lunes, mayo 20, 2024

Holanda sigue girando

Por Iván Lorenz

El sol pegaba fuerte, fuertísimo en el Stade du Hainaut. 22600 personas se derretían en las tribunas, gotas de sudor paseaban por sus rostros, las axilas estaban empapadas y las camisetas italianas y holandesas se pegaban al cuerpo, como si fuesen a fusionarse con el público. En el banco, a los 79 minutos de juego del partido por los cuartos de final del Mundial de Francia, la número 10 italiana, Cristiana Girelli, también estaba mojada. Sentía los 35 grados de calor pero sus músculos estaban fríos porque no entró. Caliente estaba su corazón y la impotencia brotaba de sus ojos. Literalmente, porque la talentosa diestra estaba llorando.

Era un llanto particular. Se gestó al minuto 69 de juego, pero arrastró recuerdos que ni siquiera eran tan nítidos para Girelli. La pelota la acompañó desde siempre, pateaba la panza de su madre con el empeine, nada de puntín. No porque no fuese un recurso digno, sino porque a la talentosa italiana le gusta mimar a la pelota con los cordones y la suela.

Girelli lloraba, esperanzada. En el comienzo del Mundial Le Azzurre habían dado vuelta un partido en la última jugada. Esa tarde, su compañera Barbara Bonansea hizo los dos goles, aquellos que iniciaron el camino, el sueño en Francia. A la madre y al padre de la número 11, que también lloró cuando sonó el silbato final, no les gustaban los aviones. Por eso compraron una casa rodante para poder viajar y acompañar a la goleadora.

El padre y la madre de Girelli también la acompañaron en su vida futbolística. Y, cuando su hija cumplió 14 años, pusieron en una encrucijada a la número 10: o empezaba a gambetear en un equipo de chicas o no gambeteaba más. La italiana optó, a su pesar, por la primera opción. “De haber encarado para el otro lado, no estaría llorando en el banco de suplentes”, podría haber pensado.

Pero tampoco hubiese hecho tres goles contra Jamaica y su particular festejo: se lleva una mano a la cara y forma una “C” con los dedos que indica su nombre, Cristiana. Y con la otra levanta un dedo y hace un firulete que indica su apellido, Girelli. Tampoco hubiese revolucionado a la prensa italiana. Luego de su gran actuación ante el equipo centroamericano, la 10 apareció en las tapas de La Gazzeta Dello Sport, Tutto Sport y Corriere Dello Sport.

Girelli lloraba mientras miraba correr a sus compañeras. Se conocen todas e incluso se ven muy, muy seguido. De las 23 que viajaron con ella, 7 comparten su equipo, la gran Juventus; 6 la sufrieron en contra, porque pertenecen al Milan; 3 la insultaron y se maravillaron con su talento, porque visten orgullosas la pilcha de la Roma; 4 le dijeron a las árbitras que la 10 Bianconeri simuló en cada patada, porque defienden la camiseta violeta de la Fiorentina, y una podría haberle trocado su casaca del Chievo Verona. La restante la whatsappea a los lejos, desde España, porque milita en el Atlético Madrid.

Las italianas se abrazaron y lloraron cuando la árbitra uruguaya Claudia Umpierrez pitó el final porque se terminó para ellas. Igualaron los cuartos de final de China 1991 después de estar afuera de los Mundiales por 20 años. Volverán al país con forma de bota a sabiendas de que hicieron historia al llegar a cuartos y perder 2-0 con Holanda, una Selección que tiene una participación menos que ellas en Copas del Mundo: dos, en Canadá 2015 y Francia 2019.

Holanda, que había llegado a los octavos de final en su primera participación, entendió que potencial tiene. Y lo reafirmó en 2017, cuando ganó la Eurocopa en su país. La Naranja también hizo historia. Es más, la está haciendo. Lo comprobó al minuto 69 de juego. Luego de una falta de la defensora Sara Gama en el lateral derecho Azzurre, Sherida Spitse, la encargada absoluta de las pelotas paradas, le colocó la Tricolore 19 en la cabeza a Anna Margareta Marina Astrid Miedema, mejor conocida como Vivianne Miedema. O bien, la goleadora histórica de su Selección, a secas. La delantera de 22 años aprovechó el pase y le cedió el balón a la red. 1-0. Gol número 61 para ella, alejándose un poco más de los 50 de Robin Van Persie y de los 59 de Manon Melis, la anterior máxima anotadora.

Pero tenían que reafirmar, otra vez, que tienen potencial para ser campeonas del mundo: esta vez en el lado izquierdo, la ingresada Daniela Sabatino, hizo una falta. Sherida Spitze miró el área y no la buscó a Miedema. Su diestra se encontró con la cabeza de la defensora Stefanie Van Der Gragt. 2-0 a los 79 minutos de juego. Mientras, Cristiana Girelli lloraba, sentada en el banco, esperanzada.

Pero la épica, la remontada, no se dio. Milena Bertolini, la entrenadora de la escuadra italiana, dijo: “Todas lloramos. Cuando nos acurrucamos todas juntas, hubieron más lágrimas. Estas chicas están llorando porque tenían su sueño y terminó. Pero este es un punto de partida”.

Sarina Wiegman, la entrenadora holandesa, dijo: “No estoy sorprendida con lo lejos que llegamos, pero estoy muy orgullosa. Por momentos tuvimos suerte, pero hay un gran espíritu de equipo y creemos en que podemos hacerlo bien. Orgullo queda mejor que sorpresa”.

En el primer partido por Mundiales entre Italia y Holanda, unas fueron para casa y otras estiraron el sueño un poco más. Pero ambas terminaron con la frente en alto y los botines gastados. Gastados de escribir historia.

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