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La tarde de los caños de Ortega

Por Román Novas

El fútbol nació en Londres, Inglaterra en el año 1863, pero 135 años después, Ariel “Burrito” Ortega le enseñó a los propios ingleses a cómo jugar este deporte. Por qué Ortega es el sinónimo de “fútbol de potrero” en su máxima expresión y le tiró encima “el barrio” que portaba el 10 de la selección argentina. 

Una clase de fútbol en Saint – Étienne, oriunda de la provincia de Jujuy, ante una Inglaterra con “poca calle”. 30 de junio, Mundial de Francia 1998 y el primer tiempo de los octavos de final. Un hombre argentino de 1,70 de altura, porta la 10 en la espalda y tiene una derecha “mágica”. Su rival?… Un equipo ordenado y repleto de grandes figuras como David Beckham, Michael Owen y Alan Shearer que quedaron chiquitos al lado del “portero” argentino.

Porque como sucedió con “El Diego” en México 1986, “El burrito” lo homenajeó, no con goles sino con caños. Porque un “caño” es la acción más bella de “bailar” psicológicamente al rival, pero a su vez, le suma elegancia al realizar este fenómeno cuatro veces en un mismo partido. 

“El mejor primer tiempo de mi vida. Porque jugué como yo jugaba en mi barrio, tiré cuatro caños y si hubiese hecho un gol; sería el mejor partido de mi vida”, expresó el protagonista de esta historia.

Una actuación 10/10 y del propio “10”, pero como manda la historia argentina: si no se sufre, no vale. Un empate 2-2 en 120 minutos de juego, una victoria 4-3  en los penales y una histórica clasificación a cuartos de final. Una noche que quedará en los libros de fútbol argentino y como un “Burrito” le enseñó a los creadores de este deporte cómo se lo debe jugar.

Jude Bellingham, el hombre de los momentos decisivos

Por Valentín Gerez

“Quizás él no sabe lo que es jugar en esas condiciones frente a Haaland y otras estrellas”, dijo Jude Bellingham luego del enfrentamiento ante Noruega, y su frase no pasó desapercibida. Fue la respuesta a Thomas Tuchel, entrenador de Inglaterra, quien había manifestado su disconformidad con el rendimiento de su selección en el Mundial 2026. En cuestión de minutos, la declaración recorrió el mundo y volvió a poner sobre la mesa una característica que acompaña al mediocampista desde sus primeros pasos: una personalidad tan competitiva como desafiante. Bellingham no esquiva la presión ni el conflicto. Los enfrenta con ese mismo coraje con el que pide la pelota cuando el partido parece escaparse.

A los 23 años, el inglés ya no solo es una de las figuras del Real Madrid, sino también el principal referente futbolístico de su selección. Su actuación en el Mundial respalda ese lugar. Con seis goles, se ubica entre los máximos artilleros del torneo y ya ocupa el tercer puesto entre los goleadores históricos de Inglaterra en las Copas del Mundo, solo por detrás de Harry Kane y Gary Lineker. Sin embargo, las estadísticas explican solo una parte de su impacto. Lo que realmente distingue a Bellingham es su capacidad para aparecer cuando el margen de error desaparece.

 

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Lo demostró frente a México, donde convirtió un doblete decisivo para conducir a Inglaterra a la siguiente instancia. Pero fue ante Noruega cuando terminó de construir una de las imágenes más representativas de este Mundial. Inglaterra perdía y estaba quedando eliminada cuando el reloj marcaba el primero de los cuatro minutos adicionados del primer tiempo. Bellingham recibió cerca del área, dejó a tres rivales en el camino y, tras inventar un espacio donde no lo había, sacó un potente zurdazo al segundo palo para igualar el encuentro antes del descanso. Cuando el partido parecía encaminarse directamente al segundo tiempo del complemento, volvió a aparecer a los 92 minutos para empujar el rebote que dejó Örjan Nyland tras un remate de Morgan Rogers y darle a Inglaterra el pase a las semifinales. Dos goles que resumieron una de las principales virtudes del mediocampista: aparecer cuando todos los focos apuntan hacia él.

Aquella actuación tuvo un mérito adicional. Durante el encuentro volvió a mostrar molestias en el hombro izquierdo, una lesión con la que convivía desde hacía tiempo y por la que decidió postergar una operación para no perderse el Mundial. Meses antes, cuando el dolor empezaba a hacerse cada vez más difícil de soportar, confesó: “He llegado al punto en que el dolor no es tan malo. Estaba harto de jugar con el cabestrillo. Estoy perdiendo mucho peso de sudar tanto. Llevo tiempo esperando y se me está agotando la paciencia, pero los fisios y los médicos están siendo increíbles y quiero sentirme libre”. Finalmente, pasó por el quirófano a mediados de 2025, aunque aquellas palabras dejaron al descubierto el nivel de exigencia con el que transitó uno de los períodos más importantes de su carrera.

Esa mentalidad comenzó a forjarse mucho antes de que el mundo hablara de él. Nacido en Stourbridge, dio sus primeros pasos en el Birmingham City, donde debutó con apenas 16 años y se convirtió en el futbolista más joven de la historia del club. Su impacto fue tan grande que, tras ser transferido al Borussia Dortmund, la institución decidió retirar la camiseta número 22. No fue un homenaje únicamente al talento de un adolescente. También fue un reconocimiento a su profesionalismo, liderazgo y al ejemplo que representaba para las futuras generaciones en el club que lo vio nacer.

