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Para los coleccionistas, con amor

Por Conrado Maguna Martorell

Los gritos de gol se coleccionan en la memoria de las cuerdas vocales de cada hincha. Se inmortalizan en el recuerdo de un pueblo, quedan flotando en el tejido social, como un gran cabeceador antes de que su parietal impacte a la pelota.

A su vez, tardes y noches como las de Atlanta y Buenos Aires, de oídos aturdidos y gargantas desgastadas, de tiempos que se saben únicos y que cuanto más lo son, más se escurren de las manos, pasan a la eternidad mediante la impresión, para el festejo de quienes no solo juntan goles, sino que también siguen comprando diarios, o los coleccionan.

Hace 40 años había sido “No llores por mí, Inglaterra” (El Gráfico), “Argentina dejó atrás a Inglaterra” (Clarín), “El fútbol le puso una sonrisa al país” (La Capital), “Maradona bombardeó a Inglaterra” (Panorama, de Venezuela), “Maradona derrotó a Inglaterra” (Marca, España), o “Maradona fue la diferencia” (La Afición, México).

Para las tapas enfocadas en la histórica jornada de Georgia, los medios vigentes tuvieron una oferta de imágenes que seguramente dificultaron su decisión: el festejo de los jugadores argentinos con la bandera de “Las Malvinas son argentinas”, Lionel Messi celebrando su tercer pase a una final del mundo, o Lautaro Martínez luego de medir su acrobacia y saltar.

No fue un reparto más, sin dudas. Los canillitas llevaron, durante la mañana del día después, páginas más que especiales de la vida moderna del periodismo argentino. Repartieron hojas que en décadas cobrarán un valor inconmensurable para cada archivo.

El Diario Olé, la principal edición deportiva, tituló “La Manija de Dios. ¡Argentina finalista!”, mientras la selección llevaba en alzas a su capitán. Fiel a su estilo creativo, jugó con la Mano de Dios, a cuatro décadas de aquel hito, con el mismo rival y color de camiseta.

En cuanto a las tiradas de información general, Página|12 escribió “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, tal como reza el tema adoptado por el combinado nacional, y que explotó en el cancionero popular al ritmo de “No me arrepiento de este amor” de Gilda. Messi de espaldas, Facundo Medina con pechera y esperándolo para encerrarlo en un abrazo y un grito eufórico, fue la imagen elegida.

Clarín siguió la línea de la presencia del máximo goleador de los mundiales en su tapa, aúpa de un Enzo Fernández que hacía el Topo Gigio. “Milagro con fútbol. Ahora por la cuarta”, aseguró. Y un detalle que no todos concretaron: un recuadro con la foto de los festejos del combinado con el trapo que se convirtió en leyenda cultural de un deporte riquísimo en folklore: “Bandera por Malvinas pese a la prohibición”, acompañó a la imagen.

Eso en referencia a la ridícula decisión de vetar del estadio todo tipo de tela que reclamara por las Islas. El gobierno libertario fue en contra de los intereses nacionales accediendo a la reglamentación en perjuicio de la soberanía y la construcción del sentir nacional. Las banderas no odian ni provocan: expresan, identifican, piden justicia, hacen patria y ponen en práctica la memoria, algo, paradójicamente, olvidado desde Balcarce 50.

Crónica no dejó pasar una de las celebraciones que pasó a ser de las más recordadas del fútbol argentino. Leo subido a los hombros del autor del primer tanto, “¡Plantó bandera!”, y la escena más famosa del post partido en la esquina inferior izquierda.

Diario Popular repitió la receta: Enzo y Leo. “¡Con fútbol y huevos vamos por la cuarta!” como título. La icónica bandera en el recuadro superior izquierdo y “Malvinas siempre estuvo”.

Perfil se animó a ir un poco más allá: “Barriletes cósmicos” fue la frase que recuperó aquella otra con la que Victor Hugo Morales le puso sonido al gol del siglo de Diego Armando Maradona (cabe destacar que el excelso relator no pudo narrar esta semifinal). Apuntando a lo colectivo, la imagen principal fueron jugadores como Lautaro, Julián Álvarez y Cristian Romero abrazados, mientras que Messi fue incluído en una foto pequeña lateral.

La diferencia la hizo sumando la noche del Obelisco a su tapa, subrayando que “fue el lugar de mucho más que un festejo”. También sumaron al plantel sosteniendo la bandera de la desobediencia: “Un recuerdo en clave política que trascendió al deporte”, fue el epígrafe.

Siguiendo el recorrido, La Nación sentenció “Finalistas heróicos”, con Messi sobre Fernández. Sin mención al archipiélago, pero sí al conflicto entre Estados Unidos – Irán.

Poca nación.

 

En cuanto a algunos regionales, La Capital de Mar del Plata comentó “Heroico”, cortito y al pie. La Capital de Rosario fue con “Argentina, a la final tras una histórica remontada frente a Inglaterra”. Enzo y la Pulga se llevaron todos los flashes. La Voz de Córdoba individualizó con Messi y la frase “¡A la final!”, mientras que El Ancasti de Catamarca mencionó explicitamente la guerra y tituló “¡Malvinazo y a la final!”.

Los diarios ingleses sufrieron la derrota, y llevaron ese sentimiento a sus portadas. The Sun se publicó con “Wonderbawl”, jugando con el tema “Wonderwall” de Oasis, y la traducción del verbo llorar a gritos. Harry Kane, Jude Bellingham y Jordan Pickford fueron los protagonistas elegidos para la venta, con gestos de tristeza y dolor. Un detalle: debajo del nombre del diario, dejaron sutilmente el mensaje “¡Vamos España!”.

