jueves, enero 22, 2026
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Análisis Táctico: La previa de Argentina – Venezuela

Por Roberto Aboian

El Maracaná será el escenario en el cual se enfrentarán la Argentina y Venezuela por los cuartos de final de la Copa América. Ambos combinados llegan a esta instancia de menor a mayor, terminando en el segundo lugar de sus respectivos grupos. Si habláramos de favoritismos, la Albiceleste es por historia quien debería ser la vencedora, pero si nos referimos a la actualidad, puede ser para cualquiera.

Venezuela es una selección que basa sus fundamentos en el orden, la solidaridad entre líneas, el contragolpe y la maximización de los momentos con la posesión del balón. Un conjunto que suele formar 4-3-2-1 con Salomón Rondón como su máxima referencia en ataque. El delantero del Newcastle mezcla potencia, físico y velocidad en su juego, características que lo hacen letal frente a las defensas. Aporta en el funcionamiento colectivo aguantando los pelotazos y arrastrando marcas para que los volantes interiores puedan pasar al ataque.

En defensa, forman un 4-1-4-1 usando a sus extremos como volantes por afuera. Estos realizan la tarea del ida y vuelta constante, estando muy atentos para salir de golpe en un rápido contraataque como también para reubicarse en la línea defensiva. El jugador clave en esta instancia es el volante central Júnior Moreno, quien tiene como su capacidad fundamental la polivalencia en el sector defensivo. El mediocampista del D.C United se destaca en sus relevamientos para tapar los distintos huecos que generan los equipos rivales al atacar. Suele ubicarse como un tercer central más, aunque también se lo ve cubriendo las zonas laterales cuando los carrileros, por marcar a algún jugador rival, dejan la zona liberada.

En situaciones donde Venezuela tiene que defenderse, se puede apreciar la contracción que sufre en lo que se refiere a la distancia desde su primera línea hasta la última. Aproximadamente 17 metros es lo que ocupa el conjunto venezolano a la hora de replegarse. Su máxima virtud en este caso es cerrar los caminos por adentro mediante un marcaje pegajoso a los volantes interiores y delanteros del equipo rival, para que el volante generador de juego no pueda recibir y hacer lo suyo. Este tipo de movimientos incita la lateralización del balón por parte del rival, para intentar generar los espacios por las bandas.

Otra cuestión relacionada a lo anterior es el constante movimiento en el cual se encuentra el seleccionado dirigido por Rafael Dudamel. Siempre hay una opción de pase visible, al menos para recibir y devolver. En los momentos que tienen la posesión, distribuyen la pelota con suma paciencia triangulando hasta encontrar el pase que pueda abrir el juego y dirigirse hacia el arco rival.

El punto débil de Venezuela es su línea defensiva. Buscan contrarrestar esta fragilidad mediante la superioridad numérica y, a su vez, con los relevos. Sin embargo, con superar a la defensa no alcanza del todo, dado que en el arco se encuentra Wuilker Fariñez. El guardameta de 21 años que actualmente milita en Millonarios es, seguramente, uno de los arqueros juveniles de mejor nivel de Sudamérica. No es alguien que esté dotado con el juego con los pies, pero a lo que se refiere de tapadas, gracias a su gran velocidad de reacción, lectura y fuerza de piernas, hace que se deba rematar con mucho más criterio para vencerlo.

Argentina de cara a este encuentro deberá aprender de los errores cometidos en los partidos anteriores. Considerando la superioridad numérica que buscará Venezuela en defensa, sería ideal jugar con Sergio Agüero y Lautaro Martínez desde el inicio del encuentro para comprometer de entrada a los dos centrales venezolanos con la marca, que los laterales se tengan que cerrar (evitando así una posibilidad de amplitud en ataque por parte de los mismos) y preocupar a Moreno con lo que suceda a sus espaldas. Con respecto a esto, para este partido parece más apto Marcos Acuña que Giovani Lo Celso, por una cuestión más referida a la llegada hasta la última línea por ambas bandas (obviando la titularidad de Rodrigo De Paul por derecha).

El conjunto de Lionel Scaloni debe tener como máxima la idea de estar en constante movimiento. La estaticidad del mediocampo en ataque, como se observó ante Catar, tiene que ser la mayor enemiga del plantel. Ante la superioridad numérica antes mencionada, quedarse inmóvil es sinónimo de perder la posesión de la pelota y un inminente contragolpe por parte de los venezolanos.

La zaga de centrales deberá estar muy atenta con el marcaje a Rondón. Los errores, en estos casos, son casi gol, considerando la capacidad del delantero Vinotinto.

La gran carta que tiene actualmente la selección nacional es Lionel Messi. El rosarino, que viene teniendo una Copa América bastante ordinaria, puede tener su escenario ideal para explotar sus capacidades en beneficio del equipo. Dejar a jugadores en el camino, como lo suele hacer, desencadenaría un desorden en la defensa venezolana que generaría los espacios para ser aprovechados.

El último antecedente entre estas dos selecciones se remite a marzo de este mismo año en territorio español, en donde Venezuela venció categóricamente a la Argentina por 3-1. La Vinotinto anuló a la Selección Nacional con las mismas características antes mencionadas.

La gran evolución de Venezuela no es casualidad y hay un nombre detrás de todo esto que es Rafael Dudamel. El ex arquero arrancó su camino dirigiendo el Sub17 y gracias a los constantes buenos resultados, fue subiendo hasta llegar a la mayor. Estas grandes actuaciones, como el segundo puesto en el Mundial Sub20 del 2017, tienen sustento en un proyecto que mezcla jóvenes talentos con el orden y una filosofía de juego basada en la solidaridad en sus líneas. Claro está, que la Selección Venezolana está en muy buenas manos.