Con apenas 17 años tomó una decisión poco habitual para una de las mayores promesas del fútbol inglés: rechazó el camino más cómodo y se marchó a Alemania para continuar su formación en el Borussia Dortmund. Allí terminó de moldearse como un mediocampista total. Recuperaba, organizaba, llegaba al área y convertía. Ese crecimiento llamó la atención del Real Madrid, donde asumió responsabilidades desde el primer día y confirmó que estaba preparado para competir bajo la presión constante que exige uno de los clubes más grandes del mundo.

Detrás del futbolista aparece una familia que fue determinante en su desarrollo. Su padre, Mark, expolicía y goleador del fútbol amateur inglés, le inculcó la disciplina y la cultura del esfuerzo a él y a su hermano, Jobe Bellingham, otro futbolista profesional. Su madre, Denise, dejó Inglaterra para acompañarlo durante su adaptación en Alemania y luego en España. Ese respaldo explica, en parte, la madurez con la que afrontó decisiones que pocos futbolistas toman siendo adolescentes.

Su carácter, sin embargo, sigue dividiendo opiniones. Para algunos, sus gestos y declaraciones reflejan arrogancia. Para otros, simplemente exponen a un competidor obsesionado con ganar y dispuesto a asumir responsabilidades incluso cuando el contexto es adverso. La respuesta a Tuchel no fue un hecho aislado, sino una muestra más de esa personalidad que lo convirtió en líder antes de cumplir los 25 años.

Ahora tendrá una nueva prueba. Inglaterra buscará un lugar en la final del Mundial frente a Argentina, la vigente campeona del mundo. Del otro lado estará una de las selecciones más fuertes del torneo; del suyo, un país que vuelve a depositar en Bellingham la ilusión de seguir avanzando. Si algo dejó claro a lo largo de este Mundial es que los escenarios de máxima presión no lo intimidan. Al contrario, parecen ser el lugar donde mejor sabe jugar.

Messi y los ingleses, el partido más esperado

Por Thiago Maison y Sofía Sedeño

Desde aquel debut fugaz con expulsión ante Hungría que lo privó de estar en el amistoso ante los Tres Leones en 2005, hasta el 2026 con su último baile en mundiales por delante. Una historia que ya tiene entre sus páginas los más grandes logros posibles en la carrera de un futbolista de élite, pero que aún, tal vez, le quede algo por contar.

A sus 19 años, Lionel Andrés Messi Cuccittini jugó por primera vez en la selección argentina frente a Hungría, partido en el que el astro disputó tan solo un minuto de su ingreso debido a un golpe artero con la mano a Vilmos Vanczák que derivó en una tarjeta roja, que lo obligó a ausentarse a la hora de disputar el siguiente partido frente a Inglaterra en el que la Albiceleste cayó 3-2 con goles de Hernan Crespo y Walter Samuel, y por el lado de los Tres Leones Wayne Rooney y doblete de Michael Owen.

Ese enfrentamiento delimitó el último cruce entre argentinos e ingleses, pero tres años antes ambos combinados nacionales se habían visto las caras en un Mundial por segunda justa consecutiva. En aquel duelo por la fecha dos del grupo F, los dirigidos por Marcelo Bielsa cayeron por la mínima con un gol de penal de David Beckham, quien había sido expulsado ante Argentina en los cuartos de final en 1998 y que, paradójicamente, es el dueño del club en el que milita Messi actualmente.

Desde allí nunca se volvieron a cruzar en una Copa del Mundo. Hasta que en Kansas Leo tenga la chance de reeditar una jornada épica como la de Diego Armando Maradona, a 40 años de aquella ocasión en el Azteca. Esta vez en semifinales y en búsqueda de cortar la mala racha que está vigente desde 1990, cuando Argentina eliminó por última vez a un campeón del mundo en los 90 minutos.

Casi como si estuviera escrito y en su última participación en una cita máxima, la Pulga tendrá en sus manos la chance de que una nueva noche fría caiga en Inglaterra. Porque, en un enfrentamiento que nunca fue solo un partido, el 10 argentino podrá llenar de ilusión los corazones de la hinchada albiceleste con una gambeta corta, con su característico recorte hacia su perfil izquierdo y posterior remate o, quizás, simplemente con su liderazgo y el apoyo de 47 millones de personas que lo alientan y empujan a que su hambre de ganar nunca se sacíe. 

A su vez, el seleccionado argentino se presentará con la camiseta azul, la suplente, al igual que en el ‘86 y el ‘98 cuando la Albiceleste derrotó a Inglaterra, el primero con “La Mano de Dios” y el “Gol del Siglo”, ambos marcados por Diego Armando Maradona; y en el segundo triunfó en tanda de penales luego de que Carlos “Lechuga” Roa le arrebatara el penal a David Batty.

Por otra parte, en la fase de grupos de 1962 y en los cuartos de final del ‘66, Argentina cayó en ambos encuentros ante los ingleses. En la edición en la que los Tres Leones fueron locales, la Albiceleste fue catalogada como la perjudicada debido a la expulsión de Antonio Rattín a los 36 minutos del primer tiempo, ya que el árbitro alemán no hablaba español y entendió que el capitán argentino lo había insultado.

