N.d.R: Este texto no está escrito por el protagonista sino por la autora desde la piel del Indio Solari en base a entrevistas, testimonios, declaraciones de la leyenda del rock nacional sumado a escasas licencias poéticas que no alteran la esencia de su mensaje.
Desde hace varios años hasta 2016 el broche final de mis conciertos era el intocable himno de Oktubre, ese que hacía que mi público, que movía cielo y tierra para verme, se moviera de verdad. El 11 de marzo de 2017, en Olavarría, fue el último recital que le brindé a mi querida audiencia. Esa noche no cerré con “Jijiji”; pegué un conocido aullido feroz y, al ritmo de “Porque este es su rock ‘n’ roll”, sonó mi última canción en vivo.
Un año antes de mi despedida de los escenarios, en una noche fría con olor a sudor y lluvia durante un recital en Tandil, minutos antes de arrancar el show frente a 150.000 amantes de mi música, me tocó salir y anunciar lo más duro en mis largos años de carrera. Con un buzo a rayas, una campera verde militar y esos lentes de sol que eran mi distintivo, pero que en ese momento servían para ocultar mis lágrimas, me paré firme y le comuniqué a la multitud: “Si me pueden escuchar se los voy a agradecer mucho, quiero decirles algo que tengo la necesidad de decirles. Anda circulando en internet la versión de que estoy enfermo… y es verdad. Mr. Parkinson me anda pisando los talones, pero bueno, aquí estoy y no me van a bajar del escenario así nomás”.
Esas fueron mis palabras, las que me salieron, las que sentí justas.
Finalmente me bajó. Quien pisó mis talones durante un tiempo logró hacerme caer fuera del escenario. Mi salud se llevó y arrastró gran parte de la felicidad de mi vida: la música y la posibilidad de brindársela a mi gente. Actualmente ya no me dedico a eso; ahora mi trabajo es empeorar día tras día, aunque tampoco me enfrento al Parkinson, ya que sería convertirme un poco en el monstruo que estoy combatiendo.
Toda mi vida me sentí invencible. “Y nada ni nadie nos puede, nos puede parar” (Rock para los dientes). El mal de Parkinson es un trastorno del movimiento progresivo que afecta al cerebro y provoca síntomas como temblores, rigidez, lentitud de movimiento y problemas de equilibrio. Donde más me afecta a mí no es en el temblor, sino en la rigidez, una característica que supe llevar como adjetivo arriba del escenario durante 41 años.
Pájaro enfermo Sueña que vuela dormido Buscando en el cielo un sentido *Las nube’ le hacen de nido fractal donde cantará
Agradecido, a pesar de mi condición física, puedo seguir escribiendo con mi alma, aunque ya no pueda representarla con mi cuerpo sobre un escenario. Esas estrofas pertenecen a una de las últimas canciones que compuse, “QUEMARÁS”, junto a WOS. Porque, como bien dije hace unos años: “El Míster tiene ganas de hacer música y que la toque quien quiera”.
Públicamente siempre personifiqué mi enfermedad y, a medida que pasaba el tiempo, fui cambiándole el aspecto. Supo ser Míster, monstruo y hasta amigo. Algo que tuve claro desde el día en que me enteré fue que le iba a dar batalla. Lenta pero rápidamente me va consumiendo y no me permite estar en mi mejor versión; por eso dejé los escenarios. De pronto, mi magnetismo físico hacia el público iba a romperse progresivamente, y yo nunca permitiría eso.
Tenía planeado comunicar mi enfermedad incluso antes de Tandil. Pocas son las personas que llegan en plenitud a los 80 años. Ahora mismo estoy atravesando un momento de decrepitud y, aunque siempre me aferré a la vida, me di cuenta de que no sirvo para viejo.
Viví muchos años sin diagnóstico, por lo que confundía mis síntomas, muchas veces, con la claustrofobia o con malestares propios de la rigidez. Puedo saber mucho de muchas otras cosas, pero de repente, frente a este sufrimiento, me encuentro con una gran incertidumbre: no sé quién es quién.
Me empecé a dar cuenta un día en que iba a cortarme las uñas y noté el temblor. Otro día intenté abrocharme un botón y volvió. Empecé a desconfiar de esas pequeñas cosas cotidianas, pero no sé exactamente cuándo apareció mi gran compañero de deterioro. Tomo muchas pastillas por día, desde varios años antes de anunciarlo, pero las tomo mal, muy mal. Tienen sabor a dolor. No son las pastillas que me gustan, las que elijo tomar.
Quién diría que aquel temblor abriría las dos vertientes de mi vida y de mi carrera: la sacudida feroz de mi público y el temblor íntimo de mi cuerpo
No fue solamente la muerte de un músico. Fue la despedida de una de las últimas figuras capaces de generar una fe colectiva sin mostrarse demasiado. Durante décadas, millones de argentinos creyeron conocer al Indio Solari. Cantaron sus canciones, viajaron cientos de kilómetros para verlo y encontraron en sus letras respuestas que muchas veces ni él mismo pretendía dar. Pero detrás de ese personaje inmenso seguía existiendo Carlos Alberto Solari: un hombre tímido, lector obsesivo, dibujante, desconfiado de la fama y empeñado en conservar algo que el éxito suele devorar. Mientras el mito crecía hasta volverse inabarcable, él parecía hacer exactamente lo contrario: desaparecer un poco más.
Durante años, su vida transcurrió detrás de los muros de su propio refugio, custodiando una intimidad que para muchos era un misterio absoluto. Mientras afuera el mundo se volvía cada vez más rápido, cínico y digital, él elegía el repliegue. El Parkinson se le instaló en el cuerpo como un inquilino hostil, tratándolo como a un juguete rabioso, intentando apagar la chispa del último gran mito popular. Pero el Indio no se quedaba masticando la rabia de las noticias de ayer.
