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Adolfo Cambiaso y la Triple Corona: un nuevo récord histórico para el rey del polo

Por Candelaria Oxenford

La Natividad-La Dolfina se consagró campeón del 132° Abierto de Hurlingham al derrotar a UAE Polo por 12-9, en la cancha Lewis Lacey del Hurlingham Club. Este triunfo, además de marcar el inicio exitoso de la Triple Corona Argentina 2025, tuvo una relevancia especial para Adolfo Cambiaso, quien sumó dos nuevos logros personales que refuerzan su lugar como leyenda viva del polo.

Con esta consagración, Cambiaso alcanzó un hito histórico al lograr su 43° título en Abiertos de la Triple Corona: superó a figuras como Juan Carlos Harriott y Alberto Pedro Heguy, y se convirtió en el jugador con más victorias en esta competencia. Es su 16° triunfo en el abierto de Hurlingham, otro récord que rompe y con el que supera a Harriott, consolidando todavía más su legado en el mundo del polo.

La victoria, además, representa un capítulo muy personal para el crack de Cañuelas. A sus 50 años, Adolfito sigue siendo un referente y figura clave, demostrando que su pasión por el deporte y sus ansias de seguir ganando no conocen límites y lo mantienen en la cima, desafiando las expectativas de la edad. Aunque el retiro estuvo cerca en varias ocasiones, la posibilidad de jugar con su hijo, Poroto, y con sus sobrinos, Bartolomé y Camilo, fueron la motivación principal para seguir compitiendo en el más alto nivel. Cambiaso declaró en varias ocasiones que para él, el principal objetivo no era solo jugar con su familia, sino ganar. “Armamos un equipo, pero para ganar. A mí me gusta ganar”, remarcó.

Para él, esta victoria es un logro aún más significativo por la presencia de su familia en el campo y describió el momento como “la frutilla del postre” de su carrera. “Es algo único y se siente único. Y a este viejo lo tratan como a uno más”, comentó tras el triunfo. El deseo de seguir compitiendo y de representar a La Natividad-La Dolfina, una fusión nacida este año de dos grandes equipos, le dió un nuevo sentido a su carrera.

“Yo estoy disfrutando, a los 50 años, estar compitiendo y en el mejor equipo, es para mí un disfrute. Lo más lindo es tener la obligación de ganar”, explicó el campeón, resaltando cómo la presión le sirve como estímulo. Con la ambición intacta, Cambiaso está motivado por el desafío de continuar conquistando los torneos más prestigiosos, especialmente Palermo, que sigue siendo su mayor objetivo: “Quiero ganar Palermo, siempre quiero ganar Palermo”. La final del Abierto de Hurlingham fue otra muestra de su habilidad, en medio de una temporada complicada por una lesión en la mano, Cambiaso aportó al equipo con goles cruciales, como uno en el séptimo chukker que estiró la ventaja a 11-9 y terminó de inclinar la balanza a favor de La Natividad-La Dolfina.

Esta consagración es parte de un 2025 lleno de logros. En abril, se coronó campeón del US Open junto a Tamera, y se convirtió en el máximo ganador histórico del torneo estadounidense de polo con 10 títulos, superando el récord de Carlos Gracida. En la final, además, venció a su propio hijo, Poroto. Adolfo no solo se mantiene competitivo: lidera. Pero las victorias no terminan ahí.

En julio, alcanzó su noveno título en el British Open Polo Championship y escribió una nueva página: se convirtió en el jugador más ganador de la historia del torneo. A pesar de una fractura en la mano durante la final contra el equipo Kazak, lideró a La Dolfina Scone a una victoria por 9-8. Fue un momento especial porque compartió el triunfo con su hija Mía, quien se consagró campeona por primera vez y es la primera mujer argentina en ganar el British Open. Juntos, levantaron la Gold Cup en Cowdray Park. Mía, asimismo, fue elegida MVP del torneo.

En paralelo a sus logros deportivos, el polista trasciende su impacto a través de la serie documental Adolfo Cambiaso: en el nombre del polo, que lleva su historia a una audiencia global. Este proyecto no solo repasa su impresionante trayectoria, sino que también actúa como un puente entre el polo y nuevos públicos, ampliando su visibilidad y abriendo puertas a futuras generaciones. Cambiaso no es solo una figura brillante en el campo, es un legado vivo que actúa como catalizador del futuro del deporte.

Con su reciente victoria en Hurlingham y un 2025 prometedor, continúa sumando capítulos a su historia. A lo largo de su carrera, logró consolidarse como el mejor jugador de todos los tiempos. Ahora, con la mirada puesta en los Abiertos de Tortugas y Palermo, el próximo gran desafío para La Natividad-La Dolfina será conquistar la Triple Corona 2025.

Adiós, Miguel

Por Florencia Tártara y Ana Violino

El fútbol despide a Miguel Ángel Russo, el hombre que eligió dedicar su vida a esta pasión hasta sus últimos días. Nació en Lanús, Provincia de Buenos Aires, el 9 de abril de 1956 y como futbolista vistió sólo una camiseta, la de Estudiantes de La Plata, donde fue capitán y símbolo. Luego de su retiro como jugador, continuó su carrera como entrenador durante más de 30 años, en los que estuvo a cargo de 16 clubes en 8 diferentes países. El 8 de octubre falleció a sus 69 años a causa de cáncer de vejiga y próstata, enfermedad con la que luchó desde 2017.

