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De Fiorito al Mundial: el camino de Facundo Medina

Por Santiago Prato

Tuvo que sustituir a Nicolás Tagliafico en el debut de la Selección Argentina por la Copa del Mundo 2026, respondió cuando más lo necesitaban y hoy pelea para meterse entre los titulares. Pero su historia no empieza en Estados Unidos, sino mucho tiempo atrás, en Villa Fiorito, a apenas ocho cuadras de la primera casa de Diego Armando Maradona.

Facundo Axel Medina se crió en la localidad lomense rodeado de dificultades económicas. Su infancia, enfocada más en sobrevivir que vivir, lo obligó a trabajar como cartonero con el fin de ayudar a sus padres.  “Un laburo familiar”, así definió la actividad, ya que la realizaba de lunes a viernes junto a sus tíos.  “Estábamos todos, nos cagábamos de risa, mirábamos algún pajarito por ahí y la pasábamos bien a pesar de todo”, recordó. Su jornada comenzaba a las 4 o 5 de la tarde y finalizaba a las 10 de la noche.

En medio de esa realidad, una pasión lo atravesaba: el fútbol. A los 11 años tomaba el colectivo y caminaba siete calles rumbo a los entrenamientos de Lanús. La preocupación de Mónica, su madre, por la zona y el peligro al que se exponía en ese viaje hizo que empezara a jugar al baby en Villa Luro Norte, de Moreno, más cerca de su barrio. Ahí fue donde un captador de River lo vio, le consiguió una prueba y terminó quedando. “Yo entrenaba, jugaba e iba al colegio, así que lo hice hasta los 12 o 13, después me encerré en la pensión de River”, contó.

Al principio, los recorridos hacia el predio no fueron fáciles. Le robaron monedas, su celular y la mochila con los botines. Ante la reiteración de esos episodios, su familia pidió ayuda y el club le ofreció una solución: quedarse en la residencia y continuar sus estudios allí. “Le estoy muy agradecido a River. Me sacó de la villa, me formó como persona y eso tiene mucho valor para mí”, expresó el defensor de 27 años.

En su paso por las inferiores del Millonario declaró que su mayor sueño era hacerle un gol a Boca. Aún no pudo cumplirlo, ya que, aunque disputó un amistoso contra Olimpia de Paraguay, no llegó a debutar de manera oficial. En 2018 fue presentado en Talleres de Córdoba, donde dio sus primeros pasos en primera división. Casualmente, el 12 de agosto de ese año, se estrenó frente al Xeneize. 33 apariciones y un tanto bastaron para despertar interés en Europa.

Durante su etapa en La T tuvo su primer roce con La Albiceleste. Llamó la atención de Lionel Scaloni y Pablo Aimar, quienes dirigían las juveniles del seleccionado nacional. Comenzó a ser convocado y terminó logrando un subcampeonato en el Sudamericano Sub 20, la clasificación olímpica en el Preolímpico de Colombia 2020 y  la medalla de oro de los Juegos Panamericanos de Lima 2019.

En 2020, Racing Club de Lens, de la Ligue 1 de Francia, compró su pase por aproximadamente cuatro millones de dólares. Tras 160 partidos oficiales en cinco temporadas, fue cedido a su actual equipo, el Olympique de Marsella. Seis años compitiendo en el país galo le permitieron formar parte de los 26 convocados que disputan la justa mundialista y competir de igual a igual por un puesto dentro de los once con Tagliafico, quien cubre el lateral izquierdo argentino desde 2017. Medina ya jugó cuatro de los cinco encuentros (tres de ellos como titular) de la máxima cita internacional.

Estar en un Mundial parecía una quimera para aquel chico que juntaba cartones. Tan lejana como la distancia que separa Fiorito de Marsella. Aunque hubo algo, o alguien, que hizo posible ese camino antes de que él pudiera imaginarlo. No tuvo que ver con el dinero, sino con esa figura indispensable que todo niño o niña debería agradecer tener: su mamá. Llevó adelante un sacrificio descomunal con el objetivo de que su hijo cumpliera su meta. Lo acompañaba a la madrugada a la estación, donde emprendía su traslado, y luego se iba al trabajo. Quizás esta trayectoria forjó esa personalidad destacada que hace que, entre tantos campeones del mundo, parezca entender mejor que nadie cuánto cuesta llegar. 