En 2014, el combinado nacional argentino se formó en la foto previa al amistoso frente a Eslovenia con una bandera que exhibía un título llamativo: “Las Malvinas son Argentinas”. Por eso, el diario inglés Daily Mail publicó que el cuerpo técnico le indicó a sus jugadores que no respondieran nada acerca del archipiélago. La FIFA sancionó a la Albiceleste con una multa de $33.200 dólares por dar un mensaje político.

También, en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, los aficionados ingleses intentaron ingresar, sin éxito, con una bandera que tenía una imagen del Club Barrow FC, que lleva un submarino en su escudo, por lo que la entidad madre del fútbol internacional consideró esta acción como apología a elementos militares.

A su vez, en la previa del duelo que definirá quién será el segundo finalista del Mundial 2026, Gary Lineker, histórico delantero inglés, hizo referencia a las Islas Malvinas por su nombre en español y también como Falklands, como se las conoce en el país europeo, por lo que fue azotado por las críticas de los hinchas, que reavivaron un debate que todavía permanecía en silencio.

En 1986, Maradona encabezó el plantel argentino que combatió futbolísticamente ante Inglaterra bajo la premisa de vengar a su manera a los jóvenes que pusieron en riesgo su vida en la Guerra de Malvinas y tantos otros que la perdieron. Por su parte Mario Alberto Kempes, cuando era un incipiente delantero de 19 años en 1974, protagonizó el 2 a 2 amistoso y se quedó a las puertas de sellar la revancha de la polémica caída en la Copa del Mundo 1966, que motivó aquel encuentro no oficial.

Ahora le toca a él. A Lionel Andrés. El ídolo de distintas generaciones que fueron mal acostumbradas por él mismo a tener una figura que durante 20 años sea capaz de convertir más de 30 goles por temporada, producto de su abismal nivel que impidió -y aún impide- la evaluación de su rendimiento como la de cualquier otro atleta, lo que causa que un altísimo desempeño parezca una hormiga ante el gigante que siempre supo ser.

Quizás el destino tenía preparadas dos copas del mundo para él. Pero tal vez también escribió que en esta ocasión el astro argentino emule al que parecía insuperable. Al que siempre lo consideró intocable en la selección, Diego Armando Maradona. Además, por si fuera poco, Lionel Scaloni pareció seguir al pie de la letra la escuela del “Doctor” Bilardo.

Al igual que el “Narigón” hace cuarenta años, declaró que es sólo un partido más. Sin embargo, cada uno de los 47 millones de argentinos reconoce que no es así. Por la sed de gloria, sí. Pero también por ese plus placentero que le otorga vencer a Inglaterra tras aquel enfrentamiento bélico en 1982.

Capaz Lionel tiene preparada una función del mejor nivel para que su gente delire. O quizás las últimas páginas del libro contengan el final feliz tan anhelado, aunque tal vez aún no se conozca y este estuvo aguardando toda una trayectoria para salir a la luz en el momento perfecto y desenmascarar un suceso que podría marcar para siempre la novela sagrada de Messi, que ya incluye botas de oros de mundiales, récord histórico de goles y asistencias en tal competencia y, entre otras cosas, competir cabeza a cabeza con la generación que disfrutó su infancia viéndolo jugar.

“Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, dice el hit de la hinchada argentina en la Copa del Mundo en Estados Unidos, México y Canadá. Ese pequeño fragmento podría verse reflejado en 90 -o 120- minutos de fútbol total. Porque el deporte rey podrá vestirse de diablo de vez en cuando, pero cuando D10S aparece, no hay Satanás que valga para frenar su magia y evitar que derrumbe todas las paredes que intentaron ponerle durante más de 20 años.

Contra todo y todos, Lionel Andrés Messi Cuccitini tiene en su poder un arma de doble filo que podría cavar definitivamente la tumba de todos aquellos que pretendían sepultarlo.

Franco Armani, el guardián de una era

Por Juan Duarte

Hay futbolistas que llegan envueltos en una enorme expectativa y otros que construyen su lugar con el paso del tiempo. Franco Armani fue uno de esos casos. Cuando River Plate decidió incorporarlo en enero de 2018, procedente de Atlético Nacional, no hubo una presentación deslumbrante ni cifras millonarias que acapararan los titulares. La apuesta de Marcelo Gallardo era simple: sumar al mejor guardameta del continente para resolver un puesto que llevaba tiempo sin dueño.

Ocho temporadas después, esa apuesta terminó convirtiéndose en una de las incorporaciones más trascendentes de la historia reciente del club de Núñez. Con su regreso a Atlético Nacional prácticamente acordado, el santafesino pondrá punto final a un ciclo inolvidable, dejando el arco en manos de Santiago Beltrán, el juvenil llamado a protagonizar la renovación bajo los tres palos.

El camino hacia la consagración estuvo lejos de ser sencillo. Formado en Estudiantes de La Plata, pasó por Deportivo Merlo y Ferro Carril Oeste antes de encontrar en Colombia el escenario ideal para despegar. En Medellín se transformó en referente absoluto de Atlético Nacional, disputó casi 250 encuentros y conquistó 13 títulos, entre ellos la histórica Copa Libertadores 2016, la Recopa Sudamericana y varios campeonatos locales que lo elevaron a la categoría de símbolo.

Con ese prestigio llegó a River Plate. Apenas unos meses después de su debut apareció la primera gran demostración de carácter: una actuación memorable en la Supercopa Argentina frente a Boca Juniors, donde sus intervenciones fueron determinantes para conquistar el título. Aquella noche terminó de convencer a quienes todavía dudaban de si podía sostener en Argentina el nivel que había mostrado en Colombia.

