Por Valentino Franco
“¿Si fue lo mejor de mi vida? No lo fue, lo es y lo va a seguir siendo”, relata Ignacio Repetto, al recordar el momento en que desfiló junto a la bandera argentina en la ceremonia de inauguración. 40.000 almas acudieron al evento. Y entre ellas, hubo tres que merecen un subrayado. Vladimir Putin, presidente de Rusia; Xi Jinping, presidente de China; y Narendra Modi, Primer Ministro de la India. Pero, más allá del mensaje político que envuelve la reunión de los tres mandatarios de las principales potencias asiáticas, cabe preguntarse qué ameritó tal junta fuera de una cumbre. La razón recae en los Juegos Nómadas Mundiales, un evento deportivo que congrega a todo un continente y cuyo existir yace en mantener vivas las actividades de los pueblos milenarios que una vez allí habitaron. Aunque, claro, ese Mundiales no está por demás; países de todo el mundo fueron recibidos en Kirguistán para la sexta celebración de los Juegos. Y Argentina no se quedó afuera.
Entre epopeyas asiáticas y culturas milenarias
Son como un primo menor de los Juegos Olímpicos, pero con deportes alternativos, ya que constan de todos sus elementos principales: un programa de disciplinas, medallero, delegaciones y ceremonias de apertura y clausura. Así como su propia Organización los define, son un “proyecto iniciado por la República de Kirguistán en 2014 para preservar y promover la herencia de las civilizaciones nómadas mediante el deporte, la cultura y el conocimiento”. Lo cierto es que el origen e inspiración de esta peculiar celebración radica en los sucesos descritos en la Epopeya de Manas; en el poema, 20 veces más largo que La Odisea de Homero, se siguen las aventuras de Manas, un caudillo kirguís que unifica a las tribus de su pueblo y lucha frente a los invasores. Es en uno de los tantísimos capítulos que se menciona la muerte de un líder llamado Kökötöy Khan, cuyo funeral se convierte en una reunión que congrega, a modo de tregua en plenos conflictos, a una inmensa cantidad de pueblos desde el oeste musulmán hasta el este chino. Allí, todos medían su destreza mediante carreras a caballo, lucha y arquería.

Del poema épico de Manas surgió un programa de lo más variado, desde los juegos de mesa hasta la lucha a caballo.
Los Juegos tuvieron continuidad durante la primera semana de septiembre -fecha que no es al azar: para la cultura nomádica, este mes representa el fin de la migración, y la nueva temporada debe nacer a partir de una celebración- y abarcaron 43 disciplinas, 22 más que la edición de Astana 2024. Se dividieron en nueve categorías: Juegos nacionales (2), Carreras a caballo (10), Competiciones a caballo (4), Lucha nacional (12), Deportes de fuerza tradicionales (4), Juegos intelectuales (3), Arquería tradicional (2), Arquería a caballo (2) y Caza con animales (4). Si se debe destacar a un deporte y a un deportista durante los Juegos, no habría duda alguna. El kok boru, una especie de pato que enfrenta a dos equipos de 12 jinetes por lado, fue la sensación. Ah, y en vez de jugarse con una bocha de cuero, los jugadores se disputan una carcasa de 33 kilos que emula el cuerpo de una cabra -la cual deben introducir en el arco rival para sumar-. La estrella definitiva del evento, sin embargo, fue Reza Gheitasi, el iraní de 2,08 metros y 170 kilos de peso que desplumó la categoría de +90 kilos de tayak tartysh, una disciplina en la que dos oponentes forcejean, enfrentados y con los pies apoyados en una base que los separa, por una vara de madera.

El kok boru durante un enfrentamiento entre Kirguistán y Kazajistán por los WNG de este año.
Los cuatro mosqueteros que alzaron la bandera en Kirguistán
La delegación argentina que arribó a Bishkek estuvo compuesta por cuatro atletas: Ignacio Repetto, Francisco Ghisletti, Mateo Bilbao y Martín Marino. Todos compitieron en el flanco de Juegos intelectuales, poblando la categoría de celeste y blanco: Francisco y Mateo en mangala turco, Martín en toguz korgool e Ignacio en oware.
