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Hakoah Viena: La historia del campeón que el nazismo intentó destruir

Por Elian Olchansky

En 1909, un año antes de la muerte de Karl Lueger, que fue alcalde de Viena desde 1897 hasta su fallecimiento, se creó el club judío Hakoah Wien (Hacoaj Viena). Ante la cláusula aria, que permitía a organizaciones e instituciones prohibir el ingreso de los mismos, Fritz Löhner-Beda e Ignaz Herman Körner decidieron crear su propio club donde podrían practicar deportes y mantener su ideología e identidad. La traducción de su nombre “la fuerza” lo representará con el correr de los años y su escudo llevará una estrella de David en el centro.

Lueguer desplegó en la ciudad un pensamiento antisemita que fue recogido ideológicamente, entre otros por Adolf Hitler, futuro líder del partido nazi. Desde 1907 vivía allí con el objetivo de realizar su vocación artística en la Academia de Bellas Artes.

Tras ser rechazado de la misma en el examen de ingreso, por dos años consecutivos, vivió al menos 4 años, entre el frío y el hambre de la ciudad austríaca. Reinhold Hanisch, uno de sus compañeros de esa época, contó que en aquellos años de vagabundeo Hitler usaba un sobretodo negro que había sido obsequiado por un amigo judío.

Para la creación de Hakoah los pioneros se inspiraron en “El judaísmo muscular”, una doctrina compuesta y presentada en 1898 por Max Nordau en el segundo congreso sionista*, donde participaba siendo uno de los líderes. Pretendía generar, en cuanto a la actividad física y deportiva, un cambio en el pueblo judío para dejar de ser caracterizado, de forma discriminatoria, como débiles, amantes de los libros y los estudios.

El club se inauguró y los buenos resultados deportivos no tardaron en llegar. El fútbol era la disciplina más destacada y los triunfos depositaron al equipo, compuesto 100% por jugadores judíos, en la primera división tan solo once años después de su creación. En la temporada 1921/1922 los jugadores lograron el segundo puesto.

La primera y única conquista en la máxima categoría fue en la temporada 1924/25 tras quedarse con el título,dejando en la segunda ubicación al Austria Wien(Austria de Viena), el campeón anterior. El equipo era una de las máximas sensaciones en el país que disfrutaba de un fútbol profesional.

Tras esta conquista el equipo viajó a Inglaterra,país creador del fútbol, para jugar contra el West Ham. Este partido se había disputado unos años antes en Austria y terminó en un empate sin goles. Si bien se esperaba una victoria de los ingleses,el resultado fue 5 a 0 a favor de Hakoah.

Luego de eso emprendió una gira que cruzó el Océano Atlántico. Estados Unidos era el próximo destino.

Si bien la mayor necesidad era la recaudación de fondos para poder mantenerse en las primeras planas del fútbol austríaco, ese no era el único objetivo. Los viajes también servían para promover y alentar la práctica de deporte en las comunidades judías de todo el mundo.

El grupo llegó a norteamérica para jugar más de un partido pero nadie imaginaría lo que sucedería mientras estaban allí. El equipo logró promover de gran manera el “judaísmo muscular” en un país que aún miraba de reojo el fútbol. En su cuarto encuentro disputado en Nueva York, frente a los mejores jugadores de la ciudad, el público llegó a ser de 46 mil personas, un récord que se batió recién en 1977 cuando Pelé decidió volver del retiro para engordar su patrimonio, aún más, en el Cosmos de Nueva York. Tras cómodas semanas una parte del plantel, entre ellos Bela Guttman, decidieron no continuar con el equipo y quedarse a vivir allí. Los pagos más elevados fueron una de las causas, pero también, el nulo antisemitismo vivido. En 1928 se creó el New York Hakoah.

En 1930 el club europeo debía jugar en Polonia, país que históricamente ha tenido una numerosa comunidad judía. En 1918, tras el fin de la Primera Guerra Mundial que conllevó la independencia polaca, residían tres millones, la misma cantidad que en 1933, seis años antes que el nazismo invadiera el país**.

El partido que debía jugar era ni más ni menos que contra la selección polaca. El mismo se anunció en los diarios locales como “partido internacional” y se jugó en el campo deportivo nacional. Ese día, también, se escucharon comentarios y gritos antisemitas.

Tras el paso por Estados Unidos y la pérdida de gran parte del plantel los resultados dejaron de ser los que eran hasta ese momento y el equipo perdió popularidad y prestigio.

Otra de las disciplinas en la que el club se destacaba era la natación. El equipo contaba con deportistas como Hedy Bienenfeld, medalla de bronce en los 200 metros del campeonato europeo de 1927, y Fritzi Löwy, que consiguió el bronce en los 400 metros, entre otras. Desde los resultados, era el mejor equipo del país.

En 1936 Judith Deutsch, otra integrante del equipo, que tenía los récords en el estilo media y larga distancia, fue condecorada con la insignia de oro, entregada a los mejores deportistas de Austria. Ese mismo año se disputaron en Berlín, ya controlada por el nazismo, los Juegos Olímpicos. Deutsch se negó a asistir y posteriormente le quitaron sus medallas y fue expulsada de todas las competiciones. A diferencia de ella Hanni Lux sí participó de dicho evento y en el documental “Watermarks”, producido y dirigido por Yaron Zilberman, recuerda que sintió “odio masivo”.

