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A 20 años del Mundial juvenil 2005: el primero de Messi, el quinto de Argentina

Por Ezequiel Campos

El Mundial Sub 20 de Holanda 2005 no fue un campeonato más. La Selección Argentina fue campeón ante Nigeria, con un plantel lleno de promesas que terminaron siendo leyendas, entre los que se destacaban Lionel Messi, Sergio Agüero y Pablo Zabaleta. 

El conjunto de Francisco Ferraro clasificó segundo en la Fase de Grupos luego de haber comenzado con una derrota 1-0 en el debut frente a Estados Unidos. La Albiceleste se repuso rápidamente y logró dos victorias consecutivas: 2-0 a Egipto con goles de Messi y Zabaleta y 1-0 a Alemania, con el tanto de Neri Cardozo, entonces mediocampista de Boca. 

En octavos de final, Argentina dejó en el camino a Colombia con goles de Cardozo y Julio Barroso, también del Xeneize. En cuartos le ganó 3 a 1 a España, que también contaba con futuras estrellas en sus filas: Raúl Albiol, Cesc Fábregas y Fernando Llorente. 

Si los clásicos suelen ser partidos aparte, la semifinal lo hizo aún más emocionante: la Selección derrotó a Brasil por 2 a 1, con un golazo tempranero de Lionel Messi y otro agónico de Pablo Zabaleta. De esa manera, el conjunto de Ferraro conseguía el pasaje a la final a cuatro años de haberse consagrado campeón del mundo en la cancha de Vélez.

El 2 de julio de 2005, Argentina se enfrentó a la selección nigeriana en la final. Luego de una patada temerosa de Dele Adeleye a Messi, el árbitro Terje Hauge cobró penal y el rosarino lo convirtió en gol al minuto 40 del primer tiempo; apuntó a la derecha del arquero Ambruse Vanzekin, que se tiró al otro lado. Después de una gran jugada colectiva del conjunto africano, Olubayo Adefemi le tiró un centro preciso a Chinedu Obasi, quien con un cabezazo convirtió el empate parcial.

En el complemento, Monday James bajó al Kun Agüero en el área y Messi firmó su doblete, otra vez desde los 12 pasos. Nuevamente, el arquero eligió el palo incorrecto, pero esta vez no hubo igualdad en el marcador y el actual capitán de la Selección se consagró campeón por primera vez representando a su país.

El partido concluyó y Argentina consiguió el quinto Mundial Sub 20 de su historia. El festejo del zurdo que marcaría la historia, por entonces con la “18” en su espalda, fue revoleando su camiseta como si fuera “La Sole” con el poncho. En ese momento, mientras Zabaleta levantaba el trofeo con la cinta de capitán, Messi exhibió una remera que decía “para Mari-Tomi-Bruno-Agus”, su hermana, su primo y sus sobrinos, respectivamente. Minutos después, el futuro “10” le dedicó el título al “10” del pasado: “Diego me pidió que le llevara la copa y acá está”. 

Nadie lo vio llegar a Manu Ginobili

El martes 29 de octubre de 2002, cerca de la medianoche argentina, Emanuel Ginóbili debutó en la NBA con la camiseta de los San Antonio Spurs. Su estreno fue nada menos que frente a Los Angeles Lakers, uno de los equipos más emblemáticos de la liga. Aquel partido marcó el inicio de una gran carrera que incluyó cuatro anillos de campeón, un rol decisivo en una de las franquicias más importantes y un legado que trascendió al deporte argentino.

Sin embargo, lo más llamativo fue cómo la prensa argentina vivió ese estreno. Mientras que Ginóbili comenzaba a escribir su historia en los Estados Unidos, en el país la noticia no ocupó los lugares centrales de los diarios ni fue tratada como un acontecimiento de alto impacto. La manera en la que los medios abordaron el debut reflejó no solo el lugar secundario que tenía el básquet en la agenda deportiva, sino también el contexto social y político de la Argentina de aquel 2002.

El debut de Ginóbili en la NBA no fue un suceso que pasó completamente desapercibido,
pero la cobertura reflejó un país en plena ebullición. Mientras el básquet llegaba a su punto de inflexión con la generación dorada, la agenda mediática estaba dominada por la crisis política y social.

El caso más curioso fue el del diario La Prensa, un medio que tradicionalmente no se
destaca por sus secciones deportivas, ni mucho menos por el seguimiento del básquet. Sin
embargo, fue el único periódico que mencionó el debut de Ginóbili antes de que pasara. El mismo 29 de octubre, en la sección Deportes, se adelantaba con una nota de que el bahiense iba a tener los primeros minutos en la NBA con los Spurs frente a los Lakers.

A 16 años del debut de Manu :: Olé - ole.com.ar

El anticipo, breve y sin estridencias, apareció casi como una rareza dentro de la línea
editorial de un diario que no suele hacer foco en el deporte como otros medios más
masivos. Esa nota, perdida entre otras informaciones, quedó como una pequeña pieza de
archivo que demuestra que alguien reparó en lo que estaba a punto de suceder, aunque
difícilmente con la dimensión que cobraría después.

El 30 de octubre de 2002, al día siguiente del partido, ni La Prensa ni Clarín mencionaron el debut de bahiense en las tapas o secciones deportivas. Ambos diarios abrieron con la interna del PJ entre duhaldistas y menemistas, y con la erupción del Etna. Clarín además destacó el secuestro del padre del actor Pablo Echarri. La política, la inseguridad y un fenómeno natural de gran magnitud coparon la escena de estos dos diarios. El estreno de Ginóbili, aunque histórico en retrospectiva, no llegó a la primera plana.

En contraste, Olé, el unico diario deportivo de la época, ofreció una cobertura al
día siguiente. Por el horario del partido, la noticia no llegó a la tapa, pero el 30 de octubre le dedicó una doble página bajo el título “Un pibe modelo”. Allí lo mostró frente a los Lakers y resaltó la humildad con frases en las que Manu admitía que no creía lo que vivía, que no siempre iba a robarle la pelota a Kobe y que solo aprobó el debut. El tono fue entusiasta y marcó que el estreno había sido positivo, aunque sin darle la dimensión que luego tendría.

Además, las páginas incluyeron jugada por jugada, estadísticas, declaraciones y hasta
comparaciones con Toni Kukoc como espejo para el futuro. Fue un enfoque minucioso,
propio de un medio que sigue lo deportivo con detalle, pero sin elevar el hecho a la
categoría de histórico.

Manu Ginóbili cumple 1000 partidos en la NBA: ¿cómo fue su debut hace 12 años? - LA NACION

Recién el 31 de octubre, dos días después del estreno, llegaron las menciones más visibles
en los grandes diarios de tirada nacional. En Clarín, el bahiense figuró en la portada general en un pequeño recuadro y encabezó la sección deportiva con un contundente “Ginóbili en la NBA Made in Argentina”. La Nación siguió un esquema similar, no lo incluyó en la tapa principal, aunque sí lo colocó como figura central en la sección Deportes, donde fue la tapa del suplemento con el título “En lo más alto”.

