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Bahía Blanca: la capital del básquet no tiene equipos en la Liga nacional

Por Joaquín Valverde

Bahía Blanca fue la ciudad que trajo el básquet al país, y se hace extraño que ningún equipo bahiense conforme hoy la primera división argentina, la Liga Nacional. Los clubes tienen buena calidad de jugadores, infraestructuras y canchas de primer nivel. Pero aun así, a pesar de su historia, y a pesar de su inversión en el deporte, la ciudad no cuenta con ninguna institución en la Liga Nacional. No obstante, Bahía Blanca va a seguir siendo respetada y honrada por su maravillosa historia. Es la capital del básquet argentino.

Todo comenzó el 21 de mayo de 1910, cuando se llevó a cabo el primer juego de básquet en Bahía Blanca, entre marineros norteamericanos que visitaban la ciudad. El encuentro fue pactado para que ocurriera en la antigua Iglesia Metodista, ubicada en Belgrano, entre las calles Dorrego y Lamadrid. La disciplina llegó al sur de la provincia de Buenos Aires apenas 19 años después de su invención en Estados Unidos (1891). El básquet era un fenómeno en potencia, que le sirvió a la ciudad para crecer desde lo cultural, social y estructural, llegando a que en 2017 el gobierno de Mauricio Macri promulgue la Ley 27.380 que reconoció como capital nacional del básquet a Bahía Blanca.

Fue tal el crecimiento del básquet, que debido a la gran masa de jugadores y clubes que ya había en la ciudad, el 11 de enero de 1929 se creó la Asociación Bahiense de Basket-Ball (ABB), posteriormente llamada como la conocemos hoy, Asociación Bahiense de Básquetbol. Olimpo, Liniers, Estudiantes y Pacífico fueron las cuatro instituciones fundadoras de la ABB. Casi diez meses después, la Asociación inauguró el primer campeonato de Primera División del básquet bahiense. El campeón fue Pacífico, club fundador, que venció 18 a 16 a Olimpo.

La Primera División le dio identidad a la ciudad, atrayendo a cada vez más público y a más clubes para que sean parte de la competición. Bahía Blanca manejaba su propio mercado en el básquet, y eso empezaba a llamar la atención en otros sectores del país. 53 torneos bahienses pasaron, incluyendo el de 1929, hasta la creación de la Liga Nacional de Básquet, el 26 de abril de 1985.

Aquel día fue histórico para el deporte en Argentina, pero no solamente porque se inauguró la mejor liga del país, sino porque el debut de la competición tuvo lugar en la cuna del básquet argentino, en Bahía Blanca. Aquel 26 de abril, en la cancha de Independiente de Bahía Blanca, Pacífico y Atenas de Córdoba dieron comienzo a la LNB (foto) y una nueva página empezaba a escribirse en el básquet nacional. El debut no podía tener mejor resultado: el conjunto bahiense venció 90 a 82 a Atenas. El primer campeón del básquet de Bahía se convertía en el primer equipo en ganar en la Liga Nacional. Ya no eran coincidencias: la ciudad estaba destinada a triunfar en el básquet.

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Aun así, en las 42 ediciones que tuvo la LNB, ningún club bahiense consiguió quedarse con el título. Lo más cerca que estuvieron fueron dos subcampeonatos: el primero lo obtuvo Olimpo en 1986 (segunda edición), que perdió 3 a 1 en la serie ante Ferro Carril Oeste, y el segundo subcampeonato lo obtuvo Estudiantes en la temporada 1990/91, cuando cayó 4 a 2 ante Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos (GEPU). En estas cuarenta y dos campañas, tan solo cuatro equipos bahienses tuvieron la posibilidad de estar en la máxima categoría del país: Olimpo, Pacífico, Estudiantes y Bahía Basket, último conjunto de la ciudad en disputar la Liga Nacional (2020-21).

A medida que iban pasando los años, a Bahía Blanca le iba conviniendo cada vez menos formar parte de la LNB. En las primeras ediciones, Olimpo, Pacífico y Estudiantes formaban parte del torneo, logrando competir y quedar en puestos altos de la tabla, como dos subcampeonatos. Pero en las últimas temporadas el único que estuvo fue Bahía Basket, que le compró la plaza en 2011 a Estudiantes de Bahía Blanca.

Desde 2012 hasta 2021 (nueve ediciones), Bahía Blanca formó parte de la Liga Nacional. Luego del descenso a la Liga Argentina, el conjunto bahiense tocó fondo ya que no pudo mantener la plaza de la segunda categoría y se vio obligado a caer al Torneo de Segunda División Bahiense. La Liga se le hizo muy costosa a la institución, siendo imposible mantener los sueldos y los viajes a otras provincias, que hacían que el club se mantenga.

Sebastián Ginóbili (foto) jugó la Liga Nacional con Estudiantes de Bahía Blanca en 1997 y 1998, y además dirigió por siete temporadas a Bahía Basket (de 2013 a 2019). Ahora es director técnico de Villa Mitre, club que disputará la edición 2025/26 de la Liga Argentina. Ginóbili explica acerca de las ausencias de los equipos bahienses en la máxima categoría del básquet argentino: “Pasa mucho por el apoyo económico. Hoy el básquetbol argentino implica un montón de dinero, no solamente en contratación de jugadores sino en logística. Hoy la Liga es cara. Las estructuras de los clubes de Bahía son en general chicas. Son clubes de barrio donde se mueve todo con mucho esfuerzo. La Liga Nacional es otra cosa, es otro tiempo que tenés que meter y es otro dinero que tenés que tener. Hoy no es tan sencillo para Bahía tener un equipo a nivel superior”.

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Además del gran gasto económico que implicaría para un club de Bahía Blanca formar parte de la Liga Nacional, otra de las principales razones por las que los equipos bahienses dejaron de ser competitivos a nivel nacional es porque se estancaron en la producción de talento. En la época de la Generación Dorada en los Juegos de Atenas 2004, Bahía Blanca sacó a Alejandro Montecchia, Juan Ignacio “Pepe” Sánchez y Emanuel Ginóbili, pilares fundamentales en aquel momento para la selección argentina. Y en la década de 1990, Hernán Montenegro y Juan Espil eran los grandes jugadores que había producido la ciudad. Si nos retomamos al presente, la selección argentina que terminó segunda en la FIBA AmeriCup 2025 no tuvo a ningún bahiense, al igual que Boca, el último campeón de la Liga Nacional 2024/25.

Daniel Frola (foto), entrenador bahiense que dirigió en la LNB a La Unión de Formosa y entrenador en jefe de las selecciones en Chile (2015-2020), ahora está trabajando en conjunto a Pablo Coleffi para la empresa Lou Sport, la que organizó ya varios eventos con la institución Bahiense del Norte. Después de trabajar con chicos de Bahía, Frola comenta que los clubes de la ciudad son muy competitivos y que en el último tiempo se concentraron más en la competencia regional que en formar a jugadores para competir en el primer nivel: “Lo que le falta a Bahía Blanca es calidad. Y esto se debe a que hoy los clubes están llenos de chicos; entonces, no hay espacio para la tecnificación ni para el trabajo individual. El crecimiento del básquet en todo el país hizo que Bahía no genere tanto talento como el que generaba antes”.

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Al igual que Frola, Coleffi tiene una mirada muy crítica con respecto a la formación de jugadores de alto rendimiento. Coleffi fue por más de diez años entrenador de la Liga Nacional, en clubes como: Atenas de Córdoba y Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, y además, tuvo un breve paso por Bahía Basket en 2013. “Hoy los clubes están abarrotados de gente -dice-. Emergió el básquet femenino y eso hizo que el masculino tenga que ceder horarios. La pandemia llevó a que los clubes estén explotados en cantidad pero no en calidad. Con tres o cuatro entrenamientos de una hora por semana, ningún jugador va a poder progresar”.

La competencia apareció para Bahía Blanca. El básquet se popularizó en la Argentina y ahora las provincias de Santa Fe y Córdoba son las que más jugadores de élite producen. Jugadores de aquellas provincias abundan en la Liga Nacional y en la selección argentina. Sin embargo, es inevitable decir que el nivel de la Liga y de la selección bajó porque Bahía Blanca dejó de producir grandes promesas para el básquet argentino. Luego de la Generación Dorada, solamente dos bahienses pisaron el seleccionado de la mayor, Nicolás Richotti y Lucio Redivo, jugadores incomparables con Pepe Sánchez, Manu Ginóbili y el Puma Montecchia. La calidad de los basquetbolistas en el país bajó considerablemente, y esto va de la mano con el mal presente que afronta la selección y la LNB. 

Guillermo Vecchio (foto), entrenador de la selección entre 1991 y 1996, y formador de Manu y Pepe, destaca las principales razones de la decadencia que tuvo el deporte a nivel nacional: “No veo que haya un programa real de reclutamiento. Hay chicos de la selección que les veo las caras y no los conozco. Esto habla de que estos jugadores que aparecen no cuentan con mucha trayectoria, vienen todos de Europa. Se exprimió tanto a la Generación Dorada, que ahora no hay ninguna figura. El nivel de Bahía Blanca bajó naturalmente”.

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El básquet argentino está pasando por su peor momento. La selección ya casi no compite a nivel internacional y los jugadores que representan al país se crían prácticamente en Europa. La Liga Nacional bajó demasiado el nivel, siendo solo un negocio para los clubes con apoyo político y para las instituciones grandes cuya disciplina principal es el fútbol.

Ante el declive que tuvo el básquet, Bahía Blanca se vio totalmente afectada. La ciudad ya no tiene una institución que los represente en la Liga Nacional, ni tampoco una figura que destaque en Europa, en la NBA o en la propia selección. El torneo de Primera División Bahiense no es tan vistoso y la producción de talentos de élite es cada vez menor.

Bahía Blanca comenzó con la formación del básquet en Argentina y por eso es que todavía tiene esperanzas. Bahía tiene su gente, sus clubes y más de 45 canchas, entre las que son gratuitas y la de las instituciones; es cuestión de tiempo para que la ciudad crezca y vuelva a estar en lo más alto de Argentina. No por nada la llaman todavía “la capital del básquet argentino”.

El nuevo boom del padel argentino: mucha pasión, poco apoyo

Por Iñaki Urretavizcaya

Los ojos de 15 mil personas rebotaban al compás de la pelotita: redondos, abiertos y radiantes, expectantes del Premier Padel en Parque Roca. El 1 de junio de 2025, 32 argentinos fueron coreados por un público unido, que tras cada punto rompía el silencio al grito de “¡Argentina! ¡Argentina!” o “¡Soy argentino, es un sentimiento!”, nacido de las oscuras plateas. Los focos proyectaban la pista azul y el blindex fue la vidriera del mejor pádel del mundo. El apoyo dio efecto porque Agustín Tapia (foto), catamarqueño y número 1 mundial según la Federación Internacional de Pádel (FIP), gritó campeón ante la ovación de su gente.

Los secretos de Agustín Tapia, el mejor jugador del mundo: "Tenía un talento innato jamás visto" | Relevo

El pádel es sinónimo de Argentina. 16 mundiales disputados: 16 finales, 12 títulos. Fernando Belasteguín fue número 1 por 16 años seguidos (2002-2017) y es considerado el mejor de la historia. Pero, a pesar de tener 23 representantes dentro del top 100 de la FIP en 2025, hoy ganó mucho terreno España. La organización, infraestructura y desarrollo del deporte hizo que le plante cara a Argentina.

Hoy, los jugadores argentinos de pádel tienen que emigrar si quieren progresar. Vivir del deporte en Argentina es privilegio de pocos y la infraestructura quedó un paso atrás. De 23 fechas en el calendario de la FIP, Buenos Aires es la única sede del país, mientras que España tiene seis y el mapa se acomoda mejor para Europa con trece fechas totales. Otras cuatro son en suelo árabe, por la multimillonaria inversión del Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita, que adquirió al World Padel Tour y lo renombró Premier Padel en 2022.

El pádel, nacido en México en 1969, alcanzó la masividad en los años 80 y 90 en Argentina. En 1988 se fundó la Asociación de Pádel Argentino (APA), incluso antes que la FIP (1991). Alejandro Lasaigues y Roby Gattiker encabezaron el top mundial desde 1992 a 1996 y ganaron los primeros tres mundiales de pádel, todos a España: 1992, 1994 y 1996. Esto le valió cinco Olimpias de Plata a Lasaigues y uno a Gattiker, quien, en diálogo con El Equipo, remarca diferencias entre el pádel que conoció en 1980 con el que se juega hoy: “De chicos jugábamos con paletas de madera en las poquitas canchas que había, todas de cemento. Hoy es un deporte totalmente distinto. El pádel avanzó mucho más a nivel mundial que en Argentina, pero ahora que volvió ese furor están haciendo muchísimos clubes y me da miedo que se descontrole, como pasó en los 90, pero me tranquiliza que se está expandiendo mundialmente con apoyo de grandes empresas, y eso significa que llegó para quedarse”.