The Mirror sentenció “Destrozados”, con Bellingham en cuclillas procesando las consecuencias del malón del equipo de Scaloni. “Humillados por Messi”, afirmó The Daily Star, mientras Leo saluda a Kane. The Daily Telegraph fue con “Se terminó el sueño mundialista de Inglaterra”; The Guardian colocó “Cambio y fuera”, con la particularidad de que no aparece ningún futbolista en toda la tapa, sino una imagen de sus hinchas en la tribuna del Mercedes Benz Stadium. Daily Express subrayó “La agonía de una espera interminable”, a 60 años del único campeonato mundial para su selección.

Repasando los diarios de España, próximo rival de Argentina, Marca tituló “La final más bonita del mundo”, sosteniéndose en la confirmación del duelo entre los vigentes consagrados del mundo y Europa. Mundo Deportivo, de Catalunya, aseguró “Final brutal”, con Messi como lógico protagonista de su tapa. Fue muy similar lo que hizo Sport, de la misma región: “¡De locos! Final contra Messi”, con el astro celebrando.

L’Equipe de Francia fue con “Los inmortales”, mientras que el rosarino se encargó de llenar la portada de magia. La Gazzetta dello Sport, de Italia, quebró con la monotonía del capitán, y Lautaro Martínez se llevó la tapa del diario deportivo más importante de ese país: “Lautaro de Dios”, mientras el delantero gritaba el gol que hizo con la testa.

Enzo Fernández: el gol a Inglaterra con una asistencia especial 

Por Juana Lusin Santafé

“Hacé lo que vos quieras, Lionel. Pero por favor pensá en quedarte”. Eso escribió un chico de 15 años en 2016, cuando Lionel Messi anunció que iba a dejar la Selección Argentina tras perder la final de la Copa América ante Chile. Ese chico era Enzo Jeremías Fernández. Lo que no se imaginaba en ese momento era que, apenas seis años después, compartiría la cancha con el jugador al que le suplicaba que no se fuera y levantaría junto a él la Copa del Mundo. Y menos que, una década más tarde, sería el propio Messi quien le daría el pase previo a uno de los goles que volvería a clasificar a la Argentina a una final mundialista. 

Y no fue en cualquier partido. Fue en uno de esos encuentros en los que la camiseta carga con recuerdos, emociones e historias que ninguna generación termina de soltar. En los que cada gol encuentra un significado que va mucho más allá del resultado: Argentina vs Inglaterra. El partido estuvo a la altura de todo lo que representaba. Cerrado, friccionado, de esos en los que cada pelota parecía valer un poco más. Hasta que, a los 55 minutos, llegó el gol de Anthony Gordon para poner en ventaja a los ingleses. 

El reloj no se detenía. Argentina insistía, pero el empate no llegaba. Los minutos pasaban y el resultado seguía a favor de Inglaterra. Hasta que el cronómetro marcó los 84. Messi encontró a Enzo Fernández unos metros afuera del área y el mediocampista sacó un derechazo cruzado. De esos que los abuelos le cuentan a sus nietos años más tarde.  

El empate hizo mucho más que cambiar el marcador: premió la insistencia de un equipo que nunca dejó de buscar. 

Los goles de la victoria son los que suelen quedarse con las portadas. Pero pocas veces se habla de los que llegan cuando el tiempo empieza a jugar su propio partido. Porque hay goles que no aseguran una

clasificación, pero sí hacen posible soñar con que exista. El de Enzo pertenece a esa categoría. Fue el punto de inflexión de una semifinal que parecía necesitar un golpe para cambiar de rumbo. 

Y también fue una respuesta. Durante sus últimos partidos, las comparaciones con el Fernández de Qatar 2022 se hicieron inevitables. Su rendimiento quedó bajo la lupa esperando volver a ver a aquel mediocampista que irrumpió con apenas 21 años. Y frente a Inglaterra volvió a aparecer. 

Además, como si la noche ya no tuviera suficientes guiños, Enzo eligió jugar esta semifinal con los mismos botines dorados que lo acompañaron en la conquista de Qatar 2022. No explican un gol ni cambian un partido, pero sí cuentan una historia: la de un jugador que volvió a confiar en aquello que alguna vez lo llevó a tocar el cielo; y que respondió para clasificar a una final del Mundo en el mismo estadio en el que años atrás, el 10 anunciaba su retiro. 

A veces el fútbol tiene esas historias que parecen imposibles de escribir. Un chico que le escribía a Messi desde la admiración terminó compartiendo sus sueños dentro de una cancha. Un jugador que alguna vez pidió que no se fuera terminó recibiendo de él la pelota que cambió el destino de una semifinal. Porque diez años después de aquel pedido, Messi seguía ahí. Y Enzo también. Ya no como un hincha espectador, sino como uno de los protagonistas. 

Hay cosas que parecen escritas por el destino mucho antes de que sucedan. 

No hay victoria futbolística que represente más a la patria

Por Julieta Landriel Esquivel

No era solo fútbol. Lo sabían los jugadores, el cuerpo técnico, y toda la hinchada argentina desde cada rincón del mundo. Lo supo Diego Armando Maradona antes y después de hacer dos goles en los cuartos de final del Mundial de México 1986. Y lo dejaron en claro el miércoles los ciudadanos de Buenos Aires, cuando desde el pitazo final hasta varias horas después, colmaron el Obelisco como si hubiesen salido campeones. Como si después de ganarle a Inglaterra no existiera nada más.

Caminar por la Avenida Corrientes en su única dirección el 16 de julio de 2026, equivalió a todas las metáforas relacionadas con la felicidad. Cortada desde Ayacucho, La calle que nunca duerme estaba más peatonal que nunca. Empezar a ver el Obelisco a lo lejos, generaba lo mismo que la Playa Varese, en Mar del Plata, cuando deja de ascender Colón y todos sacan los celulares para grabar la aparición de la costa. Despertaba el sentido de pertenencia por la bandera nacional, que efectivamente aviva en la época de Mundiales. Y más todavía con esta Selección.