 

Granit Xhaka, el líder suizo que nunca dejó de pelear

Por Morena Politi

Granit Xhaka vuelve a enfrentarse a Argentina por los cuartos de final del Mundial 2026 e inevitablemente viajará doce años hacia atrás. En el Arena Corinthians de São Paulo, Brasil, un joven mediocampista de 21 años estuvo a minutos de llevar a Suiza a los penales frente a una de las grandes candidatas al título. Pero a los 118 minutos aparecería Lionel Messi para asistir a Ángel Di María y terminar con el sueño suizo. Aquella derrota marcó a una generación. Hoy, Xhaka es uno de los últimos representantes de aquella camada que todavía viste la camiseta de Suiza y el capitán de una selección que vuelve a cruzarse con el mismo rival.

Sin embargo, reducir su historia a ese partido sería injusto. Porque mucho antes de convertirse en el líder de Suiza, Xhaka ya había aprendido que el fútbol era una forma de resistencia.

El carácter que hoy lo distingue tiene raíces mucho más profundas que el fútbol. Xhaka nació en Basilea, pero la historia de su familia comenzó en Kosovo. Sus padres emigraron a Suiza en busca de una vida mejor después de que su padre, Ragip, pasara más de tres años preso por participar en manifestaciones políticas en la antigua Yugoslavia. Creció escuchando relatos de sacrificio, lucha e identidad, valores que terminaron moldeando al futbolista que nunca se esconde en los momentos difíciles.

Su crecimiento fue tan rápido como exigente. Después de debutar con Basilea a los 17 años, dio el salto a Borussia Mönchengladbach y luego a Arsenal, el desafío más importante de su carrera. En Inglaterra conoció el otro lado del fútbol: las críticas, la presión y el rechazo. En 2019, tras un tenso cruce con los hinchas mientras abandonaba el campo de juego, perdió la cinta de capitán y todo indicaba que su historia en el club había terminado.

Lejos de derrumbarse, Xhaka encontró la forma de reinventarse. La llegada de Mikel Arteta marcó un punto de inflexión: recuperó la confianza, volvió a ser un líder dentro del vestuario y logró reconciliarse con una hinchada que tiempo atrás lo había despedido entre silbidos. Esa versión más madura alcanzó su punto más alto en el Bayer Leverkusen de Xabi Alonso, donde fue una de las piezas clave del equipo que conquistó la primera Bundesliga de la historia del club.

Su historia con la selección suiza siguió un recorrido similar. Debutó siendo adolescente y nunca dejó de ganar protagonismo. Con el paso de los años acumuló más de 140 partidos internacionales, disputó cuatro Copas del Mundo y varias Eurocopas hasta convertirse en el futbolista con más presencias en la historia de Suiza. Más que un capitán, se transformó en la identidad futbolística de su país.

Su personalidad, sin embargo, siempre generó opiniones divididas. Para algunos, su temperamento lo llevó demasiadas veces al límite. Para otros, justamente esa intensidad es la que explica su vigencia. Xhaka juega cada partido como si fuera el último. Discute, protesta, ordena y contagia. No busca pasar inadvertido, busca ser protagonista.

Doce años después de aquella eliminación en Brasil, el destino vuelve a ponerlo frente a Argentina. Del otro lado estará otra vez Lionel Messi, el futbolista que cambió la historia de aquel partido con una asistencia inolvidable. Del lado suizo seguirá estando Xhaka, aunque ya no como aquella promesa de 21 años, sino como el líder de una generación que aprendió a competir sin complejos.

En un fútbol donde las carreras suelen consumirse con rapidez, el talentoso volante encontró otra forma de trascender. No fue el más talentoso de su época ni el más mediático. Su legado se construyó desde la perseverancia, el carácter y la capacidad para levantarse después de cada caída. Quizás por eso, más que un mediocampista, terminó convirtiéndose en el símbolo de una selección que nunca dejó de pelear.

El Mundial no perdona: los grandes que se quedaron en el camino

Por Celeste Benítez

Los primeros partidos de eliminación directa finalizaron. Los mejores avanzaron de fase y la otra parte se quedó en el camino, entre ellos, Sudáfrica, Japón, Costa de Marfil, Suecia, Ecuador, República Democrática del Congo, Senegal, Bosnia, Austria, Argelia, Australia, Cabo Verde y Ghana. Resultados que fueron esperados, por los rivales a los que debieron enfrentar y por el rendimiento que tuvieron en la competencia, ya que de todos ellos siete llegaron a los dieciseisavos como los mejores terceros.

Aunque las verdaderas sorpresas se dieron con la eliminación de cuatro equipos con renombre: Alemania, Países Bajos, Croacia y Brasil. Por la historia que tienen en los Mundiales, su participación finalizó de forma temprana y abrupta. El seleccionado alemán era uno de los principales candidatos a consagrarse con el título, ya que es el país que disputó más finales con un total de ocho, y que después de la Canarinha, cuenta con más Copas del Mundo ganadas, junto a Italia, al tener cuatro. Lo que demuestra el nivel de constancia que ha mantenido a lo largo de los años. En el camino hacia Estados Unidos, México y Canadá 2026, se clasificó primero de su grupo en las eliminatorias europeas, algo que replicó en la primera instancia del Mundial. 

