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El orgullo de ser argentino, sin atenuantes

Por Thiago Maison

Ser argentino implica ser amado u odiado. No existe un punto medio. Que el acento, que el ego, que la intensidad y tantas otras cosas que dicen por ahí para argumentar un sentimiento totalmente irracional.

Y no, no es negativo que parte del resto del mundo sienta eso, porque todas aquellas personas nacidas en el país más austral o quienes hayan sido acogidos por él, alimentan su amor propio en base a ese “odio”. Al fin y al cabo, las identidades no se construyen únicamente en los días felices, sino que se refuerzan cuando el sol se esconde y es necesario sobreponerse al dolor.

Argentina es única. Cada una de las casi 47 millones de personas que habitan este suelo saben que el mismo es de todos y le abre sus brazos a cualquiera que pretenda arribar al mejor país del mundo.

Se dice, se grita y se afirma sin miedo. Y no es el número uno por estatus económico, político o similar, sino que lo es por generar un sentido de pertenencia pocas veces visto. De La Quiaca o Ushuaia, de Capital Federal o Mendoza. Nada de eso importa. Simplemente es el orgullo de ser argentino, que no hay forma de explicar lo que uno siente por ser tal. Pero sí hay una forma de intentar comprenderlo: vivirlo.

No es necesario haber nacido en Argentina, sino que basta con sumergirse en la cultura con simples videos en redes sociales, a pesar de que muestren todo solamente a grandes rasgos, por lo que quedan fuera del foco de atención miles de cosas que podrían aportar a contrarrestar ese “rechazo” a quienes nacen en este suelo.

Seis interrupciones al derecho democrático de los ciudadanos, tras las que cínicos gobiernos militares se autoproclamaron líderes nacionales. En esos períodos, innumerables crímenes, en su mayoría de lesa humanidad, fueron cometidos y, también, se habían perdido derechos básicos en la vida de un ser humano.

Crisis económicas, miles de piedras que entorpecieron el camino, batallas sociales provocadas por un extremismo enceguecedor por apoyar fervientemente a tal o cual figura de poder, incluso con deseos de un pésimo mandato para la persona que presida a la República Argentina. Todo, pura y exclusivamente por no coincidir con su pensar, en lugar de velar por un futuro óptimo para la nación con la debida separación de ideologías.

Nada de eso pudo, puede ni podrá detener un orgullo único, porque las minorías no prevalecerán ante un pueblo que siempre supo cómo sobrepasar obstáculos de alta complejidad. Ni la censura ni el rencor lo pudieron callar.

Ver la bandera reflejada en el cielo o flamear en lo alto de un mástil le genera a cualquier argentino una sensación que difícilmente pueda trasladarse a palabras. Exhibir el símbolo patrio jamás tendrá connotación negativa, porque aquí se enseña a amarlo desde el día uno y se le jura lealtad, fidelidad y compromiso.

El argentino ama ser argentino, y por eso no hay censura ni rencor que valgan para callarlo. Podrán hacerlo caminar entre sombras. O intentar hacerlo caer en los brazos venenosos de los altos mandos con verdades que mienten. Pero jamás lograrán que olvide su historia para condenarlo a repetirla, porque la memoria prevalece en el orgullo colectivo y la identidad nacional.

La culpa es de Scaloni

Por Nahuel Runca

La Selección Argentina llegó a una nueva final, donde esta vez le tocó perder ante España, un rival que fue muy superior en el campo de juego, como pocas veces se ha visto en este ciclo. Esta camada de la Albiceleste tuvo a toda una nación acostumbrada a la victoria, a romper récords que parecían imposibles. Esta vez, no se dio. Y el culpable tiene nombre y apellido: Lionel Scaloni.

El entrenador argentino llegó siendo cuestionado por su experiencia casi nula en el puesto, porque claro, ¿cuántos habrían apostado, después de aquel invierno ruso de 2018, que ese hombre de voz baja iba a convertirse en el entrenador más importante de la historia de la Selección?

