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Temperley y Los Andes: rivales pero no enemigos

Por Máximo Clemente

Dos clubes y dos barrios que trasladan familiaridad y pertenencia dentro de dos mundos que laten al mismo ritmo, a menos de cinco kilómetros de distancia. Distintos deportes y esencias, pero todo de la mano con el fútbol, aquel deporte que ganes o pierdas, la pasión es vital. Nace de sus hinchas que en su mayoría son quienes lo alzan y le dan vitalidad. Según la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), 300 mil socios acompañan y alientan a los clubes en el ascenso en 2025.

El lema “club es de los socios” se hace notar especialmente en Temperley y Los Andes, en el sur del conurbano de la Provincia de Buenos Aires. Aportan pulso barrial en cada esquina con el sonido de los bombos y sus colores representativos: celeste por un lado y blanco con rojo del otro. Territorio de zona obrera y calles de barro en el sur. En ese contexto nacieron, por un lado, el Gasolero, fundado en 1912, con 9.000 socios y en la Primera Nacional, al igual que el Mil Rayitas, fundado en 1917 con un promedio de 8.000 almas por partido.

Este barrio de Lomas de Zamora es anécdota y viveza, como en la previa de cada partido de Temperley con la humeada desde la esquina sobre Dorrego. Será el olor a chorizo, carne o carbón en la parrilla “La Celestita”, en Temperley. Ese olor a asado, característico de cada argentino. Parrilla chica en su exterior pero parada segura para hinchas que tienen su ritual antes de ingresar al Alfredo Beranger, sobre la Avenida 9 de Julio.

Rodeado de brasas, humo gris e identidad celeste, Alejandro Cuello, hincha de no más de 60 años con una vestimenta acorde a su época, jean, camisa a cuadros y bigote- recuerda sentado en el cordón público: “La campaña de 1982-1983 fue las mejores de la historia en Primera”. Mientras se acomoda la camisa con la mirada en el recuerdo, agrega: “Hasta llegamos a semifinales del Torneo Nacional 1983”. Franco Jara, joven socio de 23 años, asegura que “el ascenso a Primera División en 2014 fue algo perfecto y eterno”. “Crivelli es mi ídolo” , sentencia ante el arquero (foto) que en dicho ascenso fue referente clave atajando dos penales en la final ante Platense del Reducido.

Fue un día glorioso porque atajé dos penales con la hinchada detrás" - Copa Argentina / Web oficial de la Copa Argentina

Fuera de la cancha, con parrilla y carnaval. Adentro, en lo institucional, también sus socios levantan la mano con el nombramiento de una nueva platea a Edith Pecorelli, ex presidenta de la institución y fundamental en el levantamiento de la quiebra en 1989. Hoy como legado, y en aquel entonces como sostén en una época negra. El socio se hace notar más que nunca, es por eso que Jorge Rodriguez Turdó, vicepresidente segundo de Temperley, es quien afirma desde adentro: “En Temperley las obras no son solo colocar cemento o butacas; se busca honrar a personas como Edith Pecorelli, que puso el pecho por el club, al igual que cada uno de nuestros jugadores en la cancha en buenos o malos resultados”.

Café Bicentenario, a horas de la mañana, y Dana Hernández, jefa de Prensa de Temperley, se toma ese famoso café cortado en Argentina. Transmite que todos tiran para un mismo lado: por su parte, la identidad como comunidad en posteos, campañas y coberturas para ayudar a crecer en lo social y económico.

Siete años sin estar en Primera se hacen desear. El recuerdo de cuando en 2018 logró llegar a semifinales de la Copa Argentina derrotando a Argentinos Juniors y San Lorenzo en instancias anteriores. El legado del “Glorioso” Temperley en lo más alto, apodo adoptado en los 70 y 80 cuando logró ascensos en 1974 y 1982 a la máxima categoría, y además por codearse ante los equipos más grandes de nuestro fútbol. La pasión, el barrio o la pertenencia fueron más qué la billetera y jerarquía: victorias históricas logradas ante River por 1-0 con gol de Nestor Scotta por el Metropolitano 1983. Misma competición y año la goleada en su favor ante Boca por 3 a 0, partido el cual el Xeneize fue local en el estadio de Atlanta (León Kolbowski). Glorias que no están en la vitrina, sino en la mística, el aguante y el sentido de pertenencia de su gente, que lo acompañó en todo momento, hasta cuando el club entró en quiebra.

A 15 cuadras de distancia, en Lomas de Zamora, su clásico barrial: Los Andes. Rivalidad que comenzó por 1927, aunque los hinchas más añejos dirán que es Banfield, por estar en el mismo partido con una rivalidad que tuvieron a principios del siglo XX en etapa amateur. Pero ante Temperley se late y se siente en cada paso. A pesar de no haberse enfrentado por 14 años por jugar en distintas categorías (de 2000 a 2014), sigue igual de viva la rivalidad con 95 partidos entre sí: 38 victorias para Los Andes, 31 para Temperley y 35 empates restantes.

Los Andes vs. Temperley archivos | InfoRegión

El Mil Rayitas viene de disputar la B Metropolitana tras cuatro años y no deja de soñar con el ascenso a primera división tras varias temporadas, la última participación fue en el 2001. En el mundo del ascenso, el aguante es parte de la identidad. Para Los Andes, esa personalidad cuando más se hace fuerte es en los peores momentos, como en la temporada 2018/2019 recordada una de las peores de la historia: tan solo ganó cuatro partidos con 13 goles a favor y 24 en contra para finalizar último en la tabla de posiciones, en el puesto 25°. A pesar de ganar el “Clásico del Sur” ante Temperley por 1-0, fue una campaña olvidable, por lo que dictaminó su descenso a la Primera B Metropolitana desde Primera Nacional.

En estos casos, “salvarse” del descenso es pura emoción, delirio y deshago de todo un barrio. El mismo barrio que no solo muestra el amor incondicional dentro de la cancha, sino también afuera y que forja una familia como lo es el básquet, cuando se inauguró en 2020 el nuevo estadio Santiago Agosti, idea llevada a cabo por sus socios, socias y subcomisión de básquet. Son grandes detalles que hacen al club. Una familiaridad que se construye con aniversarios, rifas, colectas con el sentimiento de unidad.

Los hinchas del Mil Rayitas representan partido a partido con su cancionero y dentro de ella una frase que describe: “Pasan los técnicos, pasan los jugadores, pero lo que no pasa es la pasión”. En este caso, sus 25.000 posibles almas en el Eduardo Gallardón. En este enorme club supieron defender sus colores figuras como Jonatan Maidana (foto) (surgido del mismo) o Hernán Díaz, muy queridos y parte de la gran historia de River. “Los Andes es orgullo”, una frase en la entrada del predio “Villa Albertina” sobre la calle Arlucea al 99 que se respira en cada esquina, cada partido. Sí, son simples frases que se reflejan en alguien que viste su camiseta para ir a trabajar, desde algún balcón y en la charla de café entre vecinos o amigos. El aguante se renueva cada vez que el equipo juega, gane o pierda.

Los Andes: El caudillo de Lomas

Julian Vivas, actual jugador de Fénix y quien hizo inferiores para debutar en 2016, con un total de 28 presentaciones con el club, anticipó cómo se vive: “Los Andes me dio la oportunidad de crecer como persona y jugador. Pasé los mejores momentos en el club pero me quedo con el cariño de su gente; lo hacen sentir en el día a día”. Frente al estadio, el bar “Lo de Tito” no deja de transmitir barrio. Sus hinchas no dejan de visitar y extasian sus banderas o camisetas. Nombres de jugadores ídolos de la institución como Jorge Ginarte, Oscar Giorgi u Orlando Romero se muestran en el menú con sus platos correspondientes: el orgullo y pertenencia que se transmite. Pero no queda ahí, lucen pósters e ilustraciones de los mismos con la identidad al 100%.

Aquel debut de Giorgi en 1973 ante Morón quedó lejos, pero lo que nunca deja de latir es ser considerado uno de los mejores defensores de la historia del club con la mayor cantidad de presencias: 359. “Romerito”, clave en el mediocampo para el ascenso en 2000 y quien más temporadas disputó con el Mil Rayitas, con 15. Por último, Jorge Ginarte, fue el director técnico en este último ascenso de Los Andes en dicho año. Su idolatría se construye años antes, viene de la época de 1968, allí como jugador fue líder y capitán para que el equipo logre la clasificación al Nacional de 1968.

Ilustraciones que con verlas traen nostalgia en todas las generaciones. Entre tantas, aparece una foto que atesora sentimientos encontrados: la de Diego Armando Maradona junto con un hincha con la camiseta de Los Andes, sacada en 2005 en un viaje realizado a Italia por el fanático. Historia mata relato: aquel año 2000 el Mil Rayitas, con una lluvia épica, dio una muestra de carácter ante Quilmes por la final del Nacional B. Días antes había eliminado a Banfield por la semifinal, con el condimento de que se podrían considerar clásicos de la zona. La excitación de la gente de Lomas fue tal que no hubo ninguna lluvia torrencial que los detenga. Fue victoria 2-0 la ida y la vuelta empate 1-1. Todo fue carnaval rojo y blanco con gritos, euforia y locura. Su última gran hazaña épica, siendo tapa de casi todos los diarios. “Los Andes es primera”, titulaba aquella noche de descontrol Diario Popular, acompañado por una foto en la que se ve a los jugadores abrazados, con los ojos llenos de lágrimas.

Son 100 años y Milrayitas :: Olé - ole.com.ar

Sentimiento de clásico único. Barrio y folklore. El tango de ambiente y el fútbol esperando: esas dos expresiones populares argentinas basadas en pasión, ritmo y juego colectivo: en el tango, dos cuerpos se coordinan para “jugar” la música; en el fútbol, un equipo se coordina para “bailar” la pelota. En los dos hay improvisación, emoción intensa y un sentido profundo de identidad cultural.

Un sábado 22 de octubre, en plena primavera. En un fútbol que recién estaba dando sus frutos y popularidad, los corazones de sus hinchas se detuvieron por esa pasión. Varias familias deben tener en sus vitrinas cada uno de los clásicos que pasan. Uno de ellos puede ser el de 1966 a pesar de los casi sesenta años a día de hoy. Con la presencia de más de 20.000 personas en el Eduardo Gallardón, que rugía de rojo y el calor del público que no cesaba para disfrutar de un espectáculo futbolístico. Miles de efectivos policiales y banderas rojas que no paraban de flamear al ritmo de este encuentro correspondiente a la fecha 34 de la Primera B. De un momento a otro todo se derrumbó. Cada gol retumbaba en sus propios jugadores, hinchas y hasta los periodistas que se encontraban allí. Los Andes fue testigo de una derrota que hizo y hace ruido: 6-0 de local ante su clásico rival: Temperley. Al sexto ya no había palabras. Fue todo desolación para su gente.

Pasaron más de diez años de aquel 4 de octubre de 2015 cuando se realizó el “Maratón por la familia” llevado a cabo en el Parque Eva Perón (más conocido como Parque de Lomas), que demuestra la identidad de este clásico del Sur. Allí participaron 1.500 personas con tres circuitos de 7, 3 y 1 km, a favor de la integración y contra la violencia en el fútbol con el famoso lema: “Rivales, no enemigos”. Ese día será recordado por la participación de ambos conjuntos: El Mil Rayitas de blanco y rojo y el Celeste, flameando sus camisetas en un mismo lugar, esta vez también compitiendo pero por la unidad. No fue un hecho aislado. Este clásico en Lomas se vive, no se juega. Temperley y Los Andes no comparten solo una rivalidad sino una misma raíz. Sus colores nunca dejan de latir, fuera y dentro de la cancha.