Ada Hegerberg: una noruega revolucionaria con acento argentino

Por Francisco Rodríguez

¿Qué hubiera pasado si, en ánimo de protesta, Lionel Messi no participaba del último Mundial? ¿Qué sería de nuestra historia futbolística si Maradona hubiese hecho lo mismo en el ‘86? Serían hechos dignos de recordar por siempre. Así fue cuando Johan Cruyff decidió no presentarse en Argentina ‘78, debido a que el país estaba bajo la peor dictadura cívico-militar de su historia. Hoy, Ada Hegerberg, la primera mujer en ganar el Balón de Oro, se anima a reclamar por lo que le pertenece. Tanto a ella como a todas las mujeres.

El 18 de junio de 1995, Noruega se consagraba campeona del Mundial de Suecia. A nadie se le ocurriría por aquel entonces que, tan solo 40 días después, en Molde -una ciudad costera de difícil acceso en el país nórdico- iba a nacer una delantera revolucionaria con algunas cositas argentas. No las lleva en la sangre, pero si en sus formas.

La joven de 23 años es una máquina de hacer goles. Es certera, pivotea muy bien y aparece siempre en el área cuando nadie se la espera. Tiene ese mismo olfato y optimismo goleador que Martín Palermo, pero también una potencia comparable a la de Gabriel Batistuta.

Su pasión por el fútbol comenzó de pequeña, en los clubes de la zona, cuando todavía no había llegado a su metro setenta y siete de altura. Desde entonces, no paró de destacarse: Debutó en el Kolbotn noruego a los 15 años y, con apenas 18, vistió la camiseta de su país por primera vez. Luego del subcampeonato en la Eurocopa 2017, su carrera despegó: el hegemónico Olympique de Lyon contrató a la joven estrella. Con el equipo francés consiguió seis títulos locales, tres Champions League, y contando…

Sin embargo, fue en 2015 cuando comenzó a romper con lo preestablecido. Ada recibió el premio a la mejor futbolista de Noruega, galardón que hacía 20 años que una mujer no lo ganaba. Igualmente, su lucha continuó: debido a la desigualdad entre hombres y mujeres por cuestiones puramente de género, se alejó de la selección luego de la eliminación en la Euro 2017.

Su decisión produjo un cambio inmediato en su país: la Federación Noruega de Fútbol y el sindicato de futbolistas firmaron la igualdad de salario entre mujeres y hombres. Sin embargo, el reclamo de Ada va más allá del dinero. Ella se refiere a las diferencias en la preparación y la infraestructura. En otras palabras, de la forma en la que son tratadas, con menos profesionalismo que a los hombres.

Por otro lado, hoy su selección está en los Cuartos de Final del torneo más preciado, el que todos los jugadores y todas las jugadoras sueñan con ganar. Por eso, no hay que olvidar que, más allá del buen andar de su país, Ada no se conforma. Nada es más importante que su lucha por los derechos de las mujeres. Ni sus títulos con el Lyon, ni su exorbitante cantidad de goles (293 en 320 partidos a nivel clubes y selección), ni siquiera la Copa del Mundo.

Su forma de pensar recuerda a Marcelo Bielsa. Al igual que el rosarino, Ada parece que siempre está dispuesta a jugársela más que el resto: “Sé lo que quiero y conozco mis valores, por lo tanto es fácil tomar decisiones difíciles cuando sabes cuáles son las ambiciones y cuáles son los valores que defiendes. Se trata de ser sincera, de ser tú misma“.

Pero los parecidos no se acaban, Ada personifica a Macarena Sánchez, ya que tomó la posta de la lucha por los derechos de las futbolistas, sin importar las consecuencias que esto podría generar en su carrera. “Es muy importante que se haya creado una categoría para las mujeres en el Balón de Oro, por eso quiero acabar con un mensaje a todas las jóvenes: crean en ustedes, no paren nunca“, dijo la delantera cuando la nombraron como la mejor futbolista del momento.

Ada es una noruega revolucionaria con acento argentino que busca cambiar el mundo. Tiene la potencia del Bati, el olfato del gol de Palermo, los valores de Marcelo Bielsa y el sacrificio y la persistencia de Macarena Sánchez. Juega como unas pocas elegidas, pero piensa como todo un colectivo de mujeres que pelea por la igualdad.

Una venganza con acento holandés

Por Dimas Ballada

Holanda realizó su primera presentación en un Mundial en Canadá 2015, pero, en aquella oportunidad, se despidió temprano. Perdió en octavos de final 2-1 con Japón. Cuatro años después de aquella victoria, dos viejos conocidos se volverían a cruzar, pero la historia tomaría otro color esta vez.

Un partido que prometía ser el más atractivo por juntar tan pronto en un Mundial, y otra vez en octavos de final, al último subcampeón mundialista y al campeón de Europa. Naranjas y azules no defraudaron. Tres goles. Un deja vu. El fútbol siempre da revancha y Holanda, la esperó cuatro años.

El 4-3-3 que planteó Sarina Wiegman ayudaría a que su plantel, con dinámica y rápidos traslados, haga fluir su juego pronto. No tardó en llegar para que, la figura del equipo, Likie Martens, diga presente con un movimiento escultural de taco tras un centro de córner muy mal defendido por las asiáticas. Un gol tan soberbio como antológico, que hizo eco en la memoria: uno muy similar a aquel que convirtió, justamente, la japonesa Homare Sawa en la final del Mundial de 2011 ante Estados Unidos. Gol que, ni más ni menos, ayudaría a darle su primer campeonato mundial a las niponas.

Las jugadoras neerlandesas se sintieron cómodas en gran parte del primer tiempo y no dejaba avanzar ni gestar a su oponente. Propuso una presión intensa para debilitar las sociedades en el equipo azul.

Aya Sameshima fue, por momentos, la carta que Japón no supo retrucar. Logró escapar reiteradas veces de sus marcas, pero jamás encontró el apoyo necesario de sus compañeras para lograr un daño mayor en el arco protegido por Sari van Veenendaal.

