perdición para la LRS.

La creación de las ligas americanas también tuvo como otro objetivo eliminar la obligación de contar con mayoría de jugadores latinoamericanos. Por lo que los cupos comenzaron a ser ocupados por norteamericanos o brasileños debido a la alta diferencia en nivel. Muy parecido a como sería el caso de llevar, por ejemplo, a Deportivo Riestra a la Premier League. En cuestión de meses, muchos argentinos que habían peleado su lugar fueron desplazados.

Pedro Luis “Lyonz” Peralta, uno de los pocos jugadores que todavía se mantiene en competencia bajo el equipo Lyon, lo resume con crudeza: “Somos mucho mejores que los otros, solo que el mercado dicta y es muy difícil combatir con el prejuicio de Norteamérica”. Su frase refleja una tensión conocida en muchos deportes: no siempre se gana siendo el más talentoso. Algo parecido se puede decir de la Liga Profesional de Fútbol de la AFA, ya que, con el paso de los años, el mercado europeo y la economía hicieron que ventas se terminen dando sin opción ni elección, generando un bajón en el potencial de la liga.

El 2 de febrero de 2025 fue el punto de inicio en la final de la apertura de la LTA Sur; todo era una fiesta, la música invadía el Riot Games Stadium y en Sao Paulo había una bandera que se movía de lado a lado: la argentina. Alzándose con esperanza y orgullo. Siete argentinos había en el escenario; se convertían en la muestra de que todo sería para mejor. Se enfrentaron Isurus y Estral contra Leviatán por el primer puesto en las clasificaciones hacia el intrazonal. Se alinearon los mouses, tales como en el fútbol se hace con la pelota; se calibraron las pantallas, con sus colores azules, tal como en el deporte tradicional se haría con un estadio y el verde del pasto; y arrancó, en la Grieta del Invocador, la pelea.

“Nos dejamos el físico y el alma para representar al país y a la región que nos apoya”, cuenta Cristian Gabriel “Khynm” Alonso Roussy, DT argentino de Lyon Gaming. Los jugadores, cada un segundo, soltaron una nueva estrategia debido al cambio constante en el juego. Y mostraron un esfuerzo similar al de cualquier deportista: sacrificio personal, disciplina y un objetivo claro que parece revivir, ganar el torneo disputado esa tarde.

La gente en el Riot Games Stadium explotó con sensaciones; podía llevárselo cualquiera. Era una de esas partidas donde ni el espectador ni el analista podrían haber dicho cómo terminaría la historia. Con un solo clic, todo podría haberse decidido, y el “campeão”, como sonaba en la voz del relator oficial brasileño Diniz Albieri, sería finalmente coronado. El campeón de la LLA en 2024, Estral, junto a su ahora compañero y antes rival, Isurus, salieron campeones del primer split de los tres que se jugarían ese mismo año inicial. El talento argentino se acercó de esta manera más al de Franco Mastantuono yéndose al Real Madrid, que a la extinción. Repetían la historia y una vez más levantaban el trofeo. La LLA no se había ido. ¿O sí?

El 5 de abril de 2025 sería la hora de la verdad; arrancaba el primer torneo de la LTA Sur y Norte, arrancaba el Split 2 de 3. Pero este era el real porque el premio máximo era la clasificación al primer torneo internacional del año, el tan deseado MSI. “Nos vendieron la idea de que la fusión iba a darnos más exposición. Lo único que logró fue taparnos. Jugadores argentinos con nivel de mundial están sentados en sus casas mirando cómo otros ocupan su lugar”, dice Nicolás “Newbie” Rubiano.

“Brasil protege a sus jugadores, NA protege a los suyos. Nosotros quedamos en el medio, sin respaldo, como si no importáramos. Y eso que demostramos que podíamos competir de igual a igual”, dice Pedro Luis “Lyonz” Peralta.

Los argentinos lo sabían; este resultado del primer trimestre que se había dado no era un título bisagra, era una muestra de que iban a estar solos. El MSI era algo que se había escapado en 2017, quedando octavos. Luego, en otros años, moviéndose por la idea de entrar a cuartos. La LLA siempre era noticia por su juego creativo y agresivo. Todos esperaban lo mismo cuando llegaban los play-ins: “¿Qué sucederá este año con los latinoamericanos?”.

Pero ese 5 de abril de 2025 iba a ser el último día de la esperanza. La LTA Norte demostró ser mucho para el talento nacional. La LCS era muy poderosa en su base, por lo que a Lyon y sus argentinos tuvieron que empezar a buscarles reemplazos que apoyen la económica para disputar una liga de alto nivel. Mientras que la LTA Sur, si bien en la previa parecía, esperanzadora, con el paso del tiempo pasó lo contrario: las partidas costaban, los brasileños se llevaban las victorias y los puestos caían. “Ahora sí se jugaban el orgullo internacional”, avisó el relator Albieri. De esta manera, el sueño se apagó. Terminaría el Split 2 y arrancaría el 3, pero no era uno de progreso, sino que era una emboscada. Worlds, el Mundial de League of Legends, se colocó más lejos para Argentina y sus compatriotas.

Worlds es el máximo evento del año. Y es que, como apuntan los fans que van a ver los partidos de la LRS, el día que presencies un estadio de Worlds, entenderás por qué el esport es uno de los deportes más emocionantes que hay, y que no es simplemente un juego.

Por ejemplo, el momento más recordado por el público es cuando Brandon “Josedeodo” Joel, en 2020, le ganó a los representantes chinos de LDG, convirtiéndose en figura internacional. Justo como cuando Riquelme sorprendió al Real Madrid. Dejando un impacto en todo el mundo que hoy no existe.

“¿Cómo le explicás a un chico de 17 años que, aunque sea buenísimo, no va a pasar de la liga nacional? En el fútbol al menos existe el ascenso. Acá, no”, apuntó Cristian Gabriel “Khynm” Alonso Roussy. Aun así, en cada fecha de la LRS, el público sigue estando, pero los clubes argentinos ven reducido su margen de acción, las transmisiones locales pierden audiencia y los patrocinadores buscan asociarse con regiones que tengan mayor exposición internacional. Argentina siempre fue capaz de producir talento, incluso en peores contextos. Pero el esport, al depender de reglas y entidades internacionales que no siempre buscan lo mejor de una región, deja mucho menos margen para fabricar el potencial.

Hoy, la gran pregunta es si Argentina sostiene su lugar en el mapa global o si termina viendo cómo los frutos de la LRS y la previa LLA terminan desvaneciéndose, atrapados en ligas menores. La sensación es obvia: se está desperdiciando una generación brillante. Por el momento, la historia del deporte argentino demuestra que siempre se puede llegar a volver, pero en esta ocasión la participación internacional del producto argentino no se dará por dentro de un largo tiempo. “Es frustrante. Antes sabías que con trabajo duro podías llegar a la liga más grande de tu región. Ahora, aunque seas el mejor, no alcanza. El sistema ya está en contra tuya”, dice Franco Ceo López.

Solana Pereyra: una historia de decisiones, crecimiento y un fútbol femenino en transformación

Por Martina Alzogaray

Comenzó su carrera en San Martín de Tucumán y alcanzó la Selección Argentina. En este texto se recorre su infancia, sus ideas sobre el avance del fútbol femenino y los hitos que marcaron su camino profesional, además de las decisiones que moldearon su futuro y la forma en que su familia terminó aceptando pasión por la pelota.

Su llegada al deporte no estuvo libre de opiniones dentro de su propio hogar. Al principio, en una familia numerosa de ocho hermanos, su decisión de dedicarse al fútbol no terminaba de convencer. Con el tiempo, cuando vieron que aquello no era un pasatiempo sino un sueño que estaba por cumplirse, optaron por acompañarla. Hoy siguen cada partido y ya tuvieron la oportunidad de verla con la camiseta de la Selección Argentina en la cancha, gesto que demuestra cuánto cambió la mirada familiar desde aquellos comienzos.

Nazareno Pereyra, hermano de Solana, expresó: “La verdad que a Sol la admiro como persona y como futbolista. Es una jugadora que, las 24 horas del día, es una profesional. Se ve a la hora de entrenar, en la alimentación que mantiene y en otras cosas, como el compromiso con el gimnasio. Creo que la continuidad que lleva cuesta mucho, pero ella puede afrontarla y disfrutarla”.

También sostuvo que la humildad y la resiliencia de su hermana fueron claves para alcanzar el lugar que ocupa hoy. Consideró que esas cualidades reflejan su esfuerzo por mantenerse y cumplir en cada etapa.

Solana tiene 26 años y con apenas 16 viajó a Buenos Aires para probarse en River Plate y, aunque superó la evaluación, optó por buscar otro rumbo. Fue entonces cuando se incorporó a UAI Urquiza.

 Su etapa en el conjunto de Villa Lynch tuvo uno de sus momentos más destacados en 2019, cuando se consagró campeona del torneo femenino de Primera División 2018-19. Aquella consagración llegó tras una contundente victoria por 4-0 frente a River Plate en la última fecha.

Solana Pereyra integró la Selección Argentina Sub-20 que disputó el Campeonato Sudamericano Femenino de 2018, certamen en el que comenzó a consolidarse como una de las jóvenes arqueras con mayor proyección del país.

 Un año más tarde, el 23 de mayo de 2019, tuvo su debut oficial con la Selección Mayor en un amistoso frente a Uruguay. Su actuación y el crecimiento que venía mostrando en cada convocatoria la llevaron a ser incluida en la lista definitiva para la Copa Mundial Femenina de la FIFA Francia 2019, uno de los hitos más importantes de su carrera.

En enero de 2023 se confirmó su llegada a San Lorenzo, club al que arribó para afrontar una nueva etapa en su carrera profesional.

Gustavo Cánepa, ayudante de campo del plantel femenino de San Lorenzo, describió el compromiso absoluto que la arquera mantiene en su profesión y la dedicación que muestra cada día, tanto en los entrenamientos como en los partidos. Para el cuerpo técnico, su presencia en el vestuario funciona como una voz autorizada que cumple ese rol con naturalidad, aportando conducción y seguridad gracias a la confianza construida. A eso se suman sus virtudes en el campo de juego: los descuelgues de centros, los mano a mano, la buena pegada y el manejo de ambos pies.

Yas Roston, preparadora física de San Lorenzo, resaltó a la protagonista y afirmó que es la mejor arquera del país, una profesional con gran trayectoria y experiencia, aunque con mucho camino por delante. Además, enumeró varias de sus virtudes, entre ellas su juego aéreo, su temperamento para encontrar lo mejor en cada partido y su mentalidad de no conformarse y buscar superarse cada día.

La pandemia la llevó a jugar a España, primero en Tenerife y luego en Oviedo tres temporadas seguidas. Sin embargo, una situación familiar la obligó a decidir: estar tan lejos, a tantas horas de su casa, no le permitía sentirse tranquila. Entendió que regresar no significaba retroceder, sino priorizarse. 

La salud mental para Solana ocupa un lugar fundamental ya que cree que el rendimiento no puede pensarse separado de lo emocional, remarca que cuando algo afecta fuera de la cancha, es muy difícil evitar que eso se refleje en el juego. Ha atravesado momentos de inestabilidad que derivaron en lesiones o bajo rendimiento, por eso es indispensable tener una red de contención que incluya profesionales, amistades y afectos. Es complejo sostener una carrera deportiva en soledad, sin un equilibrio entre entrenamiento, descanso, alimentación y bienestar emocional.

Ser arquera implica otro tipo de presión. Un error de las jugadoras muchas veces se diluye; el de una arquera suele condicionar el partido con un gol. Solana recuerda varios errores que se vieron reflejados en resultados. Puntualizó la importancia del entrenamiento diferenciado y que cada indicación de sus entrenadores es vital, porque siente una exigencia extra por estar en el arco, del mismo modo que sus compañeras la tienen al convertir goles.

Construyó un estilo de arquera que combina técnica, lectura de juego y una presencia que transmite seguridad al equipo. No es solo la última línea defensiva, sino una futbolista que entiende el arco no únicamente como un lugar para evitar goles.

Su formación en distintos contextos del fútbol le dieron herramientas que hoy se traducen en una identidad muy marcada dentro del campo. Creó una confianza poco común. Sabe cuándo salir, cómo acomodar el cuerpo para anticipar y cómo ordenar a la defensa. Sus descuelgues de centros no son un recurso técnico, sino una forma de liderar, ya que devuelven estabilidad al equipo. Esa lectura de tiempos es una de las cualidades que entrenadores y preparadores físicos destacan como uno de sus mayores diferenciales.

Cuando analiza el crecimiento del fútbol femenino en Argentina, ve los avances en infraestructura y desarrollo juvenil. Comentó que le hubiera gustado formarse en el contexto que hoy tienen las juveniles, donde existe mayor organización y competencia. Aun así, sostuvo que la diferencia con otros países sigue siendo grande.