Puertas adentro de su casa, el dilema diario del Indio siempre fue un crudo to beef or not to beef: elegir entre el roce carnal con las masas o el exilio dorado de la privacidad. En ese living de Parque Leloir, lejos de la inmensidad pública, Solari se volvía un hombre de carne y hueso que combatía al ‘Míster’ con auriculares puestos, traduciendo su encierro en el cantar de los de la distancia. No hacía falta que saliera a la calle; desde su computadora, como un hacker de almas, digitaba el destino de su tribu.
Para el pibe que ahorraba meses vendiendo lo que podía, el viaje a la misa ricotera no era un gasto; esa estrella era su lujo. En un país que tantas veces les dio la espalda, los Redondos construyeron un territorio soberano donde los desamparados no pedían permiso. Y es que ahí resaltaba su figura: el Indio como el gran arquitecto del pogo más grande del mundo.
No necesitaba el vértigo físico; su magnetismo era puramente mental y poético. Desde las tablas, como un chamán frío y calculador, Solari digitaba los planos de una catarsis colectiva que hacía temblar la tierra. Él sabía perfectamente qué hilos tocar para alimentar a la bestia pop, transformando el dolor individual en una fiesta rabiosa. Su voz funcionaba como un ángel para la soledad de esas masas. Por eso, cuando el ritual llegaba a su clímax y promediaban los acordes de Ji ji ji, la obra arquitectónica se completaba. No era solo gente saltando; era un país herido encontrando su redención en el barro, respondiendo al grito de “¡Vamos las bandas!” con el último aliento que les quedaba en los pulmones.
Quizás por eso su muerte genera algo más profundo que la tristeza. Porque no se va solamente una voz. Se va alguien que acompañó la vida de millones sin invadirla nunca. Alguien que estuvo ahí, como una presencia distante pero constante, cantando para los que alguna vez se sintieron juguetes perdidos en medio del ruido del mundo.
Al final, cuando el cuerpo se le puso pesado y el escenario ya quedaba demasiado lejos, el Indio ensayó su última jugada. Sabía que se estaba convirtiendo, de a poco, en un ángel amateur que ya no necesitaba de los focos para alumbrar. El tipo que alguna vez advirtió que todo un palo es la vida, se fue en silencio, dejando el tesoro a buen resguardo. No hay drama en el final del juego: las banderas rojas y negras de lienzo blanco, con sus nombres guardados, seguirán colgadas en los corazones y alambrados. Y el pogo, en algún lugar del viento, nunca se va a terminar de apagar.
Hoy las calles amanecieron un poco más frías. Ya no habrá más misterios sobre un próximo show, ni la expectativa de volver a ver esa silueta calva y pequeña dominar las pantallas. El cuerpo cedió, el Míster apagó el motor psico, y la mística ricotera se queda flotando en el aire como un eco que se niega a morir. Solo queda, de este lado de la historia, la tarea de heredar su fuego. Queda prender un cigarrillo en la esquina, ponerse la remera negra, que hoy pesa un poco más en los hombros, y mirar a los ojos a otro compañero de ruta. La certeza de que este día iba a llegar no quita que nadie esté realmente preparado para semejante desamparo. Las lágrimas se secan con la certeza de que su voz va a abrigar siempre a todos esos pibes, y es menester abrazar este luto sabiendo, mejor que nunca, que las despedidas son esos dolores dulces.
La historia de la camiseta número “10” en la selección argentina tuvo diversos genios que supieron portarla en su máxima expresión, cada uno con diferentes estilos, pero con su sello implantado en el verde césped. El primer campeón del mundo con este dorsal en la espalda fue Mario Alberto Kempes, quien se consagró campeón en el Mundial organizado en Argentina en 1978. Aunque encajaba con ese perfil para llevar la camiseta, se le asignó ese número por orden alfabético, ya que por aquel entonces se repartían de esa manera. Además,“El Matador” fue el goleador del torneo con seis goles y fue elegido como el mejor jugador del certamen.
Cuatro años más tarde, Diego Armando Maradona lució la camiseta “10” con la que también se consagró campeón del mundo en 1986 y convirtió el gol más recordado de la historia de los Mundiales frente a Inglaterra. “Pelusa” llevó esta camiseta hasta 1994, cuando jugó su último partido en la selección argentina. En 2009, Lionel Messi comenzó a usar este número por primera vez, y en 2022 ganó el Mundial de Qatar. “La Pulga” es el máximo goleador de la historia albiceleste con 116 tantos y es el que más Mundiales disputó, ya que esta va a ser su sexta participación.
También jugadores como Ariel Ortega, Marcelo Gallardo, Juan Román Riquelme y Pablo Aimar supieron llevar esta camiseta. Pero sin dudas, la que más pesaba era la que usó Marcelo Espina, ya que fue el primer jugador en usarla después del retiro de Maradona de la selección. En 1994 Daniel Passarella asumió como entrenador de Argentina y en su primera convocatoria incluyó al volante que jugaba en Platense y lideraba la tabla de goleadores del torneo argentino junto a Hernán Crespo.
“Fui de visita a la casa de mis viejos y nos pusimos a ver el noticiero. En un momento anunciaron que Passarella iba a dar a conocer su primera lista de convocados como técnico de la selección. Miré con la curiosidad del futbolero, sin ninguna expectativa. La imagen lo mostró sentándose y leyendo la nómina, en la que estaba yo. Era una época sin celulares y me empezó a llamar todo el mundo. No entendía nada y fue muy sorpresivo”, rememoró el actual comentarista de ESPN.
El mediocampista heredó el dorsal en el debut del “Kaiser” como director técnico el 16 de noviembre de 1994, en un amistoso frente a Chile, el cual terminó con una victoria argentina por 3-0. En esa ocasión, también portó la cinta de capitán y convirtió el segundo gol del encuentro, el que fue su único gol vistiendo la camiseta de la selección argentina en los 15 partidos que disputó.