Ocho años después, terminó llegando a cuatro finales de los cinco torneos que dirigió (cinco de seis, si contamos la Finalissima). Realizó un recambio generacional necesario, rejuveneció la cara del equipo, lo acompañó con un proceso de categorías formativas, permitiendo darle oportunidades a algunos prospectos destacados en juveniles. Quebró una barrera de 28 años en los que Argentina no pudo ganar un sólo título. Logró que dos generaciones de argentinos que no pudieron ver a su país salir campeón de nada, vean cómo no paraba de ganar. Lo hizo parecer que es una costumbre para nosotros, los mortales, disfrutar de que no exista la palabra ‘derrota’ en el diccionario.

Y sí, Scaloni es el principal culpable de esto. De devolverle la ilusión a aquellos pibes que nunca pudieron ver a la Selección levantar una copa. De hacernos creer que llegar a cualquier final es algo sencillo como tender la cama, tomar un colectivo o pagar un impuesto. De que las plazas vuelvan a estar llenas de chicos jugando a ser campeones del mundo. Que cada familia, grupo de amigos o compañeros de trabajo acomodaran todo en sus salas, comedores o piezas, como si de un ritual se tratara. Le devolvió la sensación del nudo en la garganta cada vez que todos se ponían de pie para entonar el himno.

Por culpa del Leónidas de Pujato, hay chicos que no saben lo que es una Selección Argentina sin títulos. Y eso, en un país que pasó casi tres décadas esperando una vuelta olímpica, es una revolución silenciosa. Y quizás ese sea el mayor legado de Lionel Scaloni. Haber convertido la derrota en noticia. Haber hecho que perder una final del mundo se sienta como una anomalía y no como un destino.

Así funciona el fútbol, este deporte tan bendito como maldito: esta vez, fue España quien se llevó la Copa. Pero cuando el estadio se vacíe y el tiempo haga su trabajo, quedará una certeza: Lionel Scaloni no le enseñó a un país cómo ganar. Le recordó que todavía era capaz de hacerlo. Su obra empezó hace ocho años, y hace tiempo que dejó de medirse en trofeos. Se mide en abrazos, en canchitas de parques llenas, en chicos jugando con la 10 en la espalda (o la 23 verde y unos guantes), y en un país que volvió a mirar al cielo cada cuatro años convencido de que, pase lo que pase, Argentina siempre tendrá una oportunidad. Hizo de la esperanza una costumbre y de la camiseta argentina un refugio.

Cuando la historia acomode esta derrota en el lugar que le corresponde, quedará una última certeza: el principal culpable de esta tristeza es el mismo responsable de la felicidad más grande de toda una generación.

Lionel Scaloni, directo al corazón: “Me duele en el alma”

Por Tiziano Moreira

No nos debés nada, Lionel. Cuando llegaste en 2018, junto con Ayala y Samuel, muchos pensaban que ibas a ser un técnico intrascendente, que no merecías el puesto; incluso, dudaban de tu título de entrenador. Y vos seguiste, con la cabeza gacha, para construir un proyecto, un camino, una ilusión, un sueño.

Hoy, después de quedar tan cerca de la cima de la copa más linda de todas, llevando el parche de campeones del mundo, todos estamos agradecidos por lo que hiciste. La emoción que contagiaste al grupo y a la gente fue inigualable. Quizás muchos lo consideren un fracaso, pero para los argentinos fue una entrega de cuerpo y alma hasta el final.

De la desconfianza absoluta al amor eterno, el camino de Scaloni es la historia de una redención. Sus palabras sonaron a despedida, como las grietas de una obra maestra. Cada frase pronunciada con la voz quebrada fue un eco de algunos de los momentos más felices de nuestras vidas.

“Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota. Estamos demostrando hoy que sabemos perder el partido”.

Un viaje al pasado, a la Copa América 2019. Aquella caída dolorosa ante Brasil en las semifinales forjó el carácter de este grupo. Aprender a caer fue el primer paso indispensable para, más tarde, conquistar el planeta entero.

“Yo sí que me acuerdo de los segundos porque cuesta un montón llegar hasta acá y creo que hay que darle una validez enorme”.

El invicto de 36 partidos aparece en la memoria colectiva. El trayecto importa tanto o más que el destino. El orgullo de la medalla plateada tiene un valor incalculable después de años de dominar la escena mundial. Ser subcampeones hoy también enaltece todo el recorrido.

“Agradecimiento enorme a todo el público, a toda la gente que hoy nos ha llevado esa poca fuerza que nos quedaba. Yo solo tengo palabras de agradecimiento eternas para este grupo, que yo creo que no… Ojalá lo podamos repetir alguna vez”.