Al llegar a la intersección con Libertad, las rejas que cortaban la calle no frenaron a la gente, la desviaron. Los que caminaban del lado derecho, rodeaban la manzana por la esquina de la hamburguesería El Desembarco. Y los de enfrente, por la de Chicken Chill, para terminar ambos en la 9 de Julio. El mapa de ruta no era la masa de gente caminando, si no aquel “Shhh” más fuerte que los bombos. Ese que pide un minuto de silencio para el país derrotado. Esta vez por los goles agónicos de Enzo Fernández (que de haber sido un minuto después, entraba en el 86’) y Lautaro Martínez, contra uno de Anthony Gordon.

El humo de las parrillas secaba los ojos y opacaba la visión. Igual que afuera de una cancha en la previa de los partidos de Liga. No solo había choripán, vendían hasta vacío, con una variedad de salsas y aderezos que sorprendía. Y entre toda la multitud de camisetas, resaltaban las de San Martín, Deportivo Madryn, Unión, Quilmes, la del Comité Olímpico y otras de deportes diversos. Incluso una versión en fucsia de la remera titular de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino).

Tres metros de altura por encima del piso, hasta había más movimiento. Una mujer sentada en el cartel nomenclador de Corrientes y Cerrito. Personas colgadas en los postes de luz, que a excepción de los que llegaron temprano y los vieron trepar, nadie entiende cómo subieron. La publicidad de McDonald’s, con un único mensaje: “Finaaaaaaaal”. Silbidos agudos por las cañitas voladoras. La pantalla LED de información vial, que después de cada partido le agradecía a la Selección, y ahora pudo finalmente poner “Argentina a la final”. Como el 13 de diciembre de 2022.

“Me parece bien el cambio porque contra Suiza no tuvo un buen partido”, debatía un padre con su hija sobre la salida de Rodrigo De Paul del equipo titular y el ingreso de Giuliano Simeone. Ya con la tranquilidad de haber ganado. “Yo congelé al arquero de ellos”, contaba una chica con su grupo de amigas. “Quedó un vino en tu casa, deberíamos haberlo traído”, decían otros al pasar, pensando en que probablemente se quedarían horas ahí. Y mientras, derretían el borde de media botella de Cola Cola cortada. Aunque la mayoría llegaba con ese vaso ya hecho. Todo musicalizado tanto por la gente (que entonaban que “España tiene miedo”, que “el que no salta es un inglés”, y que hay que ganar “por Malvinas, por el Diego, y por la última de Leo”), como por los parlantes (que hacían sonar “El pibe cantina”, “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, y “La cumbia de los Trapos”, entre otras).

Alrededor del monumento histórico, también enrejado, todos esperaban para poder subir. Estaba iluminado de celeste y blanco. Y de unas letras proyectadas que aparecían y desaparecían e incitaban a la gente a saltar (como la canción manda). Con esa vista, difícil de redireccionar por la llamativa casaca de un hincha de Deportivo Morón, se escuchaba el Himno Nacional Argentino. Cantado como un grito de guerra por los 26 futbolistas en Atlanta antes del partido, y como un desahogo durante los festejos.

Y cuando los que aparecieron primero se estaban yendo, para dar paso a los que viven lejos y recién llegaban a las 21, una nube fugaz rebalsó de lluvia, en movimiento hacia la gran multitud. Nunca fue tan lindo dejarse empapar. Dio pie a otra canción, que no hace falta citar. Y nadie se tapa ni se va. El único que se preocupa es Claudio Pampillón, un artista callejero que dibujaba en el suelo al Barrilete Cósmico con un casco de guerra, y con tiza escribía que “ojalá fuera solo fútbol”.

En la entrada del Hotel Ibis, varios extranjeros bajaron a mirar. “Los argentinos están locos”, dijo uno en forma de halago. Y saltaron cuando un grupo de argentinos los incentivó. A un par de metros un grupito de nenes levantaba un cartel que ofrecía pintar la cara a precio voluntad. En el éxtasis del momento, muchos se detenían a poner su aporte y dejarse manchar la cara de celeste y blanco. 

Unos pasos más adelante (a la altura del Colegio Público de la Abogacía de la Capital), una familia sostenía una bandera que no podía faltar: “Para el Perú, las Malvinas siempre serán argentinas”. Disfrutaban como todos, y sonreían para cada foto que les sacaban al pasar. Casi lo mismo decía el trapo que estiró Giovani Lo Celso en el césped del Mercedes-Benz Stadium. Y aunque la FIFA había advertido a los hinchas que si entraban con cualquier tipo de simbolización o mensaje sobre aquella guerra, no podrían ingresar, el dolor de un país decidió saltarse la regla.

El deporte a fin de cuentas, trasciende cualquier religión, ideología, o cuadro de fútbol. Y lo que afuera del territorio confunden con vanidad, la gente grita que es orgullo de haber nacido en Argentina. 

Las amenazas a Campaz reavivan el recuerdo de Andrés Escobar 

Por Valentín Mazzini

Jáminton Campaz recibió fuertes amenazas luego de la eliminación de Colombia ante Suiza por los Octavos de final del Mundial 2026 y esto volvió a encender una alarma en el fútbol colombiano. Luego de fallar una ocasión clara en los últimos minutos del tiempo extra, Campaz recibió varios mensajes en los que amenazaban de muerte a él y a su familia, especialmente a su hija de cinco años. El atacante no regresó a Colombia con el resto del equipo y partirá directamente a Argentina, país en el que desarrolla su carrera profesional, bajo medidas de seguridad . 

La Federación Colombiana de Fútbol emitió un comunicado en el que condena los ataques hacia el futbolista y su familia, y además solicitó a las autoridades una investigación para dar con los responsables. Este episodio inevitablemente trajo a la memoria uno de los capítulos más trágicos de la historia del deporte: el asesinato de Andrés Escobar. Aunque estén separadas por más de tres décadas, y en contextos muy diferentes, ambas historias tienen un punto en común: un error dentro de la cancha que derivó en amenazas de muerte. La gran diferencia es que Andrés Escobar volvió a Colombia y lo asesinaron en su propio país.

