lunes, junio 8, 2026

El fuego de las canciones quedará, Indio

Por Thiago Maison

“Donde hay dolor habrá canciones”, dijo Carlos Alberto Solari, el principal responsable de que tantas miles de personas concurran a una misa extraordinaria, con el único propósito de hacerle frente a sus realidades diarias a base de letras complejas pero punzantes, que llegan al corazón de todo aquel que se detenga a escuchar sus composiciones.

Y de qué manera interpelan la emotividad de cada oyente. Sin importar la etapa musical del Indio, sus bandas siempre fueron de combate según declaró él mismo, porque consideraba imprudente querer entretener a la gente cuando a la misma le estaban “metiendo la mano en el bolsillo” los altos mandos del país.

Con su pluma fomentó el pensamiento crítico y a la vez construyó un refugio para los incomprendidos. Su ambigüedad le permitió acercarse aún más al público que hoy llora su partida física, pero que reconoce que nada ni nadie podrá matarlo en sus almas, por lo que al mismo tiempo celebra haber formado parte de un movimiento popular único en el mundo, que no entendía de contextos e incluso carecía de sentido para tantos otros.

El Indio arrancó su travesía musical, utópica para cualquier artista a nivel global, como “asesor externo” de Dulcemembriyo, una banda de La Plata, tras algún tiempo en La Cofradía de la Flor Solar, perteneciente al movimiento psicodélico platense. Tras su incursión en el rubro, su camino se cruzó con un grupo, en principio, desorganizado, casi improvisado, sin bases ni punteos acordes a una canción y con el co-liderazgo del que fue su mano derecha durante alrededor de 25 años: Eduardo Beilinson, más conocido como Skay.

Ese rejunte de personas que repartieron roles, y se los alternaban, sin siquiera tener la certeza de hacer sus tareas correctamente, resultó ser la principal inspiración de miles tan solo algunos años más tarde. Todo comenzó con incertidumbre debido a la posibilidad latente de que el proyecto finalizara su breve recorrido como una simple continuación de la banda identificada con la cultura hippie. La noche parecía hacerse más oscura, pero el día llegó a su corazón.

Allí fue cuando una luz le indicó a la banda su camino, uno inesperado pero necesario al fin. Solari, tras ver un recetario de un libro en su casa, propuso -y logró- que el grupo se llame Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El único criterio de la decisión era la imposibilidad de aburrirse de la misma. Correr fuera de la línea de lo catalogado como normal.

1976, el año del inicio de una historia sin fin. El ballet y el teatro aparecían como claves en las primeras puestas en escena en La Plata, mientras se repartían redonditos de ricota en las gradas. Asimismo, la música no dejaba de asomarse como un arma letal ante cualquier malestar.

Dos años después de la creación formal de la banda, llegaron las primeras convocatorias en teatros under de la Capital Federal, para luego tomarse un tiempo y distanciarse de los primeros focos que cayeron sobre ellos hasta 1981, con mudanza mediante del Indio a Valeria del Mar y de Skay y Carmen Castro, la Negra Poly, manager del grupo, a Mar del Plata.

Cuando el reloj marcó la hora de volver, el Indio vocalizó el primer demo profesional de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Posteriormente, en diciembre de 1984, los Redondos grabaron Gulp, su primer álbum y a su vez el puntapié inicial para el éxito que vendría luego.

Más tarde llegó la chance de firmar con Distribuidora Belgrano y, a casi ocho años de la fundación oficial, la banda comenzaba a masivizarse progresivamente con canciones que aún hoy resuenan entre los argentinos, como por ejemplo: Barbazul versus el amor letal, La Bestia Pop y Ñam Fri Fruli Fali Fru.

La explosión final se acercaba. Y la cuenta atrás para que la bomba detone empezó en 1986, con la grabación del segundo disco, Oktubre. Semen-Up, Fuegos de octubre y Ji ji ji, fueron (y son) los principales caballos de batalla de aquel trabajo. Los mismos que actualmente despiertan emociones en la gente que pocas veces suelen aparecer.

En 1988 se grabó “Un baión para el ojo idiota”, que acabó de editarse un año más tarde y fue la antesala de dos conciertos a gradas llenas en Obras Sanitarias y posteriormente lo mismo en el campo de hockey del mismo club.

Desde allí, las presentaciones se convirtieron en moneda corriente para los Redondos, que colmaron una y otra vez el recinto de Avenida Libertador 7395 durante 1990 y el comienzo de 1991, hasta que en abril de ese año sucedió algo que detuvo el delirio que implicaba asistir a un show del Indio Solari y compañía.