Fue descubierto por un trabajador de las inferiores del Pincha, Pascual Antonio Ortuondo, y el 30 de noviembre de 1975 debutó como profesional en el club dirigido por Carlos Salvador Bilardo, en un partido ante San Martín de Tucumán que resultó empate 2 a 2 por la décima sexta fecha del torneo nacional. Como volante central del León disputó un total de 432 encuentros y convirtió 12 goles, a través de los cuales logró posicionarse como el tercer jugador con más presencias en la historia del Pincharrata, por detrás de Manuel Pelegrina y Abel Herrera. Fue campeón del Metropolitano 1982 y del Nacional 1983 e integró junto a Alejandro Sabella, Jose Daniel Ponce y Marcelo Trobbiani un mediocampo destacado. El 15 de junio de 1988 se retiró como jugador, pero nunca abandonó la pelota. Poco tiempo después comenzó su carrera como entrenador y es así como se terminó de ganar el cariño de todos.

El vínculo entre Russo y Bilardo no quedó solo en La Plata, sino que llegó hasta la Selección Argentina en la previa del mundial de México 1986 cuando Miguél había sido convocado para las eliminatorias de dicha competición. Una serie de lesiones y decisiones de Carlos lo dejaron afuera. “Carlos me dijo que lo iba a odiar y a insultar, pero el día que seas técnico te vas a dar cuenta. Tenía una razón muy grande. Todo lo que me decía, después era la realidad” reflexionó Russo años después. 

En 1989 hizo su debut como técnico en Lanús, que atravesaba una situación difícil, y un año después logró la vuelta del equipo a Primera División luego de 13 años. El Granate volvió a descender hacia el final de la temporada, y en 1992 el equipo de Russo logró el campeonato de la Primera B. Consiguió la misma hazaña, el ascenso, en Estudiantes con su vuelta en 1994 (en dupla con su ex DT Eduardo Manera) y en Rosario Central en 2012. Una característica de Russo, sin dudas, era su templanza. Tenía una sabiduría y una frialdad que lo llevó a dirigir equipos en momentos críticos, desafíos que pocos se atreven a aceptar.

En su paso por el fútbol argentino como entrenador estuvo al frente de un total de nueve equipos, a los anteriormente destacados se suman Colón, Los Andes, Vélez, Boca, San Lorenzo y Racing. Su gran trayectoria se forjó también en el exterior con su intervención en siete clubes: Universidad de Chile, Salamanca, Monarcas Morelia, Millonarios, Alianza Lima, Cerro Porteño y Al-Nassr. En todos ellos es recordado con respeto y cariño, al margen de los resultados deportivos. 

En 2005 volvió a coronarse campeón, esta vez por el Torneo Clausura con Vélez. Dos años más tarde logró su máximo hito en su primer ciclo en Boca, la conquista de la Copa Conmebol Libertadores frente a Gremio, con un resultado global de 5 a 0 que pasó a integrar la historia del torneo como la final con mayor diferencia de tantos. Ésta siendo la última que ganó el equipo de La Ribera, y por medio de la cual pasó a ser un histórico del club como uno de los tres técnicos campeones de América; además de ser el impulsor de dos de sus últimos títulos, con la obtención en 2020 de la Superliga y la Copa Argentina. 

El tercer ciclo en Boca comenzó días previos al Mundial de Clubes y significó un gran respaldo al club en una etapa deportiva adversa, donde la urgencia por obtener buenos resultados era una necesidad y nadie quería hacerse cargo de esa situación. Fiel a su estilo, familiero y sensible, en la conferencia de prensa de presentación destacó que la camiseta iba a ser para su nieto. Son decisiones, y tal como lo dice la frase que inmortalizó, Russo decidió tomar el desafío en un momento de salud delicado, mientras atravesaba nuevamente la enfermedad, que años más tarde de ser revertida con tratamientos médicos, había regresado. 

La mística de Miguelo es innegable, y el destino quiso que su último partido al frente de Boca, representado en la cancha por Claudio Úbeda, resultara en un 5 a 0 ante Newell’s de local por la décimo primera fecha del Torneo Clausura. El mismo marcador con el que había quedado en la historia azul y oro, y que nuevamente significó darles una alegría inmensa a los hinchas xeneizes.  

En Colombia se dice que los jugadores de Millonarios dieron la vida por consagrarse campeones con Russo, que jugaron para él en el momento en que le detectaron su enfermedad, y es por eso que un equipo no acostumbrado al triunfo pudo levantar el trofeo del Torneo Finalización 2017 y un año después de la Superliga 2018. 

“Se cura con amor”, expresó en 2018 en su regreso al fútbol. Siempre estuvo acompañado por su familia, sus hijos, hermanos y sobrinos, quienes aun con miedo respaldaron su deseo. A pesar de su delicado estado de salud y el anhelo de sus seres queridos de que Miguel descansara en casa, el histórico entrenador siempre eligió la pelota, convencido de que ese era su lugar en el mundo, como si el fútbol fuera un sedante para su dolor.

“Olé, olé, olé, olé, Russo, Russo”, aclamaron los hinchas de Rosario Central y los de Boca en los últimos dos partidos que dirigió de forma presencial al frente del plantel Xeneize. Fue un 14 de septiembre de visitante en el Gigante de Arroyito, y una semana después en La Bombonera, donde sin saberlo, los hinchas a los que el técnico hizo tan felices tuvieron la posibilidad de despedirlo y rendirle homenaje. 

Russo tiene un logro que muy pocas figuras del fútbol nacional consiguieron y no hablamos de un título o una copa, sino del cariño y el respeto de tantas hinchadas. Boca Juniors, Rosario Central, Vélez, Racing, San Lorenzo, Estudiantes, Lanús, e incluso simpatizantes de instituciones que nunca dirigió. En un país donde la pasión por los colores suele traspasar cualquier sentimiento, Russo logró romper esas barreras. 