El primer rival que tuvo que enfrentar fue Curazao, al que venció 7-1 en lo que fue un correcto arranque en la competencia para el conjunto de Julian Nagelsmann. Luego siguió con una victoria 2-1 ante Costa de Marfil y terminó la fase de grupos con el mismo resultado pero, esta vez, con una sorpresiva derrota contra Ecuador sobre el final del partido. Finalmente obtuvo seis puntos de nueve posibles y avanzó a los dieciseisavos de final para jugar frente a Paraguay, que se clasificó como mejor tercera en el séptimo lugar. Por lo que en la previa del encuentro Alemania era la favorita a ganar. Sin embargo, no fue así y por primera vez fue eliminada 4-3 por penales por el seleccionado paraguayo. Así finalizó la participación de la Die Mannschaft, que no estuvo a la altura de su historia, ya que en los últimos tres mundiales quedó eliminada tempranamente.

Aunque este no fue el único resultado inesperado, ya que horas más tarde Países Bajos sufrió el mismo destino al perder 3-2 en la tanda desde los doce pasos con Marruecos. Al igual que el equipo alemán, los neerlandeses comenzaron con el pie derecho en el Mundial y culminaron primeros de su grupo. Si bien solo jugaron tres finales y nunca se consagraron con el título, siempre se caracterizaron por tener grandes jugadores como, Johan Cruyff, Marco van Basten y Arjen Robben. Por lo que su partida del torneo llegó antes de tiempo.

Croacia fue otra de las selecciones que se quedó en el camino. En esta edición debutó con un sabor amargo, tras ser goleada por Inglaterra 4-2, pero supo recuperarse y luego ganó sus dos partidos restantes contra Panamá y Ghana. Ya en el primer cruce de eliminación directa le tocó enfrentar a Portugal, contra quien perdió 2-1. Este desenlace fue el fin del sueño para los croatas y para su máxima figura: Luka Modrić. Quien disputó cinco Copas del Mundo al igual que el arquero alemán, Manuel Neuer.

Los octavos de final también dieron asombros. Brasil, la selección pentacampeona, se quedó afuera contra Noruega, tras un penal errado por Bruno Guimarães en el primer cuarto del encuentro y la aparición de Erling Haaland para convertir los dos tantos de la victoria para los Vikingos Rojos. Ni siquiera el gol desde los doce pasos de Neymar en el tiempo agregado pudo revertir el destino de la Canarinha en la Copa del Mundo 2026. El conjunto brasileño llegó a la competencia, por primera vez, con un director técnico extranjero: Carlo Ancelotti. Aunque tuvo un arranque con sabor a poco, tras empatar 1-1 ante Marruecos, pudo pasar de página rápidamente y concluyó los partidos restantes con dos goleadas 3-0. Ya en los dieciseisavos eliminó a Japón sobre el final, pero no pudo replicar el resultado contra los noruegos. Los últimos desempeños deportivos de la Verdeamarela no estuvieron a la altura de su historia, ya que es la tercera vez que no llega a estar entre los cuatro mejores del torneo.

Los Mundiales siempre dan sorpresas, suceden resultados esperados y también ocurren los batacazos. En los que selecciones de las que a nivel deportivo no se esperaba tanto, terminan por eliminar a grandes monstruos del fútbol. Esta vez, el turno de armar las valijas y volver a casa, de forma anticipada, fue para Alemania, Países Bajos, Croacia y Brasil. Todavía quedan varios partidos por delante y hasta que llegue la tan ansiada final, todo puede pasar en el emocionante torneo internacional.

 

El Mundial de los arqueros: los héroes y los villanos de una Copa que se define bajo los tres palos

Por Nicolás Tracchia

En una Copa del Mundo que reúne a 48 selecciones y se disputa por primera vez con un formato de 104 partidos, los arqueros dejaron de ser actores secundarios para convertirse en protagonistas. En un torneo donde cada detalle marca la diferencia, varias clasificaciones y eliminaciones se explican por una atajada salvadora o por un error decisivo. Si algo caracteriza al Mundial 2026 es que está camino a quedar en el recuerdo como el Mundial de los arqueros.

El nombre propio de esta historia es Vozinha. El experimentado arquero de Cabo Verde, de 40 años y actualmente sin club, llegó al torneo como un desconocido para gran parte del público y terminó convertido en una de las grandes revelaciones. Ante España protagonizó una actuación inolvidable con ocho atajadas para sostener el histórico empate sin goles frente a una de las grandes candidatas al título. En los dieciseisavos de final volvió a lucirse frente a Argentina. Aunque su equipo cayó en el tiempo suplementario, mantuvo con vida a Cabo Verde durante gran parte del encuentro con intervenciones de enorme nivel, incluida una espectacular tapada en un mano a mano ante Lionel Messi. Su rendimiento despertó el interés de varios clubes pese a encontrarse libre.

