martes, febrero 20, 2024

El fútbol debe salir del clóset

Iván Lorenz @Ivanlorenz_

“Quien sea homosexual debería decirlo, porque alivia”, dijo en 2011 el hoy arquero y capitán de la selección alemana de fútbol, Manuel Neuer, quien sostuvo que para lo hinchas lo importante es el desempeño en la cancha y no las preferencias sexuales de los jugadores.

Un año antes, en 2010, Mario Gómez, también integrante del plantel alemán presente en Rusia 2018, dijo: “En Alemania tenemos un ministro de exteriores (Guido Westerwelle) que es homosexual y el alcalde de Berlín (Klaus Wowereit) es también gay, por lo que los futbolistas profesionales que lo sean deben confesarlo”.

Ese mismo año, un histórico marcador de punta de los teutones, Phillipp Lahm, pediría a los jugadores homosexuales que no lo digan abiertamente, dado que, a pesar de no tener nada en contra de ellos, tenía miedo que les ocurriese lo mismo que a Justin Fashanu, un jugador inglés que se declaró gay en 1990 y ocho años después terminó suicidándose.

Es difícil declararse gay en el mundo del fútbol. Un deporte que, suele erróneamente decirse, es para hombres. Un deporte en el cual la goleada se asocia festivamente a la sodomización. Otra construcción social a base de ladrillos de machismo. Discriminación, marginación y abusos, son algunas de las cosas que sufren aquellos de los cuales sospechan que “patean para el otro lado”. La presión llega a ser tal que, en determinadas circunstancias, inhibe el desarrollo deportivo.

Marcus Urban dejó sus deseos de ser futbolista aproximadamente a los 20 años. Decidió colgar los botines antes que luchar en contra de un ambiente que lo condenaría por ser homosexual. Un ambiente en donde se negaba a sí mismo su condición. Un ambiente donde cumplía el rol de superhéroe sin serlo al llevar dos vidas: la propia y la de aquel que jugaba a ser heterosexual.

Marcus Schneider -posteriormente adoptaría el apellido de su madre- nació en 1971 en Weimar, una ciudad que pertenecía a la República Democrática Alemana. A sus siete años comenzó a jugar en un club de la zona, llamado Motor Weimar. Allí pasaría casi seis años para luego firmar contrato amateur con el equipo en el cual alcanzaría los 100 partidos disputados: Rot-Weiss Erfurt, que en ese momento pertenecía a la segunda división del fútbol alemán.

Dos años le bastaron a Urban para salir campeón de la República Democrática Alemana. El mediocampista llamó la atención en el fútbol alemán. Se lo veía como una promesa germana. Fue por ello que, mientras Maradona apilaba ingleses en el Estadio Azteca, el alemán fue citado para las categorías juveniles de la Selección de la República Democrática Alemana, en donde jugaría hasta 1989.

Poco quedaba para ser futbolista profesional. Pero no pudo. En 1990 decidió abandonar ese sueño. El fútbol era para él una prisión que se había construido. Eligió escapar. No estar entre muros imaginarios. Ser libre. Dejar de controlar todo lo que hacía para no parecer gay.

Recién en 1994, a sus 24 años, entraría a la cocina de su casa con una fotografía en su mano y le diría a su madre que aquel personaje de la imagen era su novio. Tuvo la suerte de que sus padres no lo tomaron a mal, lo cual hizo más amena la confesión. Es más, su madre quedó atónita tras descubrir que el novio de su hijo, quien le atraía hace 20 años, era homosexual. Casualmente, ese mismo año se eliminó en Alemania -unificada tras la caída del Muro de Berlín en 1989- el párrafo N°175 del Código Penal Alemán que penalizaba a las relaciones homosexuales.

13 años después, se convertiría en el primer futbolista alemán que se había declarado abiertamente homosexual. Lo dió a conocer en una entrevista para el medio germano “Welt am Sonntag” y, un año más tarde, el periodista deportivo alemán, Ronny Blaschke, escribiría su biografía, titulada “Versteckspieler. Die Geschichte des schwulen Fußballers Marcus Urban” (Jugando a las escondidas. La historia del futbolista gay Marcus Urban)

Urban volvería a ser primero y noticia en 2014 tras presentar un proyecto para formar un equipo de fútbol gay alemán bajo el nombre de Team Vielfalt (Equipo Diversidad). La nómina de jugadores se daría a conocer una vez completado el plantel. La pertenencia al Vielfalt está abierta incluso para no homosexuales que apoyen la causa. El objetivo es que aquellos futbolistas gays puedan decirlo abiertamente y sin miedo.

Ser gay en el mundo del fútbol es casi un tabú. No cabe en la cabeza de muchos fanáticos, jugadores o entrenadores que haya futbolistas atraídos por otro futbolistas. ¿Cómo va a estar al nivel alguien que es puto? ¿Cómo le va a gustar jugar al fútbol si a él le gustan los hombres? ¿Cómo va a trabar fuerte? Los prejuicios y heteronormativismos hicieron perder a Urban, en primera instancia, ante el fútbol, que también perdió. Perdió ver a un jugador que, como él se definía, era un mediocampista aguerrido parecido al holandés Rafael Van der Vaart.

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