El 11 de marzo de 1938 el ejército alemán entró a Austria y dos días después se dió la anexión, conocida como Anschluss. Al poco tiempo una oficina tenía la labor de confiscar los objetos de los judíos y eran echados de sus trabajos. Con estas medidas, se buscaba que abandonen el país. En noviembre de ese año sucedió “la noche de los cristales rotos”, en la que se incendiaron y saquearon templos, casas y empresas. Entre huidas logradas, deportaciones y asesinatos el número de judíos bajó mucho. En 1933 en Austria había 250.000 mientras que para 1950 había 18.000.

En cuanto a Hakoah, tras el Anschluss el club fue expropiado por el nazismo.Tras el final de la Guerra, en 1945, se intentó volver a poner de pie al club pero al poco tiempo fue cerrado.

El mismo fue creado a causa del antisemitismo y despojado por el mismo motivo. Pero el legado continúa vivo hasta el día de hoy.

En 1936 en Buenos Aires, Argentina se inauguró el Club Náutico Israelita, creado por remeros judíos que no eran bienvenidos en otros clubes de la ciudad por su religión. Dos años después el nombre se modificó a Club Náutico Hacoaj, en honor al club austríaco.

Al día de hoy cuenta con más de 15 deportes y, al igual que su homónimo, logró importantes hechos deportivos*** además de tener un ambiente social que, gracias a socios del club, continúa inculcando valores judíos.

La fuerza, como su nombre lo indica, lo llevó a fundarse y a trascender a través del mundo y de los años. Un club que une historia, deporte y política. Estas variantes, aunque no lo creamos, siempre, van de la mano.

 

 

 

* Movimiento por la creación y continuación de un estado judío.

** Tras el final de la Guerra,en Polonia,había 45 mil.

*** Campeón de la primera división de vóley argentino en la temporada 1999/2000, jugó en la primera división de hockey, actualmente en la segunda categoría y participa en torneo de AFA, al día de hoy en la Liga Escobar, entre otros logros.

A 89 años de la profesionalización del fútbol argentino

Por Álvaro Tscheiller

El 31 de mayo de 1931 fue el día que cambió la historia del fútbol argentino como se lo conoce, ya que en esa misma fecha se disputó el primer partido profesional en la historia del país, entre Boca Juniors y Chacarita Juniors.

El partido, y asimismo el campeonato que obtuvo el club de La Ribera aquel año, no fue el hecho trascendente que cambió el futuro, dado que el encuentro terminó 0-0 y solo simbolizó un dato más para la estadística. Sin embargo, lo importante fue que comenzó una era deportiva completamente diferente a la que existía en aquella época, y una era en la que muchos creen que fue a partir desde ese entonces, el momento en el que se dio inicio al fútbol argentino.

Para entender la situación que vivía institucionalmente el deporte a fines de la década del 20 y principios del 30, es necesario conocer el conflicto entre los jugadores, los clubes y la asociación que regía el fútbol en aquel período.

En un primer lugar, la profesionalización se instauró producto de una huelga de los jugadores el 10 de abril de 1931, realizada no solo por la necesidad de cobrar y ser reconocidos como trabajadores, por lo que era sabido que en ese entonces estaba impuesto el amateurismo marrón, en donde la mayoría de los jugadores, en diferidas cantidades obtenían beneficios económicos. El problema que desencadenó todo fue la lucha contra la “Ley Candado”, la cual significaba que ninguna institución podía fichar a un jugador sin el consentimiento del club de origen.

Además, los jugadores debían permanecer en el club por al menos dos años, antes de pasar a otro. Esto era para evitar el movimiento constante de los jugadores y en cierta forma, ser una barrera para el profesionalismo.

Por consiguiente, la solución que se propuso el 18 de mayo de 1931 frente al intendente José Guerrico, de la presidencia de José Félix Uriburu, fue la desafiliación de 18 clubes de la Asociación Amateurs Argentina de Football, la creación de contratos y la nueva fundación de la Liga Argentina de Football. En aquella liga solo se adhirieron los equipos más populares, entre los cuales estaban: Boca, Huracán, Racing, San Lorenzo, Estudiantes, Gimnasia de La Plata, River, Independiente, Platense, Vélez, Chacarita, Quilmes, Lanús, Tigre, Atlanta, Ferro, Talleres de Escalada y Argentinos Juniors.

Finalmente, sin ser reconocido por la FIFA, dicha entidad continuó con su práctica hasta que el 3 de noviembre de 1934 se fusionaron la Liga Argentina de Football y la Asociación Argentina de Football Amateurs y Profesionales, y se creó la Asociación del Football Argentino, como se la conoce hoy en día.

Socialmente, la profesionalización del deporte generó un revuelo, puesto que favoreció a que los sectores más populares que practicaban la disciplina, puedan ascender de clase, algo que 10 años antes era imposible efectuarse por la razón de que al fútbol lo representaba la actividad recreativa del sector elitista, y esto producía mucha discriminación.

En el sector deportivo, la situación que vivían los clubes en la década del 20 era de un proceso de expansión, por el cual varios equipos como Boca, Gimnasia de La Plata y Sportivo Barracas tuvieron giras por Europa, y Vélez Sarsfield por América en 1930.

Además a nivel selección, la Argentina obtuvo la Copa América de 1921, 1925, 1927 y 1929. Fue finalista de los Juegos Olímpicos 1928 y de la Copa del Mundo de 1930.