La brecha salarial entre el fútbol masculino y el femenino continúa siendo una de las desigualdades más visibles. Solana destacó que no se trata de aspirar a cobrar lo mismo que un jugador profesional, pero sí de alcanzar condiciones dignas. Explicó que muchas jugadoras deben complementar su sueldo con otros trabajos, porque el fútbol no garantiza estabilidad económica. Para ella, la clave está en que los clubes inviertan y apuesten por el crecimiento real de la disciplina.

La visibilidad cumple un rol fundamental en esa transformación. La televisión y la cobertura mediática mejoraron, pero todavía son insuficientes para su difusión. Señala que incluso pequeñas acciones, como mostrar jugadas o contar historias de las jugadoras, contribuyen a ampliar el espacio del fútbol femenino en el público.

Según Pereyra, el futuro del deporte en el país depende de que las nuevas generaciones encuentren caminos más accesibles. Considera necesario que haya más escuelas, torneos juveniles y clubes comprometidos, y sobre todo, condiciones laborales que permitan vivir de la profesión. También aclaró que los entrenamientos, las competencias y mantener un proyecto deportivo requiere esfuerzo, disciplina y entrega, lo que a su parecer siempre estuvo presente.

El recorrido desde Tucumán hasta la primera división y la Selección muestra no solo una evolución personal, sino también los distintos niveles de construcción que atraviesa la disciplina en Argentina. Su presente se explica por una suma de trabajo técnico, lectura táctica y capacidad para sostenerse en entornos cada vez más competitivos. Se ubica como parte de una generación que continúa afianzando el espacio y ampliando la proyección del fútbol femenino en el país.

El desarrollo del deporte avanza, pero lo hace en un marco donde la profesionalización convive con estructuras todavía frágiles, como contratos que no siempre garantizan estabilidad, calendarios que dependen de los recursos de cada club y una formación juvenil que recién empieza a ordenarse. En ese escenario, historias como la de Solana Pereyra no solo responden a decisiones personales, sino también a un sistema que obliga a las jugadoras a adaptarse a contextos cambiantes, migrar en busca de continuidad o volver para encontrar entornos más estables. Su recorrido entre clubes del interior, experiencias en el exterior y el regreso al país refleja la dinámica de un deporte que crece pero aún exige a las futbolistas manejarse entre oportunidades puntuales y desafíos que condicionan cualquier proyecto a largo plazo.

 

Miguel Angel Guerra: del taller del barrio a lo más alto del automovilismo

Por Isidoro Doumont

Miguel Ángel Guerra no siempre fue “Ángel”. En el taller de Bonpland, donde comenzó a trabajar a los 14 años, había tres personas con ese nombre y Osvaldo Antelo, dueño del lugar, empezó a llamarlo Ángel para distinguirlo. Desde entonces, en los talleres, en los boxes y en las pistas, siempre fue Ángel o “Angelito” para los más cercanos.

Oriundo de Ezeiza, Provincia de Buenos Aires, nació el 31 de agosto de 1953. Ingresó en el mundo del automovilismo cuando era un adolescente, gracias a un anuncio que vio su madre, Josefina Mignoni, en el diario. Arrancó barriendo, limpiando piezas y trabajando como aprendiz en el famoso taller de Antelo. Aquella rutina, que combinaba grasa y curiosidad, fue su escuela. Incluso llegó a organizar rifas que él mismo vendía por los barrios para juntar el dinero que necesitaba para correr, un recurso típico de los pilotos sin respaldo económico que buscaban abrirse camino.

A raíz de su dedicación y pasión, Antelo le dio la oportunidad que cambiaría su vida: correr en Mecánica Argentina Fórmula 4 (hoy Fórmula Renault), la escuela argentina de los monoplazas. Lo hizo a los 18 años, en una época en la que no era para nada habitual empezar tan joven. Su debut fue con un Crespi Tulia XVI con motor Renault, preparado por el propio Antelo.

La sencillez acompañó a Guerra incluso cuando su nombre ya era sinónimo de respeto en los boxes. Esa humildad aparece en la memoria de mucha gente, pero aún más en la de su hijo Lucas, que rememora que en su casa “fue todo muy normal siempre, desde que nací”, aún cuando en las pistas la escena era otra: “Siempre recuerdo ir a los autódromos y que la gente permanentemente le pida fotos, que tardemos mucho en acceder, o le cuenten alguna anécdota”.

Desde entonces, su camino fue ascendente. En las categorías formativas se destacó por su precisión, técnica y su carácter metódico. “A mí siempre me gustaron más las fórmulas que los autos con techo”, expresó durante la entrevista mientras estaba sentado en un campo bajo la sombra de un árbol y con una gorra de Minardi, como si esa frase resumiera todo su recorrido. En las fórmulas nacionales conoció a Domingo Cutuli, quien supo ser representante de Carlos Reutemann, a quien aún recuerda con afecto: “Fue una gran persona que me ayudó mucho en mi camino en las fórmulas”. Esa red de vínculos, tejida entre talleres, circuitos y boxes, fue fundamental para un joven que soñaba con llegar lejos sin más respaldo que su esfuerzo.

Con modestia, Guerra cree que fue un adelantado en cuanto a la preparación física moderna dentro del automovilismo argentino. En una época en la que los pilotos consideraban que la destreza bastaba, él entendió que el físico también corría: “Cuando me empecé a mentalizar que podía irme a Europa, entrenaba mucho en un gimnasio y, para superar la temperatura que es lo que más desgasta físicamente, me ponía el traje ignífugo, entraba al sauna, y cuando salía, un médico me tomaba la presión y anotaba los datos”.

Esa mentalidad no solo lo llevó a destacarse en las fórmulas nacionales y a alcanzar la puerta de la Fórmula 1, sino que también dejó una huella en quienes lo rodearon. Su hijo reveló la esencia de Guerra, que también tiene incorporado a la hora de correr: “Son consejos tan simples que parecen un chiste, pero subirse al auto tranquilo, con tiempo, nunca a último momento; chequear que ande todo, revisar los espejos, no olvidarse de respirar, con la importancia que eso tiene para después tomar buenas decisiones, y tener en cuenta que los puntos de las primeras tres fechas son los más importantes”.

Su disciplina lo llevó a Europa, donde se abrió camino en los difíciles circuitos de las categorías menores. A fines de los años setenta, su nombre ya figuraba en los listados de la Fórmula 2 y llamó la atención de varios equipos, entre ellos, el caballo rampante de Maranello: Ferrari. Esto debido a que en la Scuderia Everest (propiedad de Giancarlo Minardi) manejaba un Chevron B42-BMW, impulsado por un motor V6 Dino Ferrari.

Ángel recibió una carta de puño y letra del mismísimo Enzo Ferrari, donde expresaba que lo quería conocer. Tiempo después se reunió con él: “Tuve la ilusión de poder correr en algún momento en la Scuderia. Esa reunión con él fue muy especial, me quedó pendiente eso”. No era un sueño descabellado. Il Commendatore tenía debilidad por los pilotos latinoamericanos de manejo preciso, y Guerra encajaba en ese perfil. Además, le dio una nota firmada por Ferrari para que visitara la fábrica cuando quiera.

Sin embargo, el destino lo quería en Italia y lo cruzó con otro Enzo: Enzo Osella, dueño de una escudería pequeña, pero con espíritu competitivo. “Humanamente, tengo un buen recuerdo de Osella, porque era un gran tipo”. Así suele recordarlo habitualmente Guerra. 

Durante el fin de semana del 15 de marzo de 1981, en el circuito estadounidense de Long Beach, se subió por primera vez a un Fórmula 1, y si bien todo era alegría, al ser parte de un equipo sin tanta trayectoria ni presupuesto tenía que pasar la ronda pre clasificatoria. Por esas épocas, había más de 20 equipos en la parrilla y para poder ser dignos de la clasificación, los peores tenían que eliminarse entre ellos. Lamentablemente, no logró pasarla ni en Estados Unidos, ni en Jacarepaguá, ni en Buenos Aires.

Esto es Historia 'Miguel Angel Guerra' — La Máxima F1Fue recién en su cuarta carrera del campeonato, en el Gran Premio de San Marino (actualmente llamado Emilia-Romagna), donde con 28 años, finalmente llegó el día. El argentino debutaba en Fórmula 1 en una carrera a bordo del Osella FA1B en Imola. No en cualquier época, sino en una de las más intensas y talentosas de la historia: compartió grilla con Alan Jones, Carlos Reutemann, Nelson Piquet, Nigel Mansell, Alain Prost, Keke Rosberg, Mario Andretti, Gilles Villeneuve, Didier Pironi, Elio de Angelis y Riccardo Patrese, entre otros.

Su debut, sin embargo, duró apenas unos segundos. En la largada, el chileno Eliseo Salazar lo embistió desde atrás con su March 811 y el auto de Guerra se estrelló contra el guardarraíl. “Salazar me llevó puesto… Fue una de las tantas que se mandó en la categoría. Evidentemente, no estaba capacitado para correr en un Fórmula 1”, dijo alguna vez, todavía con un dejo de molestia. “Nunca tuve relación con él, y después del choque tampoco hablamos”. El impacto le provocó una fractura en el tobillo izquierdo que lo alejó de las pistas por varios meses. “Si me hubiese operado tal vez hubiera podido correr enseguida, pero decidimos recuperarnos de otra manera. Eso llevó más tiempo y ya no hubo chances de volver”, reconoció más tarde.

Su paso por la Fórmula 1 fue fugaz, pero su experiencia, única. Tuvo trato con pilotos que serían leyenda: “Pude conocer a Niki Lauda, Keke Rosberg, Mansell, y tuve buena relación con ellos”, y fue parte de una generación marcada por la gloria y la tragedia. “Senna también se despistó en Tamburello, pero salió para la derecha y se mató; yo salí para la izquierda, y estoy vivo”, reflexionó años después, consciente de los misterios del destino y que sobrevivir fue una forma de tener suerte, en una era en la que las muertes en las pistas eran moneda corriente.

Antes de su accidente, Guerra también había cultivado una relación especial con Carlos Lole Reutemann, ya que compartían a Cutuli como representante: “Me entusiasmaba muchísimo estar al lado de Reutemann porque estaba en medio del conflicto en Williams con Alan Jones. Lole no era de hablar mucho, pero tenía un buen diálogo, y soñaba con que se bajara para poder subirme al Williams. Manejar un auto de esos era lo más competitivo y el salto técnico que necesitaba”.

Cuando se recuperó, intentó hacer todo lo posible para volver a la categoría reina, buscando sponsors por todos lados, pero desde Argentina todo estaba complicado por la situación económica agravada durante la última dictadura cívico-militar. Fue en ese contexto en el que se enteró de que iban a salir dos jugadas de la Lotería Nacional por 500 mil dólares cada una: “Nos llamaron a Ricardo Zunino y a mí, porque nos querían apoyar, pero al final no salió ninguna jugada”.

Tras su breve paso por la máxima categoría, Guerra volvió al país. Corrió en el Turismo Carretera y en el TC 2000, donde no solo tuvo el privilegio de compartir pista con Juan María Traverso, uno de los grandes íconos del automovilismo argentino, sino que pudo ganarle dos campeonatos. Su carrera continuó, más tranquila, pero su pasión nunca se apagó. Décadas más tarde, la Legislatura Porteña lo reconoció como Personalidad Destacada del Deporte, un homenaje que le llegó como síntesis de una vida entregada al casco y al volante.

Un hombre con un “Rombo Impreso”, Miguel Angel Guerra – Prensa OHF

Cuando se le pregunta por los nuevos talentos, su mirada se ilumina. Sobre Franco Colapinto, el joven argentino que volvió a poner la bandera celeste y blanca en lo más alto de la Fórmula 1, Guerra lo siente propio: “Lo de Franco es muy importante porque siempre queremos tener un piloto de F1, pero hoy en día ha cambiado muchísimo. Si te vas acompañado de varios sponsors, es realmente permisivo por los números que se manejan. Se ha ido a Europa de muy joven, hizo mucho karting y rápidamente hizo una escalera que permitió que los equipos lo empezaran a mirar”.

La imagen que dejó en el ambiente va más allá de sus resultados. Su hijo lo explica con claridad: “La gente le tiene mucho respeto, mucho cariño, sabe de su honestidad y de su don de gente… donde voy me hablan muy bien de él”. Ese reconocimiento transversal de mecánicos, dirigentes, pilotos y fanáticos, hace que su opinión sea respetada por todos. Es parte del legado que Guerra construyó sin buscarlo.

Miguel Ángel Guerra en el Minardi Day 2024 ante una multitud | Campeones

La magnitud del recorrido de Guerra se vuelve más nítida cuando se la observa desde adentro: “Mi papá llegó a lo máximo, llegó a la Fórmula 1, habiendo salido de un taller mecánico en el que empezó a los 14 años”. Esa distancia entre origen y destino es parte central del mito: un chico que barrió pisos en Bonpland y terminó enfrentando a la élite del automovilismo mundial sin padrinos económicos ni estructuras que lo respaldaran.
Imola había sido el circuito que le cerró la puerta más grande de su carrera. Hoy, convertido en invitado habitual de los Historic Minardi Days (foto), regresa a ese mismo lugar sin cuentas pendientes, solo para acelerar y sonreír, o simplemente estar en el ambiente que a él le gusta. Un recordatorio de que, incluso cuando el destino te desvía, el amor por este deporte nunca se apaga.

