Por Mariano Tarradellas
Mi llegada al mundo no fue un proceso de rutina, sino el resultado de un operativo de alta complejidad destinado a garantizar mi primer aliento. Antes de nacer, mi supervivencia dependía de una intervención científica milimétrica que desafió un diagnóstico que, sin una acción inmediata, no permitía la vida extrauterina.
A través de estudios prenatales, la Dra. Claudia Cannizaro quien en aquel entonces era la Coordinadora del Programa de Diagnóstico y Tratamiento Fetal del Hospital Garrahan detectó que yo padecía el Síndrome de CHAOS. Técnicamente, este nombre describe una obstrucción total de la vía aérea superior; en mi caso, las cuerdas vocales estaban completamente “pegadas”, cerrando el paso al aire.
Esta obstrucción generó un efecto dominó durante mi gestación. Como el líquido que los pulmones producen normalmente no tenía salida, estos se inflaron como globos masivos, lo que se conoce como pulmones hiperecogénicos. La presión fue tan grande que desplazó mi corazón hacia un rincón de mi pecho, dejándolo sin espacio para funcionar correctamente. El escenario era crítico: al momento de nacer y cortarse el cordón umbilical, mis pulmones no tendrían forma de recibir oxígeno por sí solos.
Para salvarme, se coordinó un procedimiento EXIT (Ex Utero Intrapartum Treatment) en la Maternidad Sardá. Esta técnica es una cirugía que se realiza mientras el bebé todavía está conectado a la madre.
El procedimiento consistió en extraerme parcialmente del útero materno, pero manteniéndome unido a la placenta a través del cordón umbilical. Durante esos minutos cruciales, mi madre funcionó como un sistema de soporte vital externo mientras los cirujanos operaban mi cuello. En una maniobra de máxima precisión que duró apenas dos minutos y medio, los doctores Hugo Botto y Hugo Rodríguez realizaron una traqueostomía de urgencia para colocarme una pequeña cánula. Solo cuando verificaron que el oxígeno llegaba a mi sangre y que mis pulmones respondían, se procedió al corte definitivo del cordón umbilical. Una gratitud que trasciende la medicina.
Inmediatamente después de ser estabilizado, fui trasladado al Hospital Garrahan, un lugar que se convertiría en mi segunda casa y al que hoy guardo un respeto profundo. Allí, la complejidad de mi cuadro —que incluía una Malformación Anorrectal (MAR)— encontró respuesta en manos de especialistas como el Dr. Víctor Di Benedetto. No tengo más que palabras de agradecimiento para todo el equipo de la terapia neonatal y los cirujanos que se encargaron de reconstruir mi futuro a través de múltiples intervenciones. A ellos les debo la salud y la estabilidad que disfruto hoy.
Sin embargo, debo un gran reconocimiento es para mis padres. Pese a la incertidumbre y el peso emocional de aquellos años, ellos fueron mi sostén incondicional, permaneciendo a mi lado en cada internación y cada paso de este largo proceso. Su fortaleza fue el motor que impulsó mi recuperación, demostrándome que, más allá de la técnica médica, el amor y la presencia constante son los que terminan de sanar. Gracias a la experiencia de esos médicos y a la entrega inagotable de mi familia, hoy puedo estar aquí, estudiando la carrera que quiero y contando mi historia.



