El Diez y la literatura: el más humano de nosotros

Por Thiago Maison 

Pareciera que es el protagonista de un libro de Gabriel García Márquez, porque, como solía hacer el colombiano en sus obras, convirtió la cotidianeidad -el fútbol- en algo extraordinario, y provocó que esa misma extraordinariedad sea parte de lo diario para nosotros. Sin embargo, es una realidad y no un cuento de hadas, por lo que, al igual que todo, no es eterno. 

Lionel Messi, el nombre que resonará en los silencios de la Selección argentina. Acaso inefable, o tal vez simplemente sea mejor obviar el querer definirlo para no enredarse en el afán de cubrir toda su magia con simples palabras. 

Ojalá pudiéramos retroceder el tiempo para revivir cada trazo que dejó con su lapicera mágica, con esa tinta celeste y blanca teñida de gloria, para brindarnos alegrías imborrables. Para cada capítulo de esta historia, tuvo que embarrarse y hacer oídos sordos a las insoportables críticas que llevaban a la recomendación de dar un paso al costado, para, recién así, situarse en la memoria colectiva como un fenómeno a lo mejor irrepetible y finalmente coronar su esfuerzo tocando el cielo con sus propias manos. 

Y como él se encargó de (mal)acostumbrarnos a lo extraordinario, Guillem Balagué, reconocido periodista español, decidió demostrarnos en “Messi”, la primera biografía autorizada sobre la Pulga, que esa habilidad inverosímil no es más que una característica extra de una persona sumergida en el hermetismo familiar, el apego hacia los suyos y el temor a fracasar. 

El comunicador de Sky Sports logró el difícil objetivo de ganarse la confianza de la familia Messi, por lo que recopiló declaraciones exclusivas para, además de remarcar su sensacionalidad, retirarle sutilmente el mote de extraterrestre que le asignó la prensa y adoptó gran parte de la colectividad futbolera para su apodo. 

Abordó desde la construcción del carácter de Lionel y el servilletazo, que delimitó su primer contrato con el Fútbol Club Barcelona, hasta los detalles más crudos de su salida del Culé y las claves de su espontánea reconstrucción de cara a la posterior consagración en suelo qatarí, con la tan ansiada Copa del Mundo por fin en sus manos. 

Habló de Leo, en vez de Messi. Y del chico que fue acusado de que el supuesto desarraigo cultural, provocado por su prematura salida a Cataluña, se lo comió por completo y lo privó de tener esa argentinidad que cada habitante del país más austral del globo pretende ver en sus representantes. No es simplemente una biografía que se actualiza periódicamente, y que ya alcanzó las 750 páginas, sino que es la demostración de que hasta él, un supuesto extraterrestre, es igual de humano que todos nosotros. 

Una vida marcada por la vulnerabilidad, con una sola vía de escape posible para él. No fue el dinero. Fue -y es- jugar a la pelota. Desde muy chico, Leo canalizó su fragilidad en fútbol puro y decidió que su timidez volara cada vez que la pelota llegaba a sus pies, porque ahí comenzaba su momento.

El propio Balagué se adentró también en eso, pero Marcos López Gabor, periodista argentino, se abocó a la narrativa de las silenciosas batallas psicológicas y emocionales de un pequeño Messi que no encajaba con el estereotipo de atleta de alto rendimiento, con la cercanía sentimental como premisa para el lector. 

Es una tarea fácil describir cómo abordó esto el salteño, ya que únicamente con el título de su obra se comprende a la perfección el sentido del trabajo: “Messi, el niño prodigio que desafió al destino”. Y vaya que lo hizo, porque, como describe López Gabor, la Pulga prácticamente saltó al vacío para cambiar su realidad en búsqueda de certezas, con las dudas como protagonistas principales de una incipiente trayectoria que pretendía modificar su rumbo a miles de kilómetros de su Rosario natal. 

Un legado construido en base a forjar su carácter incorruptible y distante al ruido. Los flashes sobre él, su mente en la pelota y en el terreno de juego. Viajó forzadamente a Barcelona, con ese miedo inevitable a fracasar, al que se le sumaba el temor de una 

eventual disolución familiar, que se acrecentó al ver regresar a su ciudad de origen a parte de sus seres queridos, debido a la falta de adaptación a su nuevo hogar. 

Pero Leo y Jorge, su padre, tenían una misión: derrumbar las paredes impuestas por aquellos que consideraban imposible su llegada a la élite deportiva, dada su contextura física. Y lo hizo gracias a que él logró forjar en sí mismo un líder silencioso y competitivo hasta el hartazgo. 

Nunca fue solamente recreativo el fútbol para él, pero desde aquel momento apareció ese algo indescriptible dentro suyo para marcarle el camino, el cual le tenía preparado más de un -duro- obstáculo para intentar derribarlo. Sin embargo, una vez que comenzó a escribir su historia, nada podía detenerlo, porque incluso él ya lo había dicho: “Recuerda mi nombre, Leo Messi”. 

Además, en “Messi, el niño prodigio que desafió al destino”, López Gabor destacó la humildad como herramienta fundamental en su éxito. Para algunos, tan simple como decir que es “tibio” y esconde eso en su evidente carácter de persona sencilla. Para los que lo han investigado -como el salteño- o, aunque sea, seguido de cerca, un ejemplo de que el esquema de prioridad siempre puede mantener en lo más alto a la familia y los modismos con los que creció o le inculcaron de raíz, aún habiéndose convertido en una marca multimillonaria global y ser el responsable del ya conocido como efecto Messi, que ha influido hasta en el PBI de ciudades enteras. 

Tantos libros que han sido dedicados a él y a investigarlo. Y aún así, siempre aparece algo nuevo. Como el Messi Íntimo, la otra cara del ídolo argentino, libro homónimo escrito por Ariel Senosiain para desenmascarar anécdotas entrañables de su infancia y su relación con su mujer y compañera de vida, Antonela Roccuzzo. Todo eso -y más-, con el fin de seguir validando que Leo es, al igual que el resto, un hombre que va en ojotas en la casa y carga un mate a donde quiera que vaya, porque es hasta más argentino que tantos otros que dicen serlo y desprestigiaron, a diestra y siniestra, al mejor de los nuestros.

Un deleite verlo recorrer cada centímetro del verde césped, con o sin pelota al pie. Ese escaneo del momento y lugar para aparecer con exactitud justo donde lo pide el partido, aunque quizás nadie más que él haya podido descifrar ese código secreto para romper el esquema. A veces ni sus compañeros alcanzan a leer lo que él hará. No hay forma. Y aunque no lo detecten a tiempo, él vuelve a reaccionar casi instantáneamente para ofrecer otra solución. Lo que sucede en su cerebro entre esas cuatro líneas de cal, seguramente será un misterio eterno. Ni siquiera Oliver, protagonista de “¿Qué tiene en la cabeza Leo?”, de Federico De Vedia, logra decodificar esta incógnita. 

No, no leíste mal. Ni en la ficción mezclada con realidad hay una respuesta para el fenómeno que representó a todos los argentinos durante 20 largos años. Pero sí tenemos la verdad referida a quién es Lionel Andrés Messi Cuccittini: un hombre, anteriormente niño por lógica biológica, vulnerable y humilde, que ha sabido sortear las piedras que aparecieron delante suyo para ser feliz haciendo lo que ama, y también darle alegrías a su familia, su sostén y pilar sin contexto que valga.

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