Desde entonces, el arco del conjunto millonario tuvo un dueño indiscutido. Durante su estadía levantó dos títulos de la Liga Profesional, tres Copas Argentina, dos Supercopas Argentinas, el Trofeo de Campeones, la Recopa Sudamericana 2019 y, por encima de todos, la inolvidable Copa Libertadores 2018 conseguida en Madrid frente al clásico rival, una conquista que quedó grabada para siempre en la memoria de los hinchas.

Sin embargo, su legado excede ampliamente el palmarés. Durante años fue sinónimo de seguridad, regularidad y liderazgo. Mientras el fútbol argentino debatía quién era el mejor arquero del país, su nombre aparecía permanentemente en la discusión. Primero las comparaciones fueron con Agustín Rossi y Esteban Andrada; más adelante con Sergio Romero, Rodrigo Rey o Gabriel Arias. Cambiaban los protagonistas, pero el punto de referencia seguía siendo el mismo.

Su influencia también alcanzó a la Selección Argentina. Después de integrar el plantel que disputó el Mundial de Rusia 2018, Lionel Scaloni decidió sostenerlo como titular en el inicio de un proceso que todavía buscaba identidad. En aquellos primeros años, cuando el entrenador era cuestionado y el equipo atravesaba una etapa de reconstrucción, el experimentado guardameta aportó serenidad, liderazgo y experiencia. Fue el dueño del arco durante la Copa América 2019 y una pieza importante para consolidar un grupo que más tarde alcanzaría la gloria con las conquistas de la Copa América 2021, la Finalissima 2022 y la Copa del Mundo de Qatar 2022.

El paso del tiempo también abrió la puerta al recambio. La irrupción de Santiago Beltrán permitió que el club “Millonario”  comenzara a preparar una transición que parecía inevitable. Lejos de aferrarse al puesto, el experimentado arquero acompañó ese proceso con la misma profesionalidad que caracterizó toda su carrera, entendiendo que cada etapa tiene su final.

Su salida representa mucho más que una transferencia. Se marcha un referente que sostuvo al equipo en incontables noches decisivas, un líder silencioso que eligió hablar con actuaciones antes que con declaraciones y un futbolista que convirtió la regularidad en una costumbre.

Llegó con perfil bajo y sin hacer demasiado ruido. Se despide como uno de los grandes nombres de la historia moderna de River Plate. Mientras Santiago Beltrán comienza a escribir su propia historia, Franco Armani volverá a Medellín para reencontrarse con Atlético Nacional, el otro club que marcó su carrera. Dos camisetas, dos hogares y un legado que difícilmente pueda medirse solo en títulos o estadísticas.

 

Harry Kane, el goleador que sueña con el fútbol americano

Por Eliseo Damonte

Harry Edward Kane, nacido el 28 de julio de 1993 en Londres, se consolidó como uno de los delanteros más implacables y completos del fútbol moderno. Su historia, lejos de ser la de un talento que explotó de la noche a la mañana, está fuertemente marcada por la perseverancia y el desarrollo desde las bases. Formado en las divisiones inferiores y el equipo de reserva del Tottenham Hotspur, el club decidió enviarlo a préstamo en sus inicios para que forjara su carácter y sumara experiencia en el profesionalismo. A través de este sistema de cesiones, el atacante vistió consecutivamente las camisetas de Leyton Orient, Millwall, Norwich City y Leicester City. Tras este valioso recorrido por el ascenso y diferentes categorías, regresó completamente maduro a los Spurs para adueñarse de forma definitiva de la delantera titular.  

En el equipo londinense jugó durante casi dos décadas, convirtiéndose en el máximo goleador histórico de la institución con 280 tantos oficiales. Sin embargo, su brillante paso por Inglaterra estuvo marcado por un estigma que lo persiguió sin descanso: la sequía de títulos. A pesar de romper toda clase de récords individuales y ser la gran figura de la Premier League año tras año, la consagración colectiva se le negó sistemáticamente.  

Para quebrar esa racha, en 2023 su carrera tomó un nuevo rumbo al unirse al Bayern Múnich. La tan ansiada revancha llegó por fin en la temporada 2024/25, cuando se coronó campeón de la Bundesliga. Ese primer título oficial como profesional, conseguido recién a los 31 años, significó sacarse de encima una mochila de más de una década de frustraciones. Lejos de conformarse, ese primer trofeo fue el envión que necesitaba: en la reciente campaña 2025/26 volvió a brillar para ganar un histórico doblete doméstico en Alemania, elevándose aún más en el estatus de máximo goleador inglés en la historia del fútbol de clubes e internacional.  

Con la selección de Inglaterra, su rol como capitán y referente absoluto es indiscutido. Durante la Copa del Mundo de Catar 2022, Kane demostró su dualidad como creador de juego y definidor. En la fase de grupos, repartió tres asistencias, liderando cómodamente a su equipo hacia la siguiente ronda, donde abrió su cuenta personal en la contundente victoria por 3-0 sobre Senegal. Sin embargo, el torneo también le reservó uno de los momentos más tensos de su carrera en los cuartos de final contra Francia. Tras haber igualado el partido con un potente penal, tuvo en sus pies la oportunidad de empatar nuevamente desde los doce pasos en los minutos finales. Pero su remate se fue por encima del travesaño, sellando la eliminación inglesa en un encuentro sumamente cerrado y decisivo.  

