El pasado recreándose en el presente

Por Bautista Salgado

El Mundial 2026 iba a ser el más grande de la historia. Tres países como sedes, estadios enormes, millones de personas viajando… y yo, Bautista Salgado, con 19 años, cumpliendo mi sueño: estar ahí como periodista. No trabajaba para ningún medio importante, no tenía contactos ni nada especial, pero tenía algo que para mí valía más: desde chico quería contar el Mundial, no solo los goles, sino las historias que pasan en cada partido.

El partido que más esperaba era uno solo: Argentina contra Inglaterra. Sabía que no era un encuentro más porque había algo en el ambiente, en la previa y en cómo lo vivía la gente que lo hacía distinto. Era fútbol, sí, pero también era historia, recuerdos y muchas cosas que iban más allá del juego.

Desde el arranque, el partido fue como cualquiera esperaría: intenso, trabado, con roces todo el tiempo. Había faltas, discusiones y mucha tensión en cada jugada. Yo iba anotando cosas en mi libreta, tratando de no perderme nada, sin imaginar lo que iba a pasar. En el minuto 20 hubo un choque fuerte en la mitad de la cancha. Un jugador argentino cayó, y cuando quedó en el piso, me pareció ver algo raro: como si debajo de la camiseta tuviera un uniforme de los soldados de Malvinas. No le di mucha importancia y el partido siguió, pero cuando lo enfoqué con la cámara, noté algo raro en su cara. No era la expresión normal de un jugador, era más seria, más dura, como si estuviera pensando en otra cosa.

Desde ese momento, el partido dejó de ser uno más para mí. Empecé a mirar todo con más atención, buscando si volvía a pasar. En el minuto 40, Argentina atacaba y un volante recibió la pelota cerca del área. Cuando levantó la cabeza, lo vi clarísimo: por un segundo, no era un futbolista, era un soldado. Tenía casco, una mirada firme y un cansancio en los ojos que no tenía nada que ver con un partido. Después volvió a ser el mismo de antes, como si nada. Miré alrededor y nadie reaccionaba. Parecía que solo yo lo estaba viendo.

En el entretiempo no podía dejar de pensar en eso. Revisé fotos, videos, todo lo que tenía, pero no encontré nada raro. Todo se veía normal. Igual, yo estaba seguro de que no lo había imaginado. Algo estaba pasando, aunque no entendiera qué.

Cuando empezó el segundo tiempo, ya no era tan difícil de notar. Cada jugada de Argentina se sentía distinta, como si los jugadores se movieran más pesados, más firmes. En el minuto 55, un mediocampista peleó una pelota y, cuando la ganó, ya no hubo dudas: durante varios segundos no era un jugador, era un soldado completo. Se veía el uniforme, la forma de pararse, la mirada. Esta vez no desapareció enseguida, y ahí entendí que no eran cosas aisladas, sino que se estaban transformando de a poco.

En el minuto 70, todo el equipo empezó a cambiar. Algunos todavía se veían normales, pero otros ya no. Era raro, porque se mezclaban las camisetas con los uniformes, los botines parecían botas y los movimientos ya no eran tan “de fútbol”, sino más duros. No era solo lo que se veía, también era lo que se sentía, como si el partido tuviera un peso mucho más grande.

En el minuto 82, Argentina recuperó la pelota y salió de contra. El delantero encaró y, cuando lo miré, ya no quedaba nada del jugador. Era completamente un soldado. Corría sin estilo, sin lujo, solo con decisión. Definió cruzado y fue gol. El estadio explotó, todos gritaban, pero yo me quedé quieto, porque sentía que no había sido un gol cualquiera.

En los últimos minutos, Inglaterra atacó con todo y Argentina aguantó. Y ahí pasó lo último. Ya no había jugadores, todo el equipo eran soldados. Estaban firmes, resistiendo cada jugada como si fuera algo mucho más importante que un encuentro. Cuando el árbitro terminó el partido, Argentina ganó y, en ese mismo segundo, todo volvió a la normalidad. Los jugadores eran los de siempre, como si nada hubiera pasado.

Miré alrededor y nadie parecía haber visto nada raro. Esa noche, cuando me senté a escribir, entendí que no podía contar exactamente lo que vi, porque nadie me iba a creer. Entonces escribí otra cosa, algo más simple: que hay partidos que no se juegan solo con los pies, sino también con la historia. Que hay camisetas que pesan más que otras y que, a veces, el pasado aparece de alguna forma.

Al otro día, cuando volví a leer lo que había escrito, me quedó una sensación rara. Como si igual no estuviera contando todo. Guardé la libreta y miré la cancha desde lejos, ya vacía, en silencio. Y ahí pensé que capaz esas cosas no están para explicarlas, sino para sentirlas. Porque hay momentos que no se repiten, y que, si te toca vivirlos, ya con eso alcanza.

No sé si lo que vi fue real o si me lo imaginé por todo lo que se sentía en ese partido, pero sé que lo viví. Y desde ese día entendí que el fútbol, a veces, puede ser mucho más que un deporte.

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