martes, mayo 5, 2026

Memoria, divino tesoro

Santiago Peñoñori Gaona

En el año 1986, 1174 nuevos niños se llamaron Diego Armando. Muchos padres eligen el nombre de su hijo en estado de emoción violenta, como si no fuera una herencia que le dejan para toda la vida. En Brasil, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, más de 25000 personas llevan “Riquelme” como nombre de pila. El auge se dio entre 2000 y 2009, ¿casualidad?

“Si lo ganamos con gol de Paredes, al nene le ponemos Leandro”, habrán fantaseado cientos de bosteros enamorados y bosteras enamoradas, mientras la panza les avisaba que se venía una nueva edición del Superclásico del fútbol argentino. Leandro Paredes jugaría por cuarta vez este partido, y sería la segunda desde su regreso al fútbol argentino en julio de 2025. En el Monumental, solo había jugado uno antes, en el que ingresó menos de 15 minutos y su equipo empató de manera agónica con gol de Erviti en 2012. Estos tiempos exigen victorias y él buscaba una de ellas, que además le permitiera sostener el invicto contra el Millonario. Era 19 de abril de 2026 y el partido estaba por comenzar, pero antes…

Antes hay que revisar la historia. Es muy de ahora creer que las cosas surgen y se esfuman sin causas ni consecuencias. Leandro Paredes es del barrio Villa Constructora de San Justo. Sin aquel no hay este, y él más que nadie lo sabe. Ocho meses tenía en 1995 cuando dio sus primeros pasos. Una hermana lo soltaba de un lado y la otra lo esperaba con los brazos abiertos, atenta a un posible tropiezo. Siempre malcriado. Daniel y Miriam, sus padres, trabajaban como obrero y aparadora de calzado, respectivamente. Ella, además, oficiaba de ama de casa; mientras que él era quien le tiraba los centros a la olla para que entrene sus chilenas en un arco hecho de garaje.

En 1997, a los tres años, su hermana mayor lo llevó a la canchita de la Sociedad de Fomento La Justina, donde comenzó a patear la pelota con otros. 200 metros dividían la casa del club. 275 pasos para ser más exactos. La ligazón con él nunca mermó y eso quedó demostrado en hechos. “En todas las entrevistas dice que salió de acá”, contó orgulloso el delegado del baby fútbol, José “La Tota” Ferreyra, en el libro Semilleros en el que se aborda la historia de los campeones del mundo en sus clubes de barrio. Algunas camisetas cuando estaba en Boca, un par de videos para encender los sueños de los niños en la entrega de premios de fin de año y la obra magna. El cemento es mudo pero elocuente.

“A pulmón no lo íbamos a poder hacer nunca”, cuenta La Tota. En un club de barrio en el que pagan la cuota solo los que pueden, es inimaginable la posibilidad de techar la cancha. Leandro lo hizo con sus fondos y con la gestión de Miriam que es una eterna agradecida a la educación que le dio el club a su hijo. Al final no fue solo el techo, sino que también remodelaron el buffet, el piso de la cancha y pintaron todo. Los camiones empezaron a hacer ruido días antes de la Copa América 2021 y la obra terminó junto a la racha de 28 años sin títulos de la selección. En julio de ese año se hizo el acto de reinauguración.

“Te vimos crecer, te vemos triunfar. Gracias Leandro por haber hecho este sueño realidad”, decía la bandera que colgaba en uno de los laterales de la cancha. Del otro, un mural del entonces jugador del PSG, que gritaba un gol con la camiseta de la selección y dos escudos que lo escoltaban: el de AFA y el de La Justina. Una motivación para cada niño que pisa esa cancha y espera que ese mural le hable y se la pida cortita con el brazo extendido, para poder tirar una pared. Con el pibe encarador de pelos largos, con el cinco elegante criado a calcio italiano o con el que el 17 de julio de 2021 fue al club con un tapabocas negro y, a pesar de la distancia, pudo abrazar a todos los niños presentes.

En 1999 se puso la camiseta de Brisas del Sud de Mataderos (club en el que hicieron sus primeras armas Gonzalo Montiel, Sebastián Driussi, Walter Kannemann, entre otros) que jugaba en las ligas de baby fútbol que unen al talento de Capital y el del Gran Buenos Aires. Un partido contra Club Social y Deportivo Parque (más conocido como “Parque”) fue la excusa para que el ojo clínico de Ramón Maddoni lo marcara y el formador le ofreciera una prueba en Boca. Lo demás es historia.

Es el deseo de devolver algo de lo aprehendido. Es el resultado de cada tarde transcurrida con el tío Luis, que compartió inferiores con Juan Roman Riquelme en Argentinos Juniors y aprendió a diferenciar lo bueno de lo no tanto. Es volver con el mote de campeón del mundo al club de tus amores, jugar el clásico y ganarlo con un gol tuyo en la cancha de tus vecinos. Es también lo que vendrá. Lo que ayudará a responder una pregunta: ¿Cuántos niños se llamarán Leandro en los próximos años?

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