Escobar era uno de los referentes de la selección colombiana que había llegado al Mundial de Estados Unidos 1994 como una de las favoritas tras una gran actuación en eliminatorias que quedó invicta y líder del Grupo A. Sin embargo, el 22 de junio de ese año, en el segundo partido del Mundial frente a Estados Unidos, el defensor colombiano intentó despejar un centro de John Harkes y terminó convirtiendo un gol en contra. El tanto abrió el marcador en la derrota 2-1 que dejó a Colombia al borde de la eliminación, debido a que el primer partido lo había perdido. Luego ganó el próximo encuentro frente a Suiza pero no le alcanzó para clasificarse y toda la esperanza del pueblo colombiano se desvaneció.

Tras el Mundial, Escobar regresó a Medellín. En la madrugada del 2 de julio de 1994 fue asesinado de seis disparos al salir de un restaurante. La justicia condenó al autor del crimen, Humberto Muñoz Castro, y la investigación vinculó el homicidio con el entorno del narcotráfico y las pérdidas económicas que había generado la eliminación tempranera de Colombia en apuestas ilegales.

Treinta y dos años después, el fútbol colombiano vuelve a enfrentarse a un suceso similar pero con la diferencia de que Jáminton Campaz no volverá a su país por el momento y también recibió el respaldo de la Federación Colombiana de Fútbol. El episodio abrió una herida que parecía imposible de olvidar, el recuerdo de Andrés Escobar sigue siendo una muestra de hasta dónde puede llegar la violencia por un simple error deportivo en un juego de 90 minutos.

Alfredo Di Stéfano: la “Saeta Rubia” que marcó un antes y después en el fútbol

Por Emanuel Soste

Alfredo Di Stéfano, aquel futbolista que trascendió generaciones a través de su juego y cautivó con su fútbol, es considerado por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) como uno de los mejores jugadores del siglo XX, junto a Diego Maradona, Pelé y Johan Cruyff. De hecho, Di Stéfano es el único que posee el Súper Balón de Oro al ganar la votación frente a otros dos cracks como lo fueron Cruyff y Platini en 1989. Además, consiguió dos Balones de Oro en 1957 y 1959, siendo la figura principal del Real Madrid.

Entre 1940 y 1943 jugó junto a su hermano Tulio en el Club Social y Deportivo Unión Progresista, hasta que recibió un telegrama citándolo para una prueba con River Plate. Fue así como en 1944 recaló en las categorías inferiores del club, donde permaneció hasta que disputó su primer encuentro el 15 de julio de 1945 frente a Huracán. Al no tener rodaje con el conjunto de Núñez, fue cedido al “Globo” en 1946.

Con el equipo de Parque Patricios empezó a mostrar todo su potencial, ya que disputó 25 partidos y convirtió 10 goles. Los tantos más recordados de su paso por Huracán fueron cuando anotó un doblete para la victoria 3 a 2 en el clásico contra San Lorenzo, por la fecha 6 del campeonato en El Gasómetro. Otro gol importante que marcó fue contra River Plate a los 10 segundos de juego por la fecha 12 del campeonato. Tras este rendimiento, el “Millonario” no dudó en traerlo de regreso.

En 1947 fue su despegue definitivo, ya que jugó 32 partidos y marcó 28 goles. Además, se consagró campeón del torneo siendo el máximo artillero. También se coronó campeón de la Copa Aldao, en la que le convirtió un gol a Nacional de Uruguay en la ida. Este fue el último título de la “Saeta Rubia” con el elenco riverplatense, club en el que permaneció hasta 1949.

La actuación más destacada de Di Stéfano en los Superclásicos fue en un torneo benéfico organizado por la Fundación Eva Perón en 1948, cuando anotó un hat-trick en el partido en que River goleó 5-1 a Boca. Otra proeza del nacido en el barrio de Barracas fue en 1949, ya que tuvo que atajar debido a que Amadeo Carrizo se había lesionado. El encuentro terminó 1-0 a favor de River y Carrizo, en una entrevista, lo recordó de la siguiente manera: “Estuve siete u ocho minutos fuera. Y entró Alfredo a la portería y lo hizo bien, eh. Hasta de arquero era bueno”.

Con la selección argentina tuvo un paso breve pero excepcional, debido a que disputó seis partidos y marcó seis goles, con un promedio de un tanto por partido. Además, ganó con la “Albiceleste” la Copa América de 1947, siendo este su único título con el seleccionado.

En 1949 emigró hacia Colombia para jugar en Millonarios donde, junto a figuras como Adolfo Pedernera, Néstor Rossi, Antonio Báez y Julio Cozzi, conformó uno de los mejores equipos del continente durante esa época, el cual fue bautizado por los periodistas colombianos como el “Ballet Azul”. Con el conjunto “Albiazul” consiguió los campeonatos de 1949, 1950, 1951 y 1952, la Copa Colombia en 1953 y la Pequeña Copa del Mundo de Clubes en ese mismo año.

En 1953 sucedió uno de los hechos que quedarían marcados en la historia del fútbol. Tras su estupendo rendimiento con el elenco colombiano, Barcelona intentó ficharlo logrando un acuerdo con su anterior club, River, que era el dueño de los derechos federativos. El equipo catalán, para asegurarse la contratación del jugador, hizo un primer pago a River, por lo que el jugador incluso llegó a viajar a la Ciudad Condal, entrenar y disputar amistosos con el equipo azulgrana.

Sin embargo, otro club español gigante como lo es el Real Madrid también quería incorporarlo, así que negoció con Millonarios. Esta dualidad de contratos provocó que la FIFA interviniera en el caso y dictaminó que Di Stéfano debía jugar temporadas alternas en ambos clubes, empezando con el equipo “Merengue”. Esto generó el descontento de la directiva del Barcelona, por lo que decidió renunciar a la contratación del astro argentino.