En esas ediciones, Clarín presentó una cobertura amplia con una crónica central titulada
Manu caliente”, acompañada de estadísticas, testimonios y repercusiones internacionales,
además de recuadros sobre otros argentinos en acción y elogios de colegas europeos como
Pau Gasol. Por su parte, La Nación cubrió el estreno con “A mano con los grandes”, una
entrevista a él; un seguimiento minuto a minuto de su partido; y notas complementarias
como “Un ladrón suelto en la fiesta de los Lakers” y “Lluvia de elogios por el mundo”, donde se destacó el impacto inmediato de su estilo y la atención que despertó en medios
internacionales.

El mismo 31 de octubre, Página/12 y La Prensa no lo pusieron como tapa, pero sí hablaron de él en sus secciones de deportes. En Página/12 tuvo una página completa donde sedestacó el debut con una crónica titulada: “Emanuel Ginóbili la rompió con los Spurs en su debut en la NBA”; luego una nota de opinión de Ariel Greco; y por último una nota sobre las declaraciones post partido. En cambio, La Prensa que le había dedicado una nota previo aldebut, le dedicó solo media página, ubicada debajo de una nota sobre tenis.

La mirada de las ediciones de esos días deja una conclusión evidente: ninguno de los
grandes diarios -Clarín, La Nación, La Prensa y Página/12- le otorgó al debut la relevancia de una primera plana, porque la agenda estaba dominada por temas políticos y sociales. Todos reaccionaron luego, algunos con mayor despliegue que otros, pero siempre después de consumado el hecho. Olé fue el único en cubrirlo al día siguiente, aunque sin poder destacar en su tapa. Paradójicamente, La Prensa fue el único que se adelantó, pese a ser el menos identificado con la cobertura deportiva.

Manu Ginóbili, el jugador que le enseñó a callarse a Gregg Popovich | Basquet Plus

Ese panorama de la prensa argentina en octubre de 2002 refleja no sólo cómo era la época,sino también una paradoja, ya que el debut de quien luego sería uno de los deportistas más importantes de la historia argentina pasó casi desapercibido, como una noticia más. No hubo grandes despliegues previos ni expectativas mediáticas, aunque sí se destacó que su actuación había sido buena. El eco llegó tiempo después, de manera comprensible.

Revisar esas páginas va más allá de un simple ejercicio deportivo o un repaso de archivo.
Es entender cómo la historia se escribe sin que nos demos cuenta, cómo incluso los hechos
que parecen rutinarios pueden convertirse en algo más grande con el tiempo. Nadie imaginaba que el pibe de Bahía Blanca, que entró tímidamente a la cancha frente a los Lakers, iba a transformarse en una leyenda mundial. La discreción de las crónicas y el tímido anticipo en un diario poco acostumbrado al deporte reflejan de manera paradójica lo inesperado de todo lo que vendría después.

Porque lo cierto es que Ginóbili no solo debutó en la NBA, sino que aquel 29 de octubre de
2002 comenzó a escribir una de las historias más extraordinarias del deporte argentino.
Una historia que cambió la forma de ver el básquet en el país, y que convirtió en
documentos históricos estos recortes de diarios que entonces parecían notas pasajeras.
Hoy con la perspectiva del tiempo, se puede ver cómo el futuro irrumpió sin que casi nadie
lo advirtiera.

La zurda de Mario Zanabria dejó mudo al Gigante

Por Marcos Giglio

Rosario en los años setenta era una ciudad obrera y portuaria, atravesada por el movimiento constante del puerto, las fábricas metalúrgicas y los talleres ferroviarios. No solo era un centro económico, sino que también se caracterizaba por lo político y social. Apenas unos años antes había sido escenario del Rosariazo, con estudiantes y trabajadores desafiando a la dictadura de Juan Carlos Onganía, y en 1974 todavía se respiraba militancia juvenil y sindical en cada rincón de la ciudad.

Mientras tanto, el país se sacudía por la salud de Perón que culminaría en su fallecimiento apenas un mes después de aquel importante clásico, y con la asunción de Isabel Martínez de Perón en medio de una debilidad institucional. La violencia política crecía: de un lado Montoneros y la Juventud Peronista, del otro la Triple A y la derecha peronista, consumiendo al país con miedo e incertidumbre. En ese contexto, el fútbol era mucho más que un deporte: funcionaba como un escape frente al caos, pero también como espejo de esa tensión, con tribunas politizadas, cantos que aludían a la realidad y una violencia que crecía al compás del país.

El torneo Metropolitano del 74 tuvo a los dos exponentes del fútbol de Rosario como punteros: Rosario Central en la zona A con 26 puntos, y Newell ‘s en la zona B con 21 unidades. Con Huracán y Boca como escoltas respectivamente, se terminaba de conformar el torneo reducido por el título, en el que jugarían todos contra todos: el que obtuviera más puntos, se coronaba como el campeón. Debido al próximo inicio del Mundial de Alemania, el certamen debió desarrollarse en tan solo siete días. Llegada la última fecha, la Lepra se posicionó primero tras ganarle a Boca y a Huracán, mientras que el Canalla pudo hacerse fuerte contra el Xeneize, pero no así con el Globo. Matemáticamente, el clásico rosarino definiría al campeón.

A pesar de que los partidos de este mini-torneo se disputaban en cancha neutral, la final fue en el estadio de Arroyito elegido por sorteo. El clima en la capital santafesina era peligroso, ya que al condimento político se le sumaba la pasión por la redonda y los colores. Central era dirigido por Carlos Timoteo Griguol, un técnico en ascenso por estilo de juego y los resultados que obtenía . Lo acompañaban en el plantel figuras como Carlos Aimar y un Mario Alberto Kempes con 19 años que ya demostraba talento.

No Diga Gol Diga KEMPES على X: "#RosarioCentral 🔵🟡 [1974] Parados: José Jorge González, Aurelio Pascuttini, Carlos Biasutto, Eduardo Solari, Miguel Ángel Cornero, Mario Killer. Hincados: Ramón Bóveda, Carlos Aimar, #MarioKempes, Aldo

Por el otro lado, la delantera conformada por Alfredo Obberti y Santiago Santamaría convirtió los goles necesarios para que el técnico Juan Carlos Montes y a los vestidos de rojo y negro lleguen a esta instancia final. La fiesta en el estadio parecía ser canalla: la condición de local les otorgaba cierta superioridad por sobre los fanáticos de la Lepra. De todas formas, los visitantes no iban a sentirse chicos. La expectativa era tal que la ciudad era una olla a presión, y el desarrollo del primer tiempo avivó las llamas de los locales. Rosario Central, obligado a ganar para ser campeón, salió a jugar con carácter, manteniendo la línea defensiva pero tratando de explotar cada contragolpe. Newell ‘s, por su parte, se mostró más cauteloso, en busca de soportar el resultado lo más posible ya que el empate les era suficiente para consagrarse.

