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Froilán González, el primer piloto en ganar con una Ferrari

Por Delfina Gatti

Un día como hoy, pero en 1922, nació en Arrecifes José Froilán González, uno de los nombres más grandes del automovilismo argentino. Fue figura clave de la Fórmula 1 en sus primeros años y pasó a la eternidad cuando le dio a Ferrari su primera victoria en la máxima categoría, el 14 de julio de 1951 en el circuito inglés de Silverstone.

Con su estilo aguerrido y técnico, Froilán dominó aquel Gran Premio con la Ferrari 375 y venció nada menos que a su compatriota y amigo Juan Manuel Fangio, que competía para Alfa Romeo. A partir de ese día, el Cavallino Rampante se empezó a consolidar como una potencia mundial y el nombre del argentino quedó ligado para siempre en la historia del automovilismo.

En sus inicios, con pocos recursos pero mucho ingenio, comenzó a competir en las legendarias carreras de Turismo Carretera y en pruebas regionales de ruta abierta, donde rápidamente llamó la atención por su habilidad al volante y su instinto competitivo.

Su primer gran salto llegó en 1947, cuando se midió con los mejores del país en competencias de larga distancia. Al poco tiempo cruzó al otro lado del Atlántico junto a otros pioneros argentinos para correr en Europa, aventura reservada para muy pocos en aquellos años. Allí conoció a Fangio, con quien entabló una amistad y rivalidad que marcaría una era.

A lo largo de su trayectoria en la Fórmula 1, el Cabezón disputó 26 Grandes Premios en los que consiguió 2 victorias, 7 podios y 6 vueltas rápidas. Más allá de los números, fue un embajador del talento argentino en el mundo, reconocido por su humildad y pasión por los autos.

Ya de vuelta en la Argentina, su nombre volvió a destacar con las victorias en las 500 Millas de Rafaela en 1958 y 1959. También brilló en un certamen triangular de Fuerza Limitada disputado entre Brasil, Uruguay y Argentina, donde se consagró campeón en 1959 y 1960. Más adelante, desde su rol de director deportivo, fue protagonista de una transformación histórica: impulsó la llegada del Chevitú al Turismo Carretera, un modelo que marcó un antes y un después en la categoría.

González falleció el 15 de junio de 2013, a los 90 años, pero su legado sigue vivo en cada homenaje de Ferrari y en su Arrecifes natal, donde el automovilismo es casi una religión.

Agustina Maldonado: símbolo de All Boys y promesa en River

Por Malena Reggiani

En cada rincón de la Argentina, en cada provincia, en cada pueblo, en cada barrio, hay una pelota. El fútbol es un fenómeno que trasciende edades, clases sociales, culturas y géneros. En Santa Rosa, La Pampa, esa pelota encontró a Agustina Maldonado.

Con apenas 16 años, ya vistió la camiseta de las selecciones juveniles de Argentina, firmó contrato con River y carga con una historia que la trasciende: la de haber abierto camino en All Boys, el club donde todo comenzó. Allí, cuando todavía no existía un espacio para mujeres, ella insistió con jugar, entrenó junto a los varones y terminó siendo, sin querer, una de las responsables de que la institución abrazara el fútbol femenino.

Durante su infancia, Agustina pasó por varios deportes, pero siempre supo que su pasión era correr tras la pelota. Muchos de sus familiares habían jugado en All Boys de Santa Rosa, pero el club no tenía fútbol femenino entre sus disciplinas, lo que parecía cerrar una puerta. Sin embargo, su papá, Horacio, se reunió con el encargado de las infantiles y pidió que se la incluyera en el equipo…un equipo de varones.

Desde los seis años la santarroseña era la única nena que entrenaba fútbol en el club. Así fue durante varios años, siempre logró destacarse. Jugó torneos masculinos durante su camino en infantiles, pero en las categorías más grandes, no se permite el fútbol mixto.

Su rendimiento la llevó a diferentes pruebas y, en una de ellas, captó la atención de los veedores de River Plate. Con apenas diez años la convocaron para medirse con jugadoras Sub 15. Desde entonces, el Millonario la tuvo en la mira y ella viajaba cada tanto para entrenar y jugar amistosos en Buenos Aires.

