Por Julieta Juárez
El sol entra disparado y sin permiso a la habitación. El reloj suena temprano. Empieza otro día, otra vez la misma rutina. Tal vez hoy están cansados, pero motivados y eso los impulsa para ir a entrenar. Toca trabajo físico y análisis del rival al que enfrentarán el fin de semana. Fatigados, al mediodía vuelven a casa y almuerzan. Tienen que recargar energía, el día solo acaba de comenzar. Para algunos futbolistas del ascenso, la jornada no termina cuando se sacan los botines: es apenas una parte de una rutina que exige esfuerzo dentro y fuera de la cancha.
En diciembre de 2025, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) lanzó un comunicado en el que se dieron a conocer los salarios mínimos correspondientes a cada categoría del fútbol argentino: $1.620.000 para la Primera División, $1.032.000 para la Primera Nacional, $856.000 para la Primera B y el Federal A, y $786.000 para la Primera C y el fútbol femenino. Estos montos funcionan como un piso salarial que los clubes deben respetar en los contratos profesionales, es decir, no representan necesariamente lo que cobra cada jugador, ya que los ingresos pueden variar según el contrato, la trayectoria y las condiciones particulares de cada futbolista.
¿Qué hay detrás de un jugador que entrena todos los días y, aun así, necesita trabajar para sostener su carrera? Santiago Yossini, de Deportivo Español; Tomás Candelaresi, de Argentino de Merlo; Joseph Odunukwe, de Ituzaingó; y Tomás Squie, actualmente en Estudiantes de Caseros, conocen esa realidad desde diferentes categorías y momentos de sus trayectorias. Sus historias no son iguales, pero coinciden en algo: para perseguir el sueño de vivir del fútbol, muchas veces hay que hacer sacrificios que no se ven durante los noventa minutos.
Yossini, jugador de la Primera C, se levanta a las 7.30 para entrenar y, al mediodía, vuelve a su casa. Descansa un rato y después comienza su otra jornada como coordinador deportivo del futsal de Argentinos Juniors. Lleva siete años con esta rutina y, aunque puede acomodar sus horarios laborales para priorizar el fútbol, no tiene un día de descanso completo. Los fines de semana, incluso, pueden ser los días de más trabajo.

“El tema del cansancio, saber manejarlo, escuchar tu cuerpo cuando te pide descansar e intentar darle ese tiempo de reposo al cuerpo y a la mente también”, explica sobre la dificultad de sostener ambas actividades. La exigencia no es solamente física: también hay que administrar la cabeza y el tiempo, sin perder de vista el objetivo deportivo.
La misma tensión aparece en Candelaresi. El futbolista de Argentino de Merlo trabaja en Adidas seis días de la semana. Se levanta alrededor de las 6.30, vuelve a su casa al mediodía, come y trata de dormir una siesta antes de entrar a trabajar a las 16 y termina a las 21. Su único franco lo reserva para los partidos.

“Es desgastador”, reconoce. Para él, acostumbrarse a la rutina no significa que deje de exigirle disciplina: hay que llegar a horario, alimentarse bien y aprovechar cada momento disponible para descansar. Su empleo, además, no es una actividad que pueda abandonar de inmediato. Aunque ya firmó su primer contrato profesional, actualmente cobra viáticos y espera comenzar a percibir un sueldo regular el año próximo.
En el caso de Odunukwe, el desafío pasa por sostener un emprendimiento propio. El jugador de Ituzaingó se dedica a la compra y venta de ropa, indumentaria y teléfonos. Después de entrenar, pasa buena parte del día en el local, responde mensajes y organiza pedidos. Cuenta con la ayuda de sus hermanos y de dos empleadas, pero la responsabilidad sigue siendo grande: si no trabaja, puede perder ventas, plata y clientes.

“Lo más difícil de esta rutina es más que nada la cabeza”, cuenta. A diferencia de quienes tienen un empleo con horarios establecidos, él también debe estar pendiente de que el negocio funcione. Y aunque reconoce que alguna vez pensó en dejar el fútbol para dedicarse por completo a su emprendimiento, la cancha sigue siendo el lugar que elige.
Las consecuencias aparecen en la vida cotidiana. Cumpleaños, salidas, viajes y reuniones familiares pueden quedar en segundo plano. Yossini recuerda que desde las inferiores se perdió fiestas de 15, cumpleaños y fechas importantes. Candelaresi menciona que, muchas veces, tiene que irse antes de algunos encuentros o no puede salir de noche para cuidar el descanso. Odunukwe, por su parte, resignó viajes al exterior.
No se trata solamente de organizar una agenda. También hay que aprender a convivir con el cansancio. Squie conoce esa exigencia de primera mano: cuando jugaba en Cambaceres, trabajaba de noche en el Mercado Regional de La Plata. Entraba a las 22 y salía a las 7 de la mañana, para después ir directamente a entrenar.

“La verdad nunca pude ajustarme, a veces iba sin dormir a entrenar”, recuerda. Durante dos años sostuvo esa rutina, con el fútbol siempre como prioridad. Hoy, en Estudiantes de Caseros, puede dedicarse exclusivamente a jugar. Vive solo, alquila y sus ingresos provienen del fútbol. La diferencia no está únicamente en el dinero: también está en poder descansar y disponer de más tiempo para prepararse.

Las posibilidades económicas tampoco son iguales para todos. Yossini explica que vivir exclusivamente del fútbol depende del club y del estilo de vida de cada jugador. En su caso, reconoce: “Solo con mi sueldo como futbolista no me alcanza”. Candelaresi, en cambio, considera que hoy muchos jugadores de la Primera B Metropolitana pueden vivir de la actividad, aunque su propia situación todavía lo obliga a mantener el trabajo. Mientras que Squie representa el recorrido de quien finalmente logró dar el paso hacia la dedicación exclusiva.
¿Y qué los mantiene motivados cuando el cansancio pesa más que las ganas? En sus respuestas aparecieron pequeños momentos que les recuerdan por qué empezaron. Para Candelaresi, fue debutar en la Copa Argentina, frente a Talleres en la cancha de Newell ‘s. Para Odunukwe, su primer gol en Primera tuvo un significado especial. Squie sintió que el esfuerzo había valido la pena cuando firmó su primer contrato profesional.
Yossini lo resume desde otro lugar: “Mi profesión es la más linda del mundo, me pagan por jugar a la pelota, si hay algo mejor que eso no lo conozco”. La pasión convive con las obligaciones, las renuncias y la necesidad de progresar. Porque amar el fútbol no elimina el cansancio ni paga todos los gastos.
Hay una vida que sigue cuando se sacan los botines después de un partido. Hay jornadas laborales, descansos calculados, familias que acompañan y oportunidades que se dejan pasar. Para estos jugadores, el sueño no consiste solamente en llegar a Primera División: también significa alcanzar una estabilidad que les permita dedicarse a lo que eligieron sin tener que dividirse entre dos mundos.