Más allá de sus impresionantes cifras y su liderazgo, la trayectoria del atacante esconde matices y anécdotas muy particulares. Paradójicamente, a los ocho años formó parte de la academia del Arsenal, el clásico rival del Tottenham, pero quedó libre tras solo una temporada porque los entrenadores consideraron que no era lo suficientemente atlético. El tiempo se encargó de desmentir ese juicio, especialmente cuando comenzó a dejar su huella a nivel internacional. Su impacto con la selección mayor de Inglaterra fue tan fulminante que, en su debut oficial contra Lituania en 2015, ingresó desde el banco de suplentes y tardó apenas 80 segundos en marcar su primer gol con el equipo nacional.

Su compromiso y disposición adentro de la cancha también lo llevaron a protagonizar escenas inusuales, como aquella vez en 2014, durante los minutos finales de un partido de la Europa League, en la que tuvo que ponerse los guantes y atajar tras la expulsión de un compañero de equipo. Sin embargo, el dato más llamativo sobre Kane apunta directamente a su futuro una vez que decida colgar los botines. Como gran fanático del fútbol americano y profundo admirador de Tom Brady, el delantero confesó que le gustaría intentar una carrera profesional como pateador en la NFL. Para él, lograr competir al más alto nivel en la Premier League, disputar Mundiales de la FIFA y luego sumar minutos en la NFL lo convertiría en uno de los deportistas más singulares de toda la historia.

Nunca fue solo un partido

Por Gabriel Milian Scuri

En la previa del partido entre Argentina e Inglaterra del Mundial de 1986, el entrenador Carlos Bilardo declaró, en un inglés bastante precario, que aquel cruce era “solo fútbol”. 

Cuarenta años después, en la antesala de un nuevo enfrentamiento entre ambos seleccionados, la frase se hizo presente.

El seleccionado argentino se metió en las semifinales del Mundial 2026 tras vencer a Suiza por 3-1. La prensa, que palpitó incluso desde antes de triunfar ante la Rossocrociati el duelo ante Inglaterra, le consultó a Lionel Scaloni sobre el significado de este encuentro. “Es solo un partido de fútbol, eh. No busquemos otra cosa”, respondió.

Fue sincero desde su opinión. Conciso. Le quitó cualquier tipo de peso extrafutbolístico al enfrentamiento contra The Three Lions. Pero, en esta, toca que gran parte del pueblo argentino difiera con el seleccionador nacional. Aunque, quizá, de aquí hasta el miércoles, el oriundo de Pujato logre visualizar lo que pasa en las calles de su patria, o en los alrededores de los estadios, donde la gente salta, casi que de manera coordinada, y al unísono entona: “El que no salta es un inglés”. 

En las casas argentinas, llenas de grupos de amigos y mesas con cervezas, las voces pedían jugar con Inglaterra. Hay algo en lo emotivo que interpela al medirse ante quien nunca va a ser un seleccionado más, sino una parte de la representación de un país que, a lo largo de los años, se ha obsesionado con quitarle (y quitarnos) al mundo lo que no le es propio.

Desde las invasiones en 1806 y 1807, hasta la insistencia por reconocer como suyas unas islas que quedan a la vuelta de la esquina de Ushuaia. Que fueron heredadas. Que fueron siempre territorio argentino. Y que lo seguirán siendo.

En las redes sociales la gente se pronuncia con imágenes de Maradona, Rattín o flyers publicitarios. En el Obelisco brota la emoción y la esperanza de que el ladrón reciba un cachetazo de revés. Una vez más.

Nunca será solo un partido de fútbol, para una tierra en la que este deporte se utiliza como motor para cuando la panza está vacía o las ilusiones rotas que deja la vida te destrozan el alma. La pelota funciona para la Argentina como una curita que tapa cada uno de los raspones que se impregnan en la piel.

Nunca será solo un partido porque el fútbol nunca será solo fútbol. Ni para Scaloni, que, quizá, en cada sueño que tiene, fantasea con una victoria. Se le viene a la mente su gente. Su pueblo. Que, al igual que gran parte del país, saltan junto a la hinchada para no ser ingleses.

Argentina vs Inglaterra: ¿solamente fútbol?

Por Juana Lusin Santafé

“Es solamente fútbol”, dicen algunos. Y probablemente tengan razón. Pero para los argentinos, cada vez que del otro lado aparece Inglaterra, esa frase pierde fuerza. Ahí, el fútbol se llena de memoria. No porque un partido pueda cambiar la historia, sino porque hay enfrentamientos que nunca lograron desprenderse de todo lo que representan. Es imposible no sentir un nudo en la garganta. Es imposible que no se erice la piel. Es imposible que el corazón no lata diferente. Porque cuando Argentina e Inglaterra se enfrentan en un Mundial, nunca juegan solamente once contra once. También juegan los recuerdos, las heridas, las alegrías y una rivalidad que atravesó generaciones.

El primer capítulo se escribió el 2 de junio de 1962, durante el Mundial de Chile. Argentina e Inglaterra se enfrentaban por primera vez en una Copa del Mundo y, por entonces, el duelo todavía no cargaba con el peso simbólico que adquiriría con los años. Inglaterra se impuso por 3 a 1 y dejó a la Selección al borde de la eliminación. Aquella tarde pasó a la historia porque fue el comienzo de un recorrido que nadie imaginaba. Sin saberlo, ambas selecciones acababan de abrir una historia que, con el paso de las décadas, dejaría de medirse únicamente en goles.

