jueves, abril 23, 2026
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El renacer del proyecto juvenil argentino: la huella de Romeo y el legado de Pekerman

Por Matías Huentelaf

Bernardo Romeo, campeón mundial Sub-20 en Malasia 1997 y actual coordinador de Selecciones Juveniles, asumió su cargo en enero de 2020 con una misión clara: reivindicar la imagen y la filosofía de José Pekerman, el hombre que marcó una época dorada en las divisiones inferiores de la AFA al conquistar tres títulos mundiales Sub-20 (1995, 1997 y 2001). Más tarde el legado Pekerman tuvo a Francisco “Pancho” Ferraro (2005) y su ladero Hugo Tocalli (2007) como continuadores y partícipes del proyecto.

Romeo buscó recuperar los valores que Pekerman inculcó a aquella generación: el sentido de pertenencia, la formación integral y la identidad con la camiseta argentina. Para ello, rodeó a las selecciones juveniles de exjugadores del seleccionado nacional, hombres que habían pasado por “la escuela del Profe”.

Hoy, Diego Placente está al frente de las selecciones Sub-17 y Sub-20, mientras que en otros momentos Pablo Aimar también dirigió la Sub-17 y Sub-15. Además, se conformó un departamento de scouting internacional, encabezado por Juan Martín Tassi, con sede en Europa. Su función es seguir de cerca a los llamados “europibes” —como Alejandro Garnacho, Nico Paz o Valentín Carboni— y detectar nuevos talentos argentinos en distintos puntos del mundo.

La nueva gestión trajo una estructura centralizada, con coordinación entre las divisiones menores y la selección mayor, encabezada por Lionel Scaloni. todas las selecciones nacionales trabajan hoy bajo un mismo modelo. Con la creación del Departamento de Metodología de Selecciones Juveniles masculinas y femeninas, que tiene como objetivo mantener una identidad común con la Selección Mayor, adaptable a cada categoría.

Los resultados: señales de un cambio

En el Mundial Sub-17 de 2023, Argentina finalizó en el tercer puesto, igualando su mejor posición histórica en el certamen (Italia 1991, Ecuador 1995 y Finlandia 2003). Un progreso notable si se compara con el pasado reciente: en Brasil 2019, la Albiceleste quedó eliminada en octavos de final; en India 2017, no logró clasificarse; y en Chile 2015, no superó la fase de grupos.

Por su parte, la Selección Sub-20 alcanzó las semifinales de un Mundial por primera vez en 18 años, un logro que refleja el renacer del proyecto juvenil. En el período intermedio, Argentina se despidió dos veces en octavos (2019 y 2023), en cuartos de final en 2011, no clasificó en 2009 y 2013, y se quedó en fase de grupos en 2015 y 2017.

Los números muestran una tendencia clara: el trabajo encabezado por Bernardo Romeo y su equipo empieza a dar frutos. El foco no está únicamente en los títulos, sino en la formación humana y profesional de los futbolistas, con una estructura sólida que apunta al desarrollo integral.

Aunque las coronas todavía no lleguen, el cambio es evidente. Argentina volvió a tener un proyecto de selecciones juveniles con identidad, planificación y un objetivo común: formar jugadores y personas que sientan orgullo de vestir la celeste y blanca.

 

Alejo Barrios, de héroe en Yupanqui y un fugaz sueño europeo a reinventarse en la docencia

Por Tomás Schenkman

Alejo Barrios vivió una montaña rusa de emociones en los últimos cinco años. Cuando creyó que había cumplido su sueño, la vida lo catapultó más alto. Pero él lo tuvo siempre claro.

Desde sus inicios a los 5 años en el baby del club Sargento Cabral de Lomas de Zamora hasta el desafío de jugar en cancha de once en una filial de Argentinos Juniors en Villa Celina —cuando aún no llegaba a los 15 años—, el nacido en Lanús tenía una meta fija: ser futbolista profesional.

Cuando fue creciendo, se acercó a otros clubes de AFA para probarse, pero la suerte no lo acompañó. Hasta que en 2016 le llegó la chance de quedar en Yupanqui, que en ese momento militaba en la Primera D. Allí hizo inferiores hasta 2021, cuando se produjo su debut en el primer equipo, donde obtendría el primer ascenso en su historia en octubre de 2022. Ese hito lo clasificaría a disputar por primera vez la Copa Argentina, otro de los sueños que Alejo tuvo que renovar a medida que fue cumpliendo los anteriores.

Antes de su debut como profesional había probado estudiar la carrera de periodismo deportivo, pero desistió al poco tiempo por falta de entusiasmo y encontró algo que le cerraba por todos lados: el profesorado de Educación Física. Un amigo se lo había sugerido y, sumado a que a él siempre le atrajo el deporte, decidió meter las fichas ahí.

-¿La carrera te gustó desde un inicio y dijiste “che, esto es lo que me gusta”? ¿O lo hacías más por una salida a futuro?

-A mí siempre se me inculcó trabajar o estudiar. Entonces yo sabía que algo tenía que estudiar. Quería estudiar y con el tiempo me gustó. Después, cuando me di cuenta, ya estaba llegando a lo último y la verdad que lo disfruté mucho.

Sin embargo, Alejo sostiene que “siempre está el pensamiento de que algo más se puede hacer o que se puede llenar un espacio con más conocimiento”. Y lo supo traducir a la realidad: por ser de los promedios más altos de la carrera en el Club Lanús, en 2021 lo llamaron para hacer prácticas a cargo del plantel de Novena División, pero al debutar en Primera aquel año le costó poder ejercer como profesor de Educación Física.

Esa primera parte del año, Yupanqui tuvo una pésima campaña, finalizando en el último lugar. Para la temporada siguiente, el entrenador Adrián Tossi “se enfocó mucho en lo que era la calidad humana del grupo, cambiaron ciertos jugadores y ciertas normas que nos ayudaron a terminar peleando. En 2022 es cuando ya se ensambló todo y salimos campeones”, detalló.

El desafío más grande llegaría luego de esa conquista histórica. Los egos y las distintas formas de pensar dividieron al plantel: una parte se aliaba con el técnico y la otra con la dirigencia. Cerca de mitad del 2023, los malos resultados se hacían notar y terminaron desencadenando en la salida del entrenador. Conforme sucedió eso, cada uno de los futbolistas que pensaban igual que él fueron quedando libres, incluido Alejo.

En medio de la incertidumbre, la respuesta rápida era ir a buscar trabajo, algo fijo, porque mientras jugaba en Yupanqui hacía “changas” con el auto, ayudaba a su padre, que era electricista, y le hacía envíos a una amiga que tenía un emprendimiento. Y a pesar de vivir con sus padres, eso no le sobraba porque en el club le daban el viático que apenas alcanzaba para que viaje al predio. “Anímicamente estaba desganado, había visto que un día sos héroe y al otro día se olvidan todos de vos, y llegué a pensar: ¿para qué se hace tanto por esto?”, confesó.

Ya en enero de 2024, el que había sido su técnico en el club y con quien mantenía una gran relación le ofreció trabajar en una cooperativa de residuos, llamada “Primavera”, en Bajo Flores, que además le servía porque “si Adrián (Tossi) agarraba algún equipo, sabía que me iba a tener en cuenta y no se me iba a complicar con los horarios para hacer ambas cosas”, explicó.

Y en esos meses entre que saliste campeón y te quedaste libre, ¿pensabas en jugar en algún club de una categoría superior o trascender de alguna forma?