1974: la estrella que le señaló el camino a Newells y que más lo enorgullece

Con Aimar como conductor y Kempes como amenaza permanente, las oportunidades de marcar aparecían poco a poco, mientras que el arco de Alberto Carrasco se defendía a pura reacción. La tensión del público era transmitida por los jugadores en cada choque y pelota dividida. Los de Griguol fueron arrinconando cada vez más hasta que, cuando parecía que la Lepra iba a irse al descanso con el arco en cero, el árbitro Dellacasa dictó penal para Central tras una llegada tarde de José Luis Pavoni. El juez indicó que se pateara desde los once pasos y listo, no había rebote ni segunda jugada. El defensor Gabriel Arias lo ejecutó con firmeza y seguridad, y sonó el silbato marcando el fin de la primera mitad. Entre risas, el defensor Pavoni era señalado por los compañeros como el único responsable de esta desventaja.

A pesar de tener el resultado en contra y que a su rival era un equipo difícil de entrarle, Newell ‘s salió al campo de juego convencido de que podía dar vuelta el marcador. El inicio de la segunda mitad trajo acciones equilibradas para ambos conjuntos pero, en un córner a los 24 minutos, llegó el cabezazo de Carlos Aimar tras una cortina que ampliaba la ventaja canalla por dos goles.

La situación comenzaba a complicarse, pero el descuento de Armando Capurro, también de cabeza, llegó al poco tiempo para calmar las aguas y evitar caídas anímicas del equipo rojinegro. Un rebote pescado por el defensor traía consigo esperanzas de nuevo para los fanáticos visitantes, tras un minuto de agonía y decepción porque el campeonato se escapaba cada vez más.

Las voces de los viejos muchachos de Newells en su hora más gloriosa

El clásico en ese momento se volvió una batalla, con cruces fuertes y agresivos, discusiones entre jugadores y con el árbitro, y un clima sumamente tenso en las tribunas. Central comenzó a cuidar el resultado cada vez más, retrocediendo a los jugadores lo más posible y cediendo la pelota al rival. 

Faltando diez minutos para el final del partido, la Academia rosarina había logrado defender los tres postes con éxito. Ya el dominio era de Newell’s que con tan solo un gol, obtendría el tan ansiado título. El reloj parecía detenido para los locales, que sólo querían escuchar el pitazo final. Las tácticas ya empezaban a basarse en centros constantes, despejados por las cabezas de los defensores o los puños del arquero.

Por lo menos la mitad del equipo azul y amarillo estaba dentro del área grande para acumular gente. Los laterales de Newell ‘s de repente eran carrileros, encargados de centrar, y los defensores centrales se convirtieron en delanteros en busca de ganar en la altura. Tras otro balón centrado sin éxito y el despeje lejos del arco local, apareció el 10; apareció Mario Zanabria. Con sólo nueve minutos por delante, el volante se encontró con la pelota fuera del área grande, a aproximadamente 18 metros de la portería rival, y desenvainó una zurda afilada que envió el esférico directamente al ángulo. 

Mario Zanabria recordó la icónica imagen del 74 - TyC Sports

El estadio explotó de voces de felicidad por parte de los leprosos, y de bronca desde los fanáticos del Canalla. Este empate tenía sabor a triunfo. Los festejos tuvieron que apaciguarse ya que había que terminar el partido, pero la impotencia de los espectadores de Rosario Central no pudo ser contenida. Dos minutos restaban para que Newell ‘s saliera campeón gracias a este resultado, cuando los simpatizantes vestidos de azul y amarillo ingresaron a la cancha, evitando que finalice el encuentro y entorpeciendo la vuelta olímpica rival; el árbitro Dellacasa decidió que no se juegue más. Zanabria y compañía fueron directamente al ahora llamado Coloso Marcelo Bielsa para seguir con los festejos. Finalmente, dos días después, la AFA dio el partido por terminado y la Lepra gritó campeón.

A 49 años del título de Newell's en Arroyito, Marito Zanabria recordó aquel día de "la zurda bendita" | Rosario3

El día que Maradona jugó para el Tottenham

Por Lautaro García Dietze

El jueves 1° de mayo de 1986, Diego Armando Maradona salió a la cancha vestido de blanco. Miraba al público de 30.000 personas que lo ovacionaba sin imaginar que, apenas 52 días después, luego de la hazaña más grande de su carrera, sería para ellos un recuerdo imposible de borrar.

Sí: aquel día Diego se vistió de blanco y llevó la 10 en la espalda. Pero no jugaba para el Sevilla —como lo haría años más tarde— ni era una versión alternativa del Napoli o de Boca. Ese día, el Pelusa se puso la camiseta del Tottenham Hotspur. Fue un amistoso ante el Inter de Milán que terminó 2 a 1 para los ingleses, con goles de Clive Allen y Mark Falco, mientras que Liam Brady descontó para los italianos.

El contexto: una despedida especial

El escenario fue el viejo White Hart Lane, demolido en 2017 para dar paso al nuevo estadio de los Spurs. El motivo: la despedida de Osvaldo “Ossie” Ardiles, campeón del mundo con Argentina en 1978 y figura indiscutida del club londinense, donde había hecho historia junto a Ricardo Villa. Aunque el cordobés no se retiraba todavía (lo haría recién en 1991, jugando para el Swindon Town), en Inglaterra era habitual homenajear con partidos de reconocimiento a los jugadores más queridos que se retiraban o estaban por hacerlo.

Ardiles, que estaba por cumplir 34 años y arrastraba una lesión, apenas pudo jugar unos minutos en su propio partido. “Vivía lesionado”, contaría décadas después. Al día siguiente se sometió a una operación de hernia que le permitió seguir jugando un par de años más en el club.

Es por lejos el mejor”: Osvaldo Ardiles no dudó en elegir entre Lionel Messi y Diego Maradona | Minuto Neuquen

 

El paso fugaz de Diego

Maradona se encontraba en plena gira de amistosos con la selección argentina dirigida por Carlos Salvador Bilardo —entonces muy cuestionada—, tras perder 1 a 0 ante Noruega. Entre viaje y viaje, hizo un espacio para acompañar a su amigo. Tres días después, con dos goles suyos, Argentina goleó 7 a 2 a Israel en Tel Aviv.

En Londres, Diego compartió mediocampo con Glenn Hoddle y Chris Waddle, a quienes enfrentaría semanas más tarde en los cuartos de final del Mundial de México 1986. Nunca he visto un futbolista mejor. Nunca. Fue, con diferencia, el mejor jugador con el que he jugado, recordó Waddle años después. “Se me acercó en el vestuario y me estrechó la mano. Gracias a la traducción de Ossie me dijo que era un muy buen jugador y que debería jugar en Italia. Pensé: ‘¡Guau! Maradona acaba de decir que soy un buen jugador’”.