Mientras tanto en Santa Rosa, Yasmín Roston, hija del presidente de All Boys y preparadora física, fue la encargada de iniciar el proyecto de fútbol femenino en el club. En 2021, se oficializó el ingreso del fútbol femenino a la Liga Cultural y, con solo 12 años, Agustina fue la figura de la Primera División de un equipo que hizo historia luego de consagrarse a nivel local, provincial y bicampeón en la Copa Federal.

River la volvió a llamar, esta vez para formar parte del plantel Sub 14 que, más tarde, disputó el Torneo Desarrollo organizado por Conmebol, en el que logró destacarse. Fue entonces que Christian Meloni, entrenador del seleccionado Sub 17, la vio jugar para el equipo rioplatense y la convocó para ser parte de la Sub 15, convirtiéndose en la primera jugadora de un club de La Pampa en llegar el equipo nacional. Los llamados de AFA fueron cada vez más frecuentes y, tras varios entrenamientos, en marzo de 2024 fue citada para jugar el Sudamericano Sub 17 en Paraguay, siendo la más joven del plantel con 14 años y 11 meses.

Durante los distintos préstamos que tuvo en River le ofrecieron quedarse en Buenos Aires para jugar en el club. Sin embargo, ella rechazó las ofertas por su corta edad y prefirió seguir entrenando en el club donde dio sus primeros pasos, con varones dos años más grandes que ella, pero sostenía que si quería seguir en el seleccionado debía esforzarse más para no estancarse y el roce con chicos de la categoría 2007 era una forma de exigirse.

En 2024 la mediocampista recibió un homenaje inédito. La Subcomisión de Fútbol del Club All Boys de Santa Rosa presentó un proyecto a la Comisión Directiva para nombrar a las cuatro canchas del club e identificarlas con deportistas que hayan compartido la gloria del club a lo largo de la historia. Una de ellas fue bautizada en honor a Agustina Maldonado.

“Ella tiene solo 15 años, pero nació prácticamente dentro de ese predio y, al jugar al fútbol desde chiquita mezclada con varones, sin querer estaba sentando las bases de la inclusión del fútbol femenino”, expresó Roston, presidente de All Boys.

Finalmente, en agosto de este año Agustina se despidió del club de sus amores con un video en redes, para convertirse en jugadora de River Plate: “Después de 10 años toca despedirme. Tengo mucha alegría porque firmé con River y voy a dar un salto hacia lo profesional, como lo soñé desde que comencé a correr atrás de la pelota. All Boys fue y siempre será mucho más que un club: mi segunda casa, donde crecí como jugadora y como persona. No es un adiós, es un hasta pronto. Gracias por tanto”.

Debido a cuestiones académicas y deportivas, el acuerdo inicial fue un préstamo de seis meses que finalizará en diciembre. Durante este lapso disputará el torneo Conmebol con River y regresará a Santa Rosa para terminar el año escolar y participar de la Liga Araucanía con la selección de La Pampa. A partir del 2026 se mudará a Buenos Aires para convertirse oficialmente en jugadora del Millonario.

Márquez vs Márquez: el duelo de los récords y la ambición

MOTEGI (Japan), 28/09/2025.- MotoGP Ducati Lenovo Team rider Marc Marquez of Spain celebrates his World Champion 2025 title after the race during the Motorcycling Grand Prix of Japan in Motegi, Tochigi Prefecture, northeastern Japan, 28 September 2025. (Motociclismo, Japón, España) EFE/EPA/FRANCK ROBICHON

Por Mariano Centeno

Hace tiempo que Marc Márquez compite para superar sus propios límites. Su competidor más cercano es su hermano Alex, quien también está en Ducati, pero está lejos y ya no lo puede alcanzar. Porque es tan inmensa la diferencia que marca el español sobre el resto, que el pasado fin de semana finalizó segundo, se consagró campeón por séptima vez el Campeonato de MotoGP, y consiguió su noveno título Mundial con cinco fechas de anticipación. Una consagración que lo llevó a igualar la marca del italiano Valentino Rossi, un símbolo del motociclismo, con una estadística asombrosa. 11 victorias y 15 podios en 18 fechas disputadas si se cuenta la de este domingo en el sudeste Asiático. Cabe resaltar que de esos 11 triunfos, siete fueron consecutivos: Aragón, Italia, Países Bajos, Alemania, República Checa, Austria y Hungría. Una racha de victorias que generan que a día de hoy la postal sea la misma: la moto roja de Ducati con el número 93 visible en el coronado frontal que alcanza la línea de llegada antes que todos.