Cuatro años después, todo cambió. En los cuartos de final del Mundial de Inglaterra 1966, la Selección cayó 1-0 en un partido que quedó marcado por la polémica. A los 35 minutos, cuando las tarjetas todavía no existían, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein decidió expulsar a Antonio Rattín. El problema fue que el capitán argentino no hablaba alemán y el juez no hablaba español. Rattín se quedó inmóvil, incrédulo, pidiendo un intérprete para entender por qué debía abandonar la cancha. La respuesta nunca llegó. Antes de entrar al túnel, pasó junto a la alfombra roja preparada para el ingreso de la reina Isabel II y se sentó unos segundos sobre ella. Además, como si faltara algo, al pasar junto al córner, estrujó el banderín del Reino Unido en un gesto de bronca que quedó inmortalizado. Lo que ocurrió en Wembley parecía suficiente para que quedara grabado en la memoria. Pero la historia todavía tenía reservado el capítulo más inolvidable de todos.

Veinte años después, el 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, Argentina e Inglaterra se encontraron otra vez en los cuartos de final. Pero esta vez el partido llegaba cargado de un peso imposible de ignorar. Apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas, el fútbol se convirtió, por un instante, en el escenario donde un país entero volcó emociones que iban mucho más allá del resultado. Entonces apareció Diego Armando Maradona. Primero con la picardía de “La Mano de Dios”. Después, con una obra de arte que todavía hoy parece desafiar el paso del tiempo. “Barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste?”, gritó Víctor Hugo Morales mientras Maradona dejaba ingleses en el camino para convertir lo que se transformaría en “El gol del Siglo”. Argentina ganó 2-1. Aquella tarde no devolvió a los que ya no estaban, no cerró heridas ni cambió la historia. Pero durante noventa minutos le regaló a un pueblo un abrazo que necesitaba. Y, a veces, el fútbol también sirve para recordarnos que, incluso después del dolor, todavía es posible volver a sonreír.

El destino volvió a encontrarlos dos veces más. En Francia 1998, el duelo terminó 2-2 y se resolvió desde los doce pasos, donde Argentina volvió a ganar mientras David Beckham cargaba con el peso de una expulsión que marcaría su carrera. Pero el fútbol, tan cruel como generoso, le tenía reservada una segunda oportunidad. En Corea-Japón 2002, el inglés convirtió de penal el único gol del partido, se tomó revancha y dejó a la Selección de Marcelo Bielsa al borde de una eliminación que terminaría consumándose pocos días después. Dos Mundiales, dos finales distintos y un mismo protagonista. Como si la historia entre argentinos e ingleses nunca dejara cabos sueltos.

Este miércoles volverán a verse las caras. Esta vez, en una instancia en la que nunca se encontraron: semifinales de la Copa del Mundo. No importan los años que pasen ni los partidos que se jueguen, la Selección nunca pisa la cancha sola. Detrás de esa camiseta están los que alguna vez cantaron al ritmo de “el que no salta es un inglés…”, los que se emocionan cada vez que escuchan las estrofas del himno, los que vuelven a mirar imágenes de aquellos que dejaron todo por la patria y entienden que algunos recuerdos nunca dejan de doler.

Entonces, ¿es realmente solamente fútbol? ¿Cómo se lo explicamos a alguien que no entiende lo que verdaderamente significa? Quizás nunca exista una respuesta capaz de explicarlo del todo. Porque hay emociones que no encuentran palabras, solo corazones capaces de entenderlas.

Mikel Merino, el polivalente de España que entra para anotar

Por Matías Moroni

Un gol no es solo una pelota que atraviesa la línea de un arco de fútbol. Según el momento, cuando el esférico vence a un arquero puede cambiar el rumbo de un partido, de un torneo y hasta de un país. Tener un jugador con la capacidad de generar ese grito sagrado con tan solo dos minutos en el campo es una cualidad que ansía cualquier equipo. España tiene un nombre propio con ese atributo en este Mundial: Mikel Merino.

El jugador de Arsenal convirtió el 2-1 ante Bélgica para darle a “La Roja” el pase a las semifinales de una Copa del Mundo por segunda vez en su historia. En la instancia anterior, ante Portugal, el centrocampista anotó el tanto para clasificar a España a los cuartos de final. ¿La coincidencia? En los dos partidos, Merino ingresó en el minuto 85 por Dani Olmo y le dio la clasificación a su país a la siguiente ronda a minutos de haber ingresado.

El oriundo de Pamplona ya le había bordado una sonrisa a los españoles en la Eurocopa 2024 disputada en Alemania. Merino aprovechó su 1,88 m de altura con un testazo al minuto 119 del partido, ante los locales, y selló la clasificación de “La Furia” a las semifinales del certamen, el cual acabaría ganando.

Esta aptitud goleadora se puede explicar de diversas maneras. La más predominante es la confianza que le ha dado Mikel Arteta, entrenador de Merino en el Arsenal, cuando lo ha utilizado en varios partidos de delantero centro desde comienzos de 2025. “Es bueno que tenga esa capacidad para marcar goles, para percibir el peligro, y para llegar a los espacios adecuados en el momento oportuno. Le pides que juegue de “nueve” y lo hace a la perfección”, señaló el entrenador de los “Gunners” sobre la posición donde empezó a colocar a Merino el año pasado.