Gattiker tiene su propio club en Pilar, Robby Gattiker Padel Center. Dice que España tuvo la iniciativa que lo distanció del resto, que lo diferenció de los demás en los inicios. En cuanto al profesionalismo, admite que no hay apoyo por parte de Argentina y que todo es esfuerzo familiar, a diferencia de Estados Unidos, Italia y España, donde sí hay mucho más sostén estructural. En relación al estilo de juego, Gattiker (foto) dice que no hay tanta diferencia entre su época y la actual: “No creo que haya mejorado en cuanto a lo técnico y táctico, pero sí en cuanto a la potencia”.

Roby Gattiker - Me llaman la Leyenda “viva” del Padel | 11 veces Campeón del Mundo | Junto a Lasaigues (dicen) conformamos la mejor pareja de la historia del Padel. Debido a

El pádel tuvo dos auges muy marcados: el primer boom en los 90 y el segundo luego de la pandemia de 2020. Entre medio, de 1996 en adelante, el pádel como fenómeno social tuvo un declive pronunciado, que no fue impedimento para el dominio. En 2002 aparecieron Juan Martín Díaz y Fernando Belasteguín, considerados la mejor dupla de todos los tiempos: 13 años ininterrumpidos como números 1 y más de 170 títulos. Demencial. Jorge Nicolini, formador del pádel, quien arrancó en 1983 a dar clases, explica que el furor provocó una desesperación por abrir clubes: “El problema fue que hubo muchísimas canchas en poco tiempo, una exageración. Una excesiva oferta que si no crece con mesura, tranquilidad y con análisis, muchos tienen que cerrar”.

Nicolini fue de los primeros profesores. Desde hace más de 25 años cuenta con la escuela “Pádel Para Todos” en Vicente Lopez, que se encarga de foguear a los mayores talentos. Cada chico que ingresa lo saluda con cariño. Nicolini es un referente que abraza a todos con su cálida bienvenida y sonrisa. También entrena a las delegaciones mundialistas desde 1992 y su escuela es avalada por la APA. “Los clubes que perduran y que continúan son aquellos que tienen actividades como escuela, la parte social y campeonatos”, dice Nicolini a El Equipo.

Si bien los logros siguieron, el pádel pasó a ser un deporte con poco apoyo, y la estructura argentina quedó relegada. En los 2000, España comenzó a afianzarse más. El apoyo, la economía y la organización empezaron a sentar las bases de lo que es el país más preparado del planeta en el mundo del pádel. FIP confirmó que en 2025 hay más de 17.000 pistas construidas en suelo español.

Daniela Banchero, jugadora de 44 años de Chivilcoy y actual número uno del país en el ránking de la APA, vivió la época “oscura” del deporte. “Arranqué a jugar profesionalmente en 1998, cuando iba a jugar a Buenos Aires, y conseguí ser la uno. De allí fui a España y fui top 10 mundial”, expresa Banchero, quien también agrega que, si bien competía al más alto nivel, no había tantos torneos ni promoción, por lo que iba y regresaba de España a Argentina constantemente. Banchero, en diálogo con El Equipo, cuenta que si el pádel hubiese tenido la exposición y profesionalidad de hoy, se hubiese instalado en España.

Siempre las cosas nos han costado un montón ya que no tenemos el mismo apoyo económico que otros países. Por eso cada vez que representamos a Argentina sacamos fuerzas de donde sea porque sabemos del sacrificio, dice Banchero, quien disputó cinco mundiales: ganó tres (2006, 2008, 2012) y en dos fue segunda (2014 y 2022). “A diferencia de España, que allá viven por y para el pádel, nosotros tenemos que trabajar porque al jugar tenemos muchos gastos, y con los sponsors solventamos algo pero no alcanza”, admite Banchero (foto), quien además es mamá de tres hijos, lo que le agrega más responsabilidades.

Daniela Banchero e Irene Jiménez en un gran año - La Razon de Chivilcoy

El pádel femenino fue el que más terreno cedió desde 2010 en adelante. Argentina, a pesar de haber estado en cada una de las 17 finales mundiales, desde 2010 hasta 2024 fue España el que se llevó siete mundiales, menos en 2012, y se quedó con el primer puesto histórico: España 9, Argentina 8. Y en el ranking de jugadoras de la FIP, Argentina volvió al uno en 2025 gracias a Delfina Brea, tras Cecilia Reiter en 2013, quien fue compañera de Banchero en 2007. “España está dos escalones por encima de Argentina, porque tiene otra infraestructura y equipo de trabajo, pero acá hay mucho potencial y hay que trabajar duro para equipararse”, comenta Banchero acerca de la superioridad que hizo a las europeas aventajarse.

En Argentina el segundo pico del pádel fue post pandemia, cuando fue habilitado como el primer deporte practicable. La gente, en afán de salir, descubrió un nuevo hobbie. Hoy se representa con más de 6.000 canchas en el país y más de un millón de jugadores. Para Nicolini es una oportunidad importante para inversores y empresas. “Hay torneos que hasta hace poco se jugaba un partido en cancha de vidrio, otro en piso de cemento, otros con pared cubierta y descubierta, y pasaban de una a otra sin problemas”, dice Nicolini, quien hizo énfasis en el desarrollo del jugador argentino y su adaptación.

El Mundial de fútbol ganado por Argentina en Qatar 2022 es otro de los factores para el crecimiento, según Nicolini, ya que sirve como manual de los buenos valores: “Dejó un efecto residual que es la entrega, el orden, la disciplina y el respeto. Los chicos se han criado con estos jugadores, que honran lo que es el juego limpio y la entrega”. Nicolini agregó que en España sucedió tras el Mundial de Sudáfrica 2010, que generó el crecimiento de grandes padelistas, como Juan Lebrón o Alejandro Galan, números uno desde 2020 hasta 2022. El altísimo nivel sumado al poco desarrollo institucional, en comparación a países como México, Brasil o España, provocó que muchos talentos argentinos emigren y dominen distintos países. “Argentina tiene una estructura muy buena a nivel deportiva; acá un chico de tercera o cuarta categoría puede estar jugando un torneo de profesionales en otros lados”, dice Nicolini.

Federico Salaro, jugador amateur de Chacabuco, se fue a México en 2022 para ser profesor en un club de Toluca llamado Padelcenter Metepec y, en paralelo, probarse en el circuito de pádel. “Conocí los clubes de México y nuestros clubes en cuanto infraestructura están muy por debajo. Tiene que ver la parte económica y también que el pádel es más caro porque no es un deporte tan popular”, dice Salaro a El Equipo. “El club en el que estuve estaba enfocado en el alto rendimiento y la competencia”, expresa Salaro y agrega que le sirvió mucho su estancia, desde lo personal, para mejorar como profesor y jugador. Luego de un año, en 2023 volvió a Argentina.

En 2024 Salaro recibió la propuesta de mudar su paletero a San Pablo, Brasil, por el llamado de Brian Ortíz, su ahora nuevo compañero de Salto, ciudad aledaña a Chacabuco. “Decidí venir a Brasil porque la propuesta económica era buena y porque estoy en una ciudad donde el pádel va a crecer mucho y hay muchas oportunidades”, dice Salaro, quien remarca que en Padel Beach, su club de Brasil, el pádel es visto como actividad social.

Salaro y Ortiz, a la par de las clases, se adentraron en el circuito y lograron colocarse como la mejor pareja de San Pablo y la número 5 de todo Brasil en 2025. “Somos considerados jugadores profesionales, pero no nos da para vivir; entonces no sé hasta qué punto es profesional si no se puede vivir puramente de la competición”, dice Salaro, quien comenta que si bien tiene sponsors que le permiten hacer un dinero extra, el mayor ingreso proviene de las clases, que además son más caras que en Argentina.

Quienes presenciaron en Argentina el Premier Padel en Parque Roca son los mismos que vieron a Lasaigues y Gattiker dominar el mundo, a Belasteguín y a Díaz sostener una era y a Tapia escribir el presente. España marcó el rastro con organización e inversión, pero Argentina conserva el fuego y la esencia que la hicieron potencia. Con el resurgimiento social y el profesionalismo actual, se abre una oportunidad: instalaciones de primer nivel para ser de nuevo el centro del circuito. Porque si algo demostró el Premier Padel de Buenos Aires, es que el público, la pasión y los jugadores están más que preparados.

El Ultimate frisbee vale la pena

Por Iván Caraza

Todo comenzó en 1998 con un disco lanzado en la plaza Florencio Sánchez, en los
bosques de Palermo de la Ciudad de Buenos Aires, a pocos metros de lo que hoy
es el estadio Guillermo Vilas. Era un disco cualquiera, de esos de plástico duro que
parecen inofensivos hasta que giran en el aire con esa mezcla de precisión y
capricho. No había público ni camisetas oficiales, tampoco líneas marcadas en el
césped. Apenas un puñado de curiosos persiguiendo el vuelo del objeto como si
llevara consigo la promesa de convertirse en algo más.

Era la década del 1990 y, en medio de una Ciudad de Buenos Aires que parecía
vivir siempre a la espera de algo nuevo. En esa época, muchos estadounidenses se
radicaban en el país cuando las empresas para las que trabajaban abrían oficinas
en Buenos Aires. Es ahí donde el norteamericano Demian Hodari buscaba con quién
seguir jugando a lo que para él era más que un pasatiempo. Había traído consigo un
deporte que en Estados Unidos tenía nombre propio: ultimate frisbee.

Al principio eran muy pocos, no más de 16 personas. Algún estudiante extranjero,
algún amigo porteño dispuesto a probar, y hasta corredores que, al terminar su
rutina en los bosques de Palermo, se animaban a sumarse un rato. Se formaban
equipos improvisados, se jugaba con las mochilas como límites de cancha, y los
puntos se gritaban más por diversión que por competencia. Lo extraño, lo que más
sorprendía a los recién llegados, era que no había árbitros. Cada jugador debía
reconocer sus propias faltas y resolver los desacuerdos en la cancha. Un pacto
frágil y poderoso a la vez, basado en la confianza y en la esencia de la disciplina: el
espíritu de juego. Había que aceptar que, incluso en la intensidad del partido, el
respeto estaba primero. Sin embargo, funcionó.

Y esos pocos fueron suficientes. El juego empezó a repetirse cada fin de semana,
en Palermo, en Núñez, en canchas improvisadas en plazas y parques de la zona.
Un disco rodaba de mano en mano y, sin saberlo, estaban escribiendo las primeras
líneas de una historia que hoy lleva casi tres décadas en Argentina.

Qué es el ultimate frisbee: un juego de dos equipos, un disco volador y sin árbitro - LA NACION

Con el tiempo, lo que había nacido como un pasatiempo extraño se organizó.
Aparecieron equipos como DiscoSur, Cadillacs, Aqua, BigRed y Spukay torneos
improvisados y finalmente una asociación que le dio forma oficial: la Asociación de
Deportes de Disco Volador de la República Argentina (ADDVRA), fundada en 2008.
Hoy son 809 socios que sostienen esa estructura, aunque los recursos sigan siendo
escasos y la difusión, mínima. Pero hay algo que nunca faltó: pasión.

Espartanos fue uno de los equipos que marcaron una etapa importante en el país
desde 2015 hasta 2018. Conformado en buena parte por los pioneros, ese grupo se
convirtió en semillero de lo que vendría después. De allí nació Hammers Ultimate
Buenos Aires, que con los años se transformó en el equipo más exitoso del país,
representando a Argentina en eventos internacionales como los panamericanos o
mundiales, ambos eventos organizados por la World Flying Disc Federation.
Acumulan 5 títulos nacionales, 4 en la categoría mixta (2018, 2021, 2022, 2023) y 1
en la categoría open (2023), y 5 veces ganaron el Torneo Ciudad de la Furia (2019,
2022, 2023, 2024, 2025), forjaron una identidad ganadora y construyeron una
historia que todavía hoy se cuenta en las canchas. Luis Machado, uno de los
capitanes de aquellos tiempos, lo recuerda con una mezcla de nostalgia y orgullo:
Espartanos fue la base de lo que hoy es Hammers. Ser parte de esos proyectos fue
de lo mejor que me pasó en la vida. No había cámaras ni prensa, pero sí algo
mucho más grande: la sensación de estar construyendo un camino”.

