Thiago Nicolás Etchegaray
Mientras la Federación Rusa continúa excluida de todas las competiciones, otras potencias involucradas en conflictos bélicos mantienen su lugar en el calendario internacional. El rol de FIFA y las tensiones políticas detrás de decisiones que exceden lo deportivo.
A principios del 2022 el mundo se paralizó. El jueves 24 de febrero Rusia invadió Ucrania y se convirtió en el mayor conflicto militar en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Rápidamente, federaciones de todo tipo, incluidas las deportivas, manifestaron su repudio absoluto hacia el ataque ruso y su solidaridad con las personas afectadas.
Así fue como el lunes 28 de febrero, 4 días después del estallido bélico, la FIFA no se quedó con los brazos cruzados y, en representación del deporte rey, emitió un comunicado en conjunto con UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol) que, en otras palabras, decidieron “suspender a todos los equipos rusos, tanto a sus selecciones nacionales como a sus clubes” de toda competición internacional “hasta nuevo aviso”, incluyendo las eliminatorias del Mundial (NdR: A pesar de haber conseguido un lugar en el repechaje europeo, la selección rusa fue descalificada, y tampoco pudo disputar el clasificatorio rumbo a la Copa del Mundo 2026 en Norteamérica). “El mundo del fútbol está totalmente unido y se solidariza con el pueblo ucraniano”, expresaron en el escrito oficial los entes rectores.
Aquí el cuestionamiento no está dirigido a la magnitud de la sanción que sufrió la Unión Del Fútbol de Rusia (RFS), puede gustar más o menos ya que en este caso quienes pagan los platos rotos de la política de su país son los futboleros que no pueden disfrutar de su equipo o su selección en un torneo internacional. Pero la sanción allí sigue vigente. El debate surge cuando, aproximadamente, a 2000 kilómetros hacia el sur de la frontera entre rusos y ucranianos, persiste una guerra incansable que involucra, entre otros países con mayor o menor relevancia, a Israel, Irán y Estados Unidos. Mientras el conjunto ruso permanece vetado sin excepciones, estas naciones continúan con normalidad su actividad deportiva global.
¿Acaso esta situación expone la doble vara de FIFA? ¿Son sanciones selectivas?
Fuentes oficiales aseguraron que la diferencia de medidas se debe a la imposibilidad del organismo en resolver problemas geopolíticos (conflicto en la Franja de Gaza), pero sí puede sancionar a una nación por invadir de forma directa a otra (caso ruso). Entonces, la FIFA sancionó a Rusia porque la invasión impactó de manera directa en el correcto desarrollo de las competencias deportivas, sumado que algunas selecciones (Polonia y Suecia) y clubes que tenían compromisos previstos anunciaron que no jugarían los partidos, sean o no disputados en tierras rusas, lo que provocó un riesgo real de boicot. La sanción fue exclusivamente deportiva.
Sin embargo, el foco apunta a la ausencia de sanciones hacia Irán y Estados Unidos, cuyo peso político y económico dentro del sistema internacional —y del propio negocio del fútbol— parece actuar como escudo ante posibles medidas disciplinarias. Pero la realidad es otra: el ente dirigido por Gianni Infantino carece de marco jurídico para castigar a los países por sus relaciones exteriores. Mientras la suspensión de Rusia fue una respuesta directa a una invasión a gran escala que provocó una condena internacional unánime, las tensiones entre estadounidenses e iraníes se manejan como disputas diplomáticas y de seguridad, sin irrupciones con fines de apropiación de tierras, manteniendo la FIFA una postura de no exclusión y monitoreo. Sea polémico o no y aunque contrasta drásticamente con la firmeza mostrada en el antecedente ruso, el máximo organismo del fútbol mundial no cuenta con herramientas reglamentarias claras para sancionar a Estados por sus acciones militares.
Un detalle para nada menor pero que le da más peso y argumento a la no sanción, en este caso, a Estados Unidos: el Mundial se disputará en sus tierras, en conjunto con México y Canadá. Hasta el momento, aunque la Federación de Fútbol de Irán solicitó trasladar sus partidos de fase de grupos (disputará el grupo G con Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda en Los Ángeles) a otro de los países anfitriones por falta de garantías de seguridad, la FIFA no ha recibido otras solicitudes formales de federaciones para boicotear partidos en territorio estadounidense, ni existe una afectación directa a la logística del torneo.
Además, el pasado jueves 30 de abril, Gianni Infantino anunció que el conjunto iraní disputará la Copa del Mundo. “Por supuesto, Irán va a jugar en los Estados Unidos de América. El motivo es muy sencillo: tenemos que unirnos y acercarnos a la gente. La FIFA une al mundo. Tenemos que recordar siempre que hay que ser positivos”, afirmó apenas comenzó el 76º Congreso de la FIFA celebrado en Vancouver, Canadá. Curiosamente, la federación de Medio Oriente fue la única ausente en la convención anual de la organización, aunque 9 días después confirmó que negoció ciertas condiciones que aseguren la seguridad para la delegación, el respeto hacia su cultura y la concesión de visados para el público iraní.
Pero así como preocupa la carencia de sanciones hacia los países implicados en el conflicto bélico, ¿quién asegura que la guerra se mantendrá en Oriente Medio y que Estados Unidos, con antecedentes de ataques terroristas no tan lejanos, no será atacado en pleno Mundial? ¿Nadie se cuestiona si las garantías están dadas para realizar la competición más importante del plano deportivo en suelo estadounidense?
Lo cierto es que la FIFA posee un reglamento que se contrasta de cierta manera con su accionar en ambos casos bélicos. Resulta inexplicable cómo un organismo de tal magnitud y relevancia, que aisló con una rapidez ejemplar a Rusia del panorama internacional, no cuenta con las herramientas legales necesarias que le permitan sancionar a los países que se bombardean mutuamente y provocan la muerte de miles de inocentes. No quiere decir que la guerra ruso-ucraniana esté bien o que se festejen los ataques de Medio Oriente, no, pero este caso que se da en simultaneidad pone en jaque a la FIFA y la opinión popular se cuestiona: ¿por qué se da esta disparidad incoherente de represalias? La doble vara, esta vez, quedó al descubierto