De ser jugador blaugrana pasó a convertirse en una gloria del Real Madrid. Con los “Blancos” jugó desde 1953 hasta 1964 y obtuvo 18 títulos. Los logros fueron: ocho Ligas españolas, cinco Copas de Europa (actual UEFA Champions League), una Copa Intercontinental, dos Copas Latinas y una Copa de España (anteriormente Copa del Generalísimo).

Durante sus 11 temporadas en el club, “La Saeta Rubia” disputó 510 partidos oficiales y marcó 418 goles, transformando al equipo en una potencia mundial. Debido a los grandes éxitos del conjunto madrileño por aquellos años, el equipo era llamado el “Madrid de Di Stéfano”. Algunos de los integrantes más conocidos y emblemáticos de dicha etapa fueron también el húngaro Ferenc Puskás, el hispano-argentino Héctor Rial, el español Paco Gento y el francés Raymond Kopa, entre otros.

Tras su exitoso paso por el Real Madrid, Di Stéfano jugó dos temporadas en el Real Club Deportivo Español de Barcelona, para retirarse el 3 de abril de 1966, fecha en que disputó su último partido como profesional. Actualmente es el séptimo jugador más veterano en disputar un encuentro del campeonato de liga de España.

Después de su retiro, Alfredo comenzaría su carrera de director técnico en 1967, y el primer equipo que dirigió fue el Elche Club de Fútbol. En 1969 asumió como entrenador de Boca Juniors, algo impensado debido a su pasado en River Plate. Con el elenco boquense logró dos títulos: la Copa Argentina de 1969 y el Nacional del mismo año, en el que el “Xeneize” dio la vuelta olímpica frente a su eterno rival en el Monumental. Luego de su gran paso por Boca, dirigió al Valencia y consiguió dos títulos más para su palmarés como DT. Además, en 1987 logró devolver al club a la máxima categoría del fútbol español. En 1981 volvió a River y se coronó en el Torneo Nacional con Mario Kempes como figura del equipo.

“La Saeta Rubia” es el único técnico en la historia en ser campeón con Boca Juniors y River Plate. El último título que consiguió fue la Supercopa de España 1990 con el Real Madrid.

El 5 de noviembre de 2000 fue nombrado Presidente de Honor del Real Madrid y, como tal, unos días después recogió, representando a la entidad, el trofeo al Mejor Club del siglo XX otorgado por la FIFA en una ceremonia celebrada en Roma.

El 4 de julio se cumplieron 100 años de su nacimiento y el 7 del mismo mes, 88 años de su fallecimiento. Alfredo Di Stéfano no solo llenó las vitrinas de trofeos; transformó la historia de un club y el destino de un deporte. Decir “La Saeta Rubia” es invocar una era donde el fútbol aprendió a ser moderno, dinámico y global. Cuando se retiró de las canchas no dejó un vacío, sino un listón tan alto que se convirtió en leyenda. Di Stéfano no pertenece al pasado; vive en cada rincón del Santiago Bernabéu. Su legado para el fútbol fue, es y será eterno.

El Toro, aquellos primeros botines y la emoción del gol que soñó de niño

Por Thiago Maison, Federico Pardo y Casandra Acuña 

De no convertir goles en Qatar 2022 tras llegar entre algodones por una dolencia en el tobillo, a sentenciar la clasificación de la Selección argentina en el Mundial 2026 en un partido ante Inglaterra que iba más allá de los límites del campo de juego. 

Al igual que en aquella justa en el continente asiático, el Toro comenzó la Copa del Mundo en Estados Unidos, México y Canadá con la titularidad en el bolsillo pero, una vez más, las críticas y dudas aparecieron tras algunos partidos sin un rendimiento óptimo según el ojo del hincha argentino. 

Allí, Julián Alvarez comenzó a ganar terreno en la consideración del cuerpo técnico encabezado por Lionel Scaloni, aunque tampoco presentaba un desempeño excepcional, por lo que, luego de especulaciones, se adueñó del puesto de centrodelantero en el once titular hasta los octavos de final contra Egipto. 

De todas formas, el Toro comenzó a dar indicios de retorno a su nivel original cada vez que ingresó desde el banco de suplentes -ante los africanos y Suiza-. Su pivoteo característico aparecía y su empuje decía presente.

La humildad siempre primó en el bahiense. La paciencia y la resiliencia también. Porque un buen argentino sabe que, a pesar de que todos crean que está hundido, las buenas llegarán con el correr del tiempo. Y Martínez lo entendió a la perfección. 

Del Club Liniers para el mundo, sin escalas. Un nueve de élite que se construyó a base de derribar las falacias que lo rodeaban y es uno de los máximos goleadores de la gloriosa era Scaloni en la Albiceleste. Y, por si quedaban dudas, revalidó su estatus de tal con un tanto que permitió que Argentina le robara el tesoro a los piratas. 

Porque cuando parecía que el encuentro se iba al alargue, cuando el tiro de Alexis Mac Allister pegó en el palo, apareció Lautaro Martínez para sellar la clasificación definitiva hacia la final de la Copa del Mundo. Atacó el espacio con precisión y cabeceó la pelota tras un centro de Lionel Messi para anotar un gol que premió la insistencia de Argentina, que había arrinconado a Inglaterra en los minutos previos. 

Más que un tanto ganador. Más que casi cualquier cosa que alguien pueda siquiera imaginar. Sencillamente la pincelada final que necesitaba la Scaloneta para decirle al mundo que está más vigente que nunca. Y esta vez con un personaje que siempre miró el cielo desde el suelo y no arriba.

Sin embargo, con ese gol heroico, el Toro pudo finalmente subir el escalón que lo había hecho tropezar en 2022. Pero aún resta el duelo decisivo ante España en Nueva Jersey. Allí, Lautaro tendrá la posibilidad de finalizar en lo más alto su proceso de redención y, por qué no, de opacar una nueva catarata de críticas que esta vez llega a sus oídos desde la península ibérica. 