Miguel Angel Russo quedará para siempre en la memoria de los futboleros y las futboleras como un apasionado de este deporte, una persona querida por todo el ambiente y alguien que hizo de la competencia una forma de vida hasta sus últimos días. 

El Búfalo que rugió en Núñez

Por Yessica García

El Monumental no sabía todavía que esa noche iba a presenciar una metamorfosis. En apenas un partido y medio se ganó la titularidad en la final; con dos goles cumplió la profecía que él mismo había forjado. El 29 de octubre de 1986  “el Búfalo” Funes grabó su nombre en el corazón de River, logró un lugar en la Selección y forjó con Maradona una amistad capaz de desafiar a la propia FIFA.

“Voy a ganar la Copa Libertadores”, dijo Juan Gilberto Funes apenas llegó a Núñez, como reemplazo del gran Enzo Francescoli, que había emigrado al Racing de Francia. Hoy lo hubieran tildado de “vendehumo”, pero no lo fue. No se achicó ni le pesó la camiseta: llegó para ser el goleador que Héctor “el Bambino” Veira necesitaba.

Nació en San Luis el 8 de marzo de 1963, hijo de Marta Baldovino y Pedro Vicente Funes; fue el tercero de cuatro hermanos. Los padres lo acompañaron desde siempre y fueron los hinchas número uno desde los inicios en el baby fútbol del Club Parque Patricios. Marta lo soñó y anheló desde que lo llevaba en el vientre: aseguró que el hijo sería futbolista, y no le erró.

Funes llegó a River como ídolo de Millonarios de Colombia, en el que convirtió 47 goles, 33 en una sola temporada. Paradojas de la vida: salió de un “Millonario” para meterse en otro, y también hacer historia. Con River ganó la Copa Libertadores y la Intercontinental en 1986, y al año siguiente la Interamericana.

El 22 de octubre de 1986, en el Pascual Guerrero de Cali, jugó como titular por primera vez y ni más ni menos que en la final. A los 23 minutos clavó un derechazo inatajable para Julio César Falcioni, quien defendía en ese entonces los tres palos del conjunto colombiano. Dos minutos después, “el Beto” Alonso marcó el segundo. River ganó 2-1 y la definición sería en casa.

Esa noche del 29 de octubre, con papeles rojos y blancos que llovían desde las tribunas, el equipo del Bambino formó con: Nery Pumpido; Jorge Gordillo, Nelson Gutiérrez, Oscar Ruggeri, Alejandro Montenegro; Héctor Enrique, Américo Gallego, Norberto Alonso, Roque Alfaro; Antonio Alzamendi y Juan Gilberto Funes.

El Monumental explotó. Asistieron 86 mil personas, 16 mil más de la capacidad total del estadio: una locura histórica y una fiesta que olía a gloria. River estaba a punto de lograr lo que en 1966 y 1976 se le había escapado: la primera Libertadores. Y, como dice el refrán, la tercera fue la vencida.

El encuentro fue completamente friccionado y trabado, en los primeros 45 minutos ninguno de los dos había logrado romper el cero. En el segundo tiempo, cuando las piernas ya pesaban, llegó la intervención decisiva del Búfalo, esta vez con la pierna no hábil. A los 69 minutos, tras un pase milimétrico de Héctor Enrique, el puntano clavó un zurdazo que dejó la red temblando y encendió el estadio. El Monumental estalló en gritos, emoción y alivio. River se coronó campeón de la Copa Libertadores de América por primera vez gracias a los dos tantos que Funes marcó en la serie.

Él había llegado para eso y cumplió con su palabra: ganó la Libertadores, tal como lo dijo apenas pisó el club, del que además era hincha.

Apodado “Búfalo” por contextura y temperamento, Funes siempre estuvo arraigado a las raíces. Apenas salió campeón, viajó con el padre a San Luis para festejar con su gente. En 1987, mientras jugaba en el Olympiacos de Grecia, nació su hijo Juan Pablo; el club le negó viajar a Argentina para el parto, pero ofreció médicos y un vuelo privado para que Ivanna Bianchi diera a luz en El Pireo. Funes se negó. Prefirió perderse el nacimiento antes que su hijo no fuera puntano.

“El Juan”, como le decía la madre y todo San Luis, tuvo una carrera tan exitosa como corta. Tras la coronación en River, emigró a Grecia; en 1988 jugó para el Nantes de Francia y en 1989 retornó al país para vestir la casaca de Vélez, donde convirtió 12 goles en 24 partidos. El gran desempeño despertó el interés del eterno rival: Boca lo quiso como su nueve. Realizó la pretemporada en el club de la Ribera, pero un equipo de Europa lo primerió e intentó llevárselo. El Niza de Francia estaba dispuesto a ficharlo, pero ahí fue cuando todo se desmoronó de golpe. En la revisión médica con dicho club se detectó la enfermedad que padecía: endocarditis. Esto frustró el pase y volvió al Xeneize, con la sombra de la enfermedad a cuestas.

Tras la revisión de los médicos de Boca, recibió la noticia que jamás quiso escuchar. Con apenas 27 años le recomendaron retirarse del fútbol para preservar la salud, ya que el corazón era cuatro veces más grande que uno normal.

Debido a esta inflamación del revestimiento interno del corazón, había sido operado cinco veces en apenas cuatro meses. Un par de horas después de la última intervención, el 11 de enero de 1992, el ex futbolista sufrió una arritmia ventricular y un paro cardíaco, el corazón dijo basta en el Sanatorio Güemes de Buenos Aires y falleció con tan solo 28 años.

“El Búfalo” fue velado ante una multitud en su San Luis natal, donde estuvieron presentes figuras como Diego Maradona, Ricardo Gareca, Oscar Ruggeri y Carlos Navarro Montoya.

