Ringo Bonavena, latente en el corazón de Parque Patricios

Por Ana Ameijeiras

El vecino eterno de Parque Patricios llegó al barrio el 25 de septiembre de 1942. Hincha de Huracán y peso pesado desde la cuna con tres kilos y novecientos cincuenta gramos. El sexto hijo de los nueve de Dominga Grillo y de Vicente Bonavena disfrutó su infancia siempre en las mismas calles del barrio porteño, en Treinta y Tres Orientales 2189, justo en el límite entre Boedo y Nueva Pompeya. Oscar Natalio Bonavena la disfrutó, pero sus vecinos la padecieron con sus travesuras y picardías, tanto que lo apodaron “el Quijote del barrio”. Mucho no podían quejarse porque si él estaba en la calle, todos iban a estar a salvo.

A sus 11 años ya pesaba 70 kilos, momento de auge del “Titi”, un cariñoso apodo que eligió su mamá y que tuvo sus variantes. Por ejemplo, al “Titi boxeador”, por un disfraz que lució en los carnavales de 1950, una especie de premonición por su físico privilegiado, aunque aún nada tenía que ver con lo que sería su destino. En abril de 1964, el “Titi” se convirtió en “Ringo”, por su parecido al Beatle Ringo Starr, según fanáticas del conjunto británico una tarde primaveral en las calles del Rockefeller Center.

El hombre de los pies planos se aventuró en muchas variantes deportivas. Para la sorpresa de muchos, Bonavena comenzó a realizar actividades en el club de su clásico rival, San Lorenzo de Almagro, por una cuestión de cercanía. Natación, levantamiento de pesas y fútbol, el último deporte que realizaría en la institución antes de ser expulsado. A “Titi” no le gustaba estudiar, menos luego de ser apartado de la Escuela Primaria N° 10 de Parque Patricios en sexto grado. Ante la expulsión, comenzó a hacer changuitas y mandados, trabajó en una carnicería y siempre se la rebuscaba para ganarse el mango.

Bonavena pasaba horas en la vereda con sus amigos armando picaditos por la Coca con una pelota de diario machucada, haciendo ring raje, conquistando a algunas vecinas y malhumorando a algunas otras. En 1958, “el más guapo de la tribuna de Huracán”, otro de sus apodos que eligió él por su egocentrismo, probó suerte en el club de sus amores y comenzó las prácticas de boxeo en el gimnasio de Huracán –sede que lleva su nombre desde mayo de 1976, año de su fallecimiento–.

Hablar de Parque Patricios sin mencionar a Ringo Bonavena es difícil y a la inversa sucede lo mismo. Bonavena es Parque Patricios. “Por algo la tribuna popular del Ducó (estadio de Huracán) se llama Ringo Bonavena, porque ahí le cantaron por primera vez ‘Somos del barrio, del barrio de la Quema…’ cuando él va con el cinturón de campeón a festejar con su gente”, cuenta Néstor Vicente, ex presidente del Globo entre 2003 y 2006 y gran conocedor de la carrera del boxeador. Oscar Natalio se acunó con Parque Patricios desde su nacimiento. “Ringo tenía mucho olor a barrio, mucha vereda caminada”, añade Vicente.

Bonavena arribó a la meca del boxeo en 1964 con la frente en alto y con la escuela del barrio. Llegó a Nueva York “la gran esperanza blanca”, según Cherquis Bialo, periodista muy cercano al boxeador. “Ringo no abrió una puerta en Estados Unidos, la pateó directamente. De ahí en adelante, el boxeo argentino ya es visto de otra manera”, explica Pablo Rodríguez, coordinador y director del gimnasio de boxeo de Huracán, que cada 25 de septiembre realiza un homenaje en su honor. “Más allá de los títulos o de las hazañas, nos dejó que mucha gente se identifique con él; para los chicos es un superhéroe, todos quieren ser Bonavena, tratan de imitarlo”, amplía Rodríguez.

A 50 años de su partida física, Bonavena sigue vivo en cada rincón de Parque Patricios. En el mural de 13 metros realizado en noviembre de 2024 por el artista Leandro Frizzera en la intersección de las avenidas Jujuy y Caseros, en la escultura ubicada en el escalón 23 del Estadio Tomás Adolfo Ducó desde mayo de 2018, en el disco de Las Pastillas del Abuelo “El barrio en sus puños” lanzado en septiembre de 2014, en el monumento con su figura en Parque Patricios frente a la sede social de Huracán desde 2004 y en el corazón de todos los quemeros.

El hombre nunca se fue del barrio. Incluso después del 22 de mayo de 1976, cuando el custodio de Joe Conforte, mafioso y dueño del burdel Mustang Ranch, lo asesinó de un disparo en el pecho en Reno, Nevada. Aquel 29 de mayo, cuando el cuerpo de Bonavena llegó a la Argentina, más de 120.000 personas peregrinaron al estadio Luna Park para despedir a su ídolo en un país ciego, sordo y mudo, atravesado en esa época por la dictadura cívico-militar. El hincha eterno del Globo tuvo su despedida a lo grande, como le hubiese gustado. Una despedida popular, en la calle, con su gente. “La calle lo aviva a uno”, comentaba Ringo en una de sus tantas entrevistas. Y la calle, medio siglo después, todavía lo recuerda. Ringo Bonavena consiguió algo que ningún otro campeón pudo conquistar arriba del ring: que un barrio lo adopte para siempre como a uno de los suyos.

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