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A once metros de la eternidad

Por Abril Yazbik

No es la primera vez que estoy acá.

Aunque todo parezca nuevo, los jugadores, las camisetas y las voces, hay algo que se repite. Una sensación. Una tensión que crece hasta volverse casi insoportable. La final de un nuevo Mundial había llegado a su límite. Empate, otra vez.

Durante el partido vi de todo: un gol tempranero que hizo explotar a una mitad del estadio, una respuesta casi inmediata del otro lado, piernas que corrían más por pasión que por energía, tarjetas de todos los colores y miradas que buscaban la gloria.

90 minutos de juego y 30 minutos de prórroga, pero nadie pudo adueñarse del final. Entonces, como si el destino no supiera resolverse de otra manera, todo volvió a este punto, los penales.

Acá es donde todo cambia; el fútbol deja de ser un juego colectivo por un momento y se convierte en una sucesión de decisiones individuales. Ya no importa el sistema, ni la estrategia, ni el planteo. Solo queda un jugador, la pelota y yo, a 11 metros de distancia.

El estadio, que hasta hace unos segundos era caos, se transforma. El ruido no desaparece pero se vuelve lejano, como si estuviera ocurriendo en otro lado. Acá, en este espacio, lo único que existe es el momento, mi momento. Se abre la ronda y el primero se acerca, camina rápido, sin mirar demasiado. Patea fuerte al medio, la pelota entra. Grito, desahogo.

El segundo duda un poco más, se toma su tiempo y respira. Patea fuerte y cruzado, la pelota vuelve a entrar.

Y así sigue la tanda, uno a uno… historias distintas, finales momentáneos. Algunos celebran antes de tiempo, otros apenas reaccionan. El arquero se mueve, intenta adivinar el tiro, juega su propio partido dentro de este instante, pero yo sé, sé que ninguno de ellos es el final.

Entonces aparece él, mi momento más esperado de la noche, Lionel Andres Messi, parado frente a mí. No corre, no apura el paso, no necesita hacerlo. Camina despacio, como si cada paso cargara la historia de un país entero. Yo podía sentirlo, el aire vibraba distinto. No era solo un penal, era el penal. Cualquiera quisiera tener la perspectiva de lo que yo estaba viendo.

Por delante mío, el arquero de la selección brasileña, Bento Matheus Krepski, se movía, inquieto. Intentaba achicarse, hacerse gigante, ocupar cada rincón de mí. Pero había algo que él no sabía, yo ya lo había elegido. 

 “La Pulga” tomó la pelota, la acomodó con cuidado, como si cada detalle importara, como si ese pequeño gesto fuera parte de algo mucho más grande. Retrocedió unos pasos, no muchos, los justos. El arquero lo miró, quería meterse en su cabeza, romper esa calma que parece inquebrantable. Por un segundo, el mundo se detuvo dentro de mis tres palos y entonces pateó. 

No era un remate violento, no era desesperado, era simple y era perfecto. La pelota salió suave pero decidida, como si no necesitara velocidad para llegar, como si supiera exactamente a dónde ir desde el instante en que abandonó su pie. El arquero eligió un lado y se lanzó, se estiró pero no alcanzó. Entonces, la red se estremeció, lo sentí, no como un golpe, sino como una confirmación. Argentina era bicampeona mundial y, yo, su máximo protagonista, estaba viendo al mejor de todos los tiempos en primera persona. 

El estadio explotó, los gritos atravesaron cada rincón del mundo. Los jugadores corrieron, se abrazaron, cayeron al piso, rieron y lloraron. Todo al mismo tiempo.  Yo sigo quieto, en mi lugar, como siempre. Pero esta vez es distinto porque no fui solo el lugar donde terminó la historia. Fui el lugar donde la eternidad eligió quedarse.

Un acto que me cambió la vida

Por Leonel Librandi

Todo comenzó en el partido inaugural; mi país, México, contra Sudáfrica en el Estadio Azteca. Yo siempre fui de seguir los grandes eventos deportivos, pero este tenía una cuota única: el último Mundial de dos grandes bestias como Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Igualmente, no estoy acá para describir el evento más visto, y probablemente el más conocido del mundo, sino para contar cómo, por unos minutos de euforia, terminé en la cárcel de Nueva Jersey.

Hasta ese momento trabajaba en un emprendimiento de tecnología con un amigo. No nos iba mal, es decir, no había malestar alguno del que quejarase. Éramos buenos en eso, siempre lo fuimos. Un ambiente muy cómodo para dos jóvenes de 19 años. A Pedro lo conocí mi primer año aquí, allá por el 2017, cuando nos mudamos con mi familia a México, más precisamente a Guadalajara. Y sí, yo no nací acá, y notarás, quizá por mi forma de escribir, que soy “mitad” argentino. Con mi familia vivíamos allí hasta que la cosa se puso fea y decidieron que lo mejor era volver a la República Mexicana. Sinceramente no le doy importancia a eso, ya que siempre me sentí más atraído por la cultura mexicana. Tal vez, el hecho de escuchar historias a más de 7 mil kilómetros me hacía interesar cada vez más en mis raíces.

En fin, se acercaba el Mundial y siempre soñé con vivir uno como espectador, así tuviera que gastarme los ahorros de mi vida. Llevábamos tres meses juntando dinero y consiguiendo “changas”, como se le dice en Argentina, para poder ver al “Tricolor”. El día había llegado. 11 de junio en el estadio más emblemático de nuestro país, con un plantel que no llegaba de la mejor forma, pero que tenía la misma ilusión de siempre. La misma ilusión de varias generaciones: llegar al quinto partido.

