La tercera estrella, el legado de todas

Por Juana Enrico

Llegó la tercera estrella. La revancha. La alegría que había esperado dieciséis años para volver a pronunciarse en voz alta: somos campeonas del mundo.

Las Leonas lo hicieron contra el máximo rival y en su propia casa. En un país donde el hockey es profesional, mientras ellas todavía conviven con la dureza de sostener un deporte amateur, de entrenar, viajar, competir y volver a empezar con mucho menos de lo que tienen quienes están enfrente.

Pero hay algo que esta selección aprendió hace tiempo: que no siempre gana quien tiene más. A veces gana quien permanece unida cuando todo aprieta. Quien encuentra fuerzas donde ya no quedan. Quien juega por la que está al lado, por las que estuvieron antes y por las que algún día vendrán.

Luciana Aymar -una de las que les enseñaron a rugir- las miraba celebrar, con una bandera argentina estampada con una leona, desde el balcón. Es la primera vez que la Selección es campeona del mundo sin ella en el equipo. La historia que su generación comenzó a escribir hace más de dos décadas no les queda grande a quienes hoy entienden y llevan el nombre de aquellas mujeres que hicieron mucho más que colgarse una medalla de plata: empezaron a inventar el hockey a escala nacional. A convertir un deporte que todavía no ocupaba ese lugar en la vida de los argentinos en una parte de su historia deportiva.

Y en esa historia, hoy escribieron una nueva página dorada. Otra vez un 3-1. Otra vez Países Bajos. El mismo resultado de aquella final de 2010, la última vez que Las Leonas habían sido campeonas del mundo. Dieciséis años después, el caprichoso destino volvió a ponerlas frente al mismo rival y les devolvió el mismo número, aunque de una manera distinta: esta vez fueron los penales australianos los que marcaron el camino hacia la copa. La tercera. La que tantas veces imaginaron, la que durante dieciséis años esperó por ellas.

Quizás en esas lágrimas, en esos abrazos, también estén las de todas las que alguna vez tuvieron que abrirse camino solas. Las que insistieron cuando nadie miraba, las que fueron construyendo, paso a paso, la cancha que hoy estas campeonas pueden transitar.

Todo habrá valido la pena si mañana, o quizás esta misma tarde, una nena se despierta con ganas de agarrar un palo de hockey. Si después de verlas levantar la copa descubre que también hay un lugar para ella en una cancha. Si una camiseta celeste y blanca consigue encenderle algo adentro que todavía no sabe nombrar. Porque quizás ahí esté escondida la próxima Leona. La que algún día volverá a hacer cantar a un país, la que llevará un nuevo número en la espalda y levantará otra copa.

Esa es la verdadera grandeza de Las Leonas: no solo ganar para quienes las miran, sino conseguir que, después de verlas, miles quieran intentarlo. Y entonces, que vengan las que vienen. Que haya palos, bochas, canchas y sueños. Que haya muchas más finales. Muchas más copas. Muchas más Leonas.

Gracias, Leonas. Por esta copa. Por las que fueron, por las que son y por todas las que todavía no saben que algún día también serán.

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