No sé si alguna vez soñé tan grande. Hoy me arrepiento porque yo creo que si de más chico hubiera soñado más grande, quizá hubiera hecho mil cosas más. Y ahí ya no le echo la culpa a nadie, el único responsable soy yo. Mi meta siempre fue jugar en la Primera cuando estaba en Yupanqui, jugar Copa Argentina y salir campeón. No fui más allá.

En su tiempo como jugador libre y como empleado de la cooperativa, “no estaba con tanta fuerza ni ganas para buscar un club que me coordine los horarios con el laburo y que encima me quede cerca porque la mayoría estaban a dos horas de mi casa. Ya tenía la visión en trabajar para comprarme mi casa, mi auto y formar una familia, pero sabía que si me ponía a buscar club, iba a conseguir porque venía de un ascenso histórico”, repasó.

Sus días de semana comenzaban bien temprano, ingresando a las ocho de la mañana a la cooperativa, ubicada en la esquina de Balbastro y la Avenida Perito Moreno, y saliendo a las tres de la tarde. En el interín, al ser uno de los nuevos, no tenía una tarea fija como otros; iba variando: a veces le tocaba salir con los camiones a cargar materiales reciclables y otras se quedaba en el galpón abriendo bolsas y separando el reciclado. Pero esa no era toda su jornada.

A la par de lo que hacía a la mañana, un amigo con el que había estudiado en Lanús y que había estado trabajando allí desde entonces, le avisó que buscaban un profesor de Educación Física para los chicos de jardín: “Se laburaba por duplas y eran dos veces por semana para probar a ver cómo estaba porque yo nunca había ejercido oficialmente. Entonces hubo un tiempo que salía de la cooperativa los lunes y jueves y me iba dos horas al jardín para retomar lo que había estudiado”.

Esa vida la pudo llevar a cabo solamente cuatro meses. Si bien el fútbol ya no era su prioridad, al ser el deporte una de sus mayores pasiones, se mantenía entrenando y jugando torneos amateurs cada tanto.

Y ahí fue cuando le tocaron la puerta.

Su amigo y excompañero de inferiores en Yupanqui, Ezequiel Solaga, estaba con el trámite de la ciudadanía italiana en curso por un pariente cercano y se había armado videos a modo de currículum para enviarle a una persona que trabajaba allá con clubes de ascenso. “Mi amigo me dijo que le habían preguntado por un delantero, y que le ofrecían casa y un pequeño sueldo para la comida y necesidades, entonces me preguntó si tenía videos para mandar y le dije que sí, y a las semanas nos contactaron para viajar”, comentó Alejo.

Entre la inquietud de si esos mensajes que intercambiaban con el dirigente de un club cercano a la ciudad de Pescara eran ciertos, había una inversión económica inusual y un cambio de rumbo rotundo, impulsado por un sueño de toda la vida. “No fue algo planeado, yo empecé el año calculando cuánto tiempo iba a tener que laburar para poder comprarme mi auto, y a los seis meses me surgió esta posibilidad de viajar a Italia a jugar a la pelota”, dijo con cara de asombro e ilusión.

Apenas surgió la chance, habló con su jefe y extécnico para avisarle con antelación y no dejarlo tirado con el trabajo a último momento. Un jueves le confirmaron que se iba y el lunes ya estaba con su amigo sacando el pasaje para arribar al Viejo Continente el martes. Sus padres lo sabían, pero sus tres hermanos menores y su círculo íntimo no; entonces, ese mismo día se puso a mandar mensajes para que todos estuvieran al tanto.

Torre de’ Passeri era el pueblo de 3.000 habitantes que lo esperaba, a treinta minutos de la ciudad de Pescara, a orillas del Mar Adriático. El club donde iba a reencontrarse con su fútbol era el Real Torrese, que militaba en la Seconda Categoria —Girone C en la región de Abruzzo—, equivalente a una octava división. “Es como el Federal o un Regional de acá, a diferencia de que allá te dan casa todos los clubes”, agregó Alejo.

Ya instalado en el pueblo con su amigo, entrenaba tres veces por semana con el equipo y competía los fines de semana. En octubre llegaron sus primeros goles: convirtió un triplete en el 7-1 de su equipo ante Greco. Pero al poco tiempo sufrió un desgarro y, para suerte de él, se perdió solo dos partidos porque justo coincidió con el receso de invierno.

En la vida diaria, el club, además de brindarles la vivienda, les daba 400 euros al mes para que pudieran comer y organizarse. Eso les alcanzaba bien y a veces les sobraba, pero si querían más dinero tenían que conseguir otro empleo. Después venía la adaptación a lo futbolístico: como allí la intensidad del juego era menor en comparación con Argentina, cada vez que él quería gambetear, era recriminado por el entrenador, que le pedía jugadas más colectivas. “Ellos me llevaron para que dejara todo en la cancha, y cuando lo hacía con la intensidad que tuve siempre, me pedían que baje un cambio”, manifestó entre risas.

“Gira la pala” era la frase que le reiteraban constantemente sus compañeros y el cuerpo técnico, haciendo alusión a que pase la pelota y dé la vuelta para encontrar más espacios. Se vivía peleando hasta que se terminó acostumbrando y ese choque de estilos se volvió su manera de desenvolverse en el césped sintético, superficie mayormente utilizada en los estadios del ascenso italiano.

-¿Cómo era vivir en un pueblo de 3.000 habitantes y con la barrera del idioma?

-Teníamos una casa alejada del centro, al principio era tímido, no salía a hablar mucho, pero una vez me solté, y al ser pueblos chicos, se conocen todos con todos. De tanto ir a hablar a las casas de los vecinos para aprender el idioma, me terminaban invitando a comer porque era la cara nueva ahí. Es más, ahora estoy haciendo un curso de italiano para seguir con ritmo y complementarlo con lo que ya sé.

Desde el arribo allí, “me sentía como en Disney, mi familia me miraba por transmisiones, me preguntaban todos cómo me iba, pero me faltaba la cotidianeidad de estar con mis afectos; veía la bandera italiana por todos lados y me chocaba un poco”, analizó sobre sus meses en Italia.

Para su desgracia, no todo es color de rosa. Al no tener ningún familiar directo con sangre italiana, no podía sacar la ciudadanía, y el cupo de extranjero que lo habilitaba a jugar allá se terminó venciendo porque te dan un permiso para quedarte como residente, pero si tenés un trabajo específico. Su amigo tenía la ciudadanía en trámite y le cedieron un permiso especial que le permitió quedarse hasta entonces allí, pero Alejo tuvo que regresar en febrero de 2025 a Argentina.

Sin embargo, él le da un gran valor a lo que pudo vivir en esos seis meses en Europa: “Lo veo como algo bueno, porque yo creo que si hubiera sabido todo lo que sé ahora, nunca hubiera intentado ir para allá. Pero prefiero quedarme con la anécdota de haber vivido ese sueño”.

-Y cuando volviste, ¿qué pensaste hacer? ¿Querías dedicarte de lleno a ser profesor de Educación Física, probar suerte en algún club o seguir martillando con lo de la ciudadanía?

-Para yo tener la ciudadanía, al no tener ningún pariente, tengo que casarme con una italiana. La otra es quedarse a vivir allá por trabajo o estudio, pero tenés que estar 10 años sin moverte de ahí. Con el tema del trabajo, yo cuando volví había dejado todo. Entonces fue como empezar de cero otra vez. Me ofrecieron la oportunidad de volver a trabajar en la cooperativa. Volví, estuve un par de meses, pero sentía que era una etapa para ver si había algo más. Ahí fue cuando me llegó el pensamiento de ‘yo tengo el título, tengo dos opciones, me quedo o arriesgo y veo cómo me va con lo que estudié’.