“El día anterior, Passarella nos confirmó que íbamos a ser titulares y, cuando estábamos en el hotel, dijo que yo iba a ser el capitán. Vivía como una inconsciencia total, casi sin darme cuenta, pero el tiempo me dio la noción de lo espectacular que fue”, recordaba el exmediocampista en un reportaje. Su camino en la selección continuó en la Copa Rey Fahd 1995 con sede en Arabia Saudita, en la que siguió usando la “10”. En este torneo, el combinado nacional perdió la final ante Dinamarca. Ya para la Copa América que se disputó en Uruguay en ese mismo año, Marcelo Gallardo se adueñó del puesto y del dorsal.
Así como Espina tuvo la herencia de “D10s” en 1994, algo similar ocurrirá al término del Mundial 2026, ya que será el último de Lionel Messi, y quien sea el sucesor tendrá puesta la mirada no solo de un país, sino de todo el mundo.
La selección de Uzbekistán consiguió el logro más importante de su historia futbolística al clasificarse por primera vez a una Copa del Mundo. El equipo asiático aseguró su lugar tras las eliminatorias de la AFC, favorecido por el nuevo formato impulsado por la FIFA, que amplió el torneo a 48 selecciones y otorgó más plazas directas para Asia.
El conjunto uzbeko integró el Grupo A de la tercera ronda clasificatoria junto a selecciones como Irán, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Corea del Norte y Kirguistán. Terminó segundo, con 21 puntos, por detrás de Irán y con seis unidades de ventaja sobre el combinado emiratí.
De todos modos, la clasificación se confirmó el 5 de junio de 2025, cuando Uzbekistán empató 0-0 frente a Emiratos Árabes Unidos en Abu Dabi, punto que le alcanzó para asegurarse el pase directo al Mundial 2026.
Creció en las calles de Nápoles, en una zona donde forjó una resistencia y fortaleza. Años después, terminaría siendo el capitán de Italia en la conquista del Mundial 2006 y, como si fuera poco, ganó el Balón de Oro siendo defensor. Fabio Cannavaro es, actualmente, el entrenador de Uzbekistán y buscará resurgir como director técnico en la lucha por hacer un buen papel en un grupo difícil en el Mundial 2026.
Nació el 13 de septiembre de 1973 y, a sus 19 años, debutó con el primer equipo del Napoli, donde se consolidó durante tres temporadas consecutivas como el defensor central de los “Gli Azzurri”, con un gran espíritu de lucha, a pesar de su llamativa estatura de 1,75 m para ese puesto. Luego fichó por Parma, con quien ganó sus primeros títulos como profesional y empezó a destacarse como ese jugador con gran competitividad y una intensidad que lo ayudó a que hoy su nombre sea recordado como uno de los mejores defensores de la historia. Después de conquistar una Copa de la UEFA, dos Copas Italia y una Supercopa de Italia, pasó a jugar en el Inter de Milán y, aunque era titular indiscutido, tras dos temporadas decidió irse a la Juventus ante la falta de títulos del “Nerazzurri”.
En su etapa por Juventus tampoco logró ninguna copa, ni nacional ni internacional, pero mostró su mejor nivel defensivo en la Serie A del 2006, tanto así que consiguió la Copa del Mundo de ese año con una actuación excepcional, ya que no permitió que le marcaran goles en el campo durante el torneo, lo que le valió el apodo “El Muro de Berlín”. Por si fuera poco, se quedó con el premio al mejor jugador del Mundial 2006 y el Balón de Oro. Tras un gran año, fichó por el Real Madrid, en el cual se esperaba que repitiera ese nivel que venía demostrando, pero no se dio de aquella manera. Así y todo, ganó dos Ligas y una Supercopa de España para luego volver nuevamente a Juventus.
Terminó su carrera al ser desvinculado del Al-Ahli por falta de compromiso, en 2011, a los 37 años. Tres años después de su retiro fue nombrado entrenador del Guangzhou Evergrande, aunque fue sustituido luego de ocho meses al mando. En octubre de 2015 fue anunciado como nuevo entrenador del Al-Nassr; aun así, fue reemplazado en febrero de 2016, tras meses en el cargo. Pasó por cinco clubes más y por la selección de China, sin tener actuaciones sobresalientes en ninguno, pero se destacó por salvar al Udinese del descenso y por ganar una Liga China en el Tianjin Quanjian, además de una Superliga de China y una Supercopa de China.
Buscará su revancha en el próximo Mundial de 2026 luego de asumir con Uzbekistán el 6 de octubre del año pasado. Intentará mostrar un buen nivel de juego en un grupo complicado con Portugal, Colombia y República Democrática del Congo, ubicado en la zona K.
Dentro de la cancha parece serio, frío y hasta callado. Pero cuando Abdukodir Khusanov entra a jugar, demuestra personalidad. El defensor, con presente en el Manchester City, se convirtió en una de las mayores apariciones del fútbol asiático y es el primer futbolista de Uzbekistán en jugar en la Premier League. Nació el 29 de febrero de 2004 y comenzó su carrera en el Bunyodkor, uno de los clubes más conocidos de su país. Desde chico llamó la atención por su velocidad, su fuerza física y la tranquilidad con la que jugaba, a pesar de ser defensor. Su estilo dentro de la cancha era simple y seguro, algo que lo ayudó a destacarse rápidamente.
La primera experiencia profesional importante de Khusanov fue en el Energetik-BGU, de Bielorrusia. Ahí empezó a hacerse conocido y a llamar la atención por sus condiciones físicas y su seguridad para jugar. Gracias a sus buenos rendimientos logró dar el salto al fútbol europeo para representar al RC Lens, de Francia. En una liga mucho más competitiva, demostró que estaba preparado para rendir al máximo nivel. Sus actuaciones hicieron que varios clubes importantes del Viejo Continente comenzaran a seguirlo hasta que apareció el interés del Manchester City, que vio en él a un defensor moderno, rápido, fuerte en la marca, seguro con la pelota y con capacidad para jugar bajo presión.