Quizás, el gran déficit holandés se hizo notorio al final de la primera parte, con muchos huecos entre sus dos zagueras y con la ausencia de alguien que tome a la centrodelantera japonesa que entraba e ingresaba en zona de definición. Yui Hasegawa tomó esa falencia de Holanda como virtud propia e igualó el resultado para darle oxígeno a las Nadeshiko.

En el segundo tiempo el tablero se pateó. Los roles e intérpretes se alteraron radicalmente. El conjunto Nipón aumentó su confianza producto del gol y amplió su dominio desde la tenencia. Holanda perdió peligro al ejecutar balones largos y llegaba tarde a la presión. El mediocampo holandés desapareció y poco a poco el ímpetu y el plan de Weigman se iban desmoronando.

Vivianne Miedema, quien hace poco se convirtió en la máxima goleadora de las Leonas Naranjas, se vio obnubilada bajo un esquema que no cuadraba con su estilo de juego. En un contexto que no la ayudó, estuvo ausente en el radar ofensivo, donde apostaron a la explosión de Shanice Van De Sanden y Martens.

Holanda era una verdadera fiebre, ampliamente superada, con síntomas de resignación y superación, dejó de tomarse un tiempo más, de lucirse con pases filtrados, cambió su plan y terminó desligándose de la posesión, casi que con desprecio. Japón, en su mejor momento, generaba circuitos de juego entre sus volantes de buen pie, para lateralizar el ataque con el juego ancho. Para defender, activó el cerrojo y se rearmaba con facilidad. Redujo a su rival a una expresión opaca y poco fructífera, que perdió todos los cimientos que conservó en el primer tiempo.

Sin embargo, a falta de 2 minutos para el cierre del telón, Miedema encontró la asistencia que deseó toda la noche, solo que no fue de una compañera, sino del VAR. La delantera del Arsenal remató una pelota sin dueña en el área y ésta impactó en la mano de una defensora. La jueza decretó la pena máxima y Martens se encargó desde los doce pasos sentenciar el pase a la siguiente ronda. Holanda sobrevivió al ataque japonés y salió premiada. Enfrentará a Italia en cuartos de final en su segunda participación mundial, un hecho histórico. El fútbol da revancha. A veces, tarda cuatro años en llegar.

Brillará blanca y celeste

Por Santiago Ballatore

Hay un factor común que une a cinco jugadores de la Selección Argentina que está disputando la Copa América en Brasil. Se trata de que al menos un futbolista por línea jugó en Racing en un pasado cercano y está muy identificado con el club. Es difícil no relacionar el llamado de Lionel Scaloni a estos jugadores con el reciente éxito del club, que ganó dos campeonatos locales desde el 2014 y realizó buenas campañas en las que no consiguió el primer puesto. Las personas en cuestión son Marcos Acuña, Lautaro Martínez, Renzo Saravia, Rodrigo de Paul y Juan Musso. Al menos curioso es que cuatro de estos cinco hicieron su debut en La Academia mientras el entrenador era Diego Cocca, aunque algunos lo hayan hecho en su primer ciclo en el club y otros en el segundo.

Acuña llegó a Racing, proveniente de Ferro, en el segundo semestre del 2014. Su impacto fue inmediato, ya que fue una de las piezas más importantes del equipo que salió campeón en ese mismo torneo. Manteniendo siempre un buen rendimiento, tardó un par de años en llegar su merecido llamado a la selección. Edgardo Bauza era el DT en ese entonces y fue él quien decidió convocarlo para la doble fecha de Eliminatorias de octubre de 2016, ante Brasil y Colombia. Luego de la agónica clasificación de la Argentina al Mundial de Rusia, Jorge Sampaoli, el entrenador en ese entonces, lo incluyó en la lista de 23 jugadores que viajaron al viejo continente. El Huevo solo disputó el partido en el que La Albiceleste perdió por 3 a 0 contra Croacia en la fase de grupos.

La historia de Lautaro Martínez en la primera de La Academia comenzó en octubre de 2015, cuando reemplazó a Diego Milito en la victoria frente a Crucero del Norte. A finales de 2017 y principios de 2018 alcanzó su pico máximo de nivel en el club, metiéndose en la órbita de Sampaoli a menos de un año del Mundial. Fueron varias las veces que el DT visitó El Cilindro para verlo jugar. Incluso estuvo presente en el partido que Racing le ganó 4 a 0 a Huracán y Martínez convirtió tres goles. Gracias a estos rendimientos, se ganó un lugar en la gira en la que la selección disputó partidos amistosos ante Italia y España en marzo de ese año. Pero solo jugó 30 minutos en el segundo partido, y desde ese momento fue perdiendo terreno, hasta el punto de no jugar la Copa del Mundo y que en su lugar fueran Sergio Agüero y Gonzalo Higuaín como centrodelanteros. Scaloni lo considera uno de los jugadores más importantes del plantel, y no hay dudas de que si sigue por este camino, le quedan muchos años más defendiendo la celeste y blanca.

Renzo Saravia llegó a Racing en julio de 2017 a préstamo con opción de compra desde Belgrano. Debido a su gran rendimiento, no solo consiguió el puesto, sino que logró que La Academia le comprara el pase. Y cuando llegó Eduardo Coudet, se convirtió en el dueño del lateral derecho del equipo que salió campeón de la Superliga 2018-19. En septiembre de 2018 fue citado por Scaloni para los amistosos ante Guatemala y Colombia, pero en octubre fue cuando estuvo en boca de todos, gracias a la gran actuación que tuvo ante Brasil, siendo capaz de neutralizar a Neymar.

El caso de Rodrigo de Paul con Racing es bastante particular, ya que a pesar de tener tan solo 25 años, ya tuvo dos pasos por el club. Uno desde su debut en 2013 hasta mayo de 2014, y el otro en el primer semestre de 2016. Recién en el Udinese, club al que fue después de su último paso por el equipo de Avellaneda, pudo alcanzar su mejor versión, que le sirvió para ser convocado por el seleccionado nacional para disputar los amistosos de octubre de 2018 ante Irak y Brasil.

