Sin medio brazo izquierdo desde los 13 años, convirtió el primer gol uruguayo en mundiales y el último del torneo organizado en 1930. Fue campeón del mundo y sumó más títulos internacionales con La Celeste. Cuando se habla de Héctor el Divino Manco Castro, estos son los momentos más conocidos de su historia, que lo llevaron a ser una leyenda de la época y que se repitieron hasta el hartazgo, pero ¿qué fue de él después de su etapa como futbolista?
El Manco se retiró en 1936 en Nacional de Montevideo, donde jugó casi toda su carrera. Tras terminar su etapa como jugador, se dedicó a la dirección técnica. Empezó como ayudante de William Reaside, entrenador escoces que dirigió a Nacional por un año y, en la temporada de 1939 ganaron el segundo torneo “Nocturno Rioplatense” en el que jugaban El Decano, Peñarol y los equipos argentinos Boca, River, San Lorenzo, Racing, Independiente, Estudiantes La Plata, Newell’s Old Boys y Rosario Central.
La copa uruguaya de 1939-40 la coronó Reaside con Héctor Castro aun como ayudante, en una obtención histórica porque fue la primera de las 5 consecutivas que más adelante iba a conseguir el equipo del “Quinquenio de Oro”, como fue denominada esa época del club, en la que “El Manco” fue uno de los protagonistas principales. Rápidamente se volvió un gran entrenador, se adaptó a las circunstancias y supo explotar a las figuras de su equipo como lo fueron Luis Ernesto Castro, Aníbal Ciocca, Roberto Porta, Aníbal Paz y Atilio García.
Esos cinco años fueron una de las mejores épocas del Tricolor, en los que ganaron 77 de 96 partidos (163 de 192 puntos posibles), anotaron 318 goles y recibieron solo 108. Pasaron apenas 23 jugadores por el club, número muy bajo para la época. Lo que llama la atención de ese plantel, sobre todo por el momento de la historia del fútbol en el que está situado, es que hayan conseguido todo eso con tan pocos futbolistas en tantos años.
El torneo de 1939 fue definido contra Peñarol, eterno rival, en una final porque habían empatado en puntos. El 28 de abril de 1940 se definió ese campeonato y los dirigidos por “El Manco” ganaron el histórico encuentro por 3-2.
En 1940 quedaron 10 puntos por encima del segundo, pero el siguiente título fue el más recordado, ya que en 1941 Nacional se coronó sin perder ninguna unidad, con puntaje perfecto. Ganaron 20 partidos de 20 e hicieron 79 goles. Finalmente en 1942 y 1943 salieron campeones por tres y cinco puntos de diferencia respectivamente con el escolta, que en ambas ocasiones fue Peñarol.
Al siguiente año se acabó la racha, ya que Héctor Castro se fue del puesto de DT al finalizar el torneo del 43. Ésta fue casi la única aparición de “El Divino Manco” como entrenador, lo que la vuelve aún más histórica, hasta que más de 15 años después, en 1959 llegó a la selección nacional de Uruguay para estar al mando, pero solo pudo ver desde el banco algunos pocos partidos, porque falleció en 1960 de un infarto a la edad de 55 años.
Héctor Castro es historia en el fútbol uruguayo. Pasó de ser “El Manco” a ser Héctor “El Divino Manco” Castro y se lo ganó con sus actuaciones con la selección Charrúa como jugador. Su papel en el mundial de 1930 es de los más recordadas del torneo, pero muy poca gente conoció la genialidad de entrenador que fue.
Daniel Rodríguez supo llevar las riendas de un equipo nuevo, con fuertes propuestas deportivas e institucionales, implantadas desde la dirigencia de aquel entonces. El hoy gobernador provincial, Alberto Rodríguez Saá, dueño del club durante las campañas de 1989 a 1995, le confió el rol de director técnico con escasa experiencia. Era su segunda aparición como entrenador y el enfoque decidió plasmarlo con actitud, más exigencia física y psicológica. Reforzó el funcionamiento de sus basquetbolistas y postuló la idea de afrontar los encuentros uno a la vez.
“Era muy joven, aprendí mis primeras cualidades y recursos como coach; me colocaron una enorme responsabilidad de la que sin dudar me hice cargo. Para todos significó una etapa de inmenso crecimiento”, señala el Zeta.
Armó un plantel preponderante en materia corporal, entrenado para defender con contundencia y desplegarse de manera rápida al ataque. Trabajaron los lanzamientos de triples y fue su arma letal dentro de la cancha. Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos (GEPU) demostró el profesionalismo compuesto por jugadores de gran talla como Diego Maggi, Carl Amos y Héctor Campana. Deportistas con trayectoria en la Liga Nacional y competencias de alto rendimiento tomaron el juego y lo convirtieron en análisis técnico: obligaban a “abrir el esquema de los adversarios” para introducirse en el área contraria, lo que daba como resultado una amplitud de puntos a favor.