Pero más allá de sus condiciones futbolísticas, Khusanov también se destaca por su personalidad. Es un jugador de perfil bajo, serio y bastante reservado fuera de la cancha. No suele llamar la atención con declaraciones ni buscar protagonismo en las redes sociales o en las entrevistas. De hecho, muchas veces transmite la sensación de ser alguien tímido, más cómodo jugando que hablando frente a las cámaras. Esa forma tranquila de manejarse hace que compañeros e hinchas lo vean como una persona humilde y enfocada en su carrera. Sin embargo, dentro del campo muestra otra cara: juega con seguridad, concentración y mucha confianza. A sus 22 años, ya demuestra una madurez importante y personalidad para jugar, incluso, en partidos importantes.
En la Selección juvenil también dejó su marca: disputó el Mundial Sub-20 y fue campeón de la AFC U20 en 2023. Además, ya consiguió títulos importantes a nivel clubes, como la Copa de la Liga con el Manchester City, y actualmente es el jugador con mayor valor de mercado de su Selección, con un monto cercano a los 35 millones de euros. Uzbekistán, además, logró clasificarse al Mundial 2026, el primero de su historia como nación independiente, y Khusanov aparece como una de las grandes caras de esa generación histórica. Más allá de los trofeos, representa algo todavía más importante: demostrar que un jugador de un país poco conocido en el fútbol puede llegar igual a la élite mundial. Con trabajo, disciplina y mucho esfuerzo silencioso, pasó de jugar en Uzbekistán a convertirse en una de las promesas defensivas más importantes del fútbol actual.
En el corazón de Asia Central, Uzbekistán aparece como un territorio atravesado por desiertos, antiguas rutas comerciales y ciudades que todavía conservan marcas de siglos pasados. Entre las arenas del desierto de Kyzylkum y las aguas de los ríos Amu Daria y Sir Daria, el país combina paisajes áridos con algunas de las construcciones más emblemáticas de la antigua Ruta de la Seda.
El clima es mayormente seco y desértico, con veranos largos y calurosos e inviernos moderados. Gran parte del territorio presenta suelos arenosos y dunas, aunque también posee importantes recursos naturales como petróleo, gas, carbón, oro, plata, cobre y zinc, que forman parte central de su economía.
En las calles de Taskent, Samarcanda o Bujara, el pasado convive con el movimiento moderno de Asia Central. Las cúpulas turquesas, los mercados repletos de especias y las fachadas antiguas recuerdan el período en que caravanas de comerciantes cruzaban la región transportando seda, té y minerales entre Oriente y Occidente. Esa mezcla histórica todavía define buena parte de la identidad uzbeka.
La cultura del país está marcada por influencias túrquicas, persas y soviéticas. El uzbeko es la lengua oficial y pertenece a la rama de idiomas túrquicos, aunque el ruso continúa siendo ampliamente utilizado debido a los vínculos históricos con la antigua Unión Soviética (URSS). En los últimos años, el inglés también comenzó a expandirse, especialmente entre jóvenes y sectores vinculados al turismo y los negocios.
La mayoría de la población practica el islam sunita, mientras que también existen comunidades cristianas ortodoxas, judías y budistas. Esa diversidad religiosa e histórica se refleja en las tradiciones cotidianas, la arquitectura y la vida social del país.
La gastronomía ocupa un lugar importante dentro de la cultura uzbeka. El plov, preparado con arroz, carne, zanahorias y especias, es considerado el plato nacional y suele compartirse en reuniones familiares, bodas y celebraciones. También son tradicionales el pan de Samarcanda y el maqom, una forma de música clásica transmitida de generación en generación.
Durante décadas, la economía del país dependió principalmente de la producción de algodón y de la explotación de gas natural y minerales. Sin embargo, en los últimos años, se impulsaron reformas orientadas a modernizar su estructura económica, atraer inversiones extranjeras y fortalecer sectores como el turismo, la construcción y los servicios.
Actualmente, Uzbekistán busca consolidarse como una de las economías más importantes de Asia Central. Mientras ciudades como Taskent muestran un crecimiento progresivo y nuevos desarrollos urbanos, en algunas zonas rurales todavía persisten desafíos relacionados con el empleo y la infraestructura. Entre modernización y tradición, el país intenta redefinir su lugar dentro de una región marcada por la historia y los cambios geopolíticos constantes.
Por Benjamín Caloia, Lucas Svaluto, Juan Cruz Sánchez
Sería muy difícil armar un “11 ideal” porque la mayoría ocupa posiciones defensivas y no habría equilibrio alguno. Pero lo cierto es que entre los 1248 futbolistas que disputarán el Mundial es posible nombrar al menos 11 estrellas que no representarán a los seleccionados de los países donde nacieron.
1- Brahim Díaz
Brahim Díaz posee la doble nacionalidad: española y marroquí. Pese a haber nacido en Málaga, España, es internacional absoluto con la selección de Marruecos, representando a la nación africana debido a raíces procedentes de su abuela paterna. El mediocampista del Real Madrid fue convocado por primera vez con la selección de Marruecos en marzo de 2024. A partir de ese día, la decisión del malagueño fue definitiva, cumpliendo el sueño de una selección que siempre suspiró por el fútbol del zurdo. Sin embargo, Brahim vistió los colores de la selección española en las categorías inferiores, pero optó por representar a Los Leones del Atlas luego de no recibir la llamada de la absoluta en uno de sus mejores momentos futbolísticos como jugador merengue.
2- Marcus Thuram
Marcus Thuram-Ulien, nacido en Parma, Italia, actualmente representa a la selección de Francia y ha logrado consolidarse como uno de los mejores delanteros del futbol europeo. Su nacimiento en Italia ocurrió debido a que su padre, el exfutbolista Lilian Thuram, jugaba en Parma en aquel momento, por lo que no debió atravesar procesos de nacionalización, debido al derecho de sangre de tener padres franceses. Su desempeño como jugador del Inter de Milán y el logro de ser campeón de Italia con 13 goles y 6 asistencias ha despertado el interés de Dider Deschamps para la convocatoria al Mundial 2026.