Los arqueros son siempre los que más pelea tienen que dar para poder debutar en la primera de un club. Esto se debe a que es una posición en la que solo puede jugar una persona, y es muy difícil que el titular pierda el puesto. Es por esto que Juan Musso tuvo que esperar hasta los 23 años para disputar su primer partido oficial en Racing, que fue contra San Lorenzo en 2017. A pesar de haber tenido algunos errores puntuales en el arco, pesaron más las atajadas y los partidos en los que salvó a su equipo. A mediados de 2018 fue traspasado al Udinese de Italia, donde comparte equipo con De Paul. Su primer partido con la Selección Argentina se dio en marzo de este 2019, en un amistoso contra Marruecos, cuando reemplazó a Esteban Andrada en el segundo tiempo. A la Copa América entró por la ventana, y justamente sustituyendo al arquero de Boca, que días antes del comienzo de la competencia sufrió una lesión en la rodilla derecha.

Brillará. Sí, sin dudas. En el Este y el Oeste, en el Norte y en el Sur. Pero es otra la blanca y celeste que están defendiendo ahora, aunque lo hacen con las mismas ganas y el mismo amor que la anterior.

Sara Gama, la líder de la camada que hace historia

Por Nicolás Resnizky

28 de mayo de 2018. En Sankt Gallen, Suiza, Roberto Mancini hace su debut como director técnico de la selección masculina de Italia. En el plantel ya no están Gianluigi Buffon ni Daniele De Rossi, estandartes del equipo campeón mundial en 2006. Ante la falta de un líder histórico, Mancini evalúa la posibilidad de darle la cinta de capitán a Mario Balotelli. Super Mario, nacido en Palermo e hijo de ghaneses, lleva ya ocho años representando a la azzurri. A los 20 minutos del primer tiempo, con un derechazo de afuera del área, Balotelli abre el marcador contra Arabia Saudita. Pero a algunos hinchas italianos parece no importarles demasiado. En la platea que enfoca la televisión, se despliega una bandera: “Mi capitán tiene que tener sangre italiana”.

Nos transportamos al Stade de la Mosson en Montpellier, el 25 de junio de 2019. Italia y China se cruzan en octavos de final del Mundial de fútbol femenino. Sara Gama, capitana de las azzurre, intercambia banderines con Wu Haiyan.

Gama nació en Trieste, en el norte de Italia, su madre es italiana y su padre congoleño. Al igual que Balotelli, es víctima del racismo de algunos italianos, que se potencia en las redes sociales: “Pudo haber nacido en Italia y hablar el idioma. Pero Sara Gama no es italiana, no tiene las características ni los cromosomas de un italiano”, la llaman  la “jugadora africana de la selección italiana”. A pesar del maltrato, la capitana tiene claras sus convicciones: “Pertenecemos a una sociedad globalizada. Todos somos una mezcla de culturas y esta diversidad nos hace mejorar”.

La árbitra marca el comienzo del partido e Italia sale a presionar a China. Con la pelota bajo la suela y la cabeza levantada, Gama construye el juego del equipo desde la defensa. A los 15 minutos Valentina Giacinti pone en ventaja a las europeas y empieza a sellar su pase a cuartos de final. Casi al final del primer tiempo, la capitana corta un avance de Wang Shuang y las chinas piden penal. Gama habla con la árbitra y se defiende con diplomacia, esa que aprendió representando a la Asociación Italiana de Futbolistas (AIC) en la Federación Italiana de Fútbol (FIGC). También preside la comisión por el desarrollo del fútbol femenino en Italia, que consiguió que en un deporte amateur se pague una subvención a las deportistas para la crianza de su primer hijo. El VAR analiza la jugada, saque de arco para Italia.

Empieza el segundo tiempo y rápidamente se esfuma la ilusión de las orientales. Aurora Galli, que había reemplazado en la primera mitad a Cristiana Girelli, mete con un derechazo rasante el 2-0. Sin pasar sobresaltos las dirigidas por Milena Bertolini aguantan el marcador, gracias a la solidez defensiva que solo recibió dos goles en lo que va del torneo.

Edna Alves Batista marca el final del partido. Italia se vuelve a meter en cuartos de final de un Mundial, proeza que no conseguía desde China 1991. Las jugadoras se juntan en el centro del campo y hacen una ronda. La capitana lidera la arenga. Están convencidas que van por el buen camino. Antes de ir al vestuario, Gama se queda hablando con algunos de los franceses que acudieron al estadio. La charla es en francés, por su puesto, porque además de ser futbolista, la capitana italiana es graduada en Lenguas y Literatura extranjera en la Universidad de Udine y por eso habla cuatro idiomas. Una defensora de toda la cancha.

Diego, episodio final

Por Facundo Scapparone

“Cuando me llamaron al doping tuve una incertidumbre de 20 minutos porque estaba lesionado y me venían infiltrando para poder jugar”.

Sergio Fabián Vázquez nació el 23 de noviembre de 1965 en la Provincia de Buenos Aires. Inició su carrera profesional a los 20 años en el Ferro de Timoteo Griguol. También vistió la camiseta de Racing, Rosario Central y Banfield, entre otros. En la década del 90 vivió el auge de su trayectoria deportiva: formó parte del seleccionado argentino bicampeón de la Copa América y disputó el Mundial de Estados Unidos. Tres años más tarde, en 1997, colgó los botines en el exótico Avispa Fukuoka de Japón. En la actualidad es el entrenador de las divisiones inferiores del club que lo vio dar sus primeros pasos como futbolista, pero hace exactamente 25 años no fue quien todos querían que sea: el responsable de la muestra FIFA 220 analizada por el Laboratorio Olímpico Analítico “Paul Zibbern” que daba positivo de efedrina y dejaba a Diego Maradona fuera de la Copa del Mundo.