Sin embargo, este fin de semana en Indonesia el rival para Marc fue otro: la ambición por conseguir una victoria en un circuito en el que nunca había logrado un podio en el certamen de MotoGP. Cuando el domingo llegó, la ilusión por saldar una cuenta pendiente le jugó en contra. El resultado fue inesperado: sufrió un accidente con Marco Bezzecchi, quien le pegó con la rueda trasera en la Ducati al español y lo llevó a la leca en la primera vuelta en la curva siete, y terminó con una pequeña fractura en el hombro derecho.

Rápidamente fue traslado a la clínica móvil del circuito para ser revisado de una herida que roza lo nostálgico. El viernes ya había recibido una señal por parte del circuito cuando tuvo una doble caída, pero bajarse de la contienda nunca fue una opción. Las imágenes del accidente impactaron, pero más dolorosos fueron los gestos de su pareja Gemma Pinto que expresaron un shock emocional muy fuerte porque conoce más que nadie, lo que Marc vivió cuando no podía gozar de uno de sus amores.

Fue un golpe en el mismo brazo que recibió cuatro operaciones en 2020 y lo dejó fuera de las pistas por dos años. Una recuperación larga que lo llevó a pensar más de una vez en terminar con su carrera. Los años pasan y desde 2022, año en el que se incluyó a Indonesia en el calendario de MotoGP, sigue siendo un trazado que lo desafía temporada tras temporada.

Sin embargo, le quedan varios asuntos por resolver. Portugal, en noviembre, es el próximo circuito a vencer (allí tampoco pudo ganar hasta ahora). Asimismo, también puede romper su propio récord de victorias en una temporada. Hoy tiene 11 y puede alcanzar y superar las 13 conseguidas por él en 2014, siempre y cuando sepa manejar su desenfrenada ambición por dejar una huella en esta disciplina.

Club Atlético Presidentes de Facto

Por Ariel Atanasio

Durante los años más oscuros de la historia argentina, el fútbol mezclado con la política se calzó los botines y jugó un partido para el olvido. Cuando la argentina estaba siendo castigada por las desapariciones, los asesinatos y las torturas, algunos de los clubes de nuestro país abrieron las puertas a los militares del proceso. A través de honores, palcos y carnets de socios se produjo un apoyo que visto desde un punto de vista actual, se vuelve condenable.

Uno de los casos más representativos de este accionar es el de River Plate, que en 1978 a vísperas del Mundial, la comisión directiva del club en ese momento presidida por el empresario hotelero Rafael Aragón Cabrera, votaba por unanimidad atribuirle la distinción a los genocidas Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti (los tres integrantes de la Junta). Finalmente 19 años después el “Millonario” decidió dar de baja el privilegio de los dictadores en uno de los primeros actos públicos de reparación institucional en nuestro fútbol.

Al otro lado de la vereda, en Boca Juniors ya se habían forjado lazos con miembros del poder militar previamente. En 1972, cuatro años antes del golpe de Estado, durante la presidencia de Alberto J. Armando, Emilio Eduardo Massera fue nombrado socio honorario a través de la Asamblea General Extraordinaria de representantes del club. La distinción se justificaba por “servicios prestados” en relación con la Ciudad Deportiva de la Costanera Sur, un proyecto que, al final, nunca se llevó a cabo. Ese mismo año, el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse también recibió reconocimiento, al ser distinguido como presidente honorario del club.

Con el paso de las décadas, estas distinciones cayeron en el olvido institucional. Sin embargo, durante la gestión de Jorge Amor Ameal, Boca decidió afrontar el asunto: en 2021, a través de una propuesta a la Asamblea de Representantes, se revocaron oficialmente los títulos de socio honorario de Massera y Lanusse.

En el barrio de La Paternal también se registró un caso especialmente polémico. Guillermo “Pajarito” Suárez Mason, uno de los jefes del Primer Cuerpo del Ejército y responsable de numerosos centros clandestinos de detención, fue socio activo de Argentinos Juniors y mantuvo una relación muy cercana con la institución. Se lo vinculó con la contratación de Diego Maradona y con diversos aportes económicos que benefició al club durante los años de la dictadura. Tras recibir el indulto de Menem en los noventa, Suárez Mason regresó a la entidad ya sin su investidura militar. Sin embargo, tiempo después fue escrachado en la puerta del estadio por la agrupación “hijos”. Finalmente, en 1999, la Comisión Directiva de Argentinos Juniors decidió expulsarlo formalmente como socio, marcando un antecedente histórico dentro del fútbol argentino.

