Por Bautista Balbi
El mural más grande del mundo dedicado a un equipo de fútbol no nació con un diseño ni con un presupuesto: nació con una pregunta en Facebook. “¿Hay una pared tan larga en Morón para pintar algo grande?”, escribió Micky Letras. La respuesta llegó desde el Barrio San Juan: sí, existía, ahí donde está la Base Aérea. Desde ese momento, vecinos e hinchas de Deportivo Morón empezaron a acercarse para dejar lo que podían: pintura blanca y roja, pinceles, rodillos. Hasta que hubo suficiente para intentarlo. “Se me pone la piel de gallo cada vez que pinto”, expresó Micky, quien encabezó la obra que en 2020 transformó doce cuadras en una columna vertebral roja y blanca. Desde el inicio, se decidió que aquel trazo extendido contara escudos, años de historia, homenajes y la amistad con Tigre. La pandemia detuvo al mundo, pero también descascaró la pintura recién puesta. Así quedó definida la primera etapa.
En 2025 comenzó la repintada de este mural. Esta vez, además de restaurarlo, decidieron extenderlo todavía más: de las doce cuadras originales a diecisiete. Para eso, los artistas de “Tigre Pinta” cruzaron el conurbano para sumarse. “Vinieron y se coparon porque ellos también dibujan”, contó Micky. El objetivo es terminar a finales de este mismo año, en el que la pintura también celebra medio siglo de hermandad entre el Gallo y el Matador. No fue un proyecto oficial ni un encargo cultural: fue la emoción de un barrio que decidió pintarse a sí mismo.
Pero el relato empieza mucho antes, en un mural más pequeño. En el puesto de diarios de Hugo Ferrante, frente a la municipalidad de Morón, un gallo se posa sobre el escudo con una frase que es despedida: “Papá, tu querido Gallito y tu familia te recordaremos siempre”. Esa pared, pintada por Micky Letras, no homenajea a un dirigente cualquiera, sino a Filiberto Ferrante, socio Nº 1 y primer presidente del club. Desde allí, la historia retrocede hasta junio de 1947, cuando en el viejo bar de Volpi quince vecinos soñaron con un club que representara a la zona oeste.

Carlos Pagano, con su proyecto y su terquedad de técnico barrial, empujó la idea; Ferrante la transformó en institución. Debajo de la Platea Ferrante, en el Nuevo Francisco Urbano, el retrato de Pagano, pintado por la agrupación Gallos Porteños con el trazo de Micky Letras, lo define con una frase que resume su legado: “El hombre que inventó una pasión”. Así nació Sportivo Morón, que pronto cambiaría su nombre a Deportivo Morón.
Unos metros más allá, dentro del estadio, un mural caricaturiza a Omar Valentín Bargas, el arquero que se convirtió en leyenda. Su historia empieza el 14 de mayo de 1966, cuando debutó con triunfo 1–0 ante Sportivo Italiano. Ese mismo año estableció un récord que, pese a las seis décadas transcurridas, sigue invicto: 619 minutos sin recibir goles defendiendo el arco del Gallo. En 1968 fue figura del ascenso a Primera A tras el empate ante Unión de Santa Fe. La obra, pintada por “Titi” Alberto Albarracín, respira fileteado porteño y memoria ardida. “Mi trabajo es buscar algo original y único para pintar”, dijo el artista, quien también dejó su huella en otro mural decisivo del club.
Dentro del estadio, el mural homenaje al equipo campeón de la Primera B de 1970 recupera una gloria que, aunque no significó ascenso, quedó bordada para siempre. Allí “Titi” profundiza su mirada: “Cumplen el sentido de identidad e integración del barrio: los colores, el logotipo, los jugadores y técnicos. Se merecen su espacio, ser reconocidos. La idea surgió del Departamento de Historia del club, de mi amigo Diego Vera y de la comisión directiva. Me convocaron, hice el boceto, nos pusimos de acuerdo y me puse a pintar. Me llevó una semana y algunos días más; me ayudaron los muchachos de la comisión con la base, la escalera y unos mates, y mi hermana Alicia. Fue un gran desafío. Estoy en recuperación del síndrome de Guillain-Barré y escucharlo anunciado por los altavoces del estadio fue como hacer un gol en un Mundial, con Messi y Diego jugando”.

Entre paredes que recuerdan héroes y glorias, el recorrido del mural encuentra su punto más extenso en la calle Farré, en el corazón del Barrio San Juan, donde se despliega el mural futbolero más largo del mundo dedicado a un club. Allí, más que una sucesión de escudos y fechas, se pinta una historia que sobrevivió al papel: la de la amistad entre Morón y Tigre. Todo empezó en 1975, cuando un disparo policial en un partido feroz quebró la rivalidad y unió a dos hinchadas que eligieron cuidarse en medio del caos. Ese pacto, nacido del espanto, creció con los años hasta volverse orgullo compartido. Y hoy, cinco décadas después, vuelve a tomar forma en la pared.

Dentro del club, otro mural, creado por el Departamento de Derechos Humanos y pintado por el equipo de arte de Villa Mecenas, profundiza todavía más. Allí están Héctor Demarchi, Néstor Pedernera, Luis Daniel García y Oscar Cobacho: hinchas de Morón desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar (1976–1983). También se destaca la presencia de Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo, cuyo rostro simboliza la lucha por la memoria, la verdad y la justicia. En una pared cálida, el gallo vuelve a decir presente, recordando que la identidad futbolera también custodia la memoria histórica.

En Abel Costa y Moreno, esa mezcla entre historia, identidad y silencio encuentra un nuevo idioma. Rodrigo Acra, referente del arte urbano, lo resume así: “Los murales son una de las formas de generar pertenencia en los barrios: la gente se aferra a ellos como algo propio de la cultura local, sirven para construir identidad”. En esa esquina conviven un gallo con alas que proclama “No tiene cura esta gran enfermedad” y un homenaje a Malvinas, donde las islas aparecen pintadas con la bandera argentina. Allí, la memoria barrial se mezcla con la memoria nacional.
Otra tragedia también quedó marcada en la piel del hincha: Cromañón, la noche de 2004 en que un recital terminó en incendio, caos y duelo nacional, dejando 194 muertos. El mural de “Cromañón – No olvidar”, ubicado afuera del estadio, en la calle Monseñor Angelelli, recuerda que el fútbol también puede ser refugio y abrazo colectivo. Después vendrían el último partido en el viejo Francisco Urbano, la mudanza al nuevo estadio en 2013, la campaña de Walter Otta en 2017 que devolvió al Gallo a la B Nacional y la semifinal de ese mismo año en la Copa Argentina ante el River de Marcelo “El Muñeco” Gallardo.
Y así, mientras el mural más grande del mundo se extiende como una columna vertebral de color, el club continúa su camino. En Morón no se cierran historias: se pintan para que sigan respirando. Cada pared es un capítulo y cada gallo un testigo. En esas superficies donde la pintura se mezcla con la memoria, Deportivo Morón sigue vivo, recordando que antes de ser un club fue, y es, un barrio que aprendió a contarse a sí mismo a través de sus murales.



