Por Francisco Gomila
“Yo hablo mucho con la psicóloga del club y el 85 o 90% de las inferiores están en índices de pobreza familiar. Hay un chico de Boca que a veces no va a entrenar porque tiene que salir a recoger cartón con sus padres para ganarse la vida, imagínate la presión que tienen esos chicos de llegar y sacar a sus familias de la pobreza. Algo completamente diferente a lo que se vive en Europa, que con el primer sueldo se compran un Mercedes y yo siempre les digo que en el Mercedes no se puede dormir”.
Quién podría haber dicho esto, ¿no? Podría ser un dirigente, un director técnico, un padre encargado de alguna función estructural dentro del Club Atlético Boca Juniors, quizás. Lo sorprendente es que no se trata de ninguno de estos, sino de un futbolista. Alguien que viene de una realidad completamente diferente a la de este relato, que ni siquiera tiene algo que ver a primera vista con la institución, debido a su marcada nacionalidad española.

De 36 años; con una larga trayectoria por el Viejo Continente ya recorrida; pelo prolijo, corto y castaño, una altura considerable de 1,82 metros y un peso algo impensado para su posición como 71 kilogramos, Ander Herrera es un jugador completamente diferente a los que suelen venir a la mente cuando se habla de alguien que fue figura en clubes muy importantes de Europa como Manchester United, Paris Saint-Germain o Athletic Club de Bilbao. Un mediocampista cuya forma de jugar refleja perfectamente cómo es: sencilla, ordenada, consciente, inteligente.
Qué hace un tipo de estas características en un caos sin igual tanto del fútbol como del día a día como lo es el Mundo Boca, ¿no es así? Como tantas cosas en esta vida, todo se remonta a su infancia. Su fanatismo por el Xeneize nace por la simple y llana razón de que su padre viajaba mucho a Argentina debido a su rol como director deportivo en equipos como Real Zaragoza y Celta de Vigo, y siempre le habló de la institución, su historia y todo lo que conlleva.
“Ander es un enfermo por esta camiseta, no sé cómo un español está tan loco por Boca. Se nota que disfruta mucho de entrenar, del día a día con estos colores y yo le tengo mucho cariño y respeto porque lo que hizo él no lo hace cualquiera”, Leandro Paredes, capitán de Boca, reivindicó su decisión. El vasco llegó a vestir los colores azul y oro en un momento de su carrera que ya estaba prácticamente hecho, donde bien podría haberse retirado o ido a ligas como la saudí o la MLS.
Lo llamativo es que no solo eligió ir a un lejano amor suyo desde pequeño, sino la manera en la que influye sobre este. Tras un año muy complicado por las lesiones, tomó decisiones drásticas como un contrato por productividad y aceptar la suplencia. Hoy es el primer cambio desde el banco de suplentes, y fuera de la cancha lidera el vestuario desde el aparente silencio, sin necesidad siquiera de llevar la cinta de capitán, únicamente con profesionalismo y humildad. Así fue tras el 1-0 en el Monumental, que bien podría haber llevado la cinta con la que terminó el partido y festejar, pero decidió dársela a Paredes.

Herrera es de esos deportistas que distan mucho del estereotipo del fútbol argentino, que generalmente lo ven los jóvenes como una vidriera para llegar a Europa y así llenarse de dinero y trofeos. Aún así, qué curioso resulta que el único jugador activo que haya nacido allá y esté jugando en la liga local sea un experimentado que entienda a los juveniles, pero al mismo tiempo les haga comprender que el fútbol es mucho más que solo patear bien una pelota.