Ese camino fue tomado luego por nuevas generaciones. Hoy, el capitán de
Hammers es Máximo Pugliese, considerado por muchos el mejor jugador argentino
de ultimate frisbee. Habla con la serenidad de quien sabe que la historia no depende
de una sola persona, sino de un grupo entero. “Los experimentados se fueron y
ahora toca remar. Los que antes jugábamos menos hoy estamos más metidos.
Queremos volver a poner a Hammers en lo más alto”, explica. Su tono no es de
queja ni de lamento: es un reconocimiento sincero de lo que significa sostener un
legado.

Ultimate frisbee: acción al plato

Mientras tanto, otros equipos fueron apareciendo: El Combo, con un estilo
combativo y alegre, y varios que se expandieron por el interior del país, desde Córdoba con el único equipo de la provincia: Ultimate Frisbee Córdoba, hasta el Litoral donde se encuentran equipo como RUF (Rosario Ultimate Frisbee), El Quilla y Malón en Santa Fé, Tsunami Echagüe y Capibá en Entre Ríos. Con cada nuevotorneo, la comunidad crecía un poco más, aunque nunca perdió la familiaridad de aquellos inicios. Cada año, esa historia encuentra su punto máximo en Benavídez, donde se celebra el torneo internacional Ciudad de la Furia. El nombre, tomado de la famosa canción de Soda Stereo, le da un aire mítico.

Durante un fin de semana, equipos de Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia y Bolivia se cruzan en una mezcla de acentos, estilos de juego y culturas. Más de 200 jugadores se reparten en una docena de equipos, y las canchas se llenan de colores, gritos de aliento y discos volando a toda velocidad.

El Ciudad de la Furia, que se celebra siempre en Semana Santa desde 2019,
específicamente el fin de semana y con un único ganador hasta ahora, Hammers,
es considerado por muchos el torneo más emblemático del país y del cono sur ya
que no es solo un torneo: es una celebración que convoca equipos de casi todos los
países de América del Sur. Se compite y se quiere ganar, pero también se vive
como un encuentro, jugadores de Argentina, Colombia, Chile, Uruguay, Bolivia y
Brasil pisan suelo argentino para jugar con sus equipos y compartir de este espacio
dedicado al Ultimate Frisbee.

Al terminar cada partido, los equipos se reúnen en círculo para la ronda de espíritu. Allí, los capitanes y jugadores se felicitan por las buenas jugadas, reconocen actitudes de fair play y reflexionan sobre lo que ocurrió. Es un momento breve, pero simbólico: recuerda que el ultimate no se juega solo con el cuerpo, sino también con la palabra. Damián Alvez, capitán de Flama de Uruguay, lo explica con sencillez: “El ultimate es familia, es un estilo de vida. Me permitió conocer países y tener experiencias únicas con mis amigos”.

Todo comenzó en Estados Unidos en 1968 cuando un grupo de estudiantes empezó a lanzar un molde de lata de la empresa Frisbie Pie Company

Las palabras de Alvez resumen lo que los jugadores sienten. Porque detrás de cada
torneo hay un sacrificio enorme: viajes pagados de bolsillos propios, horas de
entrenamiento robadas al trabajo o a la facultad, camisetas diseñadas por los
jugadores y rifas organizadas para costear gastos. No hay contratos ni sponsors
millonarios como en otros deportes, algunos son patrocinadores minoristas que
aportan lo que pueden, como uniformes o a solventar parte de los gastos. Lo que
sostiene todo es una convicción: la de que el ultimate frisbee vale la pena.

En la cancha, la dinámica tiene su propia belleza. Cada partido comienza con un
saque, el pull, que viaja alto hasta caer en manos del rival. Quien recibe debe
detenerse, establecer un pie pivote y lanzar. Tiene apenas diez segundos para
decidir. Esa presión obliga a pensar rápido y confiar en los compañeros. Un pase
fallido cambia la posesión; un acierto puede abrir la puerta a un punto. La cancha
mide 100 metros de largo por 37 de ancho, y los goles se definen en zonas de 18
metros en cada extremo.

Pero las dimensiones y las reglas son apenas la superficie. Lo más impactante es lo
que se ve alrededor: la risa compartida después de una jugada insólita, el aplauso a
una atrapada rival, el abrazo final sin importar el resultado. No hay insultos al árbitro
porque no hay árbitro. Lo que hay son jugadores que se miran a los ojos y
resuelven.

NUEVO DEPORTE EN RÍO TERCERO: ULTIMATE FRISBEE – Ojo Web

Con el tiempo, la comunidad argentina se fue cruzando con la internacional. En
Colombia, por ejemplo, el deporte creció hasta convertirse en disciplina universitaria.
En Venezuela, encontró su lugar en torneos regionales. Y en Europa, las rondas de
espíritu se consolidaron como parte ineludible de cada encuentro. La Argentina, con
sus propios matices, fue sumándose a esa red mundial. Hoy, la World Flying Disc
Federation (WFDF) calcula que unos diez millones de personas en más de cien
países juegan ultimate frisbee. Cada uno de ellos comparte la misma convicción:
que un deporte puede sostenerse en la confianza mutua.

En Argentina, esa convicción sigue escribiéndose en cada torneo nacional mixto,
open y femenino, en cada entrenamiento nocturno bajo luces prestadas, en cada
viaje largo en micro con mochilas cargadas de discos y botines. Los jugadores se
reconocen entre sí, se saludan como viejos amigos aunque se enfrenten, y saben
que, más allá del marcador, lo importante es que el disco siga volando.

Porque al final, lo que queda no son solo títulos o estadísticas. Lo que queda es la
memoria de un pase perfecto bajo la lluvia, la risa después de un error absurdo, la
mano tendida de un rival que ayuda a levantarse, el abrazo compartido al terminar el
partido. Lo que queda es esa certeza simple y poderosa: mientras haya alguien dispuesto a lanzar el disco y otro dispuesto a correr tras él, el ultimate frisbee nunca dejará de volar.

Atletismo femenino: mujeres que corren en pistas desiguales pero con más coraje

Por Solange Baigorria

El atletismo femenino nació y creció corriendo contra algo más que el reloj, corrió contra las reglas, contra los prejuicios y contra la mirada de un deporte que durante siglos fue territorio masculino desde los antiguos Juegos Olímpicos en los años 776 a.C. en Grecia.
Recién en 1928, Ámsterdam, Países Bajos, les permitió correr a las mujeres la prueba de 800 metros y aun así, las imágenes de atletas exhaustas fueron usadas para prohibir la prueba durante más de treinta años. La fatiga, que en los varones era símbolo de entrega, en las mujeres era excusa para decir que “ese esfuerzo no era para ellas”.

Hasta que reapareció en Roma 1960, el atletismo femenino ya tenía mayor participación en campeonatos europeos y mundiales. En esta edición participaron 24 atletas en la prueba, y la ganadora fue la soviética Lyudmila Shevtsova, que igualó el mismo récord mundial del 3 de julio en Moscú del mismo año.

Tras pasar los años, sumaron cada vez más pruebas. Así, durante las décadas del 60 y 70 se incorporaron los 400 metros, los 1500 m y el relevo 4×400. Más adelante, en 1984 se añadió la maratón y, ya en los años 90, aparecieron los 10.000 m, la marcha y el heptatlón. Luego, en el 2000 se agregaron el martillo y la garrocha. Finalmente, en 2008 debutó el 3000 con obstáculos. Desde entonces, el programa olímpico femenino quedó igual al masculino, con las mismas distancias y la misma variedad de pruebas.

En Argentina, este deporte creció más lento que en otros países ya que es una isla dentro de un país futbolizado, pero con figuras que fueron marcando el camino. Desde las pioneras de los 40 y 50 como Noemí Simonetto, medalla de plata en Londres 1948, hasta la explosión de los 2000 con atletas como Jennifer Dahlgren, Belén Casetta, Florencia Borrelli o Fedra Luna, el país pasó de tener participación aislada a construir un equipo estable.

Entre esas atletas que sostienen con su cuerpo y su voluntad la dignidad del atletismo argentino, hay mujeres que se convirtieron en faro. Florencia Lamboglia, con 33 años, es especialista en velocidad de 100 y 200 metros, dueña de una zancada feroz y una cabeza fría, nacida en Buenos Aires. Compitió en Juegos Olímpicos como en París 2024, Panamericanos y Sudamericanos. Comenzó a los 12 años en el colegio y después se pasó a River, donde se preparó por 4 años; ella siempre encontró la forma de entrenar. Pero el camino no fue fácil. “¿Menos apoyo por ser mujer? No lo noté —dice Lamboglia—. Quizás, si pasó, fue por rendimiento, no por género. Hoy hay más nivel en varones que en mujeres”.

 

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Pero Lamboglia sabe que el contexto no es neutro. Reconoce que el foco mediático va a donde hay masas. “Las carreras de calle hoy tienen más visibilidad que las de pista. Y eso no es casual. Hay más inversión, más participación popular. Pero no debería ser lo único que reciba apoyo”.

Lamboglia arrancó sus inicios sin una referencia en especial. “En los años que recién comenzaba no era visible esa figura del referente. Es algo que realmente me faltó”, confiesa. Cuando comenzó a los 12, no tenía espejos. Entonces tuvo que inventarse uno. “Para mí es un gran desafío estar tan expuesta y ser referente del futuro de nuestro deporte”. Peleó su lugar sin escándalos, sin discursos, pero con una consistencia que la llevó al podio y al respeto.

Victoria Woodward también corre rápido, nacida en Villa Carlos Paz. Con sus 33 años es campeona sudamericana, múltiple recordista nacional en pruebas de velocidad como en 100 metros, Juegos Panamericanos como en 2023. Forjada primero en la gimnasia y luego en las pistas cordobesas, construyó una carrera que la llevó a romper el récord argentino de 100 metros con 11.54 y a fijar también la plusmarca nacional indoor en 60 metros. Su andar es liviano, símbolo de perseverancia, pero su mensaje es profundo.

“¿Estereotipos? Sí, como todas en algún momento. Pero nunca me condicionaron. Sabía que estaba fuerte porque entrenaba. Tenía músculos porque los necesitaba para correr rápido. Y eso, lejos de incomodarme, me hacía sentir orgullosa. Lo importante es que cada mujer se sienta libre como es”.

En un mundo que juzga el cuerpo femenino más por su forma que por su función, Woodward eligió el camino inverso. “Aprendí a mirar mi cuerpo como herramienta. No desde lo estético, sino desde lo funcional. El deporte me enseñó a valorar lo que puede hacer, no cómo se ve”. A su manera, desafía mandatos. Se viste como quiere, entrena como siente, habla con claridad. “La mirada externa existe —dice—, pero no tiene por qué definirnos. Siempre traté de que esa mirada no me desvíe de mis objetivos como llegar a un Juego Olímpico. El foco tiene que estar en el camino”. Y ese camino, para ella, es correr. Es zambullirse en los 100 metros como si el mundo se detuviera ahí. Porque para las velocistas, la eternidad dura menos de 12 segundos. Pero en ese intervalo cabe todo: el miedo, el orgullo, el deseo, el fuego.

Daiana Ocampo, nacida en Pilar, con 34 años, es campeona sudamericana de maratón en 2019, fondista, récord nacional, finalista continental y participó en los Juegos Olímpicos de París 2024. Pero, antes de todo eso, fue una chica que corría sin saber que estaba trazando su destino. En un país donde los 42 kilómetros no tienen el mismo prestigio que en Kenia o Japón, Ocampo se convirtió en un emblema. No por marketing, sino por coraje. “El mayor desafío es económico —dice—. Si querés competir afuera, necesitás recursos. Manager. Estrategia. Porque allá todo es más complejo. Sigo aprendiendo. Me sigo equivocando. Pero sigo intentándolo”.

La carrera de Ocampo es, literalmente, una carrera de fondo. Se gestiona sola, entrena doble turno, cuida cada segundo. Y, sin embargo, nunca pierde la ternura. Cree en el trabajo. En la comunidad. En el ejemplo. “El apoyo debería estar en todas las disciplinas. No solo donde hay más público. Porque el deporte también es desarrollo humano”. Y aunque sus triunfos no siempre ocupan portadas, hay algo en su personalidad que emociona.

Aunque el talento abunda y los logros se multiplican en el atletismo femenino en Argentina, los recursos siguen sin estar a la altura. Según informes 2024/2025 del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) y de la Secretaría de Deportes de la Nación, muchas de las atletas dependen de las becas del ENARD, que hoy promedian entre 275 mil y 300 mil. El porcentaje de inversión estatal en disciplinas individuales sigue favoreciendo históricamente a los varones: 61,5%, mientras que el femenino recibe 38,5%. Es un respaldo necesario, pero lejos de cubrir el costo real de entrenar, viajar y competir a nivel internacional.

