Por Valentina Gómez Focht
Es un día soleado en San Isidro, pero el frío se hace sentir. En la vinoteca Varhona el ambiente es cálido y el olor a café recién hecho lo invade todo. Paola Vukojicic, me ofrece uno mientras se prepara para abrir la caja de los recuerdos que lleva 24 años cerrada: el campeonato del mundo que ganó con Las Leonas en 2002.
Para entender lo que ese título significa, hay que volver al equipo. Fue uno con un talento indudable, lo demostraron en varias ocasiones, una de ellas fue en el 2000 en Sídney. El 24 de septiembre, en el partido en que nació el nombre Las Leonas, vencieron 3-1 a Países Bajos, el que sería el clásico rival del seleccionado nacional. Cinco días después se quedaron con la medalla de plata, la primera olímpica de su historia, tras perder la final ante las locales. Habían puesto al hockey argentino en lo más alto del deporte internacional y dejaron claro que ese grupo iba a marcar historia.
Y la marcó. El 8 de diciembre de 2002, en Perth, ganaron el primer Mundial del hockey femenino argentino: en un 1-1 en el tiempo reglamentario ante Países Bajos definieron con un 4-3 en los penales. Habían llegado invictas a la semifinal tras ganarle 1-0 a Nueva Zelanda, luego a Alemania, 5-0 a Escocia, y en la semifinal se impusieron nuevamente por 1-0 frente a Australia. Sumaron el bronce en Atenas 2004, otro en Beijing 2008, y un nuevo título mundial, pero esta vez en casa: Rosario 2010. Con Luciana Aymar como figura y doce mil personas en las tribunas Las Leonas dejaron nuevamente a las neerlandesas a mitad de camino con un 3-1. Fue un equipo con identidad, garra y trabajo arduo gracias a la gran conducción de su entrenador: Cachito Vigil.
-¿Qué significa hoy para vos el campeonato del mundo de 2002?
-Ya pasó mucho tiempo… Lo lindo es cuando lo revivís, como me pasó ahora con el Mundial que ganaron. Te da una mezcla de placer y de alegría que te vuelve. No sé si es nostalgia, porque desde donde estoy hoy parada todo el sacrificio no lo haría de nuevo, no me pondría a hacerlo ahora. Fue bueno porque sentí que di todo: me quise retirar yo, nadie me quiso retirar.

El legado de Las Leonas continua, todo su esfuerzo para abrir camino sigue dando frutos. Este año se consgraron campeonas luego de 16 años. El 29 de agosto de 2026 lograron vencer a Paises Bajos por 3-1 en los shoot-outs en su propia cancha en Amstelveen y demostrar que Argentina nunca se rinde y que siguen en lo más alto.
-¿Hubo un cambio en el equipo a partir del nombre Las Leonas? ¿Cómo surgió?
-No, no hubo un gran cambio en el momento, fue previo. En el partido sí fue un momento histórico: Las Leonas saliendo a la cancha. En realidad, fue Nelly Giscafré, nuestra psicóloga, una herramienta que nos dio Sergio ‘Cachito’ Vigil y que antes no se usaba. Ellos se juntaron y ahí surgió la idea de darle una identidad al equipo… Veían lo que se venía, sabían que el equipo tenía pasta.
Vukojicic afirma que la referencia fueron Los Pumas. Después se sumaron las capitanas y un grupo selecto quienes debatieron qué animal describía mejor al equipo: la leona, por cómo cuida a su presa, por la garra, por todo lo que implica defender, ser fuerte y bancársela. Inés Arrondo se ofreció a hacer el dibujo y luego se lo estampó en cada remera que decidieron llevar a los Juegos Olímpicos. Según recuerda, a nivel olímpico esa camiseta no podía usarse sin haberse presentado antes. Pero salió justo contra Holanda y “zafó”.
Bajo los tres palos había otra protagonista, una rival: Mariela Antoniska, arquera de Las Leonas en Sídney 2000, en Perth 2002 y en Atenas 2004, donde compartió plantel con Paola. Fue una pieza clave de la final de 2002 y reconocida como la mejor arquera de aquel Mundial. Disputarle el puesto no fue poca cosa.