Pensó que se acababa todo, y ahí fue cuando la vida le volvió a sonreír. Entró en una escuela como profesor de Educación Física y a veces ejerce como preceptor, a la par de haber conseguido estar en la preparación física de básquet femenino de un club que está cerca de la estación de Lanús.

-¿Cómo es tu agenda ahora?

-Me dedico a laburar en la escuela todos los días a la mañana, y los martes y jueves me voy a laburar a básquet de 17:30 a 21:30 horas. Pesa el hecho de estar hasta tan tarde, pero es algo que estoy disfrutando hacer.

Un día soñó con ser jugador profesional, y no solo lo logró, sino que consiguió un ascenso heroico y jugó por primera vez la Copa Argentina ante un equipo de Primera División. Lo dejaron libre, pero apareció la oportunidad de jugar en Europa. Tuvo que abandonar su travesía por algo que lo excede, y se reinventó consiguiendo trabajo gracias al título universitario por el que había estudiado.

Más allá de sus logros, a sus 26 años él sigue buscando más y aclaró que, por el momento, sus propósitos no están ligados al fútbol: “Hoy mi cabeza está más por otro lado, no quiero estar acomodando mi laburo a mi horario de entrenamiento para poder cumplir con el club. La mentalidad está en encontrar la estabilidad económica necesaria para cumplir ciertos objetivos personales”.

Alejo Barrios desafió lo utópico, dejó huella en todos los sueños que persiguió y, aunque la pelota ya no sea la que corra a su lado, siempre habitará en él ese espíritu que lo impulsó a no rendirse cuando la vida le quiso truncar el camino.

El Lobo solitario

Por Alen Franco

“No se puede, realmente con él no se puede hacer nada”, le decía Alejandro Galán a Mariano Amat, el entrenador de la pareja que fue la mejor del mundo por tres años, sobre su compañero luego de caer en octavos de final del Major de Qatar en 2024. El día que explotó lo que ya estaba roto.

Ese compañero se define como un tipo sencillo y normal, nacido en un pueblo de 2.500 habitantes, el menor de tres hermanos, deportista desde los 15 años y que como muchos, se mudó solo a una pensión a los 17 para progresar en su carrera. Pelo corto color castaño claro y rizado, cejas muy gruesas y que casi se unen en medio, siempre una barba apenas crecida de dos días y una contextura delgada que le hace sobresalir su largo mentón. Juan Lebrón Chincoa es el primer jugador de pádel español en convertirse en el número 1 del mundo, y allí se mantuvo por cuatro años, esto ya nos da la imagen de que no es uno más. 

El hijo menor sí, pero también el más caprichoso y consentido, el favorito de la madre pero no el de su padre (más de una vez contó que su padre nunca le dijo que estaba orgulloso por sus logros). Siempre entrenando, exigente desde el día uno que comenzó a querer ser profesional. Cuando ganaba un título pocas veces lo festejaba, ya que siempre al día siguiente estaba nuevamente entrenando. Exigente y acelerado, un hombre que toma cuatro o cinco cafés al día. Dentro de la cancha riguroso, competitivo y muy “cabrón”, fuera de la cancha “Vivo igual pero con menos palpitaciones por minuto”, expresó él mismo. 

“Cabrón”, como lo definieron contrincantes, excompañeros, entrenadores, periodistas y espectadores del deporte. Lebrón siempre fue de un juego muy acelerado, él junto a Galán cambiaron el ritmo del deporte, crearon una nueva manera de jugar. Agresividad ante todo, subidas constantes a la red, voleas desde la línea de saque y un entrenamiento físico que elevó el desarrollo de los atletas en la disciplina. Así se ganó su apodo, a la hora de rematar se encorvaba de más pero le daba el ángulo para tener la barbilla en punta para ver bien dónde contactar la pelota, esta postura junto a su cantidad de vello en la cabeza dieron lugar a que lo llamen El Lobo. Como todo lobo, aúlla. Discusiones durante partidos con compañeros, con entrenadores, con rivales, con jueces y hasta con espectadores fueron las razones para que además de Lobo, lo llamen cabrón.

Lebrón-Galán es sinónimo de 33 títulos ganados y tres años consecutivos siendo la pareja número 1 del mundo, pero también es antónimo de amistad. Desde el primer año no se mostraban felices uno al lado del otro, nunca festejaron juntos sus trofeos y la razón ya fue nombrada. La alta exigencia de Juan lo llevó muchas veces a enojarse en partidos con Alejandro, partidos en los que terminaban ganando porque eran realmente los mejores, pero eso no importaba para El Lobo, que quería que sean excelentes pero no lo pedía bien. En el último año juntos Lebrón se lesionó por cuatro meses, llegó para cerrar la temporada pero en los octavos del Major de Qatar contra sus compatriotas Yanguas y Garrido volvió a enfadarse y ser un cabrón. Yanguas pidió la revisión de una pelota de Lebrón, era un partido ajustado y cada punto contaba. “Vete a tomar por culo”, le dijo Lebrón a Yanguas. Ya era muy desubicado el accionar de Juan, pero no acabó ahí, al ser quebrado su saque en el último set, este lanzó un pelotazo que casi le pega a Yanguas, que no lo tomó bien y pidió su descalificación, el juez no hizo caso y el partido siguió. Fue derrota, Lebrón se fue rápido a los vestuarios y como ya era costumbre, Galán quedó muy avergonzado y con la cabeza baja iba pidiendo disculpas a todos. Habló con su entrenador y con los ojos llorosos se retiraba del estadio, sabía que ya no quería ser pareja de ese cabrón.

Juan asiste a una psicóloga deportiva desde los 18 años, hoy con 30 él afirma ya haber mejorado, dice que siempre trata de volver a su mejor versión, la versión número 1 del mundo. Se enfoca en lo mental, sabe que ahí falla, aceptó haberse portado muy mal con su compañero aunque para él la historia fue distinta. Él le dio lugar a un Galán no conocido, le dio patrocinadores y fue siempre la mejor persona posible. En su tiempo lesionado lo acusó de que nunca se contactó y dijo que fue eso lo que lo rompió como persona. Juan ahora está enfocado en su nuevo compañero, el argentino Franco Stupaczuk, hace unos meses en una entrevista dijo: “Estamos muy bien y podemos pelear por el primer puesto”. 

La realidad otra vez nos muestra otra cosa, pues Franco y Juan no se concentran juntos, desayunan y cenan por separado durante los torneos, y ya tuvo varios episodios de enojos el cabrón. Este fin de semana insultó al árbitro y golpeó su paleta contra la reja varias veces, sorprendentemente solo fue advertido dos veces. Pero el enojo más grande del Lobo con Stupa fue durante los octavos del P2 de Valladolid hace unas semanas. “Boludo, no la metes, pedazo de subnormal”, le gritó Lebrón al argentino en una pausa entre sets. A lo que entró su actual entrenador y le dijo: “Estás muy mal vos, no tenés salvación papi, no tenés salvación Juan”. 

Después del debut con roja de Lionel Messi, hubo otro debut en la Selección

El 8 de octubre de 2005, Lionel Messi escribió la primera página de su historia personal en las Eliminatorias Sudamericanas. El escenario fue el estadio Monumental de Núñez, en un encuentro entre Argentina y Perú válido por la clasificación al Mundial de Alemania 2006.