3- Iñaki Williams
Iñaki Williams nació el 15 de junio de 1994 en Bilbao, pero sus padres, María y Félix, provenían de Ghana. En los años 90, decidieron emigrar a España en busca de un futuro mejor y allí nacieron tanto él como Nico Williams, su hermano, que actualmente representa a La Roja. De esta forma, ambos siempre han contado con la posibilidad de defender la camiseta de ambos países y a pesar de que Iñaki se decidió por España en los primeros años de su carrera como futbolista profesional, con 28, ha cambiado de opinión. Hoy en día a sus 31 años disputará su segundo Mundial con la selección de Ghana, ya consolidado como referente del Athletic Club de Bilbao y lidera a las Black Stars en la máxima cita mundialista.
4- Achraf Hakimi
Achraf Hakimi, nacido en Madrid, criado en Getafe y de padres marroquíes, representó a Marruecos en varias categorías inferiores luego de una prueba juvenil fallida con España y un fuerte sentido de identidad y raíces familiares. Irónicamente, esta decisión tuvo su punto máximo en el Mundial de Qatar 2022, cuando eliminó a España definiendo la tanda de penales “a lo Panenka” para meter a Marruecos en unos cuartos de final históricos. Hoy es el actual campeón de la UEFA Champions League y Ligue 1 con el PSG, consolidado como uno de los mejores laterales del mundo y capitán de su selección internacional, con la que disputará su tercer Mundial a sus 27 años.
5- Erling Haaland
Erling Braut Haaland, jugador que representa a Noruega, nació en Leeds, Inglaterra, el 21 de julio del 2000, cuando su padre Alf-Inge Haaland jugaba para el Leeds United en la Premier League. En 2004, a los tres años, se mudó a Bryne, Noruega, la ciudad natal de sus padres. Al ser consultado sobre la posibilidad de representar a Inglaterra contestó: “Nunca se habló del tema porque yo estaba en Noruega y en ese momento no era posible obtener el pasaporte”.
6- Michael Olise
Michael Akpovie Olise es un futbolista británico nacionalizado francés que juega como delantero en Bayern de Múnich de la Bundesliga alemana. Nació en Hammersmith, Gran Londres, Inglaterra, y se crió en Hayes, Gran Londres, de padre británico-nigeriano y madre franco-argelina. En una entrevista con FC Bayern Magazine 51, cuando se le preguntó sobre su nacionalidad, dijo: “En realidad vengo de cuatro países: Francia, Argelia, Nigeria e Inglaterra. Me considero muy afortunado de poseer estas cuatro partes, que me enriquecen. Siento cada parte individual en mí, he desarrollado vínculos con todos mis países”. Por más de poder representar a Inglaterra, Michael se decidió por Francia. A pesar de representar
7- Yassine Bounou
Yassine Bounou (“Bono”) nació en Montreal, Canadá y es hijo de padres marroquíes. Aunque vivió allí hasta los siete años y se formó en la cantera del CF Montréal, decidió representar internacionalmente a Marruecos. Nació el 5 de abril de 1991 en Montreal, Quebec, mientras su padre trabajaba como profesor universitario en el país. Residió en el barrio multicultural de Côte-des-Neiges. Aunque desde muy pequeño mostró aptitudes deportivas, su familia se trasladó de regreso a Marruecos cuando él tenía siete años. Antes de mudarse, dio sus primeros pasos formativos en las divisiones juveniles de equipos locales canadienses como el CF Montréal. Durante su juventud, el entrenador español Benito Floro, quien dirigía a la selección de Canadá, lo contactó para convencerlo de jugar para el combinado canadiense. Sin embargo, Bounou se decantó por defender los colores de Marruecos. Sus dos mundos se cruzaron durante la Copa del Mundo de Qatar 2022, donde la selección de Marruecos compartió grupo con Canadá, permitiéndole a Bounou enfrentar al país que lo vio nacer.
8- Nico Paz
Nicolás Paz, mediocampista de 21 años, nació en la ciudad española Tenerife, pero Lionel Scaloni lo convocó para defender el título mundial con la Argentina en esta Copa del Mundo. Después de una gran temporada en Como de Italia, usará la camiseta “18” que Guido Rodríguez había utilizado en 2022. Su padre, Pablo, nació en Argentina (incluso jugó para la selección en la Copa del Mundo Francia 1998), y gracias a él, Nico tuvo la chance de debutar en la albiceleste en octubre de 2024 frente a Bolivia, día que hizo una asistencia a los 13 minutos de entrar. En marzo de 2026 convirtió un golazo en un amistoso frente a Mauritania, y con esas destacadas participaciones se ganó un lugar en el Mundial.
9- Riyad Mahrez
El extremo Riyad Mahrez, capitán de la selección de Argelia, también es otro caso de esta lista. El exManchester City y Leicester City nació en Sarcelles, Francia, pero al ser hijo de argelino tuvo la opción de representar al país africano. No solo los eligió, sino que los llevó a la gloria en 2019: consiguieron la Copa Africana de Naciones y lograron un título luego de 28 años. En este 2026, Mahrez jugará su segundo Mundial con la selección después de haber jugado un partido con el plantel que participó en Brasil 2014. Ese año llegaron a octavos de final y esta vez buscarán mejorar su marca. Debutará el 16 de junio frente a Argentina.
10- Alphonso Davies
El lateral-extremo del Bayern Munich Alphonso Davies disputará su segunda Copa del Mundo comandando a Canadá, esta vez siendo uno de los locales del torneo, pero ese no es su país de origen. El zurdo nació en Ghana, pero desde los cinco años se crió en el país norteamericano, hecho que le permitió representarlos luego de obtener la ciudadanía. Bajo esta historia, consiguió distintos récords históricos siendo jugador canadiense: primer futbolista de esta nación en ganar una Champions League, y convirtió el primer gol del país en Mundiales luego de hacerle uno a Croacia en la derrota 1-4 por la segunda fecha de Qatar 2022.