Botines prestados

Un detalle curioso: Diego llegó sin botines y usó los del propio Clive Allen, el goleador del Tottenham. “Ossie preguntó quién tenía talla seis y media. Le dije que tenía un par viejo y otro nuevo, así que le dije a Diego que eligiera. Eligió los nuevos, y después me los firmó”, recordó el inglés.

Antes del partido, los dos argentinos encabezaron la salida del equipo. Posaron para la foto oficial y se tomaron un momento para una imagen juntos que hoy es histórica. Ardiles recordaría más tarde:Llegó un día, jugó, y se fue a la mañana siguiente. Y no me pidió ni una sola libra, aunque podría haberlo hecho. Todavía hay mucha gente del club que me recuerda el día que Maradona se puso la camiseta del Tottenham. Por eso digo que tengo una gran deuda de gratitud con Diego”.

Osvaldo Ardiles durísimo: Criticó a Manuel Adorni por ningunear a Maradona | Infocielo

El recuerdo del equipo inglés

En 2021, al cumplirse 35 años del famoso partido ante Inglaterra, la cuenta oficial del Tottenham recordó aquella tarde y publicó la foto de Maradona junto a Ardiles. “La camiseta de los Spurs fue la última de clubes que vistió antes de convertir uno de los goles más maravillosos de la historia. A 35 años de ese día, lo recordamos con nuestros colores”, escribieron.

Poco antes de sufrirlo en México, los hinchas del club de Londres se dieron el lujo de disfrutar al mejor jugador del mundo con su camiseta puesta. Porque por un día, Diego Armando Maradona fue jugador del Tottenham

Adolfo Cambiaso y la Triple Corona: un nuevo récord histórico para el rey del polo

Por Candelaria Oxenford

La Natividad-La Dolfina se consagró campeón del 132° Abierto de Hurlingham al derrotar a UAE Polo por 12-9, en la cancha Lewis Lacey del Hurlingham Club. Este triunfo, además de marcar el inicio exitoso de la Triple Corona Argentina 2025, tuvo una relevancia especial para Adolfo Cambiaso, quien sumó dos nuevos logros personales que refuerzan su lugar como leyenda viva del polo.

Con esta consagración, Cambiaso alcanzó un hito histórico al lograr su 43° título en Abiertos de la Triple Corona: superó a figuras como Juan Carlos Harriott y Alberto Pedro Heguy, y se convirtió en el jugador con más victorias en esta competencia. Es su 16° triunfo en el abierto de Hurlingham, otro récord que rompe y con el que supera a Harriott, consolidando todavía más su legado en el mundo del polo.

La victoria, además, representa un capítulo muy personal para el crack de Cañuelas. A sus 50 años, Adolfito sigue siendo un referente y figura clave, demostrando que su pasión por el deporte y sus ansias de seguir ganando no conocen límites y lo mantienen en la cima, desafiando las expectativas de la edad. Aunque el retiro estuvo cerca en varias ocasiones, la posibilidad de jugar con su hijo, Poroto, y con sus sobrinos, Bartolomé y Camilo, fueron la motivación principal para seguir compitiendo en el más alto nivel. Cambiaso declaró en varias ocasiones que para él, el principal objetivo no era solo jugar con su familia, sino ganar. “Armamos un equipo, pero para ganar. A mí me gusta ganar”, remarcó.

Para él, esta victoria es un logro aún más significativo por la presencia de su familia en el campo y describió el momento como “la frutilla del postre” de su carrera. “Es algo único y se siente único. Y a este viejo lo tratan como a uno más”, comentó tras el triunfo. El deseo de seguir compitiendo y de representar a La Natividad-La Dolfina, una fusión nacida este año de dos grandes equipos, le dió un nuevo sentido a su carrera.

“Yo estoy disfrutando, a los 50 años, estar compitiendo y en el mejor equipo, es para mí un disfrute. Lo más lindo es tener la obligación de ganar”, explicó el campeón, resaltando cómo la presión le sirve como estímulo. Con la ambición intacta, Cambiaso está motivado por el desafío de continuar conquistando los torneos más prestigiosos, especialmente Palermo, que sigue siendo su mayor objetivo: “Quiero ganar Palermo, siempre quiero ganar Palermo”. La final del Abierto de Hurlingham fue otra muestra de su habilidad, en medio de una temporada complicada por una lesión en la mano, Cambiaso aportó al equipo con goles cruciales, como uno en el séptimo chukker que estiró la ventaja a 11-9 y terminó de inclinar la balanza a favor de La Natividad-La Dolfina.

Esta consagración es parte de un 2025 lleno de logros. En abril, se coronó campeón del US Open junto a Tamera, y se convirtió en el máximo ganador histórico del torneo estadounidense de polo con 10 títulos, superando el récord de Carlos Gracida. En la final, además, venció a su propio hijo, Poroto. Adolfo no solo se mantiene competitivo: lidera. Pero las victorias no terminan ahí.

En julio, alcanzó su noveno título en el British Open Polo Championship y escribió una nueva página: se convirtió en el jugador más ganador de la historia del torneo. A pesar de una fractura en la mano durante la final contra el equipo Kazak, lideró a La Dolfina Scone a una victoria por 9-8. Fue un momento especial porque compartió el triunfo con su hija Mía, quien se consagró campeona por primera vez y es la primera mujer argentina en ganar el British Open. Juntos, levantaron la Gold Cup en Cowdray Park. Mía, asimismo, fue elegida MVP del torneo.

En paralelo a sus logros deportivos, el polista trasciende su impacto a través de la serie documental Adolfo Cambiaso: en el nombre del polo, que lleva su historia a una audiencia global. Este proyecto no solo repasa su impresionante trayectoria, sino que también actúa como un puente entre el polo y nuevos públicos, ampliando su visibilidad y abriendo puertas a futuras generaciones. Cambiaso no es solo una figura brillante en el campo, es un legado vivo que actúa como catalizador del futuro del deporte.

Con su reciente victoria en Hurlingham y un 2025 prometedor, continúa sumando capítulos a su historia. A lo largo de su carrera, logró consolidarse como el mejor jugador de todos los tiempos. Ahora, con la mirada puesta en los Abiertos de Tortugas y Palermo, el próximo gran desafío para La Natividad-La Dolfina será conquistar la Triple Corona 2025.

Adiós, Miguel

Por Florencia Tártara y Ana Violino

El fútbol despide a Miguel Ángel Russo, el hombre que eligió dedicar su vida a esta pasión hasta sus últimos días. Nació en Lanús, Provincia de Buenos Aires, el 9 de abril de 1956 y como futbolista vistió sólo una camiseta, la de Estudiantes de La Plata, donde fue capitán y símbolo. Luego de su retiro como jugador, continuó su carrera como entrenador durante más de 30 años, en los que estuvo a cargo de 16 clubes en 8 diferentes países. El 8 de octubre falleció a sus 69 años a causa de cáncer de vejiga y próstata, enfermedad con la que luchó desde 2017.