Es por este aspecto también, que no fue únicamente una cuestión institucional y económica la profesionalización, dado que el fútbol ya iba camino a ello y era inevitable, es decir, la huelga fue tan solo el detonante a que se dé inicio la misma.

“No estamos cobrando absolutamente nada”

Por Franco Yazbik y Pedro Pérez Naveira

El tenista argentino Santiago Besada, quien participa de los torneos Futures, expuso las dificultades que trajo la pandemia del COVID-19 en el presente y futuro de jóvenes que están teniendo dificultades para financiar su carrera durante los próximos meses.

“Debido al brote del coronavirus perdí la posibilidad de jugar un torneo de interclubes en Francia”, expresó el jugador de River Plate Tenis, que con lo recaudado pensaba cubrir los gastos del resto del año.

El oriundo de Buenos Aires, opinó que estaría bueno que la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales) o la ITF (Federación Internacional de Tenis) otorguen un bono o alguna ayuda a los jugadores para poder mantenerse en este tiempo.

“Hay muchos chicos que después de esto no volverán a jugar por que no tendrán plata para invertir y van a estar desgastados mentalmente”, manifestó Tusa. El deportista de 22 años comentó que va a esperar hasta que se pueda volver a jugar y por eso se entrena todos los días haciendo ejercicios de doble turno.

Besada amplía información sobre su vida en el circuito. Juega 25 torneos al año y viaja a 10 países distintos. Estos torneos son de U$S15.000 a repartir dependiendo la ronda que alcance. Su lugar favorito es Argentina ya que la superficie es de un polvo de ladrillo muy lento que le permite tener un mejor juego y sentirse más cómodo.

Actualmente su equipo está formado por un entrenador y un preparador físico que son fijos pero de ser necesario contrata a algún nutricionista o kinesiólogo para completar su preparación. Para los campeonatos que son a muchos kilómetros viaja sólo o con algún compañero. Aunque esté sin jugar, el deportista le sigue pagando a su equipo y le siguen mandando ejercicios para mantenerse en forma.

Ni la tragedia interrumpió el show

La tragedia de Heysel

Por Ramiro Etchegaray

El 29 de mayo de 1985 es recordado como otro triste capítulo de violencia en un estadio de fútbol. Una vez más, hinchas que no solo alientan transformaron una final continental en una tragedia masiva que se cobró la vida de 39 personas y dejó a otras 600 heridas. Lo que debió ser Bianconeri versus Reds pasó a ser Ultra versus Hooligans. Un episodio lamentable de hace 35 años, pero que de tiempos pasados tiene poco.

En el Estadio de Heysel, Bruselas, se esperaba una fiesta del fútbol, y de fútbol no hubo nada. El Liverpool buscaba su quinto campeonato de Europa, Champions League desde 1992, en una final que lo enfrentaba con el equipo sensación, la Juventus de Platini, compuesto además por varios campeones del Mundial del ‘82. Tras arrasar año tras año en Italia, La Vecchia Signora buscaba llevar su poderío al ámbito continental. Por desgracia, el resultado es lo que menos se recuerda de aquella noche infame.

Barrabravas italianos e ingleses se enfrentaron en una batalla de guapos para nada nueva y con un antecedente muy cercano: el año anterior habían disputado la Supercopa de Europa. La derrota del Liverpool llevó a su gente a Bruselas en búsqueda de una revancha. Muy recordado por los medios en las semanas previas, en las tribunas se podía presentir el deseo de los ingleses de marcar la cancha (y las gradas también) desde temprano para demostrar su supremacía.

Por conveniencia económica de la organización, o tal vez simplemente por negligencia, en algunos sectores del estadio coincidieron los espectadores de ambos equipos, algo que para el ambiente europeo suena normal. Lo que no se tuvo en cuenta fue que en los ‘80, el “hooliganismo” se encontraba en el momento más descontrolado de su historia. Vándalos, borrachos y neonazis eran algunos de los muchos adjetivos que se usaban para definirlos, y a cada lugar al que iban llevaban consigo su hostilidad e insolencia.

El fervor lo notaba tanto Bélgica como el televidente desde la comodidad de su casa. Los Hooligans fueron los primeros en hacerse ver, primero con botellazos y luego con sus mismos puños, por supuesto que dirigidos hacia los rivales, transformados en enemigos. La consecuencia fue una avalancha de italianos y belgas que buscaban escapar de los tumultos. La acumulación de gente se trasladó a la parte baja de la platea, que estaba pegada a las vallas a la altura del campo de juego. Una tribuna entera se apiló sobre un vallado fijo y sin salida de emergencia. Asimismo, por protocolo de seguridad cerraron los ingresos, lo que impidió la salida de mucha gente por esa vía. La cabecera completa se encontraba enjaulada.

Luego de unos largos minutos, el vallado cedió, provocando una estampida de la que salieron ilesos tan solo unos pocos afortunados, quienes se vieron obligados a entrar al campo de juego por una alfombra de cuerpos derribados y encimados.

Como es habitual, la violencia engendró aún más violencia. El desconcierto general causó corridas y altercados con el cuerpo de seguridad, que no vivió una de sus más lúcidas y destacadas intervenciones. Personal médico y ambulancias evacuaron a más de 600 heridos y oficiales de la policía local colocaron 39 cuerpos en bolsas mortuorias.

