Por Matías Villar
En el Buenos Aires Fan Fest del Mundial 2026, miles de personas de distintas nacionalidades se acercan para ver Países Bajos vs Suecia. Un partido que no es muy relevante para Argentina, pero que la gente asistió para gritar goles y divertirse.

El sol pega de lleno sobre la Plaza Seeber que está completamente vallada como si se preparara para un Superclásico en el Monumental. Pero no hay tribunas, es el Buenos Aires Fan Fest del Mundial 2026, donde hay una pantalla gigante para ver los partidos, niños jugando a la pelota, puestos de hidratación y diferentes marcas globales que hacen juegos para todos los que se acercan a disfrutar.
Sábado 20 de junio, 13:30 horas, ya arranca el primer partido del día. Países Bajos, conocida en el idioma futbolístico como Holanda, enfrenta a Suecia. Las vallas delimitan un territorio, que desde el 11 de junio hasta el 19 de julio, se transforma en el patio más grande para vivir el evento deportivo por excelencia.
Al entrar, hay un puesto de Coca-Cola que mezcla fantasía, inteligencia artificial y diversión. Te sacás una foto y con ayuda de la IA, en tres segundos, parece como si estuvieras levantando la copa del mundo. La copa dorada flota sobre tus dedos.

Igual eso no es lo que hace diferente a este lugar, es la gente. Familias con niños en el espacio infantil, grupos de amigos con la matera y toda la gente que está sentada frente a la pantalla gigante para ver el primer partido del día.
Faltan cinco minutos para el inicio del encuentro y ya se distinguen algunas remeras naranjas de Países Bajos. Igual no hay solo de ese país. Se observan alemanes que esperan por el partido de su selección que juega un rato más tarde. Frente a la enorme pantalla, hay diferentes lugares con sillas para que puedas ver el partido. “Yo en el prode puse 3-1 que gana Holanda”, comenta un joven.
Con el pitazo inicial, la diversidad de nacionalidades es palpable. Si bien predominan remeras de Messi, se ven de Ronaldinho, una pareja con el conjunto de Corea del Sur, un nene con la campera de Ecuador. Las camisetas cuentan historias. Algunas son nuevas pero otras se ven desgastadas con el cuello un poco deforme como si tuvieran encima de ellas recuerdos de otros mundiales. Un hombre camina con la de Argentina de 1986., con el número 10 de Diego Maradona, por supuesto. Igual no hace falta hablar distintos idiomas para entender lo que sucede. Cuando hay una jugada de peligro, todos reaccionan al mismo tiempo.
El primer gol del partido llega rápido. A los cinco minutos, Brian Bobbey mete la pelota dentro del arco y se escuchan gritos desde distintos sectores del parque. Algunos son de neerlandeses pero la mayoría se anima a gritarlo. Una mujer que estaba sentada adelante le comenta a su marido: “Ya perdí en el prode, puse que ganaba Suecia 1 a 0”, a lo que el hombre se ríe.
Mientras el partido se juega, los chicos intentan simular en el pasto lo que ven por la pantalla. Para ellos, el Mundial es una excusa para jugar y aprender que el fútbol es también disfrutar y convivir con amigos. Un sábado feriado se aprovecha para pasar en familia y divertirse con un partido de dos selecciones ajenas.
El primer tiempo terminó 2 a 0 en favor de los neerlandeses. En la sillas de adelante, está ese grupo de hinchas oriundos de ese país, que aprovechan el entretiempo para hablar entre ellos con una sonrisa bien marcada en su rostro. Los demás miran con respeto porque son los únicos locales reales de la tarde.
Los padres se acercan a sus hijos, que juegan en el sector infantil y los levantan del piso. Algunos llevan una botellita de agua y otros comida. Mientras tanto, a unos metros, en el sector donde está el público sentado viendo el partido, aparece una murga de Argentina que le agrega color a la tarde soleada.
Hay una situación que es llamativa. La cantidad de marcas que tienen un puesto dentro del Fan fest. Powerade, Banco Macro y Hisense. Todas proponen una experiencia distinta: juegos interactivos, patear penales, embocarla dentro de agujeros colocados en el arco. Uno pasa por ahí y le dan ganas de jugar. Además, hay una zona de food trucks donde aparecen Mostaza y Lucciano’s como los locales más reconocidos. El olor a frito se mezcla con el de pasto recién cortado.

Otra zona de la plaza es el “patio de la hinchada”. Es un sector cerrado en una especie de arboleda. Hay mantas tiradas en el piso para que la gente pueda ir a relajarse o comer algo. Hay perros atados a los árboles. Un lugar tranquilo, como si estuvieras en la plaza de tu barrio o en el patio de tu casa. Estos sectores demuestran que la iniciativa permite que se acerque todo tipo de personas. No es necesario que te guste el fútbol. Podés entrar libre y gratuitamente y nadie te va a decir nada. Hinchar por uno o por el otro. Llevar a tu hijo para que vaya al espacio infantil. Comer algo. Se busca eso, que te diviertas y que vayas con ganas de pasarla bien.
Con el inicio del segundo tiempo, la pantalla gigante recupera el protagonismo. Países Bajos, antes de los 55 minutos, convierte cuatro goles y en todos se escuchan gritos, aplausos y algún insulto al aire.
Los suecos descuentan a los 60′ y es el gol que más se grita en toda la tarde. El público se pone del lado de la selección más débil. Incluso en un caño de Anthony Elanga, futbolista de Suecia, todos al unísono gritan: “Oooole”. Se vive como si el lujo lo hubiese hecho Messi.
Ya está por terminar el partido y se empieza a levantar la gente de sus sillas, pero sin antes sacarse una selfie para recordar este día. Países Bajos golea 5 a 1 a Suecia. Los que pasa por al lado de los neerlandeses, los felicitan y ellos responden: “Gracias, vamos Maradona”.

Cuando no hay partidos, la fiesta sigue. Con algún show en vivo de “Linda” o alguna banda sonora invitada. Hay un animador que habla con la gente y les habla y pregunta cosas sobre el Mundial y cómo la están pasando. A la pregunta de quién va a salir campeón, todos contestan: “Argentina, obvio”.
El momento que se lleva el aplauso de todos es cuando el animador se acerca con el micrófono a un anciano y le pregunta: “¿De dónde sos?”, y él responde: “De Boedo”. “¿Y por quien alentás hoy?”, repregunta el joven a lo que el señor contesta de una manera apasionada: “Yo aliento por el gol, grito por el gol”. Toda la plaza lo aplaude porque todos vienen a eso.
La esquina de Avenida Sarmiento y Libertador no es un estadio, es cierto, es una plaza, pero se siente como tal en cada grito de gol y en cada chico que corre detrás de una pelota. Este espacio muestra que en este deporte no se necesita ser un hincha fanático. En tiempos donde el avance de la inteligencia artificial y tecnología consume la pasión de la gente, acá se ve otra cosa, gracias al Mundial. Un ritual humano, compartido, que une culturas y países en busca de ser campeón. Esa gloria se vive por un mes en cada rincón de Argentina y especialmente en la Plaza Seeber.