Guerra, religión y fútbol: cómo rueda la pelota en Israel, Palestina y en las colectividades judías y árabes argentinas

Por Federico Zbogar

–Para mí no es sólo venir a ver un partido. Es sentir que estoy en casa, con mi gente.

–¿Se vive distinto que en otros ámbitos?

–Sí, porque mezclamos el fútbol con nuestra historia y con la colectividad. Es como seguir construyendo comunidad, pero desde una tribuna.

Juan Martín Finkelstein es un acérrimo hincha del Club Náutico Hacoaj del Torneo Promocional Amateur y la Liga Escobarense. Pertenece a “Los Borrachos del Shimón”, una de las barras bravas -aunque no es el término que ellos prefieren acuñar por su vínculo con la violencia y se describen sólo como una hinchada- más particulares del fútbol argentino, ya que está integrada, en su gran mayoría, por jóvenes de entre 10 y 22 años.

“Es un lugar muy lindo que reúne a la comunidad y nos hace sentir muy unidos”, expresa Daniel Méndez. No se trata de un miembro del Hacoaj. Es un socio del Club Sirio Libanés.

Dos instituciones con polos tan opuestos en cuestiones de fe, idiosincrasia e identidad comparten un denominador común, nueve letras: comunidad.

El Club Náutico Hacoaj se fundó el 24 de diciembre de 1935, en Tigre, Provincia de Buenos Aires. Es un club íntegramente judío, cuyo primer nombre fue “Club Náutico Israelita”, pero que poco tiempo después mutó en honor al Hakoah Viena, una institución judía y austríaca que fue importante en Austria hasta que fue destruida por la Alemania nazi en 1938. Si bien su especialización son los deportes náuticos, el fútbol está presente. La pelota rueda por Hacoaj, que tiene la impronta judía e israelita en banderas de Israel que decoran la escenografía dentro de la hinchada del club y otras pertenecientes a la barra como el “trapo” que muestra “Los Borrachos del Shimón”, entre el escudo y la estrella de David, el símbolo de la colectividad judía. Su eslogan habla por sí sólo: “La fuerza y el orgullo de nuestra identidad”.

Es el domingo 31 de agosto de 2025 en el estadio Shimon Peres (en alusión al exprimer ministro y presidente de Israel) en Tigre. Hacoaj recibe a Provincial Lobos por la fecha 5 del Promocional Amateur. Los bombos se transforman en el marcapasos del partido y los platillos y trompetas acarician los oídos. Mientras tanto, se desprenden bengalas de humo azules y blancas, los colores del equipo. “Hace poco menos de dos años que creamos en comunidad la barra y no podemos estar más orgullosos. Ahora nos conocen como la barra más joven del mundo”, revela Finkelstein. La cancha del estadio Shimon Peres es de césped sintético en su totalidad.

Como suele ocurrir en el fútbol argentino, previo al silbatazo inicial suena “Mi buen amigo”, cantado a pulmón por los hinchas. Hacoaj golea 3-0, en un encuentro con un césped rápido producto de las lluvias de la famosa tormenta de Santa Rosa. El joven delantero Mateo “Golosina” Lief es la figura, con dos goles bajo el sonido de “Los Borrachos del Shimón”. El fútbol se vive con pasión y convive en la colectividad judía, mientras los tímpanos vibran al ritmo del “¡Dale Haco!” y del “¡Vamos los de Hacoaj, que tenemos que ganar!”. No se trata sólo de un espacio deportivo. También es un punto de encuentro cultural y comunitario. Hacoaj se sostiene gracias al aporte de los propios deportistas amateurs y los socios. Varios de ellos forman parte de la vida del club desde chicos y crecieron junto a la comunidad.

Otros clubes de fútbol argentino tuvieron o tienen vínculo con el judaísmo, como la Organización Hebrea Argentina Macabi, que se desafilió de la AFA en 1968, o Atlanta, cuya relación con el judaísmo surge una vez se instaló en el barrio de Villa Crespo en 1922, pero ninguno de ellos mantiene la religión y la identidad israelí tan arraigada como Hacoaj.

Mientras las banderas de Israel flameaban en la tribuna de Hacoaj, se volvió inevitable no pensar en lo que conlleva tal estado desde su origen: guerras, confrontaciones, muertes y genocidios. El 14 de mayo de 1948, con apoyo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y bajo el liderazgo del sionista David Ben-Gurión se creó el Estado de Israel, con el fin de brindarle a la nación judía un sitio para asentarse y liberarse de las persecuciones que culminaron con el Holocausto nazi en la Segunda Guerra Mundial. La ubicación no fue al azar: Israel se situó en la tierra prometida de Oriente Medio, que Dios le prometió a Abraham en el Antiguo Testamento. Sin embargo, aunque en la premisa prevalecía la solidaridad con un pueblo diezmado, en la ejecución se derramó sangre y reinó la hipocresía.

Previo al Estado de Israel, en aquellas tierras residía la nación palestina con el islam como religión. A pesar de su permanencia, estuvo sometida al imperialismo británico, ya que las tierras le “pertenecían” a Reino Unido desde la caída del Imperio Otomano en 1922. El pueblo palestino comenzó una rebelión ante el intento de sometimiento. Por ello, al gobierno británico no le costó ceder las tierras a la ONU para la creación de Israel. A partir de allí, empezó el conflicto bélico árabe-israelí, que continúa 77 años más tarde.

68.229; 1.900.000; 20.179. No son números de teléfono ni documentos de identidad. Tampoco coordenadas geográficas o códigos cifrados. Son las cifras aproximadas de muertos, desplazados y niños fallecidos en la Franja de Gaza, un genocidio -término acudido por Amnistía Internacional en su informe “Es como si fuéramos seres infrahumanos”– que ocurre dentro de una guerra entre Israel y Palestina que comenzó en octubre de 2023, y que a su vez forma parte del conflicto histórico entre naciones que parece eterno. Uno de los fallecidos tras un ataque israelí el 6 de agosto de  2025 fue Suleiman al-Obeid, considerado como el “Pelé” del fútbol palestino. La noticia se dio a conocer en un comunicado que emitió la Federación Palestina de Fútbol.

El 12 de mayo de 2025, en Ciudad Universitaria, Buenos Aires, la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), en conjunto con la Universidad de Buenos Aires (UBA), inauguró una placa en homenaje a las víctimas del ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 perpetrado por el grupo terrorista Hamás en Israel, en el que aproximadamente 1200 personas perdieron la vida. “Nuestros corazones están secuestrados en Gaza. ¡Devuélvanlos a casa ya!”, reza. Un mes antes, también en Argentina, se había fundado un equipo de fútbol: el Gaza Fútbol Club, en el partido bonaerense de Tres de Febrero. La iniciativa fue llevada a cabo por Martín Martinelli, historiador y divulgador, quien mencionó que “es un sueño hecho realidad”. Gaza FC, cuya principal disciplina es el futsal tanto femenino como masculino, fue invitado por la embajada de Palestina en Buenos Aires, donde se realizó una ceremonia en conmemoración a la lucha del pueblo palestino.

Existen otras organizaciones palestinas y árabes vinculadas con el fútbol en la Argentina. El Club Sirio Libanés es una institución que, en la sede en el barrio de Saavedra de la Capital Federal, dispone de un lugar ideal para la iniciación deportiva, donde se practica el fútbol, entre otros deportes como hockey, rugby y tenis. Sin embargo, no es el único Club Sirio Libanés. En Pergamino, el club con la misma nomenclatura participa en la categoría mayores en la Primera B de la Liga Pergaminense, certamen en el que campeonaron en el Torneo Apertura 2025 tras vencer 1 a 0 a José Hernández. El 3 de noviembre, el club jugó la final por el ascenso a la Primera A ante Provincial Fútbol Club, campeón del Clausura 2025. Sin embargo, el desenlace no tuvo el mayor de los éxitos. En el estadio Carlos Grondona, igualaron 3-3 luego de los 90 minutos y, en una definición por penales, Provincial venció 4-3 a Sirio Libanés y jugará en la máxima división de la Liga Pergaminense.

En Israel, tal como ocurre en la Argentina, el fútbol se vive con intensidad. Desde septiembre de 2017, el CEO de las Ligas Profesionales israelíes (Israel Premier League) es el argentino Nicolás Lev. La máxima categoría tiene 14 equipos y está en constante crecimiento. El ambiente del fútbol pregona respeto, como expresa Marco Wolff, arquero que desde 2021 ataja para el Maccabi Petah-Tikva, quien alegó que “No existen las barras y se lleva una vida tranquila”, aunque existe el sabor amargo de estar en un país constantemente en guerra. Además, hay comunidades argentinas dentro de Israel y “la seguridad es tan buena que incluso en tiempos bélicos se refleja la serenidad”.

En la Primera División de Israel jugaron 72 argentinos en toda la historia. El principal exponente fue Pedro Joaquín Galván, hoy futbolista del Club Ciudad de Bolívar. Con 129 goles en 321 partidos durante 12 años en los que jugó para Bnei Yehuda Tel-Aviv, Maccabi Petah Tikva, Hapoel Ironi Ashkelon, Hapoel Tel Aviv, Hapoel Marmorek y Hapoel Rishon leZion. Galván es el máximo goleador extranjero histórico de la competición. Es una leyenda del Bnei Yehuda y reafirma la palabra de Wolff al asegurar que es un sitio donde se vive muy bien. Galván comenta que es “un lujo” y que la gente se acostumbró al estilo de vida de un país en guerra.

En Palestina, en cambio, existen cinco futbolistas argentinos que vistieron la camiseta de la selección del país de Oriente Medio, que estuvo cerca de clasificarse a su primer Mundial (quedó fuera tras un polémico penal frente a Omán en el último minuto). El caso más reciente es el de Agustín Manzur, volante con pasado en Godoy Cruz, y otros jugadores como Pablo Abdala, Alejandro Naif, Carlos Salom o Daniel Kabir Mustafa. Mustafa llegó a la selección de Palestina a través de su bisabuelo, quien nació en el país. En 2012 debutó y relata que, “a pesar de todos los obstáculos y dificultades históricamente conocidos, el fútbol palestino ha ido creciendo y evolucionando”. Tras trazar un paralelismo con el fútbol argentino, Mustafa menciona que ”son muy unidos, pasionales, juegan con el corazón, y son jugadores técnicos con buenas condiciones físicas”. Su recuerdo más querido con Palestina es haber jugado la Copa Asia 2019 en Emiratos Árabes Unidos, en la que los estadios estuvieron colmados; y que, “a pesar de las adversidades”, el hincha palestino demostró su pasión.

Desde el Club Náutico Hacoaj hasta el Club Sirio Libanés, desde Israel hasta Palestina, de la fiesta en las tribunas hasta el horror de la guerra, el fútbol aparece como un escenario donde conviven pasiones, identidades y conflictos. La pelota que une y que separa; y que en la Argentina encuentra en las colectividades un canal de expresión, mientras que en Oriente Medio se juega entre la esperanza y la tragedia.

Del sueño de Liberti al nuevo Monumental: la historia de la casa de River Plate

Por Galo Maggi

En el barrio de Núñez, ciudad de Buenos Aires, figura una imponente estructura: el estadio Monumental. No nació como un gigante, sino que se hizo gigante con el paso de los años hasta hoy. Su historia es también la historia del Club Atlético River Plate, que siempre quiso ser más grande que el resto.

A comienzos del siglo XX, River buscaba un lugar para asentarse. Había nacido en La Boca en 1901 y había pasado también por Recoleta. En Alvear y Tagle se levantó un estadio de madera que fue orgullo durante la década de los años 1920-1930, pero pronto quedó chico para lo que el club representaba. En 1930, River ya era de los equipos más grandes del país, por lo que su presidente, Antonio Vespucio Liberti, soñaba con una casa monumental.

La construcción en Figueroa Alcorta comenzó el 25 de mayo de 1935, bajo la dirección de los arquitectos José Aslan y Héctor Ezcurra. El 26 de mayo de 1938, River inauguró su nueva casa en un amistoso ante Peñarol. Tenía capacidad para 70 mil personas, por lo que el estadio ya era visto como moderno y extraordinario. En 1951 se completó la edificación con la tribuna norte, cumpliendo el diseño que Liberti había imaginado. En 1958 se instalaron las torres de iluminación, una novedad que permitió disputar partidos nocturnos e internacionales. Poco a poco, el Monumental se transformó en un símbolo del fútbol argentino.

En la década del 70, River vivió una etapa de renovación institucional y deportiva. Argentina había sido elegida sede del Mundial de 1978, y el gobierno de la dictadura cívico-militar comandada por Jorge Rafael Videla, decidió que el estadio principal sería el Monumental. En 1977 la capacidad superó los 76.000 espectadores y fue allí, el 25 de junio de 1978, donde la selección argentina se consagró campeona del mundo por primera vez en su historia.