Los números respaldan esta decisión de su entrenador. En la Real Sociedad, su anterior club, Merino promedió un gol cada nueve partidos. Aunque esos números para un mediocampista central son muy buenos, en Inglaterra, el vasco promedia un gol cada cinco encuentros. Lo que avala la metamorfosis por la que pasó Merino bajo las alas de Arteta.

Pero su labor no fue siempre de atacante. A sus 20 años, en 2016, fue transferido al Borussia Dortmund proveniente del Osasuna, club donde debutó como profesional. En Alemania, Merino fue dirigido por Thomas Tuchel, ahora entrenador de Inglaterra, quien lo ubicaba de defensor central. La razón principal de esta decisión era la gran salida de pelota que aportaba un jugador de esas características, quien además, con sus casi dos metros de altura, le brinda poderío aéreo a todos los equipos donde juega. 

Luis De Fuente, entrenador de la selección española, llenó de elogios a un jugador tan polivalente como Merino en conferencia de prensa post partido ante Bélgica:  “Es un futbolista completísimo. Es muy versátil. Lo hace todo bien. Tiene un entendimiento del juego excepcional. Tiene la visión que necesita el equipo y la calma para interpretar los momentos del partido. Y por último, tiene una actitud ante la vida y ante el fútbol de compromiso y de generosidad”.

Esta actitud ante la vida que remarca el seleccionador español abarca momentos difíciles por los que atravesó el surgido en el Osasuna este año. A fines de enero, Merino sufrió una fractura en el pie derecho que lo marginó de las canchas hasta comienzos de mayo.”El hecho de estar aquí era algo impensado hace unos meses”, expresó el español luego de anotar el gol decisivo ante Portugal en los octavos de final. 

Por otro lado, “el de los goles importantes” está viviendo la cara más amarga del éxito de un deportista. Merino se está perdiendo los primeros meses de su hijo Marco, nacido el pasado 9 de mayo. “Tener a mi mujer y a mi hijo lejos hace que el Mundial, que es lo más bonito que te puede pasar como futbolista, pierda un poco de brillo”, confesó el goleador español.

Rattín, el adiós a un bostero de ley y emblema de Selección

Por Santino Teysseyre

El fútbol argentino despidió este 11 de julio a Antonio Ubaldo Rattín, una de las máximas leyendas de la historia de Boca Juniors y un referente absoluto de la Selección Argentina, dueño del mediocampo con su imponente 1.90 de estatura y un liderazgo inquebrantable.

Nacido el 16 de mayo de 1937 en Tigre, Buenos Aires, “El Rata” llegó a Boca a sus 19 años y rápidamente se convirtió en el “5” del Xeneize. Durante 16 temporadas consecutivas vistió exclusivamente la camiseta azul y oro, disputó 353 partidos oficiales y convirtió 10 goles, cifras que lo ubican entre los futbolistas con más presencias en la historia del club. Fue capitán durante gran parte de la década de 1960 y levantó cinco títulos: los campeonatos de 1962, 1964, 1965, el Nacional de 1969 y la Copa Argentina de 1969.

Con la Selección Argentina también dejó su huella. Jugó 34 partidos internacionales y representó al país en los Mundiales de Chile 1962 e Inglaterra 1966. Precisamente en este último, siendo el capitán, protagonizó uno de los episodios más recordados de la historia de las Copas del Mundo. En los cuartos de final frente al seleccionado inglés, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein lo expulsó por supuesta protesta, pese a que no hablaban el mismo idioma. Invadido por el enojo y la impotencia ante semejante injusticia, Rattín se negó durante varios minutos a abandonar el campo y, antes de retirarse, retorció con la mano un banderín con la bandera inglesa y se sentó sobre la alfombra roja destinada a la Reina Isabel II. Aquella imagen recorrió el mundo y quedó inmortalizada como uno de los momentos más icónicos del fútbol argentino.

Su estilo de juego era una combinación entre fortaleza física, inteligencia y liderazgo. Era el clásico número cinco de contención que ordenaba todo desde el fondo. Su influencia fue tal que a día de hoy, 66 años después, sigue siendo un símbolo de lo que significa esa posición en el mundo Boca.

Tras retirarse como futbolista en 1970, inició una carrera como entrenador. Dirigió a Boca Juniors en distintos ciclos y también estuvo al frente de clubes como Atlanta, Banfield, Vélez Sarsfield y All Boys, entre otros.

Rattín deja un legado que excede las estadísticas. Fue un emblema de Boca, un capitán respetado por compañeros y rivales y uno de los futbolistas que ayudó a construir la identidad competitiva del club y de la Selección Argentina. Su nombre permanecerá para siempre entre los grandes ídolos del fútbol argentino.

El himno de una ilusión: Inglaterra, la segunda estrella y el idilio con “Wonderwall”

Por Tiziano Moreira

A 60 años de la histórica coronación en su propia casa, la selección inglesa adoptó el gran clásico de Oasis como banda sonora oficial para la Copa del Mundo 2026. La historia de una melodía capaz de unir a Mánchester con el barrio de Boedo y potenciar la esperanza de todo un plantel en los estadios de Norteamérica.

La selección de Inglaterra adoptó “Wonderwall” de la banda Oasis como himno exclusivo durante la Copa del Mundo 2026 en Estados Unidos, México y Canadá. A seis décadas de su única consagración mundialista, el plantel entona este clásico en cada sede para celebrar los triunfos, conectar de forma directa con sus raíces británicas y alimentar el sueño de la segunda estrella.