En su declaración post partido recordó a su familia, a su mamá, su papá, sus hijos y tampoco se olvidó de Racing, el club que lo vio crecer y con el que llegó a primera división: “Para mi vieja que el día que yo me fui a Racing jamás dejó de tender mi cama y eso para mí vale más que un gol, que una final”. El Toro nos recordó la importancia de recordar de dónde uno viene, no olvidarse de las raíces, el sentido de pertenencia y cerró: “Mis dos hijos me han cambiado la vida desde que han llegado, mi hija me hizo bajar un cambio, mi hijo tres cambios, disfruto de todo esto y hoy soy un hombre, disfruto de la vida”. 

Un camino lleno de sacrificios, esfuerzo e incluso pozos que pretendían ver caer en ellos a Lautaro en su afán de llegar a lo más alto del fútbol mundial. Pero él jamás se rindió. Se inspiró en los suyos. Y especialmente en su madre, que a pesar de estar lejos de él jamás dejó de tenderle la cama, lo que aseguró que eso significa mucho más que cualquier título. 

Concretó la parte final de un capítulo histórico en la memoria colectiva. Y quizás aún le quede algo por contar en la final de la Copa del Mundo, para retirar definitivamente esa espina que lo tuvo a maltraer durante cuatro largos años. Por qué no soñar, si aquel pibe bahiense que jugaba al fútbol siempre imaginó ese momento prácticamente utópico. Por qué no, si Lautaro Martínez es experto en derribar gigantes y demostrar de qué está hecho.

MetLife Stadium: del retiro de Messi de la Selección a disputar una nueva final del Mundo

Por Gerónimo Micheltorena

“Se terminó para mí la Selección. Ya son cuatro finales, no es para mí. Lamentablemente lo busqué, era lo que más deseaba, no se dio, pero creo que ya está”, anunciaba Lionel Messi su retiro de la selección argentina en 2016, luego de perder la final de la Copa América contra Chile en la tanda de penales por 4 a 2, en el estadio MetLife Stadium de Nueva Jersey.

Diez años después, el destino lo ubica en el mismo estadio, pero esta vez para disputar una nueva final del mundo por tercera vez en su carrera. Todos los argentinos sueñan con verlo levantar nuevamente la copa y será especial si lo consigue en ese escenario, donde parecía que sus frustraciones deportivas lo iban a alejar definitivamente de la Albiceleste.

Hace 64 años que no se conoce a un bicampeón del mundo. El último en hacerlo fue Brasil en Suecia 1958 y Chile 1962. Argentina este domingo a las 16 puede romper esa sequía si vence nada más ni nada menos que a España, una selección que junta juventud con experiencia al estilo argentino en 2022. Esta final reemplazará la tan ansiada Finalissima, torneo que enfrenta al ganador de la Copa América con el ganador de la Eurocopa, que se debió haber disputado previo al Mundial 2026 pero no se llevó a cabo debido a las diferencias entre la AFA y la Federación Española para definir la fecha y sede.

Imaginemos esto: Messi entrando a la cancha, la pelota rueda por el verde césped en el MetLife Stadium. Por un momento, Lionel recuerda lo vivido en aquel entonces en 2016, sus palabras y esa final tan maldita que lo desgastó anímicamente y logra que todo eso sea su motivación para encaminar nuevamente a una selección argentina a ser campeona del mundo, y que en los festejos se termine cantando lo que acompañó todo el torneo: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo…”. Soñemos que para eso estamos, viejo.

El significado argentino de vencer a Inglaterra

Por Agustín González Sánchez Jáuregui

Por más que en la previa, al igual que Maradona y Bilardo en 1986, el técnico argentino Lionel Scaloni haya buscado despojar la carga extra deportiva: “Es un partido de fútbol, nada más”, nunca jamás para Argentina enfrentar a Inglaterra significó un rival más. Porque intentaron en 1806 y 1807, sin éxito en ambas oportunidades invasiones, porque a día de hoy continúan usurpando territorio argentino y porque 649 soldados jamás volvieron de Malvinas. En el himno se pudo apreciar cómo, tanto para los 26 jugadores que integran el plantel como para el cuerpo técnico, este era un partido especial. Puños apretados y grito de guerra: así se cantó el Himno Nacional en Atlanta.

Durante años el pueblo argentino perdió tiempo discutiendo si era mejor Messi o Maradona. Este partido ofreció la respuesta perfecta. No compiten por el mismo lugar en la historia, escribieron el mismo capítulo con 40 años de diferencia. Maradona convirtió los dos goles, Messi cedió las asistencias. Nunca se reemplazaron, quedó demostrado en la historia y para siempre que se complementaron el uno al otro. El capitán de la Selección Argentina luego del histórico encuentro le dedicó el triunfo: “Seguramente el Diego de arriba lo está disfrutando muchísimo porque para él era un día muy especial. Que lo viva como quiera desde ahí arriba y que lo disfrute porque es un regalo para él también”. Y por si esa dedicatoria no bastaba para enlazar dos épocas, Messi soltó una frase que trae a recuerdo el compromiso social de Diego Maradona: “Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente porque sabemos que hay gente que no tiene trabajo y que no llega a fin de mes”. Y como si el destino hubiera querido anunciarlo antes de que empezara el partido, durante el sorteo el capitán argentino ni siquiera siguió el vuelo de la moneda. Clavó la mirada en el capitán inglés, exactamente igual que “Pelusa” en el Azteca. Hay gestos que no se ensayan, simplemente hay historias que encuentran la manera de continuar.

Cuando el destino está en tus manos. Italia vs Argentina, Mundial México 1986. 