En medio de una insólita represión policial y a modo de averiguación de antecedentes, Walter Bulacio, de 17 años, fue detenido junto a otras 72 personas -10 también menores de edad- en las inmediaciones de Obras, donde el joven nacido en Aldo Bonzi se había acercado con la ilusión de adquirir una entrada o que, una vez más, el Indio indicara que las puertas del estadio se abrieran para todos aquellos que no habían logrado comprar la suya.

No fue hasta la mañana siguiente cuando se dio la liberación de Bulacio, que fue trasladado inmediatamente a un hospital debido a claras heridas de gravedad. Finalmente, el adolescente falleció a los cinco días y la autopsia marcó que el suceso desencadenó en una tragedia por traumatismos severos, provocados por contusiones con elementos contundentes en diversas partes del cuerpo. Todo fue causado, según lo declarado por el joven y el agente Fabián Silva, por golpes propinados por Miguel Ángel Espósito, oficial de la comisaría 35, con cachiporra mediante.

Como repercusión inmediata, y a pesar de que el supuesto homicida fue impugnado de la causa algún tiempo después, los fanáticos de los Redondos y Solari reforzaron una relación que había recibido una dura e inesperada cachetada. El cariño no desapareció, sino que simplemente creció exponencialmente con la memoria como principal condimento.

Una conexión que parecía impropia entre cantante y audiencia y una sola explicación a ella: expresar con música lo que la gente no puede o no sabe cómo hacerlo. Ese es el argumento fundamental de un amor irracional, que nunca decayó sin importar los contextos ni la distancia que pueda existir, como a partir del 2001.

Previo a ese momento que nadie quería siquiera imaginar, Carlos Alberto vocalizó un disco doble con 25 temas, se presentó una y otra vez en distintos puntos del país, sin temor a defraudar en la convocatoria. Sin ser mediático, simplemente anunciaba sus conciertos y los fanáticos llenaban la sede sin importar cuál fuera, como sucedió en el Cilindro de Avellaneda y el Monumental, que fueron colmados con demasiada soltura por los Redondos. La expectativa de ver en vivo a Solari y compañía era más que total.

Además, también demostraron que podían ser internacionales, ya que tocaron en Uruguay ante un Estadio Centenario repleto de público. Asimismo, en 2001 se dio la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

El mítico Chateau Carreras fue el testigo del último show de la banda encabezada por el Indio Solari. Las desigualdades entre él y Skay crecían a pasos agigantados y el detonante fue la muerte de un fanático en aquel concierto en Córdoba.

Nadie esperaba que fuera un adiós, sino que el público imaginaba que sería un hasta pronto, pero hoy, con el diario del viernes, es de público conocimiento que la audiencia falló en su pensar. Aún así, el Indio no podía quedarse de brazos cruzados ni dejar a la deriva a una multitud de personas que lo idolatraban.

Hasta 2004 duró el stop, quizás necesario. Allí apareció una nueva figura a nivel colectivo para él.

Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado se transformaron en la nueva casa musical de Solari. El desafío parecía enorme. Continuar después del final de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sin embargo, el público volvió a responder. La canción “El tesoro de los inocentes” marcó el inicio de una etapa diferente, aunque mantuvo intacto aquello que había convertido al Indio en una referencia para miles de personas.

Con el correr de los años, las conocidas como misas ricoteras se transformaron en un fenómeno difícil de explicar. Distintas ciudades, como Mendoza, Junín y Gualeguaychú, recibieron convocatorias multitudinarias para ver a un artista que, lejos de perseguir los focos mediáticos, continuaba construyendo su figura desde la música y la complejidad de sus letras.

Ni siquiera el Parkinson, enfermedad que le diagnosticaron y confirmó en 2016 durante un show en Tandil, logró alterar una conexión que parecía destinada a desafiar cualquier obstáculo. Cada presentación comenzó a sentirse irrepetible. Cada aparición adquirió un valor especial para quienes encontraban en sus letras una compañía permanente.

Olavarría fue el último gran encuentro. 400 mil personas dijeron presente y fueron, también, las protagonistas del pogo más grande del mundo. A su vez, dos personas murieron asfixiadas allí. Ese hecho marcó el cierre de una etapa que ya formaba parte de la historia de la música argentina. A partir de entonces, los escenarios quedaron en silencio, pero las canciones siguieron (y siguen) hablando por él.

Porque la influencia del Indio nunca se limitó a los discos vendidos ni a los estadios repletos. Su obra consiguió algo que solo alcanzan unos pocos: convertirse en parte de la vida de la gente. Acompañó alegrías, frustraciones, despedidas, amores y luchas personales de generaciones enteras que encontraron en sus palabras un lugar seguro cuando la realidad parecía volverse demasiado difícil de soportar.

Por eso, cuando el último acorde se pierda en la noche, el fuego de las canciones quedará. Y no permitirá que sea una despedida porque seguirá encontrándolo junto a los ricoteros.

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