En Colón de Santa Fe, el vínculo con el poder militar también dejó su huella. En 1981, cuando el club atravesaba una profunda crisis deportiva e institucional, la dirigencia encabezada por Pedro Giménez decidió nombrar socio vitalicio al general Roberto Eduardo Viola, quien por entonces acababa de retomar la presidencia de facto tras la salida de Videla. En un acto muy simbólico, el club le entregó la llave de oro, un carné vitalicio y un escudito como obsequio distintivo. Mientras los hinchas coreaban en las tribunas “Viola y Colón, un solo corazón”.

Esa escena muestra hasta qué punto la dictadura se infiltró también en la vida institucional del fútbol del interior. Años más tarde, el 16 de junio de 2011, Colón decidió revocar oficialmente la distinción. El acto fue encabezado por el entonces presidente del club, Germán Lerche, junto al Secretario de Deportes de la Nación, Claudio Morresi, y el diputado Agustín Rossi. En esa jornada se rectificó el contenido del Acta N.º 1.888 del 17 de junio de 1981, en la que figuraban no sólo Viola, sino también Carlos Lacoste y Rodolfo Luchetta como socios vitalicios del club.

Cada caso, desde el palco de River hasta las comisiones del sabalero, revela cómo los clubes (por acción o por omisión) fueron parte de una trama donde el poder militar encontró legitimidad de manera simbólica. Hoy, a casi medio siglo del golpe, la revisión de esos vínculos no solo es un acto de justicia histórica, sino también una forma de preguntarse cuánto del fútbol argentino fue y sigue siendo un espejo del país que lo rodea.

De San Luis al mundo y de nuevo a casa: el adiós de Agustín Creevy

Por Adriano Bianchini

El ex jugador de los Pumas eligió cerrar su círculo donde todo comenzó. Luego de los 100 partidos internacionales y cuatro mundiales, su retiro en La Plata no fue solo una despedida, sino un homenaje a sus raíces.

El silbato se alzó por última vez en San Luis de La Plata. Era 16 de agosto de 2025. La cancha no vibraba por un scrum, sino por el aplauso y el cariño de todo un club: amigos, familia e hinchas reunidos alrededor de uno de los suyos. No importó el resultado. En el centro estaba Agustín Creevy, con la camiseta que lo vio crecer y los botines gastados como en sus primeros días, despidiéndose de una carrera única.

Creevy no nació hooker. Cuando debutó en primera en 2004 lo hizo como octavo, y en su paso por juveniles alternó como tercera línea y ala. El gran giro llegó años más tarde: Santiago Phelan, entonces entrenador de Los Pumas, lo convenció de que su futuro estaba en la primera línea. No fue sencillo. “Pensé en dejar el rugby cuando me cambiaron de puesto, pero volví a San Luis y empecé de nuevo”, recordó. Esa transición, que tuvo su primer partido oficial como hooker en 2009 ante Atlético del Rosario, lo terminó de forjar como líder.

Desde allí construyó un recorrido que lo convirtió en el emblema de Los Pumas: más de 100 cotejos, cuatro Mundiales y la capitanía en una de las etapas más desafiantes del seleccionado. Sin embargo, Creevy nunca se despegó de la identidad de su club. “Gracias, rugby, por acercarme a mi club San Luis, lugar que siempre sentí como mi casa”, escribió en su despedida. Y no era una frase para salir del apuro: años antes había prometido que volvería a jugar, aunque fuese un partido, y lo cumplió.

“Yo detesto decir ‘los valores del rugby’. Te hacen parar en una superioridad que no va”, declaró alguna vez, desmarcándose de lo que suele escucharse en el ambiente ovalado. Para él, el rugby fue otra cosa: un espacio de lazos humanos, aprendizajes y, sobre todo, una oportunidad de representar a su país.

Con Los Pumas, uno de sus hitos más recordados fue la histórica victoria ante los All Blacks en 2020, en Sydney. “No me quedó nada pendiente con la camiseta argentina. Pude ganarle a Nueva Zelanda, marcarles un try y dar todo lo que tenía”, reconoció. Esa frase refleja a un jugador que encontró en la camiseta nacional el lugar donde poner a prueba su carácter. Y así lo hizo.