Memoria, lealtad y el gesto de Maradona

El Diez había forjado una amistad tan grande con el delantero en la Copa América que ambos disputaron con la selección en 1987, que lo visitó varias veces mientras estuvo internado. Tras su fallecimiento, desafió a la FIFA y organizó un partido a beneficio para recaudar dinero para la familia del puntano. El astro argentino estaba suspendido en ese entonces por doping positivo en el partido entre Nápoli y Bari por la Serie A de Italia, por lo que no podía disputar ningún tipo de partido de fútbol oficial. Sí, de fútbol…

Entonces, fiel a la esencia irreverente y creativa, Maradona hizo lo impensado: inventó un deporte nuevo. No era fútbol, al menos no como lo dictaban los reglamentos. Era otra cosa, algo más libre, más humano. Las reglas las puso él: se jugó 11 contra 12, los laterales se hacían con el pie y los árbitros eran retirados. Todo fuera de norma, de protocolo. Porque ese partido no era para la FIFA, era para Juan.

Fue en la cancha de Vélez, pero no fue un encuentro cualquiera. Maradona, en su faceta más rebelde y entrañable, dejó de lado los reglamentos y mostró lo que siempre lo hizo único: la lealtad sin condiciones. Aquella tarde se recaudaron más de cien mil dólares para la familia del Búfalo Funes, pero el verdadero valor no estuvo en el dinero, sino en el gesto.

El Diez, con la voz quebrada y el corazón expuesto, dijo al final: “Ojalá sus hijos tengan la educación que quería Juan, y que su señora viva dignamente sin tener que pedirle nada a nadie”.

No fue fútbol. Fue amistad, memoria y lealtad hecha con botines y convicción.

Juan Gilberto Funes vivió rápido, jugó fuerte y amó sin reservas. En 28 años conquistó títulos, amistades y el corazón de una provincia entera. Su historia no es solo la de un goleador: es la de un hombre que cumplió su palabra, defendió sus raíces y dejó en la memoria colectiva un rugido imposible de olvidar.

Cristiano Lucarelli, el goleador comunista

Por Jimena Ruiz Díaz

Este sábado cumplió 50 años Cristiano Lucarelli, el deportista que revolucionó el mundo del fútbol con sus ideales. Oriundo de Livorno, Italia, Ciudad fundacional del Partido Comunista Italiano en 1921, es hijo de un estibador portuario militante del Partido y del Sindicato. Lucarelli, jamás ocultó sus valores políticos y así fue como marcó la diferencia debido a que no es algo que suele suceder en el deporte profesional.

El 27 de marzo de 1997 en un partido con el seleccionado italiano Sub 20 ante Moldavia realizó un acto inolvidable frente a una multitud, entre los que se encontraban sus amigos y familiares. Lucarelli recibió un pase de Francesco Totti y convirtió el gol que provocó el eufórico festejo que lo llevó a mostrar una remera con la imagen de Che Guevara y el lema ‘Livorno es una fe y los ultras sus profetas’. Este gesto le costó la ausencia durante nueve años en la Selección.

Jugó en varios clubes: Atalanta, Valencia, Lecce y Torino pero su sueño era representar la camiseta del club de sus amores. Su equipo de toda la vida, Livorno, descendió a la Serie B en 2003 y el jugador italiano no dudó en dejar atrás ofertas millonarias para volver a donde siempre soñó jugar. Allí fue donde logró la gran hazaña de ascender y además fue una pieza fundamental para conseguir la clasificación a la Copa UEFA.

El fútbol del goleador italiano se encontró eclipsado por sus ideales políticos y en una ocasión confesó que es molesto para él ser más recordado por sus ideas que por sus goles, sin embargo no reniega de ello, pero remarcó que su rendimiento era suficientemente importante como para darle más valor. También en otra oportunidad expresó: “Algunos creen que el estilo de vida de un futbolista no se condice con el comunismo, pero yo ya era comunista antes de ser futbolista”.

La decadencia del básquet argentino

Por Sebastián Bidart

En septiembre de 2019, la Selección Argentina de básquet jugaba la final del Mundial en Pekín. El equipo de Sergio Hernández había dejado en el camino a Serbia y Francia con un básquet de alto vuelo y se plantaba ante España con una identidad renovada. Facundo Campazzo, Gabriel Deck y Nicolás Laprovíttola se mostraban como herederos de un legado que parecía eterno, el de la Generación Dorada. La derrota en la final no borraba nada, al contrario, instalaba la sensación de que el básquet argentino tenía futuro asegurado.

Seis años más tarde, ese espejismo se convirtió en pesadilla. Argentina no estuvo en el Mundial de 2023 ni en los Juegos Olímpicos de París 2024. Lo que hasta hace poco parecía impensado (un seleccionado ausente de los grandes escenarios) hoy es la cruda realidad. Y detrás del derrumbe aparece una palabra repetida en todos los rincones del ambiente: dirigencia.

La caída no fue un accidente ni una mala racha deportiva. Fue un proceso lento, alimentado por la falta de planificación y por la confusión entre éxito coyuntural y proyecto a largo plazo. La Confederación Argentina de Básquet (CAB) utilizó durante años el brillo de “Manu” Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni y Carlos Delfino pero nunca generó estructuras que sostuvieran ese impulso. Se creyó que el talento surgiría de manera automática, como si aquella camada fuera una línea de producción inagotable y no lo que realmente fue… un milagro deportivo.