“…el árbitro finaliza el encuentro. Derrota de la selección local por 3 a 1, un hecho que quedará marcado en la historia de nuestro fútbol. Habrá que ver qué sucede la semana próxima, pero dudo que esta situación se pueda cambiar”.

Estaba abatido. Toda la esperanza que teníamos se esfumó en 90 minutos. Pensándolo bien, y luego de que transcurrieran varios años desde ese hecho, aquel resultado fue muy predecible. Era la esperanza y la ilusión que conlleva cada Mundial lo que no me permitió ver lo mala que era esa Selección. Como ya sabrán, el equipo quedó afuera en fase de grupos, protagonizando uno de los mayores bochornos de la Copa del Mundo.

Pasaban los días, las fases del torneo y mayor era mi enojo hacia los jugadores y el cuerpo técnico que tan mal nos habían representado. Luego de ir a ver dos partidos de tres y amargarme durante medio mes, mi rutina seguía siendo la misma: trabajar, volver a casa y mirar cómo Argentina avanzaba de fase. Para los jóvenes que leerán este libro, posiblemente les suene extraño el decir que ese fue el mejor equipo de la historia, pero lo fue.

Como dije anteriormente, solamente vi dos partidos de mi Selección. En el tercero necesitábamos un milagro para clasificar y preferí vender la entrada. Podría poner la excusa de que no quería enfurecerme aún más, pero verdaderamente fue porque quería ver algún encuentro con mi madre. Ella trabajaba mucho, ni tiempo para ver algún resumen tenía. Vivía por y para nosotros. Hoy en día pienso y creo que fue el ahorro que mejor gasté en mi corta vida.

En definitiva, allí estaba, sentado en una de las tribunas del MetLife Stadium compartiendo un momento con la persona que más amaba. Ahora me acuerdo, Argentina – España fue la final. Tres goles de un tal Mastantuono esa noche, Dios sabrá dónde juega ahora. Pero lo importante en esta historia no es que la “Albiceleste” ganó dos títulos consecutivos, o que goleó 4-0 a una Selección europea con un baile que no se van a olvidar jamás. Lo significativo en este relato es la ira que sentí al ver al presidente de la Federación Mexicana festejar con Infantino. Un acto que me cambió la vida por los próximos 10 años.

“Y allí lo vemos otra vez, Messi levantando la tan ansiada copa. ¡Pero esperen, miren allí en la platea, un hincha está agrediendo a Mikel Arriola! Increíble, ahora se lo lleva la seguridad, pero qué barbaridad ha hecho este joven. Creo haber visto tres golpes, espero que reciba el castigo adecuado”.

El último milagro

Por Camila Pasquali

La vida del portugués fue todo menos fácil. Nacido en el seno de una familia muy pobre y trabajadora en la ciudad de Madeira, vio y vivió mucho. No todo, pero sí mucho.

Con solo 12 años comenzó el primer paso de lo que sería una larga y exitosa trayectoria, de la cual fui partícipe. La soledad debe hacerse amiga de alguien para poder sobrellevarla. Con apenas doce años, jugando en el Sporting de Lisboa, sufriendo acoso por su acento y atravesando una operación del corazón, que quizás fue necesaria para preparar un órgano que latiría con una fuerza que no a todos los seres humanos les toca sentir, empezó todo. O eso creo yo. Aunque… ¿qué sé yo de certezas?

Fui un regalo de María, que, aunque parecía una mujer muy generosa, no tenía el dinero suficiente como para hacerles un presente a sus cuatro hijos. Pero esa vez era diferente: su pequeño se iba en busca de lograr su sueño y alguien debía acompañarlo.

Fui y soy simple, aunque hoy mucho más gastado. La primera vez que Cris me conoció, yo era un largo rosario perfumado con pétalos de rosas, con una pequeña imagen de Jesús que le llegaba hasta la mitad del pecho. Descansaba dentro de una cajita junto a una foto de la Virgen de Fátima. Me compraron en una feria de artesanías realizada por Benedita. Aún recuerdo la bendición con la que me entregó:

—Que sea un camino de luz, pero que los senderos oscuros sean transitados con gratitud, para que al final de nuestros días, aunque no entendamos los planes del Señor, todo eso nos haya hecho quienes debíamos ser.

Una oración cuarenta minutos antes de salir a la cancha. Ese era el ritual irrenunciable de Ronaldo… o de mi Cris.

Todo comenzó en Inglaterra. Porque, aunque la soledad ya nos venía acompañando, en el Manchester United, un país nuevo y un idioma desconocido, te obliga a aferrarte a algo, a creer en algo.

El esfuerzo, la dedicación y la fe hicieron que Cristiano se convirtiera en Cristiano Ronaldo… o en CR7. Aunque para mí siempre fue simplemente mi chico. 

Recorrimos y vivimos en muchos lugares y culturas: Inglaterra, España —nuestro favorito—, Italia, y, finalmente, Arabia Saudita. Allí llegó una versión diferente de él. Padre, esposo y aún jugador, pero con otra mentalidad, otros miedos y otras exigencias.

Muchas oraciones he escuchado. Muchas se cumplieron. Pero una aún no. Y a veces me pregunto por qué. Si jugó cinco Mundiales…¿Por qué no ganó ninguno con Portugal? Esta es la última oportunidad. Se preparó mucho para esto.