Pero esto no fue todo. Contra todo tipo de lógica y sin sensibilidad alguna, el partido no se suspendió. “El show debe continuar”. La pobre excusa de evitar una potencial guerra civil en caso de postergación, fue lo que llevó a que una hora y media después del horario estipulado, el balón comenzara a rodar. La FIFA y el alcalde belga hicieron oídos sordos a los reclamos del vestuario italiano de no jugar, mientras que el capitán del Liverpool, Johan Mahieu, no tuvo ningún interés en dejar la final para otro día.

Los capitanes de Liverpool y Juventus intercambian banderines y saludo.

Un improvisado comunicado de los capitanes dio lugar al inicio de la final de la Copa de Europa más manchada de la historia. Se dice que incluso los cuerpos de las últimas víctimas fueron retirados con el partido ya comenzado. El contraste entre el campo de juego y las gradas era muy particular: mientras el árbitro daba por comenzado el partido, centenas de oficiales de la policía rodearon el borde de las tribunas, llegando a reemplazar en algunas ubicaciones a las vallas derribadas. El aburrido 1-0 a favor de Juventus por un penal inventado, que Platini transformó en gol, es de mínima importancia.

Hinchas en la cancha
La policía se dirige a ocupar el perímetro de la cancha antes del inicio de la final.

Los pocos Hooligans identificados tuvieron un efímero paso por prisión y las familias de las víctimas fatales recibieron alrededor de 7 millones de euros en modo de compensación. Por primera vez, la UEFA era condenada responsable. Sin embargo, la penalidad más dura la sufrió el fútbol inglés. Se creía que el verdadero problema no era simplemente el Liverpool, sino que radicaba en las barrabravas inglesas en su totalidad, por lo tanto, se privó a los equipos de la Football Association de toda competición internacional por 5 años (6 para el Liverpool).

Los hinchas ingleses fueron estigmatizados en todo el mundo como gente violenta, y el fútbol inglés jamás recuperó el poderío que tuvo la década previa a la tragedia. Quizás la fuerte presencia de sus equipos más poderosos en las últimas ediciones de la Champions y Europa League señale que Inglaterra está volviendo a recuperar aquel lugar de prestigio dentro del fútbol de clubes europeo.

Antecedentes del estilo sobran en este deporte, en donde se suele avalar que la grandeza de un equipo no dependa de su nivel futbolístico, sino de cuanto barullo y desorden genere su público. Cada 23 de junio se recuerda la Tragedia de la Puerta 12 de 1968 en el Monumental, y cada partido contra Perú la Tragedia de Lima del ‘64, conocida como la jornada más negra dentro de una cancha de fútbol de toda la historia. A la vez, fuera de los estadios, los enfrentamientos entre barras o contra la policía son cada vez más frecuentes. Pocas son las hinchadas argentinas que no entonan cánticos recordando a algún colega asesinado y ninguna la que no amenaza de muerte a sus rivales cada fin de semana. La línea entre alentar fervorosamente a un cuadro de fútbol y creer que el hincha con camiseta de otros colores es el enemigo se afina cada día más.

Un policía belga, contemplando la masacre, sintetizaba a la perfección lo que sucedía y sigue sucediendo en cada acto de violencia alrededor de una pelota: “Es un escenario de guerra, esto no es fútbol”.

 

Argentinos en Mendoza: las pasiones no se mudan

Por Juan Pablo Manera

Pareciera extraño decir que un equipo que fue representado por el mejor futbolista de la historia, que fue campeón de América y que jugó una de las finales intercontinentales más recordadas, poco menos de una década después caería en un pozo que tuvo su fondo en el momento que mudó su localía a más de 1.000 kilómetros de su ciudad natal. Así fue la vida de Argentinos Juniors en los 80 y los 90. En un momento, estás en lo más alto, llegaste al cielo, al último pedestal del Olimpo. Sin embargo, la caída puede ser tan rápida como la de un niño cuando se desliza por un tobogán.

24 de octubre de 1985. Mario Videla se prepara para ejecutar el último penal del Bicho. Julio César Falcioni, por entonces arquero de América de Cali, se revuelca en dirección al palo derecho de su arco, pero la pelota ingresa por el lado contrario. En Asunción, el conjunto de La Paternal se queda con el desempate de la final y se consagra campeón de la Copa Libertadores por primera y única vez en su historia, de la mano de futbolistas como Claudio Borghi, Sergio Batista, Emilio Commisso, entre tantos otros. El país se teñía de colorado.

En diciembre de ese mismo año, Argentinos, como premio al logro obtenido, viaja a Tokio, Japón, para enfrentarse a la Juventus de Michel Platini y Michael Laudrup en busca de alzar la Copa Intercontinental. Los dirigidos por José Yúdica estuvieron dos veces arriba en el marcador, pero los de Turín hicieron fuerza y se llevaron el campeonato desde el punto penal.

Pocos años después, la economía de Argentinos Juniors se devastó gracias a los nocivos manejos dirigenciales. Apenas 8 años habían transcurrido desde la consagración continental, con un fútbol de alto nivel, y parecía mentira que el club haya caído tan bajo.