Fue descubierto por un trabajador de las inferiores del Pincha, Pascual Antonio Ortuondo, y el 30 de noviembre de 1975 debutó como profesional en el club dirigido por Carlos Salvador Bilardo, en un partido ante San Martín de Tucumán que resultó empate 2 a 2 por la décima sexta fecha del torneo nacional. Como volante central del León disputó un total de 432 encuentros y convirtió 12 goles, a través de los cuales logró posicionarse como el tercer jugador con más presencias en la historia del Pincharrata, por detrás de Manuel Pelegrina y Abel Herrera. Fue campeón del Metropolitano 1982 y del Nacional 1983 e integró junto a Alejandro Sabella, Jose Daniel Ponce y Marcelo Trobbiani un mediocampo destacado. El 15 de junio de 1988 se retiró como jugador, pero nunca abandonó la pelota. Poco tiempo después comenzó su carrera como entrenador y es así como se terminó de ganar el cariño de todos.

El vínculo entre Russo y Bilardo no quedó solo en La Plata, sino que llegó hasta la Selección Argentina en la previa del mundial de México 1986 cuando Miguél había sido convocado para las eliminatorias de dicha competición. Una serie de lesiones y decisiones de Carlos lo dejaron afuera. “Carlos me dijo que lo iba a odiar y a insultar, pero el día que seas técnico te vas a dar cuenta. Tenía una razón muy grande. Todo lo que me decía, después era la realidad” reflexionó Russo años después. 

En 1989 hizo su debut como técnico en Lanús, que atravesaba una situación difícil, y un año después logró la vuelta del equipo a Primera División luego de 13 años. El Granate volvió a descender hacia el final de la temporada, y en 1992 el equipo de Russo logró el campeonato de la Primera B. Consiguió la misma hazaña, el ascenso, en Estudiantes con su vuelta en 1994 (en dupla con su ex DT Eduardo Manera) y en Rosario Central en 2012. Una característica de Russo, sin dudas, era su templanza. Tenía una sabiduría y una frialdad que lo llevó a dirigir equipos en momentos críticos, desafíos que pocos se atreven a aceptar.

En su paso por el fútbol argentino como entrenador estuvo al frente de un total de nueve equipos, a los anteriormente destacados se suman Colón, Los Andes, Vélez, Boca, San Lorenzo y Racing. Su gran trayectoria se forjó también en el exterior con su intervención en siete clubes: Universidad de Chile, Salamanca, Monarcas Morelia, Millonarios, Alianza Lima, Cerro Porteño y Al-Nassr. En todos ellos es recordado con respeto y cariño, al margen de los resultados deportivos. 

En 2005 volvió a coronarse campeón, esta vez por el Torneo Clausura con Vélez. Dos años más tarde logró su máximo hito en su primer ciclo en Boca, la conquista de la Copa Conmebol Libertadores frente a Gremio, con un resultado global de 5 a 0 que pasó a integrar la historia del torneo como la final con mayor diferencia de tantos. Ésta siendo la última que ganó el equipo de La Ribera, y por medio de la cual pasó a ser un histórico del club como uno de los tres técnicos campeones de América; además de ser el impulsor de dos de sus últimos títulos, con la obtención en 2020 de la Superliga y la Copa Argentina. 

El tercer ciclo en Boca comenzó días previos al Mundial de Clubes y significó un gran respaldo al club en una etapa deportiva adversa, donde la urgencia por obtener buenos resultados era una necesidad y nadie quería hacerse cargo de esa situación. Fiel a su estilo, familiero y sensible, en la conferencia de prensa de presentación destacó que la camiseta iba a ser para su nieto. Son decisiones, y tal como lo dice la frase que inmortalizó, Russo decidió tomar el desafío en un momento de salud delicado, mientras atravesaba nuevamente la enfermedad, que años más tarde de ser revertida con tratamientos médicos, había regresado. 

La mística de Miguelo es innegable, y el destino quiso que su último partido al frente de Boca, representado en la cancha por Claudio Úbeda, resultara en un 5 a 0 ante Newell’s de local por la décimo primera fecha del Torneo Clausura. El mismo marcador con el que había quedado en la historia azul y oro, y que nuevamente significó darles una alegría inmensa a los hinchas xeneizes.  

En Colombia se dice que los jugadores de Millonarios dieron la vida por consagrarse campeones con Russo, que jugaron para él en el momento en que le detectaron su enfermedad, y es por eso que un equipo no acostumbrado al triunfo pudo levantar el trofeo del Torneo Finalización 2017 y un año después de la Superliga 2018. 

“Se cura con amor”, expresó en 2018 en su regreso al fútbol. Siempre estuvo acompañado por su familia, sus hijos, hermanos y sobrinos, quienes aun con miedo respaldaron su deseo. A pesar de su delicado estado de salud y el anhelo de sus seres queridos de que Miguel descansara en casa, el histórico entrenador siempre eligió la pelota, convencido de que ese era su lugar en el mundo, como si el fútbol fuera un sedante para su dolor.

“Olé, olé, olé, olé, Russo, Russo”, aclamaron los hinchas de Rosario Central y los de Boca en los últimos dos partidos que dirigió de forma presencial al frente del plantel Xeneize. Fue un 14 de septiembre de visitante en el Gigante de Arroyito, y una semana después en La Bombonera, donde sin saberlo, los hinchas a los que el técnico hizo tan felices tuvieron la posibilidad de despedirlo y rendirle homenaje. 

Russo tiene un logro que muy pocas figuras del fútbol nacional consiguieron y no hablamos de un título o una copa, sino del cariño y el respeto de tantas hinchadas. Boca Juniors, Rosario Central, Vélez, Racing, San Lorenzo, Estudiantes, Lanús, e incluso simpatizantes de instituciones que nunca dirigió. En un país donde la pasión por los colores suele traspasar cualquier sentimiento, Russo logró romper esas barreras. 

Miguel Angel Russo quedará para siempre en la memoria de los futboleros y las futboleras como un apasionado de este deporte, una persona querida por todo el ambiente y alguien que hizo de la competencia una forma de vida hasta sus últimos días. 

El Búfalo que rugió en Núñez

Por Yessica García

El Monumental no sabía todavía que esa noche iba a presenciar una metamorfosis. En apenas un partido y medio se ganó la titularidad en la final; con dos goles cumplió la profecía que él mismo había forjado. El 29 de octubre de 1986  “el Búfalo” Funes grabó su nombre en el corazón de River, logró un lugar en la Selección y forjó con Maradona una amistad capaz de desafiar a la propia FIFA.