El primero en hablar fue Lautaro Martínez. Todavía con la respiración entrecortada por el esfuerzo, no recordó el gol, pero sí el punto de partida. “Desde que mi viejo me compró mis primeros botines que soñaba con hacer este gol. Para mi vieja, que desde el día que yo me fui a Racing jamás dejó de tender mi cama. Eso vale más que cualquier gol, que una final”. Mientras todo un país celebraba una clasificación histórica, el delantero eligió con el recuerdo y entre lágrimas volver aunque sea por un minuto a su primera casa en Bahía Blanca.

Más tarde llegó el turno de Enzo Fernández. El mediocampista dejó una confesión de la intimidad de la concentración: “Estoy seguro que el Diego está muy contento hoy en el cielo. Hoy nos apoyó y estuvo con nosotros. Con Juli estábamos en la habitación viendo el partido contra Inglaterra, lo habré visto tres o cuatro veces”. Buscaban motivación y entender el contexto histórico de lo que significaba.

Diego Maradona de cara a Peter Shilton, cerca de culminar la jugada de todos los tiempos.

Ese significado apareció otra vez durante los festejos. Mientras los futbolistas desplegaban una bandera con la inscripción “Las Malvinas son argentinas”, Leandro Paredes fue consultado por el mensaje y respondió con apenas cuatro palabras: “Y serán siempre argentinas”. Luego, Lisandro Martínez terminó de ponerle voz a la imagen vista en el campo de juego: “No podíamos fallarle al pueblo argentino”. La bandera no fue un gesto improvisado para la foto. Fue una manera de decir que entendían perfectamente el peso de la camiseta que llevaban puesta.

Ni siquiera las críticas quedaron sin respuesta. En la previa, Gary Neville había asegurado que la dupla central argentina regalaba “uno o dos goles por partido”. Después de la clasificación, Cristian Romero contestó con la misma contundencia con la que había defendido durante noventa minutos: “Espero que cuando me retire no sea tan estúpido como Gary Neville”.

Hubo, sin embargo, una voz que eligió pararse en otro lugar. Consultado sobre el significado del partido por el conflicto de Malvinas, Emiliano Martínez respondió que creía que no tenía un valor especial por eso y recordó que ni siquiera había nacido cuando ocurrió la guerra. En una noche donde la mayoría de las voces viajaron hacia el pasado para explicar el presente, la suya tomó otro camino.

Por eso esta victoria no quedará guardada únicamente en un resultado. Quedará en las palabras de quienes entendieron que había algo más detrás de una pelota. En Messi recordando al Diego. En Lautaro volviendo a los primeros botines que le compró su padre y el amor de su madre. En Enzo y Julián mirando una y otra vez aquella tarde de México. En los jugadores mostrándole al mundo una bandera de Malvinas y en todo lo que la historia continuará escribiendo de acá en adelante a raíz de un día inolvidable.

Messi, la camiseta de Maradona y una noche especial ante Inglaterra

Por Lucas Grosso y Candela Loureiro

Antes de que Lionel Messi tocara la primera pelota contra Inglaterra, la historia ya había puesto un elemento más dentro de la escena. No estaba en la cancha, no formaba parte de la indumentaria del seleccionado, pero estaba cerca del protagonista principal: en el bolso del capitán argentino viajaba una camiseta que traía consigo 40 años de memoria.

Era la camiseta azul que Diego Maradona utilizó en el Mundial de México 1986, aquella con la que Argentina eliminó a Inglaterra en los cuartos de final de una de las tardes más recordadas del fútbol mundial. La misma que Claudia Villafañe mostró en TyC Sports horas antes del partido, con el cuidado de quien sostiene un objeto que dejó de ser una simple prenda para convertirse en un símbolo.

“Esta es justa para hoy”, expresó Claudia al mostrarla. Una frase cargada de significado sin dudas. Porque el duelo entre Argentina e Inglaterra siempre tuvo algo más que 90 minutos de fútbol. Y esta vez, con Messi como protagonista, el pasado y el presente parecían encontrarse otra vez.

Para el 10, además, había un motivo personal. En la que probablemente sea su última Copa del Mundo, todavía quedaba un rival pendiente. Había enfrentado a las máximas selecciones del mundo, pero nunca había jugado un partido mundialista contra el país británico. Después de la clasificación ante Suiza lo había reconocido: “Jugué contra todos, menos contra Inglaterra. Así que va a ser lindo también por ese lado”.

A los 39 años, cuando su carrera ya estaba llena de capítulos inolvidables, todavía existían pequeñas páginas por escribir. Y una de ellas estaba frente a él.

La semifinal no fue un partido sencillo. Los europeos plantearon un encuentro físico e incómodo. Argentina tuvo que jugar con la paciencia de quien sabe que una oportunidad puede aparecer en cualquier momento. El gol de Anthony Gordon a los 55 minutos obligó al seleccionado a ir detrás del resultado y durante varios minutos, la final pareció alejarse.

Messi tampoco tuvo una noche sencilla desde el juego, pero igualmente se mostraba constantemente como una opción de pase para sus compañeros. Inglaterra intentó reducir sus espacios y obligarlo a participar lejos del área. Pero los grandes futbolistas no siempre necesitan dominar el partido desde el inicio; muchas veces su diferencia aparece en una sola decisión.

Y el de 39 años volvió a demostrar que su manera de cambiar la historia ya no depende solamente de correr o gambetear. También está en su lectura del juego: en esa capacidad de ver una jugada antes que los demás. Tal vez el paso del tiempo fue el que le dió esa percepción. O seguramente siempre la tuvo pero ahora la reluce más ante la limitación de su físico.

A los 85 minutos llegó el primer golpe del capitán. Desde un tiro de esquina jugado en corto, Messi recibió la pelota con Djed Spence de frente. Elliot Anderson corrió desesperado a asistir a su compañero en la marca, pero no tuvo en cuenta que el 10, dotado de su percepción, advirtió que había liberado de presión a Enzo Fernández, quien sacó un remate desde lejos que terminó en el empate argentino para romper las gargantas de más de 40 millones.