Copa América 2021. Allí nació la mística. Scaloni formó una familia impenetrable, una unidad capaz de sobreponerse a la adversidad para romper una sequía de 28 años sin títulos. Ese grupo cambió para siempre el paradigma de la Albiceleste.

Después llegó la final de Lusail ante Francia, en Qatar 2022. La simbiosis con la tribuna empujó al equipo hacia la ansiada tercera estrella. El aliento del público fue el combustible de un plantel exhausto: la conexión perfecta entre el césped y la tribuna para alcanzar la cima.

“Yo les tengo que agradecer a este grupo porque han sido unos guerreros. Es la realidad”.

El recuerdo vuela hacia la Copa América 2024, en Estados Unidos. Partidos ásperos, fricción constante, batallas físicas sobre canchas en mal estado. El plantel demostró un temple de acero para defender la corona continental. Guerreros de mil batallas, con la misma sed de gloria.

“Voy a hablar con el presidente. Yo más o menos tengo una idea de lo que quiero hacer. Cumpliré el contrato y después veo. La verdad es que siento la necesidad de pensar, porque ya no sé si voy a poder hacer algo tan grande como esto y, a lo mejor, habría que hablarlo. Al presidente le estoy agradecido por haberme dado la oportunidad de estar en este lugar”.

Aquí resuena el postpartido frente a Brasil en el Maracaná, en 2023. Scaloni alcanzó el punto más alto del arte albiceleste. Porque tocar el cielo con las manos exige un desgaste mental brutal. Sostenerse en la cima también agota. Lionel necesita respirar en paz, mirar en perspectiva el equipo que construyó.

“Es un lugar soñado. En mi vida pensé… A ver si paro, porque no soy capaz. En mi vida pensé que todos los chicos del cuerpo técnico deberían estar en este lugar. Entonces, para seguir se necesitan un montón de cosas, sobre todo volver a resetearse, volver a formar un grupo como este, que difícilmente se vuelva a formar. Y me duele, me duele el alma. Lo siento”.

El cierre de un círculo. Aquel técnico interino de 2018 observa su obra terminada. Armar un equipo que parecía invencible consumió gran parte de su energía. Las lágrimas derramadas frente a los micrófonos son el precio de vivir con tanta pasión. La confirmación de un hombre que dejó la vida por estos colores.

“Cuando dejás todo así, después se puede jugar bien o mal, pero cuando dejás todo así es muy difícil reprochar algo”.

El resumen perfecto de toda una era y, en especial, de este Mundial. Como en los pasajes dramáticos frente a Países Bajos o Francia en Qatar, la actitud jamás se negoció. El fútbol, a veces, premia con copas; otras, castiga con derrotas mínimas. Pero la entrega de este grupo ya forma parte del ADN argentino.

Gracias por todo, Lionel. No nos debés nada. Serás recordado para siempre como el Leónidas de Pujato.

Querido Scaloni

Por Román Novas

Querido Scaloni:

Si hay alguien privilegiado, y merecidamente, en este mundo sos vos. Llamarse como el mejor jugador del planeta y dirigirlo, que le da ese “aura” como dicen ahora, es un privilegio que pocas personas tienen. La principal persona que nos “mal acostumbró” a ganar todo con Argentina. Nos enseñó que al estar hundidos en un pozo sin salida se puede volver a encontrar la luz al final del túnel.

¿Por qué el “joven inexperto” se quebró post final ante España en este triste domingo 19 de julio? ¿Porque hubo errores? Como todo ser humano. ¿Porque no se dio? Podría ser la razón principal. Pero después de perder la final, la primera en su carrera como técnico de la Selección, Lionel se dio cuenta de dónde está parado hoy en día.

Lionel, quedate tranquilo que donde vayas y estés, representás los más de 45 millones de argentinos que habitan este planeta.

Porque en Pujato comenzaba una historia. Una historia que tuvo muchas más buenas que malas. Una historia que justifica esta generación dorada de la selección argentina: 1 Campeonato del Mundo, 2 Copas Américas, 1 Finalísima y ahora un subcampeonato del mundo.

