Por Gabriel Milian Scuri
En Sudáfrica hay ambiente de fútbol. Es época de Mundial. Es 2010. En algún cuarto, de algún hotel, de alguna ciudad del territorio que aloja la cita, está el seleccionado argentino. Está Dios, que danza mientras sus discípulos miran atónitos.
En la habitación de Martín Demichelis, el defensor y Jonás Gutiérrez filman el acontecimiento con un aparato tan pequeño que en un puñado de años será tratado de un objeto antiguo. Hay una competencia. Cierto juego del cual saben los allí presentes que se terminará en cuanto la pelota le llegue a él. A Messi.
La tensión está en que no se caiga la pelota, la Jabulani. Ese pedazo de caucho del cual todos creían que solo Diego Forlán podía domar. Aquel esférico que Maradona, indignado y odiado, defenestró y aseguró: “No dobla, viejo”.
Hay que hacer jueguitos. Ese acto de recreación y divertimento que se torna, en muchos casos, en la primera adición de un niño en la calle de su barrio. El primer amor de un pibe argentino.
Maxi Rodríguez intenta levantarla. Ella se pone un poco rebelde. Va de aquí para allá: inestable. Los compañeros se ríen, la bocha se cae. La Fiera, ya vencido, se la da a Leo. Él no está reposado sobre la cama hotelera. Se reclina tímidamente en una silla naranja. Y con sus pies vestidos de blancas medias, comienza a acariciar aquel diablo indomable. Ese que parecía no tener control ante jugadores de una calidad indiscutible.
De fondo acompaña una música nacional. Bien de peña folclórica. Esas en las que se arma una larga mesa y un banquete extraordinario. La guitarra acompaña las pinceladas del diez, que mientras reconoce su poderío, acomoda su largo pelo hacia los costados y larga carcajadas. Todo sin que la Jabulani se caiga. Hay que proteger el chiche.

Sus compinches se rinden. Ya lo habían hecho antes de que el rosarino comenzara con su labor. Vieron al Mesías llegar siendo uno más del montón y, ahora, lo tienen enfrente. Saben comprenderlo. No largan nada más que suspiros de admiración. Regocijo ante semejante arte.
Leo ya la goza. El del Barcelona la revolea y cuando cae la duerme. Como si la pelota no tuviera vida. Está completamente anestesiada ante ese empeine dorado, que la aprieta y la hamaca de un lado a otro. La lleva a su frente, parece que cede pero no. Le pertenece a Messi.
Puede estar todo el día dándole toquecitos que parecen besos y abrazos. Cariñitos futboleros. Un minuto y cuarenta y nueve segundos le bastaron para pintar su obra indescriptible al idioma, solo apta para los ojos. Y ni siquiera.