 

Las Yaguaretés y la visibilidad que no llega

Por Amparo Reynoso, Matías Travaglini, Adrián Schneir, Mateo Lopardo y Valentino Paglia

El rugby siempre tuvo su propio ritual, la tierra húmeda, el golpe seco del tackle, el pase que viaja exacto entre manos callosas y el silencio que se corta justo antes de que estalle el scrum. Es un deporte que nació entre barro, reglas y una cultura que combina disciplina y libertad, dentro de la cancha vale todo lo que esté permitido, siempre y cuando el juego siga vivo. Afuera, el tercer tiempo funciona como un recordatorio, de que fuera de la cancha no existen las rivalidades.

Durante muchos años, esa mística pareció reservada para los varones. Se hablaba de la entrega, del coraje, del honor, pero ese mismo espíritu también empezó a crecer en otros cuerpos, en otras voces y con otras historias. Las mujeres que juegan al rugby en Argentina llevan esa llama desde hace décadas, aunque casi nadie mira hacia ese lado.

Las Yaguaretés, la selección femenina de rugby, son el ejemplo más claro de una lucha silenciosa. El equipo que entrena, viaja y compite representando al país, vive en una contradicción: existe, crece y mejora, pero rara vez tiene la visibilidad que merece. Sus partidos no se televisan con regularidad, sus torneos aparecen en recuadros mínimos de los diarios y sus logros parecen perdidos entre un mar de noticias, donde el deporte femenino sigue estando en construcción.

Basta con seguirlas un rato para entender lo injusto que es. Entrenan en horarios rotos, muchas veces después de cumplir con sus trabajos o estudios. Juegan torneos internacionales donde enfrentan a potencias con estructuras profesionales, mientras ellas todavía lidian con la falta de apoyo económico, viáticos limitados y escasa difusión. Aun así, se plantan con una convicción admirable, cuando la camiseta es celeste y blanca, la diferencia de recursos queda de lado.

Lo más llamativo es que, cuando se les da un espacio, la gente responde. Los videos de sus giras, los tries que suben a redes y las notas donde cuentan sus historias, generan hacen que las personas siempre se pregunten lo mismo: “¿Cómo puede ser que nunca escuché hablar de ellas?”. Esa pregunta, repetida mil veces, habla más de nosotros que del equipo. Porque Las Yaguaretés están, lo que falta es mirada.La invisibilidad no solo es mediática. También es simbólica. Muchas chicas que hoy podrían anotarse en rugby ni siquiera saben que existe un seleccionado femenino. Eso achica el semillero, recorta sueños y alimenta la idea equivocada de que el rugby no es para ellas. Pero basta con ver un partido de Las Yaguaretés para entender que el deporte les pertenece igual que a cualquiera: hay velocidad, lectura de juego, toma de decisiones inteligentes y una pasión que desborda.

Hace unos meses, el equipo logró uno de sus hitos más importantes, se clasificó al Circuito Mundial de Seven. Sin embargo, el impacto mediático fue tibio. Apenas algunos portales replicaron el logro. Mientras que en otros países hubiera salido en todos lados, en Argentina, la noticia quedó perdida entre resultados sueltos y anuncios del calendario deportivo. Eso es algo que queda pendiente.

Para saber más sobre la actualidad de Las Yaguaretés mirá este reel: https://www.instagram.com/reel/DR4-dJrCcNO/?igsh=dDNoeW9iYngycTZ5

El crecimiento del deporte femenino en general ayuda, lentamente, a abrir puertas. El fútbol dio un salto enorme, el hockey sigue siendo un faro y algunos deportes olímpicos lograron más pantalla. Pero en el rugby, la brecha sigue siendo profunda. Las Yaguaretés necesitan apoyo institucional, competencia más regular y medios que cuenten lo que hacen, incluso cuando no haya un triunfo de por medio. La visibilidad no se construye solo con resultados, sino con historias, con presencia, con continuidad.

Ojalá algún día el país las conozca por nombre propio. Ojalá las más pequeñas vean tries de Las Yaguaretés en la tele y sientan que también pueden. Ojalá el ruido del scrum femenino se vuelva parte del paisaje deportivo argentino. Mientras tanto, ellas siguen haciendo lo que mejor saben: entrenarse, viajar, empujar y seguir. Como el animal que las inspira, avanzan sin hacer demasiado ruido, pero dejando huellas profundas en un terreno que todavía están abriendo.

Para saber más sobre Las Yaguaretés te invitamos a escuchar nuestro podcast haciendo click en el siguiente link: https://drive.google.com/file/d/1MKU7xnVkOq-oWysX_4AQ92Ndv6AyaJuO/view?usp=sharing_eil_se_dm&ts=692f2267

Deportivo Morón, el club que convirtió su historia en pared

Por Bautista Balbi

El mural más grande del mundo dedicado a un equipo de fútbol no nació con un diseño ni con un presupuesto: nació con una pregunta en Facebook. “¿Hay una pared tan larga en Morón para pintar algo grande?”, escribió Micky Letras. La respuesta llegó desde el Barrio San Juan: sí, existía, ahí donde está la Base Aérea. Desde ese momento, vecinos e hinchas de Deportivo Morón empezaron a acercarse para dejar lo que podían: pintura blanca y roja, pinceles, rodillos. Hasta que hubo suficiente para intentarlo. “Se me pone la piel de gallo cada vez que pinto”, expresó Micky, quien encabezó la obra que en 2020 transformó doce cuadras en una columna vertebral roja y blanca. Desde el inicio, se decidió que aquel trazo extendido contara escudos, años de historia, homenajes y la amistad con Tigre. La pandemia detuvo al mundo, pero también descascaró la pintura recién puesta. Así quedó definida la primera etapa.

En 2025 comenzó la repintada de este mural. Esta vez, además de restaurarlo, decidieron extenderlo todavía más: de las doce cuadras originales a diecisiete. Para eso, los artistas de “Tigre Pinta” cruzaron el conurbano para sumarse. “Vinieron y se coparon porque ellos también dibujan”, contó Micky. El objetivo es terminar a finales de este mismo año, en el que la pintura también celebra medio siglo de hermandad entre el Gallo y el Matador. No fue un proyecto oficial ni un encargo cultural: fue la emoción de un barrio que decidió pintarse a sí mismo.

Pero el relato empieza mucho antes, en un mural más pequeño. En el puesto de diarios de Hugo Ferrante, frente a la municipalidad de Morón, un gallo se posa sobre el escudo con una frase que es despedida: “Papá, tu querido Gallito y tu familia te recordaremos siempre”. Esa pared, pintada por Micky Letras, no homenajea a un dirigente cualquiera, sino a Filiberto Ferrante, socio Nº 1 y primer presidente del club. Desde allí, la historia retrocede hasta junio de 1947, cuando en el viejo bar de Volpi quince vecinos soñaron con un club que representara a la zona oeste.

Carlos Pagano, con su proyecto y su terquedad de técnico barrial, empujó la idea; Ferrante la transformó en institución. Debajo de la Platea Ferrante, en el Nuevo Francisco Urbano, el retrato de Pagano, pintado por la agrupación Gallos Porteños con el trazo de Micky Letras, lo define con una frase que resume su legado: “El hombre que inventó una pasión”. Así nació Sportivo Morón, que pronto cambiaría su nombre a Deportivo Morón.

Unos metros más allá, dentro del estadio, un mural caricaturiza a Omar Valentín Bargas, el arquero que se convirtió en leyenda. Su historia empieza el 14 de mayo de 1966, cuando debutó con triunfo 1–0 ante Sportivo Italiano. Ese mismo año estableció un récord que, pese a las seis décadas transcurridas, sigue invicto: 619 minutos sin recibir goles defendiendo el arco del Gallo. En 1968 fue figura del ascenso a Primera A tras el empate ante Unión de Santa Fe. La obra, pintada por “Titi” Alberto Albarracín, respira fileteado porteño y memoria ardida. “Mi trabajo es buscar algo original y único para pintar”, dijo el artista, quien también dejó su huella en otro mural decisivo del club.

Dentro del estadio, el mural homenaje al equipo campeón de la Primera B de 1970 recupera una gloria que, aunque no significó ascenso, quedó bordada para siempre. Allí “Titi” profundiza su mirada: “Cumplen el sentido de identidad e integración del barrio: los colores, el logotipo, los jugadores y técnicos. Se merecen su espacio, ser reconocidos. La idea surgió del Departamento de Historia del club, de mi amigo Diego Vera y de la comisión directiva. Me convocaron, hice el boceto, nos pusimos de acuerdo y me puse a pintar. Me llevó una semana y algunos días más; me ayudaron los muchachos de la comisión con la base, la escalera y unos mates, y mi hermana Alicia. Fue un gran desafío. Estoy en recuperación del síndrome de Guillain-Barré y escucharlo anunciado por los altavoces del estadio fue como hacer un gol en un Mundial, con Messi y Diego jugando”.

Entre paredes que recuerdan héroes y glorias, el recorrido del mural encuentra su punto más extenso en la calle Farré, en el corazón del Barrio San Juan, donde se despliega el mural futbolero más largo del mundo dedicado a un club. Allí, más que una sucesión de escudos y fechas, se pinta una historia que sobrevivió al papel: la de la amistad entre Morón y Tigre. Todo empezó en 1975, cuando un disparo policial en un partido feroz quebró la rivalidad y unió a dos hinchadas que eligieron cuidarse en medio del caos. Ese pacto, nacido del espanto, creció con los años hasta volverse orgullo compartido. Y hoy, cinco décadas después, vuelve a tomar forma en la pared.

Dentro del club, otro mural, creado por el Departamento de Derechos Humanos y pintado por el equipo de arte de Villa Mecenas, profundiza todavía más. Allí están Héctor Demarchi, Néstor Pedernera, Luis Daniel García y Oscar Cobacho: hinchas de Morón desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar (1976–1983). También se destaca la presencia de Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo, cuyo rostro simboliza la lucha por la memoria, la verdad y la justicia. En una pared cálida, el gallo vuelve a decir presente, recordando que la identidad futbolera también custodia la memoria histórica.

En Abel Costa y Moreno, esa mezcla entre historia, identidad y silencio encuentra un nuevo idioma. Rodrigo Acra, referente del arte urbano, lo resume así: “Los murales son una de las formas de generar pertenencia en los barrios: la gente se aferra a ellos como algo propio de la cultura local, sirven para construir identidad”. En esa esquina conviven un gallo con alas que proclama “No tiene cura esta gran enfermedad” y un homenaje a Malvinas, donde las islas aparecen pintadas con la bandera argentina. Allí, la memoria barrial se mezcla con la memoria nacional.

Otra tragedia también quedó marcada en la piel del hincha: Cromañón, la noche de 2004 en que un recital terminó en incendio, caos y duelo nacional, dejando 194 muertos. El mural de “Cromañón – No olvidar”, ubicado afuera del estadio, en la calle Monseñor Angelelli, recuerda que el fútbol también puede ser refugio y abrazo colectivo. Después vendrían el último partido en el viejo Francisco Urbano, la mudanza al nuevo estadio en 2013, la campaña de Walter Otta en 2017 que devolvió al Gallo a la B Nacional y la semifinal de ese mismo año en la Copa Argentina ante el River de Marcelo “El Muñeco” Gallardo.

