Por Delfina Cabral y Valentina Prieto
Antes de las canchas y el fútbol, Lucas Robertone era un chico inquieto. “Muy intenso, todo el día”, así lo recuerda su padre Hugo, esa energía que estaba en su casa, con el tiempo encontró un lugar en el fútbol, aunque la familia nunca pensó que iba a terminar jugando en Primera.
Su padre nunca lo presionó ante la posibilidad de ser futbolista profesional, la idea era que Lucas disfrutara y fuera feliz haciendo lo que le gustara, sin importar dónde. Quizá por eso, cuando habla de la carrera que construyó su hijo, no empieza por los clubes ni por los logros deportivos, sino por una característica que considera fundamental: “Su constancia en la adversidad”.
Hugo dice que el crecimiento de Lucas no fue solamente futbolístico. Lo que más destaca de su persona es que, a pesar de su juventud, se convirtió en alguien responsable y familiero, lo que conservó incluso al mudarse lejos de su casa para vivir nuevas experiencias.
Europa fue una de ellas; la distancia cuando estaba en el Unión Deportiva Almería fue difícil para toda la familia. Lucas era joven y estar lejos implicaba acostumbrarse a otra vida mientras los suyos seguían en Concordia, su ciudad natal. Sin embargo, nunca sintieron que tomó decisiones sin saber lo que hacía, siempre analizó los pros, los contras y eligió convencido.
Entre todos los recuerdos que dejó el fútbol, hay uno que ocupa un lugar especial: un amistoso de la Selección Argentina Sub-23 contra Colombia en cancha de Argentinos Juniors, mientras cantaba con orgullo el himno nacional. Lucas estaba representando al país, mientras familiares y amigos lo acompañaban.
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Sin embargo, cuando le preguntás qué lo hace sentir más orgulloso de su hijo, el fútbol queda en segundo plano. No habla de un partido, ni de un gol, ni de un reconocimiento, sino que Lucas sigue siendo el mismo de siempre, un chico intenso, responsable, familiero y constante.
En un deporte atravesado por la exposición, la presión y la pasión, su padre valora que no haya cambiado su esencia. Que pueda pasar por distintos clubes, jugar en Europa, vestir la camiseta de la Selección y, al mismo tiempo, conservar esa personalidad que lo acompañó desde chico.
Ahora la relación entre ambos tiene un nuevo capítulo. Lucas es padre y su papá encuentra en la manera en que se relaciona con su nieto algunas escenas que le resultan conocidas. Lo ve disfrutar de su hijo y acompañarlo en cada momento, como él mismo lo hizo y seguirá haciendo con Lucas.
Por eso, si tuviera que volver al inicio, a esos días en los que lo llevaba a entrenar, dormía poco y no faltaba a ningún partido, no cambiaría nada, le diría lo mismo que en ese entonces: “Disfrutá de los momentos que no vuelven a repetirse”.
Pero si su padre habla de la constancia como una de las características que definieron a Lucas, sus amigos recuerdan otra que aparece desde mucho antes, la competitividad.
Ellos lo conocieron antes de que el fútbol se transformara en una profesión, un “pibe” con el que jugaban de chicos, sencillo, tranquilo, que se divierte con lo simple y disfruta de eso. Antes de Vélez y de Europa iban a los entrenamientos en el Club Salto Grande, donde había una cancha de arena a la que llamaban “el Morumbi”; allí jugaban partidos reducidos por equipos, entrenaban, competían y, sobre todo, se divertían.
También recuerdan que Lucas entendía el juego de una manera diferente para la edad que tenía. Para su entrenador, tampoco era difícil notar que tenía condiciones, lo describe como un volante mixto, capaz de jugar en ataque como en defensa, con buen manejo de pelota, remate y capacidad para asociarse. También destacaba su manera de anticipar, recuperar y leer el juego, pero sobre todo, la personalidad de líder, tanto dentro como fuera de la cancha.
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Lucas llegaba antes a los entrenamientos y muchas veces se quedaba un rato más una vez que terminaban. Incluso había días que no tenían que ir y aparecía igual en el club para jugar con una botella, una pelota o cualquier cosa que sirva para patear.
“Cuando lo veo jugar en Vélez, me trae muchos recuerdos de su infancia y de todo el proceso que vivimos junto a él y a su familia. Hay determinadas acciones similares a cuando empezó que se te vienen al presente, obviamente todas potenciadas y mejoradas por el nivel en el que está, pero trae muchos flashes de esos momentos que hemos pasado juntos”, destacó su entrenador Matías Cabral.
El Club Salto Grande siempre buscó que los chicos sean cada vez mejores, no en comparación con el otro, sino potenciar sus habilidades cada día. Dentro de eso estaban los valores: compromiso, humildad, compañerismo, fair play, solidaridad y respeto a las reglas, compañeros, rivales y mayores.
El fútbol y el deporte otorgan valores y dejan amistades para toda la vida. A ellos los formó como personas y los hizo amigos, una amistad que perduró y creció en el tiempo. Aunque todos estén en lugares distintos y con responsabilidades diferentes, intentan coincidir algún fin de semana y cuando lo hacen parece que la distancia nunca existió.
El club también hizo lo suyo. Aún, en esos reencuentros, surgen anécdotas de cuando entrenaban juntos. Jano Reinaudo, uno de los integrantes del grupo, mencionó: “En muchas ocasiones, nos ponemos a recordar viejas épocas y miramos videos de los provinciales que jugábamos con el club”.
Todas las características y recuerdos que destaca su círculo más cercano son visibles en su carrera deportiva. Porque, después de todo lo recorrido, Lucas regresó a su querido Vélez, pero esta vez con la experiencia y el crecimiento que le dejaron cada uno de los caminos transitados.





