Amores que matan, nunca mueren

Por Gabriel Milian Scuri

Un par de amigos viajan juntos en el subte. El silencio funciona como intermediario entre ellos. No hay charla ni gesto que alivie el dolor de la pérdida que sienten. No ha muerto nadie, pero estos dos pibes saben que la infancia se les escurre por las manos, que se les derrite el tiempo y que eso se los ha enseñado Messi.

Han pasado tres estaciones desde que subieron a ese sucio vagón. La atención de los amigos ha estado en los celulares y en cómo la gente repostea en redes sociales la carta del diez argentino en la que comunica su retiro del seleccionado nacional.

Uno de ellos cuelga de sus hombros su mochila con un desgano propio de un cuerpo sin pulso. Sin palabras, compagina la tristeza que se pinta en el rostro de su compinche con su muerte en vida y se funden en un abrazo efímero.

El chico baja en Facultad de Medicina y piensa en las pinceladas del oriundo de Rosario. Sube las escaleras y las piernas le pesan montones. Los martillazos de la cabeza le significan el despertar. El golpe de madurez, o de realidad, que le muestra que el reloj le corre por la sien.

Camina, mientras observa las miradas perdidas de la gente, y recuerda que sus primeras camisetas de fútbol eran de la Albiceleste con la diez en la espalda. Sintoniza con aquellas tardes después del colegio en las que se sentaba a ver las gambetas de la Pulga en su amado Barcelona. Añora dicha etapa en la que esperaba llegar al club de su barrio para jugar con sus compañeros y gritar: “Yo soy Messi”, sin tener ni una pizca del astro.

El pibe da pasos largos. Quiere llegar a la escuela de periodismo en la que estudia, ya mismo. Mientras tanto, no logra concebir la idea de que la vida sigue. No comprende cómo el mundo no se ha frenado. No está de acuerdo con que el repartidor de la esquina descargue cajas de su camión. Quiere que el mundo se detenga. Que lloren como él lo hace por dentro, donde hay un niño que está muriendo.

Ya no oculta nada. Frunce su ceño e ignora todo al pasar. Responde “mal” a las preguntas de “¿cómo estás?” y desea que el día termine. Abre su celular para hablarle a su madre. Necesita expresar la angustia que le invade el alma.

Se sienta en las mesas del buffet y se pone a comer algo. Anda un tanto observador. Se cruza con alguien de su confianza. Se abrazan. Él había deseado ese gesto mientras se dirigía hacia allá. Le duele Messi. Se siente roto.

Levanta la cabeza de la mesa y ve un cuadro de Lio con la diez argentina. Esa que no volverá a vestir. En ese instante, el estudiante se da cuenta que no lo ha visto en cancha y que la frustración le toca la puerta. Le desgarra aún más la imposibilidad de visualizar en vivo aquellos toques a la pelota tan divinos y esa corrida tan diferente que posee Messi. No exterioriza el llanto. No quiere que lo vean. Pero su ausencia de ruido dice todo.

Vuelve a su mente en búsqueda de consuelo. Se siente afortunado. Se le escapa alguna que otra sonrisa. Ha coincidido con la época Messi. Se ha inspirado y cautivado de él. Y aunque hoy duele un amor, le nace otro. Más humano. Más mortal.

El pibe cierra la tapa de su computadora y se imagina con sus futuros hijos en una charla interminable sobre el formado en Newell ‘s. Diferencia a la vida como: antes y después de Messi. Se emociona, se vuelve aquel crío que miraba al Barça con anhelos de destellos y goles imposibles. Apaga sus ojos y dibuja al Diez en su mente. Su mezcla de emociones lo hace sentir vivo, aunque no de la misma manera. Porque él se ha enamorado del fútbol por Messi y en el pecho se le acomoda un mal de amores que parece infinito y sentirá para siempre.

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