Aunque el joven rosarino ya había tenido el debut absoluto con la camiseta albiceleste en un amistoso frente a Hungría (donde vio la primera roja en la Selección), esta vez la cita era diferente: la presentación oficial en la competencia más dura y exigente del continente.

El clima en Buenos Aires aquella jornada también acompañaba la magnitud del evento. Desde temprano, los alrededores del estadio se poblaron de camisetas celestes y blancas, algunas hasta con el número 19 en la espalda, aunque un par de ellas improvisadas con marcador negro, según cuentan las personas que estuvieron presentes aquel día. Las calles cercanas al Monumental se llenaron de carteles y puestos de venta callejera, donde ya se hablaba de él como si fuese un ídolo. Incluso antes de que comenzara el partido, los periodistas en las radios repetían la misma frase: “Hoy puede comenzar una nueva era”.

Messi llegó a ese partido con apenas 18 años, después de haber brillado en el Mundial Sub-20 disputado en Holanda meses atrás, donde Argentina se coronó campeón y él fue elegido mejor jugador. La expectativa alrededor de su figura era enorme: en Barcelona ya mostraba cosas de crack, y en Argentina la prensa deportiva lo señalaba como el heredero natural de los grandes ídolos.

En los días previos al partido, los principales diarios argentinos dedicaban titulares a la joven estrella. Clarín, por ejemplo, publicaba: “Messi, el chico que ilusiona a todos”, mientras que La Nación destacaba: “Un talento precoz listo para el gran salto”. En tanto, la revista El Gráfico lo describía con entusiasmo: “El fútbol argentino vuelve a sonreír: Messi ya está aquí”. Se lo veía como un revulsivo, alguien capaz de desequilibrar defensas cerradas con velocidad y gambeta.

El técnico José Pekerman lo incluyó desde el arranque con la camiseta número 19. La gente en el Monumental recibió con una ovación al muchacho de Rosario que, a pesar de la corta edad, parecía cargar con un destino especial. La Selección, liderada por figuras como Juan Román Riquelme, Hernán Crespo y Roberto Ayala, tenía el desafío de asegurar la clasificación al Mundial, y la inclusión de Messi era una apuesta fuerte hacia el futuro.

El partido comenzó con Perú intentando complicar a Argentina desde la solidez defensiva, pero Messi pronto se encargó de romper esquemas. A los pocos minutos mostró el repertorio: gambetas cortas, piques explosivos, sociedades con Riquelme. Cada vez que tocaba la pelota, el estadio se ilusionaba. No le pesó en absoluto el contexto: jugaba como si estuviera en un potrero.

En la primera mitad, Argentina abrió el marcador con un gol de Crespo, pero fue en el complemento cuando Messi dejó su huella. Tras una combinación rápida, filtró un pase perfecto a Riquelme, que asistió a Crespo para el segundo tanto. La jugada quedó grabada como el primer aporte decisivo de Messi en las Eliminatorias. El Monumental explotó en aplausos y la ovación fue unánime: la nueva joya ya brillaba en el máximo escenario sudamericano.

Al finalizar el partido, que terminó 2-0 a favor de Argentina, la prensa coincidió en el impacto de su actuación. Clarín tituló: “Messi debutó en Eliminatorias y ya marca diferencias”. La Nación escribió: “Con apenas 18 años, juega como si tuviera 30”. Por su parte, El Gráfico fue aún más categórico y lo llevó a su tapa con un encabezado simple y contundente: “Nació para esto”. En el interior, la revista remarcaba: “No hizo goles, pero generó fútbol y contagió ilusión. El futuro ya es presente”.

La comparación con Diego Maradona fue inevitable, aunque Messi, con su habitual timidez, prefirió bajar el tono a esas voces. “Yo solo quiero ayudar al equipo y aprender de mis compañeros”, declaró en la zona mixta, rodeado por micrófonos y flashes. Sus palabras contrastaban con la euforia de los hinchas, que ya cantaban su nombre como si fuera un veterano en la selección.

Ese 8 de octubre de 2005 significó más que un simple debut en Eliminatorias. Fue el comienzo de un camino que lo llevaría a disputar cinco Mundiales, conquistar dos Copa América y finalmente alcanzar la gloria máxima en Qatar 2022. En retrospectiva, aquella noche en Núñez fue el prólogo de un acontecimiento deportivo que cambiaría para siempre la historia de la Selección Argentina.

Lo que la prensa describió entonces como promesa pronto se transformaría en certeza. Y lo que los hinchas gritaron como ilusión, con el tiempo se convirtió en orgullo. Porque el chico que debutó contra Perú en 2005 acabó siendo el capitán que levantó la Copa del Mundo 17 años después.

El contraste más fuerte estuvo en cómo Messi vivió todo aquello. Mientras el entorno lo puso en la categoría de crack, él mantenía un perfil bajo, como acostumbraba. Su familia, instalada en Rosario, siguió el partido por televisión y después relató el orgullo mezclado con nervios que sintieron al verlo desenvolverse con tanta soltura. En entrevistas posteriores, Messi confesó que esa noche apenas pudo dormir, repasando mentalmente las jugadas, las sensaciones, el ruido de la gente. No lo hacía desde la vanidad, sino desde una necesidad de aprendizaje permanente. Estas pequeñas cosas, como la autocrítica silenciosa, fueron una de las claves de su posterior crecimiento.

El hincha, protagonista esencial de toda historia futbolera, también guardó recuerdos indelebles. Muchos aseguran haber estado allí aunque no hayan pisado el Monumental, una señal de cómo los grandes acontecimientos se mitifican con el tiempo. En cada relato, la figura de Messi aparece como símbolo de pureza futbolística, como si se tratara del potrero en el escenario más exigente. Para quienes lo vieron en vivo, fue como asistir al nacimiento de una estrella fugaz que, en lugar de desaparecer rápido, se transformó en una luz que sigue brillando hasta el día de hoy.

Ese debut, además, sirvió para comprender que las Eliminatorias Sudamericanas no solo son un torneo clasificatorio: son también un espacio de construcción de identidad, donde los jugadores aprenden a cargar con el peso de una camiseta que representa mucho más que un equipo de fútbol. Messi asumió ese desafío desde el primer día, con humildad y talento, escribiendo la primera línea de una historia que, años más tarde, alcanzaría su clímax en Lusail, con la Copa del Mundo en alto.

En definitiva, el 8 de octubre de 2005 no fue un simple debut. Fue un acto magnífico, único de presenciar, un instante que encendió una llama que ardería durante casi dos décadas. Porque más allá de los goles, de los títulos y de las estadísticas, lo que aquella noche empezó fue un lazo emocional entre Messi y su pueblo. Un lazo tejido con ilusiones, frustraciones y alegrías que, con el correr del tiempo y la producción de hazañas, se convirtió en una de las historias más conmovedoras del deporte mundial.

Puerto Comercial: la goleada (en contra) que lo hizo eterno

Por Martina Tagliapietra

Argentina, un país lleno de fútbol. En la mayoría de las casas hay una pelota de fútbol. En todas las ciudades hay al menos un club de fútbol, un club de barrio, un club de amigos. En estos establecimientos la redonda siempre rueda. Argentina, un país con mucha historia.
River, Boca, Maradona, Messi, tres veces campeones del mundo. Argentina, el tercer país con más clubes de fútbol en el mundo, con aproximadamente 3.300 instituciones.

Independiente, Racing, Riquelme. “El fútbol es argentino”, dirían algunos. Argentina. Estudiantes, San Lorenzo, Kempes, la Bombonera, el Monumental.