En medio de las historias de atletas argentinas aparece también la palabra de Walter Pérez, campeón olímpico en ciclismo en Beijing 2008, presidente de la Comisión de Atletas en el Comité Olímpico Argentino y hoy una voz autorizada dentro del ENARD desde el área de fortalecimiento. Trabaja en el acompañamiento de atletas, ofrece charlas y comparte su experiencia. Su mirada suma otra dimensión: la de quien conoce la intimidad del alto rendimiento desde la piel del atleta y ahora la observa desde la gestión.

Con serenidad, Pérez insiste en que el desarrollo del deporte no puede desligarse de las mujeres. “El deporte amateur viene creciendo con fuerza, pero necesita estructuras sólidas para sostenerse. No alcanza con el talento de una generación: hacen falta políticas que garanticen continuidad, becas estables, entrenadores capacitados y condiciones de igualdad respecto de los hombres”, explica.

En la reflexión de Pérez aparece el peso de la experiencia: décadas en las que vio a muchos deportistas esforzarse sin contar con el respaldo necesario. “El desafío actual es que las chicas no tengan que repetir los mismos obstáculos que enfrentaron las pioneras. El ENARD trabaja para que la próxima atleta no tenga que preguntarse si podrá viajar, si tendrá un equipo médico, si podrá entrenar sin pensar en otra cosa más que en su deporte. Hoy el presupuesto está muy acotado, ya que es de 300 mil aproximadamente. Se está trabajando para obtener ese beneficio, pero hoy está bastante difícil”, dice.

Para Pérez, no es solo un asunto de resultados, sino un espejo de la sociedad. “Cada vez que una mujer llega y demuestra que puede competir de igual a igual, también está abriendo una puerta cultural. Y esa puerta hay que sostenerla”.

 

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Sin un compromiso real con la igualdad y el apoyo sostenido, las marcas individuales corren el riesgo de quedar aisladas. El resultado es evidente: muchas atletas deben asumir el costo de su carrera. Literalmente. Pagar sus entrenadores, su nutrición, sus suplementos, sus pasajes a competiciones. En algunos casos, también deben trabajar en paralelo para sostenerse. A pesar de entrenar al más alto nivel, la mayoría no vive del atletismo: vive con el atletismo.

Ocampo lo resume con crudeza: “El problema es monetario. A veces viajás sola al exterior sin saber bien qué hacer. Y eso que ya estuve en un Juego Olímpico”. Sus palabras reflejan una realidad que atraviesa a muchas atletas: la excelencia deportiva convive con la falta de apoyo financiero y logístico, obligando a cada deportista a ser gestora de su propio camino, además de competir al máximo nivel.

Esa desigualdad también se manifiesta en los premios, los patrocinios y la difusión. Muchas marcas buscan hoy “llegada” más que rendimiento, como reconoce Lamboglia. Se genera una paradoja: a veces, una atleta de élite con récords y medallas recibe menos apoyo que alguien con mayor visibilidad mediática pero menor desempeño deportivo. Así, el mérito atlético queda en segundo plano frente al marketing, evidenciando que la lucha de las mujeres en el atletismo no termina en la pista, sino que abarca los espacios donde se decide qué talento se sostiene y cuál se invisibiliza.

Y, al mirarlas, al leerlas, al verlas competir, algo se conmueve. Lo que importa es que ellas están corriendo. En su andar está escrito que el atletismo femenino en Argentina no es una excepción: es un comienzo.

Florencia Lamboglia, Daiana Ocampo y Victoria Woodward: tres mujeres, tres estilos, tres distancias. Pero un mismo mensaje: el atletismo es su forma de habitar el mundo. Su forma de decir: “Estoy acá. Este es mi cuerpo. Esta es mi decisión”.

Dakar: la carrera más dura del mundo, desde los hermanos Patronelli hasta Manuel Andújar y más argentinos

Los hermanos Patronelli, campeones del Dakar
Los hermanos Patronelli, campeones del Dakar

Por Nicolás Pucheta

El sol recién empieza a aparecer en Arabia Saudita. Los pilotos ya están despiertos hace horas, se ponen su equipamiento; sólo se oyen los motores calentar. Muy de fondo, entre miles de voces, se escucha el acento de los corredores argentinos. En el Dakar la motivación no es ganar, sino no abandonar. Aunque lo único que se sienta sea el calor del desierto saudí y la arena pegándose en la cara.

El Rally Dakar, organizado por Amaury Sport Organization (ASO), llegó a Argentina en 2009 y fue un antes y un después para Sudamérica; tanto es así que se creó el Campeonato Sudamericano de Rally en 2011, que tiene como premio para el ganador la clasificación al próximo Dakar. David Eli, en ese momento representante de la ASO, empresa organizadora del Dakar, fue nexo entre la compañía y la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, de Frente para la Victoria, para que se pudiera realizar, ya que en 2008 había sido suspendida en África por amenazas terroristas de Al-Qaeda en Mauritania.

 

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En el Rally Dakar no solo hay argentinos que corren sobre ruedas; también están los argentinos que corren para que la competencia salga bien en el día a día. Ahí aparece Daniel Roubicek, uno de los médicos argentinos en el Dakar. Cuando el desierto está completamente en silencio, los médicos se mueven de un lugar a otro para tener todo preparado en su hospital de campaña. “Mi tarea es asistir a los pilotos en lo que no es de carácter urgente”, explica Roubicek. Lleva un chaleco y una tranquilidad total, porque sabe que su tarea va a ser victoriosa. Aunque en los argentinos la primera palabra siempre sea “ganar”, en el Dakar no siempre gana el que más brilla.

Desde que el Dakar llegó a Argentina, el desierto ya dejó de estar lejos. Madres con sus hijos se acercan a las rutas, como por ejemplo la Ruta Nacional 205, que servía como escala para los pilotos; no importa si el que pasa es francés, saudí, si va en moto o en un camión. Se los aplaude, se los alienta igual. En un país muy apasionado, Roubicek dice con orgullo que es un honor representar a Argentina en una competencia tan importante y cruzarse con compatriotas en otras partes del mundo.

Los primeros argentinos en completar un Dakar fueron los hermanos Luis y Jorge Pérez Companc, en 2000, cuando llegaron en la posición 67° en la tabla general de autos. En esa misma edición también arribaron al final Sergio Gora y Pablo Gómez, en la ubicación 91°.

La primera gran alegría para Argentina llegó de la mano de Marcos Patronelli, al terminar segundo en la categoría de los cuatriciclos en 2009. Además, se convirtió en el primero en ganar una etapa para nuestro país. Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Marcos siguió haciendo historia, esta vez llegando a lo más alto del podio en los quads en 2010, aunque no lo hizo solo. En esta ocasión fue escoltado por su hermano, Alejandro Patronelli. Marcos volvió a ganar en 2013 y 2016; mientras que su hermano tuvo sus victorias en 2011 y 2012.

El mendocino Lucio Álvarez no se quedó atrás y escribió su nombre en la historia de los argentinos en el Dakar. También con los autos, terminó quinto en 2012, gracias a la exclusión del estadounidense Robby Gordon. Orlando “Orly” Terranova entró en la historia por ser el primer argentino en ganar una etapa con autos, en 2013. Ese año también terminó en quinto lugar, de la misma manera que lo hizo al año siguiente.

Otro hito histórico para Argentina en la competición fue en 2013, cuando Javier Pizzolito fue el primer argentino en terminar dentro del top 10 en la modalidad de motos. Octavo fue su puesto. En la edición 2014, la rionegrina Alicia Reina fue la primera argentina en correr el Rally Dakar. Cruzó la meta en el puesto 60°. Su mejor posición fue en 2017: 40°. Los camiones no pueden faltar. Fernando Villagra fue el primer argentino en destacarse en dicha categoría. En 2016 hizo su debut y terminó tercero. Había debutado en 2015 en la división de autos, pero sin suerte.

Hay quienes trabajan para que el caos se mantenga ordenado y la fiesta no se transforme en tragedia. Los que no corren, pero sí juegan. Ahí aparece Francisco Romero, coordinador de la seguridad del Rally Dakar. Su participación implica radios, protocolos y mucha tecnología. El cordobés trabaja en la competición desde 2009, momento en el que el Dakar llegó a Sudamérica y terminó realizándose en Chile y Argentina. A partir de 2010, es coordinador. Una de las cientos de personas responsables de que todo salga bien.

Desde la finalización del Dakar se empiezan a planificar y diseñar las etapas para el próximo año. “El Dakar es la carrera logística más grande y más desafiante del mundo”, explica el coordinador Romero. También cuenta que tienen un sistema “satelital online”, en el que saben por dónde van los pilotos, y que si hay una desaceleración brusca es porque sufrieron un accidente. “Para hacer un rescate tenemos entre 10 y 15 minutos”, concluye Romero. En el Dakar cualquier demora puede costar más que una etapa: puede costar una vida. Cada etapa que termina sin heridos también es una victoria para él.

Año 2019. Coronados de gloria. Nicolás Cavigliasso volvió a darle un título a la historia argentina. Arrollador. Ganador de nueve de las diez etapas en cuatriciclos. La edición 43 se disputaba por segunda vez en su historia en Arabia Saudita y Kevin Benavides y Manuel Andújar dieron la nota. Tras ganar la etapa cinco y nueve, Benavides logró quedarse con el Dakar 2021 en la categoría de motos. Andújar luchó mano a mano con su compatriota Cavigliasso. Desde la etapa 7, Andújar se convirtió en líder de la tabla general y se encaminó a su primera gloria, también con quads.

En 2020, Andújar pensó en dejar todo, ya que hacía tres años que no ganaba ninguna etapa ni se subía al podio. En ese momento dijo: “Esto no es para mí”. Nunca desistió y en 2021 salió campeón por primera vez en la categoría de los cuatriciclos. Benavides volvió a ganar el Dakar en motos en 2023 y además se convirtió en el primer piloto en hacerlo con dos marcas diferentes (Honda y KTM). En 2024, Andújar ganó por segunda vez la competencia. Y, sin que nadie supiera, con una noticia que sacudió al mundo del Dakar: ese año fue el último de la categoría quads. Como si el destino le hubiera guardado ese lugar. Como si supiera que ese título no era solo una victoria, sino una despedida. Andújar cruzó la línea final con la sensación de ser el último en levantar la bandera argentina en lo más alto del podio con un cuatriciclo.

La edición 2024 marcó el adiós de una categoría que tuvo a los argentinos como sus máximos protagonistas. Pero el nombre de los hermanos Patronelli, como el de Andújar, seguirá ahí. Escrito entre arena y gloria. Andújar se mostró triste al momento de recordar la noticia: “No nos dieron una explicación; no es la manera de despedir así a la categoría, pero lo dejo a criterio de la organización”. Fue un envión para pasar a los Side by Side (SSV), autos chicos y con jaula antivuelco. “Con los años se empieza a sentir el desgaste corporal con los cuatris”, concluye Andújar.

Por otro lado, el oriundo de Lobos explica cómo fue su primera experiencia en cuatriciclos: “A los 17 corrí mi primera carrera y terminé quinto; la segunda volqué y me desmayé”. Entre risas, agrega que su mamá lo obligó a terminar. Sobre los SSV, dijo que está acostumbrándose a las nuevas velocidades.

El Dakar es un monstruo de arena y piedras que no se deja domar fácil. Andújar lo sabe bien. En 2022 admitió que fue “con el pecho agrandado”, creyéndose el mejor. Y la competición le pegó un “cachetazo”. Volcó, no pudo terminar el Rally y se volvió en helicóptero. Porque en el Dakar no importa quién sos, sino cuánto aguantás. Y él aguantó. Día tras día.

Andújar es uno de los pocos deportistas que puede decir que tiene el premio de la Fundación Fangio y dos Premios Olimpia, obtenidos en 2021 y 2024. Con mucho honor, dice: “Tienen la misma importancia que ganar un Dakar. A muy pocos pilotos se los dan y yo soy un afortunado”. Andújar no solo tiene premios físicos. Tiene trofeos que quedarán en el corazón. Esos de los que nunca se olvida. En 2021, tras salir campeón por primera vez en su carrera como deportista profesional, lo recibió una multitud en su ciudad, Lobos. “Fue un shock, no pensé que había logrado tanto”, recuerda, casi con lágrimas en los ojos. Y en 2024, tras un retraso en su vuelo, llegó tarde a su localidad natal. Pero ahí estaban todos: bomberos, niños, adolescentes, abuelos. “El último recibimiento lo disfruté el doble. Fue una fiesta total”, concluye Andújar. También admite que en sus primeros pasos en el Rally Dakar “no sabía si estaba manejando por el camino correcto”, ya que en la competición son más de 200 los inscritos y no veía a nadie. “Ahora uno ya sabe bien por dónde va, si está primero o no”.