Mientras tanto, el piso se fue resquebrajando. Torneos locales sin difusión, clubes ahogados económicamente, divisiones formativas desfinanciadas y un éxodo creciente de jugadores jóvenes que buscan futuro en el exterior. Un claro ejemplo de esto es Instituto de Córdoba, el subcampeón de la última Liga, que comenzó esta temporada con bajas importantes. Ya no tiene técnico ante la partida de Lucas Victoriano; se quedó sin Alex Negrete, que emigró al Flamengo de Brasil y se confirmó la partida de una de sus principales figuras, el ala pivote Bautista Lugarini quien emigró al básquet español. La Liga Nacional, el orgullo que León Najnudel imaginó en los años 80 para federalizar el básquet y darle identidad propia, se volvió una sombra. Las transmisiones en televisión abierta desaparecieron, las canchas se vaciaron y los pibes dejaron de tener ídolos cercanos para empezar a mirar solo la NBA o la Euroliga.

El retroceso argentino contrasta con el camino de otros países de la región. Brasil, con un calendario más sólido y una liga que supo reinventarse, volvió a estar en los primeros planos. México consolidó un modelo exportador de talentos. Hasta República Dominicana, con estructura más modesta, logró sostener una presencia competitiva en torneos internacionales. Argentina, en cambio, quedó anclada en la nostalgia de Atenas 2004.

La interna dirigencial no ayudó. Los últimos 15 años de la CAB estuvieron marcados por escándalos financieros, manejos discrecionales y promesas de modernización que nunca se cumplieron. Hubo más rosca que proyecto, más parches que planificación. El caso más emblemático fue el de Germán Vaccaro, presidente de la CAB desde 2008 hasta 2014, quien fue condenado en 2019 por administración fraudulenta tras admitir su responsabilidad y pagar una compensación de 80.000 dólares. Durante su gestión, la Confederación llegó a estar en una situación tan crítica que ni siquiera contaba con los fondos para cubrir los viáticos o pasajes del seleccionado nacional.

Su salida dio paso a una etapa de reconstrucción bajo la intervención de Federico Susbielles, respaldado por los jugadores. El bahiense heredó una estructura devastada, donde los cheques rechazados, las deudas millonarias y la caída de sponsors eran moneda corriente. Durante su mandato logró, entre otras cosas, ordenar las finanzas y restablecer la confianza de los jugadores a los dirigentes.Sin embargo, en un momento clave para consolidar este avance, Susbielles no pudo presentar los votos que avalaran su lista de cara a las elecciones y se bajó de la carrera electoral. Fue entonces cuando Fabián Borro tomó el control de la CAB, apoyado por varias federaciones que habían sido parte del esquema anterior. El nuevo presidente, de pasado en la gestión Vaccaro, con fuerte influencia en la Federación Metropolitana y el club Obras Sanitarias, llegó con una conducción marcada por el personalismo, la concentración de poder y el enfrentamiento con figuras centrales del deporte.

No solo confrontó a jugadores históricos como Scola y Nocioni, sino que también tensó la relación con árbitros, representantes y federaciones provinciales. La expulsión de la Federación Santafesina es un ejemplo de esta manera de ejercer el poder. Mientras fue sancionada por razones políticas, otras federaciones con irregularidades judiciales comprobadas, como Buenos Aires y Córdoba, no sufrieron consecuencias similares, quizá por estar lideradas por dirigentes cercanos al presidente de la CAB. En mayo de 2024, la

Inspección de Personas Jurídicas falló a favor de Santa Fe y ordenó su restitución, pero la CAB decidió mantenerla suspendida bajo nuevos condicionamientos.

En medio de este caos y luego de los Juegos Olímpicos de Tokio. El 2022 llegó con un brisa de alivio gracias a  la AmeriCup conquistada en Recife, con un un Deck determinante. Pero aquel título, celebrado con emoción, terminó siendo más un recuerdo entrañable que un punto de inflexión, ya que un año después, el cachetazo fue mayúsculo cuando “El Alma” quedó sin chances de clasificar al Mundial.

2024 fue un año de transición. Tras no clasificar a los Juegos Olímpicos de París, los partidos que disputó la selección fueron amistosos por el mundo, aprovechando para darle rodaje a jóvenes promesas. El último capítulo se escribió hace semanas en Nicaragua, con una AmeriCup que dejó un sabor ambiguo. El equipo de Pablo Prigioni, renovado y con promedio de edad bajo, alcanzó la final después de un torneo donde fue de menos a más. Mostró solidez defensiva, mejoró en rebotes y exhibió nombres que pueden dar futuro: Dylan Bordón, Santiago Trouet, Gonzalo Corbalán y Juan Bocca son algunos de ellos. Pero la caída ante Brasil por 55-47 dejó al descubierto la inexperiencia y la falta de madurez en momentos decisivos. Fue un subcampeonato que sirvió para respirar tras tantos golpes, pero que también evidenció que sin estructura no hay milagro posible.

El desafío inmediato está claro y es volver al Mundial. Qatar 2027 es la obsesión disfrazada de objetivo. El básquet argentino aún cuenta con talento y con un entrenador que entiende la necesidad de construir un recambio real, pero nada de eso alcanzará si la dirigencia no asume de una vez que los tiempos de los destellos individuales ya pasaron.

La pelota, esta vez, no está en manos de los jugadores. Está en los escritorios. De allí depende que el básquet argentino deje de vivir de recuerdos y empiece a escribir un nuevo capítulo. Si la lección de la Generación Dorada vuelve a ser ignorada, Atenas 2004 y China 2019 quedarán como estampitas de un pasado glorioso, cada vez más lejano, para una hinchada que alguna vez creyó que el cielo estaba a la mano.

¿Superstición o simple desesperación?: La influencia de la astrología en el fútbol

Por Ramiro Calle Rodríguez

Figuras y equipos de renombre recurrieron a astrólogos y numerólogos para buscar ventajas deportivas, aunque la mayoría mantuvo estas acciones en secreto.