¿Por qué ahora?

El 3 de marzo hubo un bombardeo de Irán contra la embajada de Estados Unidos en Arabia Saudita. Desde el comienzo del conflicto notaba a Cris preocupado. Esperando.

Quizás el ser humano espera a que ocurra algo malo… muy malo… para escapar. Los ataques con drones fueron ese algo muy malo que terminó por ocurrir. En unas semanas comenzaba el Mundial, y se suponía que nos iríamos. 

Pero yo no. Quedé olvidado en la sala de oración, arriba de un estante. Fue el apuro de salir tras enterarse de la noticia. Esa mañana, Cris no había orado.

El Mundial comenzó el pasado 3 de abril. Portugal terminó primero en el Grupo K. El equipo que más preocupaciones les trajo fue Colombia, pero aun así lograron vencerlo.

Luego llegaron los octavos frente a un Brasil donde Neymar volvía a vestir su camiseta. Después, los cuartos ante Inglaterra. Y unas semifinales frente a España, que casi elimina por penales al conjunto dirigido por Roberto Martínez.

La final sería frente a Argentina. Una final soñada.

El conflicto en Medio Oriente cesó. Se abrieron los espacios aéreos. Y ante esa noticia, María Dolores, la madre de Cris, vino por mí el día de la final. Durante el camino me contó cómo le había ido a nuestro chico. Tras largas horas de vuelo y escalas, llegamos a Estados Unidos. Pero el partido ya había comenzado.

¿Por qué todo tenía que ser tan sobre la hora?

Argentina 4-4 Portugal. En un país donde no se respira fútbol, por primera vez, el aire era eso: fútbol.

Penales. Llegamos. Era el último de Portugal. Lo pateaba Cristiano. María me arrojó al campo de juego.

—Ahí va Cristiano, en busca de un milagro para darle su primer Mundial a Portugal.

Un partido de ensueño

Por Genovese Malena

Escuché el silbatazo que indicaba el inicio del partido. Mantuve la mente tranquila, analicé el juego y empecé a dar indicaciones y a pedir la pelota. Se la pedí a Enzo (Fernández), quien me la pasó y comenzó a subir por el medio. A su izquierda estaba “Fideo” (Di María), quien también subía como loco al área. El clima del estadio era espectacular. Todos silbaban y gritaban. Todos esperaban que esa jugada, que en mi mente ya había funcionado, resultase en gol. Pasé a uno, me saqué de encima al marcador, pateé el centro y…nadie cabeceó. La pelota siguió de largo y se fue al lateral.

Arrancamos de nuevo y me acomodé en mi posición, tratando de sacarme la marca. Miré hacia atrás para pedirle la pelota a Enzo, pero vi algo que por un segundo me dejó sin reacción. El que vi no era Enzo, no era el número 24. Vistiendo la 11, estaba el “Loco” Houseman. No ví ese rostro en ningún lugar que no fuese la televisión. Estaba impactado, pero no tenía tiempo para quedarme pensando en aquello que había ocurrido, por lo que reaccioné y volví al juego; no era momento de analizar esa extrañeza que había sucedido a mis espaldas.

Se la pedí al “Loco”, levanté la cabeza para buscarlo a Juli (Álvarez) y lo que vi casi que me hizo seguir de largo y tropezarme con la pelota. Quien estaba jugando en la delantera conmigo no era Julián. Ni tampoco estaba usando la 9. Vi al número 14 pararse poco más atrás del punto penal; me hacía señas para que le metiera el pase hacia atrás. Sin tiempo -otra vez- para procesar la extraña y repetida situación, metí el centro. Lo que vieron mis ojos en ese momento no tenía, ni tiene, explicación alguna, pero fue así. “El Matador” le pegó un zurdazo con la cara interna del pie, y la pelota entró. Corrimos a festejar y, en ese momento, me fundí en un abrazo con quien había sido el mejor jugador del Mundial de 1978.

Era el minuto 35 del segundo tiempo, íbamos ganando 1 a 0. Veo, desde el mediocampo, cómo el delantero rival hace un enganche y lo pasa de largo al “Cuti” (Romero). Me imaginé lo esperable. Ya estaba pensando en la próxima jugada para intentar revertir el empate. Pero, nuevamente, otra cosa me sorprendió. Apareció corriendo desde el arco un jugador que nunca había visto, al menos no en una cancha compartiendo equipo. Un loco con vincha que le cortó el ataque al delantero y se fue jugando con la pelota hasta la mitad de la cancha. No lo podía creer. En mi mente reviví los mejores momentos del “Loco” Gatti.

Una vez más, no tenía tiempo para procesar esa jugada, y mucho menos quién la había realizado. El partido estaba a punto de terminar y teníamos que mantener el resultado. Faltaba poco. No se había detenido mucho el encuentro, por lo que no se iban a adicionar tantos minutos. Había que resistir. En el minuto 43, un defensor me intenta barrer y me lleva con él. Nos dan un tiro libre y comencé a acomodar la pelota, estaba seguro de que iba a patearlo yo. Hasta que una mano me tocó el hombro y, al girarme, supe que tenía que ceder el tiro.