“Nos enfocamos en tener una personalidad definida, sabíamos cómo desarrollarnos mientras corría el reloj y el nivel de exigencia que acarreaba el planteo durante los cuatro cuartos de actividad. Ajustábamos las cualidades que presentaban nuestros contrincantes, pero la máxima obsesión era el ímpetu con el que encarábamos los duelos”, admite el entrenador nacido en Río Tercero.
GEPU fue protagonista en los certámenes de 1991, 1992 y 1993. Posterior a la primera consagración histórica en el torneo local, marcó una tendencia. La modalidad y metodología que exhibió fue instalada por varios nombres de peso mayúsculo. Afincó un básquet innovador, representado por la intensidad y agresividad. Ganó una plaza entre los mejores equipos del país catalogados como los de añeja tradición en el baloncesto, si bien no codeaba con Ferro Carril Oeste y Atenas de Córdoba, luchó para destacarse.
La fama fuera de la disciplina se compuso de rumores negativos, con los hermanos Rodríguez Saá detrás: Adolfo, al frente del gobierno puntano, y Alberto, como senador nacional, el Lobo de Pedernera fue identificado como “el caballo del comisario”. Las incorporaciones de renombre que arribaron al conjunto de San Luis en el mercado de pases del ´90 provocaron incertidumbre en los aficionados del ambiente. Aún así, no fue la institución con mejor respaldo económico, sino que coordinó contratos largos, lo que permitió menores desembolsos y ajustar un proyecto de extenso período.
Rodríguez estuvo vinculado siete años al grupo. En 1988 ascendió a la segunda categoría del básquet local y la llegada a la Liga Nacional se produjo un año más tarde. Para 1990 disputó la Liga Corta, ya que se jugó menos meses debido a la decisión de cambiar el calendario de invierno al de verano. En la temporada 1990/91 conquistó el histórico primer título de la división mayor, al certamen siguiente alcanzó el subcampeonato. Para las competiciones del 1992/93 y 1993/94 pasó a desempeñarse como gerente de la organización. Después del último ciclo, GEPU decidió vender la plaza a Andino de La Rioja y Zeta finalizó su vínculo.
En un relato de este calibre, los testimonios de los protagonistas nos permiten tener una imagen más clara del panorama que envolvía al logro conseguido. El ex jugador Diego Maggi, que fue uno de los dos objetivos de mercado más importantes de GEPU en aquellos tiempos, junto con Héctor Campana, asegura que la clave de todo el éxito del equipo fue gracias al juego que proponían y que no dependía exclusivamente de las individualidades.
El pívot resalta que la presencia de Campana (que acabó por ser nombrado MVP a fin de temporada) hacía que los momentos más complicados fueran más simples de resolver. “Un tipo como él que te solucionaba los momentos difíciles, era todo más sencillo. Jugábamos todos para él, pero él no podía ganar un campeonato solo. Tenerlo a él era una gran ayuda, pero cuando no podía resolverlo todo solo, el resto del equipo estaba para quitarle la presión. Éramos sus ruedas de auxilio”, destaca el cinco veces campeón de la Liga Nacional de Básquet.
La innovación de juego y gran intensidad que tenían el equipo puntano generaba que los rivales se sintiesen ahogados. Maggi resalta que la compenetración del equipo hacía más fácil la tarea individual de cada jugador. “Defendíamos muy bien en conjunto, con las primeras y segundas ayudas. Negábamos a muerte la recepción del pase y le quitábamos casi todas las posibilidades al atacante. Apostábamos a la defensa uno contra uno y a que el rival cometa un error”, especifica el también ex jugador de Ferro y Peñarol.
La estrella de este plantel histórico de GEPU se muestra enérgico a la hora de darle gran importancia al estilo que poseían y enfatiza que había varios equipos que tenían estrellas en sus filas, pero que lo que los hacía distintos a ellos es que no tenían su mismo nivel de juego.
Maggi también explica que, en su día, el equipo no era bien visto porque los demás los consideraban como un equipo del interior con apoyo político, en razón de que contaban con la presencia del entonces senador nacional Alberto Rodríguez Saá: “Sentíamos que no nos respetaban como equipo. A mí lo político no me importaba, solo me interesaba el equipo. Fue un gran desahogo haber salido campeones”.
El también ex integrante del seleccionado nacional se muestra orgulloso de haber ayudado a hacer crecer, al menos un poco, la importancia de la provincia de San Luis. Comenta que el ir consiguiendo resultados generó que un mayor número de gente se acercara y se sintiera identificada con el club, por lo que progresivamente iban teniendo más visibilidad ante el resto del país.