De hecho Vukojicic no empezó como arquera, ni viene de una familia relacionada al hockey. En su casa no había vida de club: se hacía deporte, pero no competitivo. A ella la habían mandado a tenis y a su papá le gustaba la náutica. El arco apareció por el lado del fútbol, que amaba: lo jugaba con su hermano mayor y sus amigos en el barrio y hasta en los recreos, en los 80´ una época en la que casi no sabía que existía el fútbol femenino. En un torneo le tocó turnarse en el arco, pensó que era parecido porque podía patear la pelota. Cuando le dijeron que atajaba muy bien, sospechó que en realidad querían que alguien tomara el puesto. Pero razón no les faltaba: tenia talento para atajar.
-¿Qué tenía este equipo que hizo que funcionara tan bien?
-Química. Es difícil explicar qué es la química exactamente. Para mí es cuando lo colectivo supera lo personal. Es dejar bien de lado los egos y construir en equipo. Todos vamos para el mismo lado. Y es difícil porque, además, todos competimos también por un puesto y a veces hay que convivir con el competidor. Yo tuve que aprender a vivir con Mariela y a aguantar que me ganara el puesto todo el tiempo, hasta que tuve mi oportunidad. Pero el equipo fue superior a lo individual y, por lo menos, un alto porcentaje pensaba de esa manera.
Encontrar un segundo rol dentro del grupo es clave, y el de Vukojicic era el de la payasa. Sabía que su trabajo no se limitaba a atajar: había algo más importante que una posición en la cancha, y era ser compañera. Era consciente que, si Vigil elegía a Antoniska, ella iba a pasar el partido entero afuera. Aun así, alentar, acompañar y hacer reír era para Paola incluso más importante que atajar penales.
En 2008, el año del Champions Trophy y del bronce de Beijing, decidió decirle adiós a la selección. Se cerraba el ciclo de Gabriel Minadeo y un cambio era seguro, pero lo decisivo fue otra cosa: ya no estaba al cien por ciento. El cansancio de los entrenamientos, los dolores físicos y el esfuerzo cada vez mayor para ir a las prácticas la llevaron a preguntarse: “¿Querés esto o no querés esto?”. Tuvo la suerte, dice, de querer retirarse y que no la retiraron, algo que a veces es duro. Aun así, el después fue un momento tremendo: no tenía claro qué quería hacer.
En casa, además, la rutina que ella había dejado seguía presente. Su pareja de entonces, Alejandra Gulla, también ex Leona, continuaba entrenando con el mismo ritmo, mientras Paola no entendía qué hacer con su vida. Lo describe como un duelo: se había terminado un ciclo muy fuerte, e importante, y había que reinventarse.
Ese vacío se acentuó en Rosario 2010, cuando el equipo, con Gulla en el plantel, ganó otro Mundial. Paola fue a ver la final con un grupo de excompañeras y la vivió entre “feliz y triste”: feliz por sus amigas, pero con un agujero que no lograba llenar. Además se llevó una espina con la confederación. Cuenta que nadie las trató, que no tenían un lugar y que, después de tener que hacerse “un lugarcito”, les dieron “como un carnet que era ridículo” para ver si podían entrar. Reclama un poco de reconocimiento para las que fueron parte de esa historia: les importa mucho el equipo actual, pero poco quienes iniciaron el recorrido.
Hoy su vida está lejos de la cancha. Después de retirarse siguió ligada al San Isidro Club, donde la volvieron a convocar, dio entrenamientos de arqueras y pasó muchos años en la subcomisión. La dejó hace un par de años, convencida de que hay que dar un paso al costado para que llegue gente nueva.
Su opinión sobre hockey argentino es clara: “nadie vivió nunca de él ni vivirá sin una inversión mayor del Estado o de empresas privadas”. Las ex jugadoras terminan trabajando de entrenadoras o en algo relacionado con el deporte eternamente porque la infraestructura nacional esta para exigir nivel, pero no para brindar las herramientas necesarias.
La tercera estrella fue emocionante. No solo le trajo recuerdos de su medalla, sino tambien de su equipo. Ve en las campeonas de ahora un equipo con una química que supieron transmitir y eso la gente lo notó. A ellas Paola les daría un solo consejo: que disfruten el proceso y estén presentes en lo que hacen porque el vacío del retiro no lo llena nada.
Quizás por eso, cuando le preguntan cómo se gana un campeonato del mundo, su respuesta no habla de tácticas ni de penales, sino de egos: hay que dejarlos de lado y construir por el equipo.