Otro que cambió su presente fue Ørjan Nyland. A los 35 años, el noruego también llegó al Mundial sin club tras finalizar su vínculo con Sevilla y encontró en esta Copa la gran oportunidad de su carrera. Antes de dedicarse por completo al fútbol practicó esquí y fue arquero de handball, dos disciplinas que contribuyeron a desarrollar los reflejos y la coordinación que hoy lo distinguen bajo los tres palos. Su actuación frente a Brasil ya se encuentra entre las mejores del campeonato: atajó un penal en el inicio del partido, sostuvo la ventaja con varias intervenciones decisivas y fue la gran figura del histórico triunfo por 2-1 que metió a Noruega entre los mejores del torneo. Su rendimiento no solo impulsó a su selección, sino que también volvió a ponerlo en la mira de varios clubes tras llegar al Mundial como jugador libre.

Más allá de Vozinha y Nyland, otros arqueros también aprovecharon el Mundial para confirmar su jerarquía. Orlando Gill, el joven guardameta paraguayo de San Lorenzo, se consolidó como una de las grandes figuras de su selección y uno de los mejores en su puesto durante la Copa. Sus intervenciones resultaron fundamentales para que Paraguay alcanzara los octavos de final y recibió dos premios al mejor jugador del partido: el primero tras la clasificación frente a Alemania, donde fue decisivo en la definición por penales, y el segundo ante Francia, pese a la ajustada derrota por 1-0 que marcó la eliminación de la Albirroja.

También dejó una imagen muy positiva Lionel Mpasi. Nacido en Francia y representante de la República Democrática del Congo, el arquero de Le Havre de la Ligue 1,  fue un sostén permanente para el conjunto africano. Sus reflejos, su personalidad y varias atajadas de enorme dificultad permitieron que su selección compitiera de igual a igual frente a rivales de mayor jerarquía y alcanzara por primera vez los octavos de final de una Copa del Mundo. Ninguno de los dos continúa en carrera, pero ambos aprovecharon el escenario más importante del fútbol para consolidarse entre los arqueros de mejor rendimiento del torneo.

Pero así como hubo héroes, también aparecieron los villanos. Fernando Muslera atravesó un Mundial muy lejos del nivel que lo convirtió durante años en una referencia de Uruguay y quedó señalado por errores que terminaron costando goles. También sufrió Kim Seung-gyu, el arquero de Corea del Sur, cuyo fallo frente a México derivó en el único tanto del partido y en la derrota por 1-0 de su selección en un encuentro decisivo. A esa lista se suma Luca Zidane, quien vivió una noche para el olvido frente a Argentina y quedó marcado por errores que facilitaron la eliminación de Argelia.

Los goles siguen ocupando las portadas y los delanteros continúan llevándose buena parte de los aplausos. Sin embargo, el Mundial 2026 también está siendo recordado por quienes defienden el arco. Algunos, como Vozinha, Nyland, Gill y Mpasi, firmaron actuaciones que llevaron a sus selecciones mucho más allá de lo esperado. Otros quedaron expuestos por errores que cambiaron el destino de sus equipos. En una Copa donde cada partido se define por detalles, los arqueros están escribiendo algunas de las páginas más importantes del torneo.

Cabo Verde: de la diáspora a la ilusión que despertó el Mundial

Por Thiago Maison 

La Selección de Cabo Verde hizo historia en el Mundial 2026. No sólo por su carácter de revelación al clasificar de la fase de grupos y haber puesto en vilo la continuidad de Argentina en el certamen en el partido por los dieciseisavos, sino también por permitirle al pequeño archipiélago tener una visibilidad global que jamás logró tener. 

Una travesía utópica que duró exactamente un mes y que significó mucho más que un avance deportivo. La diáspora marcó el histórico plantel que viajó a Estados Unidos, ya que cerca de un millón de caboverdianos decidieron emigrar para progresar económicamente ante la escasez de empleo en el archipiélago africano. 

Solamente 12 futbolistas de los 26 convocados para disputar la cita máxima nacieron en Cabo Verde e incluso 24 de ellos jamás jugaron en la liga local, la cual es amateur y no frenó la competencia durante la Copa del Mundo. Aún así, el sentido de pertenencia siempre marcó a cada uno de los encargados de gestar la épica en el continente americano, porque el sueño no era simplemente romper las barreras futbolísticas. Era abrirle paso a un rayo de luz en la oscuridad. 