Desde entonces, el Monumental pasó a ser más que la casa de River: fue también la casa de la selección. En 1986, como homenaje a su impulsor, el estadio fue rebautizado con el nombre completo de su fundador: “Estadio Monumental Antonio Vespucio Liberti”. Ese mismo año, River alcanzó la gloria máxima al ganar su primera Copa Libertadores y Copa Intercontinental. Martín Narvarte, miembro de la Subcomisión del Hincha, explica que para ellos el estadio es mucho más que un lugar para jugar: “Es el corazón del club. Representa nuestra historia, nuestras alegrías y también nuestras tristezas. Une a diferentes generaciones y nos hace sentir parte de algo más grande que un partido de fútbol”. Narvarte agrega que las remodelaciones recientes, especialmente la renovación de las tribunas bajas, cambiaron la experiencia: “Se siente más cerca de la cancha, la visibilidad mejoró y el ambiente se hace sentir todavía más”.

Durante los años 90 se construyeron nuevos palcos, se mejoraron los vestuarios y se renovaron sectores de las tribunas. También fue sede de la Copa América 1987 y de la final de la Libertadores 1996, cuando River ganó su segunda copa. Al comenzar el siglo XXI, el estadio Monumental ya era una leyenda. Había visto a River conquistar América y al país celebrar un Mundial. Pero el tiempo también se hacía sentir en el estadio. Así que el gigante de Núñez se preparó una vez más para reinventarse.

La década de 2010 no dejó buenos recuerdos. River atravesó momentos difíciles, incluso el descenso en 2011, pero el Monumental se mantuvo firme, como si se negara a caer. En 2014 y 2015, bajo la dirección técnica de Marcelo Gallardo, el estadio volvió a ser testigo de noches épicas. La Copa Sudamericana 2014 y la Libertadores 2015. Cada paso de aquel River victorioso parecía devolverle al estadio el brillo de su historia. Ricardo Ledesma, miembro de la subcomisión del hincha, recuerda los momentos más alegres que le tocó vivir en el estadio: “Uno de los partidos que más recuerdo es la final de la Libertadores 2015. El recibimiento me hizo acordar mucho al de la final en el 96, y después de todo lo malo que vivimos, fue una alegría muy grande”. Destaca también que la propia estructura del Monumental hace aún más grande el aliento de los hinchas: “La acústica, la cercanía de las tribunas y el tamaño hacen que el aliento de la gente tenga más fuerza”.

En 2020, bajo la presidencia de Rodolfo D’Onofrio, el club decidió encarar una renovación profunda. En plena pandemia, comenzaron las obras más ambiciosas de su historia desde su construcción original. Por primera vez en 82 años, el estadio cerró completamente sus puertas. Las viejas butacas fueron retiradas y se bajó el nivel del terreno para acercar las tribunas al campo de juego. El objetivo de modernizar el estadio estaba claro. Se instaló un césped híbrido, similar al de los mejores estadios del mundo.

Las obras avanzaron en dos etapas. La primera terminó en 2021 con la reapertura parcial del estadio y un campo totalmente renovado. La segunda, entre 2022 y 2023, donde se completó la transformación. Se construyeron nuevas tribunas bajas, se reemplazaron todas las butacas, se añadieron palcos corporativos, zonas de hospitalidad y un anillo perimetral que permite la circulación completa. El resultado fue un Monumental distinto. Su capacidad se elevó a 86.000 espectadores, lo que lo convirtió en el estadio más grande de Sudamérica.

En febrero de 2023, con la inauguración completa de las tribunas bajas, el estadio alcanzó su versión definitiva. Bajo la presidencia de Jorge Brito, River presentó oficialmente el nuevo Estadio Mâs Monumental, patrocinado por la cadena de supermercados ChangoMas, aportando 20 millones de dólares en un lapso de siete años. Un símbolo del crecimiento institucional del club y de su lugar de liderazgo en el fútbol argentino. Jorge Lorenzo, más conocido como “Chachi”, integrante de Los Auténticos Decadentes, apunta cómo evolucionó la relación entre los hinchas y el estadio. “Antes, el Monumental era más frío; hoy si se vive diferente y se siente muchísimo más la conexión entre el estadio, la gente y el equipo”. Según Lorenzo, hoy hay otro color en el Monumental: “Ahora se llena siempre en cada partido, no importa el rival, la hora o el clima. Ya desde mucho antes de que empiece el partido la cancha tiene otro color”.

El aire dentro del Museo River huele a historia. En ese espacio, a pocos metros del Monumental, se recuerda al pasado. Vitrinas, fotos y maquetas que reconstruyen, paso a paso, la vida del estadio más grande de Sudamérica. Quien recorre sus pasillos siente que el museo no solo cuenta la historia de un club, sino la de un lugar que acompañó cada encuentro con su gente. En una de las primeras salas, una maqueta iluminada muestra el Monumental tal como fue en su nacimiento. La estructura de herradura, no se compara con su versión actual. Las placas explicativas relatan cómo River apostó por un proyecto en los terrenos de Núñez.

Unas vitrinas más adelante, se encuentran los planos originales firmados por el ingeniero José Aslán, que muestran las tribunas en hormigón armado, las rampas y el círculo de la cancha. En los paneles se destacan las fechas 1938, la inauguración; 1958, la ampliación que cerró la herradura; y 1978, la gran remodelación para el Mundial. A un costado, un video compara imágenes del pasado con los trabajos recientes de remodelación. Se puede ver cómo las antiguas tribunas bajas fueron demolidas y reconstruidas, cómo se acercó el campo de juego, cómo el cemento gris se transformó en un anillo moderno, con butacas nuevas y palcos vidriados.

Más adelante, una pared curva reproduce los nombres de las leyendas que pisaron la cancha. Angel Labruna, Norberto Alonso, Enzo Francescoli, Marcelo Gallardo. Luego, una proyección muestra el avance de las obras recientes: la ampliación de las tribunas, el nuevo césped híbrido y los túneles reformados. La voz en off narra cómo el Monumental alcanzó los 86 mil espectadores. Al terminar el recorrido, desde los ventanales del museo se puede ver el estadio Monumental. Es el cierre ideal, porque después de conocer su historia, está justo enfrente. Un símbolo en la historia de Plate y de la selección.

Hoy, más de ocho décadas después de su nacimiento, el Monumental sigue siendo la casa de River y del fútbol argentino. Desde los tablones de madera de los años 30 hasta el hormigón pulido del siglo XXI. Es un estadio que se rehace sin dejar de ser el mismo y que se expande sin olvidar su origen. En el Monumental se vive distinto los días de partido y en uno de los últimos partidos del Torneo Clausura, en la derrota por 0-1 ante Sarmiento de Junín el 12 de octubre de 2025, no fue la excepción. Al ingresar al estadio, se siente de inmediato la pasión y la emoción desde los molinetes de acceso hasta las escaleras que llevan a las tribunas.

En el partido, la tensión se acumula. La derrota por 0-1 ante Sarmiento no se vive solo en el resultado, sino en las caras en las tribunas. Expectativa, frustración y esperanza. En un mal año, el estadio se hace sentir igualmente. Cada contragolpe del equipo visitante hace que la tribuna contenga la respiración y en cada ataque de River se siente la intensidad en cada grito y movimiento de los hinchas.

Al final, algunos hinchas salen en silencio y otros aplauden. Al salir, se puede ver el imponente estadio detrás: no es solo un lugar para ver fútbol, sino un espacio donde la pasión se vive en cada partido. El Monumental también se respira a través de quienes acompañan al club y representan la voz de los hinchas. 

Mariana Quiroga, integrante de la subcomisión del hincha, destaca la importancia de la historia y de los ídolos que pasaron por el estadio: “Cada parte de la cancha tiene recuerdos de jugadores que marcaron época. Labruna, Alonso, Francescoli, Ortega, Aimar; hay un montón”. Para el futuro, Quiroga siente que aún hay cosas que mejorar, como los accesos al estadio, la seguridad y algunos espacios para que los hinchas puedan disfrutar de manera completa la experiencia de vivir un partido en el Monumental.

El estadio Monumental es historia, memoria y pasión. Desde sus inicios hasta los partidos actuales, sigue siendo el corazón de River y un lugar en donde cada encuentro se vive con una intensidad única.

La ausencia de argentinos en la NBA: un problema que expone la crisis del básquet nacional

Por Valentín Gourovich

Juegos Olímpicos de Atenas, 27 de agosto de 2004. En medio de un bullicio infernal, la selección argentina de básquet hace historia: elimina al Dream Team de Estados Unidos y avanza a la final. Cuatro días más tarde, corona la actuación tras vencer a Italia y lograr así la primera medalla dorada de su historia. Ya pasaron más de 20 años de esta hazaña que, por el panorama de hoy, queda muy lejana. En la última temporada de la NBA, que tuvo a Oklahoma City Thunder como campeón por primera vez en su historia, se igualó el récord de mayor cantidad de jugadores internacionales con 125, representando a 43 países diferentes. Por segundo año consecutivo, tras la salida de Leandro Bolmaro de los Utah Jazz en febrero de 2023, no hubo ningún jugador argentino.

Si bien en Argentina al deporte que más importancia se le da es al fútbol, el básquet fue motivo de orgullo en más de una ocasión. De la mano de la Generación Dorada, la selección fue la única que le pudo quitar el oro olímpico a Estados Unidos después de la creación del Dream Team -Juegos Olímpicos Barcelona 1992-. Además, en la temporada 2007/08, hubo seis argentinos -Emanuel Ginóbili, Carlos Delfino, Andrés Nocioni, Fabricio Oberto, Walter Herrmann y Luis Scola- en la mejor liga del mundo al mismo tiempo, récord nacional aún vigente. En total, fueron 23 los representantes albicelestes con pasado en la NBA. ¿Cómo se pasó en 17 años de un extremo al otro?

La crisis de talento va de la mano con el pésimo momento que atraviesa la selección, que no clasificó al Mundial de 2023 disputado en Filipinas, Japón e Indonesia por primera vez luego de 41 años y que tampoco estuvo presente en los Juegos Olímpicos de París 2024 luego de disputar los últimos cinco de manera consecutiva. Tras el subcampeonato en el Mundial de China 2019 bajo el mando de Sergio “Oveja” Hernández, comenzó una crisis que hoy persiste tanto a nivel deportivo como dirigencial. La brecha, que siempre existió con Estados Unidos, se agrandó y, además, las potencias europeas, como España, Grecia y Francia, con las que antes había una cierta paridad, se distanciaron del básquet argentino. Seis de los últimos siete “Most Valuable Player” (MVP) de la NBA fueron del Viejo Continente. Giannis Antetokounmpo, griego, en dos oportunidades; Nikola Jokić, serbio, tres veces; y Joel Embiid, francés, quien se nacionalizó estadounidense, una vez. El restante fue para el canadiense Shai Gilgeous-Alexander.

En un periodo en el que todos crecen, Argentina retrocede. España es uno de los países que más creció durante los últimos 10 años gracias a las inversiones para el desarrollo de infraestructura y también por los logros deportivos cosechados (campeón del Mundial de 2019 en final ante Argentina y también del EuroBasket 2022). En la actual temporada de la NBA, hay dos españoles presentes y con protagonismo: Santi Aldama, en los Memphis Grizzlies, y Hugo González, en los Boston Celtics. Además, con vistas a evitar la salida de jóvenes talentos a la NCAA (liga universitaria de Estados Unidos), la Federación Española acordó crear una nueva competencia (La Liga U) para que aquellos jugadores menores a 22 años puedan sumar minutos y crecer a nivel deportivo en un entorno competitivo.

“Primero es una cuestión económica, que repercute en la infraestructura no preparada para desarrollar jugadores de élite. Y segundo, los entrenadores que están en los clubes no son los mejores, sino los más baratos. Entonces, no son gente preparada para enseñar y contribuir en el desarrollo”, explica Óscar “Huevo” Sanchez, entrenador campeón de la Liga Nacional con Atenas en la temporada 2002/2003, y en la actualidad encargado del campus de entrenamiento Huevo Sanchez con el objetivo de potenciar jóvenes talentos. Además, el Huevo Sánchez apunta contra la nula participación del Estado en el básquet y la falta de un proyecto: “Es complicado al no haber una política de Estado. Si no hay plata para los jubilados y demás, te imaginás lo que puede ser para el deporte. Lo ideal sería que haya un buen equipo de scouting que seleccione a los jugadores más talentosos por región, con ciertas características específicas, y en base a eso ir separándolos para que comiencen a entrenar en centros de alto rendimiento para luego competir en las universidades estadounidenses”.