11- Santiago Giménez
El delantero del Milan es oriundo de Buenos Aires, pero al haber vivido en México desde su infancia tuvo la chance de nacionalizarse mexicano y ante una segura futura falta de oportunidades en Argentina decidió concretarlo. Desde la sub 16 que representa al país norteamericano, por lo tanto, desde adolescente que tiene bien definido en que selección quiere jugar. Hoy, a sus 25 años, está convocado por Javier Aguirre para jugar su primer Mundial, en donde México será local.
Esos son solo algunos de los jugadores reconocidos que representan a un país en el que no nacieron. Fernando Muslera nació en Argentina, pero defiende la camiseta de Uruguay, selección con la que se convirtió en el arquero con más partidos en la historia de los Mundiales para su país. Por su parte, Giovanni Reyna nació en Inglaterra y representa a Estados Unidos, siguiendo los pasos de su padre, Claudio Reyna, quien también fue capitán del seleccionado norteamericano. Asimismo, Luca Zidane nació en Francia y optó por la selección de Argelia debido a su ascendencia familiar, tras haber hecho todas las divisiones juveniles con el conjunto francés. Finalmente, Julián Andrés Quiñones es originario de Colombia y juega para México, país al que llegó muy joven para consolidar toda su carrera profesional en la Liga MX.
Por Pedro Ayerdi, Nicolás Giulietti, Rodrigo Silva y Tomás Santilli
Tomando en consideración diez selecciones candidatas a ganar el título en el Mundial 2026, el objetivo es analizar cuántas expulsiones acumulan sus futbolistas durante toda su carrera y si los clubes en los que juegan tienen incidencia. Las selecciones contempladas para la estadística son: Francia, Argentina, España, Inglaterra, Portugal, Brasil, Uruguay, Alemania, Colombia y Países Bajos.
Las expulsiones son una de las estadísticas que mejor reflejan el estilo de juego de un futbolista y, en muchos casos, de una selección entera. A partir del análisis de más de 200 jugadores pertenecientes a diez de las selecciones más importantes del mundo muestra una realidad sobre la disciplina, agresividad e intensidad competitiva.
La selección argentina lidera el ranking de expulsiones acumuladas con 69 tarjetas rojas entre sus convocados, seguida muy de cerca por Colombia, que registra 66. Más atrás aparecen Uruguay (48) y Francia (46), mientras que Alemania cierra la lista con apenas 16 expulsiones.
La diferencia resulta significativa. Argentina y Colombia acumulan más de cuatro veces la cantidad de expulsiones que Alemania, lo que evidencia estilos de juego muy distintos. Mientras las selecciones sudamericanas se caracterizan históricamente por la intensidad física y el roce permanente, los europeos presentan una tendencia mucho más disciplinada.
Las estadísticas confirman una lógica del fútbol: los defensores son quienes más expulsiones acumulan.
Entre los casos más destacados aparecen el colombiano Yerry Mina, con 12 expulsiones, y los argentinos Cristian Romero y Nicolás Otamendi, ambos con 10. También sobresalen el francés Theo Hernández (8), los uruguayos Ronald Araújo (6) y José María Giménez (6), y los franceses Dayot Upamecano (6) y Maxence Lacroix (7).
La defensa argentina es la más dura, ya que sólo cinco de sus defensores suman 35 expulsiones: Romero (10), Otamendi (10), Leonardo Balerdi (6), Nicolás Tagliafico (6) y Gonzalo Montiel (3). Ninguna otra selección presenta una concentración tan elevada de tarjetas rojas en su línea defensiva.
Aunque los defensores dominan el ranking general, los dos futbolistas más expulsados son delanteros. Cristiano Ronaldo lidera la clasificación con 14 expulsiones a lo largo de su carrera profesional, repartidas entre Real Madrid, Manchester United, Juventus, Al-Nassr y la selección portuguesa. Detrás aparece Neymar, con 13 expulsiones distribuidas entre Santos, Paris Saint-Germain, Barcelona y la selección brasileña.
Mientras Argentina concentra gran parte de sus expulsiones en la defensa, Colombia presenta números elevados en prácticamente todas las posiciones.
Yerry Mina suma 12 expulsiones, Jorge Carrascal registra 8, David Ospina alcanza 7, Luis Díaz acumula 6 y Willer Ditta suma 5. La distribución muestra que la agresividad colombiana no depende de una línea específica sino de toda la plantilla.
Sin embargo existe una selección que rompe con la tendencia general: Alemania. Jugadores como Jamal Musiala, Florian Wirtz, Kai Havertz, Leon Goretzka, David Raum, Aleksandar Pavlović y Maximilian Beier nunca fueron expulsados en sus carreras profesionales.
Además, ningún futbolista alemán convocado supera las cuatro tarjetas rojas. El resultado es una selección que muestra una disciplina muy superior a la media del resto de los países analizados.
La selección neerlandesa ocupa una posición intermedia dentro del estudio con 27 expulsiones acumuladas. Lo más llamativo es que las tarjetas rojas se concentran en unos pocos jugadores experimentados. Virgil van Dijk lidera la lista con 6 expulsiones repartidas entre cinco equipos distintos y la selección nacional, seguido por Marten de Roon con 5 y Frenkie de Jong con 4.
Sin embargo, gran parte de la nueva generación presenta registros impecables o muy bajos. Futbolistas como Jurriën Timber, Teun Koopmeiners, Quinten Timber, Mats Wieffer, Cody Gakpo, Brian Brobbey y Wout Weghorst nunca dejaron a su equipo con uno menos.
Esto muestra una selección que combina la intensidad tradicional del fútbol neerlandés con una marcada disciplina táctica, especialmente en sus generaciones más jóvenes.
España e Inglaterra también aparecen entre las selecciones más disciplinadas del estudio. Lamine Yamal, Dani Olmo, Martín Zubimendi, David Raya, Marc Pubill, Kobbie Mainoo, Bukayo Saka y Eberechi Eze figuran sin expulsiones en sus carreras, reflejando una tendencia similar a la observada en Alemania.