Acomodó la pelota dos veces y la puso de frente hacia él; yo estaba al lado observando. Hizo -exactamente- cuatro pasos hacia atrás y se paró. No miró ni al arquero, ni a la barrera, ni a nosotros. Su postura y energía lo decían todo por sí mismos. No hacía falta convencer a nadie de que iba a clavarlo. La cinta de capitán, la número 10. Estaba seguro de que lo convertiría, después de todo, él me había enseñado a patear tiros libres.

Sonó el silbato y empezó la carrera. Pateó con la cara interna del pie izquierdo. Le pegó de rosca y buscó el ángulo superior del arco. Entraba, estaba seguro de que sí. Recordé en mi mente los mejores momentos del “Pibe de Oro”. Estaba a punto de entrar. Y, en ese momento, cuando iba corriendo a abrazarlo y agradecerle, de algún modo, todo lo que había hecho por los argentinos, sonó la alarma; me desperté.

La mejor cobertura mundialista de mi vida

Por Máximo Nichlison

Hoy es domingo 19 de julio del 2026 y estoy por cubrir la final del escandaloso Mundial de Estados Unidos-México-Canadá, en el cual pasaron una sucesión de hechos que nunca creí vivir: la Asociación del Fútbol Argentino, comandada por Claudio “Chiqui” Tapia, tuvo un conflicto legal con Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol, por lavado de activos en relación al club Barracas Central. En consecuencia, la confederación sudamericana prohibió la convocatoria de futbolistas que se desempeñen en el exterior, lo que obligó a Lionel Scaloni a armar un combinado únicamente con jugadores del cuadro local.

Por otro lado, el presidente del país organizador, Donald Trump, entró en un conflicto bélico contra Irán, uno de los mejores equipos asiáticos del certamen, e intentó evitar su participación. A pesar de esto, la Selección de Oriente Medio disputó sus tres partidos de fase de grupos, en los cuales sufrió robos dignos de La Casa de Papel, tales como la expulsión de cuatro jugadores en la misma jugada o el cobro de seis penales en contra en un mismo partido.

Ahora, centrándome en Argentina, puedo decir que el cuerpo técnico se las rebuscó para formar un once que prácticamente sale de memoria: Facundo Cambeses, arquero de Racing, solo recibió dos goles; el experimentado Gonzalo Montiel,  Kevin Lomónaco, Tomás Palacios y Gabriel Rojas conforman una sólida línea defensiva con buen toque de pelota; el “doble cinco” lo ocupan Franco Ibarra y Leandro Paredes; los volantes con más dinámica son Exequiel Zeballos, Ángel Dí María y la sorpresa de la lista, Ian Subiabre; mientras que el finalizador de jugadas es el infalible Adrían “Maravilla” Martínez.

En menos de cuatro horas, mi querido país juega su segunda final del mundo consecutiva, repleta de jugadores desconocidos y frente a la temible España liderada por Lamine Yamal, Pedri y Nico Williams. 

El camino hasta acá fue inusualmente fácil: en fase de grupos tuvimos puntaje perfecto y +10 de diferencia de gol; Argelia, Austria y Jordania no encontraron forma de defender a los iluminados Maravilla Martínez y Dí María, que convirtieron cinco y tres goles, respectivamente; en la ronda de 16 se jugó el clásico del Río de La Plata, en el que pudimos imponernos 3 a 1 con triplete del santiagueño Zeballos.

En este momento hago un parate, ya que antes de enfrentar a Turquía por la próxima ronda, Di María dio positivo en un control antidoping y recibió una sanción de dos años sin jugar al fútbol, aunque con la particularidad de que sí estaría disponible para jugar los partidos ante Newell´s.

Ante esta adversidad, Pablo Aimar tuvo la ingeniosa idea de darle la llave del equipo a Franco “El Mudo” Vázquez, al que, debido a su condición, los médicos de la FIFA no pueden realizarle los controles de doping pertinentes, por lo que tomó cientos de anabólicos para mejorar su rendimiento y que nadie sospechara al respecto.

El encuentro contra los turcos fue fácil: dos goles de El Mudo y un arco en cero. En los cuartos de final hubo más sobresaltos porque la selección portuguesa de Cristiano Ronaldo llegaba invicta, aunque una actuación heróica de Facundo Cambeses en los penales luego de empatar en cero nos dio el pase a unas nuevas semifinales, esta vez contra Inglaterra.

Este partido fue una batalla de principio a fin. Los mediocampistas británicos aprendieron lengua de señas para hacerle amenazas de muerte a Vázquez e incluso Declan Rice, figura del Arsenal, desenfundó un revólver español y jugó a la ruleta rusa en mitad del campo con Montiel. En el tiempo regular empatamos 1 a 1 con gol de Subiabre y el agónico gol de la victoria lo hizo Palacios de cabeza.

Tras el partido tuvimos inconvenientes con unos Hooligans, pero no pasó a mayores. Solamente estuve 48 horas internado por múltiples fracturas faciales… Creo que también sufrí la perforación del pulmón derecho, aunque eso es lo de menos.

Lo importante es que, a pesar de todas las adversidades, estoy a punto de vivir la mejor experiencia que un periodista puede soñar en su vida y espero que La Nuestra no me defraude.

El último susurro del gol

Soccer Football - World Cup - CONCACAF Qualifiers - Mexico v Canada - Estadio Azteca, Mexico City, Mexico - October 7, 2021 General view inside the stadium before the match REUTERS/Henry Romero

Por Valentina Jauregui

Este Mundial fue una caja de sorpresas… Mientras los gigantes del fútbol se tambaleaban entre la confusión y el caos, los guatemaltecos mostraron solidez y se convirtieron en el centro de todas las miradas. 