Pero claro, como dicen por ahí: “Del segundo no se acuerda nadie”. En esta historia sí nos acordamos. Porque queda mucho por recorrer. Porque no es grande quien se equivoca, es grande quien se equivocó y lo volvió a intentar, una frase que define a tu máxima estrella: Lionel Andrés Messi. Quién posiblemente disputó, este domingo, su último Mundial y lo bueno es que estuviste ahí presente.

Queremos agradecerte que si hoy tenemos este presente, y que el “10” puede retirarse tranquilo tras ganar todo con Argentina, es gracias a vos. Porque confiaste, porque hubo procesos, cambios y muchas cosas más. ¿Qué hizo la gilada en ese momento? Habló como siempre.

Pero tranquilo “Leónidas” de Pujato, que esta historia tiene un largo camino que aún le queda por recorrer y más presente que nunca. “No gana el mejor, gana el que nunca se rinde”. Y esa frase te define como persona.

 

España, un justo campeón ante una Argentina que bailó su último tango con Messi

Por Luján Pantano

La emoción de una final del mundo. Lágrimas, banderas, caras pintadas y dos camisetas: la española y la argentina.

Una selección española que confiaba en las coincidencias que se repetían entre el Mundial ganado en 2010 y lo que podía ser su próximo título en 2026. Los argentinos colmaron los estadios y las calles, desde Buenos Aires hasta cada rincón del país, empujando por la última de Leo. Una final en el MetLife Stadium, el lugar donde, hace diez años, había firmado el final de su ciclo en la Selección; un final que, en realidad, fue solo un comienzo.

Una batalla que empezó desde el primer minuto, con Lamine Yamal gambeteando y lanzando centros, pero con un guerrero que logró contrarrestarlo: Nicolás Tagliafico. Con el transcurso del partido, España entendía los espacios que su rival dejaba y por dónde podía lastimar. Pero el partido seguía igual: 0 a 0.

El segundo tiempo llegó sin goles, aunque con la selección europea más cerca de convertir gracias a sus remates al arco. Allí, Emiliano Martínez se hizo gigante defendiendo su valla y se transformó en una muralla que mantuvo viva la ilusión durante largos minutos.

Un partido encaminado al alargue. Con los once jugadores argentinos defendiendo dentro del área, mientras España controlaba la pelota y mantenía la circulación que había exhibido durante los 90 minutos.

Pero un color podía empezar a desgastar esa ilusión argentina: el de una tarjeta roja. Enzo Fernández fue expulsado tras recibir la segunda amarilla. Fue el momento de inflexión del partido.

Aun así, la historia seguía. Con un jugador menos, Argentina continuó corriendo detrás del objetivo: la última de Leo.

Hasta que la ilusión empezó a desgastarse un poco más. Tras un cabezazo de Nico Williams, la pelota le quedó a Ferran Torres, que remató al arco para el 1-0 en el minuto 106. Pero todavía quedaba tiempo.

Los tiros de esquina favorecían el juego de la Albiceleste. Los jugadores buscaban a Leo, y Leo buscaba el arco que tantas alegrías y tristezas le dio. El desgaste empezaba a hacerse visible en los titulares, pero seguían intentando encontrar el empate para llevar la definición a los penales. Un milagro, nada más. La ilusión volvía a estar intacta cuando faltaban apenas unos minutos.

El milagro no llegó. España se consagró campeona del mundo, como 16 años antes. Lionel Messi, en su último tango mundialista, con la medalla de plata colgada del cuello, miró hacia la hinchada argentina y llenó sus ojos de lágrimas de agradecimiento.

Es campeón quien perdura

Por Gabriel Milian Scuri

En el medio del MetLife, los jugadores españoles festejan su segundo campeonato del mundo con una apatía que sorprende. Algunas sonrisas, bailecitos y poco más. 

Las cámaras van con Messi. Que demuestra que su presencia vale más que la obtención de los europeos. Que su despedida pesa más que cualquier conjunto icónico como lo es el de De la Fuente. 

La Roja ha sido superior, sí. Pero el foco va con el diez argentino. Que quizá sea la última vez que se saca los botines con su país.

En Argentina el dolor hace una mezcla perfecta con el agradecimiento al seleccionado de Lionel Scaloni. Por un segundo, la Ciudad de la Furia se volvió el llanto de un bebé sin su chupete. Las calles despiden a su ídolo y se rinden ante unos jugadores que le han dado ilusión a un pueblo devastado.  