Para entender el presente, hay que mirar la Liga Nacional. Producto del abandono dirigencial, se estancó el surgimiento de nuevos talentos que estén capacitados para dar el salto. Atrás quedaron Facundo Campazzo, Gabriel Deck, Nicolás Laprovíttola y otros tantos jugadores que, si bien no se pudieron asentar en la NBA, tuvieron -y algunos aún tienen- un gran nivel en la EuroLiga, el segundo torneo más prestigioso a nivel clubes. El 14 de octubre de 2016, San Lorenzo de Almagro hizo historia al ser el primer argentino en enfrentarse a un equipo de NBA (fue derrota 122-105 frente a los Toronto Raptors en Canadá) y, gracias a una camada brillante de jugadores, logró conseguir cinco ligas nacionales seguidas (de la 2015/16 a la 2019/20, que no se pudo terminar por el COVID). Hoy, en cambio, la realidad es totalmente opuesta: producto de una acefalía dirigencial, San Lorenzo estuvo cerca de perder su plaza en la Liga Nacional debido a las deudas, que rondaban los 600 mil dólares, que saldó tanto con jugadores, agentes y hasta con la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA). Es una muestra más del abandono. De ser uno de los mejores equipos del continente, a luchar por no desaparecer.

“Con respecto a la infraestructura, Ferro está muy bien para lo que es la Liga Nacional. Después, quizá se podrían mejorar algunas canchas y los gimnasios. Lo más flojo son los vestuarios, que en varios clubes son bastante chicos e incómodos”, explica Tomás Spano, que durante la última temporada vistió la camiseta de Ferro Carril Oeste y hoy juega en La Unión de Formosa. El club de Caballito cuenta con un gimnasio profesional bien equipado, una cancha multiuso en donde suelen entrenar las divisiones menores y el estadio principal, el reconocido Héctor Etchart, en el cual tanto el plantel masculino como femenino realizan sus trabajos. Es uno de los estadios más preparados de la Liga Nacional, por su capacidad de 4500 espectadores y por el mantenimiento del parquet. De igual forma, no con todos los clubes es así y por eso el nivel se empareja hacia abajo, aún más considerando la seriedad de las universidades estadounidenses. Lucas Mercandino, cordobés que juega en Lubbock Christian University y que se desempeñó en el Club Sportivo Bolívar de Argentina, explica las grandes diferencias entre Argentina y Estados Unidos: “A nivel de infraestructura es incomparable. Ahora estoy en un equipo de segunda división e igualmente se nota la superioridad. Hay una cancha para los hombres, otra para las mujeres, una sala de kinesiología enorme y también tenemos dos gimnasios. Tenés todos los recursos que necesitás para crecer como jugador, tanto en el aspecto físico como a nivel juego”.

No hay que perder de vista otro detalle que también es fundamental a la hora de entender las diferencias: la cultura. Lo que en Argentina se produce con el fútbol, en cada plaza, potrero o club con baby, en Estados Unidos sucede con el básquet. En el barrio Green Village, en Manhattan, en West 4th Street, hay una cancha llamada “The Cage” (“La Jaula”) en la que se desarrollan partidos al estilo callejero bajo la modalidad de 3 vs. 3 o hasta incluso 4 vs. 4, sin árbitros, y tanto las reglas como los puntos se acuerdan entre los jugadores antes de comenzar. Incluso, varios ya consagrados, como Kevin Durant, Kemba Walker y DeMar DeRozan, participaron de partidos en “The Cage”. Para la gente que transita por Manhattan, ya sean turistas o residentes, no deja de ser una atracción ver el nivel y la intensidad con la que se juega esa clase de básquet callejero.

A nivel académico, las diferencias de enfoque también son muy grandes: los deportes colectivos en los que se compite en la mayoría de los colegios argentinos, casi siempre de forma recreativa, son fútbol, vóley y handball. En cambio, en Estados Unidos, hay otra diversidad. Debido a lo costoso que puede llegar a ser estudiar en una universidad -Suele promediar los $20 mil dólares y algunas mucho más- se ofrecen becas para que aquellos que se destaquen en algún deporte puedan representar a la Universidad, con especial hincapié en el fútbol americano y en el básquet. Jason Cortés, director del programa de estudios latinoamericanos en la Universidad Rutgers de Newark, remarca la importancia: “Aquí, muchas veces diversos proyectos educativos son cancelados por falta de presupuesto, pero cuando se trata de los deportes, siempre hay apoyo, ya sea mejorando la infraestructura u otorgándoles becas a aquellos que no pueden afrontar el gasto de una universidad, pero que destacan en alguna disciplina deportiva”.

En una entrevista para La Nación en noviembre del 2024, el argentino Iván Maggi, quien trabaja en el sindicato de jugadores de la NBA como nexo entre los directivos y los jugadores, mencionó que “no hay que subestimar a la liga”, ya que hay que ser muy bueno para formar parte y que, “lamentablemente, Argentina está muy lejos de volver a tener presencia en la mejor liga del mundo”. Será el turno de que dirigentes, entrenadores y jugadores decidan elevar la vara para que, en el corto o mediano plazo, el básquet de Argentina vuelva a medirse ante los mejores del mundo, como hace 20 años bajo la bandera de la Generación Dorada.

Cuando entrenarse es repetir hasta que duela

Por Bautista Mendiburu

El caucho se despega del césped sintético cuando rueda la pelota. Enrique Sánchez, entrenador y fundador de Metz Academy, academia de perfeccionamiento individual de fùtbol, toca el silbato y frena el ejercicio. “Es cuestión de repetirlo hasta que salga; la clave es la constancia, pronto verán resultados”, dice, y sus cuatro alumnos escuchan atentos mientras sobrepasan el frío de la mañana de agosto en Pilar. La cancha tiene algunas líneas marcadas y conos. Cada pase, cada tiro al arco, está pensado para pulir lo que al jugador le falta. Simular situaciones que los profesionales de fútbol van a vivir en los partidos, y hacerlo miles de veces, para que luego en el partido salga lo mejor posible. Entrenar en una academia no es un lujo: es una inversión en el futuro.

Desde hace cuatro años, en Buenos Aires suena el nombre de Metz Academy, un espacio pensado para que los jugadores trabajen lo que el club no alcanza a pulir. Bajo la conducción de entrenadores como Enrique Sanchez, profesor de educación física y creador de Brainplus (Neurociencias aplicadas al deporte), la propuesta se centra en la repetición, la técnica y el detalle: controlar mil veces hasta que salga natural, rematar mil veces hasta que se vuelva instinto. 

Felipe Hernández ahora está lejos, en Missouri, Estados Unidos, entre entrenamientos de fútbol profesional universitario y estudios de administración de empresas. Pero recuerda los entrenamientos en Metz: “Esos centros con efecto, los mil controles, son cosas que sigo aplicando acá”. Aunque esté lejos, sigue entrenando con el objetivo de convertirse en jugador profesional de fútbol. Esa impronta le permite seguir creciendo como jugador, como también creció en Armenio y su cuna, el barrio Aranjuez, con la sensación de que esos entrenamientos en Buenos Aires siguen guiando su manera de jugar.

Por otro lado, en Benavídez, se encuentra la Academia Control Orientado. Es un proyecto que creció rápido, en 2021, impulsado por todas las familias de alumnos que buscan mucho más que fútbol: quieren formación y oportunidades reales para sus hijos. La mirada no está solo en lo que pasa dentro de una cancha de fútbol, sino también en disciplina, valores y sentimientos. Mateo Veraldi fue testigo del nacimiento de la academia. El delantero surgido en Control Orientado, estuvo desde los primeros días, cuando en la academia, los jóvenes ya se entrenaban con ganas de aprender. El esfuerzo de Miguel Cisterna y Tomas Veraldi, los fundadores, rindió frutos. Mateo Veraldi entrenó en el plantel superior de Colegiales, una puerta que se abrió gracias al tiempo que pasó perfeccionándose.

Argentine Style Academy: el fútbol argentino se vive en Connecticut

En la academia Metz, los chicos llegan recién despiertos, algunos abrigados con más de una capa de ropa. Enrique Sanchez arma el primer ejercicio: control orientado con la suela y pase a un toque, desmarque para recibir de frente y remate cruzado. El cronómetro marca series de tres minutos. En cada pausa, siempre hace una corrección: “perfila el cuerpo”, “no esperes la pelota”, “mirá el arco antes de definir”. En el borde de la cancha, algunos padres presenciando el entrenamiento mientras el caucho se acumula en pequeñas montañitas sobre el alambrado. Un perro duerme al sol. La práctica sigue.

En Benavídez, un sábado al mediodía, aprovechando la fecha libre propuesta por la AFA, la tribuna de madera junta familias y mates. En la cancha, Miguel Cisterna ordena un circuito de pases diagonales, con controles hacia afuera para evitar la presión y cambios de frente a la carrera. “Pases precisos y al pie hábil del compañero”, dice. Mateo Veraldi, desde un costado, toma tiempos y corrige posturas. Cuando un juvenil erra, se repite sin reproche. Se busca la perfección, esa repetición que sea excelente, con pases firmes, buenos controles, desmarques, y que finalice en gol. 

Sánchez explica: “Acá nadie viene a inventar nada. Trabajamos lo que funciona: control, pase, remate. Lo que le falta a un juvenil es repetir hasta que salga automático”. Su voz se mezcla con el golpe de la pelota contra el botín y con el sonido de cansancio de chicos que todavía no son mayores de edad pero sueñan como si el debut estuviera a la vuelta de la esquina. Usualmente, los alumnos de la Academia Metz son de clubes ubicados en zona norte: Real Pilar, Pilar FC, Tigre, Platense.

Hernández, del otro lado de América, vive lo mismo de este método de perfeccionamiento. “Allá (Argentina) muchos no entrenan fuera del club o universidad. Nosotros crecimos con esa cabeza: la del sacrificio por sobre todo”, cuenta. En los campus universitarios de la ciudad de Missouri aprende a convivir con rutinas largas y viajes, pero siempre recuerda esos movimientos que aprendió en las frías mañanas en Metz: preparar el cuerpo antes del balón, orientar el primer toque a la zona libre, atacar el espacio desde atrás. Cada tanto manda un mensaje a Sánchez y le cuenta cómo le va en los partidos o entrenamientos. La relación no se corta, porque cada vez que vuelve por el receso del torneo universitario de los Estados Unidos, vuelve a optar por entrenarse en Metz Academy. 

Cisterna, en la academia de Benavídez, baja la intensidad cuando ve que la técnica comienza a fallar. Les pide repetir el control con sutileza. Después sube el ritmo de a poco, hasta que el gesto vuelve a ser limpio y natural. No hay apuro. El apuro suele ser el enemigo del detalle: cuando uno hace rápido las cosas y sin pensar, vuelve a aparecer el error. Mateo Veraldi sostiene que todo lo que aprendió fue mirando y entrenando. “Acá no te enseñan solo a ganar un partido: te enseñan a jugar bien. Después, cuando te sale, el resultado llega solo”, dice. La frase queda en el aire mientras arma conos para un rondo. El juego propone una sola salida posible y obliga a leer antes de que la pelota llegue.

Las mejores escuelas de fútbol infantil en la zona Sur: formá al futuro campeón

El fútbol argentino, a veces contado desde los grandes nombres, estadios o campeonatos, también está en estos centros de perfeccionamiento y alto rendimiento. En predios que no conoce nadie, en canchas de tierra, en tardes de calor y mañanas de dos grados bajo cero. Lo que sucede ahí no sale en la tele, no lo saben los hinchas que insultan cuando un jugador da mal un pase, pero queda en el conocimiento de quien lo hace. Se trata de aprender a entrenar, que es otra forma de aprender a esperar el momento de hacer esos pasos para convertirse en futbolista profesional. Porque la carrera no es lineal: está hecha de pequeñas decisiones a lo largo de los años. Un pie de apoyo al lado de la pelota, un medio paso antes del salto, un hombro que se abre en el último segundo y hasta un movimiento de cadera para perfilarse bien.

La precisión no rompe la magia; siempre va estar esa parte del fútbol que es impredecible, la imaginación para hacer gambetas y engañar al contrario. Pero también se trabaja el gesto para que, cuando aparezca la jugada, se ejecute como si fuese natural. Esa naturalidad “entrenada” es una cualidad formada en silencio, durante semanas, meses, años. Sánchez lo resume con una imagen: “Cuando un pibe entiende que el control es el comienzo de todo, el que mejora todo tipo de jugada, el resto empieza a ordenarse”.

Hernández trae otra historia. En un entrenamiento de fútbol con el primer equipo, la pelota viene mordida y picando. Antes se le iba larga. Ahora, baja el centro del cuerpo, orienta el empeine y la duerme hacia afuera. El lateral rival queda a contramano. El entrenador del plantel superior se sorprende, ve un cambio en él. Son gestos que no se ven en un video corto, pero deciden una jugada. “Eso aparece cuando ya lo hiciste muchas veces”, dice. Cuando los entrenadores notan estas mejoras, los futbolistas suben en la consideración; los detalles son los que luego definen las jugadas, los goles y los partidos.

Mateo Veraldi no suele hablar de talentos, sino de hábitos, de trabajo, de sacrificio. Señala la muda de botines en una bolsa, el mate apoyado lejos del campo, la puntualidad. Dice que la disciplina es el primer paso a la grandeza. No todo lo importante de un futbolista está dentro de un campo de juego. El respeto, el compañerismo y la empatía, dice, son fundamentos claves para convertirse en profesional. Hace hincapié en que el jugador que aprende a corregirse, aprende también a leer el partido. El día que entiende y asimila, el error deja de ser un tropiezo para convertirse en señal, en otra oportunidad para mejorar. Observa a un grupito que se queda después de la hora para patear pelotas paradas. Mueve un cono dos centímetros, vuelve a mirar el arco, les pide que imaginen un contrario en la barrera. Cuando la pelota entra, no hay gritos: hay una respiración que se afloja. “La próxima, igual pero más rápido”, dice. Y se ríe, porque sabe que la próxima será igual, y después otra vez, hasta que el cuerpo responda solo, hasta que salga de memoria. 