Entre todas esas páginas que guardan la historia del espectacular fútbol argentino aparece el protagonista de esta crónica: Puerto Comercial. Su paso por Primera División fue muy breve. Apenas 18 partidos le bastaron a este club de Ingeniero White, Bahía Blanca, para inscribirse en esas extensas páginas.

Se fundó el 1° de agosto de 1915 y rápidamente se consolidó como el conjunto más ganador de la Liga del Sur, relegando a rivales históricos como Olimpo y Liniers. Para alcanzar la Primera División tuvo que atravesar el Regional Bonaerense, en el que superó a Santamarina de Tandil, Atlético Paraná de San Nicolás y, en la final, a Newbery de Junín.

En 1974 llegó el tan anhelado ascenso al Torneo Nacional. En este formaron parte del grupo A, junto con Boca, Rosario Central, Desamparados de San Juan, Banfield, Estudiantes, All Boys, Belgrano y Central Norte de Salta. Argentina y sus 3.300 clubes de fútbol.

Seguramente ese número sea un aproximado, si en cada ciudad hay un club de barrio. La redonda siempre rueda en las calles de Argentina. En Bahía Blanca operan al menos 35 clubes de fútbol afiliados a la Liga del Sur, la principal organización de fútbol de la ciudad.

El 6 de octubre de 1974, Puerto Comercial visitó a Banfield en el estadio Florencio Solá. Ese día se cumplían 34 años de su inauguración y sería recordado como la tarde de la mayor goleada en la historia del fútbol argentino. Banfield, Lanús, Talleres de Escalada, Maradona, Messi, el “Nene” Guidi. La redonda siempre rueda a través de las páginas de la historia argentina.

En Lomas de Zamora, la redonda eligió a su amo: Juan Alberto Taverna. El delantero de Banfield se adueñó de la pelota y fue uno de los protagonistas de esa tarde. Argentina, la 9 de Julio, Caminito, los vinos de Mendoza, la Cordillera de los Andes, la Quebrada de Humahuaca. La redonda siempre rueda por las calles de Argentina.

“En el entretiempo perdíamos 7 a 0. No sabíamos qué decir ni cómo motivarnos. En el segundo tiempo siguió la misma sintonía. Banfield no bajó el ritmo y nosotros no pudimos recuperarnos. Taverna nos hizo siete, pero podría haber metido más”, comentó años después el guardameta del equipo bahiense, Juan Tolú, otro de los personajes principales de esta historia. La historia del fútbol argentino.

Argentina. Messi, Maradona, “Segurola y Habana”, “la pelota no se mancha”. En las calles de Argentina la redonda siempre rueda. Noventa minutos se jugaron en Peña y Arenales. Un partido inolvidable para el goleador, Taverna. En apenas un tiempo ya había alcanzado a leyendas como Arsenio Erico, Jaime Sarlanga y Rafael Domingo Moreno, todos autores de seis goles en un solo partido. Pero él no se conformó con igualarlos: a los 87 minutos convirtió su sexto tanto y quebró la marca. Y todavía quedaba más. En el descuento, el árbitro Roberto Goicoechea cobró penal y Taverna lo transformó en gol, firmando su séptima conquista y convirtiéndose en el jugador con más goles en un mismo partido en la historia del fútbol argentino.

Argentina. El folclore, el tango, el asado, las empanadas. La redonda siempre rueda en las calles de Argentina. Nacido en 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, en 1948, debutó en Estudiantes, ganó tres Copas Libertadores de América, jugó en Boca, Gimnasia y Esgrima La Plata y Banfield, donde hizo las últimas gambetas y goles antes de retirarse. Él fue el antagonista perfecto para la breve historia de Puerto Comercial en la primera categoría.

“No sé si éste es un premio, pero para mí estos momentos que vivo me dicen que obré bien cuando descarté muchas cosas para retornar a Banfield. Cuando dejé a un lado ofertas muy importantes a cambio de poder estar de nuevo junto a estos muchachos que, para mí, son tan importantes como mi familia”, confesó al día siguiente del encuentro el 10 del Taladro, y concluyó: “Por eso pienso que toda mi trayectoria desde el club Sportivo, de 25 de Mayo, mi pueblo natal, las inferiores de Estudiantes, el debut en Primera contra Atlanta en el 68, mi pase al Veracruz de México, mi vuelta al país en Banfield y el período que pasé en el Real Murcia, de España, no fueron más que etapas para que adquiriera más experiencia y volviera convencido de que es en Banfield donde me encuentro como en mi casa. Que es aquí donde yo soy yo. Por eso mi alegría. Por eso, aunque estoy muerto, estoy contento”. Con un nuevo récord en su vitrina, en 1981, Taverna colgó los botines.

Argentina. Bandera celeste y blanca. Tierra del trabajo, del esfuerzo y del fútbol. La redonda siempre rueda en las calles argentinas. Puerto Comercial presentó un equipo casi amateur para el aplastante 13 a 1 final. El goleador de la tarde mencionó eso un día después del partido: “Me puse a pensar en los muchachos bahienses que trabajan toda la semana y los domingos tienen que jugar. Comprendo que así conceden mucha ventaja a los equipos profesionales, cuyos jugadores se dedican exclusivamente al fútbol”.

Juan Tolú; César Colman, Raúl Lugones, Osvaldo Baley y Núñez; Mario Rachi, Enrique Dekker y Solís; Jalil, Juan Carlos Nani y Diego Romero fueron los jugadores que defendieron la camiseta del conjunto bahiense, dirigido por Rufino Bugarini. Las mil quinientas personas presentes en la cancha de Banfield cuentan que la diferencia entre los planteles fue abismal. Esa tarde, en cancha, sólo hubo un equipo.

“Fue el momento más doloroso de toda mi carrera”, recordó años después el arquero Juan Tolú, quien en el segundo tiempo padeció otras seis caídas en su arco. José Romero y Eduardo Pipastrelli también dejaron su huella en el tanteador, mientras que Lanza y Roselli aportaron un gol cada uno. Mario Domingo Rachi descontó para el conjunto visitante, y Taverna, tras un primer tiempo soñado, coronó la jornada con dos festejos más que lo consagraron con marcas históricas.

Argentina, Messi, Maradona. Tierra del tango, de los pibes y de las mejores palabras del mundo. El equipo del puerto bahiense tuvo un paso fugaz y difícil por la máxima categoría. El plantel, con un promedio de edad de 23 años, quedó marcado por aquella campaña. Ingeniero White, su ciudad, es conocida como “La Boca de Bahía Blanca” por las casas de chapa y su vida ligada al puerto y al polo petroquímico. Hoy el club, con unos 800 socios, mantiene disciplinas como fútbol, básquet, patín, boxeo, futsal, jazz, atletismo y bowling.

A lo largo de los años rechazó participar en el Torneo Federal por los altos costos que pondrían en riesgo su frágil economía, y está lejos de los tiempos en que su nombre entró en los libros del fútbol argentino.

Puerto Comercial fue uno de los protagonistas de un récord que, hasta el momento, sigue intacto en la historia del deporte más argentino de todos. Argentina. El fútbol, los hinchas, las banderas, la pasión y la redonda. Ojalá la redonda nunca se canse de rodar por las calles argentinas.

Juan Pablo Zárate Fagiuoli: “Ser el máximo goleador de la Primera B Metropolitana es algo que me llena de orgullo”

Por Gonzalo Dipiazza

El delantero vive uno de sus mejores momentos en Excursionistas y revela su preparación antes de los partidos, y que la constancia es la clave.

