Por Máximo Clemente
Dos clubes y dos barrios que trasladan familiaridad y pertenencia dentro de dos mundos que laten al mismo ritmo, a menos de cinco kilómetros de distancia. Distintos deportes y esencias, pero todo de la mano con el fútbol, aquel deporte que ganes o pierdas, la pasión es vital. Nace de sus hinchas que en su mayoría son quienes lo alzan y le dan vitalidad. Según la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), 300 mil socios acompañan y alientan a los clubes en el ascenso en 2025.
El lema “club es de los socios” se hace notar especialmente en Temperley y Los Andes, en el sur del conurbano de la Provincia de Buenos Aires. Aportan pulso barrial en cada esquina con el sonido de los bombos y sus colores representativos: celeste por un lado y blanco con rojo del otro. Territorio de zona obrera y calles de barro en el sur. En ese contexto nacieron, por un lado, el Gasolero, fundado en 1912, con 9.000 socios y en la Primera Nacional, al igual que el Mil Rayitas, fundado en 1917 con un promedio de 8.000 almas por partido.
Este barrio de Lomas de Zamora es anécdota y viveza, como en la previa de cada partido de Temperley con la humeada desde la esquina sobre Dorrego. Será el olor a chorizo, carne o carbón en la parrilla “La Celestita”, en Temperley. Ese olor a asado, característico de cada argentino. Parrilla chica en su exterior pero parada segura para hinchas que tienen su ritual antes de ingresar al Alfredo Beranger, sobre la Avenida 9 de Julio.
Rodeado de brasas, humo gris e identidad celeste, Alejandro Cuello, hincha de no más de 60 años con una vestimenta acorde a su época, jean, camisa a cuadros y bigote- recuerda sentado en el cordón público: “La campaña de 1982-1983 fue las mejores de la historia en Primera”. Mientras se acomoda la camisa con la mirada en el recuerdo, agrega: “Hasta llegamos a semifinales del Torneo Nacional 1983”. Franco Jara, joven socio de 23 años, asegura que “el ascenso a Primera División en 2014 fue algo perfecto y eterno”. “Crivelli es mi ídolo” , sentencia ante el arquero (foto) que en dicho ascenso fue referente clave atajando dos penales en la final ante Platense del Reducido.

Fuera de la cancha, con parrilla y carnaval. Adentro, en lo institucional, también sus socios levantan la mano con el nombramiento de una nueva platea a Edith Pecorelli, ex presidenta de la institución y fundamental en el levantamiento de la quiebra en 1989. Hoy como legado, y en aquel entonces como sostén en una época negra. El socio se hace notar más que nunca, es por eso que Jorge Rodriguez Turdó, vicepresidente segundo de Temperley, es quien afirma desde adentro: “En Temperley las obras no son solo colocar cemento o butacas; se busca honrar a personas como Edith Pecorelli, que puso el pecho por el club, al igual que cada uno de nuestros jugadores en la cancha en buenos o malos resultados”.
Café Bicentenario, a horas de la mañana, y Dana Hernández, jefa de Prensa de Temperley, se toma ese famoso café cortado en Argentina. Transmite que todos tiran para un mismo lado: por su parte, la identidad como comunidad en posteos, campañas y coberturas para ayudar a crecer en lo social y económico.
Siete años sin estar en Primera se hacen desear. El recuerdo de cuando en 2018 logró llegar a semifinales de la Copa Argentina derrotando a Argentinos Juniors y San Lorenzo en instancias anteriores. El legado del “Glorioso” Temperley en lo más alto, apodo adoptado en los 70 y 80 cuando logró ascensos en 1974 y 1982 a la máxima categoría, y además por codearse ante los equipos más grandes de nuestro fútbol. La pasión, el barrio o la pertenencia fueron más qué la billetera y jerarquía: victorias históricas logradas ante River por 1-0 con gol de Nestor Scotta por el Metropolitano 1983. Misma competición y año la goleada en su favor ante Boca por 3 a 0, partido el cual el Xeneize fue local en el estadio de Atlanta (León Kolbowski). Glorias que no están en la vitrina, sino en la mística, el aguante y el sentido de pertenencia de su gente, que lo acompañó en todo momento, hasta cuando el club entró en quiebra.
A 15 cuadras de distancia, en Lomas de Zamora, su clásico barrial: Los Andes. Rivalidad que comenzó por 1927, aunque los hinchas más añejos dirán que es Banfield, por estar en el mismo partido con una rivalidad que tuvieron a principios del siglo XX en etapa amateur. Pero ante Temperley se late y se siente en cada paso. A pesar de no haberse enfrentado por 14 años por jugar en distintas categorías (de 2000 a 2014), sigue igual de viva la rivalidad con 95 partidos entre sí: 38 victorias para Los Andes, 31 para Temperley y 35 empates restantes.