La influencia de numerólogos y astrólogos hace años se entrelazó con la preparación mental y las tradiciones en el fútbol profesional. La astrología y otras prácticas esotéricas adquirieron un papel inesperado como herramientas para la toma de decisiones deportivas y la gestión emocional.

Desde la planificación de fichajes hasta la elección de fechas para partidos cruciales, algunos clubes y figuras de alto perfil realizaron rituales y consultas a especialistas en busca de obtener una ventaja competitiva o protección simbólica, aunque esto se observó principalmente en prácticas personales y no como una política institucional documentada.

En Boca Juniors, la actividad del reconocido astrólogo deportivo, Giorgio Armas fue tema de debate tras la final de la Copa Libertadores perdida ante Fluminense, cuando explicó que recomendó una formación inicial diferente a Jorge Almirón y sugirió incluir a Darío Benedetto desde el comienzo, pero el entrenador optó por otra alineación. La coincidencia de cambios y números vinculados al “7” avivó la polémica entre hinchas y medios, mientras Armas sostuvo que, si bien él asesoraba, la última palabra perteneció siempre al DT. También anticipó que “habría limpieza en el equipo” en 2024 y promovió para ese año nombres como Martín Palermo o Fernando Gago de cara al futuro xeneize.

Si bien, es una práctica que los clubes deciden no divulgar, Armas se presenta en su cuenta oficial de X como astrólogo de Boca Juniors, Racing Club, Talleres de Córdoba y hasta la Selección Argentina, entre otros.

Germán Burgos, exarquero de River Plate y exasistente técnico del Atlético de Madrid, sorprendió al revelar que utilizó los signos zodiacales como herramienta para analizar los distintos perfiles emocionales de sus futbolistas y decidir cómo armar grupos compatibles. Burgos sostuvo que consultó las cartas astrales para prever cómo cada jugador podría reaccionar ante diferentes situaciones y que, según su experiencia, la compatibilidad zodiacal pudo influir en la armonía general de un plantel.

Un caso emblemático es el de Raymond Domenech, quien como técnico de la selección de Francia llegó a tomar decisiones sobre la alineación de sus jugadores basándose en sus signos zodiacales y la interpretación de las cartas astrales. Durante el Mundial de 2006, bajo esta metodología, dejó a Robert Pires de lado por ser de escorpio, a Ludovic Giuly por ser de cáncer, y envió a David Trezeguet al banco de suplentes por ser de libra. El equipo alcanzó la final, aunque perdió ante Italia y Zinedine Zidane fue expulsado en ese partido decisivo.


“Los de escorpio no son buenos para el grupo. Se matan entre ellos”, además agregó: “Los de cáncer y libra son poco beneficiosos”, había anticipado un año antes en una entrevista televisiva.

Posteriormente, en 2010, tras la polémica eliminación de Francia en la primera ronda, resurgió el debate sobre la influencia y los límites de la astrología en la toma de decisiones deportivas.

Diego Simeone, por su parte, habló abiertamente con la prensa sobre su interés por la astrología y cómo lo combina para decidir el armado del plantel. “Las características de la gente según su signo son similares y prestamos atención para ver cómo le podemos sacar lo mejor a cada uno”.

Algunos equipos o directivos eligen mantener estas acciones en la más absoluta reserva y limitan el acceso a la información, mientras que otros las integran abiertamente en su dinámica institucional.

Los argumentos a favor de la astrología en el fútbol centraron su atención en su capacidad para fortalecer la confianza y el ánimo del plantel. Especialistas sostuvieron que la elección de fechas, la evaluación del potencial de los deportistas y las “energías planetarias” pudieron influir positivamente en el rendimiento colectivo. Sin embargo, ningún club principal del fútbol europeo reconoció oficialmente el uso de la astrología como parte de su política institucional.

A pesar de la falta de respaldo científico, la astrología mantiene su lugar como recurso emocional y simbólico en el universo futbolístico. El debate sobre la utilidad real de estas prácticas permanece abierto. Mientras algunos exjugadores y directivos las consideran parte de la mística y el folclore del deporte, otros las ven como superstición o estrategias de marketing dirigidas a los aficionados.

Touba Niang: el senegalés que vino para hacer historia en el boxeo argentino

Por Nicolás Tracchia

Touba Niang no nació en Argentina, pero su historia ya es parte del boxeo de este país. Llegó desde Senegal, dejando atrás una familia enorme. Más de treinta hermanos y una infancia donde todo se aprendía a fuerza de trabajo y voluntad. Tenía apenas quince años cuando decidió cruzar el mundo buscando un futuro. Pasó por distintos países, por días sin certezas, por noches sin techo, hasta que encontró en Quilmes un lugar donde empezar de nuevo.

El idioma, el clima, la distancia, nada fue sencillo. Pero en medio de esa adaptación, Niang descubrió algo que lo acompañaría para siempre: el boxeo. En un gimnasio de barrio comenzó a entrenar con constancia, mezclando sacrificio y pasión. Allí transformó su cuerpo y su historia. El ring se volvió su refugio, su espacio para demostrar que el esfuerzo tiene sentido.

Desde su debut profesional en 2024, Touba Niang no ha parado de crecer. A fuerza de disciplina y humildad, fue ganando peleas, sumando experiencia y respeto. Su boxeo combina velocidad, potencia y una determinación que no se enseña: se trae de adentro. Anoche volvió a ganar, manteniendo su invicto: 8 triunfos, 6 de ellos por nocaut (8-0-0, 6 KOs).