El sábado 25 de junio de 1994, Argentina venció por 2-1 a Nigeria en la ciudad de Boston con goles de Claudio Paul Caniggia y quedó como único líder del Grupo D. Sin embargo, la noticia de ese día no pasaría por lo deportivo, aunque sí por un hecho que tuvo lugar dentro del campo de juego. Una vez finalizado el encuentro, Sue Carpenter, una de las auxiliares designadas por la FIFA para el control antidoping, llevó de la mano a Maradona a realizarse la prueba mientras era captada por todas las cámaras. Sergio Vázquez fue el otro integrante del plantel argentino que salió sorteado para someterse al examen. Lo que no sabían los casi 55.000 espectadores presentes en el Foxboro Stadium es que habían sido testigos del último partido de Diego con la albiceleste.

El 29 de junio la delegación argentina partió en un vuelo chárter rumbo a Dallas, donde el día siguiente se mediría con Bulgaria. El Boeing 737 de American Airlines hizo una escala en Baltimore, Maryland, para cargar combustible. Fue ahí donde un dirigente de la AFA que viajó con el equipo le comunicó al entrenador, Alfio Basile, que había un doping. El “Coco” no necesitó hacer preguntas para saber de quién se trataba. Una vez en el avión, se lo comunicó a Reinaldo Merlo, director técnico de las selecciones juveniles, y a Rubén Díaz, el ayudante de campo. Maradona y su círculo más íntimo ya estaban al tanto de la noticia.

A más de 8.000 kilómetros de distancia, en Buenos Aires, comenzaba a expandirse el rumor de un doping dentro del plantel argentino. No obstante, los corresponsales en Estados Unidos no tenían ninguna información al respecto. La redacción de Clarín ya había recibidos dos llamados con la intención de corroborar el dato. La incógnita que se planteaba era si pertenecía a Sergio Vázquez, quien había sido infiltrado y se encontraba tomando pastillas por una lesión en la rodilla, o a Diego Maradona, quien ya había dado positivo en 1991 jugando para el Napoli.

“Ver a una persona llorar desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana es muy duro”, relató Sergio Vázquez. El doping era del Diez. La sustancia prohibida era efedrina. ¿El causante? Un energizante de venta libre. “Yo no me drogué, me cortaron las piernas”, declaró Maradona luego de la conferencia de prensa del secretario general de la FIFA, Joseph Blatter, que le prohibía realizar toda actividad futbolística y anunciaba su separación de la lista por parte de la AFA.

El deseo colectivo de que la desgracia no cayera en el ídolo popular también significó un inconsciente anhelo que castigaba a Sergio Vázquez por el simple hecho de no ser Maradona. Deseos que trascendieron al propio jugador y que, por más genuinos que eran, implicaban una notoria falta de empatía. “Justo me había enterado hace muy poco tiempo que mi papá tenía cáncer, entonces quería darle la tranquilidad de que yo estaba bien y que no había sido un problema mío”, contó el Turco varios años después. Sin embargo, cuando fue consultado sobre qué le generaba esta situación, afirmó que “es entendible porque estamos hablando del mejor futbolista del mundo”.

El 30 de junio Argentina perdió 2-0 con Bulgaria y se clasificó a los octavos de final como uno de los mejores terceros. El 3 de julio el seleccionado volvió a ser derrotado, esta vez 3-2 frente Rumania, y se despidió prematuramente de un Mundial al que llegó como favorito.

“Lo malo fue que nos caímos todos anímicamente. Vimos a un amigo sufrir y eso nos perjudicó. No estuvimos a la altura y no hay excusas: nosotros fuimos culpables de la eliminación”, aseguró un autocrítico Sergio Vázquez 25 años después de uno de los sucesos más tristes del deporte nacional. A diferencia de varios de sus compañeros, el marcador central pudo dar vuelta la página.

DeMar DeRozan: un jugador que no se rinde

Por Pedro Masi

Al referirse a las grandes estrellas del deporte que compiten en las ligas más importantes del mundo, una vasta parte de la sociedad suele crear una idea generalizada de que todos ellos viven abastecidos del éxito, fama y dinero, en la que se encuentran más allá del día a día cotidiano y que muchos creen que no atraviesan problemas debido a sus estilos de vida. Los altos rendimientos en cada partido, las apariciones en publicidades de marcas internacionales y la cantidad de fanáticos que tiene un jugador de tanta trascendencia, aportan en la elaboración de dicho concepto, donde en diversas ocasiones casi se lo termina llevando a un extremo hasta endiosarlo. Pero detrás de estas apreciaciones, finalmente hay una persona, un ser humano.

DeMar DeRozan es un basquetbolista estadounidense que actualmente es parte de la plantilla de San Antonio Spurs. Ganó el Campeonato Mundial 2014 en España y la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río 2016 con su Selección y estuvo cuatro veces convocado para el Juego de las Estrellas de la NBA. Pero primero: es una persona. A pesar de su gran carrera, el escolta del equipo dirigido por Gregg Popovich combate todos los días contra la depresión y ayuda a su madre, diagnosticada con lupus desde que él era un niño, y a todos aquellos que padecen esta misma enfermedad, por medio de su asociación con Lupus Canada, una organización sin fines de lucro dedicada a mejorar las vidas de quienes experimentan dicha condición mediante donaciones, educación y promoción para respaldar su investigación y tratamiento, a la que se unió cuando todavía era jugador de Toronto Raptors. La historia de DeRozan desmiente aquel prejuicio instalado históricamente en una comunidad, basado en la idea de que las estrellas viven sin preocupaciones.

