Gran Premio de Japón 2014: el accidente que lo cambió todo

Por Sofía Metz

1950, ese año comenzó todo. El primer campeonato de Fórmula 1 tal como lo conocemos ahora. A lo largo de todos estos años, nacieron campeones y héroes que dejaron su huella, que ayudaron al deporte a mejorar, que salvaron a otros pilotos. Algunos, en vida alzaban la voz cuando algo les parecía mal, pero nadie los escuchaba. Tuvieron que morir para que las cosas cambiaran; a otros les tocó ser parte de una tragedia.

El 5 de octubre de 2014, en el Gran Premio de Suzuka, Jules Bianchi tuvo uno de los peores accidentes del siglo XXI. La tormenta avanzaba sobre la ciudad; aun así la carrera se llevó a cabo con normalidad. En la vuelta 42, Adrian Sutil se despistó en la curva Dunlop, el auto quedó en la grava, lo que provocó una doble bandera amarilla en ese sector. La grúa había salido, los demás debían bajar la velocidad, por reglamento. Pero una vuelta después pasó lo que hizo que la categoría diera un giro enorme en cuanto a seguridad: Bianchi perdió el control a 212 km/h y se fue de pista, impactando contra la parte posterior del vehículo encargado de retirar el monoplaza de Sutil.

El francés perdió el conocimiento rápidamente, según Andy Mellor, quien en ese entonces era el vicepresidente de la Comisión de Seguridad de la FIA. El choque había sido tan duro como si un coche se hubiera lanzado desde 48 metros de altura. El piloto fue trasladado a un hospital, donde lo operaron de urgencia. Fue diagnosticado con “gravísimas lesiones en la cabeza” e inducido al coma. En noviembre lo sacaron del coma ya que podía respirar por su cuenta, y lo trasladaron a Niza, lugar en el que había nacido. En el verano europeo de 2015, su situación empeoró y el 17 de julio, con tan solo 25 años, finalmente falleció.

Después del accidente, la FIA creó una comisión para investigar lo sucedido y las reglas de seguridad cambiaron. A partir de 2015, se empezó a implementar el Virtual Safety Car y, además, se desarrolló lo que se conoce como Halo, una protección del cockpit que empezó a ser obligatoria en 2018. El Halo le salvó la vida a Romain Grosjean en el Gran Premio de Baréin 2020, quien chocó contra Daniil Kvyat en la primera vuelta, provocando que el monoposto saliera disparado a más de 220 km/h contra las barreras metálicas y se partiera en dos, ocasionando un incendio. Grosjean logró salir por sus propios medios y solo sufrió quemaduras en las manos y en los pies.

En los últimos años, no se volvió a lamentar una pérdida en la máxima categoría, en parte gracias a las medidas que se fueron implementando con los años. Qué lástima que se deban perder vidas para salvar otras, ¿no? La FIA ha aprendido mucho, pero a la vez se ha equivocado. Esta vez suspendieron la carrera, pero en 1994, cuando Ayrton Senna murió en San Marino y cuando Roland Ratzenberger ya había fallecido durante la clasificación, la actividad siguió como si nada hubiese pasado. Sus compañeros pasaban por Tamburello sin saber su estado y la victoria de Schumacher no tenía sabor a victoria. 

Es increíble pensar que, sin todo lo que se fue adquiriendo, pilotos como Grosjean, Hamilton, Verstappen, Zhou, entre otros, quizá ya no estarían. Es increíble pensar que, a pesar de la gravedad de sus accidentes, no les haya pasado nada. A la entidad encargada de regular la F1 le queda mucho por aprender y mucho que dejar atrás. Siempre van a estar aquellos que hagan las cosas mal, pero por lo menos la vida de los pilotos importa cada día más.

Más notas