Fue una asistencia que explicó al Messi de esta etapa: menos necesidad de aparecer en cada acción, más capacidad para elegir exactamente cuándo hacerlo. Pero todavía faltaba una intervención más.

En el tiempo de descuento, con el partido caminando hacia el alargue, Messi volvió a tener la pelota en sus pies. Recibió sobre la derecha, desbordó a un Nico O’Reilly recién ingresado de 21 años, levantó la cabeza y colocó un centro perfecto al segundo palo con su pie derecho. Lautaro Martínez ganó en altura y convirtió el 2-1 definitivo. Dos apariciones que cambiaron el destino de Argentina.

La estadística dirá que Messi no marcó goles. Pero la historia del partido contará algo más importante: fue él quien construyó las dos jugadas que llevaron al seleccionado a una nueva final del mundo. Cuando el partido pesaba más, cuando el margen de error era mínimo, la pelota volvió a pasar por sus pies y cabeza.

Después del pitazo final, Messi cayó de rodillas sobre el césped del Mercedes-Benz Stadium. No fue solamente una imagen de cansancio. Fue el gesto de alguien que entiende la dimensión de cada oportunidad en esta etapa de su carrera. Luego llegaron los abrazos con sus compañeros, el encuentro con Rodrigo De Paul y un grito frente a la cámara que resumió todo lo que significaba esa noche: “¡Vamos!”.

En la zona mixta, el capitán habló de un partido sufrido y valoró la reacción del equipo. Reconoció que Inglaterra complicó el encuentro, pero destacó la personalidad de Argentina para mantenerse firme hasta el final. También volvió a remarcar la importancia de disfrutar este camino, consciente de que cada partido de este Mundial puede tener un significado especial.

La camiseta de Maradona estuvo en el bolso, pero también estuvo presente en la memoria del equipo. Fue un guiño del destino antes de una nueva batalla contra Inglaterra. En 1986, esa camiseta azul acompañó la zurda de Diego en una tarde eterna. En 2026, sin usarla, Messi escribió su propia historia con otra herramienta: sus pies y su manera única de entender el fútbol. Porque algunas camisetas guardan recuerdos. Pero son los grandes jugadores quienes vuelven a darles vida.

En las afueras del estadio, fue entrevistado por Matías Pelliccioni y Messi se refirió al ídolo argentino: “Seguramente el Diego desde arriba lo está disfrutando muchísimo. Para él era un partido muy especial. Es un regalo para él también”.

Así como el nacido en Fiorito le dedicó el triunfo a los héroes de Malvinas y sus familiares, el rosarino recordó en la misma charla con el egresado de la escuela al pueblo argentino: “Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Los Mundiales para nosotros (los argentinos) son especiales y sabemos que hay gente a la que le toca pasarla mal, no poder llegar a fin de mes y vivir peleándola: lo que es la vida nuestra”.

Porque, al final, la camiseta de Maradona no solo representaba un partido contra Inglaterra. Representaba una manera de entender el fútbol como algo que trasciende los 90 minutos. En 1986, Diego había convertido una victoria en un abrazo colectivo para un país que todavía llevaba heridas de la guerra de Malvinas. Cuarenta años después, Messi volvió a encontrarse con esa misma dimensión: la de un futbolista capaz de transformar una pelota en un sentimiento compartido para todo el pueblo argentino. Distintas épocas, distintos protagonistas, pero una misma esencia. Dos números 10 que entendieron que jugar para Argentina también significa llevar sobre los hombros las historias, los recuerdos y las emociones de millones.

 

Por Malvinas, por el Diego y por la última de Leo

Por Gabriel Milian Scuri 

En algún rincón de Malvinas habrá quedado una radio que, con una señal paupérrima, grita el último de los dos goles argentinos frente a Inglaterra por las semifinales del Mundial 2026. En algún rincón de Malvinas, las almas que sobrevuelan las islas se abrazan de manera eterna para festejar la revancha. La segunda de las revanchas. Con Diego en el 86 y con Messi en el 26. 

Cuarenta años exactos tuvieron que pasar para comprobar que en las calles de Buenos Aires el dolor de la pérdida de los pibes que se quedaron en el archipiélago está más vivo que nunca. Con la fe de que aún existe la memoria en el pueblo.

Vale como un campeonato. Porque cuando Gordon anotó lo que era el 1-0 pirata, el silencio se volvió el ruido más ensordecedor. Las garganta explotaron en el empate de Enzo y los lagrimales se tornaron caudales en el tanto de Lautaro Martínez.

La gente se rinde ante los televisores. Hay algo que la razón no permite explicar dentro de las victorias agónicas e inacabables del seleccionado argentino y multicampeón. Que va por otra más. 

Messi sabe que lo ha logrado todo. Que le faltaba una cosa. Ser él quien le diga basta a este ciclo de comparaciones estúpidas con Maradona. El campeonato del mundo, las dos Copa América, la Finalissima y ganarle a ellos. Que son la representación de la tierra que ocupa la nuestra. Que son la representación del país que mató a los pibes argentinos. Que son la representación de los que nunca van a ser solo una selección más.

En las calles el llanto de la gente tapó las veredas. Porque con sufrimiento se sacó adelante lo que parecía imposible. Pero hay algo en lo que ellos no pueden ganarle al país austral: jugar a la pelota. En la resiliencia de seguir, incluso cuando no hay respiro que llegue a los pulmones. Incluso cuando la hambruna toca la puerta y las oportunidades se van con la valija llena de ilusiones.

Porque el fútbol es como la vida para la Argentina. Y en la tierra en la que nacieron Messi y Maradona hay fiesta después de ganarles a ellos. Después de ser conscientes que el barco ha sido hundido. Una vez más. Después de que los jugadores de le hayan mostrado al mundo que las Malvinas son argentinas.