El declive comenzaba iniciada la década del 90. Uno de los principales errores fue el no envío de las renovaciones de los contratos a la AFA, lo que provocó que todos los jugadores del primer equipo quedaran libres. Entre ellos se destacaba la figura estelar de Fernando Redondo, dueño de un pie galáctico que luego gozaría de una larga carrera por Europa y la Selección Argentina. El mediocampista emigró con el pase en su poder y las arcas del Bicho no aumentaron ni un centavo.

A mediados de 1993, una seductora oferta arribaría a las manos de Luis Veiga, presidente de Argentinos en aquella época. El emisor de dicha propuesta era nada menos que Torneos y Competencias, una de las empresas deportivas más grandes del país. Carlos Ávila, autoridad máxima del canal, le ofrecía al conjunto de La Paternal una gran cantidad de incorporaciones importantes, hasta se habló de una posible vuelta de Diego Maradona. Sin embargo, había una condición: mudar la localía a Mendoza.

TyC vio una gran posibilidad en aquella provincia. Notaban que el abanico de hinchas era superior al que en ese momento había en Buenos Aires. Además, el Gobierno de la provincia cuyana había dado el visto bueno ya que el estadio Islas Malvinas se acercaba a convertirse en un nuevo Elefante Blanco. Veiga no lo dudó y dio el sí. Al contrario de los hinchas, quienes tendrían que viajar horas y horas para ver a su querido Bicho en vivo y en directo. Cabe destacar que en aquellas épocas el equipo jugaba en el estadio de Ferro por una cuestión de dimensiones del campo de juego

El día del debut llegó el sábado 25 de septiembre de 1993 frente a Newell’s, por la tercera fecha del Torneo Apertura. 15.000 personas dijeron presente en el Malvinas, según informó la extinta revista El Gráfico. “Gracias Mendoza”, se apreciaba en una bandera levantada por los jugadores. El partido finalizó 0 a 0 y Osvaldo Sosa, director técnico de Argentinos, ubicó en la cancha a los siguientes once: Rubén Cousillas; Diego Germano, Carlos Bustos, Cristian Traverso y Mauricio Taricco; Damián Facciutto, Leonel Gancedo, Jaime Pizarro y Walter Paz; Marcelo Blanco y Néstor Cedrés.

Las grandes figuras que TyC prometió nunca llegaron. Maradona firmó con La Lepra y su retorno nunca se concretaría. La única personalidad que se destacó fue la de Faryd Mondragón, el histórico arquero colombiano que apenas comenzaba con su extensa carrera.

El proyecto de Torneos y Competencias resultó un rotundo fracaso. La población nunca adoptó a Argentinos como a un club propio, el equipo no logró grandes resultados y se terminó perdiendo más dinero del que se invirtió. Tras la experiencia, Chiche Sosa manifestó: “Sólo faltó el apoyo del hincha mendocino, pero era normal por tratarse de un equipo de Buenos Aires que no era ni River ni Boca”. Además, contó cómo vivió el plantel la situación: “Toda la semana nos entrenábamos en Buenos Aires y los fines de semana viajábamos hasta allá para jugar. No era fácil, porque no nos podíamos adaptar a distintos factores”.

El Semillero del Mundo pegó la vuelta a su ciudad natal. Aunque continuaría con su declive y posterior descenso, en 1995 se demolió el viejo estadio de tablones para luego, en 2003, levantar el todavía vigente Estadio Diego Armando Maradona.

El Mundial de los sacos y de las boinas

Por Franco Schipizza

En la historia del fútbol se han vivido experiencias y anécdotas que quizás sólo este deporte ha logrado por ser una actividad que recorre el mundo desde hace más de 100 años. Desde las categorías infantiles hasta la Selección mayor, de torneos amistosos a la Copa del Mundo, de la competencia amateur a la profesional, todos estos han generado historias en las que se podrían escribir libros, que ya los hay.

Sin dudas, el torneo más deseado e importante es la Copa del Mundo, que comenzó allá por 1930 en Uruguay y que tuvo su última edición en Rusia hace dos años con 21 campeones que dejaron muchas historias en sus hazañas deportivas. Pero no necesariamente debieron ser los consagrados quienes tienen un hecho por contar. La Selección Argentina participó en 17 ocasiones y logró el título en dos oportunidades. Pero muchos recordarán el gol de Maxi Rodríguez a México en el Mundial de Alemania 2006, la retirada del campo de juego de Diego Maradona junto a la enfermera en Estados Unidos ’94, los penales atajados de “Goyco” en Italia ’90 y otros acontecimientos más que perdurarán en la memoria de los argentinos, ya sea de buena o mala manera, sin haber finalizado en la primera posición.

En el Mundial de 1930 han ocurrido situaciones que quizás hoy serían “anormales”, no sólo por cómo ha avanzado lo cultural, la sociedad y la ciencia, sino también por la dificultad de haber sido la primera experiencia para esa competición. En estos tiempos, los jugadores bajan del micro con su bolso, matera y quizás con parlantes para animar la previa del partido, pero 90 años atrás la boina y el saco fueron parte de su conjunto.

Además de botines, medias, short y camiseta, los jugadores salían al campo de juego con dos accesorios de vestimenta más. Uno de ellos fue simplemente por un tema estético, entraban a la cancha con el saco arriba de la ropa del partido y posaban para la foto. Pantalón corto y la parte superior de un traje, impensado en estos tiempos.