Su retiro también fue un mensaje: lejos de la multitud europea, eligió terminar en la cancha del equipo de sus comienzos, San Luis, rodeado de quienes lo vieron nacer en el rugby. “Esto es el fin de una etapa. No me voy, voy a seguir aportando desde donde pueda”, aseguró con la serenidad de alguien que cumplió cada promesa y ahora respira con tranquilidad.

Fue un líder, un símbolo de Los Pumas y, sobre todo, un hombre que nunca se olvidó de dónde salió. Porque más allá de los mundiales y los triunfos, su gesto más grande fue volver a casa para despedirse. Las raíces se llevan en la memoria y en el corazón, y Creevy lo entendió a la perfección.

Cuando Nalbandian pescó una hazaña en Shanghái

Por Tomás Gómez

El Masters 1000 de Shanghái vuelve a disputarse como cada año, cuando el circuito llega a Asia. En la edición del 2024 Horacio Zeballos llevó la bandera argentina a la celebración del dobles, luego de que junto al español Marcel Granollers logró vencer en la final a la dupla compuesta por Rohan Bopanna y Matthew Ebden. La victoria despertó el recuerdo de cuando dos décadas atrás, David Nalbandian en noviembre de 2005 llegó a la ciudad e hizo valer su apodo de rey coronándose ante Roger Federer, el favorito en el torneo de maestros, al que solo acceden los ocho mejores del mundo.

El de Unquillo entró como suplente tras quedar número 12 en el ranking, luego de una temporada en la que alcanzó los cuartos de final en Australia Open, Wimbledon y US Open. Con las bajas de Marat Safin, Lleyton Hewitt y Andy Roddick se le abrieron las puertas. Esa oportunidad que se presentó fue el inicio de una de las gestas más recordadas del tenis argentino.

Lo particular de aquella participación fue que Nalbandian ya había terminado su temporada. Tras perder en segunda ronda en París-Bercy contra Tommy Haas había regresado a Córdoba y estaba preparando unas vacaciones de pesca en el sur del país. Si el llamado no llegaba a último momento, ni siquiera hubiera estado disponible para viajar, porque planeaba instalarse en un lugar sin señal ni teléfono. La invitación lo tomó por sorpresa en plena desconexión y con unos días de inactividad encima. Llegó a Shanghái a las corridas, sin entrenador, acompañado únicamente por su madre, su pareja y su manager Carlos Costa con quien entraba en calor. El jet lag lo castigó fuerte y durante la primera semana su adaptación horaria fue un problema constante, amanecía de madrugada y al atardecer el cansancio lo desbordaba. Con esas condiciones, debutó con derrota frente a Roger Federer, apenas horas después de aterrizar en China.

En la final se volvió a ver las caras con el suizo, número 1 del mundo, campeón de Australia Open y US Open ese mismo año, dueño de una racha de 35 victorias consecutivas, todo apuntaba a una victoria de Federer, que logró rápidamente ponerse dos sets arriba imponiéndose en ambos tie breaks. Nalbandian logró reponerse, ganó el tercero 6-2, y repitió en el cuarto con un 6-1, forzando un quinto set definitivo. Allí logró vencer en el tie break para firmar una victoria por 6-7(4), 6-7(11), 6-2, 6-1 y 7-6(3) que sorprendió a todos. Consiguió levantar el trofeo del Masters, un torneo dominado por leyendas como Pete Sampras, Andre Agassi y el propio Federer. Para el tenis argentino que ya había festejado con Guillermo Vilas en los setenta y ochenta, y más tarde lo haría con Juan Martin Del Potro en el 2009, aquella hazaña de Nalbandian fue una nueva demostración que el tenis argentino podía vencer a la élite mundial.

Sevilla goleó 4-1 al Barcelona: Maradona estuvo ahí

Por Juan Ignacio Alvarez Roson

El Sevilla goleó 4-1 hoy al Barcelona en el Estadio Ramón Sánchez-Pizjuán por la octava fecha de la Primera División de España. Dos clubes con mucha trascendencia en Europa que comparten el paso de uno de los jugadores más importantes de la historia del fútbol: Diego Armando Maradona.

