Por Juana Enrico
“Recuerda mi nombre, Leo Messi”, dijo con la cabeza en alto y una sonrisa que hoy, veintiún años después, podemos entender de otra manera. Como si ya hubiera leído el libro de su historia, como si conociera el guión de su destino, hasta se podría creer que pasó los siguientes años de su vida intentando hacerle justicia a aquella frase de una publicidad de Nike.
Lo cierto es que sí: todos recuerdan y recordarán para siempre su nombre. Recordarán algún gol inexplicable, de esos que hacen pensar que el fútbol fue creado solamente para que él pudiera exhibir su magia. Recordarán al hombre que levantó la Copa del Mundo mientras el cielo se abría sobre Qatar para entregarle la gloria máxima. Recordarán sus carreras, sus gambetas, sus silencios, sus festejos y también sus lágrimas. En fin, la lista de recuerdos es infinita.
Hoy Lionel Messi le dice adiós a la selección argentina. Pero su historia con ella no termina ahí. Seguirá habitando entre quienes toman la 9 de Julio cada mañana para ir a trabajar y, casi como parte del paisaje, se encuentran con el mural que Martín Ron pintó a mano. En la camiseta de los más chicos, esos que no conocen una selección sin él. En las canchas de barrio, en las conversaciones, en las historias de los suertudos que fueron testigos de sus primeras páginas. Y en cada vez que alguien vuelva a ponerse la diez en la selección y salga a buscar una pelota como si allí dentro todavía pudiera aparecer algo de él.
Por eso hoy el país entero se paró. Un lunes que parecía igual a los treinta y cuatro que ya dejó el año. Doce del mediodía. Y empezaron a correr las voces. Algunos se enteraron de la noticia por aquel posteo con esas tres páginas escritas a mano alzada, llenas de palabras en tinta negra que nadie quería leer. Otros, por un mensaje de algún amigo o familiar que hizo de vocero. Incluso algunos en clase o en el trabajo, al ver la reacción de sus compañeros, se enteraron con sorpresa. La mayoría todavía no lo puede creer; algunos presumen que lo veían venir, pero ninguno quería ser testigo de la última página.
Por suerte, su nombre quedó grabado, tal como alguna vez pidió: Leo Messi. Y quizás lo extraordinario de una historia como la suya no sea que tenga una última página, sino que todavía queden infinitas maneras de volver a contarla. Porque mientras haya alguien que vuelva a nombrarlo, que vuelva a hablar de aquella jugada imposible o de aquella tarde en la que todo pareció tener sentido, la historia seguirá encontrando nuevas formas de escribirse.