Hay voces que ponen rótulos sin argumentos. Que la Argentina es exitista y alguna que otra cosa más. Pero por las ventanas se alienta, aún con la copa en manos ajenas y la garganta rasgada.

Si hay historias de superación, una es la del país austral. Acostumbrado a salir de la mierda y brillar con su impronta ante el mundo. 

De Messi no hay ni que hablar. Treinta y nueve años, ocho tantos y gambetas un tanto juveniles. No todos los finales son felices y no todo lo mejor llega al término. El recorrido ha sido uno para Lio. Que ha ganado todo. Que mientras recibe la medalla de subcampeón el publico se arrodilla a sus pies y corea su apellido.

A los jóvenes que han crecido junto a él se les revuelve la memoria al sintonizar sus goles y genialidades. Hay algún pibe o alguna piba que acaba de darse cuenta que el tiempo se escurre y que con ello la gente pasa como los caudales. Que los dioses también mueren (uno ya se ha ido) y se desgarran en frustraciones.

Hay chicas y chicos que se han dado cuenta que ganar no significa ser campeón y que la grandeza no la dan las medallas, sino perdurar. 

Querido Leo

Por Juana Enrico

Ahí estás. De pie, con las manos en la cintura, la mirada perdida en algún punto invisible y una medalla de plata colgando del cuello. La camiseta argentina puesta, la cinta en el brazo, el diez en el pecho. Hoy la copa está en otras manos y hay algo profundamente injusto en esa postal: durante noventa minutos, el fútbol parece capaz de reducir una vida entera a un solo tropiezo, a una noche donde otros festejan mientras vos intentás procesar el dolor.

Nosotros queríamos otra cosa para vos. Soñábamos con una última alegría, con una postal perfecta para cerrar una historia que durante tanto tiempo pareció empeñada en hacerte esperar. Pero hoy no pasó. Y duele, claro que duele, porque probablemente esta haya sido tu última función con la Selección. Sin embargo, esta medalla no define quién sos; apenas cuenta lo que pasó esta noche.

Tu historia es infinitamente más grande. Empezó en Rosario con un chico y una pelota demasiado enorme para su cuerpo. Siguió en Barcelona, entre goles deslumbrantes y noches cuando el fútbol parecía inventado solo para tu magia. Y cuando te pusiste la albiceleste, vino también una exigencia desmedida: durante años nos volvimos jueces despiadados, haciéndote creer que nada alcanzaba. Hasta que en 2016 dijiste basta. Y sin embargo, volviste. Volviste cuando la camiseta pesaba como una condena, porque tu fuego sagrado no se había apagado. Volviste hasta que lloraste de desahogo en el Maracaná y hasta que el cielo se abrió en Qatar para entregarte la Copa del Mundo. Ese día no solo ganaste un Mundial: ese día se acabó cualquier discusión.

Por eso hoy no podemos ser ingratos. No podemos juzgar veinte años de gloria por el resultado de los últimos noventa minutos. Llegaste a esta noche habiéndolo ganado absolutamente todo. Y si duele tanto ver la copa en manos ajenas, es solo porque queríamos el broche de oro perfecto. Pero la grandeza verdadera nunca dependió del guion ideal.

Hoy, a tus 39 años, no sos el hombre roto de 2016. Sos el campeón del mundo que, tras tocar el cielo con las manos, todavía encontró un motivo para calzarse los botines, ponerse la cinta y volver a hacernos soñar. Y eso también es una forma de inmortalidad.

Algún día, cuando esta derrota sea apenas un recuerdo lejano, nadie va a acordarse del rival. Vamos a pensar en el chico de Rosario, en el abrazo con tu mamá, en los goles imposibles y en esa manera tuya de jugar que suspendía las leyes de la física. Nos dejaste la certeza de que, mientras vos tuvieras la pelota en la zurda, nada era imposible.

Gracias por volver esa noche de 2016, por defender nuestra bandera en cada batalla y por las lágrimas que al final tuvieron su recompensa. Perdón por haber dudado alguna vez. Hoy se perdió un partido, Leo, pero vos conquistaste algo que ninguna derrota puede erosionar: la memoria eterna de un país.