“Voy a ganar la Copa Libertadores”, dijo Juan Gilberto Funes apenas llegó a Núñez, como reemplazo del gran Enzo Francescoli, que había emigrado al Racing de Francia. Hoy lo hubieran tildado de “vendehumo”, pero no lo fue. No se achicó ni le pesó la camiseta: llegó para ser el goleador que Héctor “el Bambino” Veira necesitaba.

Nació en San Luis el 8 de marzo de 1963, hijo de Marta Baldovino y Pedro Vicente Funes; fue el tercero de cuatro hermanos. Los padres lo acompañaron desde siempre y fueron los hinchas número uno desde los inicios en el baby fútbol del Club Parque Patricios. Marta lo soñó y anheló desde que lo llevaba en el vientre: aseguró que el hijo sería futbolista, y no le erró.

Funes llegó a River como ídolo de Millonarios de Colombia, en el que convirtió 47 goles, 33 en una sola temporada. Paradojas de la vida: salió de un “Millonario” para meterse en otro, y también hacer historia. Con River ganó la Copa Libertadores y la Intercontinental en 1986, y al año siguiente la Interamericana.

El 22 de octubre de 1986, en el Pascual Guerrero de Cali, jugó como titular por primera vez y ni más ni menos que en la final. A los 23 minutos clavó un derechazo inatajable para Julio César Falcioni, quien defendía en ese entonces los tres palos del conjunto colombiano. Dos minutos después, “el Beto” Alonso marcó el segundo. River ganó 2-1 y la definición sería en casa.

Esa noche del 29 de octubre, con papeles rojos y blancos que llovían desde las tribunas, el equipo del Bambino formó con: Nery Pumpido; Jorge Gordillo, Nelson Gutiérrez, Oscar Ruggeri, Alejandro Montenegro; Héctor Enrique, Américo Gallego, Norberto Alonso, Roque Alfaro; Antonio Alzamendi y Juan Gilberto Funes.

El Monumental explotó. Asistieron 86 mil personas, 16 mil más de la capacidad total del estadio: una locura histórica y una fiesta que olía a gloria. River estaba a punto de lograr lo que en 1966 y 1976 se le había escapado: la primera Libertadores. Y, como dice el refrán, la tercera fue la vencida.

El encuentro fue completamente friccionado y trabado, en los primeros 45 minutos ninguno de los dos había logrado romper el cero. En el segundo tiempo, cuando las piernas ya pesaban, llegó la intervención decisiva del Búfalo, esta vez con la pierna no hábil. A los 69 minutos, tras un pase milimétrico de Héctor Enrique, el puntano clavó un zurdazo que dejó la red temblando y encendió el estadio. El Monumental estalló en gritos, emoción y alivio. River se coronó campeón de la Copa Libertadores de América por primera vez gracias a los dos tantos que Funes marcó en la serie.

Él había llegado para eso y cumplió con su palabra: ganó la Libertadores, tal como lo dijo apenas pisó el club, del que además era hincha.

Apodado “Búfalo” por contextura y temperamento, Funes siempre estuvo arraigado a las raíces. Apenas salió campeón, viajó con el padre a San Luis para festejar con su gente. En 1987, mientras jugaba en el Olympiacos de Grecia, nació su hijo Juan Pablo; el club le negó viajar a Argentina para el parto, pero ofreció médicos y un vuelo privado para que Ivanna Bianchi diera a luz en El Pireo. Funes se negó. Prefirió perderse el nacimiento antes que su hijo no fuera puntano.

“El Juan”, como le decía la madre y todo San Luis, tuvo una carrera tan exitosa como corta. Tras la coronación en River, emigró a Grecia; en 1988 jugó para el Nantes de Francia y en 1989 retornó al país para vestir la casaca de Vélez, donde convirtió 12 goles en 24 partidos. El gran desempeño despertó el interés del eterno rival: Boca lo quiso como su nueve. Realizó la pretemporada en el club de la Ribera, pero un equipo de Europa lo primerió e intentó llevárselo. El Niza de Francia estaba dispuesto a ficharlo, pero ahí fue cuando todo se desmoronó de golpe. En la revisión médica con dicho club se detectó la enfermedad que padecía: endocarditis. Esto frustró el pase y volvió al Xeneize, con la sombra de la enfermedad a cuestas.

Tras la revisión de los médicos de Boca, recibió la noticia que jamás quiso escuchar. Con apenas 27 años le recomendaron retirarse del fútbol para preservar la salud, ya que el corazón era cuatro veces más grande que uno normal.

Debido a esta inflamación del revestimiento interno del corazón, había sido operado cinco veces en apenas cuatro meses. Un par de horas después de la última intervención, el 11 de enero de 1992, el ex futbolista sufrió una arritmia ventricular y un paro cardíaco, el corazón dijo basta en el Sanatorio Güemes de Buenos Aires y falleció con tan solo 28 años.

“El Búfalo” fue velado ante una multitud en su San Luis natal, donde estuvieron presentes figuras como Diego Maradona, Ricardo Gareca, Oscar Ruggeri y Carlos Navarro Montoya.

Memoria, lealtad y el gesto de Maradona

El Diez había forjado una amistad tan grande con el delantero en la Copa América que ambos disputaron con la selección en 1987, que lo visitó varias veces mientras estuvo internado. Tras su fallecimiento, desafió a la FIFA y organizó un partido a beneficio para recaudar dinero para la familia del puntano. El astro argentino estaba suspendido en ese entonces por doping positivo en el partido entre Nápoli y Bari por la Serie A de Italia, por lo que no podía disputar ningún tipo de partido de fútbol oficial. Sí, de fútbol…

Entonces, fiel a la esencia irreverente y creativa, Maradona hizo lo impensado: inventó un deporte nuevo. No era fútbol, al menos no como lo dictaban los reglamentos. Era otra cosa, algo más libre, más humano. Las reglas las puso él: se jugó 11 contra 12, los laterales se hacían con el pie y los árbitros eran retirados. Todo fuera de norma, de protocolo. Porque ese partido no era para la FIFA, era para Juan.

Fue en la cancha de Vélez, pero no fue un encuentro cualquiera. Maradona, en su faceta más rebelde y entrañable, dejó de lado los reglamentos y mostró lo que siempre lo hizo único: la lealtad sin condiciones. Aquella tarde se recaudaron más de cien mil dólares para la familia del Búfalo Funes, pero el verdadero valor no estuvo en el dinero, sino en el gesto.

El Diez, con la voz quebrada y el corazón expuesto, dijo al final: “Ojalá sus hijos tengan la educación que quería Juan, y que su señora viva dignamente sin tener que pedirle nada a nadie”.

No fue fútbol. Fue amistad, memoria y lealtad hecha con botines y convicción.