Y así, mientras el mural más grande del mundo se extiende como una columna vertebral de color, el club continúa su camino. En Morón no se cierran historias: se pintan para que sigan respirando. Cada pared es un capítulo y cada gallo un testigo. En esas superficies donde la pintura se mezcla con la memoria, Deportivo Morón sigue vivo, recordando que antes de ser un club fue, y es, un barrio que aprendió a contarse a sí mismo a través de sus murales.

Bahía Blanca: la capital del básquet no tiene equipos en la Liga nacional

Por Joaquín Valverde

Bahía Blanca fue la ciudad que trajo el básquet al país, y se hace extraño que ningún equipo bahiense conforme hoy la primera división argentina, la Liga Nacional. Los clubes tienen buena calidad de jugadores, infraestructuras y canchas de primer nivel. Pero aun así, a pesar de su historia, y a pesar de su inversión en el deporte, la ciudad no cuenta con ninguna institución en la Liga Nacional. No obstante, Bahía Blanca va a seguir siendo respetada y honrada por su maravillosa historia. Es la capital del básquet argentino.

Todo comenzó el 21 de mayo de 1910, cuando se llevó a cabo el primer juego de básquet en Bahía Blanca, entre marineros norteamericanos que visitaban la ciudad. El encuentro fue pactado para que ocurriera en la antigua Iglesia Metodista, ubicada en Belgrano, entre las calles Dorrego y Lamadrid. La disciplina llegó al sur de la provincia de Buenos Aires apenas 19 años después de su invención en Estados Unidos (1891). El básquet era un fenómeno en potencia, que le sirvió a la ciudad para crecer desde lo cultural, social y estructural, llegando a que en 2017 el gobierno de Mauricio Macri promulgue la Ley 27.380 que reconoció como capital nacional del básquet a Bahía Blanca.

Fue tal el crecimiento del básquet, que debido a la gran masa de jugadores y clubes que ya había en la ciudad, el 11 de enero de 1929 se creó la Asociación Bahiense de Basket-Ball (ABB), posteriormente llamada como la conocemos hoy, Asociación Bahiense de Básquetbol. Olimpo, Liniers, Estudiantes y Pacífico fueron las cuatro instituciones fundadoras de la ABB. Casi diez meses después, la Asociación inauguró el primer campeonato de Primera División del básquet bahiense. El campeón fue Pacífico, club fundador, que venció 18 a 16 a Olimpo.

La Primera División le dio identidad a la ciudad, atrayendo a cada vez más público y a más clubes para que sean parte de la competición. Bahía Blanca manejaba su propio mercado en el básquet, y eso empezaba a llamar la atención en otros sectores del país. 53 torneos bahienses pasaron, incluyendo el de 1929, hasta la creación de la Liga Nacional de Básquet, el 26 de abril de 1985.

Aquel día fue histórico para el deporte en Argentina, pero no solamente porque se inauguró la mejor liga del país, sino porque el debut de la competición tuvo lugar en la cuna del básquet argentino, en Bahía Blanca. Aquel 26 de abril, en la cancha de Independiente de Bahía Blanca, Pacífico y Atenas de Córdoba dieron comienzo a la LNB (foto) y una nueva página empezaba a escribirse en el básquet nacional. El debut no podía tener mejor resultado: el conjunto bahiense venció 90 a 82 a Atenas. El primer campeón del básquet de Bahía se convertía en el primer equipo en ganar en la Liga Nacional. Ya no eran coincidencias: la ciudad estaba destinada a triunfar en el básquet.

Se cumplen 30 años del primer partido oficial de la LNB | Basquet Plus

Aun así, en las 42 ediciones que tuvo la LNB, ningún club bahiense consiguió quedarse con el título. Lo más cerca que estuvieron fueron dos subcampeonatos: el primero lo obtuvo Olimpo en 1986 (segunda edición), que perdió 3 a 1 en la serie ante Ferro Carril Oeste, y el segundo subcampeonato lo obtuvo Estudiantes en la temporada 1990/91, cuando cayó 4 a 2 ante Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos (GEPU). En estas cuarenta y dos campañas, tan solo cuatro equipos bahienses tuvieron la posibilidad de estar en la máxima categoría del país: Olimpo, Pacífico, Estudiantes y Bahía Basket, último conjunto de la ciudad en disputar la Liga Nacional (2020-21).

A medida que iban pasando los años, a Bahía Blanca le iba conviniendo cada vez menos formar parte de la LNB. En las primeras ediciones, Olimpo, Pacífico y Estudiantes formaban parte del torneo, logrando competir y quedar en puestos altos de la tabla, como dos subcampeonatos. Pero en las últimas temporadas el único que estuvo fue Bahía Basket, que le compró la plaza en 2011 a Estudiantes de Bahía Blanca.

Desde 2012 hasta 2021 (nueve ediciones), Bahía Blanca formó parte de la Liga Nacional. Luego del descenso a la Liga Argentina, el conjunto bahiense tocó fondo ya que no pudo mantener la plaza de la segunda categoría y se vio obligado a caer al Torneo de Segunda División Bahiense. La Liga se le hizo muy costosa a la institución, siendo imposible mantener los sueldos y los viajes a otras provincias, que hacían que el club se mantenga.

Sebastián Ginóbili (foto) jugó la Liga Nacional con Estudiantes de Bahía Blanca en 1997 y 1998, y además dirigió por siete temporadas a Bahía Basket (de 2013 a 2019). Ahora es director técnico de Villa Mitre, club que disputará la edición 2025/26 de la Liga Argentina. Ginóbili explica acerca de las ausencias de los equipos bahienses en la máxima categoría del básquet argentino: “Pasa mucho por el apoyo económico. Hoy el básquetbol argentino implica un montón de dinero, no solamente en contratación de jugadores sino en logística. Hoy la Liga es cara. Las estructuras de los clubes de Bahía son en general chicas. Son clubes de barrio donde se mueve todo con mucho esfuerzo. La Liga Nacional es otra cosa, es otro tiempo que tenés que meter y es otro dinero que tenés que tener. Hoy no es tan sencillo para Bahía tener un equipo a nivel superior”.

La Unión apuesta por la continuidad de Sebastián Ginóbili | Basquet Plus

Además del gran gasto económico que implicaría para un club de Bahía Blanca formar parte de la Liga Nacional, otra de las principales razones por las que los equipos bahienses dejaron de ser competitivos a nivel nacional es porque se estancaron en la producción de talento. En la época de la Generación Dorada en los Juegos de Atenas 2004, Bahía Blanca sacó a Alejandro Montecchia, Juan Ignacio “Pepe” Sánchez y Emanuel Ginóbili, pilares fundamentales en aquel momento para la selección argentina. Y en la década de 1990, Hernán Montenegro y Juan Espil eran los grandes jugadores que había producido la ciudad. Si nos retomamos al presente, la selección argentina que terminó segunda en la FIBA AmeriCup 2025 no tuvo a ningún bahiense, al igual que Boca, el último campeón de la Liga Nacional 2024/25.

Daniel Frola (foto), entrenador bahiense que dirigió en la LNB a La Unión de Formosa y entrenador en jefe de las selecciones en Chile (2015-2020), ahora está trabajando en conjunto a Pablo Coleffi para la empresa Lou Sport, la que organizó ya varios eventos con la institución Bahiense del Norte. Después de trabajar con chicos de Bahía, Frola comenta que los clubes de la ciudad son muy competitivos y que en el último tiempo se concentraron más en la competencia regional que en formar a jugadores para competir en el primer nivel: “Lo que le falta a Bahía Blanca es calidad. Y esto se debe a que hoy los clubes están llenos de chicos; entonces, no hay espacio para la tecnificación ni para el trabajo individual. El crecimiento del básquet en todo el país hizo que Bahía no genere tanto talento como el que generaba antes”.

Frola: “A los jóvenes debemos enamorarlos del básquet para crear la mentalidad de representar a Chile” – Febachile

Al igual que Frola, Coleffi tiene una mirada muy crítica con respecto a la formación de jugadores de alto rendimiento. Coleffi fue por más de diez años entrenador de la Liga Nacional, en clubes como: Atenas de Córdoba y Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, y además, tuvo un breve paso por Bahía Basket en 2013. “Hoy los clubes están abarrotados de gente -dice-. Emergió el básquet femenino y eso hizo que el masculino tenga que ceder horarios. La pandemia llevó a que los clubes estén explotados en cantidad pero no en calidad. Con tres o cuatro entrenamientos de una hora por semana, ningún jugador va a poder progresar”.

La competencia apareció para Bahía Blanca. El básquet se popularizó en la Argentina y ahora las provincias de Santa Fe y Córdoba son las que más jugadores de élite producen. Jugadores de aquellas provincias abundan en la Liga Nacional y en la selección argentina. Sin embargo, es inevitable decir que el nivel de la Liga y de la selección bajó porque Bahía Blanca dejó de producir grandes promesas para el básquet argentino. Luego de la Generación Dorada, solamente dos bahienses pisaron el seleccionado de la mayor, Nicolás Richotti y Lucio Redivo, jugadores incomparables con Pepe Sánchez, Manu Ginóbili y el Puma Montecchia. La calidad de los basquetbolistas en el país bajó considerablemente, y esto va de la mano con el mal presente que afronta la selección y la LNB. 

Guillermo Vecchio (foto), entrenador de la selección entre 1991 y 1996, y formador de Manu y Pepe, destaca las principales razones de la decadencia que tuvo el deporte a nivel nacional: “No veo que haya un programa real de reclutamiento. Hay chicos de la selección que les veo las caras y no los conozco. Esto habla de que estos jugadores que aparecen no cuentan con mucha trayectoria, vienen todos de Europa. Se exprimió tanto a la Generación Dorada, que ahora no hay ninguna figura. El nivel de Bahía Blanca bajó naturalmente”.

GUILLERMO VECCHIO: «EL TALENTO QUE HAY EN GUAROS ES MUCHO Y DEBE ESTAR AL SERVICIO DEL COLECTIVO» – CANCHA LATINA

El básquet argentino está pasando por su peor momento. La selección ya casi no compite a nivel internacional y los jugadores que representan al país se crían prácticamente en Europa. La Liga Nacional bajó demasiado el nivel, siendo solo un negocio para los clubes con apoyo político y para las instituciones grandes cuya disciplina principal es el fútbol.

Ante el declive que tuvo el básquet, Bahía Blanca se vio totalmente afectada. La ciudad ya no tiene una institución que los represente en la Liga Nacional, ni tampoco una figura que destaque en Europa, en la NBA o en la propia selección. El torneo de Primera División Bahiense no es tan vistoso y la producción de talentos de élite es cada vez menor.

Bahía Blanca comenzó con la formación del básquet en Argentina y por eso es que todavía tiene esperanzas. Bahía tiene su gente, sus clubes y más de 45 canchas, entre las que son gratuitas y la de las instituciones; es cuestión de tiempo para que la ciudad crezca y vuelva a estar en lo más alto de Argentina. No por nada la llaman todavía “la capital del básquet argentino”.