Sobre la situación actual que atraviesa GEPU, el ex basquetbolista no tuvo más que palabras de lamento por el pobre planteamiento a futuro que tuvo el cuadro puntano. Explica que las acciones dirigenciales se basaron en crear un equipo superficial que tuviera capacidad de pelear por los títulos más importantes de manera casi inmediata, pero esta decisión conllevó el descuido de la cantera. Es decir, este abandono de los equipos de base generó que una vez terminado el período de fuerte dominio en la Liga Nacional, el equipo no tuviera más que decaer en nivel. “Hubo causas políticas en el medio de la disolución de GEPU de la liga. Igualmente, el mayor error fue del club. Tenían un equipo muy fuerte y no se concentraron en los equipos de inferiores. Por eso fue más fácil voltearlos”, expresa ex baloncestista de 2,06 metros. Por último, admite que anhela con un regreso de GEPU a los grandes escenarios: “Ojalá que vuelva a lo que era antes, sería muy interesante que San Luis vuelva a tener un equipo de elite”.
En la conmemoración del histórico título de Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos (GEPU) de San Luis, ganador por primera vez de la Liga Nacional de Básquet 1990/91, los jugadores Juan Guinder y Javier Medina contaron cómo vivieron aquel campeonato y lo que significó para ellos.
Ambos afirmaron que al principio de aquella campaña las sensaciones eran de incertidumbre: venían de salvarse del descenso en la temporada anterior y no lograban tener buenas actuaciones. Más allá de eso, dicen que había altas expectativas por la contratación de importantes jugadores, como Diego Maggi y Héctor Pichi Campana, más los estadounidenses Edgard Merchant, Carl Amos, James y Charles Parker.
Al mando de este equipo estuvo el entrenador Daniel Rodríguez, a quien Medina califica como un revolucionario de la época por su vocación y por el trabajo que hacía, viendo videos que -en aquel momento- era toda una novedad. Por su parte, Guinder afirma que el Zeta fue el mejor director técnico que tuvo en su carrera, con su forma de jugar agresiva y poniendo énfasis a la preparación física.
El premio al Jugador Más Valioso (MVP) de aquel campeonato se lo llevó una de las incorporaciones de GEPU, Héctor Campana. Por eso, sus compañeros lo llenan de elogios. “El Pichi fue un maestro con una mano terrible y sin dudas estaba en el mejor momento de su carrera”, declara Guinder. Por otro lado, Medina confiesa que el escolta del equipo fue lo mejor que vio en ese momento por las cosas increíbles que hizo aquella temporada, pero además reconoce el trabajo de los demás basquetbolistas que estaban a su alrededor.
Con la particularidad de que la final contaba con una nueva modalidad de playoffs, GEPU –que al comienzo había logrado tres victorias consecutivas- no pudo superar a Estudiantes de Bahía Blanca en los siguientes dos encuentros. Sin embargo, este hecho no fue de gran preocupación para el equipo puntano según acordaron estos dos protagonistas: “Ganábamos de una buena manera y hacíamos nuestro juego, teníamos el mejor equipo de la liga y esos dos golpes nos vinieron bien para definirlo en el sexto partido”.
Para concluir, Javier Medina recordó los festejos en el vestuario, como también la hermosa caravana de llegada a San Luis luego de ser campeones, dando vueltas por toda la ciudad. Ese momento en el que se dieron cuenta que lograron lo antes impensado.
El gobernador de la provincia de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, confesó que la política de su provincia nunca intervino económicamente en el club Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos cuando éste ganó la Liga Nacional de Básquet en la temporada 1990-91, ni tampoco en los demás años en los que el equipo puntano estuvo en la primera división.
Gimnasia y Esgrima, fundado en 1925, se asoció con Pedernera y de allí surge GEPU, el club que tuvo su momento de esplendor en los años ‘90, cuando hizo un cambio radical en el básquet nacional al consagrarse campeón y ser el primer equipo que rompió los seis años de hegemonía de Atenas de Córdoba y Ferro de Caballito, además de ser el primero en profesionalizar a sus jugadores.
“En el deporte lo esencial es ser organizados, tener una buena dirigencia, una estrategia deportiva, un equipo sólido y una hinchada que te siga. Cuando esos cuatro elementos se unen, el éxito llega solo”, comentó el político de 70 años.
Rodríguez Saá habló sobre el comienzo del fin del club en la máxima categoría desde 1993 hasta su descenso en 1995 y admitió que en los últimos años los perseguía la DGI (Dirección General Impositiva) a cualquier lugar al que iban. “Nuestros jugadores se bajaban del colectivo y tenían a la AFIP esperándolos, no sé por qué, pero ya cansaba. Era tan incómodo que preferí dar un paso al costado. El plantel y los dirigentes me dijeron que, si yo me iba, ellos se iban conmigo. Por lo que le terminamos vendiendo la plaza a Andino de La Rioja”, detalló.
En ese momento, la Presidencia de la Nación estaba en manos del riojano Carlos Saúl Menem, quien era un apasionado por este deporte y que en 1990 recibió el Campeonato Mundial de Básquet. Años más tarde, Andino, el club de donde es originario el exmandatario, contrataría con solo 18 años al que se iba a convertir en el mejor jugador argentino de la historia, Emanuel Ginóbili.
