Por Diego Kviatek
Con apenas 17 años, Catalina Borrelli ya entendió que perseguir un sueño olímpico también
implica renunciar a muchas cosas. Mientras la mayoría de los adolescentes organiza salidas
con amigos o reuniones familiares, ella pasa gran parte de sus días entre entrenamientos,
gimnasio y competencias. Hoy, ese esfuerzo tiene recompensa: será la única representante argentina de esgrima en los Juegos Olímpicos de la Juventud Dakar 2026.
Lo que para cualquier deportista representa un sueño, para ella llegó de la manera más
inesperada. En abril, mientras disputaba el Mundial Junior de esgrima, su entrenador,
Rodrigo Álvarez, la reunió junto a sus padres en el hotel donde se hospedaban y les
comunicó que Argentina había conseguido una plaza para los Juegos Olímpicos de la
Juventud y que ella había sido elegida para ocuparla. La reacción fue inmediata: abrazos,
lágrimas y la certeza de que tantos años de esfuerzo empezaban a tener su recompensa.
Ahora, mientras se prepara para el desafío más importante de su carrera, Borrelli repasa
cómo vivió aquella clasificación, los sacrificios que hizo para llegar hasta acá y los sueños
que todavía le quedan por cumplir.
Número des(conocido)
“Nos enteramos todos al mismo tiempo. Fue muy emocionante. No me lo esperaba para
nada, hubo llanto de todos”, recuerda Catalina sobre el momento en el que supo que
representaría a la Argentina en Dakar 2026.
La noticia llegó el mismo día en el que había competido en el Mundial, por lo que la
sorpresa fue todavía mayor. “Entré por el cupo que recibió el país. En esa competencia yo tenía otras expectativas, así que cuando me enteré estallé de alegría”, cuenta la sablista, que desde noviembre tendrá la responsabilidad de ser la única representante argentina de la esgrima en los Juegos.
Pero el orgullo también convive con otra sensación. Representar al país en el máximo
evento deportivo para atletas juveniles implica una presión distinta a la que sintió en los
Juegos Panamericanos o Suramericanos. “Siento orgullo porque este es un evento mucho más cerrado, donde éramos muchos menos argentinos. Pero también siento miedo. El nombre ‘Juegos Olímpicos’ impone y asusta un poco”, reconoce.
Aunque todavía faltan algunos meses para viajar a Senegal, la joven ya empezó a imaginar
cómo será vivir la experiencia olímpica. “Competir con gente con más nivel que el mío me
emociona muchísimo y también me da curiosidad el lugar, la organización y el ambiente de
unos Juegos Olímpicos”, explica.
Incluso ya comenzó a averiguar cómo será la competencia y habló con la brasileña Beatriz Fraga, otra de las esgrimistas que estará presente en Dakar. Sin embargo, hay algo que espera con especial entusiasmo, la Villa Olímpica: “Me ilusiona muchísimo que vamos a estar todos muy contentos y felices”.
Detrás de la careta
Detrás de una medalla, una clasificación o una foto con la ropa de la Selección, hay una
parte del alto rendimiento que pocas veces se conoce. En el caso de Catalina, ese camino
empezó mucho antes de que aparecieran los resultados y estuvo marcado por decisiones
que, para una chica de 17 años, no suelen ser las más habituales.
“Perdí muchísimas horas de juntadas con amigas, de estudio y de estar con mi familia.
Tengo novio y casi no lo veo porque elijo entrenar y sacrificar todo por el objetivo”, cuenta
con convicción.
Para Borrelli, el alto rendimiento implica aceptar que muchas veces habrá cosas que
quedarán en segundo plano. No lo vive como una obligación, sino como una elección que
renueva todos los días.
“Hay que sacrificar cosas sí o sí para lograrlo. De esto se trata el alto rendimiento y muy
poca gente puede llegar porque a la gente de mi edad le cuesta dejar cosas importantes
para cumplir sus objetivos”.
Esa misma organización también atraviesa su vida fuera del club. Todas las mañanas asiste
al colegio y, apenas termina la jornada, empieza otra completamente distinta. A las tres de
la tarde ya está entrenando. Los martes y jueves dedica tiempo a la preparación física y a la natación, que utiliza como método de relajación, mientras que los lunes, miércoles y viernes realiza combates y clases particulares de esgrima. “Lo tengo muy organizado y hablado con los profesores. Si hay alguna evaluación, ya lo coordinamos previamente”, explica.
Sin embargo, ese esfuerzo constante no significa que todo sea sencillo. Catalina reconoce
que la frustración también forma parte del proceso y que convivir con ella es casi una
obligación para cualquier deportista de alto rendimiento. “Hay mucha frustración, sobre todo durante el proceso. Pero no se le puede sacar la emoción al resultado, que es única. Para llegar a ese momento también hay que frustrarse y enojarse”.