La selección de Guatemala capturó la curiosidad del mundo. No era sólo su fútbol lo que llamaba la atención, sino un rumor que circulaba entre el público. Se decía que un antiguo espíritu del fútbol, conocido como “El Susurro”, había elegido a Guatemala para llevarlos a la gloria. 

El entrenador Javier González había escuchado la leyenda desde niño gracias a su abuelo, quien le contaba historias de cómo este espíritu ayudaba a los equipos con un corazón puro. Con un grupo de jóvenes talentosos y un par de veteranos, el exjugador decidió que este sería su año.

El primer partido se llevó a cabo en el mítico Estadio Azteca, donde Guatemala se enfrentaba a Brasil, el gigante del fútbol. La tensión era increíble. En el vestuario, Javier recordó las palabras de su abuelo: “El Susurro siempre está presente para aquellos que creen”, y, con esa fe, envió a sus jugadores al campo. 

El encuentro comenzó y, aunque Brasil dominaba, el equipo guatemalteco se mantenía firme. En el minuto 45, una luz iluminó la cancha. El mediocampista Miguel Bordon recibió un pase y, en un instante, escuchó un susurro: “Sigue tu instinto”. Con ese consejo, le dio una asistencia al delantero Barrios Ramón, quien hizo vibrar el estadio al marcar el primer gol para Guatemala. 

En la segunda mitad, Brasil no paraba de atacar, pero cada vez que la pelota se acercaba al arco rival, Mario Duarte, el arquero, sorprendía con su actuación digna de un héroe, lo que hizo que el público comenzara a murmurar y sospechar que “El Susurro” estaba ayudando a la Selección.

Llegó el último minuto y con una patada en la rodilla de un rival, Victor Gatica regaló un tiro libre para los brasileños en la puerta del área. Todo el estadio se encontraba en silencio. Los guatemaltecos estaban quebrados en llanto, sin poder creer lo que estaban viviendo.

Marcelinho tomó la pelota, la acomodó y respiró profundamente. Fue al ángulo, casi imposible de atajar, pero no tan imposible para Duarte, quien había demostrado durante los 90 minutos ser capaz.

La cancha estaba colmada de hinchas con lágrimas en los ojos. El pitido final sonó y Guatemala había derrotado a Brasil.  

Con cada partido, el equipo guatemalteco avanzó y la leyenda de “El Susurro” se hizo más fuerte. En las semifinales, se enfrentaron a Argentina. La historia se repetía: el espíritu parecía guiar a los jugadores, otorgándoles fuerza y agilidad. Cada gol era un eco de la voz de Javier, quien les decía que creyeran en sí mismos. 

La gran final llegó. En el Estadio de la Ciudad de México, Guatemala se enfrentó a Francia. El clima era tenso y mágico. En el minuto 75, con el marcador empatado, Miguel sintió de nuevo esa voz: “Es tu momento”. Esquivó al defensor y pateó. La pelota voló y entró en el arco. El estadio estalló en una celebración épica e histórica para la sorpresa del Mundial. 

Cuando el árbitro pitó el final, Guatemala se coronó campeón del mundo. La leyenda de “El Susurro” se había hecho realidad. El fútbol había unido a un continente, creando un vínculo eterno entre los aficionados y los jugadores. Y así, en cada rincón de América Latina resonaba un mensaje: a veces, los sueños más grandes nacen de un simple susurro.

Alphonso Davies, de un campo de refugiados en África a ser capitán de la Selección de Canadá

Alphonso Davies
Alphonso Davies

Por Luján Pantano

El campo de refugiados de Buduburam en Ghana vio pasar a cerca de 60.000 personas que escapaban de la Guerra Civil Liberiana desde 1990. Dentro de ellas, estaban los padres de un jugador del Bayern Múnich que hace historia con su selección nacional, Alphonso Davies.

En ese contexto nació el futbolista que representará a Canadá en el Mundial 2026. Sobre sus primeros años de vida, su madre expresó que para conseguir comida tenía que saltar por arriba de los cadáveres. El futbolista contó que no recuerda haber tocado una pelota en África, pero su familia confirmó que sus orígenes en el fútbol fueron allá.

Hasta que a sus 5 años fueron autorizados a emigrar al norte del continente americano, donde comenzó la escuela. En educación física empezó a destacarse por su contextura y su rapidez, por lo que su profesora decidió anotarlo al Free Footie, un programa para que niños de bajos recursos entrenaran y disputaran torneos oficiales de fútbol. “Después de entrenar volvía a su casa para cambiar los pañales de su hermana y hermano, con 10 años, porque sus padres trabajaban”, declaró su primer entrenador, Nick Huoseh, quien posteriormente se convirtió en su agente.

Empezó a desempeñarse en el St. Nicholas Soccer Academy debido a que Tim Adams, uno de los organizadores del torneo lo recomendó. Con 14 años, Vancouver Whitecaps, el equipo de la MLS se mostró interesado en el jugador, por lo que se cambió de ciudad para darle inicio, sin que lo supiera, a su carrera futbolística con temprana edad. Se convirtió, un año y ocho meses después, en el debutante más joven de esta liga.