El nuevo boom del padel argentino: mucha pasión, poco apoyo

Por Iñaki Urretavizcaya

Los ojos de 15 mil personas rebotaban al compás de la pelotita: redondos, abiertos y radiantes, expectantes del Premier Padel en Parque Roca. El 1 de junio de 2025, 32 argentinos fueron coreados por un público unido, que tras cada punto rompía el silencio al grito de “¡Argentina! ¡Argentina!” o “¡Soy argentino, es un sentimiento!”, nacido de las oscuras plateas. Los focos proyectaban la pista azul y el blindex fue la vidriera del mejor pádel del mundo. El apoyo dio efecto porque Agustín Tapia (foto), catamarqueño y número 1 mundial según la Federación Internacional de Pádel (FIP), gritó campeón ante la ovación de su gente.

Los secretos de Agustín Tapia, el mejor jugador del mundo: "Tenía un talento innato jamás visto" | Relevo

El pádel es sinónimo de Argentina. 16 mundiales disputados: 16 finales, 12 títulos. Fernando Belasteguín fue número 1 por 16 años seguidos (2002-2017) y es considerado el mejor de la historia. Pero, a pesar de tener 23 representantes dentro del top 100 de la FIP en 2025, hoy ganó mucho terreno España. La organización, infraestructura y desarrollo del deporte hizo que le plante cara a Argentina.

Hoy, los jugadores argentinos de pádel tienen que emigrar si quieren progresar. Vivir del deporte en Argentina es privilegio de pocos y la infraestructura quedó un paso atrás. De 23 fechas en el calendario de la FIP, Buenos Aires es la única sede del país, mientras que España tiene seis y el mapa se acomoda mejor para Europa con trece fechas totales. Otras cuatro son en suelo árabe, por la multimillonaria inversión del Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita, que adquirió al World Padel Tour y lo renombró Premier Padel en 2022.

El pádel, nacido en México en 1969, alcanzó la masividad en los años 80 y 90 en Argentina. En 1988 se fundó la Asociación de Pádel Argentino (APA), incluso antes que la FIP (1991). Alejandro Lasaigues y Roby Gattiker encabezaron el top mundial desde 1992 a 1996 y ganaron los primeros tres mundiales de pádel, todos a España: 1992, 1994 y 1996. Esto le valió cinco Olimpias de Plata a Lasaigues y uno a Gattiker, quien, en diálogo con El Equipo, remarca diferencias entre el pádel que conoció en 1980 con el que se juega hoy: “De chicos jugábamos con paletas de madera en las poquitas canchas que había, todas de cemento. Hoy es un deporte totalmente distinto. El pádel avanzó mucho más a nivel mundial que en Argentina, pero ahora que volvió ese furor están haciendo muchísimos clubes y me da miedo que se descontrole, como pasó en los 90, pero me tranquiliza que se está expandiendo mundialmente con apoyo de grandes empresas, y eso significa que llegó para quedarse”.

Gattiker tiene su propio club en Pilar, Robby Gattiker Padel Center. Dice que España tuvo la iniciativa que lo distanció del resto, que lo diferenció de los demás en los inicios. En cuanto al profesionalismo, admite que no hay apoyo por parte de Argentina y que todo es esfuerzo familiar, a diferencia de Estados Unidos, Italia y España, donde sí hay mucho más sostén estructural. En relación al estilo de juego, Gattiker (foto) dice que no hay tanta diferencia entre su época y la actual: “No creo que haya mejorado en cuanto a lo técnico y táctico, pero sí en cuanto a la potencia”.

Roby Gattiker - Me llaman la Leyenda “viva” del Padel | 11 veces Campeón del Mundo | Junto a Lasaigues (dicen) conformamos la mejor pareja de la historia del Padel. Debido a

El pádel tuvo dos auges muy marcados: el primer boom en los 90 y el segundo luego de la pandemia de 2020. Entre medio, de 1996 en adelante, el pádel como fenómeno social tuvo un declive pronunciado, que no fue impedimento para el dominio. En 2002 aparecieron Juan Martín Díaz y Fernando Belasteguín, considerados la mejor dupla de todos los tiempos: 13 años ininterrumpidos como números 1 y más de 170 títulos. Demencial. Jorge Nicolini, formador del pádel, quien arrancó en 1983 a dar clases, explica que el furor provocó una desesperación por abrir clubes: “El problema fue que hubo muchísimas canchas en poco tiempo, una exageración. Una excesiva oferta que si no crece con mesura, tranquilidad y con análisis, muchos tienen que cerrar”.

Nicolini fue de los primeros profesores. Desde hace más de 25 años cuenta con la escuela “Pádel Para Todos” en Vicente Lopez, que se encarga de foguear a los mayores talentos. Cada chico que ingresa lo saluda con cariño. Nicolini es un referente que abraza a todos con su cálida bienvenida y sonrisa. También entrena a las delegaciones mundialistas desde 1992 y su escuela es avalada por la APA. “Los clubes que perduran y que continúan son aquellos que tienen actividades como escuela, la parte social y campeonatos”, dice Nicolini a El Equipo.

Si bien los logros siguieron, el pádel pasó a ser un deporte con poco apoyo, y la estructura argentina quedó relegada. En los 2000, España comenzó a afianzarse más. El apoyo, la economía y la organización empezaron a sentar las bases de lo que es el país más preparado del planeta en el mundo del pádel. FIP confirmó que en 2025 hay más de 17.000 pistas construidas en suelo español.

Daniela Banchero, jugadora de 44 años de Chivilcoy y actual número uno del país en el ránking de la APA, vivió la época “oscura” del deporte. “Arranqué a jugar profesionalmente en 1998, cuando iba a jugar a Buenos Aires, y conseguí ser la uno. De allí fui a España y fui top 10 mundial”, expresa Banchero, quien también agrega que, si bien competía al más alto nivel, no había tantos torneos ni promoción, por lo que iba y regresaba de España a Argentina constantemente. Banchero, en diálogo con El Equipo, cuenta que si el pádel hubiese tenido la exposición y profesionalidad de hoy, se hubiese instalado en España.

“Siempre las cosas nos han costado un montón ya que no tenemos el mismo apoyo económico que otros países. Por eso cada vez que representamos a Argentina sacamos fuerzas de donde sea porque sabemos del sacrificio”, dice Banchero, quien disputó cinco mundiales: ganó tres (2006, 2008, 2012) y en dos fue segunda (2014 y 2022). “A diferencia de España, que allá viven por y para el pádel, nosotros tenemos que trabajar porque al jugar tenemos muchos gastos, y con los sponsors solventamos algo pero no alcanza”, admite Banchero (foto), quien además es mamá de tres hijos, lo que le agrega más responsabilidades.

Daniela Banchero e Irene Jiménez en un gran año - La Razon de Chivilcoy

El pádel femenino fue el que más terreno cedió desde 2010 en adelante. Argentina, a pesar de haber estado en cada una de las 17 finales mundiales, desde 2010 hasta 2024 fue España el que se llevó siete mundiales, menos en 2012, y se quedó con el primer puesto histórico: España 9, Argentina 8. Y en el ranking de jugadoras de la FIP, Argentina volvió al uno en 2025 gracias a Delfina Brea, tras Cecilia Reiter en 2013, quien fue compañera de Banchero en 2007. “España está dos escalones por encima de Argentina, porque tiene otra infraestructura y equipo de trabajo, pero acá hay mucho potencial y hay que trabajar duro para equipararse”, comenta Banchero acerca de la superioridad que hizo a las europeas aventajarse.

En Argentina el segundo pico del pádel fue post pandemia, cuando fue habilitado como el primer deporte practicable. La gente, en afán de salir, descubrió un nuevo hobbie. Hoy se representa con más de 6.000 canchas en el país y más de un millón de jugadores. Para Nicolini es una oportunidad importante para inversores y empresas. “Hay torneos que hasta hace poco se jugaba un partido en cancha de vidrio, otro en piso de cemento, otros con pared cubierta y descubierta, y pasaban de una a otra sin problemas”, dice Nicolini, quien hizo énfasis en el desarrollo del jugador argentino y su adaptación.

El Mundial de fútbol ganado por Argentina en Qatar 2022 es otro de los factores para el crecimiento, según Nicolini, ya que sirve como manual de los buenos valores: “Dejó un efecto residual que es la entrega, el orden, la disciplina y el respeto. Los chicos se han criado con estos jugadores, que honran lo que es el juego limpio y la entrega”. Nicolini agregó que en España sucedió tras el Mundial de Sudáfrica 2010, que generó el crecimiento de grandes padelistas, como Juan Lebrón o Alejandro Galan, números uno desde 2020 hasta 2022. El altísimo nivel sumado al poco desarrollo institucional, en comparación a países como México, Brasil o España, provocó que muchos talentos argentinos emigren y dominen distintos países. “Argentina tiene una estructura muy buena a nivel deportiva; acá un chico de tercera o cuarta categoría puede estar jugando un torneo de profesionales en otros lados”, dice Nicolini.

Federico Salaro, jugador amateur de Chacabuco, se fue a México en 2022 para ser profesor en un club de Toluca llamado Padelcenter Metepec y, en paralelo, probarse en el circuito de pádel. “Conocí los clubes de México y nuestros clubes en cuanto infraestructura están muy por debajo. Tiene que ver la parte económica y también que el pádel es más caro porque no es un deporte tan popular”, dice Salaro a El Equipo. “El club en el que estuve estaba enfocado en el alto rendimiento y la competencia”, expresa Salaro y agrega que le sirvió mucho su estancia, desde lo personal, para mejorar como profesor y jugador. Luego de un año, en 2023 volvió a Argentina.

En 2024 Salaro recibió la propuesta de mudar su paletero a San Pablo, Brasil, por el llamado de Brian Ortíz, su ahora nuevo compañero de Salto, ciudad aledaña a Chacabuco. “Decidí venir a Brasil porque la propuesta económica era buena y porque estoy en una ciudad donde el pádel va a crecer mucho y hay muchas oportunidades”, dice Salaro, quien remarca que en Padel Beach, su club de Brasil, el pádel es visto como actividad social.

Salaro y Ortiz, a la par de las clases, se adentraron en el circuito y lograron colocarse como la mejor pareja de San Pablo y la número 5 de todo Brasil en 2025. “Somos considerados jugadores profesionales, pero no nos da para vivir; entonces no sé hasta qué punto es profesional si no se puede vivir puramente de la competición”, dice Salaro, quien comenta que si bien tiene sponsors que le permiten hacer un dinero extra, el mayor ingreso proviene de las clases, que además son más caras que en Argentina.

Quienes presenciaron en Argentina el Premier Padel en Parque Roca son los mismos que vieron a Lasaigues y Gattiker dominar el mundo, a Belasteguín y a Díaz sostener una era y a Tapia escribir el presente. España marcó el rastro con organización e inversión, pero Argentina conserva el fuego y la esencia que la hicieron potencia. Con el resurgimiento social y el profesionalismo actual, se abre una oportunidad: instalaciones de primer nivel para ser de nuevo el centro del circuito. Porque si algo demostró el Premier Padel de Buenos Aires, es que el público, la pasión y los jugadores están más que preparados.

El Ultimate frisbee vale la pena

Por Iván Caraza

Todo comenzó en 1998 con un disco lanzado en la plaza Florencio Sánchez, en los
bosques de Palermo de la Ciudad de Buenos Aires, a pocos metros de lo que hoy
es el estadio Guillermo Vilas. Era un disco cualquiera, de esos de plástico duro que
parecen inofensivos hasta que giran en el aire con esa mezcla de precisión y
capricho. No había público ni camisetas oficiales, tampoco líneas marcadas en el
césped. Apenas un puñado de curiosos persiguiendo el vuelo del objeto como si
llevara consigo la promesa de convertirse en algo más.