Por otro lado, una de las cosas que más llamó la atención en el Mundial fue el uso de un objeto en la cabeza. Con las reglas actuales, el arquero es el único jugador permitido en usar una gorra, lo más probable es que la utilicen cuando tienen el sol de frente. Pero en el torneo disputado en Uruguay, algunos futbolistas de campo utilizaron boinas por la dureza de la pelota. Los balones de la Copa, hubo más de un modelo durante la competencia, estaban fabricados de cuero y su abertura se cerraba con tiento. Ellos decidieron proteger la cabeza con ese accesorio para evitar cortes y heridas al momento de cabecear.

Severino Varela, quién supo ser símbolo de Boca en la década del 40, fue también reconocido por su boina blanca y comentó sobre su uso años anteriores que “la pelota era de tiento, por lo cual era dura y más teniendo en cuenta si estaba mojada, su peso aumentaba”. A pesar de esto, algunos jugadores se las ingeniaron e insertaron papel de periódico o cartón dentro de ella para amortiguar el golpe.

El saco y la boina fueron algunas de las tantas historias que quedaron del Mundial de 1930 en Uruguay, una competencia que quedará en la retina de todos por ser la primera del torneo más lindo del mundo.

La primera final: una guerra que ganó Uruguay

Por Tomás Lucero y Tomás Tesoriere

Hubo un día en que la pelota fue una bomba, en el que dos países no se enfrentaban solo dentro de la cancha, sino que la auténtica pelea estaba afuera, y fue nada más y nada menos que en una final del mundo. En 1930 se disputó en Uruguay el primer mundial de fútbol en el que el local fue campeón tras vencer a Argentina en el último encuentro por 4 a 2. Pero la rivalidad dentro del campo pasó desapercibida, debido a que surgió otra, una que venía creciendo de a poco hasta que explotó.

No eraa la primera vez que se jugaba “El clásico del Río de La Plata”, ni tampoco la primera final entre ambos países, ya que contaban con un historial previo en Copa América y Juegos Olímpicos, que tenían como mayor ganador a Uruguay, el último caso en Ámsterdam 1928.

En 1924, luego de que los orientales consiguieran el oro en los Juegos de Paris, Argentina lo desafió a un partido ida y vuelta para ver quien era el “mejor”. Dicho enfrentamiento, como se esperaba, no terminó debido a una batalla campal dentro y fuera de la cancha, con el delantero charrúa Hector Scarone golpeando a un oficial y tirándole piedras a los hinchas, quienes devolvian el gesto. Un mes después de ese incidente vino un hecho que marcaría el futuro del fútbol sudamericano, la primera muerte en el marco de un partido. Se disputaba el Sudamericano en Montevideo, en el cual el local salió campeón. A la salida de un estadio, un grupo de uruguayos y de argentinos se enfrentaron en las inmediaciones. La pelea dejó un muerto, Pedro Demby, tras un tiro de un “barra” argentino.

Ya en Mundial del ’30, la tensión fuera del campo era inmensa, tanto entre hinchas como jugadores, y en cada partido de Argentina, la gente charrúa estaba presente para arrojar proyectiles o insultar los 90 minutos y una vez finalizado el encuentro, invadir el campo. Dichos actos sumados a romper el micro de los futbolistas y ataques a los simpatizantes, dejaron a los jugadores argentinos en una posición en la que querían abandonar el torneo, pero el presidente uruguayo, Juan Campisteguy, intervino para brindar seguridad.

Pero el día clave fue el 30 de julio, la final. Ambas selecciones estaban presentes en el Estadio Centenario de Montevideo para disputar el trofeo. Con el grito de “Victoria o muerte”, casi 30.000 argentinos intentaron entrar al país, pero menos de la mitad solo lo consiguió. El estadio estaba repleto, más de 90.000 almas dijeron presente, los cuales tuvieron que pasar por severos controles policiales para prevenir el ingreso de armas.

El partido no había comenzado que ya había discusiones por la pelota con la que se jugaría, por lo que el árbitro belga John Langenus hizo dos sorteos, uno para elegir el campo y el otro la bola con la que se arrancaría. El primer tiempo se jugo con la pelota de Argentina mientras que en el segundo lo fue con la uruguaya.

El encuentro comenzó a favor de los albicelestes, quienes lograron adelantarse en el marcador en dos oportunidades y encajaron tan solo uno. Se iban al entretiempo con el resultado a favor. Pero en esos 15 minutos hubo amenazas de muerte a varios jugadores argentinos sumado a 300 militares que se posicionaron al costado del campo de juego; era un clima de guerra.

Con ese marco, la Selección Argentina salió al complemento asustada,. Uruguay aprovechó esto y dio vuelta el partido por 4 a 2. Una vez más los charrúas vencían a sus vecinos. Pero no quedo todo ahí, una vez finalizado el encuentro, barras bravas del local esperaron al plantel contrario y a sus hinchas para darles una “despedida” en el puerto. Tanto jugadores como fanáticos de nuestro país, tuvieron que subirse a algunas lanchas por detrás de los barcos para no ser golpeados por los uruguayos.

Esto puso fin a las relaciones entre estos dos países tras confirmarlo en un comunicado la Asociación Amateur Argentina de Football. La otra consecuencia, fue la aparición de los barras bravas y su violencia en el fútbol. Una problemática que a día de hoy por cuestiones políticas o económicas de los clubes, aún no se pudo resolver.