 

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En el partido de la Champions League 2023 mientras jugaba para el Bayern Múnich contra el Paris Saint Germain, registró la marca de velocidad más alta que ha tenido un jugador en esta competencia, con 37,1 kilómetros por hora. Mientras que, por ejemplo, Usain Bolt obtuvo 37,58 en el récord mundial de 100 metros llanos, en 2009. Hasta fue apodado por su compañero Thomas Müller “Bip bip”, por el correcaminos. Sobre récords, contó también con el de ser el jugador más joven en debutar y marcar un gol con la selección canadiense a los 16 años. Además de haber anotado el primer gol de Canadá en una Copa Mundial, en Qatar 2022. 

Davies estuvo en pareja con la futbolista canadiense Jordyn Huitema, con quién formó “La pareja dorada”, apodo otorgado por los hinchas de su país. Con su vida en Europa que contrasta con sus orígenes y su corazón en Canadá, el país que le abrió las puertas, en una entrevista se auto definió: “Como no tengo familia y mi novia no vive conmigo, estoy solo. Probablemente tengo como cinco amigos. Soy un perdedor popular”.

Entre trincheras y goles: el nacimiento del fútbol Jordano

Por Mateo Mekler

El fútbol en Jordania surgió a principios del siglo XIX con la llegada de los trabajadores y comerciantes británicos, y la influencia se notó sobre todo después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando el país asiático quedó bajo la influencia del Gran Bretaña.

En 1944, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se disparó oficialmente la Liga Premier Jordana, campeonato profesional que trajo cierta alegría en el pueblo jordano, aunque bajo un estricto control y supervisión del Imperio. Participaron cuatro equipos de Amán, que disputaron los encuentros en el Campo de Al Mahatta, y en esta primitiva edición salió campeón Al-Faisaly, equipo que actualmente disputa la competición y es el que más títulos levantó en la historia, en 35 ocasiones.

Recién un año más tarde se proclamó como un Estado independiente en forma de monarquía tras la finalización del conflicto bélico. Las luchas de esta magnitud desencaderon en innumerables consecuencias negativas para los “victoriosos” y para los “perdedores”, pero Jordania encontró una vía de escape: el fútbol, que trajo algo de paz en pleno caos.

A lo largo de toda la historia este país estuvo involucrado en un sinfín de conflictos bélicos. Cuando la British Army, nombre del ejército británico, tuvo el control del territorio asiático fue en gran medida gracias al apoyo recibido por los mismos civiles de esta zona, que estaban bajo el control del Imperio Turco Otomano, ya que tras soportar impuestos altísimos y no obtener ningún avance para el futuro de su sociedad, decidieron aliarse con el país europeo en una guerra titulada como “La Revuelta Árabe”. Luego de un ataque sorpresa en un puerto estratégico de la actual Jordania, lograron obtener finalmente la victoria en 1918 y los otomanos se vieron obligados a sacar sus tropas de dicha zona.

Si bien el pueblo siguió bajo dominio británico y no se pudo independizar hasta 38  años después, lograron desarrollarse de mejor manera y de esta forma llegó el fútbol a las calles de la entonces llamada Transjordania.

En 1953, en plena guerra con Israel, el seleccionado jordano tuvo su primer encuentro oficial: cayó 3-1 frente a Siria en agosto por los Juegos Panarábicos realizados en Egipto y terminó en la cuarta posición de este torneo que disputaron seis naciones. En dicho certamen logró su primera victoria, tras superar 4-1 a Líbano en la segunda fecha.

Durante 1968, apenas un año después de perder los territorios de Jerusalén y Cisjordania en la “Guerra de Los Seis Días”, Jordania inauguró el Estadio Internacional de Amán, donde hasta hoy es la casa del seleccionado asiático.

En 1997 y 1999, los representantes de este país lograron conseguir las medallas de oro de manera consecutiva en los Juegos Árabes tras haber firmado el Tratado de Paz con Israel en 1994. Seis años después, asumió como entrenador el argentino Ricardo Luis Carugati, ex arquero de las inferiores de All Boys, pero su mandato se cortó tras su inesperado fallecimiento en febrero del 2001. Tres años más tarde, la Selección jordana dio el salto continental: se clasificó por primera vez a la Copa Asiática de la AFC, en la cual llegaron hasta los cuartos de final mientras que en la propia nación había una importante lucha contra los grupos terroristas de Al-Qaeda.

En 2014 se quedó a un paso de clasificar a la Copa del Mundo, ya que perdió en la última instancia frente a Uruguay, y en 2023 logró un subcampeonato en la Copa Asiática que quedaría para la historia deportiva del país, en una época en la que vivió en máxima alerta por los conflictos cercanos.

Finalmente, Jordania se clasificó para la próxima edición de la Copa del Mundo, y se enfrentará a la selección argentina de Lionel Messi, demostrando que el fútbol no solo se trata de un juego, sino que puede convertirse en un símbolo de resistencia y crecimiento.

En una tierra donde la historia estuvo marcada por conflictos y cambios constantes, una pelota pudo ofrecer algo que las guerras nunca brindaron: la posibilidad de soñar. Porque entre trincheras y goles, Jordania encontró mucho más que un deporte: consiguió una forma de mirar hacia el futuro.

Conviviendo con el enemigo: su papá no lo deja ir al Mundial

Por Benjamín Tome, Valentino Franco, Naiara Rovera, Valentín Moran 

El fútbol suele tener historias muy peculiares, pero muy pocas como la de Louey Ben Farhat, una de las jóvenes promesas tunecinas que sorprendentemente se quedó fuera de los 26 convocados para el Mundial por un motivo ajeno a lo deportivo: su propio padre fue quien rechazó el llamado del director técnico.

