Messi, la camiseta de Maradona y una noche especial ante Inglaterra

Por Lucas Grosso

Antes de que Lionel Messi tocara la primera pelota contra Inglaterra, la historia ya había puesto un elemento más dentro de la escena. No estaba en la cancha, no formaba parte de la indumentaria del seleccionado, pero estaba cerca del protagonista principal: en el bolso del capitán argentino viajaba una camiseta que traía consigo 40 años de memoria.

Era la camiseta azul que Diego Maradona utilizó en el Mundial de México 1986, aquella con la que Argentina eliminó a Inglaterra en los cuartos de final de una de las tardes más recordadas del fútbol mundial. La misma que Claudia Villafañe mostró en TyC Sports horas antes del partido, con el cuidado de quien sostiene un objeto que dejó de ser una simple prenda para convertirse en un símbolo.

“Esta es justa para hoy”, expresó Claudia al mostrarla. Una frase cargada de significado sin dudas. Porque el duelo entre Argentina e Inglaterra siempre tuvo algo más que 90 minutos de fútbol. Y esta vez, con Messi como protagonista, el pasado y el presente parecían encontrarse otra vez.

Para el 10, además, había un motivo personal. En la que probablemente sea su última Copa del Mundo, todavía quedaba un rival pendiente. Había enfrentado a las máximas selecciones del mundo, pero nunca había jugado un partido mundialista contra el país británico. Después de la clasificación ante Suiza lo había reconocido: “Jugué contra todos, menos contra Inglaterra. Así que va a ser lindo también por ese lado”.

A los 39 años, cuando su carrera ya estaba llena de capítulos inolvidables, todavía existían pequeñas páginas por escribir. Y una de ellas estaba frente a él.

La semifinal no fue un partido sencillo. Los europeos plantearon un encuentro físico e incómodo. Argentina tuvo que jugar con la paciencia de quien sabe que una oportunidad puede aparecer en cualquier momento. El gol de Anthony Gordon a los 55 minutos obligó al seleccionado a ir detrás del resultado y durante varios minutos, la final pareció alejarse.

Messi tampoco tuvo una noche sencilla desde el juego, pero igualmente se mostraba constantemente como una opción de pase para sus compañeros. Inglaterra intentó reducir sus espacios y obligarlo a participar lejos del área. Pero los grandes futbolistas no siempre necesitan dominar el partido desde el inicio; muchas veces su diferencia aparece en una sola decisión.

Y el de 39 años volvió a demostrar que su manera de cambiar la historia ya no depende solamente de correr o gambetear. También está en su lectura del juego: en esa capacidad de ver una jugada antes que los demás. Tal vez el paso del tiempo fue el que le dió esa percepción. O seguramente siempre la tuvo pero ahora la reluce más ante la limitación de su físico.

A los 85 minutos llegó el primer golpe del capitán. Desde un tiro de esquina jugado en corto, Messi recibió la pelota con Djed Spence de frente. Elliot Anderson corrió desesperado a asistir a su compañero en la marca, pero no tuvo en cuenta que el 10, dotado de su percepción, advirtió que había liberado de presión a Enzo Fernández, quien sacó un remate desde lejos que terminó en el empate argentino para romper las gargantas de más de 40 millones.

Fue una asistencia que explicó al Messi de esta etapa: menos necesidad de aparecer en cada acción, más capacidad para elegir exactamente cuándo hacerlo. Pero todavía faltaba una intervención más.

En el tiempo de descuento, con el partido caminando hacia el alargue, Messi volvió a tener la pelota en sus pies. Recibió sobre la derecha, desbordó a un Nico O’Reilly recién ingresado de 21 años, levantó la cabeza y colocó un centro perfecto al segundo palo con su pie derecho. Lautaro Martínez ganó en altura y convirtió el 2-1 definitivo. Dos apariciones que cambiaron el destino de Argentina.

La estadística dirá que Messi no marcó goles. Pero la historia del partido contará algo más importante: fue él quien construyó las dos jugadas que llevaron al seleccionado a una nueva final del mundo. Cuando el partido pesaba más, cuando el margen de error era mínimo, la pelota volvió a pasar por sus pies y cabeza.

Después del pitazo final, Messi cayó de rodillas sobre el césped del Mercedes-Benz Stadium. No fue solamente una imagen de cansancio. Fue el gesto de alguien que entiende la dimensión de cada oportunidad en esta etapa de su carrera. Luego llegaron los abrazos con sus compañeros, el encuentro con Rodrigo De Paul y un grito frente a la cámara que resumió todo lo que significaba esa noche: “¡Vamos!”.

En la zona mixta, el capitán habló de un partido sufrido y valoró la reacción del equipo. Reconoció que Inglaterra complicó el encuentro, pero destacó la personalidad de Argentina para mantenerse firme hasta el final. También volvió a remarcar la importancia de disfrutar este camino, consciente de que cada partido de este Mundial puede tener un significado especial.

La camiseta de Maradona estuvo en el bolso, pero también estuvo presente en la memoria del equipo. Fue un guiño del destino antes de una nueva batalla contra Inglaterra. En 1986, esa camiseta azul acompañó la zurda de Diego en una tarde eterna. En 2026, sin usarla, Messi escribió su propia historia con otra herramienta: sus pies y su manera única de entender el fútbol. Porque algunas camisetas guardan recuerdos. Pero son los grandes jugadores quienes vuelven a darles vida.

En las afueras del estadio, fue entrevistado por Matías Pelliccioni y Messi se refirió al ídolo argentino: “Seguramente el Diego desde arriba lo está disfrutando muchísimo. Para él era un partido muy especial. Es un regalo para él también”.

Así como el nacido en Fiorito le dedicó el triunfo a los héroes de Malvinas y sus familiares, el rosarino recordó en la misma charla con el egresado de la escuela al pueblo argentino: “Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Los Mundiales para nosotros (los argentinos) son especiales y sabemos que hay gente a la que le toca pasarla mal, no poder llegar a fin de mes y vivir peleándola: lo que es la vida nuestra”.

Porque, al final, la camiseta de Maradona no solo representaba un partido contra Inglaterra. Representaba una manera de entender el fútbol como algo que trasciende los 90 minutos. En 1986, Diego había convertido una victoria en un abrazo colectivo para un país que todavía llevaba heridas de la guerra de Malvinas. Cuarenta años después, Messi volvió a encontrarse con esa misma dimensión: la de un futbolista capaz de transformar una pelota en un sentimiento compartido para todo el pueblo argentino. Distintas épocas, distintos protagonistas, pero una misma esencia. Dos números 10 que entendieron que jugar para Argentina también significa llevar sobre los hombros las historias, los recuerdos y las emociones de millones.

 

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