lunes, junio 8, 2026

Carlos Alberto Solari: el último arquitecto de la fe colectiva

Por Nahuel Runca y Naomi Coronel

No fue solamente la muerte de un músico. Fue la despedida de una de las últimas figuras capaces de generar una fe colectiva sin mostrarse demasiado. Durante décadas, millones de argentinos creyeron conocer al Indio Solari. Cantaron sus canciones, viajaron cientos de kilómetros para verlo y encontraron en sus letras respuestas que muchas veces ni él mismo pretendía dar. Pero detrás de ese personaje inmenso seguía existiendo Carlos Alberto Solari: un hombre tímido, lector obsesivo, dibujante, desconfiado de la fama y empeñado en conservar algo que el éxito suele devorar. Mientras el mito crecía hasta volverse inabarcable, él parecía hacer exactamente lo contrario: desaparecer un poco más.

Durante años, su vida transcurrió detrás de los muros de su propio refugio, custodiando una intimidad que para muchos era un misterio absoluto. Mientras afuera el mundo se volvía cada vez más rápido, cínico y digital, él elegía el repliegue. El Parkinson se le instaló en el cuerpo como un inquilino hostil, tratándolo como a un juguete rabioso, intentando apagar la chispa del último gran mito popular. Pero el Indio no se quedaba masticando la rabia de las noticias de ayer.

Puertas adentro de su casa, el dilema diario del Indio siempre fue un crudo to beef or not to beef: elegir entre el roce carnal con las masas o el exilio dorado de la privacidad. En ese living de Parque Leloir, lejos de la inmensidad pública, Solari se volvía un hombre de carne y hueso que combatía al ‘Míster’ con auriculares puestos, traduciendo su encierro en el cantar de los de la distancia. No hacía falta que saliera a la calle; desde su computadora, como un hacker de almas, digitaba el destino de su tribu.

Para el pibe que ahorraba meses vendiendo lo que podía, el viaje a la misa ricotera no era un gasto; esa estrella era su lujo. En un país que tantas veces les dio la espalda, los Redondos construyeron un territorio soberano donde los desamparados no pedían permiso. Y es que ahí resaltaba su figura: el Indio como el gran arquitecto del pogo más grande del mundo.

No necesitaba el vértigo físico; su magnetismo era puramente mental y poético. Desde las tablas, como un chamán frío y calculador, Solari digitaba los planos de una catarsis colectiva que hacía temblar la tierra. Él sabía perfectamente qué hilos tocar para alimentar a la bestia pop, transformando el dolor individual en una fiesta rabiosa. Su voz funcionaba como un ángel para la soledad de esas masas. Por eso, cuando el ritual llegaba a su clímax y promediaban los acordes de Ji ji ji, la obra arquitectónica se completaba. No era solo gente saltando; era un país herido encontrando su redención en el barro, respondiendo al grito de “¡Vamos las bandas!” con el último aliento que les quedaba en los pulmones.

Quizás por eso su muerte genera algo más profundo que la tristeza. Porque no se va solamente una voz. Se va alguien que acompañó la vida de millones sin invadirla nunca. Alguien que estuvo ahí, como una presencia distante pero constante, cantando para los que alguna vez se sintieron juguetes perdidos en medio del ruido del mundo.

Al final, cuando el cuerpo se le puso pesado y el escenario ya quedaba demasiado lejos, el Indio ensayó su última jugada. Sabía que se estaba convirtiendo, de a poco, en un ángel amateur que ya no necesitaba de los focos para alumbrar. El tipo que alguna vez advirtió que todo un palo es la vida, se fue en silencio, dejando el tesoro a buen resguardo. No hay drama en el final del juego: las banderas rojas y negras de lienzo blanco, con sus nombres guardados, seguirán colgadas en los corazones y alambrados. Y el pogo, en algún lugar del viento, nunca se va a terminar de apagar.

Hoy las calles amanecieron un poco más frías. Ya no habrá más misterios sobre un próximo show, ni la expectativa de volver a ver esa silueta calva y pequeña dominar las pantallas. El cuerpo cedió, el Míster apagó el motor psico, y la mística ricotera se queda flotando en el aire como un eco que se niega a morir. Solo queda, de este lado de la historia, la tarea de heredar su fuego. Queda prender un cigarrillo en la esquina, ponerse la remera negra, que hoy pesa un poco más en los hombros, y mirar a los ojos a otro compañero de ruta. La certeza de que este día iba a llegar no quita que nadie esté realmente preparado para semejante desamparo. Las lágrimas se secan con la certeza de que su voz va a abrigar siempre a todos esos pibes, y es menester abrazar este luto sabiendo, mejor que nunca, que las despedidas son esos dolores dulces.

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