Arribaron a Estados Unidos el 3 de junio a puro baile, con la ilusión más encendida que nunca y sin nada que perder ante dos selecciones campeonas del mundo como España y Uruguay, ni Arabia Saudita, una nación con un rendimiento que en los últimos años venía en alza. 

Desde allí, el mundo del fútbol comenzó a caer perdidamente en los ojos de un grupo humano que parecía estar en un viaje de egresados. Con la alegría como estandarte, pero con una oportunidad dorada que caía sobre su espalda, Cabo Verde logró jugar de igual a igual con sus tres primeros rivales. A veces entendiendo que atacar no era lo ideal, pero sí esperar su momento de salir a la caza, y otras en las que tomaron la lanza para herir con transiciones rápidas, habilidad pura con la pelota al pie y el corazón como arma principal. 

Vozinha, su arquero de 40 años, se viralizó inéditamente en redes sociales debido a sus espectaculares actuaciones que, también, lo llevaron a lo más alto de los Power Rankings de FIFA. Pero los Tiburones Azules no vieron este suceso como un incremento de seguidores cualquiera. Sino que vieron en él el primer paso hacia la reinvención de un país que necesita, y mucho, de la llegada de terceros para progresar. 

Una vez superada la primera fase, llegaba Argentina en la ronda de 32. Un duelo que simbolizaba el trampolín definitivo para una eventual llegada de inversores al archipiélago, ya que enfrente se encontraba la vigente campeona del mundo. Los caboverdianos en su tierra y fuera de ella imploraban por una pizca de suerte que delimitara su futuro. 

Y vaya que no la tuvieron, porque no fue casualidad, sino causalidad. Llevaron a la Albiceleste al alargue y perdieron por 3 a 2 con un rendimiento sensacional que incomodó constantemente a los dirigidos por Lionel Scaloni. Se ganaron el respeto del mundo entero al entrar al terreno de juego sin temores y una irreverencia necesaria en el fútbol. Murieron de pie tras decidir que vivir de rodillas no era una opción.

Luego de la derrota en el resultado y de la victoria espiritual, fueron aplaudidos por el estadio entero y ovacionados por su nación. Se fueron como futbolistas y, el cinco de julio, día de su independencia, regresaron a su tierra como héroes y leyendas totales. La felicidad rebalsaba a cada caboverdiano que se acercó al aeropuerto de Praia, la capital, para recibir al ya memorable equipo que disputó el Mundial 2026. 

Las sonrisas en cada uno de los integrantes del plantel y cuerpo técnico eran sumamente genuinas. Sabían que le dieron una alegría inmensa a su país después de tanto sufrimiento y que la oportunidad de crecimiento está al caer. Se prevé que lleguen inversores al archipiélago y que, por ende, Cabo Verde crezca en todos los ámbitos posibles, con un horizonte ideal: el tan ansiado final de la diáspora y el regreso a su suelo de los allí nacidos para criar a sus hijos y compartir la cotidianeidad con sus familias.

El gesto del técnico de Egipto con el conflicto en Gaza

Por Lucas Grosso

Hossam Hassan, director técnico de Egipto y máximo goleador histórico del seleccionado, festejó el pase a los octavos de final tras vencer a Australia por penales ondeando una bandera de Palestina en tierras estadounidenses.

En las últimas horas, su nombre tomó revuelo en los medios locales, tras declarar en conferencia de prensa que el Campeonato de la FIFA está amañado para que Argentina sea campeona nuevamente: “Claramente, el partido estuvo arreglado, y todo el mundo lo vio“.

Tras ser consultado sobre el homenaje a Palestina en los dieciseisavos de final, respondió: “Mi corazón y mi alma están con ellos. Que Dios tenga misericordia de sus mártires. Dedico esta victoria al pueblo egipcio y al pueblo palestino, la gente buena y noble”.

En un contexto en el que es difícil ver a los protagonistas tomar posturas políticas, el entrenador llamó la atención de los medios. A raíz de esto, cabe cuestionarse, ¿Cuál es la relación entre el país africano y el conflicto en Gaza?

Egipto limita con el sur del territorio palestino, e históricamente defendió la creación de un Estado independiente. A su vez hace de mediador ante la ONU y otras naciones de Occidente para ofrecer asistencia a los refugiados, sobre todo a través del aeropuerto Al-Arish, donde arriban todas las provisiones, aunque en las fronteras termine siendo Israel quien controla los ingresos a Palestina.