Hoy, con 24 años, se dedica de lleno a entrenar y competir, con la mirada puesta en los títulos nacionales y, más adelante, en el sueño mundialista. Representa a los dos países con orgullo, y a una historia que inspira a muchos: la de quien empezó desde cero, luchó contra todo y nunca bajó los brazos. Cada vez que sube al ring, Touba pelea más que una pelea. Pelea por su pasado, por su familia, por el lugar que se ganó a los golpes.

Roland Garros: ¿Quién fue y por qué se llama así el mítico torneo?

Por Francisco Tinelli y Theo Gostanian

Este domingo se cumplieron 107 años de la muerte de Eugéne Adrien Roland Georges Garros, un mítico piloto francés que fue sorprendido por un ataque alemán en 1918, en plena Primera Guerra Mundial. Había nacido el 6 de octubre de 1888 en la ciudad de Ardenas. Fue un auténtico pionero de la aviación, siendo el primero en cruzar el Mar Mediterráneo sin escalas. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, formó parte de la aviación francesa, con la que logró varias victorias para los aliados.

Pero, ¿por qué el torneo de tenis se llama de esta manera? Para 1927, se disputó la vigésimo segunda edición de la Copa Davis. En la final se enfrentaron Estados Unidos y Francia, quien conseguiría el título y, tras ganar la copa, este país y la Federación de Tenis construyeron un estadio al oeste de París con la única condición de que dicho recinto se llamara Roland Garros en honor al héroe de la aviación caído.

La estatua del aviador Roland Garros, que le da el nombre al Grand Slam francés, en el ingreso al predio

Sin embargo, el torneo tal como se lo conoce se inauguró en 1891 como Campeonato de Francia, desde entonces ha sido uno de los eventos más importantes del calendario tenístico, que favorece los peloteos largos y pone a prueba la resistencia y estrategia de los jugadores. Roland Garros es uno de los cuatro Grand Slam, que son las competiciones más importantes del tenis mundial junto a Wimbledon, Australian Open y el US Open; además, es el único que se juega en polvo de ladrillo y el tercero más antiguo. Se celebra anualmente en París, Francia, entre mayo y junio, y es el segundo de los cuatro torneos mayores en cuanto al orden del calendario ATP.

El máximo ganador del torneo es el español Rafael Nadal, quien marcó una época en el campeonato francés. El ex tenista se proclamó campeón en 14 ocasiones, el que más veces lo ganó en la historia. El primero fue en año 2005 y el decimocuarto en 2022. Un récord que marcó fue el haber ganado la “Copa de los Mosqueteros” en cinco ocasiones consecutivas, del 2010 al 2014. Otros que dejaron su huella en el torneo fueron el sueco Bjorn Borg con seis títulos y el serbio Novak Djokovic con tres.

El tenis argentino también tiene su capítulo dentro del certámen. Guillermo Vilas fue campeón de la edición 1977 y Gastón Gaudio en el año 2004, donde venció en una recordada final a su compatriota Guillermo Coria.

Curiosidades

El apodo que conlleva el trofeo: “La Copa de los Mosqueteros”. El motivo es en honor a cuatro tenistas que llevaron adelante la era dorada del tenis en Francia. Estos son René Lacoste, Jean Borotra, Jaques Brugnon y Henri Cochet.

El primer campeón fue el británico H. Briggs, lo cual suena algo irónico ya que Roland Garros se creó y sólo permitía franceses o residentes en el país. Por esto último, Briggs fue habilitado para disputar el torneo.

En 1973 la final se disputó un martes, debido a que las condiciones climáticas no permitieron que se llevara a cabo el fin de semana previo, algo completamente inusual ya que las finales se juegan los domingos. En aquella ocasión el rumano Ilie Năstase venció al yugoslavo nacido en Croacia, Nikola Pilic.

 

Las veces que Pelé brilló en tierras argentinas

Por Bautista Sagasti

Fuerza, salto, técnica, pegada, mentalidad, esas y muchas más cualidades tenía Edson Arantes do Nascimento, apodado O Rei -más conocido como Pelé- y considerado para muchos el mejor jugador de la historia. Los argentinos, si bien la mayoría cree que es el tercero en esa discusión, tenemos mucho respeto hacia él porque jamás adoptó el papel de villano o del enemigo futbolero. De hecho, con Diego Maradona mantuvo una relación muy buena a lo largo de su vida, y a Messi lo ha halagado en reiteradas ocasiones, e incluso lo eligió por sobre Cristiano Ronaldo para un supuesto equipo ideal.

Pelé y Maradona en su primer encuentro en abril de 1979.

A la par de su buena relación con las figuras argentinas, también hemos sido testigos de su excelso fútbol en nuestras tierras, y es que el astro brasileño ha visitado muchas veces nuestro país para disputar partidos con el Santos: en total son 39 los encuentros que jugó aquí, de los cuales ganó 24, empató 9 y perdió tan solo 6. Su primera vez fue en el Campeonato Sudamericano, hoy Copa América, en 1959, torneo en el cual O Rei finalizó como goleador con ocho tantos y fue elegido mejor jugador del certamen; las víctimas del brasileño fueron Perú, Chile, Bolivia, Paraguay y Argentina. El formato en ese entonces era por puntos, y la Verdeamarela terminó ubicada en la segunda posición con 10, uno menos que Argentina.

Tres años después, fuimos espectadores de la primera coronación del Rei do Futebol en la Copa Libertadores cuando Santos jugó ante Peñarol, vigente defensor del título, un desempate en el Monumental como estadio neutral para definir quién se quedaba con la tercera edición del torneo. Los brasileños se impusieron 3-0 con dos de Pelé y gritaron campeones del certamen por primera vez en su historia. En toda la competición jugó cuatro partidos y convirtió 4 goles.

Pelé y Antonio Rattín, en una de las finales de la Libertadores que disputaron Santos y Boca en 1963.