En ese tiempo, el gobierno puntano tenía proyectos para promover al deporte en la provincia. El básquet, de la mano de Gimnasia, fue uno de éstos. Años más adelante se construyeron el Velódromo Provincial y el autódromo de Potrero de los Funes, entre otros.
Mientras era senador nacional por su provincia y presidente del Bloque Justicialista en la Cámara Alta, Alberto Rodríguez Saá también era dueño de GEPU y la cabeza dirigencial. “Yo era quien decidía junto a colaboradores, todos los jugadores o entrenadores que llegaban. Siempre buscando el mismo modelo: defensa, velocidad y contragolpe”, relató.
“El club no tuvo tanta repercusión en la provincia como la tuvo en el ámbito nacional, inauguramos una nueva era por la forma de nuestra organización, éramos el único club que tenían a la dirigencia fuera de lo que es la dirigencia tradicional de un club. El presidente y sus allegados eran un tipo más en la tribuna”, aseguró el actual gobernador de San Luis.
El 26 de mayo de 1991 Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos de San Luis consiguió su primer título en la Liga Nacional de Básquet.
Esa temporada fue la séptima edición de la competencia y la primera en la que, mediante un formato de playoffs, la etapa final se jugó al mejor de siete partidos. Además, se distinguió por haber sido disputada con el calendario del hemisferio norte, es decir, comenzó en primavera y terminó en otoño.
El GEPU, luego de haber finalizado en duodécimo puesto en el torneo de 1990, decidió apostar por un gran plantel para el campeonato siguiente, dirigido por Daniel Zeta Rodríguez y con figuras como Héctor Pichi Campana, Diego Maggi, Gustavo Fernández y Carl Amos, entre otros.
La potencia del Lobo de Pedernera fue notoria ya que ganó 39 de los 53 encuentros que tuvo el certamen antes de los playoffs.
El Pichi fue el jugador más destacado, consiguió el premio MVP de la temporada regular y de las finales. Tuvo un promedio de 31,5 tantos por juego, en total anotó 1448 puntos en 46 partidos.
El camino no fue simple para Gimnasia, en semis definió con el último campeón, Atenas de Córdoba, al que venció por 3 partidos a 1.
En la final, el equipo dirigido por el Zeta enfrentó a Estudiantes de Bahía Blanca; logró imponerse en los primeros tres encuentros (118-107, 94-77 y 86-88). Posteriormente, el club bahiense se reanimó y tras vencer en los siguientes dos partidos (138-111 y 101-106), puso la serie 3-2.
El sexto juego no fue uno más, hubo una gran expectativa, el equipo de San Luis era consciente de que si ganaba se convertiría en el campeón y rompería con la hegemonía que, hasta entonces, manejaban Ferro y Atenas: campeones en tres temporadas cada uno. Al Lobo Puntano no le pesó tal presión, logró vencer por 89-86 y de esa manera ingresar en la historia grande del básquet argentino.
Plantel campeón: Héctor Campana, Gustavo Ismael Fernández, Alejandro Gallardo, Diego Maggi, Edgard Merchant, Carl Amos, Fernando Allemandi, Pablo Conte, Javier Medina, Leonardo Díaz, Juan Guinder, Charles Parker y James Parker.
Mario Heredia fue el reconocido utilero de la gran época de Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos. Hoy, a sus 81 años, todavía se enorgullece y emociona al hablar del primer título obtenido en la Liga Nacional de 1990/91.
Heredia llegó al club puntano gracias a Alberto Rodríguez Saá, en 1989; en ese momento, asegura, el plantel era muy joven pero con los nuevos refuerzos se pudo concretar el ascenso. Después de ese objetivo, afirma que conseguir el campeonato fue algo muy grande que hizo crecer bastante a GEPU.
“Impacto a nivel nacional y provincial, a donde íbamos llenábamos las canchas, éramos muy ovacionados, definitivamente marco un antes y un después”, dice.
Marito –tal como es conocido- destaca que la relación entre el grupo y los dirigentes era excelente y de mucha confianza; el día a día con el equipo era más allá de los entrenamientos: “Los jugadores eran muy compañeros conmigo, yo tenía más afinidad con Gustavo Fernández, el Mono Gallardo y Parker; incluso, compartíamos, fuera del básquet, muchas comidas en mi casa”.
Y sigue: “Para mí ese plantel estaba completo, era uno de los mejores de la Liga Nacional, el Pichi Campana cumplía el rol de goleador junto a Maggi y también potenciaba el gran aporte de los americanos”.
Entre lágrimas, Heredia expresa que esa temporada la vivió a flor de piel con su señora, quien lo acompañaba. El resto de su familia también lo apoyaba a pesar de que el campeonato lo dejase muchas horas fuera de su hogar. “Eran viajes y viajes llenos de anécdotas y a nivel personal creo que me quedo con toda esa gloria”, añade.