El Mil Rayitas viene de disputar la B Metropolitana tras cuatro años y no deja de soñar con el ascenso a primera división tras varias temporadas, la última participación fue en el 2001. En el mundo del ascenso, el aguante es parte de la identidad. Para Los Andes, esa personalidad cuando más se hace fuerte es en los peores momentos, como en la temporada 2018/2019 recordada una de las peores de la historia: tan solo ganó cuatro partidos con 13 goles a favor y 24 en contra para finalizar último en la tabla de posiciones, en el puesto 25°. A pesar de ganar el “Clásico del Sur” ante Temperley por 1-0, fue una campaña olvidable, por lo que dictaminó su descenso a la Primera B Metropolitana desde Primera Nacional.
En estos casos, “salvarse” del descenso es pura emoción, delirio y deshago de todo un barrio. El mismo barrio que no solo muestra el amor incondicional dentro de la cancha, sino también afuera y que forja una familia como lo es el básquet, cuando se inauguró en 2020 el nuevo estadio Santiago Agosti, idea llevada a cabo por sus socios, socias y subcomisión de básquet. Son grandes detalles que hacen al club. Una familiaridad que se construye con aniversarios, rifas, colectas con el sentimiento de unidad.
Los hinchas del Mil Rayitas representan partido a partido con su cancionero y dentro de ella una frase que describe: “Pasan los técnicos, pasan los jugadores, pero lo que no pasa es la pasión”. En este caso, sus 25.000 posibles almas en el Eduardo Gallardón. En este enorme club supieron defender sus colores figuras como Jonatan Maidana (foto) (surgido del mismo) o Hernán Díaz, muy queridos y parte de la gran historia de River. “Los Andes es orgullo”, una frase en la entrada del predio “Villa Albertina” sobre la calle Arlucea al 99 que se respira en cada esquina, cada partido. Sí, son simples frases que se reflejan en alguien que viste su camiseta para ir a trabajar, desde algún balcón y en la charla de café entre vecinos o amigos. El aguante se renueva cada vez que el equipo juega, gane o pierda.

Julian Vivas, actual jugador de Fénix y quien hizo inferiores para debutar en 2016, con un total de 28 presentaciones con el club, anticipó cómo se vive: “Los Andes me dio la oportunidad de crecer como persona y jugador. Pasé los mejores momentos en el club pero me quedo con el cariño de su gente; lo hacen sentir en el día a día”. Frente al estadio, el bar “Lo de Tito” no deja de transmitir barrio. Sus hinchas no dejan de visitar y extasian sus banderas o camisetas. Nombres de jugadores ídolos de la institución como Jorge Ginarte, Oscar Giorgi u Orlando Romero se muestran en el menú con sus platos correspondientes: el orgullo y pertenencia que se transmite. Pero no queda ahí, lucen pósters e ilustraciones de los mismos con la identidad al 100%.
Aquel debut de Giorgi en 1973 ante Morón quedó lejos, pero lo que nunca deja de latir es ser considerado uno de los mejores defensores de la historia del club con la mayor cantidad de presencias: 359. “Romerito”, clave en el mediocampo para el ascenso en 2000 y quien más temporadas disputó con el Mil Rayitas, con 15. Por último, Jorge Ginarte, fue el director técnico en este último ascenso de Los Andes en dicho año. Su idolatría se construye años antes, viene de la época de 1968, allí como jugador fue líder y capitán para que el equipo logre la clasificación al Nacional de 1968.
Ilustraciones que con verlas traen nostalgia en todas las generaciones. Entre tantas, aparece una foto que atesora sentimientos encontrados: la de Diego Armando Maradona junto con un hincha con la camiseta de Los Andes, sacada en 2005 en un viaje realizado a Italia por el fanático. Historia mata relato: aquel año 2000 el Mil Rayitas, con una lluvia épica, dio una muestra de carácter ante Quilmes por la final del Nacional B. Días antes había eliminado a Banfield por la semifinal, con el condimento de que se podrían considerar clásicos de la zona. La excitación de la gente de Lomas fue tal que no hubo ninguna lluvia torrencial que los detenga. Fue victoria 2-0 la ida y la vuelta empate 1-1. Todo fue carnaval rojo y blanco con gritos, euforia y locura. Su última gran hazaña épica, siendo tapa de casi todos los diarios. “Los Andes es primera”, titulaba aquella noche de descontrol Diario Popular, acompañado por una foto en la que se ve a los jugadores abrazados, con los ojos llenos de lágrimas.

Sentimiento de clásico único. Barrio y folklore. El tango de ambiente y el fútbol esperando: esas dos expresiones populares argentinas basadas en pasión, ritmo y juego colectivo: en el tango, dos cuerpos se coordinan para “jugar” la música; en el fútbol, un equipo se coordina para “bailar” la pelota. En los dos hay improvisación, emoción intensa y un sentido profundo de identidad cultural.
Un sábado 22 de octubre, en plena primavera. En un fútbol que recién estaba dando sus frutos y popularidad, los corazones de sus hinchas se detuvieron por esa pasión. Varias familias deben tener en sus vitrinas cada uno de los clásicos que pasan. Uno de ellos puede ser el de 1966 a pesar de los casi sesenta años a día de hoy. Con la presencia de más de 20.000 personas en el Eduardo Gallardón, que rugía de rojo y el calor del público que no cesaba para disfrutar de un espectáculo futbolístico. Miles de efectivos policiales y banderas rojas que no paraban de flamear al ritmo de este encuentro correspondiente a la fecha 34 de la Primera B. De un momento a otro todo se derrumbó. Cada gol retumbaba en sus propios jugadores, hinchas y hasta los periodistas que se encontraban allí. Los Andes fue testigo de una derrota que hizo y hace ruido: 6-0 de local ante su clásico rival: Temperley. Al sexto ya no había palabras. Fue todo desolación para su gente.
Pasaron más de diez años de aquel 4 de octubre de 2015 cuando se realizó el “Maratón por la familia” llevado a cabo en el Parque Eva Perón (más conocido como Parque de Lomas), que demuestra la identidad de este clásico del Sur. Allí participaron 1.500 personas con tres circuitos de 7, 3 y 1 km, a favor de la integración y contra la violencia en el fútbol con el famoso lema: “Rivales, no enemigos”. Ese día será recordado por la participación de ambos conjuntos: El Mil Rayitas de blanco y rojo y el Celeste, flameando sus camisetas en un mismo lugar, esta vez también compitiendo pero por la unidad. No fue un hecho aislado. Este clásico en Lomas se vive, no se juega. Temperley y Los Andes no comparten solo una rivalidad sino una misma raíz. Sus colores nunca dejan de latir, fuera y dentro de la cancha.