Las tres disciplinas son ramificaciones de la familia de los milenarios juegos de mesa mancala, por lo que comparten grandes similitudes en sus principios básicos. Entre ellas, la presencia de un tablero, hoyos con fichas y una misma mecánica: tomar, por turnos, todas las fichas de un hoyo, dejarlas de una en una dentro de los hoyos siguientes en sentido antihorario con el objetivo de que la suma de fichas que haya quedado en los pozos rivales le permita al jugador robárselas y dejarlas en su montoncito (en oware, por ejemplo, si tras el turno del jugador la cantidad de fichas de alguno de los pozos del rival es de dos o tres, el jugador las captura). Asimismo, los orígenes, según el juego, varían. El mangala turco, como su nombre lo indica, es oriundo de Turquía; el toguz es originario de Kirguistán, mientras que el oware proviene de Ghana y del África Occidental de manera general.
Pero, ¿con cuánta experiencia gozaban los argentinos a la hora de llegar a una cita como los Juegos Nómadas? ¿Tendrían una carrera consolidada? Como Repetto contó, “Tenemos un año y pico de trayecto; en Hungría, hace unos años, conocimos a un hombre que había participado en una edición anterior de los Juegos. Nos encantó la idea y nos propusimos prepararnos para participar”. Sí, por increíble que parezca, a la hora de conocer la existencia de la competición, la delegación argentina aún desconocía de los deportes que eventualmente los llevarían a participar. “Poder ganarle a los africanos, que son las eminencias del deporte, es mi objetivo a cumplir”, manifestó con entusiasmo el jugador argentino de oware, previo al anteúltimo día de competencia. Dicho y hecho, logró su meta: en la jornada siguiente, salió victorioso en sus dos emparejamientos, uno ante un oponente de Nigeria y otro ante uno de Tanzania.
Pese a no haber alcanzado puestos de medalla, el rendimiento final de los representantes de Argentina fue más que positivo. Marino 5-2 (toguz korgool), Ghisletti 4-3 (mangala), Bilbao 4-3 (mangala) y Repetto 3-4 (oware). Un balance combinado de 16 victorias y 12 derrotas, frente a rivales de mucho mayor recorrido en el rubro. “Acá hay gente que tiene equipos, que van a torneos y juegan hace años. Dijimos ‘Vamos a divertirnos’, pero la diversión quedó en el día uno. Ahora ver los resultados es muy satisfactorio. Esto es un puntapié inicial impresionante; vinimos a los ponchazos, pero con esto quedó demostrado que el argentino si quiere puede. Ojalá dentro de dos años podamos venir con diez veces más cantidad de la que vino esta vez”, sintetizó Bilbao sobre el desempeño nacional.
No son mayoría las disciplinas pertenecientes al programa de los Juegos Nómadas que tengan un ente regulador internacional, un calendario de competencias fijo o un ranking oficial. Los juegos de mesa anteriormente nombrados no son la excepción al panorama, y, menos aún, cuentan con una federación nacional propia. Sin embargo, sí se encuentran amparados por una entidad. CODASports es la asociación encargada de nuclear a 115 deportes y juegos de carácter alternativo en Argentina.
Será en Tatarstán, Rusia, la próxima edición de los World Nomad Games. Entre medio, dos años de preparación y torneos definirían si los cuatro delegados argentinos, del mismo modo que plantaron bandera en las montañosas villas kirguises, darán el presente también en las llanuras orientales de Europa. O, mejor aún el caso, tal vez al programa nomádico se suban otros locos que, sin vergüenza alguna, se crucen al otro lado del mundo para competir de igual a igual con los dueños de casa en sus propios deportes. Porque donde haya un argentino, la famosa coronación de gloria estará al acecho.