Nos diste el final que esperamos toda la vida: verte campeón, verte feliz, verte alzar la Copa del Mundo. Gracias por este viaje inolvidable, por haber cambiado para siempre la historia del fútbol y, sobre todo, la de nuestras vidas. Ahora te toca descansar. Te lo ganaste. Sé feliz.

Con amor,

Argentina.



… y ocurrirán

Por Francisco Quartino

Acá estamos de nuevo: rezando, pidiendo, implorando, orando y prendiéndole velas a Diego. Scaloni nos mal acostumbró. Nosotros ya éramos candidatos en la previa, pero pasaron cosas, tantas, que nunca hubiéramos imaginado.

La Pulga arrancó derechísima y nos hizo emocionar a todos; con 39 años, hizo su primer hat-trick en mundiales, para ser el máximo goleador en la historia del torneo y para vencer por 3 a 0 en un duro partido a Argelia. La Selección no desentonaba y él tampoco: le hizo dos más a Austria para ganar 2 a 0 y ser primeros de grupo. ¿Contra Jordania? Un trámite. Golazo de tiro libre de Giovani Lo Celso, que le había sido esquivo hasta ese momento su debut en una Copa del Mundo; uno de penal de Lautaro para que finalmente se destapara; y otro más de Lio, que le armó un lío al arquero de ellos con un remate de falta.

Y allá íbamos a los 16vos, con convicción, buenas sensaciones, fe y buen juego, pero todo eso se derrumbó. Cabo Verde, la sorpresa del Mundial, que había empatado ante otras de las candidatas -España y Uruguay-, nos complicó todo y nos llenó de dudas. Nos costó, tanto que nos llevaron al alargue; Argentina no jugó brillante como sabe y supo ser en la fase de grupos, y su arquero, Vozinha, de 40 años, tapó casi todo. Habíamos arrancado 1 a 0 con un gol del mejor de todos; parecía un trámite para el campeón del mundo. Pero los africanos tenían otros planes: lo empataron luego de que la Albiceleste se tirara demasiado atrás. Pero la jerarquía fue más en la media hora adicional: Lisandro Martínez, con un violento zurdazo luego de un córner, nos puso adelante. Ellos lo empataron con un verdadero golazo de Lopes Cabral, pero será anecdótico, por el agónico cabezazo del Cuti Romero, que nos terminó dando la victoria y el boleto a octavos.

Contra Egipto siguieron las dudas. Messi dejó una imagen durante la pausa de hidratación del segundo tiempo, perdiendo 2 a 0, derrotado, que decía, ya está, es lo último; se despedía de la camiseta nacional. Pero apareció para decir que ese no iba a ser el último capítulo: con un centro a la cabeza de -nuevamente- Cristian Romero, y faltando 11 minutos, se le venía la Scaloneta a los egipcios. Luego de una carambola en el área y el pase de Gonzalo Montiel, el hombre de la película la mandó al fondo de la red para empatar el partido en una ráfaga. Pero faltaba la cereza del pastel: el gol de contraataque, dándoles de su propia medicina, con el perfecto centro de Lautaro Martínez y el exquisito cabezazo de Enzo Fernández.

Cuartos de final. El rival nos recuerda a un Ángel que alguna vez definió rasante, de primera, luego de una enorme jugada del 10 rosarino, y cruzado en Brasil, en un Mundial. Suiza fue testigo en el primer cuarto del partido de una buena Argentina, que presionaba, era protagonista y estaba adelante en el marcador por el frentazo de Alexis Mac Allister. Pero otra vez, ya en el segundo tiempo, Argentina se metió muy atrás y llegó el empate. Para el alivio de los dirigidos por Scaloni, Breel Embolo simuló y el VAR no lo perdonó, ya que tenía amarilla y fue expulsado. En el alargue, los ingresos, primero de Thiago Almada y luego del Flaco López, fueron positivos y ayudaron a que se iluminaran los que faltaban: los delanteros; con un arácnido remate de Julián Álvarez al ángulo, donde se posan las arañas, para pasar al frente, y el olfato de goleador del Toro de Bahía Blanca para sentenciarlo. Venía Inglaterra.