El 11 de los futbolistas más expulsados
Si se armara una formación exclusivamente con los jugadores que más veces vieron la tarjeta roja, el once estaría compuesto por:
Arquero: David Ospina (7).
Defensores: Yerry Mina (12), Nicolás Otamendi (10), Cristian Romero (10) y Theo Hernández (8).
Mediocampistas: Jorge Carrascal (8), Casemiro (6) y Rodrigo De Paul (6).
Delanteros: Neymar (13), Cristiano Ronaldo (14) y Luis Díaz (6).
En conjunto, estos once futbolistas acumulan exactamente 100 expulsiones.
Dos modelos
Los datos permiten identificar dos grandes modelos. Por un lado, Argentina, Colombia y Uruguay representan selecciones de alta intensidad física, con números de expulsiones claramente superiores a la media. Por otro, Alemania, España e Inglaterra muestran perfiles mucho más disciplinados.
Como conclusión luego de considerar más de 200 futbolistas pertenecientes a diez de las principales selecciones del mundo, las expulsiones no se distribuyen de manera uniforme. Argentina, Colombia y Uruguay aparecen como los equipos con mayor acumulación de tarjetas rojas, reflejando estilos de juego históricamente asociados a la intensidad física y la competitividad. En el extremo opuesto, Alemania, España e Inglaterra destacan por sus bajos registros disciplinarios.
La posición también resulta determinante: los defensores centrales concentran la mayor cantidad de expulsiones, aunque los dos más expulsados son delanteros, Cristiano Ronaldo y Neymar.
Como parte de la conclusión, se considera que los clubes donde ocurrieron las expulsiones revelan que la mayoría de los casos no responden a un club o liga específica. Los futbolistas con mayores registros disciplinarios repiten el comportamiento en diferentes países, ligas y equipos. Cristiano Ronaldo, Neymar, Otamendi y Romero fueron expulsados en múltiples clubes a lo largo de sus carreras, lo que sugiere que las tarjetas rojas están más vinculadas al perfil competitivo y temperamental de cada jugador y su país de origen mas que a los clubes que pertenecen o pertenecieron, aunque en el pasado puede ser que el equipo en donde jugasen de alguna manera transmitía ese ADN rústico que ahora no, pero ese es otra investigación.
“Donde hay dolor habrá canciones”, dijo Carlos Alberto Solari, el principal responsable de que tantas miles de personas concurran a una misa extraordinaria, con el único propósito de hacerle frente a sus realidades diarias a base de letras complejas pero punzantes, que llegan al corazón de todo aquel que se detenga a escuchar sus composiciones.
Y de qué manera interpelan la emotividad de cada oyente. Sin importar la etapa musical del Indio, sus bandas siempre fueron de combate según declaró él mismo, porque consideraba imprudente querer entretener a la gente cuando a la misma le estaban “metiendo la mano en el bolsillo” los altos mandos del país.
Con su pluma fomentó el pensamiento crítico y a la vez construyó un refugio para los incomprendidos. Su ambigüedad le permitió acercarse aún más al público que hoy llora su partida física, pero que reconoce que nada ni nadie podrá matarlo en sus almas, por lo que al mismo tiempo celebra haber formado parte de un movimiento popular único en el mundo, que no entendía de contextos e incluso carecía de sentido para tantos otros.
El Indio arrancó su travesía musical, utópica para cualquier artista a nivel global, como “asesor externo” de Dulcemembriyo, una banda de La Plata, tras algún tiempo en La Cofradía de la Flor Solar, perteneciente al movimiento psicodélico platense. Tras su incursión en el rubro, su camino se cruzó con un grupo, en principio, desorganizado, casi improvisado, sin bases ni punteos acordes a una canción y con el co-liderazgo del que fue su mano derecha durante alrededor de 25 años: Eduardo Beilinson, más conocido como Skay.
— Indio Solari Oficial (@Indio_Solari_ok) June 7, 2026
Ese rejunte de personas que repartieron roles, y se los alternaban, sin siquiera tener la certeza de hacer sus tareas correctamente, resultó ser la principal inspiración de miles tan solo algunos años más tarde. Todo comenzó con incertidumbre debido a la posibilidad latente de que el proyecto finalizara su breve recorrido como una simple continuación de la banda identificada con la cultura hippie. La noche parecía hacerse más oscura, pero el día llegó a su corazón.
Allí fue cuando una luz le indicó a la banda su camino, uno inesperado pero necesario al fin. Solari, tras ver un recetario de un libro en su casa, propuso -y logró- que el grupo se llame Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El único criterio de la decisión era la imposibilidad de aburrirse de la misma. Correr fuera de la línea de lo catalogado como normal.
1976, el año del inicio de una historia sin fin. El ballet y el teatro aparecían como claves en las primeras puestas en escena en La Plata, mientras se repartían redonditos de ricota en las gradas. Asimismo, la música no dejaba de asomarse como un arma letal ante cualquier malestar.
Dos años después de la creación formal de la banda, llegaron las primeras convocatorias en teatros under de la Capital Federal, para luego tomarse un tiempo y distanciarse de los primeros focos que cayeron sobre ellos hasta 1981, con mudanza mediante del Indio a Valeria del Mar y de Skay y Carmen Castro, la Negra Poly, manager del grupo, a Mar del Plata.
Cuando el reloj marcó la hora de volver, el Indio vocalizó el primer demo profesional de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Posteriormente, en diciembre de 1984, los Redondos grabaron Gulp, su primer álbum y a su vez el puntapié inicial para el éxito que vendría luego.
Más tarde llegó la chance de firmar con Distribuidora Belgrano y, a casi ocho años de la fundación oficial, la banda comenzaba a masivizarse progresivamente con canciones que aún hoy resuenan entre los argentinos, como por ejemplo: Barbazul versus el amor letal, La Bestia Pop y Ñam Fri Fruli Fali Fru.