No sólo los políticos egipcios defendieron la causa de la franja de Gaza: en el Mundial de Clubes (también con sede en territorio de Donald Trump), el delantero Hussein El Shalat utilizó una pulsera que rezaba “Palestina Libre” en las sesiones de fotos del Al Ahly. En respuesta, la FIFA eliminó cualquier rastro de la imagen en las páginas oficiales de la federación, argumentando que el fútbol está por fuera de la política. Algo que a Gianni Infantino se le olvidó esta semana ante el llamado del presidente estadounidense para solicitarle que se le perdone la sanción al máximo goleador del país anfitrión en este Mundial. Incluso, en ese mismo torneo, las manos que entregaron la copa, fueron las del mismísimo Donald.

El primer contacto entre el fútbol egipcio y Palestina igualmente lo estableció el histórico Al-Ahly, segundo mayor campeón internacional, sólo por detrás del Real Madrid. En contextos de Segunda Guerra Mundial y ocupación británica en ambos países de Medio Oriente, la institución organizó una gira contra equipos árabes en 1943 por tierras palestinas para apoyar su causa, desafiando a la federación nacional, la cual le había prohibido hacerlo y le anuló los pasaportes, por lo que jugaron bajo el nombre “Cairo All Stars”.

“El creador de la felicidad”, como apodan a Mohamed Salah en su patria, tuvo un episodio particular respecto al conflicto en Gaza.

En 2013, cuando él jugaba en el Basilea suizo, el sorteo de la Champions League lo enfrentaba a Maccabi Tel-Aviv. Para el encuentro de ida en Suiza, durante el saludo habitual entre rivales, Mohamed casualmente se dirigió al banco de suplentes para cambiar sus botines. El encuentro terminó con victoria 1-0 para los locales.

Cuando se hizo la hora de viajar, el prolífico delantero y su compatriota, Mohammed Elneny, se negaron a querer hacerlo, porque pisar el Aeropuerto Ben Gurion de Tel-Aviv era reconocer la legitimidad del Estado israelí. Dirigentes del Basilea amenazaron a sus dos futbolistas con la posibilidad de recibir fuertes sanciones si se ausentaban, por lo que terminaron yendo.

En esta ocasión, Salah volvió a inventar algo en el cruce de manos, en lugar de abrir la palma, mantuvo el puño cerrado y la chocaba contra las manos abiertas de a quienes consideraba contrarios.

Durante los 90´ fue abucheado y silbado, pero el crack africano respondió con un gol, un rezo y con su índice señalando a las tribunas de Maccabi.

De Mingueo a Temperley: el pibe que se creó su destino 

Por Valentina Quinteros

A diferencia de otros chicos sus primeros pasos fueron en una escuelita de fútbol llamada Mingueo FC en Colombia, un lugar donde el aprendizaje también se basaba en la pasión por jugar al fútbol. Ese fue el escenario que le cambió la vida y donde empezó un nuevo objetivo para el actual defensor de Temperley, Oswaldo Pacheco. 

El gran salto ocurrió a sus 19 años, cuando se le presentó la oportunidad de jugar en Argentina. “Llegar a un país como Argentina me hizo crecer y soñar en grande”, recuerda sobre aquel momento en el que su camino cambió por completo. El desafío de dejar su casa para perseguir un sueño profesional se mantuvo al integrarse en las divisiones inferiores del Club Atlético Temperley. 

Fue en ese entonces donde empezó a formarse como futbolista, se enfrentó a un sistema donde la exigencia es el lenguaje cotidiano. Temperley no solo fue su escuela, fue el lugar donde descubrió que el camino que está armando requiere algo más que técnica y que también exige una fuerte mentalidad. 

Ese proceso de formación fue, ante todo un ejercicio de resistencia. Al repasar aquellos años, reconoce que el fútbol argentino le planteó un desafío físico inesperado:”Lo que más me costó en Argentina fue lo físico, porque el ascenso es durísimo. Pero con esfuerzo y trabajo duro logré adaptarme, si uno compara el ritmo de esta categoría con otras, los jugadores acá corren los 90 minutos a una intensidad muy alta. Hay que prepararse mucho y entrenar para poder estar a la altura”. 

Para él el fútbol argentino es uno de los más exigentes a la hora de jugar: “Sin desprestigiar al fútbol colombiano, para mí el fútbol argentino es más exigente. Los jugadores son muy competitivos y eso hace que el nivel sea muy alto. Cualquier selección podría convocar futbolistas de esta categoría porque están preparados para competir”. 

Su historia es también la de alguien que logró fusionar dos culturas. “Sí, son culturas distintas”, admite. “El colombiano suele ser muy alegre y muy extrovertido. Pero uno también puede adaptarse a la cultura argentina sin problemas”.