En febrero de 2018, mientras aún pertenecía al conjunto canadiense, el basquetbolista sorprendió a una multitud cuando compartió en Twitter una frase inesperada: “Esta depresión saca lo mejor de mí”. Sus admiradores, ante el impacto provocado por el mensaje, no tardaron en expresar su apoyo hacia el jugador y, unos días más tarde, él mismo se haría cargo de explicar su situación en una entrevista con el diario canadiense Toronto Star. Con respecto a ello, manifestó lo siguiente: “No importa cuán indestructibles parezca que somos, todos somos humanos al final del día y todos tenemos sentimientos. A veces, saca lo mejor de ti en tiempos en donde todo en el mundo recae sobre uno”. De igual modo, agregó que siempre ha sido así desde muy joven y eso explica su comportamiento.

Pero además de esto, otra vivencia que tuvo que atravesar DeRozan en su camino fue acompañar y cuidar a su madre desde su niñez, debido a que padece de lupus, una enfermedad inflamatoria ocasionada cuando el sistema inmunológico ataca a sus propios tejidos. Apenas tras firmar su primer contrato profesional luego de ser drafteado en 2009 por los Raptors, compró dos sillas de ruedas e instaló una bañera de hidromasaje en su casa para combatir la enfermedad de su mamá. A causa de su exitosa trayectoria, el estadounidense permitió hacerse un lugar entre los jugadores más destacados de la NBA y, al vincularse a Lupus Canada, colaboró a promover su concientización pública. “Al ser un atleta reconocido, es importante que me haya involucrado con la causa”, aseguró el deportista en una charla mano a mano con dicha organización en mayo de 2016 y sentenció: “Hay que crear conciencia sobre el lupus a nivel mundial y, ya sea que ayude a una persona o a miles, me gustaría inspirar a las familias para que superen sus desafíos y entiendan mejor a qué se enfrentan”.

DeMar DeRozan persiste dando pelea y su figura concibe un ejemplo para todos aquellos quienes luchan internamente y con su entorno para seguir mirando hacia adelante y continuar construyendo sus historias.

Paredes, el cinco argentino

Copa America Brasil 2019 Porto Alegre Argentina vs Qatar en el estadio Arena Do Gremio Foto Juano Tesone / enviado especial Paredes

Por Joaquín Méndez

Un metro ochenta de altura. Ojos azules, mismo color de botines. Pelo corto, rapados los costados. Viste la camiseta albiceleste número 5. Su madre, Myriam Benitez, lo describe como un joven alegre y bromista. Tiene 24 años y es el volante central argentino de la Copa América: Leandro Paredes.

Nació el 29 de junio de 1994 en San Justo e incursionó en el fútbol cuando completó tres vueltas al sol, en el club La Justina. De pequeño, Paredes demostró talento innato en el juego, lúdico y ocurrente, se las ingeniaba para competir con niños más grandes que él. “Tenemos que medirnos con los mejores”, decía en una entrevista previa al Mundial de Rusia de 2018 y él ya había cumplido esa obligación. Sus referentes son Zinedine Zidane, Andrés Iniesta y Juan Román Riquelme, con quien compartió plantel en Boca y del cual pudo apreciar el arte de esconder la pelota bajo la suela del botín, características que vio también por televisión en el francés y el español.

No sólo el futbolista evolucionó su juego al entrenarse a la par de Riquelme, sino que su tío, Luis Paredes, le contó sus experiencias junto al oriundo de Don Torcuato, en las inferiores de Argentinos Juniors. Paredes sugiere estilo y elegancia, como si su progreso hubiera sido premeditado,  con su andar cansino y trote, que alterna con pequeños saltos sobre el césped, en la élite del juego. ¿Qué es la élite del juego? Podría considerarse como élite a ciertas resoluciones en posesión de la pelota (o a problemas si no tenés la suerte de jugar en su mismo equipo), que sólo son posibles con velocidad mental a la hora de practicarlo. Digo velocidad mental porque se consigue dinámica con el balón en períodos cortos de tiempo, ya sea para sacarse de encima a un rival o para sorprenderlo con la habilitación a un compañero, que poco tiene que ver con la velocidad física del jugador.

Claro, el mediocampista del Paris Saint Germain no es rápido en su despliegue, no tiende a la agresividad en la marca, no suele ocupar posiciones de relevo para auxiliar compañeros. Por eso no se lo considera un cinco clásico, de recuperación y pase corto, como el español Sergio Busquets en el Barcelona o el brasileño Casemiro en el Real Madrid. “Paredes no va a ser lo que N’Golo Kanté en el Chelsea”, dijo el exjugador del PSG, Edouard Cissé. Si no va a ser, lo que Kanté en el Chelsea, Paredes, ¿no puede ser Paredes en la selección argentina?

Algunas hipótesis sobre el funcionamiento o las bases del fútbol actual sugieren un volante central clásico, que tenga un buen desplazamiento hacia los espacios vacíos para equilibrar la defensa y otorgue el primer pase para que otro inicie el ataque. El doble-cinco parece perder terreno, aunque poco importa si el sistema es 4-3-3, 4-2-3-1, ya que al sonar el pitido inicial del partido, los jugadores adoptan posiciones según la circunstancia en la que se encuentren, que modifican el esquema principal. Pese a comenzar su carrera como enganche, Paredes puede desempeñarse en la zona media donde se gesta el desarrollo del ataque o la defensa, con otras aptitudes.

El entrenador de la Selección argentina, Lionel Scaloni, aseguró que no necesita un volante de marca en su alineación para recuperar la pelota y lo argumentó con las posiciones que toman sus jugadores en el campo propio para defender, lo que genera una absorción del ataque rival. Si bien el desarrollo de la idea no fue del todo eficiente, en el último partido frente a Catar con el ingreso de Acuña, se observó más estabilidad en el equipo, que se paraba 4-3-2-1, con Messi como única referencia para el contragolpe y con Sergio Agüero más retrasado junto a Lautaro Martínez ejerciendo presión sobre los cataríes.

