Por Lola Fariña Villaverde
Que el Mundial de 2022 estuvo arreglado. Que los penales cobrados en ese mismo torneo fueron un regalo. Que existía un interés comercial en que Lionel Messi levantara la Copa del Mundo antes de retirarse. Desde entonces, ese tipo de planteos parece resurgir cada vez que la Selección da un golpe sobre la mesa.
En esta ocasión aparecieron Hossan Hassam, entrenador de Egipto, y Mostafa Ziko, autor del segundo gol del equipo africano, como eje central de la tormenta cuando aseguraron que el árbitro François Letexier fue manipulado desde antes del pitido inicial para que Argentina se quede con el triunfo.
También se instaló la idea de que la FIFA necesitaba que Messi fuera campeón por una cuestión de marketing. El argumento parece atractivo porque simplifica una historia compleja: es más fácil creer que hubo un guion escrito de antemano que aceptar que una generación de futbolistas atravesó años de frustraciones, perdió finales, siguió insistiendo y terminó construyendo uno de los ciclos más exitosos de la historia de la Selección.
Quizá las acusaciones aparecen porque encontrar un culpable externo resulta menos doloroso que asumir las propias limitaciones. En ese escenario, la teoría de la conspiración funciona como un consuelo: convierte una derrota propia en una supuesta injusticia ajena. O quizá, el deseo de ocupar ese lugar hace que el resquemor acumulado termine por volcarse sobre quienes sí lograron alcanzar los objetivos que tantos persiguen.
Entonces, ¿en qué momento el mérito deja de pertenecer a quienes entrenan, se preparan, se sobreponen a la adversidad y compiten al máximo nivel? ¿En qué punto una remontada épica, una actuación sobresaliente o un triunfo pasan a explicarse únicamente a través de intereses ocultos? Porque si cada victoria importante necesita una conspiración para ser entendida, quedan en un segundo plano el esfuerzo de un grupo que nunca da una pelota por perdida, que compite hasta el último minuto y que, incluso cuando parece derrotado, encuentra la manera de volver a ponerse de pie.