 

El Manco Castro: tan grande adentro como afuera de la cancha

Por Joaquin Cirigliano 

Sin medio brazo izquierdo desde los 13 años, convirtió el primer gol uruguayo en mundiales y el último del torneo organizado en 1930. Fue campeón del mundo y sumó más títulos internacionales con La Celeste. Cuando se habla de Héctor el Divino Manco Castro, estos son los momentos más conocidos de su historia, que lo llevaron a ser una leyenda de la época y que se repitieron hasta el hartazgo, pero ¿qué fue de él después de su etapa como futbolista?

El Manco se retiró en 1936 en Nacional de Montevideo, donde jugó casi toda su carrera. Tras terminar su etapa como jugador, se dedicó a la dirección técnica. Empezó como ayudante de William Reaside, entrenador escoces que dirigió a Nacional por un año y, en la temporada de 1939 ganaron el segundo torneo “Nocturno Rioplatense”  en el que jugaban El Decano, Peñarol y los equipos argentinos Boca, River, San Lorenzo, Racing, Independiente, Estudiantes La Plata, Newell’s Old Boys y Rosario Central.

La copa uruguaya de 1939-40 la coronó Reaside con Héctor Castro aun como ayudante, en una obtención histórica porque fue la primera de las 5 consecutivas que más adelante iba a conseguir el equipo del “Quinquenio de Oro”, como fue denominada esa época del club, en la que “El Manco” fue uno de los protagonistas principales. Rápidamente se volvió un gran entrenador, se adaptó a las circunstancias y supo explotar a las figuras de su equipo como lo fueron Luis Ernesto Castro, Aníbal Ciocca, Roberto Porta, Aníbal Paz y Atilio García.

Esos cinco años fueron una de las mejores épocas del Tricolor, en los que ganaron 77 de 96 partidos (163 de 192 puntos posibles), anotaron 318 goles y recibieron solo 108. Pasaron apenas 23 jugadores por el club, número muy bajo para la época. Lo que llama la atención de ese plantel, sobre todo por el momento de la historia del fútbol en el que está situado, es que hayan conseguido todo eso con tan pocos futbolistas en tantos años.

El torneo de 1939 fue definido contra Peñarol, eterno rival, en una final porque habían empatado en puntos. El 28 de abril de 1940 se definió ese campeonato y los dirigidos por “El Manco” ganaron el histórico encuentro por 3-2.

En 1940 quedaron 10 puntos por encima del segundo, pero el siguiente título fue el más recordado, ya que en 1941 Nacional se coronó sin perder ninguna unidad, con puntaje perfecto. Ganaron 20 partidos de 20 e hicieron 79 goles. Finalmente en 1942 y 1943 salieron campeones por tres y cinco puntos de diferencia respectivamente con el escolta, que en ambas ocasiones fue Peñarol.

Al siguiente año se acabó la racha, ya que Héctor Castro se fue del puesto de DT al finalizar el torneo del 43. Ésta fue casi la única aparición de “El Divino Manco” como entrenador, lo que la vuelve aún más histórica, hasta que más de 15 años después, en 1959 llegó a la selección nacional de Uruguay para estar al mando, pero solo pudo ver desde el banco algunos pocos partidos, porque falleció en 1960 de un infarto a la edad de 55 años.

Héctor Castro es historia en el fútbol uruguayo. Pasó de ser “El Manco” a ser Héctor “El Divino Manco” Castro y se lo ganó con sus actuaciones con la selección Charrúa como jugador. Su papel en el mundial de 1930 es de los más recordadas del torneo, pero muy poca gente conoció la genialidad de entrenador que fue.

Zeta Rodríguez, el director de la orquesta

Por Agustín Kuc

Daniel Rodríguez supo llevar las riendas de un equipo nuevo, con fuertes propuestas deportivas e institucionales, implantadas desde la dirigencia de aquel entonces. El hoy gobernador provincial, Alberto Rodríguez Saá, dueño del club durante las campañas de 1989 a 1995, le confió el rol de director técnico con escasa experiencia. Era su segunda aparición como entrenador y el enfoque decidió plasmarlo con actitud, más exigencia física y psicológica. Reforzó el funcionamiento de sus basquetbolistas y postuló la idea de afrontar los encuentros uno a la vez.

“Era muy joven, aprendí mis primeras cualidades y recursos como coach; me colocaron una enorme responsabilidad de la que sin dudar me hice cargo. Para todos significó una etapa de inmenso crecimiento”, señala el Zeta.

Armó un plantel preponderante en materia corporal, entrenado para defender con contundencia y desplegarse de manera rápida al ataque. Trabajaron los lanzamientos de triples y fue su arma letal dentro de la cancha. Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos (GEPU) demostró el profesionalismo compuesto por jugadores de gran talla como Diego Maggi, Carl Amos y Héctor Campana. Deportistas con trayectoria en la Liga Nacional y competencias de alto rendimiento tomaron el juego y lo convirtieron en análisis técnico: obligaban a “abrir el esquema de los adversarios” para introducirse en el área contraria, lo que daba como resultado una amplitud de puntos a favor.

“Nos enfocamos en tener una personalidad definida, sabíamos cómo desarrollarnos mientras corría el reloj y el nivel de exigencia que acarreaba el planteo durante los cuatro cuartos de actividad. Ajustábamos las cualidades que presentaban nuestros contrincantes, pero la máxima obsesión era el ímpetu con el que encarábamos los duelos”, admite el entrenador nacido en Río Tercero.