A pesar de eso, asegura que nunca pensó en abandonar la esgrima. Incluso, cuando imagina cómo habría sido su vida sin este deporte, la respuesta es inmediata: “Muchas veces lo pensé. Hubiera sido totalmente diferente, pero no me arrepiento para
nada del camino que elegí”.

Había una vez…
La historia de Catalina con la esgrima comenzó casi por casualidad. Tenía apenas diez años
cuando acompañó a su hermano mayor a una clase. Él estaba decidiendo entre arquería y
esgrima, finalmente eligió esta última y ella quedó fascinada desde el primer momento.
“Tuve el honor de ver una clase suya y me encantó. Me invitaron a participar. Desde 2019
hago esgrima. Estuve en Devoto y pasé por distintos clubes hasta llegar a Harrods &
Chaves”, recuerda.
Hoy compite en sable, una de las tres modalidades de la disciplina. Sin embargo, esa
elección fue mucho más simple de lo que muchos imaginan. “Cuando arranqué solo vi el sable. Después me enteré de que existían otras armas, pero siempre me encantó el sable”.
La velocidad es lo que más la atrapa. A diferencia del florete y la espada, el sable se
caracteriza por la rapidez y la intensidad de cada asalto: “Lo que más me gusta del sable es que, al ser tan rápido y salvaje, te podés desquitar emocionalmente con eso”.
Pero esa misma característica también representa su mayor dificultad: “Todo pasa en un segundo y fuiste. Al mínimo error, en un nivel tan alto, quedás expuesto. Hay que estar permanentemente prestando muchísima atención”.
Con el paso de los años, esa exigencia la llevó a competir cada vez en escenarios más
importantes. Uno de los más recientes fue el Mundial Junior, donde pudo medirse frente a
las mejores sablistas europeas: “Lo que me falta para competir de igual a igual con ellas es alcanzar su ritmo. Ellas constantemente tienen torneos de muy alto nivel. En el Mundial me puse a prueba y entendí que no es tanto la técnica, sino la rapidez mental que tienen.”
Lejos de frustrarse, Catalina aprovecha cada competencia para analizarse y encontrar
aspectos por mejorar. “Siempre, apenas termina una competencia, veo mis videos, saco mis conclusiones y le comento a mi entrenador mis sensaciones y qué quiero practicar”, comenta.
Ese crecimiento también quedó reflejado este año, cuando integró el equipo argentino de
sable femenino que obtuvo, por tercera vez consecutiva, la medalla de plata en el
Panamericano de mayores de Lima. Allí compartió equipo con Belén Pérez Maurice, tres
veces olímpica, una experiencia que, lejos de intimidarla, la ayudó a ganar confianza.
“Mis compañeras me hacen sentir que pertenezco. Es increíble tirar con gente tan grande y
con tanta velocidad. Me ayudan mucho y siempre me dicen que trate de disfrutar lo más
posible.”
Aunque la esgrima le permitió vivir experiencias únicas, Catalina todavía siente que es un
deporte que puede crecer mucho en popularidad: “Se podría hacer más marketing. Es un deporte muy bello, es como una danza. Si lo publicitamos más con videos o fotos, a la gente le va a atraer porque es muy lindo de ver.”
Se hace camino al andar
Durante los Juegos Suramericanos, Catalina tuvo la oportunidad de conocer un emblema
del deporte argentino, la judoca Paula Pareto, una experiencia que todavía recuerda con
entusiasmo.
Pero sus referentes no se limitan a otros deportes. Dentro de la esgrima encuentra
inspiración en la japonesa Misaki Emura, medallista olímpica en París 2024, y en la
española Lucía Martín-Portugués, a quien también pudo conocer. Aunque para encontrar a
una referente suya no hace falta viajar tantos miles de kilómetros, la persona que más la
inspira es Candela Espinosa, compañera en el equipo argentino de mayores: “Le pone toda la garra y me ayuda muchísimo a entrenar”.
Antes de pensar en Dakar, Catalina tiene otra meta entre ceja y ceja: “Por ahora mi sueño es sacar una medalla en el Panamericano que hay dentro de unos meses”.
Aunque ya consiguió resultados importantes y se ganó un lugar entre las mejores sablistas
juveniles del continente, todavía le cuesta dimensionar todo lo que vivió en tan poco tiempo.
Por eso, cuando imagina un encuentro entre la Catalina de hoy y aquella nena que dio sus
primeros pasos en la esgrima con apenas diez años, no duda en la respuesta, que vendría
con un sabio consejo.
“No lo podría creer. Le diría que está muy contenta de verla madura y feliz. Que disfrute de
lo que está viviendo, las juntadas y los cumpleaños, porque en un futuro va a tener que
ocupar mucho de ese tiempo por la esgrima.”