Con esta nueva alternativa podría llegar el fin de la incertidumbre sobre el funcionamiento del mediocampo argentino. Pese a esto, en Francia no tomaron nota de lo acontecido y según el medio francés Le Parisien, PSG busca vender a Paredes, porque no cumplió con las expectativas que generó. Lo que llama la atención es que es el mismo problema que tenía en la Selección para desplegar su potencial. Su manera de jugar se parece más a la del italiano Verratti, que al cinco clásico que mencionamos anteriormente. ¿Acaso hay una única manera de jugar en esta posición?

Donde mejor desplegó su fútbol hasta el momento fue en el Zenit de Rusia. Convirtió 10 goles y concretó 15 asistencias en 61 partidos disputados. Con Argentina sólo lleva tres en competencia como titular y todos, en esta Copa América de Brasil 2019. La necesidad del resultado no deja ver lo que jugadores como Paredes pueden aportar. Buen pase largo para el cambio de banda en la lateralización hacia adelante para que el extremo quede mano a mano con el defensor, la capacidad de toque corto y rápido en la salida, la seguridad de no perder la pelota y buen remate de media/ larga distancia. Además, baila junto a ella.

Paredes transmite tranquilidad cuando tiene la pelota bajo la suela de su botín derecho, en su mirada pareciera que sus pupilas habitaran en un río calmo, sin marea, hasta que en un instante, sus cejas se levantan, encontró el pase. Ya le entregó la pelota mansita a otro botín. Son segundos que desafían a la eternidad, es ese tiempo que contuvo la redonda y la hizo feliz, porque la mimó. Y eso que no tiró una rabona ¡Le encantan! Acción cotidiana en las inferiores xeneizes y que alguna vez utilizó en el Zenit.

¿Qué curioso no? Un joven que ama el fútbol y que lo lleva en la piel, en forma de agradecimiento, que no pueda hacer algo que lo fascine, como la rabona. Esa rabona y tantas otras destrezas llamaron la atención de Rubén Maddoni, que lo llevó al club Parque y a Boca. El pequeño Leandro solo quería jugar en esos tiempos, hoy también habita ese niño en su interior. ¿Y si tiene la oportunidad de ser él y solamente él, dentro del campo de juego? ¿Y si se la dan la pelota a él para que comience a gestar el juego, con los brazos de Román para cubrirla, con la pisada de Zidane para burlar a los rivales y con la mente de Iniesta para tomar la mejor decisión?

Recibe el balón de espalda. Un rival lo presiona a su derecha y él lo embiste con su hombro para cubrir lo que es suyo. Nada ni nadie se lo va a quitar. Por el otro costado, se acerca el segundo rival, que quiere arrebatarle lo más preciado que tiene. La pisa con su pie derecho, eleva el izquierdo y gira alrededor de ella. Con su mano zurda aleja al atrevido que insinuó quitársela. Ya no hay presión, la mira otro instante y le da la última caricia. Se la entrega hacia atrás a Pezzella, casi sin ganas, como si no quisiera dejarla ir nunca con un pase que recorre el verde césped suavemente. Aplausos, ovación en el Arena Do Gremio de Brasil. Es Leandro Paredes, el cinco de la Selección argentina.

Más miedo a perder que deseos de ganar

Por Maximiliano Das

En Valentín Alsina, un pibe de unos 17 años más o menos, está yendo a jugar al fútbol con sus amigos. El equipo que pierda deberá invitarle un asado al ganador. Por lo menos eso arreglaron las dos partes el día anterior al partido. Y este pibe, aunque no tenga un mango partido al medio, por más que apenas le alcance para poner su parte del alquiler de la cancha, va a jugar.

Con los botines usados de su hermano mayor, de tapones gastados y puntas rotas, se presenta en el humilde club del barrio. La canchita es de un césped sintético deteriorado. Ya sabe de antemano que se resbalará más de una vez en las zonas donde más arena hay y menos alfombra sobresale. Protesta con una pequeña mueca, pero en silencio.

Sobre las gradas de madera verde despintada ve a sus amigos y amigas, su equipo, calzándose los botines y alentándose mutuamente. Él se acerca, saluda, dice un par de palabras de motivación, se pone la camiseta roja y se para en la cancha. Nunca fue de muchas palabras.

No sin antes saludar a sus adversarios -que antes que rivales, también son amigos-, el partido comienza. El pibe se para atrás. De 2 o de 6. Es medio torpe pero es alto. Su metro noventa le valió el apodo de Lungo. No se cansan, sus compañeros y contrincantes, de decir que es impasable. Salvo que le toque defender algún 10 rápido y bajito, claro. Ahí necesita la ayuda de la 5, que es mucho más ágil y rápida.

El juego transcurre; el tiempo se agota. En la esquina ya está el encargado esperando que alguien meta un gol para dar por terminado el turno. Y el partido está empatado. Mete gol gana. Ganar o volver a casa. Y quien resulte vencedor, eventualmente, retornará a su hogar también, pero lo hará con el sabor de la victoria (y saboreando el asado que el próximo lunes comerá).

Una jugada aislada deriva en un córner para los de rojo. Lungo va, claro. Debe (o cree deber) aprovechar su ventaja física. El arquero, la cinco y una de las delanteras le dicen que no vaya, pero hace oídos sordos. Sus compañeros insisten un poco para que vuelva a su posición, pero se resignan cuando notan el total desinterés de Lungo por lo que dicen.

Finalmente, envían el centro. Lungo cabecea sin siquiera saltar. Mueve junto a toda su cabeza una larga melena lacia. Cuando sus pelos le destapan los ojos, ve que la pelota está yendo al arco. Ve, también, que el arquero rival está quieto, vencido. Nada puede hacer. El cabezazo fue exquisito y nadie puede quitarle el gol. Atónitos miran adversarios y compañeros. Algunos ya alzan las manos en señal de victoria.