El rito musical y emotivo ocurre a la vista de todo el público. Tras cada victoria, el equipo posterga el regreso al vestuario y los jugadores caminan hacia la tribuna ocupada por sus hinchas. Los acordes acústicos bajan desde los parlantes del estadio y la voz inconfundible de Liam Gallagher inunda la escena. Los futbolistas se abrazan, forman una fila de cara a la multitud y cantan a capela a todo pulmón en una comunión total con su gente. La convicción del grupo queda expuesta en el inicio de la canción. Los protagonistas asumen el desafío al advertir que el día de recuperar la gloria llegó y el camino a seguir está claro:

“Today is gonna be the day that they’re gonna throw it back to you. By now you should’ve somehow realized what you gotta do” (Hoy será el día en que te lo van a devolver. Para este momento ya deberías haber comprendido lo que debes hacer).

Ese mensaje de firmeza marcó el final de un debate en las concentraciones previas. El plantel analizó opciones para definir la melodía del grupo e incluyó clásicos inmortales: “Hey Jude” de The Beatles (en honor a Jude Bellingham), “Start Me Up” de The Rolling Stones, “Don’t Stop Me Now” de Queen y el himno futbolero “Three Lions” de The Lightning Seeds. Pese a estas alternativas, los referentes eligieron la obra cumbre del britpop.

Noel Gallagher compuso el tema en 1995 con la idea de cantarle a un amigo imaginario la capacidad de rescatar a alguien de sus propios fantasmas. La canción refleja una lealtad incondicional, una devoción única por el otro:

“I don’t believe that anybody. Feels the way I do, about you now” (No creo que nadie sienta de la manera en que yo lo hago por ti ahora).

Esa misma pasión une a los hermanos Gallagher con Manchester City desde las décadas de 1970 y 1980. Pese a sostener una relación personal muy conflictiva y marcada por años de distanciamiento público, su amor sobrevivió a las épocas oscuras del club en la segunda división y se mantiene intacto. Noel diseñó la tipografía oficial de las camisetas para la temporada 2024/2025 y Liam reunió a la banda para una gira de regreso en 2025, ya que lo había prometido si el equipo lograba la Champions League en 2023 ante el Inter de Milán.

Esa fidelidad a prueba de todo convirtió a la música de Oasis en un símbolo de pertenencia para el futbolista inglés, dispuesto a transitar trayectos difíciles para alcanzar la cima:

“And all the roads we have to walk are winding. And all the lights that lead us there are blinding” (Y todos los caminos que tenemos que caminar son sinuosos, y todas las luces que nos guían allí son cegadoras).

La campaña en el Grupo L comenzó con un triunfo 4-2 ante Croacia en Dallas, continuó con un empate 0-0 frente a Ghana en Boston y cerró con una victoria 2-0 sobre Panamá en Nueva Jersey. Tras el debut, Declan Rice describió la atmósfera: “El primer círculo de jugadores en la cancha fue un momento de unión único con la afición. Fue en verdad algo muy especial, nos quitó un peso de encima”.

Con la tensión en alza durante los cruces de eliminación directa, las palabras de los protagonistas pasan a un segundo plano para dejar que la canción hable por ellos:


“There are many things that I. Would like to say to you but I don’t know how” (Hay muchas cosas que me gustaría decirte, pero no sé cómo).

En 16avos de final, el equipo sufrió para superar 2-1 a la República Democrática del Congo en Atlanta. Frente a la paridad del torneo, el defensor Nico O’Reilly compartió su postura ante la FIFA: “No importa el rival, tenemos que celebrar. Cantar con los aficionados nos da un sentimiento espectacular”. En octavos de final, resistieron la presión del Estadio Azteca y eliminaron al local México por 3-2 con una brillante actuación de Bellingham.

Esa búsqueda de un refugio seguro cruzó el océano mucho antes de este torneo para instalarse en el fútbol sudamericano. A fines de la década de 1990 y principios de los 2000, la Escuela de Tablones, hinchada de San Lorenzo de Almagro, adaptó la melodía. Los versos en inglés mutaron a estrofas en español para celebrar el arraigo en el barrio de Boedo. Esa misma estructura rítmica pegadiza que los bombos y platillos argentinos aceleraron en las tribunas, hoy resuena en los estadios de Norteamérica. El estribillo funde ambas pasiones y resume el espíritu del equipo:

“Because maybe, you’re gonna be the one that saves me. And after all, you’re my wonderwall” (Porque tal vez tú seas quien me salve, y después de todo, eres mi Wonderwall).

El capitán Harry Kane dimensionó el impacto de este fenómeno cultural y deportivo: “Cantar ‘Wonderwall’ con los fanáticos en el estadio se convirtió en uno de mis momentos favoritos de toda mi carrera con la camiseta de Inglaterra, en especial en un torneo de esta magnitud. Sé que los hinchas en casa están igual, tiran cerveza por todas partes por la emoción. Nos encantan estas cosas, nos da una conexión real con la gente”.

Inglaterra enfrentará a Noruega en los cuartos de final en la ciudad de Miami. Al sonar el silbato de cierre, la gran incógnita quedará develada: ¿sonarán las guitarras de los Gallagher o remará el barco vikingo bajo la conducción de Erling Haaland?