Por Juana Enrico
A veces, la fe nace de la necesidad de sentir que tenemos algún control sobre situaciones que nos son completamente ajenas. Antes del silbato inicial, el argentino promedio camina por la cornisa de un agnosticismo orgulloso: somos analistas tácticos, escépticos de la fortuna y dueños de una lógica feroz. Sin embargo, apenas la pelota se despega del césped, esa estructura racional se derrumba. En cuestión de segundos, la razón se exilia y dejamos nuestro destino en manos de un ritual absurdo: la camiseta sin lavar, el lugar exacto en el sillón o esa posición de las manos que, estamos convencidos, es el único hilo invisible capaz de sostener el equilibrio del universo a nuestro favor.
Ya no somos sujetos pensantes: somos oficiantes de una religión de emergencia. Nos transformamos en buscadores de señales dentro del caos. Si el vecino gritó antes, el gol fue culpa de su televisor desfasado, si alguien se movió justo cuando el equipo atacaba, ahí está la explicación del centro mal tirado. Es una forma de ordenar el azar, de ponerle nombre y apellido a la desgracia para que no se sienta tan aleatoria, tan inmensa. Porque, en el fondo, preferimos sentirnos culpables antes que aceptar una verdad más cruda: hay partidos que simplemente no dependen de nosotros, y nuestra fe, por más ferviente que sea, no es más que un grito desesperado contra la incertidumbre.
Por eso, cada encuentro se transforma en un ritual, una liturgia pagana en la que el país entero se detiene para comulgar. Durante noventa minutos, el territorio argentino se vuelve un espacio sagrado donde la lógica cede ante la fe y las reglas -por más absurdas o inventadas que sean- se respetan con un rigor casi ascético. Nadie cuestiona. Nadie duda. Es uno de los pocos momentos en que la estructura social parece suspenderse: las grietas ideológicas, los matices del gusto personal e incluso la indiferencia hacia el fútbol se disuelven en un mismo torrente de voluntad.
De pronto, la nación se vuelve un solo cuerpo. Ya no importan las pertenencias ni los colores; prevalece ese pulso unísono, esa aspiración casi atávica de ver, una vez más, nuestra bandera flameando en la cúspide del mundo. Es, en esencia, un pacto de esperanza ciega: durante un puñado de minutos, nos convencemos de que el destino del equipo también es el nuestro y de que, si nos mantenemos fieles al rito, el universo no tendrá más remedio que inclinarse ante nuestra necesidad.




