Por Franco D’Amore Cristos
El ser imparable también es intangible, solo pasa, sin importarle nada ni nadie. Uno pestañea o se distrae y ya es tarde, porque ese ser sin ningún enemigo que le haga frente, es el tiempo, y hace que Lionel Messi no sea para siempre, ya que se vio obligado a dar un paso al costado en la selección argentina: “Me vacié, ya no tengo más para dar y aparte vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar.” escribió en una carta de despedida, dulce y dolorosa. Messi, como todo humano, se está poniendo viejo.
Al mejor futbolista de la historia, pero mejor persona que jugador -lo único que siempre le importó-, la vida le tenía preparado el desenlace más doloroso de todos: una final del mundo perdida. Él ya sabía lo que significaba ganar y perder el séptimo partido de un Mundial, lo que no había experimentado era jugar un octavo encuentro. Más partidos, menos descanso y calendario ajustado. A sus 39 años, el desgaste físico se presume con mayor facilidad, Messi no puede con todo, es una persona, como quién lee, como quién escribe.
Sin embargo, el final de su carrera en la selección argentina se concreta con el malestar de Jorge, su padre, que antes del Mundial se lo llegó a dar por muerto y, durante el torneo, el paso del “imparable”, empeoraba su salud.
Hasta la madrugada del sábado 8 de agosto, Jorge no resistió más. La única licencia que se dio el tiempo para ceder bondad fue que le permitió a Lionel despedirse de su padre, terminada la competencia más importante del mundo del fútbol. La ida de Jorge de este plano significó la ida de Lionel de la selección argentina que, en el final de su carta y a modo de posdata concluyó: “Estas palabras las escribí el 21 de julio, dos días después de la final. Hoy después de lo de mi papá, estoy más convencido que antes.”
Esta decisión que funciona como dicotomía, esperada e inesperada a la vez, es un golpe bajo al nene que solo lo vio ganar todo con la selección, al adolescente que lo vio perder y ganar todo con la mayor, al adulto que pudo ver al Maradona que se perdió y al abuelo que pudo disfrutar, durante 40 años por lo menos, el hecho de que el mejor del mundo sea un diez argentino. Messi no comprende de generaciones, desafía al tiempo.
Su renuncia al seleccionado argentino es esperable, se cae de maduro. En la Copa del Mundo, como acostumbra hacerlo, a excepción de la única que ganó, cumplió 39 años. El tiempo es igual para todos. Lo inesperado se remonta a dos días antes de la carta. Cual joven estrella, Leo metió 4 goles con el Inter de Miami, como si el tiempo no pasara para él. Una dicotomía.
Con este anuncio es imposible no preguntarse cuándo, cómo y dónde se retirará la Pulga del fútbol profesional. Lo que es posible de confirmar es la eterna paridad que hay entre Messi y el tiempo. Él es una de las pocas personas que se enfrentó al “imparable” durante, por lo menos, 20 años consecutivos. Y lo sigue haciendo. En una era moderna, tecnológica y artificial, el menos humano de todos -por lo que hace en un campo de juego- escribió manualmente, de puño y letra, a corazón abierto. Además, el detalle de su carta es la lapicera que usó para escribir, un bolígrafo mágico y emblemático de Harry Potter, serie de la que Leo es fanático. Dicha birome tiene un símbolo especial, cuyo nombre es “Giratiempos”. Por eso también es humano, como quien lee, como quien escribe.





