Por Luca Albornoz
Antes del VAR y las repeticiones en alta definición, el fútbol argentino ya tenía un culpable recurrente. No era un jugador ni un dirigente: era el árbitro. Pero no siempre fue así. En las primeras décadas del siglo XX, su figura apenas aparecía en las crónicas. El partido se narraba desde los equipos y el juez era un detalle menor, casi invisible.
El cambio comienza en los años 20 y se consolida en los años 30, cuando el fútbol se vuelve un espectáculo de masas. Más público, más dinero y más competencia generan también más conflicto. En ese nuevo escenario, la prensa deportiva empezó a transformar al árbitro en personaje. Medios como Crítica lo nombran cada vez más. Ya no es solo quien dirige, sino quien se equivoca, influye o define.
Nombrar fue el primer paso. Incluir su apellido en la crónica, aislar decisiones puntuales, destacar jugadas polémicas. Luego vino algo más decisivo: interpretar. Una falta cobrada dejaba de ser un hecho para convertirse en “dudosa”, “rigurosa” o “determinante”. La prensa no solo informaba, también traducía el partido para el lector. Y en esa traducción, el árbitro empezó a cargar con sentido.
Con el profesionalismo, la sospecha encontró terreno. Los errores, inevitables en cualquier juego, comenzaron a leerse como posibles injusticias. No hacía falta una acusación directa, bastaba con sugerir. Un titular, una frase ambigua, una repetición en el relato. Así se instaló una lógica persistente: cuando el resultado no convencía, el árbitro entraba en escena.
Al mismo tiempo, su figura se fue individualizando. Dejó de ser función para convertirse en personaje. Tenía estilo, reputación y antecedentes. Algunos eran “permisivos”, otros “estrictos”; algunos “inseguros”, otros “protagonistas”. Incluso en revistas más moderadas como El Gráfico, la selección de qué jugadas analizar o qué errores remarcar contribuía a esa construcción.
Con el tiempo, el margen de tolerancia se redujo. La expectativa de imparcialidad absoluta convivió con una presión creciente. Y entonces el árbitro terminó de ocupar un lugar clave: el de culpable estructural. No tiene hinchada, no puede responder públicamente y queda expuesto a la interpretación ajena. Es, en términos narrativos, el antagonista ideal.
La prensa no inventó los errores arbitrales, pero sí ayudó a darles forma, a jerarquizarlos y a convertirlos en eje del relato. Lo que comenzó como un cambio en el lenguaje terminó consolidando una figura central en la cultura futbolística.
Hoy, con tecnología y análisis en tiempo real, esa lógica persiste. El árbitro sigue siendo el punto donde se concentra la frustración. La diferencia no está en su rol, sino en la intensidad con que se lo observa.
El enemigo no siempre estuvo ahí. Hubo que construirlo. Y en esa historia, los medios tuvieron mucho que decir. O, mejor dicho, mucho que señalar.