Por último, cuenta que a partir de ese logro, que impresionó mucho, el Polideportivo Ave Fénix se jugaba a cancha llena y muchos hinchas quedaban afuera. De igual manera, dice que en la actualidad ese título hizo progresar mucho al club y lo marcó para toda la vida. “Si ahora decís GEPU, estás diciendo algo grande gracias a aquellos tiempos”, finaliza.
El 26 de mayo de 1991, Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos celebraba la obtención de su primer título en la máxima categoría del básquet argentino, tras haber finalizado el torneo anterior en el duodécimo puesto y cerca de descender.El Lobo de Pedernera apostó por un plantel compuesto por grandes figuras que lograron levantar la copa luego de haber ganado 39 de los 53 partidos que tuvo la temporada.
Hace 29 años el Lobo de Pedernera se consagraba, por primera vez, campeón de la Liga Nacional de Básquet tras haber conformado un plantel con grandes refuerzos, que ganaron el 75 por ciento de los encuentros disputados.
A 29 años de la primera consagración del Lobo de Pedernera en la Liga Nacional, Alberto Rodríguez Saá criticó los mitos que asociaban al club con el gobierno de San Luis, entre otras cosas.
A 29 años del Gimnasia y Esgrima y Pedernera Unidos campeón de la Liga Nacional 1990/91, renace el nombre de aquel personaje que convirtió a una humilde institución en leyenda.
Ganar es complicado, pero poder entender y analizar los factores que acercan a la victoria es incluso aún más complejo. Ser capaz de comprender las razones de la propia gloria es lo que construye una leyenda.
En un nuevo aniversario del primer gran logro del Lobo de Pedernera, el ferviente seguidor y utilero del club, Mario Heredia, recuerda su grito de campeón junto al equipo.
José Nasazzi Yarza es el futbolista más laureado en la historia de la Selección de Uruguay debido a que ganó siete de las ocho competiciones que disputó y gozó el privilegio de alzar como capitán el primer Mundial en 1930 que se celebró en su país. Una extensa carrera llena de éxitos, un estadio y un peculiar trofeo de selecciones poseen su nombre.
El defensor fue una de las figuras y el capitán de ese plantel que levantó aquella Copa del Mundo y que también conquistó los Juegos Olímpicos tanto de París 1924 como de Ámsterdam 1928. Además, se coronó campeón en cuatro de las cinco Copa América que participó porque en la edición de 1929 los uruguayos finalizaron en el tercer puesto, el único trofeo que amagó al robusto zaguero. Llevó la cinta en su brazo en cada uno de los trofeos y fue distinguido como mejor jugador en las Copa América del 23 y 35. Vistió la casaca celeste en 41 oportunidades durante 13 años, desde 1923 hasta 1936, y evitó tantos goles que se olvidó de anotar para la Selección.
En los clubes donde jugó, Nasazzi buscó la grandeza en los más humildes y su primer equipo en 1918 fue el Lito, que militaba en tercera división. Tenía apenas 17 años cuando fue uno de los estandartes y ascendió dos veces consecutivamente para alcanzar la máxima categoría en 1920. Con el objetivo cumplido, buscó nuevos desafíos que lo motiven y decidió irse a su club de barrio Bella Vista, que deambulaba por la segunda división. Como las reglamentaciones no permitían ese traspaso, afrontó la situación y jugó un año en un conjunto amateur llamado Roland Moor mientras trabajó como operario en los talleres marmolistas para el revestimiento del Palacio Legislativo de Montevideo.
Al Bella Vista arribó en 1922 y ese mismo año logró el ansiado ascenso a primera. Fue un prócer para la institución ya que defendió la camiseta blanca y amarilla por 11 años y de sus históricas campañas se recuerdan el subcampeonato nacional de 1924 y la copa amateur “Laudo Serrato” de 1926. Cuando llegó el momento de decir adiós, José donó los 800 pesos que le correspondían por el porcentaje del pase para que se construyeran las primeras tribunas en la nueva cancha. A partir de ese día, el estadio de Bella Vista lleva el nombre de José Nasazzi.
Otro de los singulares datos en la vida de Nasazzi ocurrió en 1925 cuando formó parte de una gira de Nacional de Montevideo por Europa, a pesar de seguir siendo futbolista de Bella Vista. Hasta hoy todavía es la gira más larga del fútbol mundial. 159 días, nueve países, 23 ciudades y 38 partidos. Números escalofriantes para la década del 20. Asimismo, a partir de 1933 el Bolso fue su cuarto y último club, donde consiguió los títulos profesionales del 33 y 34. El 12 de mayo de 1937 colgó los botines uno de los mejores defensores uruguayos de todos los tiempos.
