sábado, mayo 23, 2026

Cómo el pádel se convirtió en el nuevo ritual social de los argentinos

Por Victoria Calero

Son las nueve de la mañana de un sábado cualquiera en Entre Ríos. En una cancha disponible del pueblo, cuatro amigos calientan y cuchichean. El ruido de las pelotas rebotando contra el vidrio se mezcla con las risas y los insultos cariñosos de siempre. Todavía no terminaron el partido y ya están pensando en el mate y coordinando el almuerzo. El deporte, en ese momento, es casi una excusa.

Esta escena se repite a diario en miles de complejos a lo largo y a lo ancho del país. El pádel dejó hace rato de ser simplemente un deporte: se convirtió en una nueva forma de sociabilidad urbana, un espacio de encuentro intergeneracional y, para muchos, el complemento perfecto del asado del domingo.

El pádel en Argentina dejó de ser un recuerdo nostálgico de los años 90 para consolidarse como un fenómeno cultural y deportivo de alcance masivo.

Un deporte que no distingue edades

Hay algo que el pádel logró casi sin querer: meter en la misma cancha a gente que normalmente no comparte ni el grupo de WhatsApp. Un pibe de veinte años y su viejo, una abuela con su nieta, compañeros de trabajo de distintas edades. No importa quién sea más ágil ni quién tenga más fondo físico, el juego se acomoda solo. No es casualidad. El pádel no te exige ser atleta, no te castiga si llegás tarde a la pelota. Y eso, sin que nadie lo haya planeado así, terminó siendo su mayor gancho social.

En términos concretos, el crecimiento es difícil de ignorar. Según datos de la plataforma Easycancha, el pádel fue el deporte más reservado de toda Latinoamérica en 2025, concentrando el 46,3% del total de turnos deportivos. Muy por encima del tenis (26,9%), el fútbol (9,4%) y el squash (5,8%). En Argentina, las canchas crecieron más de un 30% en los últimos tres años, y hoy se estima que más de 3 millones de personas lo practican regularmente.

El rol de las redes y la visibilidad

Las redes sociales fueron clave. En Instagram y TikTok circulan los videos de los argentinos Agustín Tapia, Federico Chingotto, el super ratón, Delfina Brea en jugadas imposibles e increíbles, los tutoriales para principiantes y los clips de grupos de amigos festejando un punto o burlándose del peor revés de la historia. Ese contenido genera un efecto viral que ninguna campaña publicitaria podría comprar: la sensación de que todos juegan, de que uno se está perdiendo algo.

A nivel profesional, el Premier Padel, el circuito internacional de mayor jerarquía, eligió Buenos Aires como sede de su torneo P1, uno de los más importantes del calendario. Este año se llevó a cabo la quinta edición y el resultado fue lógico: Argentina copó Parque Roca y batió la marca mundial con la presencia de 16.920 personas en el Estadio Maryn Teran de Weiss.

Una nueva forma de hacer vínculos

Quizás el dato más revelador no sea el de los jugadores ni el de las canchas, sino el de lo que ocurre fuera de ellas. El pádel se juega de a cuatro, siempre. Esa condición estructural lo transforma automáticamente en un acto colectivo. No hay manera de jugar solo. Y esa obligación de ser cuatro termina siendo, paradójicamente, uno de sus mayores atractivos, obliga a organizar un plan, a juntar gente, a hablar con alguien que hace semanas que no llamabas.

En un contexto de creciente aislamiento urbano, el pádel apareció como un formato de sociabilidad con reglas claras y barreras de entrada bajas.

No hace falta ser bueno. No hace falta tener equipamiento propio. Alcanza con querer estar.

¿Una moda o un cambio cultural?

La pregunta que muchos se hacen es si esto es pasajero. El pádel ya tuvo un primer boom en Argentina en los años 90, que se diluyó tan rápido como llegó. Esta vez, sin embargo, varios indicadores sugieren que la historia es diferente. La infraestructura creció de manera sostenida, hay inversión privada, hay un circuito profesional consolidado, y los jugadores son cada vez más jóvenes. La Federación Internacional de Pádel incluso trabaja para que el deporte sea olímpico en 2032.

Más allá de los datos y los pronósticos, hay algo que los números no terminan de explicar. ¿Por qué, en un país donde el tiempo libre es escaso y la economía aprieta, tanta gente elige invertir su sábado a la mañana en una cancha de pádel? La respuesta quizás sea la más simple de todas, porque ahí, adentro de esa caja de vidrio y metal, todavía se puede estar con otros. Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.

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