Un partido del que se harán documentales, se escribirán libros y se filmarán películas. Nervios de principio a fin. Para el recuerdo quedará la maradoniana actuación de Messi, con dos pases gol en los últimos minutos, cuando nos ganaban ellos, los piratas, los británicos usurpadores e imperialistas, los que quisieron quitarnos nuestras Islas Malvinas, cuando perdíamos 1 a 0 y apareció él. Por el derechazo ajustado al palo derecho de Jordan Pickford de Enzo Fernández y por el frentazo en el área chica de Lautaro Martínez, los jugadores festejaban con una sábana que tenía escrito: “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”.

Y nuevamente llegamos. Con lo difícil que es. Contra España; nuestros colonizadores. Con cambios y con tácticas; con estrellas y gladiadores; con coraje y valentía: Argentina, pase lo que pase, será un honorable competidor.

“La vida es eso, dar todo hasta el final”

Por Nahuel Runca y Juan Pablo Rodríguez

Hay partidos que duran 90 minutos y otros que cargan con el peso de décadas enteras. El último encuentro fue uno de esos. No era solamente un resultado. Había algo más profundo en juego. Una reivindicación histórica. Un sentimiento imposible de explicar fuera de estas fronteras.

Y Argentina estuvo a la altura. Con garra, con unión, con hermandad. Sin darse por vencida jamás. Porque, dicho por el propio Scaloni, la vida se trata de eso: de dar todo hasta el final. De acostarse con la tranquilidad de haber entregado hasta lo imposible y levantarse al día siguiente sabiendo que no quedó nada en el camino.

Desde el principio se percibía que, para ellos, aquello era mucho más que un partido. Era jugar “por los eternos laureles que supimos conseguir”. Era representar una historia que sigue escribiéndose todos los días. Era asumir la responsabilidad de vestir una camiseta que nunca permite la indiferencia. Y lo hicieron como lo han hecho desde que comenzó este ciclo: juntos.

Tal vez por eso esta Selección genera algo distinto. Porque “son indios, en el buen sentido de la palabra”, soltó el entrenador en conferencia. Porque no le tienen miedo a nada. Porque nunca les pesó la responsabilidad. Porque se criaron así, con el gen competitivo, ganador. Porque incluso en la era de las estadísticas, de las redes sociales y de los debates permanentes, logró recuperar una idea que parecía perdida: la de pertenecer. La de sentirse reflejado en once jugadores que corren cada pelota como si fuera la última. La de entender que hay triunfos que trascienden el resultado.

Y es que es el mismo Scaloni quien lo repite cada vez que puede. Habla del grupo. Siempre del grupo. “Este grupo se lo merece”. “Este grupo ha hecho cosas increíbles”. Nunca hay lugar para el individualismo. Nunca hay un “yo”. Desde hace años, la Selección Argentina entendió que sus mayores victorias nacen del “nosotros”.

El domingo habrá una nueva final. Otro capítulo para una generación que ya no tiene nada que demostrar y, al mismo tiempo, parece decidida a seguir desafiando a la historia. El resultado, como siempre, será una incógnita. El fútbol nunca firma garantías. Pero quizá la pregunta siga siendo la misma. “Dicen que el fútbol le debía un Mundial a Messi. ¿Y si le debía dos?”. La pregunta parecía una simple licencia publicitaria, una invitación a soñar con lo imposible. Pero, con el correr de los partidos, empezó a tomar otra dimensión.

Después de Qatar, parecía que ya estaba todo escrito. El mejor jugador de todos los tiempos había levantado la única copa que le faltaba, cerrando una historia perfecta. El círculo estaba completo. La deuda estaba saldada. Sin embargo, esta Selección se encargó de demostrar que todavía quedaban capítulos por contar.

Argentina llegó a esta final mostrando algo que excede cualquier análisis táctico. Hubo fútbol, claro. Hubo momentos de menos brillantez, decisiones acertadas y rendimientos individuales destacados. Pero, sobre todo, hubo carácter. El mismo carácter que convirtió a este equipo en un símbolo de una época. El mismo que le permitió levantarse una y otra vez cuando parecía no quedar nada. A Leo y a los demás.

Si el fútbol le debía un Mundial a Messi, ¿qué le debe, ahora, a este grupo? Porque hace tiempo dejó de tratarse de un solo hombre. Hace tiempo que esta historia pertenece a todos. Y tal vez, el fútbol todavía tenga una última página reservada para una generación que se acostumbró a convertir lo imposible en costumbre.