Nasazzi se caracterizó por ser un jugador fuerte, veloz y de brillante juego aéreo. Puro coraje y firmeza. Le faltó técnica pero le sobró personalidad y hambre de gloria. Su innata capacidad de liderazgo abanderó un estilo de zaguero uruguayo que luego adoptaron Obduio Varela, Nelson Gutiérrez, Diego Lugano y Diego Godín.
Su vida tras el retiro fue una montaña rusa de oficios y se dedicó en principio a la dirección técnica para entrenar a la Selección Uruguaya entre 1942 y 1945. Tras flojos rendimientos prefirió dedicarse al comentario deportivo y luego a adoptó el papel de dirigente. Finalmente hizo un cambio de frente y trabajó en el Casino de Montevideo, dónde ocupó el cargo de gerente.
La vida de José tiene un asterisco no menor y hasta distintivo. Es el Bastón de Nasazzi. ¿Qué es este torneo y por qué nunca oyeron sobre él? En principio porque es inmaterial y es un honorífico reconocimiento que pasa de mano en mano entre las selecciones cuando el poseedor del bastón pierde un partido reconocido por la FIFA. Comenzó en 1930 cuando el jugador charrúa alzó el Mundial y se convirtió en el primer poseedor del bastón.
Inglaterra es el país que más veces lo albergó con 11 y Brasil goza del mayor tiempo de retención intermitente porque lo acumuló más de diez años. No obstante, Países Bajos tiene el record de mayor tiempo de detención continua debido a que hospedó el bastón entre 2008 y 2011. Argentina cobijó la distinción en diez ocasiones y en total lo mantuvo en su poder por 1618 días. Asimismo, el Bastón de Nasazzi vio triunfar a cuatro campeones del mundo como Italia, tanto en el 34 como en el 38, a Brasil en el 58 y a Alemania occidental en 1974. Actualmente está en manos de España desde su victoria ante Suecia en los clasificatorios para la Eurocopa, el pasado 10 de junio de 2019.
José Nasazzi es un nombre que quedó marcado con fuego en los libros del fútbol mundial. No solo por haber levantado la primera Copa del Mundo sino también por su inmensa trayectoria y particular forma de jugar que lideró un estilo en el fútbol uruguayo. Capitán y pieza fundamental en aquella selección que aplastaba a sus rivales con espíritu luchador en la década del 20. El líder de la defensa y del juego brusco. El fundador de la “Garra Charrúa”.
Fue el primer grito sagrado en la historia de los Mundiales, pero ni siquiera los futbolistas tomaron dimensión de su significado. Mucho menos su autor. Abrazos -tan extrañados hoy en día-, apretón de manos y a sacar del medio. A 90 años del primer gol, no hay registros fílmicos y solo se conserva una foto en poder de coleccionistas. Ni siquiera la historia se pone de acuerdo en como fue un gol que arrancó muchos años antes a realizarse.
El presidente de la Federación de Fútbol Asociado (FIFA) Jules Rimet quería hace tiempo hacer una Copa Mundial de Selecciones y la exclusión del deporte en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932 aceleró todo este proceso para dar nacimiento a la Copa que se jugó en Uruguay, bicampeón olímpico en París 1924 y Amsterdam 1928. Sus éxitos, su desarrollo futbolístico y el poder económico para respaldar los gastos que implicaba un torneo de esta envergadura lo hizo acreedor de la sede el mismo año que se cumplió el centenario de la jura de su constitución.
Sin clasificación de por medio, muchas selecciones como Austria, Hungría, Italia y España se bajaron del certamen por los altos costos de traslado que implicaba viajar a Sudamérica en barco, en medio de la Gran Depresión que se vivía en esos meses. Solo cuatro equipos europeos viajaron a Uruguay sobre 13 que participaron y, uno de ellos, tuvo como claro impulsor al presidente de la FIFA. Francés de nacimiento, Rimet no podía imaginar un Mundial sin su selección presente y, como en aquel país el fútbol era amateur -en 1932 se declaró la profesionalización-, habló a traves de la asociación con muchos patrones de distintos trabajos para que dejaran ir a sus empleados a la gran cita mundialista sin despedirlos.
“La Asociación Francesa tuvo muchas dificultades para conformar un equipo, porque varios de los jugadores contactados se vieron obligados a renunciar. Sus respectivos jefes no les dejaban marcharse dos meses. En aquella época yo trabajaba en Peugeot, al igual que tres de mis compañeros de equipo: mi hermano Jean, André Maschinot y Étienne Mattler”, contaba Lucien Laurent, el gran protagonista de esta historia hace unas décadas atrás.
Laurent nació el 10 de diciembre de 1907 en Saint-Maur-des-Fossés, al sur de París. De baja estatura (1.67) y contextura delgada, demostró sus cualidades futbolísticas en el Cercle Athlétique París desde 1921 hasta 1930, año en que fue fichado por el Sochaux, equipo que era subsidiado por la fábrica automotriz de Peugeot y que no le pagó un centavo por sus servicios. En esa fábrica hacía las veces de empleado.