Era la década del 1990 y, en medio de una Ciudad de Buenos Aires que parecía
vivir siempre a la espera de algo nuevo. En esa época, muchos estadounidenses se
radicaban en el país cuando las empresas para las que trabajaban abrían oficinas
en Buenos Aires. Es ahí donde el norteamericano Demian Hodari buscaba con quién
seguir jugando a lo que para él era más que un pasatiempo. Había traído consigo un
deporte que en Estados Unidos tenía nombre propio: ultimate frisbee.

Al principio eran muy pocos, no más de 16 personas. Algún estudiante extranjero,
algún amigo porteño dispuesto a probar, y hasta corredores que, al terminar su
rutina en los bosques de Palermo, se animaban a sumarse un rato. Se formaban
equipos improvisados, se jugaba con las mochilas como límites de cancha, y los
puntos se gritaban más por diversión que por competencia. Lo extraño, lo que más
sorprendía a los recién llegados, era que no había árbitros. Cada jugador debía
reconocer sus propias faltas y resolver los desacuerdos en la cancha. Un pacto
frágil y poderoso a la vez, basado en la confianza y en la esencia de la disciplina: el
espíritu de juego. Había que aceptar que, incluso en la intensidad del partido, el
respeto estaba primero. Sin embargo, funcionó.

Y esos pocos fueron suficientes. El juego empezó a repetirse cada fin de semana,
en Palermo, en Núñez, en canchas improvisadas en plazas y parques de la zona.
Un disco rodaba de mano en mano y, sin saberlo, estaban escribiendo las primeras
líneas de una historia que hoy lleva casi tres décadas en Argentina.

Qué es el ultimate frisbee: un juego de dos equipos, un disco volador y sin árbitro - LA NACION

Con el tiempo, lo que había nacido como un pasatiempo extraño se organizó.
Aparecieron equipos como DiscoSur, Cadillacs, Aqua, BigRed y Spukay torneos
improvisados y finalmente una asociación que le dio forma oficial: la Asociación de
Deportes de Disco Volador de la República Argentina (ADDVRA), fundada en 2008.
Hoy son 809 socios que sostienen esa estructura, aunque los recursos sigan siendo
escasos y la difusión, mínima. Pero hay algo que nunca faltó: pasión.

Espartanos fue uno de los equipos que marcaron una etapa importante en el país
desde 2015 hasta 2018. Conformado en buena parte por los pioneros, ese grupo se
convirtió en semillero de lo que vendría después. De allí nació Hammers Ultimate
Buenos Aires, que con los años se transformó en el equipo más exitoso del país,
representando a Argentina en eventos internacionales como los panamericanos o
mundiales, ambos eventos organizados por la World Flying Disc Federation.
Acumulan 5 títulos nacionales, 4 en la categoría mixta (2018, 2021, 2022, 2023) y 1
en la categoría open (2023), y 5 veces ganaron el Torneo Ciudad de la Furia (2019,
2022, 2023, 2024, 2025), forjaron una identidad ganadora y construyeron una
historia que todavía hoy se cuenta en las canchas. Luis Machado, uno de los
capitanes de aquellos tiempos, lo recuerda con una mezcla de nostalgia y orgullo:
“Espartanos fue la base de lo que hoy es Hammers. Ser parte de esos proyectos fue
de lo mejor que me pasó en la vida. No había cámaras ni prensa, pero sí algo
mucho más grande: la sensación de estar construyendo un camino”.

Ese camino fue tomado luego por nuevas generaciones. Hoy, el capitán de
Hammers es Máximo Pugliese, considerado por muchos el mejor jugador argentino
de ultimate frisbee. Habla con la serenidad de quien sabe que la historia no depende
de una sola persona, sino de un grupo entero. “Los experimentados se fueron y
ahora toca remar. Los que antes jugábamos menos hoy estamos más metidos.
Queremos volver a poner a Hammers en lo más alto”, explica. Su tono no es de
queja ni de lamento: es un reconocimiento sincero de lo que significa sostener un
legado.

Ultimate frisbee: acción al plato

Mientras tanto, otros equipos fueron apareciendo: El Combo, con un estilo
combativo y alegre, y varios que se expandieron por el interior del país, desde Córdoba con el único equipo de la provincia: Ultimate Frisbee Córdoba, hasta el Litoral donde se encuentran equipo como RUF (Rosario Ultimate Frisbee), El Quilla y Malón en Santa Fé, Tsunami Echagüe y Capibá en Entre Ríos. Con cada nuevotorneo, la comunidad crecía un poco más, aunque nunca perdió la familiaridad de aquellos inicios. Cada año, esa historia encuentra su punto máximo en Benavídez, donde se celebra el torneo internacional Ciudad de la Furia. El nombre, tomado de la famosa canción de Soda Stereo, le da un aire mítico.

Durante un fin de semana, equipos de Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia y Bolivia se cruzan en una mezcla de acentos, estilos de juego y culturas. Más de 200 jugadores se reparten en una docena de equipos, y las canchas se llenan de colores, gritos de aliento y discos volando a toda velocidad.

El Ciudad de la Furia, que se celebra siempre en Semana Santa desde 2019,
específicamente el fin de semana y con un único ganador hasta ahora, Hammers,
es considerado por muchos el torneo más emblemático del país y del cono sur ya
que no es solo un torneo: es una celebración que convoca equipos de casi todos los
países de América del Sur. Se compite y se quiere ganar, pero también se vive
como un encuentro, jugadores de Argentina, Colombia, Chile, Uruguay, Bolivia y
Brasil pisan suelo argentino para jugar con sus equipos y compartir de este espacio
dedicado al Ultimate Frisbee.

Al terminar cada partido, los equipos se reúnen en círculo para la ronda de espíritu. Allí, los capitanes y jugadores se felicitan por las buenas jugadas, reconocen actitudes de fair play y reflexionan sobre lo que ocurrió. Es un momento breve, pero simbólico: recuerda que el ultimate no se juega solo con el cuerpo, sino también con la palabra. Damián Alvez, capitán de Flama de Uruguay, lo explica con sencillez: “El ultimate es familia, es un estilo de vida. Me permitió conocer países y tener experiencias únicas con mis amigos”.

Todo comenzó en Estados Unidos en 1968 cuando un grupo de estudiantes empezó a lanzar un molde de lata de la empresa Frisbie Pie Company

Las palabras de Alvez resumen lo que los jugadores sienten. Porque detrás de cada
torneo hay un sacrificio enorme: viajes pagados de bolsillos propios, horas de
entrenamiento robadas al trabajo o a la facultad, camisetas diseñadas por los
jugadores y rifas organizadas para costear gastos. No hay contratos ni sponsors
millonarios como en otros deportes, algunos son patrocinadores minoristas que
aportan lo que pueden, como uniformes o a solventar parte de los gastos. Lo que
sostiene todo es una convicción: la de que el ultimate frisbee vale la pena.

En la cancha, la dinámica tiene su propia belleza. Cada partido comienza con un
saque, el pull, que viaja alto hasta caer en manos del rival. Quien recibe debe
detenerse, establecer un pie pivote y lanzar. Tiene apenas diez segundos para
decidir. Esa presión obliga a pensar rápido y confiar en los compañeros. Un pase
fallido cambia la posesión; un acierto puede abrir la puerta a un punto. La cancha
mide 100 metros de largo por 37 de ancho, y los goles se definen en zonas de 18
metros en cada extremo.

Pero las dimensiones y las reglas son apenas la superficie. Lo más impactante es lo
que se ve alrededor: la risa compartida después de una jugada insólita, el aplauso a
una atrapada rival, el abrazo final sin importar el resultado. No hay insultos al árbitro
porque no hay árbitro. Lo que hay son jugadores que se miran a los ojos y
resuelven.

NUEVO DEPORTE EN RÍO TERCERO: ULTIMATE FRISBEE – Ojo Web

Con el tiempo, la comunidad argentina se fue cruzando con la internacional. En
Colombia, por ejemplo, el deporte creció hasta convertirse en disciplina universitaria.
En Venezuela, encontró su lugar en torneos regionales. Y en Europa, las rondas de
espíritu se consolidaron como parte ineludible de cada encuentro. La Argentina, con
sus propios matices, fue sumándose a esa red mundial. Hoy, la World Flying Disc
Federation (WFDF) calcula que unos diez millones de personas en más de cien
países juegan ultimate frisbee. Cada uno de ellos comparte la misma convicción:
que un deporte puede sostenerse en la confianza mutua.

En Argentina, esa convicción sigue escribiéndose en cada torneo nacional mixto,
open y femenino, en cada entrenamiento nocturno bajo luces prestadas, en cada
viaje largo en micro con mochilas cargadas de discos y botines. Los jugadores se
reconocen entre sí, se saludan como viejos amigos aunque se enfrenten, y saben
que, más allá del marcador, lo importante es que el disco siga volando.

Porque al final, lo que queda no son solo títulos o estadísticas. Lo que queda es la
memoria de un pase perfecto bajo la lluvia, la risa después de un error absurdo, la
mano tendida de un rival que ayuda a levantarse, el abrazo compartido al terminar el
partido. Lo que queda es esa certeza simple y poderosa: mientras haya alguien dispuesto a lanzar el disco y otro dispuesto a correr tras él, el ultimate frisbee nunca dejará de volar.

Atletismo femenino: mujeres que corren en pistas desiguales pero con más coraje

Por Solange Baigorria

El atletismo femenino nació y creció corriendo contra algo más que el reloj, corrió contra las reglas, contra los prejuicios y contra la mirada de un deporte que durante siglos fue territorio masculino desde los antiguos Juegos Olímpicos en los años 776 a.C. en Grecia.
Recién en 1928, Ámsterdam, Países Bajos, les permitió correr a las mujeres la prueba de 800 metros y aun así, las imágenes de atletas exhaustas fueron usadas para prohibir la prueba durante más de treinta años. La fatiga, que en los varones era símbolo de entrega, en las mujeres era excusa para decir que “ese esfuerzo no era para ellas”.

Hasta que reapareció en Roma 1960, el atletismo femenino ya tenía mayor participación en campeonatos europeos y mundiales. En esta edición participaron 24 atletas en la prueba, y la ganadora fue la soviética Lyudmila Shevtsova, que igualó el mismo récord mundial del 3 de julio en Moscú del mismo año.

Tras pasar los años, sumaron cada vez más pruebas. Así, durante las décadas del 60 y 70 se incorporaron los 400 metros, los 1500 m y el relevo 4×400. Más adelante, en 1984 se añadió la maratón y, ya en los años 90, aparecieron los 10.000 m, la marcha y el heptatlón. Luego, en el 2000 se agregaron el martillo y la garrocha. Finalmente, en 2008 debutó el 3000 con obstáculos. Desde entonces, el programa olímpico femenino quedó igual al masculino, con las mismas distancias y la misma variedad de pruebas.

En Argentina, este deporte creció más lento que en otros países ya que es una isla dentro de un país futbolizado, pero con figuras que fueron marcando el camino. Desde las pioneras de los 40 y 50 como Noemí Simonetto, medalla de plata en Londres 1948, hasta la explosión de los 2000 con atletas como Jennifer Dahlgren, Belén Casetta, Florencia Borrelli o Fedra Luna, el país pasó de tener participación aislada a construir un equipo estable.