GEPU fue protagonista en los certámenes de 1991, 1992 y 1993. Posterior a la primera consagración histórica en el torneo local, marcó una tendencia. La modalidad y metodología que exhibió fue instalada por varios nombres de peso mayúsculo. Afincó un básquet innovador, representado por la intensidad y agresividad. Ganó una plaza entre los mejores equipos del país catalogados como los de añeja tradición en el baloncesto, si bien no codeaba con Ferro Carril Oeste y Atenas de Córdoba, luchó para destacarse.

La fama fuera de la disciplina se compuso de rumores negativos, con los hermanos Rodríguez Saá detrás: Adolfo, al frente del gobierno puntano, y Alberto, como senador nacional, el Lobo de Pedernera fue identificado como “el caballo del comisario”. Las incorporaciones de renombre que arribaron al conjunto de San Luis en el mercado de pases del ´90 provocaron incertidumbre en los aficionados del ambiente. Aún así, no fue la institución con mejor respaldo económico, sino que coordinó contratos largos, lo que permitió menores desembolsos y ajustar un proyecto de extenso período.

Rodríguez estuvo vinculado siete años al grupo. En 1988 ascendió a la segunda categoría del básquet local y la llegada a la Liga Nacional se produjo un año más tarde. Para 1990 disputó la Liga Corta, ya que se jugó menos meses debido a la decisión de cambiar el calendario de invierno al de verano. En la temporada 1990/91 conquistó el histórico primer título de la división mayor, al certamen siguiente alcanzó el subcampeonato. Para las competiciones del 1992/93 y 1993/94 pasó a desempeñarse como gerente de la organización. Después del último ciclo, GEPU decidió vender la plaza a Andino de La Rioja y Zeta finalizó su vínculo.

Diego Maggi y los factores del éxito puntano

Por Facundo Rojas

En un relato de este calibre, los testimonios de los protagonistas nos permiten tener una imagen más clara del panorama que envolvía al logro conseguido. El ex jugador Diego Maggi, que fue uno de los dos objetivos de mercado más importantes de GEPU en aquellos tiempos, junto con Héctor Campana, asegura que la clave de todo el éxito del equipo fue gracias al juego que proponían y que no dependía exclusivamente de las individualidades.

El pívot resalta que la presencia de Campana (que acabó por ser nombrado MVP a fin de temporada) hacía que los momentos más complicados fueran más simples de resolver. “Un tipo como él que te solucionaba los momentos difíciles, era todo más sencillo. Jugábamos todos para él, pero él no podía ganar un campeonato solo. Tenerlo a él era una gran ayuda, pero cuando no podía resolverlo todo solo, el resto del equipo estaba para quitarle la presión. Éramos sus ruedas de auxilio”, destaca el cinco veces campeón de la Liga Nacional de Básquet.

La innovación de juego y gran intensidad que tenían el equipo puntano generaba que los rivales se sintiesen ahogados. Maggi resalta que la compenetración del equipo hacía más fácil la tarea individual de cada jugador. “Defendíamos muy bien en conjunto, con las primeras y segundas ayudas. Negábamos a muerte la recepción del pase y le quitábamos casi todas las posibilidades al atacante. Apostábamos a la defensa uno contra uno y a que el rival cometa un error”, especifica el también ex jugador de Ferro y Peñarol.

La estrella de este plantel histórico de GEPU se muestra enérgico a la hora de darle gran importancia al estilo que poseían y enfatiza que había varios equipos que tenían estrellas en sus filas, pero que lo que los hacía distintos a ellos es que no tenían su mismo nivel de juego.

Maggi también explica que, en su día, el equipo no era bien visto porque los demás los consideraban como un equipo del interior con apoyo político, en razón de que contaban con la presencia del entonces senador nacional Alberto Rodríguez Saá: “Sentíamos que no nos respetaban como equipo. A mí lo político no me importaba, solo me interesaba el equipo. Fue un gran desahogo haber salido campeones”.

El también ex integrante del seleccionado nacional se muestra orgulloso de haber ayudado a hacer crecer, al menos un poco, la importancia de la provincia de San Luis. Comenta que el ir consiguiendo resultados generó que un mayor número de  gente se acercara y se sintiera identificada con el club, por lo que progresivamente iban teniendo más visibilidad ante el resto del país.

Sobre la situación actual que atraviesa GEPU, el ex basquetbolista no tuvo más que palabras de lamento por el pobre planteamiento a futuro que tuvo el cuadro puntano. Explica que las acciones dirigenciales se basaron en crear un equipo superficial que tuviera capacidad de pelear por los títulos más importantes de manera casi inmediata, pero esta decisión conllevó el descuido de la cantera. Es decir, este abandono de los equipos de base generó que una vez terminado el período de fuerte dominio en la Liga Nacional, el equipo no tuviera más que decaer en nivel. “Hubo causas políticas en el medio de la disolución de GEPU de la liga. Igualmente, el mayor error fue del club. Tenían un equipo muy fuerte y no se concentraron en los equipos de inferiores. Por eso fue más fácil voltearlos”, expresa ex baloncestista de 2,06 metros. Por último, admite que anhela con un regreso de GEPU a los grandes escenarios: “Ojalá que vuelva a lo que era antes, sería muy interesante que San Luis vuelva a tener un equipo de elite”.