Juan Pablo Zárate Fagiuoli, actual delantero del Club Atlético Excursionistas, se expresa con la tranquilidad de quien sabe que su carrera se caracteriza por la constancia y la exigencia. Del Barrio Alberdi cordobés al ascenso porteño, con experiencias en dos equipos venezolanos, los cuales formaron parte de un aprendizaje para lograr el rendimiento que está demostrando en la Primera B Metropolitana. Él se define como uno más dentro de la cancha, pero no deja de ser la clave para que su equipo esté peleando el ascenso a la Primera Nacional, siendo el séptimo en la tabla anual con 46 puntos.

“El Tanque”, como es apodado desde sus formativas en Belgrano de Córdoba por su contextura física y su altura de 1,80 metros, relató que recibió ese sobrenombre debido a que su entrenador no recordaba algunos nombres, pero que su potencia y robustez hicieron que perdure hasta el día de hoy. Es fuerte y potente, aunque no muy ágil, pero dejó en claro que trabaja duro para que las cosas se den como desea y que hay un compromiso y preparación interna: “Me predispongo para jugar todos los partidos, ser titular y ser el goleador. Algo que me gusta en especial es la competitividad entre compañeros; las ganas de jugar de cada jugador motivan al resto a dar lo mejor de sí”, declaró.

Zárate, quien desde el punto de partida soñaba con ser futbolista profesional, empezó su carrera futbolística en las canchas de sintético, lo que en Buenos Aires sería “baby fútbol”. Sus referentes en la delantera eran Ignacio Scocco y Martín Palermo, de quien admira el espíritu competitivo, tanto que incluso lo lleva tatuado.

—¿Cómo fueron tus inicios en el deporte? ¿Hiciste amateur? ¿Siempre tuviste en mente ser jugador profesional?
—A mis 8 años empecé en Universitario, un club de barrio, pero en Belgrano es donde tuve mejor formación y terminé debutando. El objetivo siempre fue creer en grande. Como todo niño, quería jugar en Primera y en la Selección Argentina.

El sueño de un pequeño niño comenzó a dar frutos para “El Tanque”, que lo llevó por el ascenso argentino e incluso fuera del país. El sonido de los autos y colectivos que pasaban por las cercanías del Coliseo de Bajo Belgrano no interfirió con el tono de emoción con el que repasó su paso por Venezuela, donde encontró desafíos y gloria: “En Zamora fue especial porque no habían ganado nunca un título de liga y, a seis meses de mi llegada, pudimos festejar y eso me marcó mucho. En Monagas viví una semifinal inolvidable contra Zamora: no hice goles, pero sí dos asistencias que fueron claves. Esos partidos son los que me hicieron sentir importante”, narró sobre sus tres años en ese país sudamericano.

—Si tuvieras la oportunidad de mandarte un mensaje a tu ‘yo’ de 18 años, ¿qué le dirías?
—Le diría que no cometa errores de los que hoy me arrepiento, que piense mejor las decisiones y actúe con la madurez que tengo ahora. A su vez, todo fue parte de un proceso necesario para crecer. Siendo de los más grandes del plantel, aconsejo a los más jóvenes para que no repitan esos mismos errores.

Zárate disfruta y se enorgullece de su presente en Excursionistas, con una racha goleadora de 16 goles en 34 partidos. Definió: “Es gratificante poder decir que soy el máximo goleador, me pone contento. A veces no estoy bien posicionado en la cancha, o no tengo la suerte de que me quede la pelota cómoda, pero es un conjunto de cosas; mantengo esa marca gracias a mis compañeros, que hacen el esfuerzo para que pueda seguir anotando”. Es importante dentro del equipo por su capacidad goleadora, pero no percibe que por ello sea más valioso que sus compañeros.

Agustín Minnicelli, del golpe a la oportunidad: “La Copa Potrero fue un arma de doble filo”

Por Gonzalo Dipiazza

Agustín Minnicelli, nacido en el año 2000 y oriundo de Villa Lugano, provincia de Buenos Aires, es actual jugador del Club Atlético Brown de Adrogué, de la Primera B Metropolitana del fútbol argentino y, con tan corta carrera, tuvo experiencias internacionales en dos clubes sudamericanos, un logro personal en uno de esos equipos del exterior y una enseñanza luego de su etapa en el Club Comunicaciones.

Desde pequeño, Agustín sintió una conexión con el fútbol. A sus 4 años, como muchos niños a esa edad, comenzó su interés por la pelota; le gustaba hacer pases en la vereda o en cualquier rincón donde hubiese una pelota. Con el transcurso de los años, comenzó a juntarse en el barrio con sus amigos: “Recuerdo que para entretenernos hacíamos el ‘25’, o también jugábamos a las escondidas. Esa motivación me llevó a anotarme en baby fútbol, donde empecé mi recorrido como mediocampista”.

“En 2010 me probé en el Club Atlético Boca Juniors, cancha de once; fue un salto enorme”. La adaptación fue un desafío para él, pero no bajó los brazos y mantuvo constancia y disciplina. Disputó torneos regionales en algunas ocasiones y el campeonato de aquellas temporadas. Tras dos años, decidió cambiar de aires y se probó en Argentinos Juniors, club que, al igual que en el “Xeneize”, le brindó apoyo, enseñanzas y afecto por parte de entrenadores y cuerpo técnico. En el “Bicho” fue donde descubrió que su lugar en la cancha era defensor.

Seis años más tarde, quedó seleccionado en la reserva de Huracán tras superar una prueba. Su crecimiento fue constante, por lo que tenía fe en formar parte del primer equipo. Sin embargo, la pandemia de COVID-19 en 2020 pausó sus aspiraciones, una pandemia mundial que frenó las actividades en todo el mundo: “A pesar del encierro, no dejé de entrenar por mi propia cuenta para no perder ritmo”, demostrando una vez más su compromiso con el deporte.

La vuelta a las canchas fue a inicios de 2021, un año que lo dejó marcado. La constancia y la resistencia tuvieron recompensa: en junio le llegó la oferta del Club Alianza Universidad de Huánuco, de la Liga 1, Primera División de Perú. La propuesta fue un préstamo por seis meses, hasta fin de año. Allí cobró su primer sueldo como jugador profesional y se vio convencido de su traspaso al equipo peruano para sumar minutos y una nueva experiencia.
El 4 de agosto de aquel año llegó el día que tanto había soñado: fue su debut absoluto en Primera División. La sensación esa semana fue de nerviosismo y entusiasmo al mismo tiempo. Primero la convocatoria repentina y luego saber que iba a sumar sus primeros minutos y, encima, como titular: “Estoy agradecido por la chance que me dieron, fue un momento inolvidable”. Llegó a disputar cinco encuentros, pero rescató que cada uno de ellos le sirvió para ser quien es hoy.

Los primeros dos meses en Perú fueron duros: llegó solo al país y con la estadía se encontró con una soledad que no había sentido: “Soy muy familiero y, por ello, dos meses más tarde mi hermano mayor viajó a apoyarme y sentí alivio”. Más allá de hacer el viaje por cuenta propia, le sirvió de experiencia y le otorgó aprendizajes de vida.