Hay otro argentino, Carlos Verza, que también muestra lo que es la esencia del Dakar. No levantó copas, pero levantó su cuatriciclo más veces de las que cualquiera podría contar. Es “El Yaguareté del Dakar”, como lo apodan y como se apoda. En 2015, cuando el felino se encontraba en peligro de extinción, Verza decidió lanzar una campaña de concientización con su equipamiento como si fuera la piel de un yaguareté.

Verza tiene un récord que muy difícilmente podrá superarse: completar el Dakar ocho veces como piloto/mecánico, compitiendo totalmente solo, contra equipos de grandes estructuras. Su objetivo era ir paso a paso, que la competencia lo sorprendiera. “Entraba en un estado mental en el que solo me importaba vencer a la carrera más dura del mundo”, sentencia el oriundo de Chaco.

Además, Verza admite haber visto cómo algunos pilotos recibían asistencias ilegales y, en un tono molesto, dijo: “Más de un piloto no hubiese llegado a nada”. Cuenta que solo dormía dos o tres horas, que lo dejaban cambiar sus juegos de gomas una sola vez y que otros pilotos lo cambiaban una vez por día. “Era casi imposible correr así, pero siempre tratamos de dar pelea”, concluyó Verza.

Porque el Dakar no se mide solo en posiciones. Se mide en las veces que los pilotos se levantan. El Dakar ya no pasa por las rutas argentinas. Pero mientras haya un argentino dispuesto a enfrentarse al calor, al cansancio y a la incertidumbre, el Rally Dakar seguirá siendo un poco nuestro y seguirá corriendo sangre argentina en sus venas.

“Es el juego que jugábamos de chicos”: dodgeball, el deporte que se esconde detrás del quemado

Por Julieta Fortuny

“Tienen que inventar un nuevo deporte, una nueva disciplina que aún no se haya jugado”, fue la consigna que le dio un profesor llamado Juan Madueño a los estudiantes del profesorado de Educación Física del Instituto Romero Brest de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esto fue lo que llevó a Norberto “Beto” Travella a buscar nuevas actividades, poco conocidas en Argentina. En la página de Codasports (perteneciente al Consejo Argentino de Deportes Alternativos), que presenta deportes alternativos, conoció el dodgeball y quiso practicarlo.

El dodgeball tuvo sus comienzos en Estados Unidos, en los años 60. Era el clásico juego de los quemados pero más reglamentado. Llegó a la expansión a nivel mundial en el año 2004 de la mano de la película “Dodgeball: A True Underdog Story”. Alrededor de 2015 apareció en las escuelas de manera recreativa. Un rol clave fue el de Beto Travella, quien hoy es capitán del equipo Supernova. Fue así como se contactó con Diego Bértola, el presidente de la Asociación Argentina de Dodgeball en la actualidad, y que era el presidente del Club Newell’s, ubicado en Parque Chas, Capital Federal, para que le brindara un espacio para practicarlo.

En octubre del año 2015, en Argentina, nació como algunas pasiones verdaderas: en silencio, con un grupo de personas que no buscaban fama, sino juego y ganas de divertirse. No hubo prensa, solo ganas de practicarlo. “Acá solo lo practicaban grupos de yankees, como nosotros jugamos fútbol 5 entre amigos”, explica Beto Travella. Consiguieron reunirse en la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús. Al principio eran pocos, todos amigos, y así reunían a los diez jugadores que necesitaban.

Todos los viernes, a las 22.30, en el Club Morán de Villa Pueyrredón, comienza el entrenamiento del equipo de dodgeball, que lleva el mismo nombre que el club. Al fondo, pasando el restaurante, se encuentra la cancha de futsal y de vóley, que también es la de dodgeball. En la previa al comienzo del entrenamiento “de dodge” se jugaba un picadito. De a poco van llegando los jugadores. Arranca la entrada en calor, con movimientos de brazos, algunos saltos, y con dos pelotas comienzan a tirarse entre sí. El entrenamiento tiene dos partes: primero es todo de pases, saltos, esquives y pasadas de pelotas. Luego juegan partidos entre sí para practicar cómo van a jugar los partidos del fin de semana.

Una línea horizontal marca el medio de la cancha y se colocan en ella seis pelotas. Se dividen para jugar 4 vs 4 por lado. Es el mínimo de jugadores que se necesita para comenzar un partido.

Nahum Viñas tiene 26 años. Es el capitán y voz cantante del equipo del Club Morán. Cuenta que él formó el equipo de dodgeball en “el Morán”; ya jugaba siempre en el patio de la escuela, pero conoció el deporte hace cuatro años por una compañera del colegio que jugaba en la selección argentina de dodgeball. Primero comenzaron jugando en el patio de la parroquia Santa Teresita, de Parque Chas, y hacían entrenamientos dos veces por semana, a cargo de Travella.

Para 2018 se empezaba a formar la Liga y entrenaban donde hoy funciona la Asociación de Dodgeball, que es el Club Newell’s Old Boys. Luego tuvieron que volver a la parroquia, pero no pudieron continuar con los entrenamientos ya que los vecinos denunciaban ruidos molestos por los pelotazos y gritos de festejos; fue el motivo por el que ese grupo de amigos se disolvió. Viñas no quería abandonar el dodgeball. Fue entonces que decidió armar el equipo en el Club Morán: fue su club de la niñez, donde conocía a la gente a cargo, y así formó el equipo.

Viñas lleva adelante el entrenamiento del equipo del Club Morán. “Pie en la línea, equipos listos… Va”. Todos corren a las pelotas. El equipo que más pelotas agarre primero es el más beneficiado, ya que tiene más posibilidades de quemar a sus rivales. Poco a poco van saliendo “quemados” hasta quedar uno contra uno. La voz cantante sigue siendo la de Viñas.

Entrenamientos recreativos

Los jueves por la noche, en el Club Newell’s Old Boys (uno de los pocos que tiene cancha de dodgeball), de 19.15 a 20.30 es el entrenamiento del equipo Marvin y de 20.30 a 22 se brindan encuentros recreativos. Están abiertos para todas las personas interesadas en el deporte.

Zaki Martínez tiene 17 años. Juega en el equipo de Los Linces, pero a modo de entrenamiento va a los recreativos de Marvin. “Elijo el dodgeball como deporte porque es divertido y diferente a los convencionales”, dice Martínez, quien desde los 9 años juega y quiere que el deporte siga creciendo cada vez más para crecer como jugador.

A la hora de jugar

En el dodgeball se juegan partidos de equipos femeninos, masculinos y mixtos. Hay jugadores relajados, ya que están entre amigos; algunos más nerviosos, porque quieren ganar sí o sí, ya que a su equipo no le está yendo bien. Está el público que alienta. “El partido es lo más difícil, hay que tratar de mantenerse lo más tranquilo, porque si no, ahí te ‘cachan’”, dice uno de los jugadores del Morán, Emanuel Cortez. “Hay mucha estrategia: jugar con la cabeza, pero ser rápido en los lanzamientos”, dice Agustina “Gus” Torres, jugadora de Marvin. “La diferencia entre jugar un partido con las chicas es que es más lento y las mujeres son más estrategas; para juntar las pelotas piensan más los movimientos. Los chicos van más al ataque, juegan más con las emociones porque se enojan más rápido en los partidos mixtos”, agrega Torres.

En cambio, Nahum Viñas dice que vive todos los partidos con mucha adrenalina, que la clave para él está en la velocidad y que, con el paso del tiempo, va suponiendo las jugadas que puede hacer el rival.

Mauricio Troglio observa desde afuera y entrena fuerza. Es el capitán de Marvin y dice que para él todos los partidos son diferentes, incluso aunque ya conozca a los rivales. Troglio se autodefine como un jugador duro y afirma que siempre siente presión al jugar. Para él, la clave es lo mental, ya que si no se está metido te pueden eliminar rápido.

La mayoría de los jugadores practican el deporte porque les recuerda un momento divertido de la infancia, cuando jugaban al quemado con sus amigos. Todos fueron formando y llegando a sus equipos de boca en boca, buscando algo distinto ya que venían de otros deportes. Agus Torres era jugadora de vóley y quería cambiar. Gabriel Romano, uno de los jugadores del Club Morán, jugó 12 años al handball y cambió el deporte que hizo casi toda su vida porque ya no le divertía tanto.

Liga Metropolitana de Dodgeball

El torneo de Buenos Aires, organizado por la Asociación Argentina de Dodgeball, tiene 11 equipos (Panthers, Noazar, Freestyle, Hokory, PCH, Lynch, Hydra, Berserker, Supernova, Morán y Marvin). Al igual que otros deportes, es por puntos. La Liga tiene una etapa clasificatoria y de playoff. Las victorias valen tres, los empates uno y las derrotas no suman ni descuentan. En caso de empate en puntos, al igual que en el fútbol, se define por puntos recibidos en contra/convertidos. Una vez clasificados, las llaves de los playoff se realizan por sorteo hasta llegar a la final y gana el mejor.

Selección Argentina

Los entrenamientos con la selección fueron variando. Empezaron en el Club de Viejos Muchachos de Newell’s Old Boys, en Parque Chas. En 2019 volvieron a la parroquia Santa Teresita. En 2020 y 2021 no entrenaron debido a la pandemia por COVID. Siempre fueron variando, ya que no tienen un lugar o club fijo. Al principio se entrenaba más la parte física y no tanto la parte técnica, pero sus jugadores sienten que aún falta algo por mejorar. “Quizás autocrítica de parte de los jugadores y entrenadores”, dicen desde su interna.

Dentro del equipo hay jugadores que luego se enfrentan los fines de semana en el torneo local; otros ya no juegan en la Liga Metropolitana porque juegan en la selección. No es requisito jugar en un equipo para poder integrar el conjunto albiceleste. Algunos integrantes son del interior del país: tres de La Rioja, uno de Córdoba y el resto de Capital Federal.

En 2018 la selección argentina jugó el sexto Mundial, que se realizó en Estados Unidos, donde los representantes argentinos pagaron su propio viaje. “Lo sorprendente fue ver que en otros países se jugaba igual que acá, con las mismas reglas”, expresa Beto Travella. En 2022 se realizó el primer encuentro sudamericano organizado en Chile: “La Copa de los Andes”, el primer torneo de América del Sur con todas las categorías: femenino, masculino y mixto. Argentina salió campeona en todas. En 2023 se hicieron los primeros Panamericanos de Dodgeball en la historia del deporte. Fue en Argentina y jugaron México, Chile, Canadá, Colombia, Uruguay, Paraguay y Brasil. Argentina llegó a cinco finales; solo quedó afuera de la final de la categoría Mixto FOAM. En las otras finales (Masculino FOAM, Femenino FOAM, Masculino CLOTH, Femenino CLOTH y Mixto CLOTH) jugaron contra Canadá y perdieron en todas. En esa competición, Canadá ganó en todas las categorías, incluso en la que Argentina no clasificó a la final.

Las otras caras

En Argentina, el dodgeball es un deporte amateur, organizado, armado y costeado por sus jugadores. Tanto para comprar las camisetas que representan a sus equipos como para pagar cada mes una cuota para comprar pelotas o a los árbitros para que asistan y jueguen los partidos de los fines de semana.

Para 2018, Beto Travella admite que había cosas positivas, como poder organizar los horarios de los partidos; tanto es así que llegó a cambiar de horario un partido porque a la tarde se enfrentaban River y Boca. También sabe que hay otras negativas. En la actualidad, con la disciplina en crecimiento, Travella dice: “Hay muchas más cosas negativas, que pesan más que las positivas”. El capitán de Supernova afirma que, para que el dodgeball mejore en el país, los jugadores no deberían encargarse de las finanzas de la organización. Dice: “Es incómodo que un jugador mío sea quien me reclame la plata”.

La historia sigue escribiéndose con mucho esfuerzo colectivo. Gracias a la gran expansión que tiene el dodgeball en la actualidad, sus jugadores confían en que en un futuro esté mucho mejor, que haya más gente y que los partidos no se transmitan solo por redes sociales de Instagram o YouTube, sino que también puedan verse en canales de televisión y sean noticia por un título conseguido. Para ellos, el dodgeball sigue siendo el “quemado” que jugaban siempre en los recreos de la primaria, aunque ahora, a nivel internacional, tenga otro nombre y reglas que respetar.

Beto Travella sonríe, incluso cuando se queja o cuando le sacan tarjetas. Mauri Troglio sigue yendo a entrenar aun lesionado. Y Nahum Viñas sigue difundiendo e invitando a todos a ver un partido. Saben que el dodgeball en Argentina está en constante crecimiento, aunque no haya estadios llenos ni auspiciantes millonarios. Hay jóvenes, hay ganas, hay pasión.