Sabri Lamouchi, el seleccionador de Túnez,confirmó ante la prensa que el delantero de 19 años no integraría la lista definitiva. Lo más sorprendente no fue la decisión en sí, sino la razón:el entrenador se intentó comunicar personalmente con el jugador durante semanas, pero no obtuvo ninguna respuesta. Finalmente, llegó: el padre le informó que su hijo no iba a integrar la lista porque consideraba que “la decisión es muy apresurada”.

La repercusión del caso no tardó en llegar hasta África, y menos a Alemania, donde Ben Farhat actualmente, milita en el Karlsruher SC, equipo de la segunda división y surgió como una de las mayores promesas del fútbol de su país en los últimos años.

Sin embargo, detrás de la decisión de rechazar la convocatoria, hay razones mucho más complejas que solo una simple decisión familiar. Louey nació en Alemania, por ende, posee doble nacionalidad y existe esa ilusión de representar a una selección de mayor nivel, algo frecuente, ya que hay varios futbolistas con raíces africanas, como Leroy Sané, Jonathan Tah, Antonio Rüdiger, Felix Nmecha, Jamal Musiala y Jamie Leweling.

En el fútbol moderno, este tipo de dilemas son cada vez más recurrentes. Muchos futbolistas nacidos en Europa, hijos de inmigrantes africanos o árabes, deben elegir entre el país donde crecieron y el país de origen de sus familias. Algunos toman la decisión rápidamente desde lo emocional; otros prefieren esperar para analizar qué selección puede ofrecerles mayores oportunidades deportivas. Lo extraño en este caso es la manera en que se desarrolló la situación.

Más allá de la esperanza por la selección europea, se encuentra un dilema en el que se ven envueltos los padres y su exigencia hacia los hijos futbolistas. En la mayoría de los casos, hay una gran exigencia por parte de la figura paterna hacia su hijo a la hora de jugar al fútbol, pero en este peculiar caso, contrariamente, no lo dejó asistir a la mayor cita futbolística ¿Acaso el padre le arrebató el sueño?

Lo cierto es que el episodio abrió un debate mucho más amplio sobre el rol de las familias y representantes en el desarrollo de los futbolistas jóvenes. En una época donde las carreras se planifican casi como proyectos empresariales, muchas decisiones deportivas dejan de depender exclusivamente de los jugadores. El caso de Ben Farhat parece reflejar justamente eso: una promesa atrapada entre la presión de un país que lo quiere como figura y un entorno que busca proteger su futuro.

Por el momento, Túnez afrontará el Mundial 2026 sin una de sus mayores promesas. Y Ben Farhat vivirá con una situación tan rara y difícil de explicar: haber quedado afuera de la selección de su país, por decisión de su padre.

 

De jugar con Messi en el PSG y Yamal en España a representar a Túnez en la Copa del Mundo: la historia de Ismaël Gharbi

Nacido en París, de padre tunecino y madre española, Ismaël Gharbi Álvarez es uno de esos extintos enganches que se han adaptado a jugar como extremo. Llegó con 15 años a las inferiores del Paris Saint Germain, donde compartió vestuario con Lionel Messi. Junto con Zaire Emery estaban señalados a ser las grandes estrellas emergentes del equipo de la capital, aunque Ismaël nunca alcanzó el rendimiento que se le había pronosticado: apenas jugó 12 partidos en dos años.

La incertidumbre dentro de las canchas también comenzó a manifestarse en sus decisiones fuera. Luego de representar a Francia, su país de nacimiento, en la Sub-17 y Sub-18, se cruzó al otro lado de los Pirineos para unirse a las juveniles de España. Allí fue compañero de la otra gran cara de esta Copa del Mundo: Lamine Yamal, que a pesar de ser tres años más jóven que sus compañeros, ya se hacía hueco en la Sub-19.

Pero la historia de Ismael fue distinta. Una vez llegada la edad para la mayor, las convocatorias no llegaron. A nivel clubes tampoco había muchas certezas. En 2023 se mudó al fútbol suizo a préstamo, y al año siguiente finalmente, cortó vínculo con la entidad parisina para jugar en el Sporting Braga de Portugal.

Nunca terminó de explotar y, nuevamente, su carrera tuvo que hacer escala en otro país. El Augsburgo alemán accedió a un préstamo por el jugador, hasta esa fecha, español. En septiembre de 2025, las autoridades del fútbol tunecino se reunieron con el jugador con un objetivo que se cumpliría: que Gharbi cambie, por tercera vez, de seleccionado. Una buena Copa Africana de Naciones le valió un lugar en la convocatoria al Mundial y, pese a mantener todavía la carátula de promesa pendiente, está ante la oportunidad de su vida: puede enderezar el rumbo de una carrera que lo posicionó entre los mejores, aunque no logró estar a la altura.

 

Primer grito africano

Aunque el seleccionado nunca logró pasar la fase de grupos en sus seis participaciones, su presencia en el Mundial de 1978 en Argentina hizo historia en el fútbol africano: Túnez se convirtió en el primer seleccionado africano en ganar un partido en una Copa del Mundo. En su debut venció 3-1 a México y aquella victoria es recordada como “Malahamet al Argentina”, “El Triunfo de Argentina” en árabe. Su segundo partido fue contra Polonia, en el cual cayó por la mínima diferencia, y en el tercero empató contra Alemania Federal, campeón del Mundial de 1974. De esa manera, se quedó afuera, pero consiguió hacer historia, literalmente, ya que esa gran actuación empujó a la FIFA a sumar un segundo cupo africano para España 1982.