Messi y Yamal, de la cuna a Times Square

Por Tiziano Moreira

“El fútbol es la dinámica de lo impensado” Dante Panzeri, en el libro “Fútbol: dinámica de lo impensado”.

Lionel Messi y Lamine Yamal cruzan sus caminos este domingo 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey para disputar la final de la Copa del Mundo entre Argentina y España. Sin embargo, el azar unió a ambos protagonistas hace casi dos décadas en un vestuario del Estadio Camp Nou. Allí, un joven rosarino de veinte años sostuvo entre sus brazos a un bebé de ocho meses para una campaña solidaria, en un cruce de épocas con ribetes de leyenda. 

Corría el año 2007. El diario Sport, en colaboración con la Fundación del FC Barcelona y UNICEF, organizó la segunda edición de un calendario benéfico con el objetivo de dar a conocer los programas orientados a la infancia. Mounir Nasraoui y Sheila Ebana ganaron un sorteo en el barrio de Roca Fonda en Mataró, España. Esto les permitió llevar a su hijo a las instalaciones del club catalán para una postal con un jugador azulgrana. 

El azar, en su máxima expresión, dispuso al joven talento argentino como futbolista para esa sesión. El fotógrafo Joan Monfort ideó el escenario con fondo granate y luces para acotar la escena y tener el control del espacio. El choque de esos dos mundos originó un cuadro de poesía visual. El rosarino, introvertido y tímido ante las cámaras, dudaba ante la fragilidad del niño. Al principio, la interacción resultó en un desafío complejo, ya que era la primera vez que el argentino sostenía a un bebé en brazos. 

La tensión cedió gracias a un patito de goma. Un simple juguete de hule desató sonrisas y tranquilidad. El agua sobre la piel de Lamine Yamal actuó como una especie de agua bendita, un bautismo sagrado donde un dios pagano del balón bendijo a una futura promesa. Aquel cruce de miradas inocentes selló un pacto mudo, un pase hecho con burbujas y jabón, a salvo de la vorágine del tiempo.  

Sobre aquel momento de magia fortuita, el fotógrafo aportó su mirada: “La casualidad los unió, la foto podría haber sido con otro jugador, pero fue con Leo. Seguramente si la familia del bebé hubiera podido escoger, la foto hubiera sido con Ronaldinho, con Xavi o con Iniesta”.

En medio de esta retrospectiva, el paradero de la utilería de aquella tarde representa una incógnita. Los creadores de la producción revelaron que la tina de plástico azul desapareció de los registros. Al igual que el mítico Arca de Noé, esa pequeña bañera se convirtió en una reliquia perdida en el océano del tiempo. Hoy, el artículo valdría millones en cualquier subasta, pero el destino pareció borrar las pruebas materiales de aquel instante para dejar viva solo la fotografía.

Las imágenes permanecieron en el anonimato durante varios años, resguardadas por la familia del chico. Yamal despejó las dudas sobre el ocultamiento de este tesoro: “Nunca lo hemos sacado a la luz porque al final no queríamos las comparaciones de Leo y yo. No creo que a nadie le moleste ser comparado con el mejor jugador de la historia, pero al final son cosas que te restan porque nunca vas a ser como él”. A su vez, el atacante bromeó sobre el paso del tiempo al expresar: “Bueno, he crecido un poquillo y Leo también”.

Por su parte, Lionel Messi no ocultó su asombro ante la coincidencia cósmica y aseguró: “La verdad que lo de esa foto es una locura porque es la vida. Hice la foto cuando él era bebé y ahora enfrentarnos en una final de la Copa del Mundo es una locura pero es uno de los mejores del mundo en este momento”.

Hoy, el libreto tendrá un reencuentro sobre el césped más codiciado del planeta. El chico de Mataró desafiará al monarca del deporte. El niño de la postal creció hasta conformar el obstáculo final para el anhelado bicampeonato mundial de la Albiceleste. Aquel fotógrafo jamás imaginó el peso invaluable de su obra: “No hay dinero que pague una foto como esa”. Las piezas del universo encajaron a la perfección para que el rey acunara al talento del mañana. Entre caprichos del azar y designios de la pelota, el transcurso de las épocas reafirma con belleza una gran verdad: este deporte, o la vida misma, jamás se somete a la lógica de lo pensado.