Tras un breve paso por Sacachispas, le surgió la propuesta de emigrar a Venezuela, al Rayo Zuliano de la Liga FUTVE, club que mostró interés por sus servicios. Así que aceptó este nuevo desafío y encaminó viaje a Maracaibo para vestir los colores azul y amarillo. Su adaptación fue más sencilla, tras haber tenido la experiencia en otro club del exterior. En esta ocasión, pudo viajar con su familia, su novia e hijo de cinco meses. “Lo más lindo de Venezuela fue que pude hacer pasar a mi familia al estadio, y que mi nene, de cinco meses, me viera jugar por primera vez. Eso me lo guardo para siempre”.

Con el gran esfuerzo de la temporada, consiguió su primer gran hito: la clasificación a la Copa Sudamericana 2024. “Para mí significó mucho, porque fue la primera vez que pude hacerles regalos a mis padres, a mi hermano, y pude ayudar económicamente a quienes me apoyaron desde el inicio”.

Una vez más en Argentina, llegó con su pase libre al Club Comunicaciones de la Primera B Metropolitana, con el cual firmó contrato por doce meses: “El objetivo era claro, pelear el ascenso. Estaba ilusionado, aunque la realidad es que jugué poco, apenas dos partidos y un gol”.

En noviembre de 2024 tomó una decisión que marcó un punto de quiebre. Participó en un torneo amateur organizado por el exjugador Sergio “Kun” Agüero, la “Copa Potrero 2024”. Una competencia de fútbol 7 que reunió a equipos de barrio formados por exjugadores profesionales, futbolistas en actividad e influencers, que combinó el fútbol amateur con una organización profesional y premios significativos. Tuvo cobertura periodística por parte de ESPN y Disney+, lo que generó mayor visibilidad. Formó parte del equipo “Picapiedras” y anotó un gol, lo que provocó un llamado de atención de los clubes. Cuando Comunicaciones se notificó de que estaba compitiendo, se comunicaron con él y fue apartado. Le informaron que iban a rescindir su contrato por violación de disciplina: “La Copa Potrero fue un arma de doble filo. Me encantó jugarla porque me devolvió las ganas de competir, pero también me costó el contrato en Comunicaciones. No pedí permiso, fue poco profesional, y sufrí las consecuencias. Ese error me dolió, porque tenía la renovación casi acordada. Pero al mismo tiempo me sirvió para no frenar hasta conseguir un nuevo club”.

En 2025 recibió la oferta de Brown de Adrogué, donde juega actualmente, y fue uno de los doce refuerzos que tuvo el club tras su descenso en 2024, proveniente de la Primera Nacional. “Llegué a Brown para aportar al equipo y seguir creciendo como futbolista”. Las aspiraciones que tienen son ascender de categoría lo más rápido posible y pelear el campeonato de punta a punta. Él se tomó con compromiso y disciplina su llegada y demuestra por qué está donde está, yendo todos los días al gimnasio, cuidándose con la alimentación y trabajando día a día, ya que sabe que el puesto uno lo pelea semana a semana; hay mucha competencia entre los defensores: “Por suerte, suelo ser titular. Pero sé que no tengo el lugar asegurado”.

Fuera de las canchas, Agustín tiene una vida equilibrada. Le gusta ir al gimnasio, disfrutar tiempo con su familia, salir al cine o pasar una tarde en la plaza. La familia es un pilar fundamental para él, tanto en lo emocional como en su carrera deportiva. Siempre valora cada compañía y esfuerzo que tuvieron sus padres con él y ahora cuida de su novia e hijo. Dio un valioso mensaje para los jóvenes que, como él alguna vez, sueñan con vivir del fútbol. Lo dice con la tranquilidad de quien recorrió un camino con experiencias fuera del país y en el ascenso y con la pasión de quien aún lo transita: “Hay que estar firmes, si sabés lo que querés, vas a lograrlo”.

Un deportista sólido mentalmente, que nunca se rindió, que siempre lo soñó de esta manera, alcanzó lo que más quería en la vida: ser futbolista profesional. “No siempre vas a gustar, no siempre te van a dar la oportunidad, pero esto es un camino de resistencia. Lo más importante es rodearse de buena gente, tener a la familia cerca. Y, sobre todo, seguir creyendo en uno mismo”.

¡Lobo está! Gimnasia de Mendoza es de Primera

Por Santiago Peñoñori

El estadio Ciudad de Vicente López fue el anfitrión de una fiesta federal. A las 17 del 11 de octubre de 2025 comenzó a rodar la pelota y las más de 20.000 almas que concurrieron a la definición empezaron a jugar su partido. Por un lado, los hinchas de Deportivo Madryn que recorrieron 1.300 km para llegar y que, en muchos casos, encontraron la excusa perfecta para verse con sus familiares chubutenses que viven en la Capital; por el otro, los seguidores de Gimnasia de Mendoza que viajaron unos kilómetros menos, pero igual superaron el millar, con la convicción de que se llevarían el triunfo. “Esta no se nos va a  escapar”, decían en la previa. Más de uno se emocionó pidiéndole a San Víctor que les regale la victoria. Un santo pagano que, por lo que cuentan, con la pelota hacía maravillas y que fue tan grande para el Lobo Mendocino que el estadio lleva su nombre, el Víctor Antonio Legrotaglie.

El inicio fue parejo y el estilo de cada uno de los equipos era claro: el Lobo tenía mayor volumen de juego gracias a Nicolás Romano, Facundo Lencioni y algunas intervenciones de Nicolás Servetto, mientras que los dirigidos por Leandro Tano Gracián confiaban en la capacidad de lucha de sus centrodelanteros Germán Rivero y Luis Silba, y en los enérgicos volantes que estaban dispuestos a pescar toda segunda pelota cercana al área rival. Entre ellos estaba Nazareno Solís, figura de los patagónicos, que enfrentaba a su exequipo con el que había perdido una definición por el ascenso hace menos de un año contra San Martín de San Juan. La pierna fuerte fue moneda corriente durante el primer tiempo, aunque el VAR no tuvo que actuar precisamente por ello. Nicolás Ramírez, el árbitro designado para dirigir el encuentro, tuvo que recurrir a la videoasistencia para anular dos goles de los dirigidos por Ariel Broggi. Uno por mano de Matías Muñoz luego de un córner y otro por un control de Nicolás Servetto con el brazo en la jugada previa a una brillante definición de Romano. 612 partidos sin VAR y uno con él. La medida es extraña ya que, por ejemplo, los jugadores acostumbran durante todo el torneo a convertir el área en un ring de lucha libre.

El segundo tiempo comenzó con Deportivo Madryn como principal protagonista ganando metros en la cancha y acechando al Lobo, que dependía de alguna corrida aislada de sus delanteros. El premio para el Aurinegro llegó a los 32 minutos después de un centro magistral de Solís que encontró la cabeza de Luis Silba y el 1 a 0 con Ley del Ex incluida. “Silba no venía metiendo una. Es toda del técnico esta”, comentaban en la tribuna, mientras se frotaban las manos pensando en el festejo que se vendría. Lo que siguió fueron minutos en los que los dirigidos por Gracián manejaron la diferencia como si jugaran esta clase de partidos todos los fines de semana, pero Lencioni tenía guardado algo. Un jugador que levantó mucho su nivel en el segundo tiempo y que cuando la pelota era una bola de fuego decidió hacerse cargo de ella junto a Luciano Cingolani que ingresó desde el banco. En el ocaso del partido, a los 46 minutos, el número 11 aprovechó el hueco que quedó entre volantes y defensores del Aurinegro, recibió al borde del área y remató al arco, con la fortuna de que lo que obstaculizó su remate fue un brazo de Alejandro Gutiérrez, defensor de Deportivo Madryn que estaba dentro del área. Ramírez cobró penal y por un momento la tribuna Roberto Goyeneche enmudeció. La ejecución de Lencioni fue desfachatada: cruzó el remate de zurda arriba y como si nada estuviera en juego salió corriendo a festejarlo entre risas. El partido se iba a suplementario.