A partir de sus buenas actuaciones en su nuevo equipo, empezó a ganar fama en todo el país y se ganó el llamado del técnico Raoul Caudron para disputar la Copa Mundial que se celebraba en Sudamérica. Su jefe fue uno de los tantos que recibió el llamado para que lo dejará jugar en el equipo nacional sin despedirlo. Finalmente, el permiso especial fue concedido, pero no iba a percibir su salario hasta que no regresará a su trabajo. A todo esto, la Federación Francesa de Fútbol solo cubrió los gastos básicos de cada jugador para el torneo.
El 19 de junio, Laurent se subió con sus otros 15 compañeros al barco SS Conte Verde, sin saber que 24 días después pasaría a la historia. Allí, compartieron viaje con los equipos de Bélgica, Rumania y Yugoslavia. “Hicimos un viaje de 15 días en barco. Entrenábamos en la cubierta de abajo. Nada de premios, todos éramos amateur. Era como un campamento de vacaciones” recordaba el delantero sobre ese viaje que duró dos semanas.
El debut de Francia fue el 13 de julio de 1930 frente a México en “el field de los Pocitos” por el primer partido del Grupo A. Ese encuentro debía disputarse en el Centenario de Montevideo, uno de los tres estadios dispuestos para el Mundial, pero no se llegó a tiempo con las obras -se inauguró cinco días después- y la cancha de Peñarol fue su reemplazo en esa ocasión.
Según los registros oficiales de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), hubo 4444 personas presentes en ese duelo, pero algunas fuentes de aquella época destacan un número que ronda los 600 presentes al encuentro. La poca gente que había puede explicarse ya que a la misma hora y ciudad se jugaba en el Parque Central el encuentro del Grupo 3 entre Estados Unidos y Bélgica. A ese encuentro había acudido Rimet para inaugurar el torneo.
Un gol, dos versiones
Uno de los testigos privilegiados de ese gol fue Raúl Barbero, joven de 14 años en ese entonces, que reconoció años más tarde no acordarse bien del primer gol de de un encuentro que arrancó luchado desde el principio -como lo cuenta el propio Laurent-, pero Les Bleus tardaron 19 minutos en quebrar la valla de Oscar Bonfiglio, arquero latinoamericano. Allí, la historia cuenta dos goles diferentes. “El partido comenzó normal. Ambos equipos luchaban por el balón. De pronto, Delfour atacó por la derecha y pasó a Liberati, que envió un centro cruzado. Yo corrí por el centro, conecté de volea con el balón y entró por la esquina de la portería. Todos estábamos muy contentos, pero nadie se había dado cuenta de la historia que hacíamos. Un apretón de manos y volvimos al juego” contaba Laurent a The Independent a sus 86 años sobre ese gol que pasó a los libros, los mismos que lo contradijeron pocos días después.
“Langiller, wing izquierdo, se desplazó hacía al medio, haciéndole a Laurent, un pase corto. Esté, utilizando el cuerpo, eludió a Rosas, y ya frente al arquero, shoteo corto y hacía uno de los ángulos penetrando la ball hasta la red”, cuenta el libro que realizó la FIFA sobre ese Mundial en los meses subsiguientes y que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) tiene su versión digital aquí:
“Jamás imaginé la trascendencia del hecho. Recuerdo que cuando llegué a casa, sólo apareció una pequeña mención en alguno de los periódicos”, dice el hombre que pasó a la historia como el primer anotador de un gol en la historia de los Mundiales con una diferencia de cuatro minutos con el anotado en el Parque Central por el delantero de los New York Giants, Bart McGhee, quien convertía el primer gol de la victoria por 3-0 de los Estados Unidos frente al conjunto belga.
En ese tiempo la relevancia en los medios no era como en la actualidad y el diario más importante de Francia en aquella época (L´Auto) no había enviado periodistas a cubrir el evento. En cambio, contrató como informantes a dos miembros del equipo como Augustin Chantrel y Marcel Pinel.
El 4-1 final a favor de los europeos les permitió sumar sus primeros dos puntos en la competencia, pero quedarían afuera en Primera ronda tras caer frente a la Argentina -subcampeón- y Chile. Justamente, ante la albiceleste, Laurent sufrió una patada en su tobillo de Luis Monti que lo condicionó para el resto del encuentro. Permaneció en la cancha solamente porque en ese tiempo no había modificaciones y quedó fuera del último partido ante el conjunto trasandino por esa dolencia. Tiempo más tarde, sufriría una lesión que lo privaría de jugar el Mundial de Italia 1934. Ese gol convertido al equipo mexicano fue el primero con la Selección. El restante lo anotó el 14 de mayo de 1931 en un amistoso frente a Inglaterra en París que fue victoria del local por 5-2.
