Qué cambió desde Buenos Aires 2018 a Dakar 2026: el desafío de sostener a los jóvenes deportistas

Por Jazmin Macoretta

El 6 de octubre de 2018, Buenos Aires inauguró una edición histórica de los Juegos Olímpicos de la Juventud. Cerca de 4.000 atletas de más de 200 países participaron de la competencia, que convirtió a la capital argentina en el centro del deporte juvenil internacional. Ocho años después el evento se prepara para una nueva etapa: del 31 de octubre al 13 de noviembre, Dakar, capital de Senegal, será la primera ciudad africana en recibir una competencia olímpica. Sin embargo, más allá del cambio de continente, la comparación entre ambas ediciones plantea una pregunta central. ¿Qué sucede con los deportistas cuando terminan los juegos?

Buenos Aires 2018 reunió atletas de entre 15 y 18 años y logró ser el primer evento olímpico de la historia con absoluta igualdad de género en su participación. Además distribuyó las actividades en distintos espacios de la ciudad, como el Parque Olímpico de la Juventud, el Parque Urbano y Tecnópolis. 

Dakar 2026 tendrá una escala diferente. Se estima la participación de 2.700 atletas, con competencias distribuidas entre Dakar, Diamniadio y Saly. La organización contempla 25 deportes competitivos y otras 10 disciplinas destinadas a actividades de participación. A diferencia de una competición basada solo en la cantidad de participantes, el desafío será observar cómo se adapta el evento a un contexto diferente y qué impacto logra generar en África.

Pero el legado de unos juegos no se mide solo por la infraestructura o la cantidad de personas que participan. También se refleja en el recorrido de los atletas que, después de competir en una categoría juvenil, intentan consolidarse en el alto rendimiento. En ese sentido, los datos del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) permiten observar qué ocurrió con quienes formaron parte del proceso de preparación para Buenos Aires 2018.

Según el organismo, ocho deportistas de ese proceso llegaron a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y once compitieron en París 2024. Entre los más relevantes aparecen nombres como la nadadora Delfina Pignatiello, el rugbier Marcos Moneta y los tenistas Sebastián Báez y Lourdes Carlé. La cifra contempla el proceso de desarrollo hacia los Juegos de 2018, no solamente a los atletas que finalmente participaron de aquella edición. 

Pablo Fuentes, gerente de Comunicación y Gestión Deportiva del ENARD, explicó que el seguimiento de los deportistas forma parte de un proceso que comienza mucho antes de una competencia. En el caso de Buenos Aires 2018, el reto inicial fue conseguir la sede en 2013, pero después apareció una tarea todavía más compleja: identificar y preparar a los jóvenes que representarían al país. Por ser anfitriona, Argentina podía inscribir atletas en todas las disciplinas, aunque no contaba con referentes de nivel olímpico en todas las categorías. Según Fuentes, el trabajo consistió en “detectar, motivar, capacitar y preparar” a deportistas que, a veces, ni siquiera conocían la disciplina en la que terminarían compitiendo.

Una vez finalizados los Juegos, el desafío era sostener esas trayectorias. Para Fuentes, uno de los principales obstáculos aparece en el entorno de los jóvenes, que deben compatibilizar el deporte con los estudios, el trabajo y sus vínculos personales. La transición hacia el alto rendimiento exige una continuidad que no depende únicamente de las condiciones deportivas, sino también de las posibilidades de mantener la actividad a lo largo del tiempo.

En ese recorrido intervienen distintas instituciones. Los clubes son, en muchos casos, el primer espacio de formación; las federaciones nacionales desarrollan las disciplinas, forman cuerpos técnicos y establecen los criterios de selección para los equipos argentinos. El ENARD y los organismos estatales, por su parte, complementan ese trabajo mediante becas y recursos para los entrenamientos y las competencias. En palabras de Fuentes, las federaciones son las primeras responsables del desarrollo de cada deporte, mientras que el apoyo económico permite acompañar a los atletas en su camino hacia el máximo nivel.

La experiencia de Buenos Aires también permite entender la diferencia con Dakar. Mientras que en 2018 Argentina debió organizar los escenarios deportivos, el alojamiento de las delegaciones, el transporte, la seguridad y los servicios para el evento, en 2026 participará como una delegación más. Fuentes señaló que “ser local es muchísimo más complejo por la responsabilidad que eso implica y la visibilidad que tiene hacia el mundo”. Dakar, además, representa un desafío para Senegal y para el Comité Olímpico Internacional, ya que será la primera edición de los Juegos Olímpicos en territorio africano.

De cara a esta nueva competencia, el objetivo del ENARD es que los atletas puedan crecer y alcanzar resultados de máximo nivel. Para eso, el organismo analiza la posición de cada deportista frente a los principales referentes internacionales y evalúa la planificación de cada disciplina para definir qué recursos pueden contribuir a mejorar su rendimiento. La meta no se limita a la participación juvenil, sino que apunta a construir recorridos deportivos de corto, mediano y largo plazo.

En ese sentido, Fuentes sostuvo que los resultados también cumplen una función más amplia: “Con el logro se visibiliza el deporte, se generan referentes, ejemplos de vida a seguir, se conoce la actividad y se motiva a toda la pirámide deportiva a que sumen el deporte a su vida”.

Ocho años después de Buenos Aires 2018, Dakar 2026 abre una nueva etapa para el movimiento olímpico juvenil. La comparación entre ambas ediciones no pasa únicamente por la cantidad de atletas, las sedes o la organización, sino también por las oportunidades que encuentran los jóvenes después de competir. El objetivo para el deporte argentino será acompañar a esa nueva generación para que la experiencia olímpica no sea un punto de llegada, sino una etapa dentro de un proceso que pueda continuar en las categorías mayores.

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