Juan Gilberto Funes vivió rápido, jugó fuerte y amó sin reservas. En 28 años conquistó títulos, amistades y el corazón de una provincia entera. Su historia no es solo la de un goleador: es la de un hombre que cumplió su palabra, defendió sus raíces y dejó en la memoria colectiva un rugido imposible de olvidar.

Cristiano Lucarelli, el goleador comunista

Por Jimena Ruiz Díaz

Este sábado cumplió 50 años Cristiano Lucarelli, el deportista que revolucionó el mundo del fútbol con sus ideales. Oriundo de Livorno, Italia, Ciudad fundacional del Partido Comunista Italiano en 1921, es hijo de un estibador portuario militante del Partido y del Sindicato. Lucarelli, jamás ocultó sus valores políticos y así fue como marcó la diferencia debido a que no es algo que suele suceder en el deporte profesional.

El 27 de marzo de 1997 en un partido con el seleccionado italiano Sub 20 ante Moldavia realizó un acto inolvidable frente a una multitud, entre los que se encontraban sus amigos y familiares. Lucarelli recibió un pase de Francesco Totti y convirtió el gol que provocó el eufórico festejo que lo llevó a mostrar una remera con la imagen de Che Guevara y el lema ‘Livorno es una fe y los ultras sus profetas’. Este gesto le costó la ausencia durante nueve años en la Selección.

Jugó en varios clubes: Atalanta, Valencia, Lecce y Torino pero su sueño era representar la camiseta del club de sus amores. Su equipo de toda la vida, Livorno, descendió a la Serie B en 2003 y el jugador italiano no dudó en dejar atrás ofertas millonarias para volver a donde siempre soñó jugar. Allí fue donde logró la gran hazaña de ascender y además fue una pieza fundamental para conseguir la clasificación a la Copa UEFA.

El fútbol del goleador italiano se encontró eclipsado por sus ideales políticos y en una ocasión confesó que es molesto para él ser más recordado por sus ideas que por sus goles, sin embargo no reniega de ello, pero remarcó que su rendimiento era suficientemente importante como para darle más valor. También en otra oportunidad expresó: “Algunos creen que el estilo de vida de un futbolista no se condice con el comunismo, pero yo ya era comunista antes de ser futbolista”.

La decadencia del básquet argentino

Por Sebastián Bidart

En septiembre de 2019, la Selección Argentina de básquet jugaba la final del Mundial en Pekín. El equipo de Sergio Hernández había dejado en el camino a Serbia y Francia con un básquet de alto vuelo y se plantaba ante España con una identidad renovada. Facundo Campazzo, Gabriel Deck y Nicolás Laprovíttola se mostraban como herederos de un legado que parecía eterno, el de la Generación Dorada. La derrota en la final no borraba nada, al contrario, instalaba la sensación de que el básquet argentino tenía futuro asegurado.

Seis años más tarde, ese espejismo se convirtió en pesadilla. Argentina no estuvo en el Mundial de 2023 ni en los Juegos Olímpicos de París 2024. Lo que hasta hace poco parecía impensado (un seleccionado ausente de los grandes escenarios) hoy es la cruda realidad. Y detrás del derrumbe aparece una palabra repetida en todos los rincones del ambiente: dirigencia.

La caída no fue un accidente ni una mala racha deportiva. Fue un proceso lento, alimentado por la falta de planificación y por la confusión entre éxito coyuntural y proyecto a largo plazo. La Confederación Argentina de Básquet (CAB) utilizó durante años el brillo de “Manu” Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni y Carlos Delfino pero nunca generó estructuras que sostuvieran ese impulso. Se creyó que el talento surgiría de manera automática, como si aquella camada fuera una línea de producción inagotable y no lo que realmente fue… un milagro deportivo.

Mientras tanto, el piso se fue resquebrajando. Torneos locales sin difusión, clubes ahogados económicamente, divisiones formativas desfinanciadas y un éxodo creciente de jugadores jóvenes que buscan futuro en el exterior. Un claro ejemplo de esto es Instituto de Córdoba, el subcampeón de la última Liga, que comenzó esta temporada con bajas importantes. Ya no tiene técnico ante la partida de Lucas Victoriano; se quedó sin Alex Negrete, que emigró al Flamengo de Brasil y se confirmó la partida de una de sus principales figuras, el ala pivote Bautista Lugarini quien emigró al básquet español. La Liga Nacional, el orgullo que León Najnudel imaginó en los años 80 para federalizar el básquet y darle identidad propia, se volvió una sombra. Las transmisiones en televisión abierta desaparecieron, las canchas se vaciaron y los pibes dejaron de tener ídolos cercanos para empezar a mirar solo la NBA o la Euroliga.

El retroceso argentino contrasta con el camino de otros países de la región. Brasil, con un calendario más sólido y una liga que supo reinventarse, volvió a estar en los primeros planos. México consolidó un modelo exportador de talentos. Hasta República Dominicana, con estructura más modesta, logró sostener una presencia competitiva en torneos internacionales. Argentina, en cambio, quedó anclada en la nostalgia de Atenas 2004.

La interna dirigencial no ayudó. Los últimos 15 años de la CAB estuvieron marcados por escándalos financieros, manejos discrecionales y promesas de modernización que nunca se cumplieron. Hubo más rosca que proyecto, más parches que planificación. El caso más emblemático fue el de Germán Vaccaro, presidente de la CAB desde 2008 hasta 2014, quien fue condenado en 2019 por administración fraudulenta tras admitir su responsabilidad y pagar una compensación de 80.000 dólares. Durante su gestión, la Confederación llegó a estar en una situación tan crítica que ni siquiera contaba con los fondos para cubrir los viáticos o pasajes del seleccionado nacional.

Su salida dio paso a una etapa de reconstrucción bajo la intervención de Federico Susbielles, respaldado por los jugadores. El bahiense heredó una estructura devastada, donde los cheques rechazados, las deudas millonarias y la caída de sponsors eran moneda corriente. Durante su mandato logró, entre otras cosas, ordenar las finanzas y restablecer la confianza de los jugadores a los dirigentes.Sin embargo, en un momento clave para consolidar este avance, Susbielles no pudo presentar los votos que avalaran su lista de cara a las elecciones y se bajó de la carrera electoral. Fue entonces cuando Fabián Borro tomó el control de la CAB, apoyado por varias federaciones que habían sido parte del esquema anterior. El nuevo presidente, de pasado en la gestión Vaccaro, con fuerte influencia en la Federación Metropolitana y el club Obras Sanitarias, llegó con una conducción marcada por el personalismo, la concentración de poder y el enfrentamiento con figuras centrales del deporte.