El desembarco de Diego en España fue con la azulgrana un 4 de junio de 1982; todavía era un pibe y venía de jugar en Boca, aunque su pase le pertenecía a Argentinos Juniors. Su fichaje fue de 7,2 millones de euros, hasta ese momento la transferencia más cara a nivel mundial. En sus dos años por el club jugó 58 partidos y convirtió 38 goles, sufrió hepatitis y una fractura de tobillo que lo dejaron apartado de la cancha por 6 meses. Además, ganó la Copa del Rey, la Copa de la Liga y la Supercopa de España. Su salida del club se debió a la mala relación que mantenía con el presidente José Luis Núñez, la cual terminó de explotar luego de protagonizar una pelea ante los jugadores del Athletic Club de Bilbao apenas consumada la derrota por 1-0 en la final de la Copa del Rey.

De la costa catalana pasó a Nápoles: en el fútbol italiano recibió una suspensión de 15 meses por dopaje y, en 1992, Maradona decidió volver al fútbol español, pero esta vez a Sevilla para ser dirigido una última vez por Carlos Bilardo. El 28 de septiembre fue presentado en un Sánchez-Pizjuán colmado de hinchas, aunque su debut oficial fue 6 días después en un partido contra el equipo que selló su salida del Barcelona: el Athletic de Bilbao. A pesar de que la expectativa era muy alta por el gran fútbol que demostró en temporadas pasadas, las lesiones, los problemas de salud, las suspensiones y el inevitable paso del tiempo hicieron que el astro argentino no desplegara el juego que alguna vez demostró y su vuelta a La Liga duró solo un año, en el que disputó 29 partidos y convirtió 7 goles.

Esta tarde, tras golear 4-1, los sevillanos bajaron de la cima al Barcelona y sueñan con clasificar a alguna competencia internacional. Sin embargo, lo más emotivo del encuentro fue ver tantas camisetas de ambos clubes con el número 10 de Maradona en la espalda. En Argentina y en España, el Diego sigue vivo.

La lógica del escorpión

Por Lisandro Calderón

Cóctel explosivo: años 80, Colombia y un delantero gambeteador devenido en arquero salido de las calles más pobres de Medellín. Amigo de Maradona y de Pablo Escobar. Preso dos veces. En Estados Unidos y Colombia. Máximo responsable de la obtención de la Copa Libertadores de Atlético Nacional. Máximo responsable de la eliminación de Colombia del Mundial de Italia 90. Goles de tiro libre y de penal, infidelidades íntimas, fidelidades públicas.

Más que cuestionable fue el andar de René Higuita por las calles de Colombia y por los televisores del planeta. Criado por su abuela que cocinaba arepas y empanadas para que él las vendiera por Medellín, juntarse unos pesos, jugar al fútbol con sus amigos, comprarse una coca cola y tomarla fría bajo el calor del sol colombiano. ¿Con qué otra cosa puede soñar un chiquito humilde de Colombia?

Al joven René le redactaron su guión los mejores escritores de Hollywood: Llegó a defender los tres palos de su equipo porque el arquero se lesionó y el técnico, sin cambios disponibles, no tuvo mejor idea que mandar al delantero Higuita, hábil gambeteador ya desde entonces, a oficiar de parche temporal en la fuga que tenía su arco.

Higuita soldó el agujero en vez de parcharlo. Tenía el pelo largo como Gatti y adoptó a partir de ese día la posición de arquero. Más tarde pudo imitar a su ídolo saliendo del arco con la pelota dominada inventando, junto a otros, la posición de “arquero líbero”.

A partir de ahí todo fue en alza para el colombiano; ganó la Copa Libertadores con Atlético Nacional atajando 3 penales en la definición contra Olimpia y convirtiendo otro. René acumuló en su carrera 43 goles de tiro libre y de penal, es el tercer arquero en la historia del fútbol con más goles.

Desde arriba solo se puede caer. Colombia volvió a la Copa del Mundo de la mano de René, Valderrama y tantos otros por primera vez desde Chile 1962. Se encontraba en los octavos de final de Italia 1990 en el Stadio San Paolo –nombrado Estadio Diego Maradona décadas más tarde- y empataba sin goles en la prórroga con Camerún.

Higuita volvió a Medellín por unos momentos. Salió del arco como tenía acostumbrados a los aficionados colombianos que, habitualmente, aplaudían el espectáculo que les brindaba aquel morocho de pelo largo rebelde y bigotón cada vez que avanzaba con pelota dominada.

Pero esa vez no hubo aplausos. El arquero perdió la pelota y le dejó todo libre a Roger Milla que anotó su primer gol de esa tarde –luego marcaría el segundo- y dejó a Colombia afuera del Mundial.