Pacheco no es un defensor que se limite al roce físico; su juego se construye desde el estudio y la admiración por los maestros del puesto. Para él, la referencia siempre fue clara: “Siempre me identifiqué mucho con Gerard Piqué, cuando estaba en Barcelona era uno de los mejores centrales del mundo y me sentaba a verlo para aprender. Pero hoy, mi referente es Virgil van Dijk, para mí está en otro nivel; es un jugador extraordinario y sería un sueño poder enfrentarlo algún día”. 

Con la madurez de quien ha superado las pruebas más difíciles, Pacheco mira hacia adelante con claridad. Sobre el presente de su país natal, se muestra optimista: “A la Selección Colombiana la veo muy bien, para mí es una de las candidatas, el profesor Nestor Lorenzo viene trabajando hace tiempo con una idea clara. Creo que en el Mundial va a pelear por el título”. 

Hoy, Pacheco se presenta como un profesional completo, con la confianza y seguridad que fue agarrando durante este proceso como futbolista, él está para enfrentarse a nuevos desafíos. Con la base del fútbol argentino y la mentalidad de los grandes defensores, su mensaje es contundente: “Hoy me siento mucho más adaptado y creo que todavía puedo dar más”.

El eterno “está arreglado”

Por Lola Fariña Villaverde  

Que el Mundial de 2022 estuvo arreglado. Que los penales cobrados en ese mismo torneo fueron un regalo. Que existía un interés comercial en que Lionel Messi levantara la Copa del Mundo antes de retirarse. Desde entonces, ese tipo de planteos parece resurgir cada vez que la Selección da un golpe sobre la mesa. 

En esta ocasión aparecieron Hossan Hassam, entrenador de Egipto, y Mostafa Ziko, autor del segundo gol del equipo africano, como eje central de la tormenta cuando aseguraron que el árbitro François Letexier fue manipulado desde antes del pitido inicial para que Argentina se quede con el triunfo. 

También se instaló la idea de que la FIFA necesitaba que Messi fuera campeón por una cuestión de marketing. El argumento parece atractivo porque simplifica una historia compleja: es más fácil creer que hubo un guion escrito de antemano que aceptar que una generación de futbolistas atravesó años de frustraciones, perdió finales, siguió insistiendo y terminó construyendo uno de los ciclos más exitosos de la historia de la Selección. 

Quizá las acusaciones aparecen porque encontrar un culpable externo resulta menos doloroso que asumir las propias limitaciones. En ese escenario, la teoría de la conspiración funciona como un consuelo: convierte una derrota propia en una supuesta injusticia ajena. O quizá, el deseo de ocupar ese lugar hace que el resquemor acumulado termine por volcarse sobre quienes sí lograron alcanzar los objetivos que tantos persiguen. 

Entonces, ¿en qué momento el mérito deja de pertenecer a quienes entrenan, se preparan, se sobreponen a la adversidad y compiten al máximo nivel? ¿En qué punto una remontada épica, una actuación sobresaliente o un triunfo pasan a explicarse únicamente a través de intereses ocultos? Porque si cada victoria importante necesita una conspiración para ser entendida, quedan en un segundo plano el esfuerzo de un grupo que nunca da una pelota por perdida, que compite hasta el último minuto y que, incluso cuando parece derrotado, encuentra la manera de volver a ponerse de pie.

La fe

Por Juana Enrico

A veces, la fe nace de la necesidad de sentir que tenemos algún control sobre situaciones que nos son completamente ajenas. Antes del silbato inicial, el argentino promedio camina por la cornisa de un agnosticismo orgulloso: somos analistas tácticos, escépticos de la fortuna y dueños de una lógica feroz. Sin embargo, apenas la pelota se despega del césped, esa estructura racional se derrumba. En cuestión de segundos, la razón se exilia y dejamos nuestro destino en manos de un ritual absurdo: la camiseta sin lavar, el lugar exacto en el sillón o esa posición de las manos que, estamos convencidos, es el único hilo invisible capaz de sostener el equilibrio del universo a nuestro favor.

Ya no somos sujetos pensantes: somos oficiantes de una religión de emergencia. Nos transformamos en buscadores de señales dentro del caos. Si el vecino gritó antes, el gol fue culpa de su televisor desfasado, si alguien se movió justo cuando el equipo atacaba, ahí está la explicación del centro mal tirado. Es una forma de ordenar el azar, de ponerle nombre y apellido a la desgracia para que no se sienta tan aleatoria, tan inmensa. Porque, en el fondo, preferimos sentirnos culpables antes que aceptar una verdad más cruda: hay partidos que simplemente no dependen de nosotros, y nuestra fe, por más ferviente que sea, no es más que un grito desesperado contra la incertidumbre.