El tiempo extra comenzó con un gol anulado por fuera de juego al Depo a los 20 segundos y continuó con el Pituco buscando el gol por todas las vías posibles. Las piernas ya pesaban demasiado y todo lo que sucediera luego de los 90 minutos iba a ser heroico. Por si fuera poco, se hizo presente un nuevo actor en Vicente López: la lluvia. Nadie la llamó pero fue especial para cargar de emotividad el momento. La prórroga terminó empatada y todo se decidiría desde los 12 pasos.

En los penales, el experimentado arquero de 38 años Cesar Rigamonti fue figura al atajar los dos primeros penales y ver cómo el tercero pegaba en el travesaño. Yair Bonín, por su parte, no pudo detener ninguno de los tres penales que patearon Cingolani, Lencioni y Federico Recalde. El Lobo se consagró campeón y volverá a jugar en Primera después de 41 años.

La emoción les hizo perder el juicio a todos los hinchas de Gimnasia de Mendoza que invadieron la cancha. El festejo fue un estallido de felicidad descontrolado. Algunos hinchas del cuadro mendocino festejaron la victoria de cara a los derrotados que, por suerte, no reaccionaron. La gente estaba dispuesta a todo para quedarse con alguna prenda de los nuevos héroes de la historia del Lobo, que probablemente se enfrentarán a su clásico Independiente Rivadavia el año que viene. Los hinchas de Deportivo Madryn se retiraron sin consuelo, sabiendo que se les había escapado una chance única, aunque siguen en carrera porque tendrán revancha en el Reducido. La definición del primer ascenso no fue apta para cardíacos. El fútbol no sirve para nada. El fútbol es genial.

Russo, la despedida de un fútbol que no entiende de colores

Por Juana Lusin Santafé, Morena Politi y Lara Mileo

El silencio en la Bombonera no es habitual. Es un estadio hecho para gritar, para cantar, para desgarrarse las cuerdas vocales. Pero hoy, desde temprano, el murmullo, el llanto y la tristeza se volvieron protagonistas de la despedida de Miguel Ángel Russo, quien dijo adiós al mundo en su casa a los 69 años.

En el hall de entrada, el camino de coronas dejadas por los clubes abre paso al féretro, que está rodeado por sus familiares, camisetas, pelotas y un sinfín de flores. Nadie habla fuerte, solo se escuchan pasos sobre el suelo de aquel lugar donde tantos triunfos fueron festejados. Cada tanto, el sonido de la respiración entrecortada y algunos sollozos rompen la monotonía del silencio. 

A pocos metros del ingreso está María, hincha de Boca, con un ramo de flores amarillas. “No lo conocí en persona, pero crecí viéndolo en el banco. Era parte de nuestras alegrías”, dice y continúa en la fila que lleva al interior del estadio.

Los hinchas pasan despacio, algunos se persignan con la señal de la cruz, otros apoyan sus manos en su pecho y cierran los ojos, como pidiendo esa paz que transmite el lugar. Los que están acompañados se abrazan y continúan así hasta la salida, usando de sostén a su compañero.

La calle Brandsen está llena de hinchas de diferentes clubes: de Rosario Central, Estudiantes de La Plata, Vélez y hasta algunos de Avellaneda, lugares donde Russo dejó su huella sin importar los colores. Por unas horas, el fútbol tuvo una sola camiseta. Entre todos entonan canciones de Boca, con esa pasión que caracteriza a la hinchada. “Muchas gracias Miguelo, muchas gracias Miguelo”, se escucha una y otra vez, como si el canto intentara devolverle una última ovación. 

Entre los hinchas también está Pablo, de Rosario Central, que viajó desde su ciudad para darle el último adiós al técnico, a quien tenía una sola cosa para decirle. “Gracias por enseñarnos que aunque el rival sea más grande siempre tenemos que luchar y no rendirnos ante el primer resultado porque siempre se puede salir adelante”, remarca.

Cuando cayó la tarde, con la brisa del viento y esa temperatura tibia que marca que la primavera ya empezó a hacerse sentir, una escena conmovió a los que aún estaban cerca del estadio: entre las vallas que rodean a la Bombonera, aparece un hombre, destrozado y con lágrimas en sus mejillas. Camina despacio, con la mano sobre el pecho, como si el corazón le latiera tan fuerte que amenazara con salirse del cuerpo.

Al final del pasillo de vallas, donde el murmullo de la gente vuelve a aparecer, un grupo de hinchas con camisetas de Estudiantes, Vélez y Boca lo recibe. Nadie dice nada, no hace falta. Lo rodean en silencio, mientras uno de ellos le da un abrazo largo y sincero, de esos que no necesitan explicación. 

Imágenes como esas marcaron el día: son una muestra más de lo que el fútbol puede generar más allá de los colores. Porque en ese abrazo, donde ya no importan los escudos ni las canciones, está el verdadero sentido de pertenencia que Miguel Ángel Russo había querido dejar como legado.

 

Manu Ginóbili: el sexto hombre que cambió el básquet para siempre

Por Ezequiel Argento y Pablo Maximiliano Zubiri

Emanuel “Manu” Ginóbili no solo fue un campeón dentro de la cancha: fue un revolucionario. El bahiense transformó la manera en que el básquet entiende el rol del “sexto hombre”, ese jugador que no comienza los partidos como titular, pero que cambia el ritmo, el espíritu y hasta el resultado del juego. Su paso por los San Antonio Spurs y la NBA marcó un antes y un después en la concepción del equipo moderno.

Cuando Gregg Popovich decidió que Manu saliera del banco, muchos pensaron que era un desperdicio. Pero el argentino convirtió ese papel en un arte. Su ingreso traía energía, creatividad y una lectura única del juego. En lugar de sentirse relegado, asumió el desafío con humildad y mentalidad ganadora. Desde ese rol, Ginóbili fue cuatro veces campeón de la NBA, elegido Mejor Sexto Hombre en 2008 y pieza clave de una dinastía que redefinió el juego colectivo.

MANU GINÓBILI ENTRÓ AL SALÓN DE LA FAMA DE LA NBASu impacto trascendió los números: inspiró a una generación entera a entender que el liderazgo no depende de los minutos iniciales, sino de la influencia real sobre el equipo. El “Manu modelo” mostró que se puede brillar sin ser el protagonista principal del show, que el talento se mide también en la entrega, la inteligencia y la generosidad. En el 2008 una temporada después de conseguir su tercer anillo gano el premio al mejor sexto hombre de la temporada y hoy en día muchos especialistas lo consideran el mejor suplente de la historia.

En la selección argentina, su juego competitivo llevó a la Generación Dorada a conquistar el oro olímpico en Atenas 2004 y a dejar una huella imborrable. En la NBA, su legado se refleja en jugadores que hoy asumen con orgullo el rol de sexto hombre, entendiendo que desde el banco también se puede cambiar el juego.

La muestra de grandeza de Ginóbili en Atenas 2004 | Basquet PlusManu Ginóbili no solo ganó títulos. Cambió una mentalidad. Su forma de jugar, arriesgar y reinventarse convirtió al básquet en un deporte más abierto, más creativo y más humano. El sexto hombre ya no es un suplente: desde Manu, es el motor invisible que puede transformar cualquier partido.