No solo confrontó a jugadores históricos como Scola y Nocioni, sino que también tensó la relación con árbitros, representantes y federaciones provinciales. La expulsión de la Federación Santafesina es un ejemplo de esta manera de ejercer el poder. Mientras fue sancionada por razones políticas, otras federaciones con irregularidades judiciales comprobadas, como Buenos Aires y Córdoba, no sufrieron consecuencias similares, quizá por estar lideradas por dirigentes cercanos al presidente de la CAB. En mayo de 2024, la

Inspección de Personas Jurídicas falló a favor de Santa Fe y ordenó su restitución, pero la CAB decidió mantenerla suspendida bajo nuevos condicionamientos.

En medio de este caos y luego de los Juegos Olímpicos de Tokio. El 2022 llegó con un brisa de alivio gracias a  la AmeriCup conquistada en Recife, con un un Deck determinante. Pero aquel título, celebrado con emoción, terminó siendo más un recuerdo entrañable que un punto de inflexión, ya que un año después, el cachetazo fue mayúsculo cuando “El Alma” quedó sin chances de clasificar al Mundial.

2024 fue un año de transición. Tras no clasificar a los Juegos Olímpicos de París, los partidos que disputó la selección fueron amistosos por el mundo, aprovechando para darle rodaje a jóvenes promesas. El último capítulo se escribió hace semanas en Nicaragua, con una AmeriCup que dejó un sabor ambiguo. El equipo de Pablo Prigioni, renovado y con promedio de edad bajo, alcanzó la final después de un torneo donde fue de menos a más. Mostró solidez defensiva, mejoró en rebotes y exhibió nombres que pueden dar futuro: Dylan Bordón, Santiago Trouet, Gonzalo Corbalán y Juan Bocca son algunos de ellos. Pero la caída ante Brasil por 55-47 dejó al descubierto la inexperiencia y la falta de madurez en momentos decisivos. Fue un subcampeonato que sirvió para respirar tras tantos golpes, pero que también evidenció que sin estructura no hay milagro posible.

El desafío inmediato está claro y es volver al Mundial. Qatar 2027 es la obsesión disfrazada de objetivo. El básquet argentino aún cuenta con talento y con un entrenador que entiende la necesidad de construir un recambio real, pero nada de eso alcanzará si la dirigencia no asume de una vez que los tiempos de los destellos individuales ya pasaron.

La pelota, esta vez, no está en manos de los jugadores. Está en los escritorios. De allí depende que el básquet argentino deje de vivir de recuerdos y empiece a escribir un nuevo capítulo. Si la lección de la Generación Dorada vuelve a ser ignorada, Atenas 2004 y China 2019 quedarán como estampitas de un pasado glorioso, cada vez más lejano, para una hinchada que alguna vez creyó que el cielo estaba a la mano.

¿Superstición o simple desesperación?: La influencia de la astrología en el fútbol

Por Ramiro Calle Rodríguez

Figuras y equipos de renombre recurrieron a astrólogos y numerólogos para buscar ventajas deportivas, aunque la mayoría mantuvo estas acciones en secreto.

La influencia de numerólogos y astrólogos hace años se entrelazó con la preparación mental y las tradiciones en el fútbol profesional. La astrología y otras prácticas esotéricas adquirieron un papel inesperado como herramientas para la toma de decisiones deportivas y la gestión emocional.

Desde la planificación de fichajes hasta la elección de fechas para partidos cruciales, algunos clubes y figuras de alto perfil realizaron rituales y consultas a especialistas en busca de obtener una ventaja competitiva o protección simbólica, aunque esto se observó principalmente en prácticas personales y no como una política institucional documentada.

En Boca Juniors, la actividad del reconocido astrólogo deportivo, Giorgio Armas fue tema de debate tras la final de la Copa Libertadores perdida ante Fluminense, cuando explicó que recomendó una formación inicial diferente a Jorge Almirón y sugirió incluir a Darío Benedetto desde el comienzo, pero el entrenador optó por otra alineación. La coincidencia de cambios y números vinculados al “7” avivó la polémica entre hinchas y medios, mientras Armas sostuvo que, si bien él asesoraba, la última palabra perteneció siempre al DT. También anticipó que “habría limpieza en el equipo” en 2024 y promovió para ese año nombres como Martín Palermo o Fernando Gago de cara al futuro xeneize.

Si bien, es una práctica que los clubes deciden no divulgar, Armas se presenta en su cuenta oficial de X como astrólogo de Boca Juniors, Racing Club, Talleres de Córdoba y hasta la Selección Argentina, entre otros.

Germán Burgos, exarquero de River Plate y exasistente técnico del Atlético de Madrid, sorprendió al revelar que utilizó los signos zodiacales como herramienta para analizar los distintos perfiles emocionales de sus futbolistas y decidir cómo armar grupos compatibles. Burgos sostuvo que consultó las cartas astrales para prever cómo cada jugador podría reaccionar ante diferentes situaciones y que, según su experiencia, la compatibilidad zodiacal pudo influir en la armonía general de un plantel.

Un caso emblemático es el de Raymond Domenech, quien como técnico de la selección de Francia llegó a tomar decisiones sobre la alineación de sus jugadores basándose en sus signos zodiacales y la interpretación de las cartas astrales. Durante el Mundial de 2006, bajo esta metodología, dejó a Robert Pires de lado por ser de escorpio, a Ludovic Giuly por ser de cáncer, y envió a David Trezeguet al banco de suplentes por ser de libra. El equipo alcanzó la final, aunque perdió ante Italia y Zinedine Zidane fue expulsado en ese partido decisivo.


“Los de escorpio no son buenos para el grupo. Se matan entre ellos”, además agregó: “Los de cáncer y libra son poco beneficiosos”, había anticipado un año antes en una entrevista televisiva.

Posteriormente, en 2010, tras la polémica eliminación de Francia en la primera ronda, resurgió el debate sobre la influencia y los límites de la astrología en la toma de decisiones deportivas.

Diego Simeone, por su parte, habló abiertamente con la prensa sobre su interés por la astrología y cómo lo combina para decidir el armado del plantel. “Las características de la gente según su signo son similares y prestamos atención para ver cómo le podemos sacar lo mejor a cada uno”.

Algunos equipos o directivos eligen mantener estas acciones en la más absoluta reserva y limitan el acceso a la información, mientras que otros las integran abiertamente en su dinámica institucional.

Los argumentos a favor de la astrología en el fútbol centraron su atención en su capacidad para fortalecer la confianza y el ánimo del plantel. Especialistas sostuvieron que la elección de fechas, la evaluación del potencial de los deportistas y las “energías planetarias” pudieron influir positivamente en el rendimiento colectivo. Sin embargo, ningún club principal del fútbol europeo reconoció oficialmente el uso de la astrología como parte de su política institucional.

A pesar de la falta de respaldo científico, la astrología mantiene su lugar como recurso emocional y simbólico en el universo futbolístico. El debate sobre la utilidad real de estas prácticas permanece abierto. Mientras algunos exjugadores y directivos las consideran parte de la mística y el folclore del deporte, otros las ven como superstición o estrategias de marketing dirigidas a los aficionados.