Del otro lado del ramal Escobar, en Pilar, cae el sol y se termina la última sesión de entrenamiento del día en Metz. El sol ya no pega de frente y el frío regresa con la tardecita. Sánchez junta los conos, guarda el silbato y deja una última indicación. “Mañana es lo mismo: repetimos. Es la única manera”. Los chicos se sientan. Detrás de ellos, la cancha queda vacía, esperando a que pase la noche para volver a recibir alumnos que repitan, repitan y repitan.

En Benavídez, más tarde, el viento trae olor a pasto recién cortado y vuela el polvo de esa cancha abandonada, la que solo se usa para hacer la parte física, la más odiada por los alumnos. Miguel Cisterna y Tomas Veraldi ordenan el cierre del entrenamiento del primer equipo con una serie de pases a dos toques que terminan en pared y remate. Mateo Veraldi recoge pelotas y vuelve a acomodar los conos. No hay música ni indicaciones, solo el sonido de la pelota Puma N° 5 saliendo limpio del botín y el golpe seco contra la red o los guantes de los arqueros.

Hay historias de futbolistas que terminan en un debut en un equipo afiliado a la AFA, puede ser primera, segunda, tercera o hasta cuarta división, otras en un viaje, otras en una carrera distinta. El final queda abierto. Puede ser un contrato, una beca, un torneo o el simple orgullo de haber entrenado bien. Lo que queda es el método, que es también una forma de carácter y algo que sirve para todos los ámbitos de la vida. Volver al mismo movimiento, corregir lo que salió mal, insistir con paciencia. En el fútbol, como en la vida, nadie garantiza el éxito, pero sí hay una manera de hacer las cosas para cuando la oportunidad llegue. Y la manera es esta: repetir hasta que el cuerpo hable por sí solo.

Sánchez deja una frase que sus alumnos ya conocen: “El fútbol es repetir hasta que te salga perfecto, y cuando te sale, volver a repetirlo”. Felipe Hernández, desde Missouri, contesta con un mensaje simple: “Sigo con lo mismo”. Cisterna mira el reloj y cierra el portón del predio de Control Orientado. Mateo Veraldi apaga las luces de la cancha. El predio queda quieto. Mañana, otra vez, alguien tocará el silbato y se volverá a repetir lo mismo.

El Reconquista y su deuda con el deporte argentino 

Por Renzo Terzian

Mientras el Congreso debate la recuperación de la autonomía del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD), la Pista Nacional de Remo y Canotaje —situada en Tigre, sobre el tramo final del Río Reconquista— atraviesa una gran contradicción. Al mismo tiempo que se discute cómo garantizar fondos para becas, traslados y concentraciones, los remeros intentan entrenar en un cauce donde el agua enferma a los atletas. Es el contraste entre la política que promete apoyo al deporte y la realidad de un escenario que lo castiga. 

En paralelo a la discusión por la recuperación de la autonomía del ENARD, los botes se alinean sobre el agua espesa del Reconquista. Desde lejos, el río parece sereno, pero basta con acercarse para que ese espejismo se rompa. Un olor agrio, parecido al de una cloaca abierta, se mezcla con el humo de las lanchas. Plásticos, ramas y pedazos de espuma flotan con lentitud sobre una superficie gris. Cada brazada levanta burbujas de aire atrapado entre los residuos. Los remeros ajustan los movimientos para no salpicarse la cara porque saben que un simple roce puede terminar en una infección. 

“Somos embajadores de todo un país y nada, remamos en una cloaca a cielo abierto”, dijo Ariel Suárez, ex remero olímpico, con un tono más de cansancio que de enojo. 

El deterioro del lugar comenzó hace 40 años y fue producto de malos manejos políticos. En 1985, después de una crecida, las autoridades municipales decidieron romper el cerramiento que protegía la pista de la contaminación. Lo hicieron para aliviar un riesgo inmediato, pero con esa acción abrieron el paso para que los desechos de distintos municipios llegaran hasta los bajos que mantenían el nivel del agua. Daniel Concilio, presidente de la Asociación Argentina de Remo, recuerda aquel momento con precisión. “En el año 85 estaba cerrado ahí el puente de la línea como le decimos nosotros, donde comienza la pista nacional de remo, y cayeron 300 mm de agua en una hora. Ahí entraron en pánico a nivel municipal. Pensaron que se podía inundar parte de los lugares cercanos a la pista y fueron y rompieron”

La cuenca del Río Reconquista se extiende por 18 municipios del conurbano bonaerense y además forma parte de un sistema más amplio: 134 cursos de agua que totalizan unos 606 km, de los cuales 82 corresponden al propio río. Ese entramado hidráulico no solo

complejiza el saneamiento, sino que hizo que sea casi imposible aislar la pista de remo del flujo contaminante que venía de toda la cuenca. Los inventarios técnicos señalaron decenas de basurales y relevamientos que registraron más de setecientas toneladas acumuladas. Si se suman los residuos de toda la cuenca, la cifra asciende a cientos de miles de toneladas, dependiendo del método de medición. Más allá de las estadísticas, el paisaje habla por sí solo: el agua tiene un color oscuro, espeso, que absorbe la luz del mediodía y deja una película aceitosa en los cascos de los botes. El viento trae un olor rancio, como una mezcla de barro fermentado y residuos estancados. 

Practicar en esas condiciones requiere adaptarse a lo que el río impone. Las sesiones de entrenamiento, que deben medirse en tiempos y ritmos, se interrumpen para esquivar bolsas o desechos. Los entrenadores cambian recorridos para evitar zonas con exceso de sedimentos. “La pata del motor tocó el fondo. Se levantó el piso, nos quedamos enganchados”, dijo Martín Bonini, entrenador nacional, mientras observa las hélices marcar círculos en ese invisible suelo marrón. 

Las consecuencias son múltiples. Desde lo técnico, la densidad del agua aumenta por la cantidad de sólidos suspendidos, lo que altera la comparación con marcas internacionales. “Desde el punto de vista técnico estamos en un agua más densa por la contaminación y la suciedad. Nuestros tiempos de referencia se vuelven imposibles de comparar a nivel mundial”, admitió Concilio. Desde lo económico, el daño alcanza incluso a las embarcaciones. “Este es un bote alemán que costó alrededor de 20.000 euros. Es mucha plata, y los botes tienen agujeros y golpes por todos lados”, cuenta Oriana Ruiz, mientras recorre con los dedos las grietas de su casco. 

El impacto sanitario llega tarde o temprano, con infecciones intestinales, erupciones cutáneas y cuadros de descompostura que se repiten en la mayoría de los deportistas. “Todo el tiempo tenemos que remarcar la higiene, que no se toquen la cara y que se limpien los botes. El material se deteriora con la contaminación, y aparecen casos de infecciones intestinales y patologías en la piel”, explica Lorena Bembible, directora técnica de remo adaptado. En los entrenamientos, el agua salpica y se mezcla con la transpiración. Ese mínimo junte basta para enfermar: “Mi hijo entrena todos los días y llegó a estar una semana descompuesto. No toma el agua, pero al salpicar, ingresa contaminación por los poros del cuerpo”, asegura Silvina Morales, integrante del consejo directivo de la Asociación Argentina de Remeros Aficionados (AARA). 

Ariel Suárez sufrió en carne propia las consecuencias. Durante una preparación mundialista, una infección derivada del contacto con el agua lo dejó dos meses en cama. “Si

la bacteria me llegaba al corazón, no estaría hablando con vos ahora”, confiesa. Francisco Pfaab, director técnico de la categoría Sub-19, describe ese riesgo invisible: “Lo grave es que ese aire que está ahí son gases. Eso significa que el suelo está contaminado con metales pesados”, advierte. El fondo del río, más que barro, funciona como un archivo de años de polución. 

En los últimos monitoreos, el ente autárquico que coordina y ejecuta acciones vinculadas con el saneamiento ambiental (COMIREC) detecta concentraciones de plomo, zinc y cromo superiores a los valores guía de la Organización Mundial de la Salud. Los estudios también revelan la presencia de hidrocarburos y residuos cloacales que llegan a la pista arrastrados por el flujo de la cuenca. En algunos sectores, la superficie del Reconquista muestra un movimiento irregular, como si pequeñas burbujas ascendieran desde el fondo y explotaran en la oscura superficie. Ese comportamiento del agua, que a simple vista parece menor, acompaña un nivel de materia orgánica que excede en un 70% lo permitido para usos recreativos. Ese diagnóstico confirma lo que los deportistas sienten cada día en el cuerpo y deja en evidencia la escala del problema ambiental que atraviesa todo el recorrido del río hasta desembocar en Tigre. 

Las soluciones existen, pero no avanzan, los proyectos técnicos proponen mangas de contención para detener los residuos flotantes, vertederos asimétricos para mantener el nivel del agua, colectores cloacales y plantas de tratamiento para cortar la fuente de efluentes. “Con dos vertederos de cota asimétrica, con treinta centímetros menos, la pista se mantiene llena”, explicó Concilio, refiriéndose a una de las obras hidráulicas pendientes. El problema no es técnico sino político. La cuenca abarca dieciocho distritos con intereses distintos, y la fragmentación diluye las responsabilidades. El COMIREC y el municipio de Tigre impulsan pedidos concretos, como la reposición de mangas de contención. Mientras, programas financiados por organismos internacionales incluyen colectores y estaciones de bombeo. Aun así, la continuidad de las obras se pierde entre gestiones, y la pista acumula señales de esa inacción: carteles de proyectos que ya no tienen fecha, maquinaria estacionada en la orilla y tramos del canal donde las intervenciones quedan a mitad de camino. 

Creado en 2009, el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) nació para financiar becas, equipamiento y viajes de atletas argentinos. Su presupuesto proviene de un impuesto del 1% sobre la telefonía celular, pero en 2017 ese esquema se modificó y el organismo pasó a depender de las partidas del Tesoro Nacional. Esa decisión lo dejó expuesto a los cambios políticos. En 2024, con el recorte de fondos y la pérdida de autonomía, las becas se redujeron un 30%. “El mes que viene no tienen plata para pagar

becas”, advierte Cecilia Carranza, campeona olímpica. Su denuncia vuelve a poner en agenda el lugar que ocupa el deporte en la política pública argentina. 

En paralelo, el debate sobre el ENARD sigue abriendo grietas entre la dirigencia deportiva y los propios atletas. Las demoras en los pagos de becas y la falta de fondos para cubrir viajes o concentraciones vuelven a exponer la fragilidad de un sistema que, pese a producir medallas, depende de la buena voluntad política. Los remeros del Reconquista no están al margen de esa crisis. Entrenan en un escenario contaminado y, al mismo tiempo, ven cómo el presupuesto nacional para infraestructura deportiva se achica. Los clubes acumulan deudas, los entrenadores buscan recursos propios y muchos atletas combinan los entrenamientos con trabajos temporales. “Cuando cortan los aportes, lo primero que se frena son las obras”, explica Daniel Concilio. Las mangas de contención, los vertederos y hasta los simples relevamientos ambientales quedan totalmente postergados. 

El conflicto entre la falta de recursos y la realidad cotidiana en la pista también se refleja en las palabras de los entrenadores. “Es un riesgo y creo que nos está sacando gente del deporte, porque los padres o los mismos chicos lo evalúan”, dice Francisco Pfaab, técnico de la selección sub-19. Su advertencia se repite en los clubes. “La gente que estamos acá ya lo naturalizamos, pero esto no es normal”, insiste Ariel Suárez, con la autoridad de quien remó por dos décadas para el país. 

Esa normalización es el síntoma más silencioso del problema. Los deportistas crecen acostumbrados a ese olor insoportable del río y al color tan desagradable del agua. Algunos jóvenes piensan que ya es parte del paisaje. “Esto no es solo una cuestión de entrenamiento, es de salud pública. Hay chicos que entrenan todos los días en estas condiciones y terminan con fiebre o irritaciones”, advierte Pfaab, que conoce la pista desde hace décadas. Silvina Morales resume el deseo de muchos: “Hoy acá en Tigre queremos que este río se limpie, que se cumpla el proyecto que tanto esperamos. Queremos tener una pista que sea una imagen para todo el mundo, donde las competencias puedan hacerse acá, una pista olímpica”. 

La orilla muestra lo que los discursos no alcanzan a tapar. Brigadas de limpieza retiran desechos cada semana, pero el caudal sigue trayendo más y más contaminación. Las tortugas se suben a neumáticos porque son testigos de lo que hay debajo, las ratas cruzan las orillas entre botellas vacías y ramas secas. Los entrenadores saben que los operativos son un paliativo. Para revertir la contaminación se necesitan obras de gran escala, la coordinación de municipios y una decisión que trascienda los mandatos políticos.