Entre esas atletas que sostienen con su cuerpo y su voluntad la dignidad del atletismo argentino, hay mujeres que se convirtieron en faro. Florencia Lamboglia, con 33 años, es especialista en velocidad de 100 y 200 metros, dueña de una zancada feroz y una cabeza fría, nacida en Buenos Aires. Compitió en Juegos Olímpicos como en París 2024, Panamericanos y Sudamericanos. Comenzó a los 12 años en el colegio y después se pasó a River, donde se preparó por 4 años; ella siempre encontró la forma de entrenar. Pero el camino no fue fácil. “¿Menos apoyo por ser mujer? No lo noté —dice Lamboglia—. Quizás, si pasó, fue por rendimiento, no por género. Hoy hay más nivel en varones que en mujeres”.

 

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Pero Lamboglia sabe que el contexto no es neutro. Reconoce que el foco mediático va a donde hay masas. “Las carreras de calle hoy tienen más visibilidad que las de pista. Y eso no es casual. Hay más inversión, más participación popular. Pero no debería ser lo único que reciba apoyo”.

Lamboglia arrancó sus inicios sin una referencia en especial. “En los años que recién comenzaba no era visible esa figura del referente. Es algo que realmente me faltó”, confiesa. Cuando comenzó a los 12, no tenía espejos. Entonces tuvo que inventarse uno. “Para mí es un gran desafío estar tan expuesta y ser referente del futuro de nuestro deporte”. Peleó su lugar sin escándalos, sin discursos, pero con una consistencia que la llevó al podio y al respeto.

Victoria Woodward también corre rápido, nacida en Villa Carlos Paz. Con sus 33 años es campeona sudamericana, múltiple recordista nacional en pruebas de velocidad como en 100 metros, Juegos Panamericanos como en 2023. Forjada primero en la gimnasia y luego en las pistas cordobesas, construyó una carrera que la llevó a romper el récord argentino de 100 metros con 11.54 y a fijar también la plusmarca nacional indoor en 60 metros. Su andar es liviano, símbolo de perseverancia, pero su mensaje es profundo.

“¿Estereotipos? Sí, como todas en algún momento. Pero nunca me condicionaron. Sabía que estaba fuerte porque entrenaba. Tenía músculos porque los necesitaba para correr rápido. Y eso, lejos de incomodarme, me hacía sentir orgullosa. Lo importante es que cada mujer se sienta libre como es”.

En un mundo que juzga el cuerpo femenino más por su forma que por su función, Woodward eligió el camino inverso. “Aprendí a mirar mi cuerpo como herramienta. No desde lo estético, sino desde lo funcional. El deporte me enseñó a valorar lo que puede hacer, no cómo se ve”. A su manera, desafía mandatos. Se viste como quiere, entrena como siente, habla con claridad. “La mirada externa existe —dice—, pero no tiene por qué definirnos. Siempre traté de que esa mirada no me desvíe de mis objetivos como llegar a un Juego Olímpico. El foco tiene que estar en el camino”. Y ese camino, para ella, es correr. Es zambullirse en los 100 metros como si el mundo se detuviera ahí. Porque para las velocistas, la eternidad dura menos de 12 segundos. Pero en ese intervalo cabe todo: el miedo, el orgullo, el deseo, el fuego.

Daiana Ocampo, nacida en Pilar, con 34 años, es campeona sudamericana de maratón en 2019, fondista, récord nacional, finalista continental y participó en los Juegos Olímpicos de París 2024. Pero, antes de todo eso, fue una chica que corría sin saber que estaba trazando su destino. En un país donde los 42 kilómetros no tienen el mismo prestigio que en Kenia o Japón, Ocampo se convirtió en un emblema. No por marketing, sino por coraje. “El mayor desafío es económico —dice—. Si querés competir afuera, necesitás recursos. Manager. Estrategia. Porque allá todo es más complejo. Sigo aprendiendo. Me sigo equivocando. Pero sigo intentándolo”.

La carrera de Ocampo es, literalmente, una carrera de fondo. Se gestiona sola, entrena doble turno, cuida cada segundo. Y, sin embargo, nunca pierde la ternura. Cree en el trabajo. En la comunidad. En el ejemplo. “El apoyo debería estar en todas las disciplinas. No solo donde hay más público. Porque el deporte también es desarrollo humano”. Y aunque sus triunfos no siempre ocupan portadas, hay algo en su personalidad que emociona.

Aunque el talento abunda y los logros se multiplican en el atletismo femenino en Argentina, los recursos siguen sin estar a la altura. Según informes 2024/2025 del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) y de la Secretaría de Deportes de la Nación, muchas de las atletas dependen de las becas del ENARD, que hoy promedian entre 275 mil y 300 mil. El porcentaje de inversión estatal en disciplinas individuales sigue favoreciendo históricamente a los varones: 61,5%, mientras que el femenino recibe 38,5%. Es un respaldo necesario, pero lejos de cubrir el costo real de entrenar, viajar y competir a nivel internacional.

En medio de las historias de atletas argentinas aparece también la palabra de Walter Pérez, campeón olímpico en ciclismo en Beijing 2008, presidente de la Comisión de Atletas en el Comité Olímpico Argentino y hoy una voz autorizada dentro del ENARD desde el área de fortalecimiento. Trabaja en el acompañamiento de atletas, ofrece charlas y comparte su experiencia. Su mirada suma otra dimensión: la de quien conoce la intimidad del alto rendimiento desde la piel del atleta y ahora la observa desde la gestión.

Con serenidad, Pérez insiste en que el desarrollo del deporte no puede desligarse de las mujeres. “El deporte amateur viene creciendo con fuerza, pero necesita estructuras sólidas para sostenerse. No alcanza con el talento de una generación: hacen falta políticas que garanticen continuidad, becas estables, entrenadores capacitados y condiciones de igualdad respecto de los hombres”, explica.

En la reflexión de Pérez aparece el peso de la experiencia: décadas en las que vio a muchos deportistas esforzarse sin contar con el respaldo necesario. “El desafío actual es que las chicas no tengan que repetir los mismos obstáculos que enfrentaron las pioneras. El ENARD trabaja para que la próxima atleta no tenga que preguntarse si podrá viajar, si tendrá un equipo médico, si podrá entrenar sin pensar en otra cosa más que en su deporte. Hoy el presupuesto está muy acotado, ya que es de 300 mil aproximadamente. Se está trabajando para obtener ese beneficio, pero hoy está bastante difícil”, dice.

Para Pérez, no es solo un asunto de resultados, sino un espejo de la sociedad. “Cada vez que una mujer llega y demuestra que puede competir de igual a igual, también está abriendo una puerta cultural. Y esa puerta hay que sostenerla”.

 

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Sin un compromiso real con la igualdad y el apoyo sostenido, las marcas individuales corren el riesgo de quedar aisladas. El resultado es evidente: muchas atletas deben asumir el costo de su carrera. Literalmente. Pagar sus entrenadores, su nutrición, sus suplementos, sus pasajes a competiciones. En algunos casos, también deben trabajar en paralelo para sostenerse. A pesar de entrenar al más alto nivel, la mayoría no vive del atletismo: vive con el atletismo.

Ocampo lo resume con crudeza: “El problema es monetario. A veces viajás sola al exterior sin saber bien qué hacer. Y eso que ya estuve en un Juego Olímpico”. Sus palabras reflejan una realidad que atraviesa a muchas atletas: la excelencia deportiva convive con la falta de apoyo financiero y logístico, obligando a cada deportista a ser gestora de su propio camino, además de competir al máximo nivel.

Esa desigualdad también se manifiesta en los premios, los patrocinios y la difusión. Muchas marcas buscan hoy “llegada” más que rendimiento, como reconoce Lamboglia. Se genera una paradoja: a veces, una atleta de élite con récords y medallas recibe menos apoyo que alguien con mayor visibilidad mediática pero menor desempeño deportivo. Así, el mérito atlético queda en segundo plano frente al marketing, evidenciando que la lucha de las mujeres en el atletismo no termina en la pista, sino que abarca los espacios donde se decide qué talento se sostiene y cuál se invisibiliza.

Y, al mirarlas, al leerlas, al verlas competir, algo se conmueve. Lo que importa es que ellas están corriendo. En su andar está escrito que el atletismo femenino en Argentina no es una excepción: es un comienzo.

Florencia Lamboglia, Daiana Ocampo y Victoria Woodward: tres mujeres, tres estilos, tres distancias. Pero un mismo mensaje: el atletismo es su forma de habitar el mundo. Su forma de decir: “Estoy acá. Este es mi cuerpo. Esta es mi decisión”.

Dakar: la carrera más dura del mundo, desde los hermanos Patronelli hasta Manuel Andújar y más argentinos

Los hermanos Patronelli, campeones del Dakar
Los hermanos Patronelli, campeones del Dakar

Por Nicolás Pucheta

El sol recién empieza a aparecer en Arabia Saudita. Los pilotos ya están despiertos hace horas, se ponen su equipamiento; sólo se oyen los motores calentar. Muy de fondo, entre miles de voces, se escucha el acento de los corredores argentinos. En el Dakar la motivación no es ganar, sino no abandonar. Aunque lo único que se sienta sea el calor del desierto saudí y la arena pegándose en la cara.

El Rally Dakar, organizado por Amaury Sport Organization (ASO), llegó a Argentina en 2009 y fue un antes y un después para Sudamérica; tanto es así que se creó el Campeonato Sudamericano de Rally en 2011, que tiene como premio para el ganador la clasificación al próximo Dakar. David Eli, en ese momento representante de la ASO, empresa organizadora del Dakar, fue nexo entre la compañía y la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, de Frente para la Victoria, para que se pudiera realizar, ya que en 2008 había sido suspendida en África por amenazas terroristas de Al-Qaeda en Mauritania.

 

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En el Rally Dakar no solo hay argentinos que corren sobre ruedas; también están los argentinos que corren para que la competencia salga bien en el día a día. Ahí aparece Daniel Roubicek, uno de los médicos argentinos en el Dakar. Cuando el desierto está completamente en silencio, los médicos se mueven de un lugar a otro para tener todo preparado en su hospital de campaña. “Mi tarea es asistir a los pilotos en lo que no es de carácter urgente”, explica Roubicek. Lleva un chaleco y una tranquilidad total, porque sabe que su tarea va a ser victoriosa. Aunque en los argentinos la primera palabra siempre sea “ganar”, en el Dakar no siempre gana el que más brilla.

Desde que el Dakar llegó a Argentina, el desierto ya dejó de estar lejos. Madres con sus hijos se acercan a las rutas, como por ejemplo la Ruta Nacional 205, que servía como escala para los pilotos; no importa si el que pasa es francés, saudí, si va en moto o en un camión. Se los aplaude, se los alienta igual. En un país muy apasionado, Roubicek dice con orgullo que es un honor representar a Argentina en una competencia tan importante y cruzarse con compatriotas en otras partes del mundo.

Los primeros argentinos en completar un Dakar fueron los hermanos Luis y Jorge Pérez Companc, en 2000, cuando llegaron en la posición 67° en la tabla general de autos. En esa misma edición también arribaron al final Sergio Gora y Pablo Gómez, en la ubicación 91°.

La primera gran alegría para Argentina llegó de la mano de Marcos Patronelli, al terminar segundo en la categoría de los cuatriciclos en 2009. Además, se convirtió en el primero en ganar una etapa para nuestro país. Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Marcos siguió haciendo historia, esta vez llegando a lo más alto del podio en los quads en 2010, aunque no lo hizo solo. En esta ocasión fue escoltado por su hermano, Alejandro Patronelli. Marcos volvió a ganar en 2013 y 2016; mientras que su hermano tuvo sus victorias en 2011 y 2012.

