Por Francisco Quartino
Con juego de potrero, con coraje criollo, con jerarquía de campeón del mundo, con viveza sudaca, con guapeza digna del Diego y de Messi, con elegancia tanguera, con historia de Malvinas, pero, por sobre todas las cosas: con fútbol argentino.
Al ritmo de “Maradó, Maradó”, cantan, saltan y se relajan los jugadores de la Selección Argentina, que acaban de gestar una nueva remontada en el Mundial, una nueva historia irrepetible que se sigue repitiendo, y 47 millones de argentinos desean que se haga una vez más el domingo ante España en la final.
Pero esta no fue una victoria más, esta vale más que oro, esta vale millones de sensaciones y momentos especiales: fue contra ellos, el país más invasor de la historia, los que se quedaron con nuestras queridas Islas Malvinas. Como dijo arengando Diego Armando Maradona: “Los que mataron a nuestros pibes”, los que quisieron invadir Buenos Aires y los criollos los echaron a las patadas, no una, sino dos veces; fue contra los piratas ingleses, los británicos usurpadores.
El derechazo del Gardelito de San Martín Enzo Fernández desde 20 metros y el frentazo casi abajo del arco del Toro bahiense Lautaro Martínez fueron de tu padre, de tu hermana, de tu primo, de tu tía, de tu compañero de trabajo, de tu novia, del kiosquero de la esquina, de la verdulera de enfrente, de tu jefe, fue de todos los argentinos. Porque luego de cada gol, los 11 jugadores dentro del campo, los 15 suplentes y todos los integrantes del cuerpo técnico miraron a su hinchada en el Estadio de Atlanta, a cada uno de los compatriotas en campo de batalla, donde la Albiceleste fue vencedora nuevamente, porque es natural para ellos serlo en el verde césped.
El 22 de la Selección, el autor del gol de la locura y el éxtasis total en todo el mundo, porque los argentinos están en todos los rincones de la Tierra, entre lágrimas, recordó su infancia en la entrevista postpartido: “La primera vez que mi viejo me compró un par de botines siempre soñé con hacer este gol”. Y sí; emular a Javier Zanetti en 1998 o al Barrilete Cósmico en 1986 es lo que cualquier futbolista de los potreros, de cada pasaje en el que se juegue a la pelota en el país, sueña hacer.
Lionel Scaloni, también después de la hazaña, explicó: “Somos únicos, y no es arrogancia. Esta gente nos llevó a ganar el partido. La camiseta amerita dar todo hasta el final, no guardarse nada y han demostrado una vez más que lo sienten como todos”. Todos sabían, hasta los neutrales, hasta los malintencionados que deseaban ver a Lionel Messi, al mejor del mundo, caer nuevamente en un Mundial, hasta los que estaban con la mirada perdida, esperando un milagro en el área de Jordan Pickford, que no dejaba pasar ninguna, con los rostros de pocos amigos, todos tenían en mente lo que podía llegar a suceder: una ráfaga en la que la heróica y milagrosa Argentina de Leónidas, del joven inexperto que ya se volvió un verdadero maestro, vuelva a hacerlo, vuelva a renacer de las cenizas cual ave fénix, para gritarle en la cara a todo el mundo, que no estamos hechos, que vamos por la cuarta.