Chapecoense, el eterno campeón

Chapecó - Um tributo à Chapecoense e às vítimas da tragédia com o voo da delegação, na madrugada de terça-feira (29), tomou a Arena Condá, estádio da Chapecoense (Daniel Isaia/Agência Brasil)

Por Martiniano Vicente

El Chapecoense venía de años de esplendor deportivo desde 2007 gracias a sus constantes ascensos, desde la Serie D hasta el Brasileirao en 2014. En su primer año en la máxima categoría del fútbol brasileño, logró clasificarse a la Copa Sudamericana del año siguiente. Aunque quedó eliminado en cuartos de final frente al anterior campeón de la Copa Libertadores, River Plate, por un marcador acumulado de 4-3, donde dejó una buena imagen en el torneo.

En 2016, el equipo volvió a clasificar al certamen. En esta edición, debido al formato de esos años, arrancó directamente en la Segunda Fase. El sistema dividía a los equipos de las asociaciones participantes (excepto Argentina y Brasil) en dos zonas según su ubicación geográfica: Sur y Norte. Los ganadores avanzaban a la segunda fase, donde se determinaban los clasificados a las fases finales. Los representantes de Argentina y Brasil ingresaban en rondas más avanzadas, junto con el campeón defensor, Independiente Santa Fe.

En su debut, el Chapecoense se enfrentó al Cuiabá. En el partido de ida se lo llevaría el Dorado 1-0, pero en la vuelta El Chape daría vuelta el global con un 3-1 en casa, terminando así 3-2 en la clasificatoria. En octavos de final enfrentó a Independiente de Avellaneda.Tras un empate 0-0 en el acumulado, se definió la serie en penales, donde los brasileños triunfaron 5-4.

En los cuartos de final, se midieron con Junior de Barranquilla. La ida, disputada en Colombia, terminó 1-0 a favor del equipo local. Sin embargo, en el partido de vuelta, Chapecoense demostró su fortaleza en tierras cariocas al imponerse 3-0 y avanzar a semifinales.

En la siguiente instancia enfrentaron a San Lorenzo en una serie muy disputada. La ida, en el Nuevo Gasómetro, terminó 1-1 con goles de Martín Cauteruccio para los argentinos y Ananias Elói Castro Monteiro para los brasileños. En la vuelta, en el Arena Condá, el marcador quedó 0-0 y gracias al gol de visitante, Chapecoense se quedó con el pase a la final.

El equipo brasileño vivía un sueño: pasar de la cuarta división en 2007 a luchar por un título internacional en 2016, en tan solo nueve años.

Sin embargo, el 28 de noviembre de ese mismo año, el Chapecoense viajaba a Medellín para disputar el partido de ida de la final de la Copa Sudamericana. El avión que los transportaba desde Santa Cruz (Bolivia) a Colombia se quedó sin combustible y se estrelló en La Unión (Antioquia), a pocos kilómetros de su destino. La tragedia dejó 71 fallecidos de los 77 pasajeros, incluyendo 19 futbolistas, el presidente del club, el entrenador y casi todo el cuerpo técnico. Solo sobrevivieron tres jugadores: Jakson Follmann (quien perdió su pierna derecha), Alan Ruschel y Neto.

El mundo entero quedó conmovido por el accidente. El 5 de diciembre de 2016, a propuesta de Atlético Nacional, la Conmebol proclamó campeón de la Copa Sudamericana 2016 al Chapecoense. En reconocimiento a su gesto solidario, el club colombiano recibió el premio Centenario Conmebol al Fair Play.

21 de enero de 2017. Los jugadores de Chapecoense sobrevivientes del accidente, Neto (i), Jakson Follmann (c), y Alan Ruschel (d), reciben el trofeo de la Copa Sudamericana.

Chapecoense se convirtió en un símbolo eterno del fútbol. Su historia, marcada por el esfuerzo, el sueño cumplido y una tragedia que conmovió al mundo, quedó grabada para siempre. No solo fueron campeones en los papeles: lo fueron en el corazón de millones. El Chape será, para siempre, el campeón que nunca se olvida.

Cucharas, coches y cemento: el mundo del automovilismo a manocontrol

Por Ivan Ponzo 

En un playón dentro del Parque Chacabuco resuena un grito: “¡Autos a la pista!”. Es el momento en que hombres de entre 36 y 60 años vuelven a vivir el hobby preferido de su niñez y ponen a prueba todo lo que aprendieron cuando eran chicos. Los primeros y terceros sábados de cada mes —por la entrada de Curapaligüe, debajo de la autopista 25 de Mayo—, el lugar se transforma en un autódromo improvisado. En algunas jornadas, se transforma en el Gálvez durante las carreras de Turismo Carretera, y en las fechas de Fórmula 1 se convierte en Monza o Mónaco, con distintos tipos de competencias: F1, TC, camionetas y autos de metal.

A medida que avanza la mañana, los corredores van llegando. Algunos visten remeras de Ford, gorras de Chevrolet o la camiseta de la ACAM —la Asociación de Corredores de Autos a Mano y Control—, la organización que da vida a este mundo en miniatura. Fundada por Hugo Cella, docente jubilado que tras una discusión con otra agrupación, decidió crear su propio espacio: “Por diferentes ideas me terminé yendo y un día estábamos corriendo y llovió. Uno de los muchachos dijo que conocía un lugar, vinimos acá, lo vi y dije: listo, corremos acá”, recuerda Cella, los inicios de su aventura, aunque reconoció que al principio eran “4 gatos locos”. Se corre desde 2011. 

A las ocho y media ya se escucha el ruido de los termos, algunos ya practican tiros, los saludos entre viejos conocidos, las bromas de siempre. Cada uno acomoda su banquito y con cuidado, abren su caja de herramientas; dentro descansan sus autos de plástico soplado, pintados a mano, reforzados con masilla y con una cuchara debajo de la trompa, como alas improvisadas para ganar vuelo. Los hay de todos los colores —rosas, negros, celestes, dorados, verdes— y cada uno guarda una historia distinta: “Para mí estos coches son mi vida, en casa tengo 23 cochecitos más y es una pasión hermosa, son como mis hijos. Los cuido como oro”, confesó Jorge Ricardo, de 72 años, con una sonrisa que le achinaba los ojos. 

Mientras todos esperan, Daniel se encarga de la tarea más importante y minuciosa: delinear la pista. Tiza en mano, traza curvas cerradas, rectas que invitan a la velocidad y líneas de largada con la precisión de un piloto profesional calculando una maniobra. Además, ejerce de fiscal; anota los nombres de los presentes y registra quién usa el “bonus”, ese tiro extra que puede cambiar el rumbo de la competencia en el momento crucial. “Es un poco de todo; dibujante, árbitro, contador y hasta astronauta”, bromea “Rulo” a lo lejos, resumiendo el rol polifuncional que Daniel desempeña en cada jornada.

Aunque todo parece girar alrededor de los autitos, de los rebotes secos contra el cemento y de esa tensión que se siente antes de cada tirada, la mayoría de estos tipos son en el fondo, futboleros de alma. Son de esos que crecieron pateando en la vereda, escuchando los gritos de los goles por la radio y discutiendo de fútbol en cada asado. Acá la rivalidad no es solo entre el óvalo azul y el moño dorado: también se ponen la de Boca y River, Racing e Independiente. Se respira automovilismo, sí; pero también mucho tablón. Entre una tirada y otra se habla de la última fecha, de cómo jugó el equipo, de si el técnico tiene que irse o quedarse: “No, yo no soy fierrero, soy futbolero. Tuve una especie de ídolo, que fue el ‘Gurí’ Martínez, y él era hincha de Ford. Pero no sigo el Turismo Carretera. Ahora sí, las carreras de Fórmula 1 con Colapinto, por supuesto que las miro. Pero nada más”, afirmó el fundador de la agrupación.

A media mañana, el playón está en su punto de ebullición. Treinta y un autos —réplicas icónicas de un Falcon, una Chevy, un Torino y Dodge — esperan en fila india para el rugido silencioso. Arriba, los coches reales cruzan la autopista, sin saber lo que sucede abajo. El tiempo parece suspenderse en un bucle de infancia recobrada. “Tratamos de que todos los autos sean lo más parecidos posible a los del Turismo Carretera de antes”, explica Cella, mientras acomoda el mítico “7 de oro” del Toro Mouras junto a una réplica perfecta del coche del “Flaco” Traverso.

La regla fundamental de la competencia es clara e innegociable: no vale “muñequear”. Si un jugador realiza este movimiento tres veces, pierde el turno. El empuje debe ser limpio, con un solo movimiento de mano y sin que el vehículo se salga del circuito. Si el auto pisa la línea que Daniel trazó, se queda inmóvil donde está. Cada uno se las arregla como puede, a la hora de lanzar tienen su ritual, apoyan las rodillas en el suelo, algunos con tobilleras para no reventarse las rótulas, otros traen un almohadón de casa como si fuera parte del equipo, y los más fanáticos se tiran directo al cemento, sin miedo al dolor que después les pasa factura. Todos tienen su maña, la forma de aguantar. 

Entre tiro y tiro, tres comisarios de carrera vigilan cada milímetro de la pista. Son los encargados de marcar con tiza la posición exacta de cada vehículo tras el empuje y de borrar las marcas anteriores con un palo que tiene una venda húmeda en la punta. “Todo tiene que ser justo”, repiten, mientras la tensión crece a cada instante. Aunque existen discusiones por diferentes interpretaciones —a veces pasadas de tono—, siempre logran solucionarlas en conjunto. Los ruidos de la competencia se mezclan; el golpe seco y característico del autito contra el asfalto gris, un “¡uhhh!” de frustración, las risas genuinas y las cargadas de siempre. “¡Bien flaco, cómo camina ese auto!”, grita uno, tras ver pasar al auto entre dos competidores. En ese momento, el juego infantil se vuelve competición pura y dura.

Pero lo que realmente conmueve es la intensidad con la que se vive cada tirada. Porque aunque sean de juguete, las sensaciones son completamente reales. El corazón de estos hombres late como si estuvieran al volante de un coche de verdad; las manos, antes secas, se humedecen por la ansiedad; y la mirada se clava en el vehículo con la concentración de un piloto. En ese instante fugaz, todos vuelven a tener diez años. “Siento una emoción enorme”, dice Adrián Gabriel, con su gorra y chaleco de Ford, siempre ligado a los fierros, jubilado de mecánico técnico: “Me recuerda a cuando era chico, a esas tardes de verano desde las 2 hasta las 7 jugando”. Uno de los corredores, al que todos llaman el “Profe”, lo dice con una mezcla de orgullo y emoción: “La adrenalina de que el auto no se salga, de ganarle al otro por un centímetro, es como correr una final de verdad. Te olvidás de todo lo demás”. 

Cada corredor tiene su historia y su forma de tirar. Jorge Ricardo, por ejemplo, viaja desde Virrey del Pino cuando hay competencia. Para él, este hobby va mucho más allá del simple pasatiempo. “Esto no es solo entretenimiento, es un cable a tierra, es competir y es una forma de no parar”. 

Habla de lo que hace un buen corredor, lo tiene claro: “Es como en la vida real, practicar mucho. La concentración y saber cómo dirigir el cochecito”. Otros, en cambio, lo ven distinto. Sostienen que la práctica ayuda, pero que la diferencia la marca otra cosa: “Tener buena mano”, una especie de talento natural que no se aprende y que muchas veces, pesa más que cualquier entrenamiento.

La rivalidad aunque cordial, forma parte del encanto. Y fuera del circuito son amigos inseparables que comparten la vida, dentro de las líneas de tiza, nadie quiere perder. Alejandro Vetere, director de un colegio y uno de los corredores más respetados de ACAM: “Sí, obviamente hay rivalidad. A pesar de que somos amigos fuera de la competición, todos queremos ganar. Porque cuando gano, me divierto más; cuando pierdo no tanto”, exclamó con cara de serio, con unos lentes de sol parecidos a los de un sheriff. 

El número pintado en cada carrocería también cuenta su propia historia. No es solo una marca de inscripción: es identidad, un amuleto de suerte y un recuerdo anclado a la memoria. Raúl Campero, conocido en el circuito como “El Colmillo”, lo explica mientras acomoda su Chevy: “Cuando vine la primera vez me dieron el número 28 y desde ahí me quedó; lo uso en todos mis autos”. Su apodo, dice, viene de su estilo de carrera: “Cuando estoy atrás de los punteros y se equivocan, les clavó los colmillos y los paso”. Adrián Gabriel, en cambio, tiene una razón más sentimental para el suyo. En 2004, cuando cumplió 42 años, una chica le creó un correo electrónico que incluía ese número. Desde entonces, adoptó ese dígito como un talismán que mezcla recuerdos, afectos y velocidad.