Al año siguiente las cámaras que lo habían enfocado como responsable de la eliminación del Mundial ahora lo mostraban entrando a La Catedral para visitar a Pablo Escobar. “Pablo es mi amigo (…) uno tiene que estar con sus amigos en las buenas y las malas”, sentenció el colombiano. Además de su amigo, Pablo era el encargado de sembrar bombas por las calles de Colombia, vendiendo cocaína por el mundo y era el enemigo público número uno del país.

El año 1995 le tenía guardado algo especial, o, mejor dicho, Higuita le tenía guardado algo especial al 1995. En un amistoso entre Colombia e Inglaterra, en Wembley, ante un disparo lejano de Jamie Rednapp, Higuita se tiró de panza al vacío, dejó pasar la pelota y en el aire la despejó con sus dos tacos, que, pegados, simulaban ser la cola de un escorpión que inyectaba veneno en esa pelota que salió despedida para la eternidad.

René protagonizó una de las jugadas más vistas de la historia del fútbol y escribió así un nuevo capítulo dorado en su historia.

El capitán opacado por la discriminación

Por Constantino Ricciari

Pablo Matera vivió en 2020 una de las mayores polémicas en la historia reciente del deporte nacional, junto a sus compañeros Guido Petti y Santiago Socino. Sus viejos tuits discriminatorios salieron a la luz y comprometió no solo su carrera, sino también la imagen de un equipo que buscaba instalarse en la élite mundial.

Pablo Matera nació en Buenos Aires en 1993 y creció en un ambiente donde el rugby no solo era un deporte, sino una escuela de valores. Su físico imponente y su carácter competitivo lo llevaron a destacar en Alumni y luego a vestir la camiseta de Los Pumas. A fuerza de tackles se convirtió en el líder de una generación que llevó al rugby argentino a ganar peso internacional. En 2018, con apenas 25 años, fue designado capitán de la selección, lo cual fue un reconocimiento a su compromiso dentro y fuera de la cancha.

El 2020 debía ser uno de los años más gloriosos de Los Pumas. En noviembre de ese año en el CommBank Stadium en Sydney, Pablo como el capitán de un equipo con hambre de gloria frente al equipo más imponente del hemisferio sur, los All Blacks con una muy emotiva despedida a Diego Maradona, donde brindaron una camiseta con su nombre previa al famoso “Haka”. Este partido fue bisagra en la carrera de muchos de Los Pumas, le estaban ganando por primera vez en la historia a Nueva Zelanda. En este contexto, Matera vió como le pegaban a un compañero en el suelo, por lo que lo apartó y lo confrontó. Luego el árbitro le pidió que dé el ejemplo a lo cual le contestó de una forma peculiar: “Yo juego por mi país, por mi bandera no me puedo permitir que le peguen así a uno de mis compañeros”.

Matera arengó a sus jugadores y se mostró como el conductor de un grupo joven que soñaba con ser respetado en todo el mundo del rugby. Sin embargo, esa imagen de líder se derrumbó en cuestión de horas cuando salieron a la luz viejos tuits suyos con contenido racista y xenófobo, escritos cuando era adolescente, sumado al pésimo homenaje que hicieron por el fallecimiento de Diego Maradona. No presentar camisetas especiales cuando ya estaban hechas y no hacer minuto de silencio con una tira de luto, fueron el inicio de su caída.

Los medios argentinos actuaron de forma tan inmediata que llegó a oídos del World Rugby, institución que gobierna el rugby. Matera fue suspendido como capitán y apartado del seleccionado, en una decisión que la Unión Argentina de Rugby comunicó de forma apresurada para evitar que llegue a mayores consecuencias. El escándalo se multiplicó en redes sociales y medios internacionales, que pusieron en duda la cultura del rugby argentino. El jugador pidió disculpas públicas, reconoció el daño y aseguró que esos mensajes no lo representaban. Para algunos, fue un gesto sincero, para otros, una reacción falsa por las circunstancias.

El caso fue devastador y pudo haber sido una causa para que decayera el Rugby argentino. Muchos se preguntaron cómo un referente deportivo, convertido en ejemplo para jóvenes, podía cargar con ese pasado. Otros señalaron que no debían juzgarlo con los parámetros actuales por dichos escritos en la adolescencia. Lo cierto es que este caso abrió una brecha, entre  la distancia entre los valores que el rugby predica (respeto, solidaridad, integridad) y las conductas reales de algunos de sus protagonistas.

