Por Tiziano Moreira
“En el fútbol, como en todo lo demás, el éxito es un viaje, no un destino”. Eduardo Galeano, en su libro El fútbol a sol y sombra (1995).
Joaquín Panichelli parece haber traducido esta frase. Aunque no se está hablando de un exjugador, el cordobés entendió temprano que la redonda es una apuesta grande. Lejos de los focos de Buenos Aires, en un rincón de Alsacia, Francia, apostó por el frío para madurar rápidamente, impulsado por el rechazo de quienes no vieron en él una luz que expresara algo.
La identidad del categoría 2002 está marcada por la herencia, ya que es hijo de Germán Panichelli, exdelantero que se destacó en Instituto, tanto que César Luis Menotti lo pidió para River en 1988. Esa genética goleadora convivió con el rechazo de las inferiores de Boca Juniors. Una herida que sanó yéndose a la vereda del frente para convertirse en la joya que Marcelo Gallardo subrayaba con insistencia. Esperaba tener una oportunidad para demostrar su talento en el primer equipo, ya que su nombre sonaba entre las columnas del Monumental, pero nunca llegó.
Su decisión de abandonar River Plate en 2023, tras haber anotado 12 goles en 24 partidos con la Reserva y sin haber debutado oficialmente en el ciclo de Martín Demichelis, fue buscar rigor en el Deportivo Alavés, cuadro de la Segunda División de España. Un movimiento que muchos consideraron necio porque “iba a ser suplente natural”. El cordobés, con frialdad, aceptó.

Su paso por Racing de Córdoba, Belgrano y la posterior formación en Deportivo Atalaya le dieron la técnica necesaria para ser más que un simple finalizador de jugadas. Un 9 moderno, capaz de asociarse y pivotear, que parecía haber encontrado el equipo perfecto para desarrollarse. Luego de un año, armó las valijas para marcharse al Deportivo Mirandés, club de la misma categoría de la que venía.
El jugador de 1,93 metros saltó a la Ligue 1 con el Racing de Estrasburgo, donde metió 16 tantos en 27 encuentros, y había un eco en el horizonte que entonaba la voz de Lionel Scaloni, entrenador de la Selección Argentina. Sin embargo, la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha en un entrenamiento en Ezeiza, durante marzo pasado, cambió todo. En estos momentos, su resiliencia controla el juego.
Con la mirada puesta en los tiempos de recuperación y el hipotético grito de gol con la camiseta albiceleste como materia pendiente, Panichelli entiende que la vida todavía le debe cosas. Quizás su gol más importante sea su capacidad de gestionar la frustración. Ante todo, Joaquín sabe que el triunfo no era llegar a la cima como si nada, sino haber transitado el camino. Y aunque hoy le toque esperar, sigue confirmando que el éxito es un viaje, no un destino.