Detrás de cada miniatura de plástico hay también una inversión que va más allá de lo económico. Un carro de Turismo Carretera puede costar unos 4.000 pesos, aunque muchos —como Cella o Vetere— prefieren comprarlo “virgen” y modificarlo a su gusto. “Todo depende del tipo de auto y de lo que quieras hacer. Yo soy un poco ansioso, una vez que agarro lo tengo que preparar y terminar, no puedo parar”, reconoce Cella entre risas. Los Fórmula 1 son los más caros, pero también los más deseados: son el vehículo de élite que todos quieren dominar en el cemento.

Con el correr de las horas, la pista se vuelve un escenario de máxima tensión. Los mates se enfrían irremediablemente y las cajas de puchos se van acabando. Los relojes marcan más de cinco horas de competencia, y los cuerpos empiezan a sentir el cansancio de las rodillas y la tensión acumulada, pero nadie se mueve de su lugar. Falta la tirada final, el momento dramático que define todo. Los teléfonos se encienden, listos para grabar. Algunos filman, otros contienen la respiración con la boca abierta y cierran los ojos. El silencio es total, solo roto por el ruido lejano de la autopista y la cercanía de la respiración contenida. Un solo movimiento, una mano que se impulsa hacia adelante. El auto acelera, avanza… y cruza la línea de meta. No hubo dudas: Vetere, con su vehículo número 4 pintado de naranja, se quedó con la serie y el primer puesto, llevando su vehículo directo al podio del campeón. El aplauso estalla, los abrazos sinceros se repiten y el playón vuelve, de a poco, a su ritmo habitual. Abajo de la autopista, los hombres guardan sus autos con cuidado, pliegan las reposeras y se despiden con promesas de revancha.

No todos corren por el brillo del podio o la copa de oro. Ricardo, uno de los competidores más constantes y apasionados, lo resume con una humildad que desarma: “Todavía no gané ninguna. Ni siquiera llegué a un cuarto o quinto puesto. Calculo que si llego a llegar, no te digo ganar la primera carrera, con alcanzar y estar en el podio es una satisfacción, como diciendo; ah, lo logré”. 

Su frase encierra el verdadero espíritu del grupo; competir, sí, con el cuchillo entre los dientes si es necesario, pero sobre todo, disfrutar del camino, del encuentro y del esfuerzo puesto en cada empuje. Mientras la carrera avanza, los coches giran, se detienen y vuelven a empujar con la esperanza renovada. 

La tabla general se actualiza al terminar cada carrera y revela quién viene marcando el ritmo del campeonato. Primero se ordena según su desempeño, y es ahí donde aparece la instancia más codiciada; la Copa de Oro, que la corren los quince pilotos de mejor rendimiento. Detrás, sin perder pisada; está la Copa de Plata, donde compiten los quince que les siguen, porque acá todos tienen una oportunidad real de dar batalla. Quien domina tanto la primera zona como la clasificación anual es Alejandro Vetere, sólido en lo más alto. Pero nadie se relaja, un empujón bien dado o una mala pasada pueden dar vuelta todo. Por eso, la carrera se vive con la misma seriedad con la que un piloto encara una final en un autódromo real.

Y así, cuando el último auto de plástico se desliza hasta el fondo, el silencio dura apenas un instante. Pero más allá de los triunfos y de los premios que reciben —stickers, medallas, llaveros, entre otros— por ser el número uno, ellos lo saben; la verdadera victoria no está en la suma, sino en la permanencia. El juego sigue siendo el mismo, el rival es el mismo y el combustible continúa siendo aquella primera y pura ilusión de ver su nave cruzar primero. En dos semanas, con las rodillas listas y el corazón en la mano, volverán a esa esquina de cemento no solo a sumar tantos, sino a demostrarle a su yo de la vereda que el sueño, después de todo, se volvió serio sin dejar de ser hermoso.

 

Entre tribunas y sueños: la reconstrucción de San Miguel

Por Benjamín Rusiñol

San Miguel no fue “canonizado” como los santos humanos, porque no fue una persona, sino un arcángel, un ser espiritual creado por Dios. No se convirtió en santo a través de una vida terrenal ni de milagros realizados en la Tierra, como sucede con los santos comunes. Se lo llama “santo” porque el término significa “sagrado” o “consagrado a Dios”, y Miguel siempre fue fiel a Él. Según la tradición cristiana, se lo considera santo porque lideró la rebelión de los ángeles fieles contra Lucifer, cuando éste se rebeló contra Dios. Miguel lo derrotó y lo expulsó del cielo, convirtiéndose así en símbolo del bien, la justicia y la obediencia divina. Para los cristianos es el protector de la Iglesia y abogado del pueblo elegido de Dios.

El Arcángel nunca hubiera pensado tener una ciudad de la provincia de Buenos Aires a su nombre, ni ser la capital de Tucumán, ni mucho menos llevar el nombre de un humilde equipo de fútbol que disputa la Primera Nacional del fútbol argentino y sueña debutar en algún momento en la Primera División.

El Club Atlético San Miguel fue fundado en agosto de 1922. Ubicado en un barrio humilde y trabajador de la ciudad de San Miguel, en el norte de la Provincia de Buenos Aires. Una pequeña casa con kiosco en la esquina de la cancha vende jugo en polvo de limonada a los chicos de inferiores, quienes lo mezclan en su botella de Coca-Cola sin etiqueta. En la otra esquina hay un gimnasio. Se encuentra en el segundo piso y debajo hay un taller mecánico bastante desordenado, perros en la puerta y herramientas por doquier.

Sin embargo, sobre el cordón de la cancha muchos autos lujosos. El contraste de los dirigentes con los chicos que forman parte de las inferiores es claro. A diferencia de los que lucen un pantalón de vestir beige y unos finos zapatos, los pibes salen del club con las piernas impregnadas de tierra y pintadas por la línea de cal.

Diciembre de 2023. San Miguel era uno más de la B Metropolitana. El aire de Los Polvorines, una zona residencial y productiva, con fuerte presencia de trabajadores, tenía esa densidad que sólo se percibe en los días en que un barrio entero contiene la respiración. Desde temprano, las calles que desembocan en el estadio Malvinas Argentinas se tiñeron de verde. Las banderas colgaban de los balcones, los bombos sonaban como si convocaran a una misa popular y, en cada esquina, se respiraba el mismo presentimiento: algo grande estaba por pasar. San Miguel, el club que se había acostumbrado a pelear desde abajo, estaba a un paso de volver a una categoría que durante años pareció un sueño imposible.

En el arco, de brazos cortos y reflejos ágiles, asomaba Pucheta. El “Gordo” para todos, el arquero al que muchos habían subestimado por su físico, se transformaría en el símbolo de esa tarde. Su figura, más ancha que atlética, parecía contener no sólo los remates sino también la ansiedad de una hinchada entera. Enfrente, Douglas Haig, curtido en mil batallas, sabía que no había espacio para el error. La final del Reducido no ofrecía margen para el cálculo: era ascender o seguir penando otro año más en la B Metropolitana.

La dirigencia decidió apostar fuerte, entendiendo que ya no bastaba con resistir; había que intentar renacer. Llegaron refuerzos con experiencia —Biasatti, Luna, Cáceres, Sansotre— y Gustavo “El Sapito” Coleoni, un entrenador que, sin grandilocuencias, prometió devolverle la identidad al equipo.

Los primeros meses fueron de reconstrucción. El plantel se fusionó lentamente, entre canchas duras, viajes interminables y la desconfianza de los propios. Pero algo se fue gestando en silencio: la defensa se volvió sólida, el mediocampo aprendió a morder y a jugar, y adelante aparecieron los goles que tanto habían faltado. La hinchada, que nunca abandona ni en los domingos más grises, empezó a creer otra vez. “Este año sí”.

La campaña regular terminó con San Miguel en los puestos de privilegio.

El día de la final, el estadio fue un hervidero. No quedaba un hueco en las tribunas, y los balcones cercanos estaban repletos de vecinos que no quisieron perderse el espectáculo. Desde el túnel, los jugadores miraban hacia las gradas y comprendían que no jugaban sólo por un ascenso: jugaban por todo un barrio. Los primeros minutos fueron tensos y con pocas llegadas claras. Douglas Haig, con oficio, trataba de imponer su experiencia, pero San Miguel se plantó firme. Cada quite era una declaración de principios, cada avance una descarga de adrenalina colectiva. En uno de esos típicos 90 minutos de ascenso, donde se traba mas de lo que se juega, el partido se fue a los 12 pasos. La muerte súbita.

Cuando el árbitro marcó el final del tiempo reglamentario con el marcador en 0, la sensación era de injusticia. San Miguel, aunque de primer tiempo flojo, en el segundo había hecho el gasto, había buscado más, pero la pelota no quiso entrar. Los penales se convirtieron en un destino ineludible. El silencio fue total. Pucheta, el “Gordo”, caminó hacia el arco con paso lento. Algunos se persignaban, otros cerraban los ojos. Y entonces pasó: voló hacia su izquierda y atajó el primero, adivinó el segundo, y se agigantó en cada intento rival. El Estadio Ciudad de Vicente López, sede de la final, explotó cuando el último penal de Douglas Haig rebotó contra sus guantes.

San Miguel era de la Primera Nacional. La tribuna se derrumbó en un grito que mezcló alivio, incredulidad y una felicidad que pocos deportes pueden provocar. Los jugadores se abrazaron llorando, algunos se desplomaron en el césped, mientras el “Gordo” Pucheta era devorado por sus compañeros. En las calles de Los Polvorines, la caravana se extendió hasta entrada la madrugada. Autos con bocinas, banderas flameando, gente colgada de los colectivos, chicos corriendo entre el humo verde. El barrio entero se convirtió en una celebración colectiva.

Para muchos, ese ascenso no fue sólo un resultado deportivo: fue una reivindicación. San Miguel había vuelto a poner su nombre entre los grandes del ascenso, pero sobre todo había recuperado el respeto propio. El club que había sobrevivido a crisis económicas, descensos, y hasta clausuras de estadio, se reinventaba a fuerza de orgullo y transpiración.

Los meses siguientes fueron de festejo y planificación. La dirigencia, consciente de que el salto a la Primera Nacional exigía otro nivel de profesionalismo, comenzó a moverse rápido. Se renovaron contratos, se reforzó la infraestructura del estadio y se iniciaron gestiones para mejorar el predio de entrenamientos. El técnico, Gustavo Coleoni, pidió mantener la base del plantel, esa que había construido una identidad de hierro, y sumar jugadores con roce en la categoría.

Las campañas siguientes en la Primera Nacional se convirtieron en un desafío constante. El club demostró que el ascenso no era un regalo, sino fruto de un esfuerzo sostenido que exigía equilibrio entre consolidar la base de jugadores, incorporar talento joven y no perder la conexión con la gente. La hinchada entendió que las victorias no eran consecuencia de regalos. El ascenso de diciembre de 2023 fue la culminación de años de trabajo silencioso y fe persistente, y la prueba de que San Miguel podía crecer sin traicionar su esencia. La Primera Nacional, más que el final de un sueño, era la confirmación de que el club había aprendido a soñar con los pies sobre la tierra y la mirada en alto.

Conforme avanzaba la temporada, San Miguel fue encontrando identidad en la Primera Nacional. Los partidos contra clubes históricos de Argentina, como Almagro, Atlanta, Chacarita o Quilmes, sirvieron para medir el progreso. El técnico mantuvo la base del plantel campeón de la B Metro, complementándola con jóvenes con hambre de crecer. La mezcla de experiencia y ambición permitió que el equipo consiguiera resultados sorprendentes.

En términos administrativos, el club también tuvo que crecer. Se mejoraron los vestuarios, se planificó la seguridad en los partidos de alta concurrencia y se reforzó la comunicación con la hinchada. Los dirigentes entendieron que la exigencia de la categoría no solo era deportiva, sino institucional: para sostener el proyecto, San Miguel necesitaba estructura y planificación.

Federico Almada conoció que en Jano’s, la empresa que brinda salones de fiesta y que maneja con precisión, aprendió que el éxito se basa en el orden y es fruto de un trabajo constante y silencioso.

Almada irrumpió con planificación, recursos y reinversión. Primero llegó la tribuna renovada, luego las canchas sintéticas y la sede pintada de verde. Vecinos y socios observaban incrédulos; algunos aplaudían la transformación, otros acusaban soberbia. En redes sociales llovían críticas desde otros clubes, pero él comprendió que lo importante sucedía en la cancha y en el barrio.

El contraste con Jano ‘s refleja su enfoque: “Un club popular puede crecer sin perder alma, aunque el orden y la modernización generen tensiones. Caminar entre hinchas, compartir sonrisas con los chicos y mezclarse con la pasión del día a día. El proyecto no es de poder, sino de legado: enseñar, organizar y sostener una institución que resista económicamente y emocione deportivamente”.