Suárez insiste en que la contaminación no siempre se veía. Desde lejos, el río puede parecer sereno, pero basta con acercarse para descubrir otra escena en la avenida costera que bordea la pista y permite una vista limpia del canal: “Ahora lo ves, está muy lindo desde el Camino de los Remeros, se ve hermoso, se ve lindo. Pero le digo a la gente que se baje a un costado, que se anime a acercarse al agua, que vea el agua, que se anime a meter la mano, a ver si se anima. Los deportistas, tanto remo como canotaje, como todos los clubes, no tienen otra opción que venir a remar acá. Son los chicos, los futuros embajadores del país, que tienen que remar en esta cloaca”, advierte el exremero. 

El dilema se resume en cómo sostener el alto rendimiento sin exponer a los atletas a peligros evitables. La respuesta depende de decisiones concretas y sostenidas en el tiempo, porque para cambiar el presente del Reconquista hace falta presupuesto, coordinación y mantenimiento. Si el país pretende recuperar los fondos destinados al deporte, debe también invertir en la infraestructura que lo hace posible. 

La Pista Nacional de Remo y Canotaje sigue siendo un escenario de contrastes. Allí se forman atletas que compiten en el mundo mientras que el entorno los enferma y los desgasta. Hasta que la técnica y la política se encuentren en una misma decisión, cada entrenamiento continúa siendo un acto de resistencia. Remar se convierte en sobrevivir al barro y a la espuma. Cada brazada lleva consigo mismo el deseo de una medalla y la evidencia de una deuda que todavía sigue inconclusa. 

Entre los entrenadores que conocen la pista desde hace décadas, algunos aún sostienen la idea de que el Reconquista puede recuperarse. La esperanza no nace de la ingenuidad, sino de haber visto ríos transformarse en otras partes del mundo. “Quiero que vuelva a ser la misma pista que yo conocí cuando tenía 14 años, con agua limpia. Nos bañábamos en el río o mi papá, que también era remero de acá de Tigre, me contaba que tomaba el agua. Es viable que se solucione este tema, yo creo que es con trabajo, lo veo posible porque en otros lados del mundo pasó lo mismo. En Inglaterra, el Támesis, la cuna del remo internacional, vivió una etapa de este estilo, con esta calidad de agua, y lo revirtieron. ¿Por qué no nosotros?”, reflexiona Francisco Pfaab, con un silencio seguido a sus palabras, pero no de resignación, sino de certeza, porque en ese río donde todo parece perdido, aún hay quienes creen que remar también es una forma de resistir. 

A pesar de todo, la pista sigue viva. Cada mañana, el murmullo de los entrenadores se mezcla con el chapoteo de los botes al tocar el agua. Los deportistas llegan antes de que salga el sol, acomodan los remos y salen a practicar, mientras que los que utilizan lancha revisan que no se les haya quedado algo pegado en el motor. Lo siguen haciendo porque

no les queda alternativa y además, aún en este río enfermo, persiste algo de lo que los había llevado hasta ahí: su sueño, la disciplina, el compañerismo y una fe que les permite seguir y soñar con que el agua alguna vez vuelva a ser transparente.

Rústicas Deporte Mixto: nadie se salva solx

Por Juan Tobías Graib

Desde su fundación en 1980, la Autopista 25 de Mayo le da techo a 70 predios con funciones múltiples. La mitad son usados como canchas de fútbol. Así, la memoria prevaleció por sobre la intención de su fundador Osvaldo Cacciatore, intendente de facto durante la última dictadura militar, que veía en los estadios -léase el Viejo Gasómetro y el antiguo de Fénix- estorbos para el Plan de Autopistas Urbanas. El deporte como acto de rebeldía, llevó a que el equipo mixto Rústicas encuentre allí su casa.

Escondida entre la Avenida San Juan y Cochabamba, la calle Bolívar abre su paso de la mano izquierda al Polideportivo Oscar Vázquez, filial del Club San Telmo. En ese empedrado que no ve el sol hace 45 años, se ponen cara a cara Monserrat y La Boca: dos gigantes porteños, que ven su naturaleza en un tráfico intenso, calles abarrotadas, gigantes arquitectónicos y gastronomía vintage para un turismo de finde largo. Este sábado no parece seguir esa lógica y pone sobre la mesa la serenidad de una ciudad fantasma. Aprovechando la contranatura, Leandro Amarelle estacionó el Chevrolet Agile gris en la puerta del club.

Ponemos el horario de las dos de la tarde, pero es muy difícil que se cumpla”, explica tras notar que él y su pareja, León Argento, son los únicos en el lugar. “De les 25 jugadores de Rústicas, la mayoría vive en la Zona Sur de la provincia y vive una situación económica ajustadísima. Te hace dar cuenta de que, en un montón de lugares, todavía no hay muchos equipos inclusivos”.

Leandro tuvo que inclinarse para saludar al portero del club. Sus dos metros de altura lo convierten en el tipo más alto de todo el predio -al menos a esta hora, porque solo dos de las cinco canchas de sintético están siendo usadas por niños. Tiene barba poblada y la camiseta puesta desde que se despertó. Además de ser un miembro fundacional de Rústicas, es actor y masajista profesional. Llegaron dos integrantes más y se pusieron a charlar a dos metros de la mesa larga improvisada para un cumpleaños. 

Esto surgió en 2021 como un equipo alternativo al masculino de  Defensores de Buenos Aires”, comienza a desarrollar León Peletay, arquero y cofundador. “Lo que nosotros necesitábamos -porque nació de la necesidad- era tener un equipo mixto o femenino, en el que le podamos dar la posibilidad de aprender y participar a cualquiera: no sólo al varón cis, al cual estábamos acostumbrados a ver en cancha. Y por otro lado también surgió de buscar un fútbol más pacífico y orientado a lo recreativo y a lo pedagógico. Hace tres años, hicimos una división más llamada Perros Callejeros, que sigue la misma premisa pero que tiene la particularidad de ser una escuela y un espacio social. Existe para que quienes no tienen experiencia tengan una base mínima, por lo menos para que no se lastimen solos en la cancha y no estén tan flojos físicamente cuando alguien venga a disputar la pelota. Ambos tienen la misma visión: que todo el mundo pueda jugar, no importa si sabe o no ni quien sea”.

–Cuando empezaron, ¿tuvieron como adversidad que se los vea inferiores deportivamente?

–Al principio nos costó muchísimo lograr un funcionamiento estable. Se trata de gente que tiene años de fútbol y tuvo el privilegio de poder aprenderlo de chico, jugando con una persona que por ahí todavía no sabe cómo dirigir un pase. Hoy nuestra mayor vulnerabilidad, es nuestro mayor orgullo: mucha gente que está con nosotros tenía muy poco roce y pudo tocar una pelota en este espacio. Y por otro lado también participamos de torneos y encuentros en los cuales no hay equipos mixtos ni femeninos, mientras no arriesgue la integridad física de ninguno de los jugadores. Porque tenemos el convencimiento y la certeza de que somos todos iguales y que los lugares se habitan, con nuestra impronta y sin violencia.

Mientras elonga con su uniforme verde, León rememora una situación en el que Rústicas afirmó sus principios dentro de la cancha: “En el último torneo en Santa Fe, tuvimos que frenar y abandonar la final porque pasó a ser agresiva. De hecho, a uno de nuestros chicos le dijeron: ‘dejá de llorar y jugá como hombre’. Ese fue el puntapié para proteger a nuestro jugador y corresponder a nuestro pensamiento. Entonces agarramos la pelota y nos fuimos. Nosotros no tenemos miedo de perder un torneo, un partido o un trofeo- que al fin y al cabo, es un pedazo de plástico. Queremos proteger a nuestros jugadores. Creo que eso es una de las cosas que más enriquece y por la cual la gente se siente protegida en un deporte que es muy difícil de aprender si no lo dominaste de chico”.

Para entrar a la canchita que da a la calle Cochabamba, hay que hacer una L hacia la izquierda y atravesar el predio de futsal. De los veinticinco jugadores, solo asistieron diez. Llegó un grupo de hombres con la camiseta del Olimpia de Paraguay. Saludaron sonrientes y siguieron de largo hasta el fondo. “Hoy nos toca entrenar con este sol, lamentablemente”, dice Leandro, viendo cómo se terminan de ocupar las canchas escondidas por la autopista. “Venir acá y ponerte una camiseta con una bandera del orgullo y habitar espacios donde no están acostumbrados a ver eso es un acto político. Y nosotros, aunque no seamos todos del colectivo, si dejamos de hacerlo apoyamos la invisibilización”.

Leandro y León son pareja hace ocho años y viven juntos en Barracas. León es la pieza futbolera de la relación, pero el apoyo de Leandro y de Alejandro Lopez -el tercer cofundador de Rústicas, hoy ausente- fue indispensable para hacer el sueño posible. “Yo no juego nada a la pelota, pero León me empezó a pedir ayuda en algunas cuestiones y sin darme cuenta empecé a involucrarme, y a involucrarme, y a involucrarme… y acá estoy, metidísimo”, confiesa Leandro, entre risas. “Fue por amor y porque no solo encontré un grupo de gente que viene a jugar, sino también una cuestión muy social”.

Cuando Guido Mazzini entra a precalentar, parece un jugador más en vez del entrenador del club. Con la camiseta de la Selección Argentina 2016 y un pantalón negro, empezó a dar vueltas en círculos y saludar uno por uno a los y las jugadores/as. Futbolísticamente, es el más fornido del grupo: jugó desde su infancia y, cuando conoció a León Peletay en un torneo de F8, no se imaginaba la chance de dirigir y mucho menos estar al mando de un equipo mixto: “Una fecha en la que ellos tenían un torneo, fuimos una hora antes, conocí al grupo, charlamos un poco de fútbol y de nosotros. Entre comillas dirigí ese partido, porque al único que había visto era a León y así arrancamos”.

Al llegar, Mazzini entendió que su manera de dirigirse a cada uno iba a tener que variar de las jergas del fútbol unisex al que estaba acostumbrado hasta hace un año, cuando pisó Rústicas por primera vez. Los únicos ámbitos mixtos en los que estuvo fueron laborales y educativos. Según él, emplear nuevos modos le desarrolló mayor empatía y una mejor comunicación.

Para explicar la historia detrás de cada integrante, Mazzini los diversifica: “Podemos encontrar tres grupos comunes de casos: uno de gente que jugó hasta los 20, que dejó por cuestiones de la vida y ahora que son más grandes están retomando. Después tenés otro- diría que mayoritario- de gente que nunca pudo jugar porque, por algún motivo, sufrió algún tipo de discriminación o no se sentía cómodo en donde jugaba y así lo fue postergando. Ahí varía mucho la edad, pueden ser chicos de veinte hasta de treinta años. Ellos encontraron acá, tanto en Perros Callejeros como en Rústicas, un lugar para poder jugar y que esté todo bien. Y después tenés a los que lo hicieron toda la vida y les gusta el deporte. Pero el factor común que une a los tres es esas ganas de jugar de un modo, si bien intenso y comprometido, que sea sin esa parte extremadamente competitiva. Uno a veces habla del futbolista frustrado, que quizás va fuerte por demás o se sarpa en la parte verbal. Pero eso es lo que los une a todos: un fútbol sin violencia ni mala leche”.

Leandro mira a todos elongar y saca videos con su celular para subirlo al Instagram del equipo. Cuando termina de dar vueltas a la ronda con su cámara en vertical, se dirige a su mochila tirada en el córner derecho. “Me voy a poner a colgar las banderas”, determina mientras abre el cierre superior. “Hay clubes a los que no te dejan pasar ni con las camisetas de otros clubes. Acá en San Telmo nunca nos dijeron nada. Eso es un acto político por parte de ellos, de aceptación; de con algo muy suave, abrazar al colectivo”.

Mientras despliega el primer banderón, se le viene a la memoria el sitio en el que hicieron de local hasta junio: el Polideportivo Don Pepe. Gestionado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, fue la casa de Rústicas durante cuatro años. Era el lugar ideal para Leandro y León, al estar cerca de donde viven y al darle la posibilidad de jugar sin abonar a quienes tuvieran bajos recursos. En 2024, un desconocido empezó a hablar a la cuenta oficial de instagram -de la que Leandro es el administrador- y los bombardeó a preguntas: sus horarios habituales en el club, los nombres de quienes lo manejan, hacía cuánto usaban el predio como sede. Ingenuamente, Leandro esperó que concrete una fecha para ir a probarse como jugador o un atisbo de intención de participar en el equipo. 

Cuando llegaron a Don Pepe el sábado siguiente, no les dejaron colgar las banderas de Rústicas. Unos meses más tarde, el personal del polideportivo les indicó que debían pagar un seguro mensual por las personas que participaban y les dijeron que ya no podían dar clases. Su única opción para pedir el espacio fue la solicitud vía mail: fueron cuatro meses esperando respuestas. Desistieron. 