El mendocino Lucio Álvarez no se quedó atrás y escribió su nombre en la historia de los argentinos en el Dakar. También con los autos, terminó quinto en 2012, gracias a la exclusión del estadounidense Robby Gordon. Orlando “Orly” Terranova entró en la historia por ser el primer argentino en ganar una etapa con autos, en 2013. Ese año también terminó en quinto lugar, de la misma manera que lo hizo al año siguiente.

Otro hito histórico para Argentina en la competición fue en 2013, cuando Javier Pizzolito fue el primer argentino en terminar dentro del top 10 en la modalidad de motos. Octavo fue su puesto. En la edición 2014, la rionegrina Alicia Reina fue la primera argentina en correr el Rally Dakar. Cruzó la meta en el puesto 60°. Su mejor posición fue en 2017: 40°. Los camiones no pueden faltar. Fernando Villagra fue el primer argentino en destacarse en dicha categoría. En 2016 hizo su debut y terminó tercero. Había debutado en 2015 en la división de autos, pero sin suerte.

Hay quienes trabajan para que el caos se mantenga ordenado y la fiesta no se transforme en tragedia. Los que no corren, pero sí juegan. Ahí aparece Francisco Romero, coordinador de la seguridad del Rally Dakar. Su participación implica radios, protocolos y mucha tecnología. El cordobés trabaja en la competición desde 2009, momento en el que el Dakar llegó a Sudamérica y terminó realizándose en Chile y Argentina. A partir de 2010, es coordinador. Una de las cientos de personas responsables de que todo salga bien.

Desde la finalización del Dakar se empiezan a planificar y diseñar las etapas para el próximo año. “El Dakar es la carrera logística más grande y más desafiante del mundo”, explica el coordinador Romero. También cuenta que tienen un sistema “satelital online”, en el que saben por dónde van los pilotos, y que si hay una desaceleración brusca es porque sufrieron un accidente. “Para hacer un rescate tenemos entre 10 y 15 minutos”, concluye Romero. En el Dakar cualquier demora puede costar más que una etapa: puede costar una vida. Cada etapa que termina sin heridos también es una victoria para él.

Año 2019. Coronados de gloria. Nicolás Cavigliasso volvió a darle un título a la historia argentina. Arrollador. Ganador de nueve de las diez etapas en cuatriciclos. La edición 43 se disputaba por segunda vez en su historia en Arabia Saudita y Kevin Benavides y Manuel Andújar dieron la nota. Tras ganar la etapa cinco y nueve, Benavides logró quedarse con el Dakar 2021 en la categoría de motos. Andújar luchó mano a mano con su compatriota Cavigliasso. Desde la etapa 7, Andújar se convirtió en líder de la tabla general y se encaminó a su primera gloria, también con quads.

En 2020, Andújar pensó en dejar todo, ya que hacía tres años que no ganaba ninguna etapa ni se subía al podio. En ese momento dijo: “Esto no es para mí”. Nunca desistió y en 2021 salió campeón por primera vez en la categoría de los cuatriciclos. Benavides volvió a ganar el Dakar en motos en 2023 y además se convirtió en el primer piloto en hacerlo con dos marcas diferentes (Honda y KTM). En 2024, Andújar ganó por segunda vez la competencia. Y, sin que nadie supiera, con una noticia que sacudió al mundo del Dakar: ese año fue el último de la categoría quads. Como si el destino le hubiera guardado ese lugar. Como si supiera que ese título no era solo una victoria, sino una despedida. Andújar cruzó la línea final con la sensación de ser el último en levantar la bandera argentina en lo más alto del podio con un cuatriciclo.

La edición 2024 marcó el adiós de una categoría que tuvo a los argentinos como sus máximos protagonistas. Pero el nombre de los hermanos Patronelli, como el de Andújar, seguirá ahí. Escrito entre arena y gloria. Andújar se mostró triste al momento de recordar la noticia: “No nos dieron una explicación; no es la manera de despedir así a la categoría, pero lo dejo a criterio de la organización”. Fue un envión para pasar a los Side by Side (SSV), autos chicos y con jaula antivuelco. “Con los años se empieza a sentir el desgaste corporal con los cuatris”, concluye Andújar.

Por otro lado, el oriundo de Lobos explica cómo fue su primera experiencia en cuatriciclos: “A los 17 corrí mi primera carrera y terminé quinto; la segunda volqué y me desmayé”. Entre risas, agrega que su mamá lo obligó a terminar. Sobre los SSV, dijo que está acostumbrándose a las nuevas velocidades.

El Dakar es un monstruo de arena y piedras que no se deja domar fácil. Andújar lo sabe bien. En 2022 admitió que fue “con el pecho agrandado”, creyéndose el mejor. Y la competición le pegó un “cachetazo”. Volcó, no pudo terminar el Rally y se volvió en helicóptero. Porque en el Dakar no importa quién sos, sino cuánto aguantás. Y él aguantó. Día tras día.

Andújar es uno de los pocos deportistas que puede decir que tiene el premio de la Fundación Fangio y dos Premios Olimpia, obtenidos en 2021 y 2024. Con mucho honor, dice: “Tienen la misma importancia que ganar un Dakar. A muy pocos pilotos se los dan y yo soy un afortunado”. Andújar no solo tiene premios físicos. Tiene trofeos que quedarán en el corazón. Esos de los que nunca se olvida. En 2021, tras salir campeón por primera vez en su carrera como deportista profesional, lo recibió una multitud en su ciudad, Lobos. “Fue un shock, no pensé que había logrado tanto”, recuerda, casi con lágrimas en los ojos. Y en 2024, tras un retraso en su vuelo, llegó tarde a su localidad natal. Pero ahí estaban todos: bomberos, niños, adolescentes, abuelos. “El último recibimiento lo disfruté el doble. Fue una fiesta total”, concluye Andújar. También admite que en sus primeros pasos en el Rally Dakar “no sabía si estaba manejando por el camino correcto”, ya que en la competición son más de 200 los inscritos y no veía a nadie. “Ahora uno ya sabe bien por dónde va, si está primero o no”.

Hay otro argentino, Carlos Verza, que también muestra lo que es la esencia del Dakar. No levantó copas, pero levantó su cuatriciclo más veces de las que cualquiera podría contar. Es “El Yaguareté del Dakar”, como lo apodan y como se apoda. En 2015, cuando el felino se encontraba en peligro de extinción, Verza decidió lanzar una campaña de concientización con su equipamiento como si fuera la piel de un yaguareté.

Verza tiene un récord que muy difícilmente podrá superarse: completar el Dakar ocho veces como piloto/mecánico, compitiendo totalmente solo, contra equipos de grandes estructuras. Su objetivo era ir paso a paso, que la competencia lo sorprendiera. “Entraba en un estado mental en el que solo me importaba vencer a la carrera más dura del mundo”, sentencia el oriundo de Chaco.

Además, Verza admite haber visto cómo algunos pilotos recibían asistencias ilegales y, en un tono molesto, dijo: “Más de un piloto no hubiese llegado a nada”. Cuenta que solo dormía dos o tres horas, que lo dejaban cambiar sus juegos de gomas una sola vez y que otros pilotos lo cambiaban una vez por día. “Era casi imposible correr así, pero siempre tratamos de dar pelea”, concluyó Verza.

Porque el Dakar no se mide solo en posiciones. Se mide en las veces que los pilotos se levantan. El Dakar ya no pasa por las rutas argentinas. Pero mientras haya un argentino dispuesto a enfrentarse al calor, al cansancio y a la incertidumbre, el Rally Dakar seguirá siendo un poco nuestro y seguirá corriendo sangre argentina en sus venas.

“Es el juego que jugábamos de chicos”: dodgeball, el deporte que se esconde detrás del quemado

Por Julieta Fortuny

“Tienen que inventar un nuevo deporte, una nueva disciplina que aún no se haya jugado”, fue la consigna que le dio un profesor llamado Juan Madueño a los estudiantes del profesorado de Educación Física del Instituto Romero Brest de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esto fue lo que llevó a Norberto “Beto” Travella a buscar nuevas actividades, poco conocidas en Argentina. En la página de Codasports (perteneciente al Consejo Argentino de Deportes Alternativos), que presenta deportes alternativos, conoció el dodgeball y quiso practicarlo.

El dodgeball tuvo sus comienzos en Estados Unidos, en los años 60. Era el clásico juego de los quemados pero más reglamentado. Llegó a la expansión a nivel mundial en el año 2004 de la mano de la película “Dodgeball: A True Underdog Story”. Alrededor de 2015 apareció en las escuelas de manera recreativa. Un rol clave fue el de Beto Travella, quien hoy es capitán del equipo Supernova. Fue así como se contactó con Diego Bértola, el presidente de la Asociación Argentina de Dodgeball en la actualidad, y que era el presidente del Club Newell’s, ubicado en Parque Chas, Capital Federal, para que le brindara un espacio para practicarlo.

En octubre del año 2015, en Argentina, nació como algunas pasiones verdaderas: en silencio, con un grupo de personas que no buscaban fama, sino juego y ganas de divertirse. No hubo prensa, solo ganas de practicarlo. “Acá solo lo practicaban grupos de yankees, como nosotros jugamos fútbol 5 entre amigos”, explica Beto Travella. Consiguieron reunirse en la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús. Al principio eran pocos, todos amigos, y así reunían a los diez jugadores que necesitaban.

Todos los viernes, a las 22.30, en el Club Morán de Villa Pueyrredón, comienza el entrenamiento del equipo de dodgeball, que lleva el mismo nombre que el club. Al fondo, pasando el restaurante, se encuentra la cancha de futsal y de vóley, que también es la de dodgeball. En la previa al comienzo del entrenamiento “de dodge” se jugaba un picadito. De a poco van llegando los jugadores. Arranca la entrada en calor, con movimientos de brazos, algunos saltos, y con dos pelotas comienzan a tirarse entre sí. El entrenamiento tiene dos partes: primero es todo de pases, saltos, esquives y pasadas de pelotas. Luego juegan partidos entre sí para practicar cómo van a jugar los partidos del fin de semana.

Una línea horizontal marca el medio de la cancha y se colocan en ella seis pelotas. Se dividen para jugar 4 vs 4 por lado. Es el mínimo de jugadores que se necesita para comenzar un partido.

Nahum Viñas tiene 26 años. Es el capitán y voz cantante del equipo del Club Morán. Cuenta que él formó el equipo de dodgeball en “el Morán”; ya jugaba siempre en el patio de la escuela, pero conoció el deporte hace cuatro años por una compañera del colegio que jugaba en la selección argentina de dodgeball. Primero comenzaron jugando en el patio de la parroquia Santa Teresita, de Parque Chas, y hacían entrenamientos dos veces por semana, a cargo de Travella.

Para 2018 se empezaba a formar la Liga y entrenaban donde hoy funciona la Asociación de Dodgeball, que es el Club Newell’s Old Boys. Luego tuvieron que volver a la parroquia, pero no pudieron continuar con los entrenamientos ya que los vecinos denunciaban ruidos molestos por los pelotazos y gritos de festejos; fue el motivo por el que ese grupo de amigos se disolvió. Viñas no quería abandonar el dodgeball. Fue entonces que decidió armar el equipo en el Club Morán: fue su club de la niñez, donde conocía a la gente a cargo, y así formó el equipo.