Por eso, cada encuentro se transforma en un ritual, una liturgia pagana en la que el país entero se detiene para comulgar. Durante noventa minutos, el territorio argentino se vuelve un espacio sagrado donde la lógica cede ante la fe y las reglas -por más absurdas o inventadas que sean- se respetan con un rigor casi ascético. Nadie cuestiona. Nadie duda. Es uno de los pocos momentos en que la estructura social parece suspenderse: las grietas ideológicas, los matices del gusto personal e incluso la indiferencia hacia el fútbol se disuelven en un mismo torrente de voluntad.

De pronto, la nación se vuelve un solo cuerpo. Ya no importan las pertenencias ni los colores; prevalece ese pulso unísono, esa aspiración casi atávica de ver, una vez más, nuestra bandera flameando en la cúspide del mundo. Es, en esencia, un pacto de esperanza ciega: durante un puñado de minutos, nos convencemos de que el destino del equipo también es el nuestro y de que, si nos mantenemos fieles al rito, el universo no tendrá más remedio que inclinarse ante nuestra necesidad.

Orgullo guaraní: el regreso de Paraguay a su país

Por Celeste Benítez

La última vez que Paraguay jugó una Copa del Mundo fue en Sudáfrica 2010. Gustavo Alfaro, director técnico argentino, consiguió llevar a la Albirroja a un nuevo sueño mundialista después de dieciséis años.

Cinco días antes del inicio del torneo internacional de fútbol, el seleccionado paraguayo fue despedido por su gente en el estadio más emblemático del país: el Defensores del Chaco. El lugar se encontraba repleto de gente alegre y eufórica que con mucha ilusión saludó al plantel que iría a representarlos en Norteamérica.

El debut del seleccionado paraguayo no fue el esperado. Recibió una goleada 4-1 ante Estados Unidos, uno de los anfitriones del torneo. Fue un baldazo de agua helada para los dirigidos de Alfaro. “Les dije a los jugadores que las emociones son importantes, pero en un Mundial las tenés que dejar de lado”, afirmó el entrenador rosarino. En el segundo partido el equipo supo recomponerse, le ganó 1-0 a Turquía y empató 0-0 con Australia en la última fecha de la fase de grupos. Luego se clasificó a los dieciseisavos de final como mejor tercero en el séptimo lugar.

En la primera instancia de eliminación directa a Paraguay le tocó enfrentarse a Alemania, la segunda selección con más copas del mundo junto a Italia y una de las grandes potencias del fútbol. En la previa del encuentro los alemanes eran los favoritos a ganar, por su historia futbolística y por su plantel. Pero la Albirroja tuvo fuerza y empuje, como todo país sudamericano. Con su idea de juego logró llevar al conjunto de Julian Nagelsmann a la tanda de penales, tras igualar 1-1 en el tiempo reglamentario. El arquero paraguayo, Orlando Gill, fue la figura durante los ciento veinte minutos y cuando tuvo que pararse bajo los tres palos, en la tanda decisiva, atajó dos penales. Desde los doce pasos, José Canale tuvo el último tiro y anotó el gol de la victoria. Así fue como Paraguay eliminó a Alemania, algo que nunca antes le había ocurrido a la Die Mannschaft.

La alegría fue inmensa, una de las hazañas más importantes en la historia de la Albirroja. Sin embargo, la felicidad duró poco y el camino del equipo de Alfaro se terminó en octavos de final, tras perder 1-0 ante Francia con un gol de Kylian Mbappé a los setenta minutos del partido. Luego de la eliminación, el rosarino le reconoció a sus jugadores el sacrificio y la dedicación que dieron en la cancha.

Días después, el seleccionado paraguayo aterrizó en el Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi y fue recibido por el presidente del país, Santiago Peña, y una multitud de hinchas que aplaudieron y cantaron. En lo que fue un clima de emoción y gratitud para los futbolistas y el cuerpo técnico que representaron con altura a la bandera de tres franjas horizontales y colores rojo, blanco y azul. “Ese contagio que vino desde adentro de esta tierra y de esta patria se transfirió a todos nosotros”, expresó Alfaro desde el escenario rodeado de los jugadores.

El rosarino, que estaba cubierto por la bandera paraguaya, habló frente a la multitud y les agradeció a sus dirigidos que fueron los verdaderos artífices que le enseñaron que los imposibles no existen. Para finalizar, destacó el corazón y el poder que tiene el país y pidió que esa llama que tiene Paraguay no se apague, que la mantengan viva para que el destino de la selección sea de grandeza. “Dentro de la camiseta nosotros tenemos un corazón que nos hace sentir que todo lo podemos conseguir, si estamos todos juntos”, exclamó Alfaro.

En cuanto el argentino dejó el micrófono los fuegos artificiales fueron lanzados. El equipo permaneció sobre la estructura de madera y miró hacia el frente para contemplar el cariño del pueblo paraguayo.