Junto con el ascenso del CASM a la Primera Nacional, los que abandonaron esta división clasificando a la Liga Profesional –la división más prestigiosa del fútbol argentino– fueron Independiente Rivadavia y Riestra acompañado del abogado y empresario Victor Stinfale, ambos clubes con polémicas de por medio. Por otro lado, “el Trueno Verde”, en su primer año se mantuvo firme y discreto, donde logró una gran primera temporada. Empatando muchos partidos y ganando otros tantos clasificó a su primer reducido desde el ascenso. Lamentablemente un Deportivo Madryn que ya comienza a dar que hablar, manejado por los hermanos y políticos Ricardo y Gustavo Sastre, a quienes se los empareja mucho con Claudio Tapia, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), los dejó afuera por ventaja deportiva.

Ya para el 2025, Almada, de saco y corbata, decidió romper el chanchito y contrató a Sebastian Battaglia para ser el entrenador, la cabeza del equipo. Junto a él llegaron varios refuerzos como Bruno Nasta y Agustín Lavezzi, los dos últimos goleadores del Nacional; a Cristian Erbes, volante central con experiencia y con más de 150 partidos en Boca; a Brahian Aleman, de gran pasado en Gimnasia de la Plata; al ex Boca y San Lorenzo, Gino Peruzzi; a Claudio Salto, uno de los jugadores más destacados de la categoría en los últimos años con Defensores de Belgrano, cerrando con los refuerzos estelares llegaron Emanuel Dening, Lautaro Parisi, Claudio Mosca, y Daniel Sappa, arquero con pasado en Primera, tras la baja del histórico Pucheta. Además, Almada cerró a Santiago Albornos, Juan Lungarzo, Nicolás Ihitz, Jorge Juárez, Alvaro Cazuela, Ivan Ortigoza, Ezequiel Parnisari, Lautaro Villegas, Angel Almada y Gustavo Turraca.

El presidente logró lo que quería, que se comience a hablar del CASM. Sin embargo, a Battaglia no le fue como se le esperaba y a los pocos meses volvió el “Sapito” Coleoni, ídolo y leyenda. Llevó al equipo por segunda vez consecutiva al reducido, pero nuevamente quedó afuera por ventaja deportiva.

Federico Almada llegó a San Miguel para aplicar la fría lógica empresarial que desarrolló en Jano’s. Es importante notar que su empresa tuvo un crecimiento expansivo al comprar otros salones de eventos precisamente durante la pandemia, cuando el rubro se vio forzado a cerrar. La pregunta es si la ética que le permitió capitalizar el cierre de otros negocios puede ser la misma que rija el destino de un club social. Bajo su mandato, San Miguel funciona como una compañía; él se sienta en la mesa grande, se viste de saco y se codea con dirigentes de atuendos aún más caros, manejando las relaciones con la prensa con notoria cintura. De hecho, Almada es acusado a menudo de dirigir una “SAD encubierto” (Sociedad Anónima Deportiva). Lejos de esquivar la polémica, llegó a comentar abiertamente que el dinero proviene de sus negocios personales y que puede gastarlo como quiera, “haciendo de cuenta que es como si fuera un juego de fútbol manager”, una sinceridad que choca frontalmente con la esencia popular y pasional del “Trueno Verde”.

La doble vara que rige el proyecto de Almada se percibe en cada rincón del club, incluso entre sus juveniles. Dos historias, bajo el mismo escudo, reflejan las diferentes velocidades con las que avanza la modernización. En las categorías inferiores compiten los hermanos Manuel y Estefanía Lecot. 

La realidad del fútbol masculino, impulsada por la planificación y los recursos que Almada inyectó, se acerca a la profesionalización. En cambio, el fútbol femenino todavía lucha por la equidad básica y la infraestructura.

Estefanía, lo resume sin filtros y con conocimiento: “Si bien es cierto que con esta dirigencia mejoró y por lo menos nos alquilan algo, el club alquila un complejo de canchitas de fútbol 7, padel y otros deportes, donde tenemos que entrenar nosotras. Antes era muchísimo menos. Pero los chicos entrenan en canchas de verdad. Aunque las condiciones de ellos no sean las de Primera, es muy distinto entrenar en sintético y jugar los fines de semana en pasto. A ellos no les pasa. Nos perjudica.” Durante la pretemporada de verano, las chicas del fútbol femenino, vuelven caminando al costado de la ruta 202 para tomarse su respectivo bondi.

Esta disparidad es la radiografía más honesta de San Miguel: un club que sueña con la élite para los hombres, mientras las mujeres enfrentan una realidad precaria que la gestión empresarial, con su lógica de eficiencia, aún no logra subsanar.

Al final, el Club Atlético San Miguel bajo la gestión de Federico Almada no es una historia de milagros, sino de contradicciones. La institución volvió a tener voz y peso, logrando una ambición deportiva que parecía imposible. Pero la verdadera crónica reside en los contrastes: entre los autos lujosos sobre el cordón y las jugadoras en canchas alquiladas, entre la lógica de un “Fútbol Manager” y la pasión cruda del “Trueno Verde”. San Miguel aprendió a crecer sin olvidar de dónde viene, pero ahora debe preguntarse cuánto vale el alma del club en la nueva era del ascenso.

Juan Ignacio Calvete, una vida dedicada al Calamar

Por Benjamín Rusiñol y Franco Minervini 

Desde chico tuvo dos pasiones: el fútbol americano y el Club Atlético Platense. Con el tiempo, supo incorporar conceptos de ese deporte al análisis de datos en su amada institución, y los resultados futbolísticos fueron más que exitosos. Hoy, a sus 43 años, desde una modesta oficina dentro del club de Vicente Lopez, con una moderna computadora de escritorio y ocho carpetas tamaño oficio llenas de información, Juan Ignacio Calvete es una de las piezas fundamentales de la institución. Todos los días viaja por la Avenida Cabildo en el 59, baja por Puente Saavedra y camina cinco cuadras para ingresar por el portón de la calle Juan Zufriategui 2021. A pocos metros del estadio, a partir de las 9 de la mañana comienza su jornada laboral, mientras se prepara un café y espera indicaciones del cuerpo técnico. 

En 2017 dio sus primeros pasos en una cancha de fútbol trabajando como entrenador de arqueros en Divisiones Inferiores en Excursionistas. Mientras tanto, realizaba un curso en el Instituto de River para ser Director Técnico, que siempre fue su sueño: “Vi al video análisis como una ventana para poder meterme en ese mundo. Siempre estuve ligado a las cámaras, a la edición de video, por lo que siempre tuve una base por fuera de este trabajo”, afirmó.

En 2018, cuando Platense ascendió a la Primera B luego de 8 años, Calvete finalizó su capacitación como técnico e inmediatamente ejerció como entrenador alterno de la 7ma División de Excursionistas, donde seguía formando jugadores juveniles. Ese fue el momento donde todo cambió para su desarrollo profesional. En sus primeros partidos incorporó un sistema sumamente innovador, que consistía en adaptar habilidades de desmarque del fútbol americano a las canchas de fútbol. Y los resultados fueron brillantes. 

Entonces, en 2019, una mañana como cualquier otra se despertó confiado en que su plan podría gustarle a Pablo Bianchini, quien hace solo un mes había asumido como presidente, y Calvete tomó la decisión que impulsó su carrera. Llevó la novedosa idea a Platense y al año siguiente se sumó a la reserva, donde creó el proyecto “Goles que unen deportes”, basado en aplicar los desmarques del fútbol americano al fútbol tradicional. Al poco tiempo comenzó a trabajar con el plantel profesional cuando asumió el nuevo técnico Juan Emanuel Liop y -sin saberlo- su vida cambiaría:

Me quedé toda la noche sin dormir y fui al día siguiente preparado para mostrarle toda la información posible de Belgrano. Justo ese jueves fue el último partido antes de que cerrara todo por la pandemia –recordó Calvete sobre su debut. 

Luego del tan esperado regreso a Primera en 2021 -22 años después-, Platense cumplió con creces el objetivo de mantener la categoría y quedó en la 18ª posición entre 26 equipos en la liga. En la temporada siguiente, al principio con Claudio Spontón como entrenador y después con Omar de Felippe, bajó un solo puesto. Se construyó un equipo fuerte en Vicente López, que crecía tanto dentro como fuera del césped con profesionales comprometidos. Calvete fue uno de ellos, aunque su trabajo muchas veces pase desapercibido:

Nosotros (los analistas) lo que tenemos que hacer es recopilar toda la información del rival que vamos a enfrentar, hacemos tareas del postpartido y realizamos los informes del juego propio. También enviamos recortes individuales de las acciones de los jugadores –explicó. 

En 2023 Martín Palermo tomó el mando del equipo y llegó con su propio cuerpo de trabajo, incluyendo un analista de video. Aunque esto podría representar una amenaza para Calvete, se supo adaptar rápidamente al trabajo en dupla: “Cuando vienen con un videoanalista está buenísimo porque te repartís las tareas. Es algo positivo, siempre cuatro ojos van a ver más que dos”, aclaró.  

Mientras tanto, Platense fue subcampeón de la Copa de la Liga 2023, donde perdió la final 1-0 ante Rosario Central. Este fue el primer gran indicio de lo que llegaría más tarde: el primer título en la máxima categoría. En febrero de 2024, tras la salida de Palermo, asumió la dupla técnica integrada por Favio Orsi y Sergio Gómez, quienes sumaron 27 jugadores en apenas diez meses. Además, conformaron un equipo de trabajo con dos analistas de video -entre ellos Calvete- y dos ayudantes de campo.

En la Copa de la Liga 2025 finalizaron sextos en la Zona B y tuvieron el desafío de visitar el Cilindro de Avellaneda para enfrentar a Racing, que había quedado tercero en la Zona A. Con un triunfo agónico de 1-0 en el cierre del partido, Gómez comenzó a tener la sensación de lograr la hazaña: “Yo creo que ahí pensamos ´che ojo, estos pibes están metidos´. Era cuestión de observar en los videos dónde iban a encontrar el espacio, y todo eso sucedía dentro de la cancha”, explicó el técnico. 

En los cuartos de final ante River en el Estadio Monumental, el oculto protagonista volvió a aparecer: Juan Ignacio Calvete tenía el desafío de descubrir cómo frenar a Franco Mastantuono, la joven figura riverplatense. Pasó dos días y casi una noche completa investigándolo, y llegó a descargar 37 archivos de sus mejores jugadas que todavía mantiene en su computadora. Luego de numerosos estudios y charlas, el analista descubrió cómo neutralizarlo:

Sabíamos que el tipo (Mastantuono) siempre encaraba para adentro, por lo tanto Tomás Silva lo salía a presionar sin darle espacio y automáticamente tenía que caerle un 5 desde el medio, porque sino Franco te pateaba al arco o te metía un pase filtrado y sonábamos –desarrolló Calvete.  

Como si fuera poco, en las semifinales se deshizo de un grande más: San Lorenzo de Almagro fue otra de las víctimas de Platense, que con mucho coraje y solidez defensiva se hizo fuerte y ganó 1-0, otra vez, de visitante. Esa noche Vicente López fue una fiesta, con un estadio colmado festejando la clasificación a final. 

Ahora sí, ya en la última instancia, “el Calamar” fue a tomarse su propia venganza de lo que fue la fatídica noche con Rosario Central en 2023. En frente estaba el Huracán que había peleado hasta el desenlace la liga pasada contra Vélez. En un partido paralizado por los nervios, tanto afuera como dentro del campo, la paridad parecía inquebrantable. Sin embargo, a los 63 minutos la pelota quedó picando en el área y un zurdazo de Guido Mainero hizo explotar el estadio Madre de Ciudades y todo Vicente López, dándole el título y la clasificación a Platense para la próxima Copa Libertadores que la jugará por primera vez en sus 120 años de historia.

Juan Ignacio Calvete pasó del análisis de video en la reserva a gritar campeón en Primera, y en 2026 recorrerá el continente. Los dos cuadros que tiene en la pared blanca de su oficina describen su historia. Uno es un imponente escudo de Platense de casi un metro de altura. En el otro está él sosteniendo el trofeo luego de la consagración con una sonrisa de oreja a oreja, la camiseta marrón y su bandera que hace de bufanda, un largo gorro de carnaval y la hinchada de fondo. Y sigue soñando con -desde su lugar- colaborar para nuevamente llegar a lo más alto y en un futuro no tan lejano ser el entrenador del club de sus amores: 

Me quiero quedar en Platense a morir porque soy hincha y estamos viviendo un presente hermoso. En 5 años viví un ascenso, en Primera División salimos segundos y un tiempo más tarde salimos campeones. Todo lo que me propongo, aparece. Entonces entiendo que hay que resistir, que las cosas a la larga van a llegar –concluyó Calvete aguantándose la emoción.