lunes, junio 8, 2026

La última sacudida

Por Delfina Juan

N.d.R: Este texto no está escrito por el protagonista sino por la autora desde la piel del Indio Solari en base a entrevistas, testimonios, declaraciones de la leyenda del rock nacional sumado a escasas licencias poéticas que no alteran la esencia de su mensaje.

 

Desde hace varios años hasta 2016 el broche final de mis conciertos era el intocable himno de Oktubre, ese que hacía que mi público, que movía cielo y tierra para verme, se moviera de verdad. El 11 de marzo de 2017, en Olavarría, fue el último recital que le brindé a mi querida audiencia. Esa noche no cerré con “Jijiji”; pegué un conocido aullido feroz y, al ritmo de “Porque este es su rock ‘n’ roll”, sonó mi última canción en vivo.

Un año antes de mi despedida de los escenarios, en una noche fría con olor a sudor y lluvia durante un recital en Tandil, minutos antes de arrancar el show frente a 150.000 amantes de mi música, me tocó salir y anunciar lo más duro en mis largos años de carrera. Con un buzo a rayas, una campera verde militar y esos lentes de sol que eran mi distintivo, pero que en ese momento servían para ocultar mis lágrimas, me paré firme y le comuniqué a la multitud: “Si me pueden escuchar se los voy a agradecer mucho, quiero decirles algo que tengo la necesidad de decirles. Anda circulando en internet la versión de que estoy enfermo… y es verdad. Mr. Parkinson me anda pisando los talones, pero bueno, aquí estoy y no me van a bajar del escenario así nomás”.

Esas fueron mis palabras, las que me salieron, las que sentí justas.

Finalmente me bajó. Quien pisó mis talones durante un tiempo logró hacerme caer fuera del escenario. Mi salud se llevó y arrastró gran parte de la felicidad de mi vida: la música y la posibilidad de brindársela a mi gente. Actualmente ya no me dedico a eso; ahora mi trabajo es empeorar día tras día, aunque tampoco me enfrento al Parkinson, ya que sería convertirme un poco en el monstruo que estoy combatiendo.

Toda mi vida me sentí invencible. “Y nada ni nadie nos puede, nos puede parar” (Rock para los dientes). El mal de Parkinson es un trastorno del movimiento progresivo que afecta al cerebro y provoca síntomas como temblores, rigidez, lentitud de movimiento y problemas de equilibrio. Donde más me afecta a mí no es en el temblor, sino en la rigidez, una característica que supe llevar como adjetivo arriba del escenario durante 41 años.

Pájaro enfermo
Sueña que vuela dormido
Buscando en el cielo un sentido
*Las nube’ le hacen de nido fractal donde cantará 

Agradecido, a pesar de mi condición física, puedo seguir escribiendo con mi alma, aunque ya no pueda representarla con mi cuerpo sobre un escenario. Esas estrofas pertenecen a una de las últimas canciones que compuse, “QUEMARÁS”, junto a WOS. Porque, como bien dije hace unos años: “El Míster tiene ganas de hacer música y que la toque quien quiera”.

Públicamente siempre personifiqué mi enfermedad y, a medida que pasaba el tiempo, fui cambiándole el aspecto. Supo ser Míster, monstruo y hasta amigo. Algo que tuve claro desde el día en que me enteré fue que le iba a dar batalla. Lenta pero rápidamente me va consumiendo y no me permite estar en mi mejor versión; por eso dejé los escenarios. De pronto, mi magnetismo físico hacia el público iba a romperse progresivamente, y yo nunca permitiría eso.

Tenía planeado comunicar mi enfermedad incluso antes de Tandil. Pocas son las personas que llegan en plenitud a los 80 años. Ahora mismo estoy atravesando un momento de decrepitud y, aunque siempre me aferré a la vida, me di cuenta de que no sirvo para viejo.

Viví muchos años sin diagnóstico, por lo que confundía mis síntomas, muchas veces, con la claustrofobia o con malestares propios de la rigidez. Puedo saber mucho de muchas otras cosas, pero de repente, frente a este sufrimiento, me encuentro con una gran incertidumbre: no sé quién es quién.

Me empecé a dar cuenta un día en que iba a cortarme las uñas y noté el temblor. Otro día intenté abrocharme un botón y volvió. Empecé a desconfiar de esas pequeñas cosas cotidianas, pero no sé exactamente cuándo apareció mi gran compañero de deterioro. Tomo muchas pastillas por día, desde varios años antes de anunciarlo, pero las tomo mal, muy mal. Tienen sabor a dolor. No son las pastillas que me gustan, las que elijo tomar.

Quién diría que aquel temblor abriría las dos vertientes de mi vida y de mi carrera: la sacudida feroz de mi público y el temblor íntimo de mi cuerpo

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