Ahora hay una movida bastante grande por eso”, agrega Leandro, alzando las cejas con aflicción. “Otro equipo denunció algo parecido y lo llevamos a políticos para poder hacer eco. Antes teníamos un Ministerio de Deporte que acompañaba las políticas que necesita el deporte LGBTQI+. Nosotros también como espacio recibimos un aporte suyo: nos dieron pelotas, zapatillas, y cosas que hoy no funcionan y que no están pasando. Las nuevas políticas hacen que todos los avances, lo que se logró alguna vez, retroceda”.

Para sacar la segunda bandera de la mochila, Leandro debe dejar las camisetas sobrantes en el sintético. Entre quienes faltaron hoy en el equipo, está el arquero titular: Oniryah, un chico no-binario. “Es el exponente máximo de lo que logró Rústicas”, detalla con la voz entrecortada. “Es una persona que… sufre algún tipo de nivel de autismo. Y cuando llegó no sabía hacer absolutamente nada. Los primeros ejercicios que hizo fue respirar. León le enseñó. Siempre terminaba en zonas que no lo hacían feliz por el nivel de ansiedad que maneja, pero cuando le regalamos unos guantes y agarró el arco fue otra persona. Ella misma nos dijo: ‘nunca nadie me dio la posibilidad de ocupar el lugar que quiero ocupar’. Un día estábamos generando la nueva camiseta y nos trajo un diseño que había hecho: hoy lo llevamos todes”.

Leandro volvió a sentarse en la intersección de la mitad de cancha y el córner izquierdo. Arriba suyo, flamean los escudos de Rústicas y de Perros Callejeros con una inundación de colores de fondo. El paredón de rejas perdió su protagonismo y, por momentos, tangibilidad. El mate, ya lavado, siguió recibiendo agua de un termo con un sticker de la estrella marina descubierta por el CONICET y con una inscripción en Comic Sans: “Nadie se salva solx”.

Marcelo Alderete: “El 2025 fue mi año, aunque me haya lesionado”

Por Juan Cruz Albornoz

Estaba en su mejor momento. Había dejado a todos boquiabiertos luego de haber corrido por 24 horas seguidas en el Backyard Ultra (carrera en donde se debe completar un circuito de 6,7 kilómetros cada hora sin parar hasta que quede uno solo). Su ilusión por representar a Argentina crecía, pero arrastraba una molestia en la pierna que lo alejaría de la competencia por al menos 2 o 3 meses. Sin embargo, hace un balance general con una sonrisa y una satisfacción digna de alguien que superó con creces sus objetivos.

Brindó la entrevista sin vueltas y hasta llegó a ofrecer hacerla en su casa. En cada pregunta que responde demuestra una calma y paciencia absoluta. Por momentos el internet fallaba pero él se iba moviendo de habitación en habitación para intentar resolver el problema. Finalizó el diálogo con un: “Cualquier cosa que necesites, volvemos a coordinar, y gracias por escribirme”. 

Su presente no es casualidad, es el resultado de toda una vida preparándose y compitiendo. Marcelo Alderete se comporta como un profesional a pesar de ser un deportista amateur. Desde pequeño ya se movía, pero fue recién a los 19 años que comenzó a correr, cuando se mudó a Punta Alta, una pequeña localidad ubicada a 25 kilómetros de Bahía Blanca. Allí, entre los paisajes del lugar, le agarró aún más el gusto a la actividad. Reconoce que es más fácil que en otras zonas. Desde entonces nunca se detuvo, y hace 6 años que intensificó sus entrenamientos para alcanzar su mejor nivel. Esta dedicación se vio reflejada en los innumerables títulos que consiguió. Pero aunque tenga una repisa repleta de consagraciones, “él siempre fue el mismo”, aseguran quienes lo conocen.

“Al principio le daba mucha importancia a los trofeos. Me gustaba recibirlos, me gustaba tenerlos, y que cuando la gente entrara a mi casa pudiera verlos. Con el tiempo me dejaron de importar tanto, hoy los veo como un pedazo de plástico que junta polvo en algún mueble. Me gusta verlos porque me recuerda las experiencias que viví. Tengo algunos acá en la repisa y muchos otros repartidos por la casa. En mi mesa de luz, en el comedor, ya ni sé dónde los dejo”, contempló mientras los miraba.

Lo que logró en el ámbito deportivo tiene doble mérito cuando se conoce su vida por fuera de él. Además de usar el cuerpo para los circuitos, lo usa para el trabajo. Todos los días va a un taller de materiales de construcción, carga y descarga un camión que luego maneja. Luego va a otro dedicacado a la carpintería, en donde vuelve a hacer actividad física, esta vez con madera. Como si fuera poco, es electricista en el tiempo que le queda, y en el otro restante entrena.

–¿Cómo es un día a día tuyo?

-Me despierto a las 6.30 de la mañana. Entro a trabajar al taller (de materiales de construcción) a las 7 y salgo a las 13. Almuerzo y voy directo a la carpintería. La tarde y parte de la noche la paso ahí. A eso de las 22 termino, voy para mi casa y me espera mi señora con la ropa de entrenamiento lista. A las 11.30 vuelvo de correr, me baño y me espera para comer. Tuve mucha suerte con la mujer que conocí, es un ángel. Después de la cena me voy a dormir que al día siguiente a las 6.30 arriba de nuevo. Así termina un día de mi vida.

–¿Cómo te preparás para una carrera, tenés un entrenador personal?

-Sí, tengo uno. Todos los días entreno con él a la noche. Por día corro al menos 10 kilómetros, y algunos domingos. Son los días más pesados de todos. Hago pasadas de 30/40 kilómetros con poco descanso entre series. Igual siempre digo que lo más importante es la cabeza, mucho más que el cuerpo.

–¿Y cómo entrenás la cabeza?

-No la entreno como tal. En una carrera estás solo con tus pensamientos, y con el tiempo y la experiencia, uno aprende a manejarlo. Por suerte también tengo mi mujer que me acompaña mucho y mi entrenador que me ayuda con esto además de con lo físico. Mis amigos ya saben como es mi estilo de vida y me bancan cada vez que no puedo ir a algún plan o tengo que volverme antes. Estoy muy cómodo con la gente que me rodea y eso hace la diferencia.

–¿Qué pasa si un día no podés o no tenés ganas de correr esa distancia?

-En la semana entreno siempre, pero me pasa cada tanto que hay domingos que no tengo ganas de salir a correr y elijo quedarme en casa tomando unos mates con mi señora. Eso siempre y cuando no esté preparándome para ninguna competencia, porque cuando estoy enfocado en una carrera no puedo darme el lujo de no entrenar.

–¿Hay una estructura alimenticia que llevás adelante?

-Sí. En general me cuido con las comidas y las bebidas, pero estando a 2 o 3 meses de una carrera no tomo nada de alcohol ni gaseosa, ni nada que afecte el riñón, como las frituras por ejemplo. Como corredor es esencial cuidar al riñón, por eso siempre estoy bien hidratado.

–¿Consumís algún tipo de suplemento?

-Tomo creatina (dietético que aumenta el rendimiento en ejercicios de alta intensidad y corta duración) hace tiempo y hace poco mi entrenador me recomendó que consumiera colágeno (proteína clave para la piel, los huesos, los tendones, los ligamentos y otros tejidos conectivos), así que lo incorporé.

–¿Para las carreras qué alimento llevás en la mochila?

-Eso es súper personal. Siempre me llevo geles (suplementos energéticos en forma de gel, diseñados para suministrar carbohidratos de rápida absorción y energía), especialmente mermeladas. Y por supuesto, agua. Hay otras personas que entre carreras pueden parar en alguno de los puestos de comida que hay y comerse unas empanadas por ejemplo, pero yo nunca probé eso y con lo que uso me siento cómodo. Cada uno tiene su cuerpo y su estrategia.

El Backyard Ultra es una ultramaratón en donde los corredores deben completar un circuito de 6,706 kilómetros dentro de un intervalo de una hora. La particularidad que tiene son las pausas. Una vez terminada la vuelta, esperan a que inicie la siguiente. Si no la completan antes de que finalice el tiempo establecido, quedan eliminados. Saldrá victoriosa la última persona que se mantenga de pie. En los momentos frenados, los participantes aprovechan para alimentarse, hidratarse e incluso conversar con colegas.

–¿Qué significó para vos el Backyard Ultra?

-El Backyard no fue cualquier carrera. La disfruté muschísimo y la volvería a repetir todos los años. Creo que el Backyard es una forma de superarse casi sin darte cuenta. Al tener pausas, podes conversar más con el resto de participantes. Se vuelve un ambiente mucho más ameno en comparación al resto de ultramartones. Es una experiencia que le recomiendo a todo el mundo que haga.

En su primera Backyard Ultra en mayo de este año, Alderete corrió por 24 horas seguidas. Fueron 160 kilómetros. Se convirtió en la revelación de la competencia y la gente generó una expectativa en él de cara a la siguiente. En su segunda, tuvo algunas complicaciones. A pesar del buen ambiente que se había generado con sus compañeros, las condiciones climáticas hicieron que todo se torne cuesta arriba. Cargó con una mochila en la espalda y molestias en su pierna. “Pensé que era como cualquier otra molestia que te agarra en medio de una carrera”, confesó. Pero con el tiempo, se transformó en dolor. Sin embargo, ese no fue impedimento para que siga y sorprenda a Agustín Casajus, el actual ganador de la competencia y representante de Argentina, con quien fue par a par en lo que duró el evento. En San Clemente alcanzó los 140.7 kilómetros y 21 horas sin parar. Aguantó hasta donde su pierna le permitió, y así y todo logró posicionarse entre los 4 mejores de Latinoamérica y segundo del país.

–¿Esperabas que te fuera tan bien?

-Sinceramente nunca lo imaginé, pero porque hasta ese momento había corrido 8 horas seguidas y al Backyard fui con la mentalidad de superar ese récord. Cuando pasé esa marca, me sentí muy bien como para seguir, aunque con molestia en la pierna. Las condiciones climáticas hicieron que la carrera tuviera una dificultad mayor pero el ambiente con los compañeros ayudó mucho.

–¿Qué diferencias encontrás entre el Backyard y un ultramaratón sin pausas?

-La principal diferencia es que hay descanso. Tengo un cuerpo que se regenera muy rápido, por eso me mandé a participar con tranquilidad. Ese descanso me daba un aire extra que me renovaba. La gente piensa que por tener descanso es más fácil, pero no. Sigue siendo sumamente demandante. Me anoté buscando una experiencia y me econtré con un formato que no había vivido nunca. Uno que me permitió conocer gente con la que hoy mantengo un gran vínculo. Así que fue algo nuevo en todo sentido.

–¿Cómo te recuperás después de una carrera de esta magnitud?

-Luego de una carrera, no entreno por una semana. Mi cuerpo se regenera muy rápido, como dije, pero con el tiempo me di cuenta que es peor cuando me quedo quieto. Me recupero mucho mejor cuando, al día siguiente de correr, me muevo o camino. Si me quedo en la cama tirado me pongo duro. Además tengo que trabajar, y no me puedo dar el lujo de faltar porque competí, así que termino yendo igual. Después de correr en San Clemente, al día siguiente pedí el día, pero quien me reemplazaba no podía ir. Terminé yendo yo, y no me hizo mal.

–¿Es caro ser ultramaratonista?

-Tiene su costo sí. Porque al principio todo sale de nuestro bolsillo. Por mi estilo de vida no podía correr ciertas carreras, ya sea por el viaje que se me superponía con el trabajo, o lo que cuestan estos viajes. La mayoría de circuitos quedan lejos, así que generalmente me toca viajar. 

–¿Y cómo sustentás tu carrera deportiva?

-La gente de mi ciudad vio mi rendimiento y entusiasmo y se ofrecieron a ayudarme económicamente. Por eso armé una bandera para que cualquiera que quiera colaborar, pueda. Eso me dio más visibilidad, lo que hizo que se acercaran representantes y sponsors, quienes hoy me ayudan a financiar algunos de los gastos de las carreras.

Su última carrera fue el domingo 2 de noviembre en San Clemente. Logró completarla y ubicarse en el segundo lugar, pero el dolor en su pierna continuó. Ya era evidente que no se trataba de una molestia menor, por lo que fue al médico, quien le dijo que se trataba o de una tendinitis en su pierna izquierda, o de una fractura. Esta semana se realizará estudios para confirmar qué es lo que tiene. Sea lo primero o lo segundo, no podrá correr por lo que resta del año.

–¿Qué hay después del Backyard, qué metas tenés de cara al futuro?

-Mi señora me regaló un calendario de 2026 y lo primero que hice cuando me lo dio, fue anotar la fecha del Backyard que es en mayo del año que viene. Me hice muchos amigos en el último, y algunos me llamaron para que participara del próximo. Así que estoy motivado para eso.

–¿Y con respecto a correr para Argentina?

-Ese es mi objetivo principal. Lo que sigue es anotarme en maratones de 10/12 kilómetros, que me dan más chances de ser elegido. Pero por ahora me tengo que concentrar en la recuperación. En Sudamérica o en donde sea, me encantaría representar a Argentina.