Gracias a su estrella, Santos se clasificó directamente a las semifinales de la edición siguiente, según regía el sistema de disputa de ese entonces, y festejó su bicampeonato del torneo continental tras ganarle a Boca y dar la vuelta olímpica en La Bombonera. Ante unas 55 mil personas, no hubo sorpresa por parte de un Boca que padeció casi toda la primera parte de la ida de la final en Brasil, y aunque Pelé no logró convertir, el Santos se llevó el primer encuentro por 3-2. El equipo dirigido por Aristóbulo Deambrossi salió a jugar la vuelta a matar o morir. El entrenador argentino ordenó una marca férrea sobre Pelé, que vio de cerca el césped en más de una oportunidad por el juego brusco de los hombres boquenses. Boca se imponía 1 a 0 y la serie estaba igualada. Quedaban casi 45 minutos para definir a un ganador, pero lamentablemente para Boca, allí Pelé apareció en su máximo esplendor y se agrandó en la difícil. Primero asistió a Coutinho para la veloz reacción del Santos, que a los 6′ del segundo tiempo igualó las acciones, y luego definió cruzado de derecha tras una maniobra espectacular dentro del área y sentenció el resultado a 10 minutos del final.

En 1973 llegó su última función en el país: el 5 de diciembre Huracán festejó en el Palacio Ducó su primer campeonato de Primera División obtenido poco tiempo atrás, y para coronarlo convocó al Santos de Pelé, que en aquel momento jugaba uno de sus últimos partidos en el club brasileño, ya que el astro se retiró del club a mediados del año siguiente para representar al Cosmos de Estados Unidos.

Pelé y Carlos Babington en la última función del astro en 1973.

La convocatoria para el amistoso fue hecha por el mismo César Luis Menotti, quien viajó a Brasil para convencer al mismísimo O Rei de jugar ese partido por lo que representaba para el público argentino. Santos goleó por 4-0 con goles de Edu, Nené Belarmino y Leo Oliveira. Pelé marcó el segundo gol con un exquisito remate que fue volando por sobre las cabezas de los jugadores del Globo y se metió en el arco defendido por Roganti.

Esa noche, en las tribunas de la cancha de Huracán, había un chico de 13 años que miraba por primera vez a su ídolo en un estadio. Cuando lograron reunirse en 1979, este chico, llamado Diego Armando Maradona, le confesó a Pelé que había ido a verlo aquella noche a Parque Patricios.

Maximiliano Padilla: “Tuve dos operaciones de tumores”

Por Adriano Bianchini 

Durante años, su nombre pareció desvanecerse del mapa del fútbol argentino. Hoy, con 30 años, Maximiliano Padilla puede mirar atrás y entender que su mayor logro no fue un ascenso ni un gol, sino haber vuelto a jugar después de atravesar lo que parecía imposible. Su historia, silenciosa y conmovedora, habla de resistencia, salud y amor por el juego.

“Estuve entre cinco o seis años sin jugar, mucha gente no lo sabe, pero tuve dos operaciones de tumores, inyecciones constantemente, corticoides, tiroides, diabetes… un combo de todo”, cuenta con la serenidad de quien aprendió a convivir con las cicatrices. No lo dice con dramatismo, sino con la naturalidad de alguien que ya atravesó el dolor y lo convirtió en aprendizaje. “El cuerpo se acostumbró a estar así, a jugar de esa manera, y siempre lo hice así”, agrega, como si hablar de su calvario fuera apenas un detalle más en una vida marcada por el esfuerzo.

Padilla nació en Rosario de la Frontera, Salta, y desde chico su destino parecía ligado al fútbol. Pasó por las inferiores de Boca Juniors, donde compartió generación con varios que más tarde llegarían a Primera. De ahí siguió su camino por el interior: Central Norte, Progreso de Rosario de la Frontera, Estudiantes de Río Cuarto, Gimnasia de Mendoza. La pelota siempre estuvo cerca, hasta que el cuerpo le puso un freno. Entre 2018 y 2023, el fútbol se detuvo para él. Fueron años de médicos, tratamientos, operaciones y silencios. El cuerpo no respondía y la cabeza, muchas veces, tampoco encontraba respuestas. “Me moría por jugar nuevamente”, reconoce. Lo que para muchos fue una pausa, para él fue una batalla diaria entre el deseo de volver y la aceptación de los límites.

En ese tiempo, también aparecieron las críticas. Algunos lo señalaban por su estado físico o por las lesiones constantes, sin conocer el trasfondo de su historia. Padilla prefería callar. Sabía que no todos los procesos se entienden desde afuera. Las redes, los hinchas y el entorno muchas veces juzgan sin saber, pero él eligió mantenerse firme, enfocado en su recuperación, lejos del ruido. Su regreso no necesitaba explicaciones: solo tiempo y trabajo.

Su paso por Quilmes, su último club, fue la confirmación de que el regreso no siempre tiene que medirse en minutos jugados o estadísticas. A veces, volver es simplemente eso: volver. Volver a sentirse futbolista, volver al vestuario, volver a entrenar, volver a escuchar el sonido de la pelota rodando. En un ambiente donde las historias de superación se consumen rápido, la suya merece detenerse un poco más: porque no hay épica sin sufrimiento, ni vuelta sin caída previa.

La carrera de Padilla no fue lineal ni brillante. Pero ahí reside su valor. En un fútbol que mide todo en goles, títulos y rendimientos, su historia muestra el otro lado: la fragilidad, la enfermedad, la recuperación y el coraje. Porque Padilla no regresó para demostrarle nada a nadie. Lo hizo para cumplir una promesa que alguna vez se hizo a sí mismo: seguir jugando, incluso cuando el cuerpo diga lo contrario.