La explosión final se acercaba. Y la cuenta atrás para que la bomba detone empezó en 1986, con la grabación del segundo disco, Oktubre. Semen-Up, Fuegos de octubre y Ji ji ji, fueron (y son) los principales caballos de batalla de aquel trabajo. Los mismos que actualmente despiertan emociones en la gente que pocas veces suelen aparecer.
En 1988 se grabó “Un baión para el ojo idiota”, que acabó de editarse un año más tarde y fue la antesala de dos conciertos a gradas llenas en Obras Sanitarias y posteriormente lo mismo en el campo de hockey del mismo club.
Desde allí, las presentaciones se convirtieron en moneda corriente para los Redondos, que colmaron una y otra vez el recinto de Avenida Libertador 7395 durante 1990 y el comienzo de 1991, hasta que en abril de ese año sucedió algo que detuvo el delirio que implicaba asistir a un show del Indio Solari y compañía.
— Indio Solari Oficial (@Indio_Solari_ok) April 19, 2026
En medio de una insólita represión policial y a modo de averiguación de antecedentes, Walter Bulacio, de 17 años, fue detenido junto a otras 72 personas -10 también menores de edad- en las inmediaciones de Obras, donde el joven nacido en Aldo Bonzi se había acercado con la ilusión de adquirir una entrada o que, una vez más, el Indio indicara que las puertas del estadio se abrieran para todos aquellos que no habían logrado comprar la suya.
No fue hasta la mañana siguiente cuando se dio la liberación de Bulacio, que fue trasladado inmediatamente a un hospital debido a claras heridas de gravedad. Finalmente, el adolescente falleció a los cinco días y la autopsia marcó que el suceso desencadenó en una tragedia por traumatismos severos, provocados por contusiones con elementos contundentes en diversas partes del cuerpo. Todo fue causado, según lo declarado por el joven y el agente Fabián Silva, por golpes propinados por Miguel Ángel Espósito, oficial de la comisaría 35, con cachiporra mediante.
Como repercusión inmediata, y a pesar de que el supuesto homicida fue impugnado de la causa algún tiempo después, los fanáticos de los Redondos y Solari reforzaron una relación que había recibido una dura e inesperada cachetada. El cariño no desapareció, sino que simplemente creció exponencialmente con la memoria como principal condimento.
Una conexión que parecía impropia entre cantante y audiencia y una sola explicación a ella: expresar con música lo que la gente no puede o no sabe cómo hacerlo. Ese es el argumento fundamental de un amor irracional, que nunca decayó sin importar los contextos ni la distancia que pueda existir, como a partir del 2001.
Previo a ese momento que nadie quería siquiera imaginar, Carlos Alberto vocalizó un disco doble con 25 temas, se presentó una y otra vez en distintos puntos del país, sin temor a defraudar en la convocatoria. Sin ser mediático, simplemente anunciaba sus conciertos y los fanáticos llenaban la sede sin importar cuál fuera, como sucedió en el Cilindro de Avellaneda y el Monumental, que fueron colmados con demasiada soltura por los Redondos. La expectativa de ver en vivo a Solari y compañía era más que total.
Además, también demostraron que podían ser internacionales, ya que tocaron en Uruguay ante un Estadio Centenario repleto de público. Asimismo, en 2001 se dio la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
El mítico Chateau Carreras fue el testigo del último show de la banda encabezada por el Indio Solari. Las desigualdades entre él y Skay crecían a pasos agigantados y el detonante fue la muerte de un fanático en aquel concierto en Córdoba.
Nadie esperaba que fuera un adiós, sino que el público imaginaba que sería un hasta pronto, pero hoy, con el diario del viernes, es de público conocimiento que la audiencia falló en su pensar. Aún así, el Indio no podía quedarse de brazos cruzados ni dejar a la deriva a una multitud de personas que lo idolatraban.
Hasta 2004 duró el stop, quizás necesario. Allí apareció una nueva figura a nivel colectivo para él.
Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado se transformaron en la nueva casa musical de Solari. El desafío parecía enorme. Continuar después del final de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sin embargo, el público volvió a responder. La canción “El tesoro de los inocentes” marcó el inicio de una etapa diferente, aunque mantuvo intacto aquello que había convertido al Indio en una referencia para miles de personas.
Con el correr de los años, las conocidas como misas ricoteras se transformaron en un fenómeno difícil de explicar. Distintas ciudades, como Mendoza, Junín y Gualeguaychú, recibieron convocatorias multitudinarias para ver a un artista que, lejos de perseguir los focos mediáticos, continuaba construyendo su figura desde la música y la complejidad de sus letras.
Ni siquiera el Parkinson, enfermedad que le diagnosticaron y confirmó en 2016 durante un show en Tandil, logró alterar una conexión que parecía destinada a desafiar cualquier obstáculo. Cada presentación comenzó a sentirse irrepetible. Cada aparición adquirió un valor especial para quienes encontraban en sus letras una compañía permanente.
Olavarría fue el último gran encuentro. 400 mil personas dijeron presente y fueron, también, las protagonistas del pogo más grande del mundo. A su vez, dos personas murieron asfixiadas allí. Ese hecho marcó el cierre de una etapa que ya formaba parte de la historia de la música argentina. A partir de entonces, los escenarios quedaron en silencio, pero las canciones siguieron (y siguen) hablando por él.
Porque la influencia del Indio nunca se limitó a los discos vendidos ni a los estadios repletos. Su obra consiguió algo que solo alcanzan unos pocos: convertirse en parte de la vida de la gente. Acompañó alegrías, frustraciones, despedidas, amores y luchas personales de generaciones enteras que encontraron en sus palabras un lugar seguro cuando la realidad parecía volverse demasiado difícil de soportar.
Por eso, cuando el último acorde se pierda en la noche, el fuego de las canciones quedará. Y no permitirá que sea una despedida porque seguirá encontrándolo junto a los ricoteros.