Con el paso del tiempo, Matera volvió a jugar y recuperó terreno en su carrera profesional en clubes de Francia y Nueva Zelanda. Pero su nombre quedó manchado con esa polémica. El capitán que fue bandera del orgullo Puma terminó siendo también símbolo de que hay que pensar qué hacés con la redes sociales, hay cosas que quedan para siempre

Hoy, cada vez que se lo menciona, el contraste es inevitable. Pablo Matera sigue siendo un jugador de élite, subcapitán de Los Pumas, capaz de liderar dentro de la cancha, pero también un recordatorio de que la responsabilidad de un referente va más allá del partido. Su historia enseña que el rugby argentino no solo debe entrenar tackles y scrums sino que, también necesita revisar su cultura y sus valores, para que la inclusión no sea un discurso vacío sino una práctica real.

El Patroclo del básquet

Por Juan Osorio

Luis Scola fue un referente silencioso e invisible, un líder que esperó su turno y que ocupó un lugar en la historia del deporte argentino como uno de los máximos exponentes. Hoy, es recordado por cada uno de sus compañeros en cada convocatoria de la Selección.

La pelota pica y pica sobre el suelo brillante de madera antes de que un escolta intente un tiro de tres. Cuando ocurre, el balón viaja por el aire, superando a varios jugadores y, tras rebotar en el aro, queda suelto.  Ahí, donde bota el balón, hay un hombre que se entregó en silencio, miró atentamente cada detalle y aguardó su oportunidad.

Luis Scola nunca fue el héroe principal de los equipos en los que jugó. En la Generación Dorada ese lugar lo ocupaba Emanuel Ginóbili. Al igual que Patroclo en La Ilíada, Scola entendió que podía aportar desde otro lado significativo: sacrificarse por un objetivo y tratar de conseguirlo con todas sus energías.

“Luifa”, como se lo apodó en sus primeros años en las selecciones juveniles, sabía que formaba parte de un grupo selecto de atletas históricos. Por eso fue elegido como abanderado en los Juegos Olímpicos de Río 2016, aunque siempre intentó quitarle dramatismo. “No me siento cómodo al pensarlo. Yo creo que dentro de 100 años no me van a recordar, así como no nos acordamos de Oscar Furlong”, confesó. Con esa frase dejaba en claro su visión: el mundo sigue, los jugadores pasan y, tarde o temprano, otros ocuparán su lugar.

Su compromiso era algo para destacar, nunca faltó a un torneo en el que debía estar. Pero no era solo su responsabilidad lo que lo hacía resaltar. Cada vez que entraba a la cancha siempre figuraba entre los puntos más altos del equipo.

Hasta sus propios compañeros lo reconocían. “La Selección sin mí es mejor equipo que la Selección sin Scola. No hay un jugador como él, ni en Argentina ni en el mundo”, afirmó Ginóbili en una entrevista. Y así fue como, tras el retiro de Manu, Scola asumió el peso que antes no se le daba: se puso el equipo al hombro y lo llevó a la final del Mundial de la FIBA en 2019, donde por un momento dejó de ser Patroclo y vistió la armadura de Aquiles, transformándose en la máxima figura argentina de la competición.

En la actualidad, Pablo Prigioni dirige la Selección Argentina de básquet. Ante los “fracasos” en los últimos mundiales y Juegos Olímpicos, el técnico señaló que ya no hay más Ginóbili ni Scola en la Selección. Sus palabras recuerdan lo que ese par de jugadores lograron con esfuerzo y constancia, remarcando que en el equipo no importa quién brilla más, sino quiénes sostienen al grupo.

Más allá de sus logros deportivos, Scola también dejó una huella fuera de la cancha. Por eso fue reconocido por otros deportistas como Luciana Aymar, Lionel Messi o Juan Martín Del Potro. Su pasión por el deporte trascendía a su vida personal, cuidando su alimentación, su descanso y el entrenarse con la misma intensidad, así tuviera 20 o 40 años.

En la película “Troya”, que relata los hechos de la Ilíada, hay una parte donde Aquiles dice una mítica frase: “Falta Patroclo”. Y quizás ese es uno de los mayores problemas que enfrenta hoy el básquet argentino. A Luis en los diarios, se tituló como “El atleta casi perfecto”, debido a que en el mundo, la perfección no existe. Sin embargo, ¿qué más le faltó para serlo?