Por Juana Lusin Santafé
“Hacé lo que vos quieras, Lionel. Pero por favor pensá en quedarte”. Eso escribió un chico de 15 años en 2016, cuando Lionel Messi anunció que iba a dejar la Selección Argentina tras perder la final de la Copa América ante Chile. Ese chico era Enzo Jeremías Fernández. Lo que no se imaginaba en ese momento era que, apenas seis años después, compartiría la cancha con el jugador al que le suplicaba que no se fuera y levantaría junto a él la Copa del Mundo. Y menos que, una década más tarde, sería el propio Messi quien le daría el pase previo a uno de los goles que volvería a clasificar a la Argentina a una final mundialista.
Y no fue en cualquier partido. Fue en uno de esos encuentros en los que la camiseta carga con recuerdos, emociones e historias que ninguna generación termina de soltar. En los que cada gol encuentra un significado que va mucho más allá del resultado: Argentina vs Inglaterra. El partido estuvo a la altura de todo lo que representaba. Cerrado, friccionado, de esos en los que cada pelota parecía valer un poco más. Hasta que, a los 55 minutos, llegó el gol de Anthony Gordon para poner en ventaja a los ingleses.
El reloj no se detenía. Argentina insistía, pero el empate no llegaba. Los minutos pasaban y el resultado seguía a favor de Inglaterra. Hasta que el cronómetro marcó los 84. Messi encontró a Enzo Fernández unos metros afuera del área y el mediocampista sacó un derechazo cruzado. De esos que los abuelos le cuentan a sus nietos años más tarde.
El empate hizo mucho más que cambiar el marcador: premió la insistencia de un equipo que nunca dejó de buscar.
Los goles de la victoria son los que suelen quedarse con las portadas. Pero pocas veces se habla de los que llegan cuando el tiempo empieza a jugar su propio partido. Porque hay goles que no aseguran una
clasificación, pero sí hacen posible soñar con que exista. El de Enzo pertenece a esa categoría. Fue el punto de inflexión de una semifinal que parecía necesitar un golpe para cambiar de rumbo.
Y también fue una respuesta. Durante sus últimos partidos, las comparaciones con el Fernández de Qatar 2022 se hicieron inevitables. Su rendimiento quedó bajo la lupa esperando volver a ver a aquel mediocampista que irrumpió con apenas 21 años. Y frente a Inglaterra volvió a aparecer.
Además, como si la noche ya no tuviera suficientes guiños, Enzo eligió jugar esta semifinal con los mismos botines dorados que lo acompañaron en la conquista de Qatar 2022. No explican un gol ni cambian un partido, pero sí cuentan una historia: la de un jugador que volvió a confiar en aquello que alguna vez lo llevó a tocar el cielo; y que respondió para clasificar a una final del Mundo en el mismo estadio en el que años atrás, el 10 anunciaba su retiro.
A veces el fútbol tiene esas historias que parecen imposibles de escribir. Un chico que le escribía a Messi desde la admiración terminó compartiendo sus sueños dentro de una cancha. Un jugador que alguna vez pidió que no se fuera terminó recibiendo de él la pelota que cambió el destino de una semifinal. Porque diez años después de aquel pedido, Messi seguía ahí. Y Enzo también. Ya no como un hincha espectador, sino como uno de los protagonistas.
Hay cosas que parecen escritas por el destino mucho antes de que sucedan.