Viñas lleva adelante el entrenamiento del equipo del Club Morán. “Pie en la línea, equipos listos… Va”. Todos corren a las pelotas. El equipo que más pelotas agarre primero es el más beneficiado, ya que tiene más posibilidades de quemar a sus rivales. Poco a poco van saliendo “quemados” hasta quedar uno contra uno. La voz cantante sigue siendo la de Viñas.

Entrenamientos recreativos

Los jueves por la noche, en el Club Newell’s Old Boys (uno de los pocos que tiene cancha de dodgeball), de 19.15 a 20.30 es el entrenamiento del equipo Marvin y de 20.30 a 22 se brindan encuentros recreativos. Están abiertos para todas las personas interesadas en el deporte.

Zaki Martínez tiene 17 años. Juega en el equipo de Los Linces, pero a modo de entrenamiento va a los recreativos de Marvin. “Elijo el dodgeball como deporte porque es divertido y diferente a los convencionales”, dice Martínez, quien desde los 9 años juega y quiere que el deporte siga creciendo cada vez más para crecer como jugador.

A la hora de jugar

En el dodgeball se juegan partidos de equipos femeninos, masculinos y mixtos. Hay jugadores relajados, ya que están entre amigos; algunos más nerviosos, porque quieren ganar sí o sí, ya que a su equipo no le está yendo bien. Está el público que alienta. “El partido es lo más difícil, hay que tratar de mantenerse lo más tranquilo, porque si no, ahí te ‘cachan’”, dice uno de los jugadores del Morán, Emanuel Cortez. “Hay mucha estrategia: jugar con la cabeza, pero ser rápido en los lanzamientos”, dice Agustina “Gus” Torres, jugadora de Marvin. “La diferencia entre jugar un partido con las chicas es que es más lento y las mujeres son más estrategas; para juntar las pelotas piensan más los movimientos. Los chicos van más al ataque, juegan más con las emociones porque se enojan más rápido en los partidos mixtos”, agrega Torres.

En cambio, Nahum Viñas dice que vive todos los partidos con mucha adrenalina, que la clave para él está en la velocidad y que, con el paso del tiempo, va suponiendo las jugadas que puede hacer el rival.

Mauricio Troglio observa desde afuera y entrena fuerza. Es el capitán de Marvin y dice que para él todos los partidos son diferentes, incluso aunque ya conozca a los rivales. Troglio se autodefine como un jugador duro y afirma que siempre siente presión al jugar. Para él, la clave es lo mental, ya que si no se está metido te pueden eliminar rápido.

La mayoría de los jugadores practican el deporte porque les recuerda un momento divertido de la infancia, cuando jugaban al quemado con sus amigos. Todos fueron formando y llegando a sus equipos de boca en boca, buscando algo distinto ya que venían de otros deportes. Agus Torres era jugadora de vóley y quería cambiar. Gabriel Romano, uno de los jugadores del Club Morán, jugó 12 años al handball y cambió el deporte que hizo casi toda su vida porque ya no le divertía tanto.

Liga Metropolitana de Dodgeball

El torneo de Buenos Aires, organizado por la Asociación Argentina de Dodgeball, tiene 11 equipos (Panthers, Noazar, Freestyle, Hokory, PCH, Lynch, Hydra, Berserker, Supernova, Morán y Marvin). Al igual que otros deportes, es por puntos. La Liga tiene una etapa clasificatoria y de playoff. Las victorias valen tres, los empates uno y las derrotas no suman ni descuentan. En caso de empate en puntos, al igual que en el fútbol, se define por puntos recibidos en contra/convertidos. Una vez clasificados, las llaves de los playoff se realizan por sorteo hasta llegar a la final y gana el mejor.

Selección Argentina

Los entrenamientos con la selección fueron variando. Empezaron en el Club de Viejos Muchachos de Newell’s Old Boys, en Parque Chas. En 2019 volvieron a la parroquia Santa Teresita. En 2020 y 2021 no entrenaron debido a la pandemia por COVID. Siempre fueron variando, ya que no tienen un lugar o club fijo. Al principio se entrenaba más la parte física y no tanto la parte técnica, pero sus jugadores sienten que aún falta algo por mejorar. “Quizás autocrítica de parte de los jugadores y entrenadores”, dicen desde su interna.

Dentro del equipo hay jugadores que luego se enfrentan los fines de semana en el torneo local; otros ya no juegan en la Liga Metropolitana porque juegan en la selección. No es requisito jugar en un equipo para poder integrar el conjunto albiceleste. Algunos integrantes son del interior del país: tres de La Rioja, uno de Córdoba y el resto de Capital Federal.

En 2018 la selección argentina jugó el sexto Mundial, que se realizó en Estados Unidos, donde los representantes argentinos pagaron su propio viaje. “Lo sorprendente fue ver que en otros países se jugaba igual que acá, con las mismas reglas”, expresa Beto Travella. En 2022 se realizó el primer encuentro sudamericano organizado en Chile: “La Copa de los Andes”, el primer torneo de América del Sur con todas las categorías: femenino, masculino y mixto. Argentina salió campeona en todas. En 2023 se hicieron los primeros Panamericanos de Dodgeball en la historia del deporte. Fue en Argentina y jugaron México, Chile, Canadá, Colombia, Uruguay, Paraguay y Brasil. Argentina llegó a cinco finales; solo quedó afuera de la final de la categoría Mixto FOAM. En las otras finales (Masculino FOAM, Femenino FOAM, Masculino CLOTH, Femenino CLOTH y Mixto CLOTH) jugaron contra Canadá y perdieron en todas. En esa competición, Canadá ganó en todas las categorías, incluso en la que Argentina no clasificó a la final.

Las otras caras

En Argentina, el dodgeball es un deporte amateur, organizado, armado y costeado por sus jugadores. Tanto para comprar las camisetas que representan a sus equipos como para pagar cada mes una cuota para comprar pelotas o a los árbitros para que asistan y jueguen los partidos de los fines de semana.

Para 2018, Beto Travella admite que había cosas positivas, como poder organizar los horarios de los partidos; tanto es así que llegó a cambiar de horario un partido porque a la tarde se enfrentaban River y Boca. También sabe que hay otras negativas. En la actualidad, con la disciplina en crecimiento, Travella dice: “Hay muchas más cosas negativas, que pesan más que las positivas”. El capitán de Supernova afirma que, para que el dodgeball mejore en el país, los jugadores no deberían encargarse de las finanzas de la organización. Dice: “Es incómodo que un jugador mío sea quien me reclame la plata”.

La historia sigue escribiéndose con mucho esfuerzo colectivo. Gracias a la gran expansión que tiene el dodgeball en la actualidad, sus jugadores confían en que en un futuro esté mucho mejor, que haya más gente y que los partidos no se transmitan solo por redes sociales de Instagram o YouTube, sino que también puedan verse en canales de televisión y sean noticia por un título conseguido. Para ellos, el dodgeball sigue siendo el “quemado” que jugaban siempre en los recreos de la primaria, aunque ahora, a nivel internacional, tenga otro nombre y reglas que respetar.

Beto Travella sonríe, incluso cuando se queja o cuando le sacan tarjetas. Mauri Troglio sigue yendo a entrenar aun lesionado. Y Nahum Viñas sigue difundiendo e invitando a todos a ver un partido. Saben que el dodgeball en Argentina está en constante crecimiento, aunque no haya estadios llenos ni auspiciantes millonarios. Hay jóvenes, hay ganas, hay pasión.

Chapecoense, el eterno campeón

Chapecó - Um tributo à Chapecoense e às vítimas da tragédia com o voo da delegação, na madrugada de terça-feira (29), tomou a Arena Condá, estádio da Chapecoense (Daniel Isaia/Agência Brasil)

Por Martiniano Vicente

El Chapecoense venía de años de esplendor deportivo desde 2007 gracias a sus constantes ascensos, desde la Serie D hasta el Brasileirao en 2014. En su primer año en la máxima categoría del fútbol brasileño, logró clasificarse a la Copa Sudamericana del año siguiente. Aunque quedó eliminado en cuartos de final frente al anterior campeón de la Copa Libertadores, River Plate, por un marcador acumulado de 4-3, donde dejó una buena imagen en el torneo.

En 2016, el equipo volvió a clasificar al certamen. En esta edición, debido al formato de esos años, arrancó directamente en la Segunda Fase. El sistema dividía a los equipos de las asociaciones participantes (excepto Argentina y Brasil) en dos zonas según su ubicación geográfica: Sur y Norte. Los ganadores avanzaban a la segunda fase, donde se determinaban los clasificados a las fases finales. Los representantes de Argentina y Brasil ingresaban en rondas más avanzadas, junto con el campeón defensor, Independiente Santa Fe.

En su debut, el Chapecoense se enfrentó al Cuiabá. En el partido de ida se lo llevaría el Dorado 1-0, pero en la vuelta El Chape daría vuelta el global con un 3-1 en casa, terminando así 3-2 en la clasificatoria. En octavos de final enfrentó a Independiente de Avellaneda.Tras un empate 0-0 en el acumulado, se definió la serie en penales, donde los brasileños triunfaron 5-4.

En los cuartos de final, se midieron con Junior de Barranquilla. La ida, disputada en Colombia, terminó 1-0 a favor del equipo local. Sin embargo, en el partido de vuelta, Chapecoense demostró su fortaleza en tierras cariocas al imponerse 3-0 y avanzar a semifinales.

En la siguiente instancia enfrentaron a San Lorenzo en una serie muy disputada. La ida, en el Nuevo Gasómetro, terminó 1-1 con goles de Martín Cauteruccio para los argentinos y Ananias Elói Castro Monteiro para los brasileños. En la vuelta, en el Arena Condá, el marcador quedó 0-0 y gracias al gol de visitante, Chapecoense se quedó con el pase a la final.

El equipo brasileño vivía un sueño: pasar de la cuarta división en 2007 a luchar por un título internacional en 2016, en tan solo nueve años.

Sin embargo, el 28 de noviembre de ese mismo año, el Chapecoense viajaba a Medellín para disputar el partido de ida de la final de la Copa Sudamericana. El avión que los transportaba desde Santa Cruz (Bolivia) a Colombia se quedó sin combustible y se estrelló en La Unión (Antioquia), a pocos kilómetros de su destino. La tragedia dejó 71 fallecidos de los 77 pasajeros, incluyendo 19 futbolistas, el presidente del club, el entrenador y casi todo el cuerpo técnico. Solo sobrevivieron tres jugadores: Jakson Follmann (quien perdió su pierna derecha), Alan Ruschel y Neto.

El mundo entero quedó conmovido por el accidente. El 5 de diciembre de 2016, a propuesta de Atlético Nacional, la Conmebol proclamó campeón de la Copa Sudamericana 2016 al Chapecoense. En reconocimiento a su gesto solidario, el club colombiano recibió el premio Centenario Conmebol al Fair Play.

21 de enero de 2017. Los jugadores de Chapecoense sobrevivientes del accidente, Neto (i), Jakson Follmann (c), y Alan Ruschel (d), reciben el trofeo de la Copa Sudamericana.

Chapecoense se convirtió en un símbolo eterno del fútbol. Su historia, marcada por el esfuerzo, el sueño cumplido y una tragedia que conmovió al mundo, quedó grabada para siempre. No solo fueron campeones en los papeles: lo fueron en el corazón de millones. El Chape será, para siempre, el campeón que nunca se olvida.