Ganar después de ganar

Por Luca Ferretti

Hay victorias que cambian una temporada. Otras cambian una carrera. Y algunas, muy pocas, cambian una vida entera.

La Selección Argentina llega al Mundial 2026 enfrentando un desafío distinto a todos los anteriores: ganar después de haber ganado. Defender algo que ya es suyo. Volver a caminar por un camino cuya cima ya conoce.

Durante décadas, el fútbol argentino vivió persiguiendo una imagen. La de 1986. La del Diego levantando la Copa del Mundo en México. La de un país que encontraba en una pelota una forma de explicarse a sí mismo. Después llegaron los años de las frustraciones, las finales perdidas, las generaciones que parecían destinadas a quedarse siempre a un paso.

Hasta que apareció Qatar.

En 2022, Argentina no solamente ganó un Mundial. Recuperó una ilusión colectiva. Cerró una herida histórica. Le dio a Lionel Messi aquello que el fútbol le debía. El 10 después del 10 levantó la Copa y millones de argentinos sintieron que una historia finalmente encontraba su final perfecto.

Pero la vida rara vez termina cuando uno alcanza la meta.

Ahí empieza otro desafío.

Porque si ganar es difícil. Mantenerse después de ganar es todavía más difícil.

Sucede en el deporte, en el trabajo, en los proyectos personales y en cualquier aspecto de la vida. Cuando uno lucha por algo durante años, imagina que la felicidad llegará al conseguirlo. Sin embargo, una vez alcanzado el objetivo aparece una pregunta incómoda. ¿Y ahora qué?

Argentina llega a este Mundial con esa pregunta sobre los hombros.

La presión ya no es la misma. Ya no existe la necesidad desesperada de romper una sequía. Ya no está la obligación de demostrar nada. El equipo de Lionel Scaloni se presenta como campeón del mundo, campeón de América y ganador de las Eliminatorias sudamericanas. Es una selección que aprendió a ganar y que convirtió la victoria en una costumbre.

Sin embargo, la historia demuestra que el fútbol no tiene memoria.

Las medallas brillan pero no juegan.

Las estrellas bordadas en la camiseta pesan pero no corren.

Cada Mundial vuelve a empezar desde cero.

Por eso la gran batalla de Argentina en 2026 será mental. Entender que el pasado glorioso puede ser una fuente de confianza, pero nunca una garantía de futuro.

Y en medio de esa búsqueda aparece Lionel Messi, quizás el mejor futbolista de la historia.

A los 38 años (cumplirá 39 durante la competencia), el capitán argentino disputará su sexta Copa del Mundo, algo reservado para los elegidos. Será su última función en el escenario más grande de todos. 

Hay algo simbólico en que este último Mundial se juegue en Estados Unidos.

Porque fue justamente en Estados Unidos 1994 donde ocurrió uno de los episodios más dolorosos de la historia del fútbol argentino. Donde a Maradona le cortaron las piernas.

Aquella frase pronunciada por el propio Diego trascendió el deporte porque expresó algo mucho más profundo que una sanción. Representó la sensación de que le arrancaban al pueblo argentino la ilusión.

Treinta y dos años después, otro número diez llega al mismo territorio.

Pero la historia es completamente distinta.

Diego llegó a Estados Unidos peleando contra el tiempo.

Messi llega habiéndolo vencido.

Diego abandonó aquel Mundial entre lágrimas.

Messi aterriza en Norteamérica como campeón del mundo.

La tierra que alguna vez fue escenario de una despedida amarga puede transformarse ahora en el escenario de un último baile.

Ahí está el verdadero significado de este Mundial.

No necesariamente en levantar otra Copa.

Sino en demostrar que una generación extraordinaria todavía tiene hambre después de haber conquistado todo.

Porque ganar después de ganar no significa obtener siempre el mismo resultado.

Significa levantarse con la misma ambición que cuando todavía no se había conseguido nada.

Volver a intentarlo cuando el objetivo ya fue alcanzado.

Volver a soñar cuando el sueño ya se hizo realidad.

Argentina tiene equipo para competir con cualquiera. Tiene experiencia, jerarquía y una identidad consolidada. Pero también sabe que España, Francia, Brasil, Portugal y otras potencias buscarán destronarla.

Por eso este Mundial será una prueba sobre algo más grande que el fútbol.

Será una prueba sobre el deseo.

Sobre la capacidad humana de seguir avanzando después de lograrlo todo.

Sobre los huevos de exponerse nuevamente al fracaso cuando ya se conoce la gloria.

Quizás Argentina vuelva a ser campeona.

Quizás quede eliminada antes de lo esperado.

Nadie puede saberlo.

Pero hay algo que ya consiguió.

Transformó una generación marcada por las derrotas en una generación que entendió cómo ganar.

Y eso, en el deporte y en la vida, tiene un valor enorme.

Porque al final las victorias más difíciles no son las que se consiguen por primera vez.

Las victorias verdaderamente extraordinarias son aquellas que se persiguen cuando ya no hay nada que demostrar.

Eso es ganar después de ganar.

Y eso es exactamente lo que la Selección Argentina irá a buscar en el Mundial 2026.