Pero el balón no entra. Pega en el travesaño. Y, encima, el rebote le cae al ocho que no tiene que hacer más que eludir al tres que de marca poco entiende y definir simple ante la salida del arquero.

Los rojos perdieron en el momento que la pelota tocó la red y el encargado gritó “¡HORA!”.

 

Es lunes y toca pagar. Lungo no salió el fin de semana para poder invitar a los vencedores el asado acordado. Arreglan juntarse cerca de las siete para así ver Chile-Uruguay, por la Copa América, mientras cocinan y comen.

Una de las adversarias -que ya dejó de ser adversaria- sugiere ver el otro partido del grupo, Ecuador-Japón. “El que gana, clasifica. Va a ser lindo partido. Tienen que atacar porque si empatan, quedan los dos afuera”, asegura. Ingenuos o no, los demás aceptan la propuesta.

Efectivamente, el partido es atractivo. Ecuador domina brevemente al principio, luego Japón y después Ecuador de nuevo. Ambos aprovechan sus momentos y se van al descanso 1 a 1 por los tantos de Ángel Mena para los americanos y Shoya Nakajima para los asiáticos.

El complemento se presume por demás prometedor, pero, al momento de iniciarlo, algo evidentemente los invade. “Miedo”, piensa Lungo. Miedo. Miedo a encajar un gol. Miedo a no poder darlo vuelta. Miedo a quedar eliminado. Miedo a perder. Más miedo a perder que deseos de ganar.

Ese miedo se contagia entre los mismos compañeros, entre los mismos adversarios, desde las tribunas semivacías al banco de suplentes y del banco al campo. Nadie quiere perder.

Y nadie pierde. Japón casi que no pierde ni empata, pero el tanto fue bien anulado por posición adelantada. Entonces, nadie pierde. Empatan. Pero al final pierden ambos.

Uno que es paraguayo lo festeja porque, con ese resultado, el conjunto guaraní se clasifica a cuartos de final, aunque mucho no le importa cómo le vaya a la Selección que supuestamente lo representa. A él le gusta jugar.

A Lungo también. Y Lungo se acuerda que no tuvo miedo de perder. Que, definitivamente, es más ganador que los ecuatorianos o los japoneses. Porque él jugó. Tenía más deseos de ganar, de festejar el gol. No le salió, pero al menos está comiendo asado con sus amigos sin nada que reprocharse a sí mismo.

Un cabezazo que vale oro

Por Valentín Irisarri

Un 24 de junio pero de 2015, hace exactamente cuatro años atrás, Chile y Uruguay protagonizaban uno de los partidos más calientes del último tiempo en el fútbol sudamericano. La Roja –local- y los Charrúas se enfrentaban por los cuartos de final de la Copa América, que coronaría finalmente –y por primera vez- al país trasandino. 

Corrían los 60 minutos de juego cuando Gonzalo Jara, en una jugada malintencionada, le tocó la cola al uruguayo Edinson Cavani. El jugador del PSG no tuvo otra reacción más que golpear en la cara al chileno y el árbitro Sandro Ricci lo expulsó. El partido finalizó 1 a 0 a favor de Chile con gol de Mauricio Isla sobre el final. Luego del encuentro caliente, Cavani declaró que Gonzalo Jara le recordaba en el campo de juego el accidente que había tenido su padre. “Queda todo dentro de la cancha, pero hay temas delicados con los que no se jode”, agregó el uruguayo.

Todo parecía haberse calmado. Uruguay y Chile se enfrentaron nuevamente en una Copa América pero esta vez en Brasil, en el mismísimo Maracaná donde los charrúas hicieron historia hace 60 años. Ambas selecciones ya estaban clasificadas a cuartos de final y solamente disputaban quién se enfrentarían a Paraguay y quién a Colombia. Por primera vez, salvo en los partidos de Brasil y de Argentina, el público se hizo presente en todo el estadio. Tanto uruguayos como chilenos coparon Río de Janeiro y esta vez mezclados en las tribunas, generando un hermoso clima.

El partido transcurrió al estilo sudamericano. Durante el primer tiempo no hubo más que roces, protestas y sólo una situación de peligro por parte de Luis Suárez, pero nada más.

El segundo tiempo fue un calco de los primeros 45 minutos. Chile parecía tomar la iniciativa de la mano de Alexis Sánchez. Incluso un remate de lejos y una salvada en la línea acorralaban a Uruguay contra su propio arco, cuando a los 72 minutos de juego pasó lo de siempre: un hincha se metió dentro del campo de juego a interrumpir el partido. 

Duró unos 10 segundos en la transmisión. El simpatizante ingresó por el medio de la cancha, corrió hacia el arco que defendía Gabriel Arias y nada parecía detenerlo. O sí. De repente, varios policías que corrían detrás se tiraron encima “del personaje”. Había caído, o mejor dicho, había sido derrumbado. Lucho Suárez corrió rápidamente hacia el árbitro Raphael Claus para protestarle una expulsión sin sentido. ¿Qué había pasado? Otra vez Jara. El chileno revoleó una patada que incrustó en la espalda del intruso y lo derrumbó.

Gonzalo Jara intenta detener al hincha que había ingresado al campo de juego mediante una patada.

De todas maneras no tuvo sentido la protesta de los jugadores uruguayos y el partido continuó. Pero quienes se beneficiaron fueron los charrúas, que aprovecharon el parate para enfriar el partido. Tan solo 10 minutos más tarde, ya con el clima un poco caldeado –pero sin pasar a mayores-, un centro perfecto desde la izquierda hacia la cabeza de Edison Cavani hizo que la pelota se metiera al lado del palo de Arias, poniendo el 1-0 final.

Uruguay consiguió la victoria para evitar a Colombia, al menos, hasta las semifinales y enfrentará a Perú el sábado 29 a las 16. Mientras tanto, Chile jugará ante la selección Cafetera el viernes 28 a las 20 horas.