Tras la eliminación, el jugador del Sochaux volvió a su puesto en la fábrica de Peugeot. Además, jugó en otros clubes como el Mulhouse, el Stade Rennes, el Racing de Estrasburgo y volvió al Cercle Athlétique París. El 19 de mayo de 1935 jugó su décimo y último partido con la camiseta nacional en un triunfo por 2-0 frente a Hungría. Cuatro años después, debió luchar para su país en la Segunda Guerra Mundial tras enlistarse en el ejército francés. Sin embargo, fue tomado como prisionero del régimen nazi y permaneció en un campo de concentración de Sajonia, ciudad de Alemania, por tres años. Con su liberación, volvió a su casa de Estrasburgo, pero al llegar a su hogar se llevó la sorpresa de ver como todos sus recuerdos habían sido robados. Entre esos elementos de valor estaba la camiseta con la que había metido su primer gol en la Selección.
“Felizmente todos mis recuerdos están allí, bien establecidos en un rincón de mi vieja cabeza. Nadie me los puede robar“, declaraba en 1998 sobre el hurto que había sufrido, pero que no lo privó de seguir ligado al mundo del fútbol tras la guerra. A su regreso, Laurent jugó tres temporadas en el Racing Besançon hasta retirarse con 38 años y desarrolló su carrera de entrenador en equipos modestos de Francia. Durante décadas pasó desapercibido en todo el mundo del fútbol bajo un anonimato del que salió durante la organización del Mundial de Italia 1990. Allí lo invitaron a una fiesta donde fue homenajeado como un héroe del deporte y fue aplaudido por figuras del fútbol mundial como Pelé, Franz Beckenbauer, Bobby Charlton y Michel Platini. Desde ese momento, sus vecinos de Besanzón se dieron cuenta quien era Lucien Laurent.
“Yo sabía que él había jugado en el equipo de Francia y que había participado en un Mundial, pero sin más” declaró su hijo Marc tiempo atrás cuando fue consultado por la gesta de su padre en una cancha que fue demolida pocos años después producto del crecimiento exponencial de la ciudad y, más de medio siglo después, un arquitecto decidió recobrar sus más profundos recuerdos para dejar su huella en el homenaje de un estadio con mucha historia en el fútbol mundial.
El lugar exacto
En 2005 el arquitecto uruguayo Héctor Enrique Benech se propuso ubicar el sitio del que tanto le hablaba su padre y quiso encontrar el lugar exacto donde se había anotado ese gol y el círculo central que dio el inicio a la historia grande de los Mundiales para emplazar dos monumentos. Ya con el estadio demolido, los problemas surgieron porque el predio no fue ocupado por una manzana entera, sino que se fue perdiendo por el nuevo trazado de calles de la ciudad con paralelas, perpendiculares, diagonales y curvas. Experto en la materia, reviso y superpuso cada plano y fotografía que había sobre el terreno hasta dar con el cruce de las calles Charrúa con Coronel Alegre como el punto central donde la pelota empezó a rodar.
Benech presentó su trabajo en el Museo del Estadio Centenario y allí surgió la idea de hacer otro concurso -llamado “En busca del arco perdido”– para hacer un monumento en homenaje al gol de Laurent, cuyo ganador fue el escultor argentino Eduardo Di Mauro. Sin embargo, el gran interrogante pasó a ser en cual de los dos arcos se había convertido el tanto y allí apareció la meteorología para dar el paso final.
“Ninguna traza se borra y sentí que Montevideo debía recuperar ese lugar. Busqué fotos aéreas de la ciudad de aquella época y las fui contrastando con las de Google Earth. Consulté con agrimensores e investigué en la Dirección de Meteorología cómo había sido el clima aquel día. Enterarme de que sopló fuerte el viento sur, en un día muy frío, fue otra buena pista. También debía saber para qué arco atacó Francia en el primer tiempo, y en un suplemento de un diario de Durazno (La Aurora) encontramos una foto del gol de Laurent. Quedaban elementos subjetivos, pero el círculo se iba cerrando”, declaró Benech sobre el proceso previo a la construcción del homenaje en lo que había sido la cancha de Peñarol.
Di Mauro con las esculturas “Cero a cero y pelota al medio” y “Donde duermen las arañas” ganó el concurso en 2006 y su inauguración tuvo al embajador francés como principal invitado. Laurent no llegó a ver estas esculturas que se emplazaron a 50 metros de distancia una de otra en donde estaba ubicado el círculo central y el gol objeto de esta crónica.
El jugador falleció el 11 de abril de 2005 en el hospital Jean-Minjoz de Besanzón, la ciudad que lo adoptó futbolisticamente, siendo el único sobreviviente del Mundial de 1930 que logró ver a su país campeón del mundo en el Stade de France en lo que fue la goleada por 3-0 de Francia contra Brasil en 1998. Cruzando el Océano Atlántico, Montevideo recuerda a su héroe con una placa que reza: “1921-1930, Field de Los Pocitos-Peñarol. 13 de julio de 1930. Lucien Laurent, primer gol Mundial FIFA. Francia 4 – México 1”.